Otras publicaciones:

9789877230567_frontcover

12-2382t

Otras publicaciones:

9789877230130-frontcover

Book cover

El debate de los economistas

Residuos, recursos y medio ambiente

Es ahora, cuando la crisis económica y social del desempleo confluyen con la crisis ambiental de la escasez de recursos y abundancias de residuos, cuando cobran mayor fuerza las propuestas planteadas por el profesor suizo Walter Stahel en los años 60, “reducir el consumo de materias vírgenes y aumentar el empleo en la reutilización de recursos” (Confederación de Empresarios de Navarra, 2014).

Figura 19: Nuestra relación con el medio ambiente

19

Fuente: Elaboración propia, a partir de un gráfico de Confederación de Empresarios de Navarra (2014).

Walter Stahel fue el analista que postuló por primera vez el término cradle to cradle, para ilustrar su concepto de economía del funcionamiento (Performance Economy) en los años 60. Con esta idea proponía un cambio radical en la manera de producir e intercambiar bienes y servicios.

Con posterioridad, McDonough & Braungart desarrollaron el protocolo de certificación de productos C2C (cradle to cradle) como respuesta a los requerimientos de algunos de sus clientes industriales, como Ford, Hermann Miller, SteelCase, Shaw, etc.

El C2C se articula en tres principales fundamentos:

  • Residuo = Alimento
  • Uso de la energía solar corriente (la única energía renovable)
  • Celebrar la diversidad (biológica, cultural y conceptual)

Cubiñá (2014) sostiene que el cradle to cradle tiene por objetivo ayudar a crear una mejor sociedad más allá de la idea de sostenibilidad convencional, a partir del buen diseño de productos, bienes y servicios. También advierte que no debe ser una visión aspiracional únicamente, sino que se debe cimentar en el establecimiento de relaciones cliente-proveedor en las que se comparten conocimientos y riesgos en partes iguales con el objetivo de crear, producir y distribuir productos de alta calidad y plenamente competitivos.

Uno de los pilares fundamentales donde se apoya la economía circular es, sin lugar a duda, el medio ambiente. Carretero (2016) expone que tal como lo hizo notar hace más de 40 años el informe sobre Los límites del crecimiento, la economía humana es un subsistema del planeta Tierra, y la Tierra es un sistema finito. Y ningún subsistema puede crecer de manera indefinida si se encuentra constreñido por límites finitos. Desde entonces se han sucedido numerosas formulaciones para lograr conciliar la necesidad de crecimiento económico con la imposibilidad de trascender los límites físicos del planeta.

Se indagan, analizan y estudian propuestas y alternativas que permitan encontrar una salida o solución viable a los efectos que tiene el actual modelo de vida antropogénico. Por supuesto, dicha solución debe ser factible a escala mundial (Briones Hidrovo, 2018). Los motivos son más que evidentes, los efectos negativos de la actividad humana sobre los ecosistemas planetarios son crecientes, incluyendo entre ellos el cambio climático.

En referencia a ello, Pearce y Turner (1995) notaron que el medio ambiente no podía ser ignorado de su análisis del funcionamiento de las economías, ya que se producía dentro de un entorno natural, extrayendo recursos naturales. Sin embargo, determinaron que lo más importante era analizar qué sucedía con los residuos, ya que los ambientes naturales eran los receptores últimos de estos.

Los residuos proceden del sistema económico, aunque los sistemas naturales también crean sus propios residuos. Los árboles se deshacen de sus hojas, por ejemplo y esto es un residuo. Sin embargo, la principal diferencia entre los sistemas naturales y los económicos es que los sistemas naturales tienden a reciclar sus residuos. Las hojas se descomponen y se convierten en fertilizante orgánico para las plantas y para el propio árbol que generó el residuo en primer lugar. Las economías no tienen tal tendencia intrínseca a reciclar (Pearce y Turner, 1995).

Para muchos, en el sector de los residuos y de los recursos, el mantra de que “un residuo es un fracaso de diseño” lo dice todo. Si solo se diseñaran mejor los productos, opinan bajo esta línea, entonces no habría residuos. Hathaway (2014) no duda de que esto traería muchos beneficios económicos y ambientales; sin embargo, está muy lejos de lograrse.

Muchos de los productos manufacturados tales como la electrónica, los vehículos o la ropa pueden direccionarse en este sentido. Pero otros no. Hathaway (2014) se pregunta: ¿qué pasa con los residuos inevitables de los alimentos? ¿Podemos detener el desperdicio de alimentos o la contaminación de otros materiales de desecho?

Por ejemplo, el caso del papel: después de haber sido reciclado siete veces, las fibras ya no son adecuadas para su posterior reciclaje. Prácticamente todos los productos de papel se fabrican con una mezcla de pulpa virgen, así como material reciclado. Otro caso preocupante es el tratamiento del mercurio, en la actualidad solo es eliminado o contenido en lugar de reciclarse. Algunos estudiosos sostienen que, con el tiempo, la tecnología será tan desarrollada que permitirá a los desechos peligrosos o difíciles tratarse con métodos nuevos. Sin embargo, hace notar Hathaway (2014), la acumulación existente de estos materiales no permitirá un tratamiento adecuado en un largo tiempo.

Los residuos aparecen en cada etapa del proceso productivo. Estudiando esto, Pearce y Turner (1995) llegaron a la conclusión de que la cantidad de residuos (R) en cualquier período de tiempo es igual a la cantidad de recursos naturales empleados (W).

La razón para esta equivalencia es la Primera Ley de la Termodinámica. Esta ley establece, esencialmente, que no se puede crear ni destruir energía o materia. Sean cuales sean los recursos usados, deberán terminar en algún lugar del sistema ambiental. No se pueden destruir; pueden ser convertidos y disipados. Briones Hidrovo (2018) aclara que el concepto de que la materia y la energía se conserven no significa que pueda ser 100 % reutilizable (para los propósitos humanos). La economía circular pretende reutilizar cuantas veces sea posible el recurso, así se ahorra materia prima nueva y se reducen los impactos ecológicos, etc., pero para ello haría falta modificar diseños de los productos finales, mayores avances tecnológicos, aumentar la durabilidad de lo que se elabora y produce, etc. Korhonen, Nuur, Feldmann y Eshetu Birkie (2018) indican que es teóricamente posible el reciclaje 100 % haciendo uso de la energía infinita del sol.

Aquí Briones Hidrovo (2018) realiza tres observaciones:

  1. El reciclaje del 100 % de la materia conllevaría un alto costo energético y con las tecnologías actuales, no se puede captar toda aquella energía renovable infinita del sol. Un ejemplo claro es el reciclaje de las partículas desprendidas de los neumáticos sobre el asfalto. Teórica y técnicamente, aquello es posible, no obstante, el costo energético sería enorme (Cattaneo, 2018).
  2. El rediseño para el reciclaje y reutilización implicaría un aumento de costos en la elaboración de productos y probablemente una modificación de la o las cadenas productivas y eso, por supuesto, impactaría en el costo final. Quienes son dueños de capitales no suelen hacer cambios de este tipo al menos que les sea muy rentable, de lo contrario, ya se habría implementado.
  3. El sistema es entrópico.

Boulding mencionó la Segunda Ley de la Termodinámica, pero otro economista, Nicholas Georgescu-Roegen (1996), ha sido el defensor más prolífico y poderoso de la relevancia económica de la segunda ley, que establece que los materiales se suelen usar de forma entrópica, disipándose dentro del sistema económico. Por tanto, la entropía impone un obstáculo físico a la hora de rediseñar la economía como un sistema cerrado y sustentable.

En el hipotético caso de la reciclabilidad al 100 %, directamente reduciría materia virgen, lo que conlleva un ahorro en términos monetarios y de impactos ecológicos en general. En un contexto capitalista, dicho ahorro se convierte en una nueva posibilidad de negocio e inversión, lo que a su vez implica uso de recursos y energía. Incluso, el mismo sistema de reciclaje se vuelve en un nuevo negocio, objeto de reproducción de capitales. En el sistema capitalista, el dinero debe estar siempre en circulación, ya que su fin es la perpetua reproducción y acumulación; se trata de producir y consumir constantemente, lo que va de la mano con el crecimiento económico (Briones Hidrovo, 2018).

En otro caso, que el reciclaje sea un porcentaje menor al 100 % del material que circula, se seguirá requiriendo de igual manera materia virgen. En cualquiera de los escenarios, la economía circular seguirá siendo un sistema altamente entrópico, y en la medida que haga falta para mantener la economía, hacerla crecer y expandir, se requerirá materias primas, en consecuencia, un continuado extractivismo y productivismo. Lo indicado va de la mano con la paradoja de Jevons,[1] efecto rebote, etc.: lo que se ahorra, por un lado, se consume por otro, y en mayores proporciones (Briones Hidrovo, 2018).

Por lo tanto, Briones Hidrovo (2015) opina que, bajo las perspectivas de un mayor crecimiento económico, la economía circular no tendría posibilidades de contribuir con la problemática actual, de acuerdo con su estado teórico actual. No cambiaría la relación hombre-naturaleza, porque el sistema económico en sí mismo, en su estructura y esencia no cambiaría. La naturaleza siempre será considerada como objeto al cual el ser humano tiene derecho a explotar.

Siguiendo con su exposición, Briones Hidrovo (2018) apunta que la economía circular, de acuerdo con su definición, no toma en cuenta aquello que es necesario para la vida, como por ejemplo, los recursos abióticos (suelo, tierra, aire) o la biodiversidad; es decir, se enfoca solamente en el aparato industrial productivo. Da por hecho o infiere que, por mera reducción y reciclabilidad de materia, todo lo relacionado con lo ecológico tendrá un impacto positivo. No indica ni señala acciones para mantener lo que Georgecu-Roegen (1996) definió como funds, o bien “fondos”, que son aquellos agentes base que sostienen lo demás y que permiten que haya un flujo de materia y energía, por ejemplo, el suelo. Este factor abiótico debe mantenerse en el tiempo si se desea mantener la vida que sustenta. Por lo tanto, la economía circular no toma en cuenta el metabolismo social (endosomático y exomático).

Otras posturas son menos radicales y reconocen que las ganancias de eficiencia en el uso de recursos no son un hecho nuevo en la historia del desarrollo económico. La intensidad en recursos y energía por unidad de producto no han dejado de mejorar desde el inicio de la era industrial, y sin embargo, este hecho no ha evitado que nos acerquemos peligrosamente a los límites del crecimiento (Carretero, 2016). Por eso Hathaway (2014) alienta a seguir el camino de la economía circular, aunque quede demostrado que no sea un 100 % alcanzable, o que se encuentran límites para alcanzarla. Durante el viaje, se podrán generar grandes ganancias económicas y ambientales.

Explican Pearce y Turner (1995) que la parte del flujo de residuos que no se puede reciclar vuelve al medio ambiente, que tiene la capacidad para tomar los residuos y reconvertirlos en productos no dañinos o ecológicamente útiles. A esto lo denominaron “capacidad de asimilación” y es la segunda función importante del medio ambiente. La capacidad de asimilación del medio ambiente es un recurso finito, pero siempre que se respeten sus límites, el medio ambiente asimilará los residuos y los devolverá al sistema económico. Por ejemplo, si en un bosque se talan x metros cúbicos de madera por año, las existencias de árboles no variarán, siempre que los árboles hayan crecido x metros cúbicos.

Por lo tanto, considerando el flujo circular, también llamado modelo de balance de materiales, se identifican claramente tres funciones económicas del medio ambiente:

  • provisión de recursos;
  • asimilación de residuos y
  • generación de utilidad directa.

Son funciones económicas porque todas tienen un valor económico positivo: si se las vendiera y comprara en el mercado, todas tendrían precios positivos. Los peligros vienen del mal uso del medio ambiente porque no se reconocen los precios positivos de estas funciones económicas. Esto no es culpa de la economía ni de los economistas, opinan Pearce y Turner (1995). De hecho, los economistas ambientales hicieron un gran esfuerzo por señalar estas tres funciones económicas y demostrar su precio positivo. La ignorancia de estas funciones económicas tampoco es intrínseca de la teoría económica moderna, sino que está en algún otro ámbito de los objetivos personales y sociales de los individuos, grupos, comunidades, grupos de presión y políticos.

Cubiñá (2014) entiende que de los cinco principios que constituyen la narrativa de la economía circular, hay dos que tienen que ver con los parámetros economicistas. Estos son el valor contable de las cosas y su valor social. El marco macroeconómico y por consiguiente relacional en el que se sitúa la economía circular es, de hecho, lo que diferencia una aproximación más enfocada en el producto y su uso (C2C), de las condiciones y el contexto en el que deben situarse las relaciones entre proveedores, fabricantes y facilitadores.

En esta misma línea de pensamiento está Carretero (2016) cuando expone que la economía circular debe analizarse como un modelo económico que reduce al mínimo los impactos irreversibles sobre el entorno, a través de la optimización y reciclaje de materiales, así como la regeneración, uso compartido, y minimización de pérdidas de recursos naturales. Se trata de acompasar el ciclo físico de la economía con la capacidad de carga del planeta, de manera que la economía pueda crecer en términos monetarios sin por ello agotar los recursos o la capacidad de regeneración.

Korhonen et al. (2018) advierten que toda eficiencia económica es susceptible del efecto búmeran, de la paradoja de Jevons y del efecto rebote. Así, cuando la producción es más eficiente, el costo de producción decrece y por ende el costo final baja, esto promueve e impulsa el consumo, lo cual es finalmente equivalente a un mayor uso de recursos.

Hay varios elementos a analizar en el marco de la economía circular. Esta es un ala del desarrollo sostenible, el cual procura mantener un continuo crecimiento económico, y para ello es necesario mantener y aumentar la producción y consumo (variables parte del cálculo del PBI), y por ende los flujos de materia y energía. Pero hay que ir más allá e indicar en qué marco y contexto tanto la economía circular como el desarrollo sostenible han sido propuestos. En ambos casos, dichos conceptos no cabrían dentro de la economía ecológica, a razón de que se enmarcan y hacen base en la economía neoclásica, en donde el Homo economicus prevalece y los límites físicos del planeta no son parte del sistema económico (Daly & Farley, 2004). Esta inferencia viene de una realidad concreta que es el capitalismo. Este es el núcleo, el eje central y la razón por la cual el desarrollo sostenible no ha dado resultados y se esperaría que, dentro del contexto de una economía capitalista, la economía circular tampoco sea fructífera en términos socioeconómicos y ecológicos (Briones Hidrovo, 2018). Ya Karl Marx criticó al sistema capitalista en su momento: expuso y reveló cómo dicho sistema destruye al ser humano y la naturaleza. Además, el capitalismo tiene fuertes contradicciones que hacen que cada periodo de tiempo entre en crisis (Harvey, 2014; Piketty, 2014).

Dentro de un contexto capitalista, las propuestas de la economía circular estarán alineadas a mantener el sistema, pero no a contradecirlo. Siguiendo los conceptos antes señalados, esta economía solo procuraría que se reutilice todo el material posible (Briones Hidrovo, 2018).

Es interesante notar que las recientes propuestas de la Comisión Europea sobre la economía y la legislación de residuos circular apuntan a una tasa de reciclado del 70 %, y se consideran como “ambiciosas”. El Anexo I de la Comisión de Evaluación de Impacto establece que el 30 % restante de los residuos generados “… en términos generales, corresponde al concepto de no reciclables sobre la base de la experiencia de los Estados miembros o regiones más avanzadas” (Hathaway, 2014).

Los detractores de la economía circular advierten, a pesar de las críticas, que hay casos donde lo circular puede ser contraproducente. Varios académicos tales como Latouche (2009a; 2009b) y Kallis (2018) se centran en la búsqueda continua del crecimiento económico, que depende de la continua explotación del mundo natural, lo cual es incompatible con un planeta físicamente limitado.

Por tanto, ante una economía que busca el crecimiento económico, la economía circular no pararía la contaminación, la destrucción de ecosistemas, el cambio climático, etc. Se ha demostrado que no se puede tener crecimiento económico sin el incremento del uso de materia y energía (Ward, Sutton, Werner, Constanza & Mohr, 2016), caso contrario, la economía decrecería.

Perseguir hasta el último eslabón de reciclaje en el flujo de residuos podría ser demasiado caro en relación con el valor del material que llegue a recuperarse. Es decir que, en términos económicos, hay un punto en donde el costo marginal de tratar de reciclar un poco más se convierte en prohibitivo (Hathaway, 2014).

Los supuestos que están detrás de esta afirmación son que hay precios estáticos y que la combinación actual de la fiscalidad, los incentivos y la regulación que rigen la economía no se pueden cambiar. Sin embargo, el gobierno puede, o más bien debe hacer la reutilización más atractiva, con la eliminación de costos prohibitivos o incluso prohibiendo algunas vías de eliminación por completo, y así mover los residuos en la jerarquía o incluso fuera de la existencia (Hathaway, 2014).

Actualmente existe una jerarquización que da importancia a los pasos previos a la disposición final de la basura, llamada la Estrategia Jerarquizada de Residuos, que plantea la existencia de diversas instancias antes de llegar a la disposición en vertederos (Suazo Páez, 2018). De aquí nace la ampliamente conocida regla de las tres R: Reducir, Reutilizar, Reciclar. Dicha regla pasó a formar parte de la estructura de la educación ambiental y de políticas para atacar el tema. Se busca que las personas utilicen su creatividad y otras herramientas a su disposición como la infraestructura y logren reducir y reutilizar estos elementos antes de pasar a una fase de reciclaje.

A este concepto se propone agregar una R más: Regulación. Las regulaciones más masivas han sido bajo la lógica “end of pipe”, cuyo foco es controlar y reducir los niveles de emisiones hasta umbrales aceptables. Esto recibe el nombre de ecoeficiencia. Sin embargo, opina Suazo Páez (2018) que estas soluciones son ineficientes. El problema de los materiales no aptos para el uso humano y nocivos para el medio ambiente sigue estando. Este tipo de regulaciones son en realidad un permiso para seguir dañando lentamente la vida y los ecosistemas. La regulación efectiva debe examinar y establecer las reglas para el diseño de actividades y uso de tecnologías, y para reafirmar los principios éticos detrás de la producción para alcanzar un alto impacto.

Barreras a la economía circular

Tovar (s.f.) indica que existen barreras que frenan a las empresas a la hora de aplicar las acciones propuestas. En primer lugar, hay una falta importante de información y educación que genera que el mercado no demande productos “ecológicos” o que no sea capaz de discernir entre la información que le llega, siendo muy habitual el llamado green washing o bien el empleo de aserciones ambientales genéricas, no totalmente verídicas o contrastables. En segundo lugar, el precio sigue siendo, en la mayoría de los casos, el principal criterio de compra. Esto está muy relacionado con la falta de regulación de la actividad y la competencia desleal. La falta de regulación provoca desigualdades entre los sectores tradicionales y las nuevas plataformas colaborativas (Previsora General, 2017).

En tercer lugar, al utilizar en la producción materiales reciclados o componentes recuperados, se observa demasiada variabilidad e incertidumbre potencial en cuanto a propiedades, origen, etc. Lo que representa incertidumbre en relación con la calidad o seguridad del producto resultante o futuros problemas en el sistema productivo, el cual no suele estar preparado para manejar tecnológicamente dicha variabilidad.

Como cuarta barrera, Tovar (s.f.) menciona que los modelos de negocio propuestos en el marco de la economía circular se perciben como apuestas arriesgadas y complicadas. No resulta lo suficientemente motivacional el apoyo financiero que puedan otorgar algunos organismos o la misma Unión Europea. Sin contar la presión que ejerce el mercado por mantener el sistema establecido.

Concuerda Iezzi (s.f.) y agrega que dichas barreras y/o fallas en identificar estímulos demoran el desarrollo de la Economía Circular, y están presentes tanto en el contexto global como en Argentina.

En respuesta a esta postura, asegura la Confederación de Empresarios de Navarra (2014) que la economía circular es una clave de competitividad para las empresas, ya que bien entendida permitirá:

  • Reducción del gasto en materia prima
  • Reducción del gasto en la gestión de residuos
  • Sustitución de la venta de bienes y productos por la oferta de servicios, con un mayor retorno económico por bien producido
  • Reducción de costos energéticos, aumentando la eficiencia
  • Sinergia: “lo que para uno es residuo, para otro es materia prima”

A las barreras mencionadas anteriormente, más bien intrínsecas de las empresas, deben sumárseles las barreras relacionadas con el entorno, como las que menciona Freek van Eijk (Eco-circular, 2016):

  • Barreras políticas y de regulación: se observa falta de apoyo por parte de los gobiernos mediante financiación, formación y políticas de impuestos efectivas. Se debería regular la sustitución de sustancias nocivas y fomentar el ecodiseño dirigido, concretamente, al ahorro de recursos y a la eficiencia energética.
  • Barreras de aceptación cultural: hay una falta de consciencia ambiental en proveedores y clientes. La poca información que tienen los consumidores en cuanto a los orígenes y recursos utilizados a la hora de fabricar un producto perjudica a la economía circular. El sistema está dirigido hacia el consumo de productos con obsolescencia programada y es un gran problema, ya que los consumidores dejan de escoger productos con un ciclo vital más largo o fáciles de reparar y reutilizar.
  • Barreras tecnológicas y en las infraestructuras: la falta de competencias, conocimientos y habilidades técnicas se revela como otra causa de mucho peso para la lentitud en el desarrollo y la expansión de la economía circular.

Para superar estos obstáculos, el mismo van Eijk (Eco-circular, 2016) percibe como fundamental crear:

  • Modelos de financiación alternativos
  • Eliminación de impuestos sobre el valor agregado a los productos reciclados
  • Habilidades técnicas en la fuerza de trabajo
  • Formación y conciencia
  • Cambio a nivel político, económico y legislativo

Carretero (2016) también acompaña esta postura, indicando que la economía circular significa un importante reto para el sector privado y para el sector público. Se debe fomentar la innovación, la formación y la inversión en nuevos modelos productivos, que permitan acompasar el crecimiento económico con la reutilización y preservación de materias primas y ecosistemas. Se observa que el número de empresas comprometidas crece de manera exponencial, aunque es necesario un entorno institucional apropiado para favorecer su consolidación.

La economía circular ha despertado más de un debate a lo largo de los años. El ministro de Ambiente del Reino Unido Dan Rogerson, por ejemplo, atrajo muchas críticas cuando dijo que una economía completamente circular no era ni factible ni deseable. Fue el segundo adjetivo el que produjo más sorpresa y disidencia. Presionado para explicar su perspectiva, el ministro argumentó que llega a un punto de rendimiento decreciente cuando el costo de tratar de recuperar el material adicional para el reciclaje supera los beneficios de hacerlo, ya sea en términos de uso de energía, emisiones a la atmósfera, otros daños ambientales o de dinero (Hathaway, 2014).

Un argumento que también se ha escuchado en torno a este debate es que, si se obliga al gobierno a intervenir castigando a los productores que no cumplan con los preceptos de la economía circular, lo que se lograría en realidad serían mayores costos agregados a los productores de residuos y se deprimiría la economía productiva. Según esta postura, el costo total de la fijación de las políticas a favor de una economía circular, en términos de pérdida de crecimiento, producción y empleo en toda la economía en su conjunto, sería mayor que los beneficios que una economía más circular traería.

Hathaway (2014) advierte que pensar que las fuerzas del mercado producirán una economía circular por su cuenta, sin necesidad de la intervención del gobierno, es sumamente grave. La línea de pensamiento que se adecúa a esta especie de “mano invisible” a lo Adam Smith es la siguiente: si la demanda de recursos crece más rápido que la oferta, para poder encontrar el equilibrio, los precios de las materias primas deben hacerse más altos. Poco a poco, los demandantes se recursos deberán buscar nuevas alternativas, y encontrarán más barato y económicamente más beneficioso explotar los recursos secundarios, los reutilizables. De esta manera se lograría avanzar hacia una economía más circular.

Es razonable, sin embargo, que inmediatamente surja la pregunta: ¿cuánto tiempo habrá que esperar para que los mercados libres de trabas resuelvan los problemas de gestión de recursos que la humanidad presente tiene? Parafraseando a Keynes podemos decir que “en el largo plazo todos estaremos muertos”.

Otro argumento que plantea para el análisis Hathaway (2014) es que la lucha por una economía totalmente circular podría dar lugar a pérdidas ambientales, como el uso excesivo de energía, las emisiones de gases de efecto invernadero adicionales u otros agentes contaminantes. Para tirar por tierra este argumento se puede plantear una regla general, la recuperación de materias primas secundarias es ambientalmente preferible al uso de materias primas primarias.

Hay ciertas complicaciones que puede acarrear la implementación de la economía circular y que vale la pena tener en cuenta, con el objetivo de minimizarlos de antemano.

Por un lado, como se dijo anteriormente, la economía circular requiere una integración del ciclo de vida del producto, que va de la extracción de las materias primas hasta la eliminación, la reutilización y/o el reciclado. Esto puede hacerse de manera individual, si las empresas son propietarias del ciclo de vida completo de un producto, o a través de una intensa colaboración interempresarial (Ecoticias, 2017).

Esta integración tiene varias desventajas. Las empresas podrían subvencionar de forma cruzada las diferentes actividades del proceso, con el perjuicio de tener una producción ineficiente y con precios muy elevados.

Otro problema es que, si los productores gestionan el despilfarro de sus productos, puede ser más difícil beneficiarse de la gestión de residuos. Finalmente, los costos iniciales de administrar o poseer todo el ciclo de vida pueden resultar demasiado altos para los nuevos emprendedores (Ecoticias, 2017).

De este primer debate se desprende una segunda cuestión relacionada a la vinculación de empresas. A veces el bucle de recursos es imposible de cerrar dentro de una misma industria. Por ejemplo, se pueden transformar botellas de vidrio en otras botellas de forma casi indefinida, pero muchas veces los residuos de una industria podrían ser recursos para otras.

La vinculación de las diferentes cadenas productivas puede crear una red de complejas interdependencias, que podría hacer que el sistema resultase muy vulnerable a las interrupciones. Similares colapsos y complejidades ya son bastante comunes en otros sistemas (Ecoticias, 2017).

Algunos economistas aplican el mismo rigor a su estudio sobre la economía circular que usarían con cualquier otra rama de la economía. Opinan que tal como las crisis económicas generan una cascada de acontecimientos que puede arrasar con el complejo e interrelacionado sistema financiero, en la economía circular el equilibrio permanente tampoco está asegurado.

La principal defensa de la economía circular es el establecimiento de un símil con la naturaleza, explicando que en ella no hay residuos. Pero la naturaleza tampoco es perfecta. La enorme complejidad de los ecosistemas implica que un cambio en una variable, como la pérdida de biodiversidad, puede colapsar a todo el sistema.

Retomando la idea sobre la colaboración empresarial, la amenaza principal que se percibe en este punto es el riesgo de que se formen asociaciones tipo cártel entre estas empresas, para evitar la competencia (Ecoticias, 2017).

Un gran problema surge cuando se crean monopolios y el beneficio que antes percibían muchos ahora solo queda en manos de uno. Los monopolios deben controlarse para evitar situaciones donde la falta de regulación pueda imponer normativas abusivas (Previsora General, 2017). Hay muchas plataformas de economía colaborativa que en su operatoria van generando datos que se convierten en un recurso exclusivo de estas plataformas.

Como mecanismo antimonopolio se debe conseguir una menor centralización de los recursos y un mayor poder de negociación. Además, se deberían definir leyes que compaginen la privacidad de los usuarios y los datos personales que ayuden en la mejora de los sistemas. Lamentablemente el seguimiento de las plataformas se torna muy difícil debido a la velocidad con que crece Internet (Previsora General, 2017).

Existe actualmente otro debate abierto a nivel de la Comisión Europea sobre la exigencia de cumplimiento de los actuales requisitos normativos sobre los productos reciclados. Esto representa una barrera a la reutilización promovida principalmente por las grandes empresas fabricantes.

Los productos nuevos deben cumplir estándares que obligan a las empresas a enormes costos, ¿no es competencia desleal el que los productos reutilizados no deban cumplirlos? ¿Cuánto mayor es el impacto ambiental evitado por una mejora en el uso del producto que por evitar su fabricación? (Tovar, s.f.).

Es imposible ignorar la realidad de que el uso de los recursos se relaciona directa y fuertemente con las cuestiones ambientales y sociales. Si bien la aplicación de la economía circular tiene un gran potencial para reducir el daño ambiental, la relación exacta que existe entre la maximización de los beneficios y la minimización de los efectos sobre el medio ambiente no está clara (Ecoticias, 2017).

Un gobierno que decida implantar la economía circular debe ser capaz de imponer las políticas adecuadas, que permitan lograr un crecimiento económico, al tiempo que se reducen significativamente los impactos ambientales (Ecoticias, 2017).

Si el tema de debate se centra en el consumidor, se percibe que actualmente este está desprotegido, incentivado por la falta de regulaciones claras. Los consumidores están indefensos ante las plataformas colaborativas, por ejemplo. Todas estas plataformas se protegen directamente gracias a los comentarios que facilitan los propios consumidores. Queda claro que lo más eficaz sería incorporar una responsabilidad legal para controlar cualquier abuso (Previsora General, 2017).

La economía circular y el empleo

El mundo del trabajo está íntimamente ligado al entorno natural. Los empleos en la agricultura, la pesca, la silvicultura, el turismo y otros sectores, incluidos el farmacéutico, el textil y de la industria de alimentos y bebidas, dependen de un ambiente saludable. Los aumentos de temperatura, como los previstos debido al cambio climático, aumentarán el número de días demasiado calurosos para trabajar, comprometerán la salud de los trabajadores y reducirán la productividad (OIT, 2018).

La economía circular incorpora todos los factores de un sistema económico, sus barreras e incentivos, poniendo a las personas y a la creación de empleo de calidad en el centro del sistema. Cubiñá (2014) advierte que pasar de una economía lineal a una circular no puede ser una suma cero para el empleo, tiene que generar un impacto positivo en forma de más empleo, de mejor calidad, para más regiones y durante más tiempo. La reducción del costo de materiales y muy especialmente la seguridad en el suministro que conlleva a una menor volatilidad de costos debe permitir un mayor margen de maniobras en los costos laborales sin penalizar la productividad del sistema.

La OIT (2018) defiende la postura de que no tiene por qué haber una contradicción o una tensión entre un crecimiento económico continuo, por un lado, y los procesos de desarrollo centrados en el trabajo decente y la sostenibilidad ambiental, por el otro. Esta modalidad de desarrollo está consagrada en el Acuerdo de París, en el que se hace referencia al imperativo de una transición justa.

Sin embargo, para Briones Hidrovo (2018) la economía circular no es una propuesta que salga del consumismo. Tampoco toma en consideración la explotación laboral, bajos salarios, la igualdad ni la justicia social.

La Estrategia Europa 2020 enmarca la Iniciativa Empleo Verde, que promueve políticas de empleo más activas en el apoyo y creación de puestos de trabajo y en la adecuación entre la demanda de mano de obra y las capacidades en la economía verde. Entre los principales instrumentos financieros de la Unión Europea para lograr la transición hacia empleos más ecológicos está el Fondo Social Europeo (FSE).

Según las estimaciones sobre el empleo expuestas por la Organización Internacional del Trabajo para el 2018, el efecto neto en la cantidad de puestos de trabajo será positivo. Sin embargo, también se advierte que la transición a la economía verde inevitablemente provocará la pérdida de empleo en determinados sectores a medida que las industrias con un alto nivel de emisiones de dióxido de carbono y con una alta utilización de recursos vayan reduciéndose, aunque estas pérdidas de empleo se verán más que compensadas por nuevas oportunidades laborales.

Es así como, a nivel mundial, las medidas adoptadas en relación con la producción y utilización de la energía provocarán una pérdida aproximada de 6 millones de puestos de trabajo y la creación de unos 24 millones de empleos. La adopción de prácticas sostenibles, en particular, los cambios en la combinación de fuentes de energía, el crecimiento previsto del uso de vehículos eléctricos y los aumentos de la eficiencia energética de los edificios existentes y futuros, redundarán en un incremento neto de aproximadamente 18 millones de puestos de trabajo en el mundo (OIT, 2018).

A continuación, se muestran las proyecciones para los próximos 12 años en materia de tasa de empleo, diferenciando a los países desarrollados de los países en desarrollo. El gráfico muestra los cálculos de la OIT con arreglo al Modelo Global de Políticas de las Naciones Unidas, representado por la diferencia en puntos porcentuales entre las tasas de empleo en el escenario actual y el escenario de economía verde. Como puede observarse los grandes ganadores son los países en desarrollo.

Figura 20: Tasa de empleo. Países desarrollados y países en desarrollo.
Proyecciones años 2018-2030

fig20

Fuente: OIT (2018).

Castañeda (2014) estima que en algunos sectores, la prevención y gestión de residuos podría generar más de 180.000 empleos solo en Estados Unidos. En el sector de la construcción, por ejemplo, la creación de edificios energéticamente eficientes podría crear más de 400.000 nuevos puestos; y un incremento de un 1 % en la tasa de crecimiento de la industria del agua puede crear entre 10.000 y 20.000 nuevos empleos.

En Estados Unidos se podría generar más de un billón de dólares al año para 2025 así como 100.000 nuevos puestos de trabajo si las empresas se centraran en el fomento de las cadenas de suministro circulares para aumentar la tasa de reciclaje, reutilización y refabricación (Castañeda, 2014).

Es tan importante el efecto que tiene la sostenibilidad ambiental para el mundo del trabajo que es necesario prepararse para la transición hacia una economía verde urgente. La OIT (2018) calculó que en la actualidad, 1.200 millones de puestos de trabajo dependen directamente de la gestión racional y la sostenibilidad de un medio ambiente sano; en particular, se trata de empleos en la agricultura, la pesca y la silvicultura que dependen de procesos naturales tales como la purificación del agua y el aire, la renovación y fertilización del suelo, la polinización, el control de plagas, la moderación de las temperaturas extremas, y la protección contra las tormentas, las inundaciones y los vientos fuertes.

Figura 21: Actividades económicas insostenibles

fig21

Fuente: OIT (2018).

La degradación del medio ambiente amenaza estos servicios de los ecosistemas y los puestos de trabajo que dependen de ellos, y sus consecuencias para el mundo del trabajo son particularmente graves para los trabajadores más vulnerables. Los más afectados por el impacto del cambio climático y la degradación medioambiental en general son los trabajadores de países de ingreso bajo y de pequeños Estados insulares en desarrollo, los trabajadores rurales, las personas pobres, los pueblos indígenas y tribales, y otros grupos desfavorecidos (OIT, 2018). En esta situación, ¿se puede considerar que los puestos de trabajo que provocan un impacto externo negativo que afecta a otros trabajadores son empleos decentes o que amenazan la igualdad de oportunidades? Estas preguntas no se refieren tanto a quién tiene derecho al puesto de trabajo, sino a cómo garantizar las mismas oportunidades para todos.

Para que la transición sea justa, las iniciativas de promoción de la economía verde deben ir acompañadas de políticas que faciliten la reubicación de los trabajadores, fomenten el trabajo decente, ofrezcan soluciones locales y ayuden a los trabajadores desplazados. Los sistemas de protección contra el desempleo y los programas de transferencias monetarias constituyen una ayuda determinante para aquellos trabajadores que afrontan la pérdida del empleo debido a la transición hacia la sostenibilidad ambiental o a un desastre natural.

Figura 22: Empleos que dependen de los servicios de los ecosistemas. Año 2014. En miles

fig22

Fuente: OIT (2018).


  1. La paradoja de Jevons formalmente dice que aumentar la eficiencia disminuye el consumo instantáneo pero incrementa el uso del modelo, lo que provoca un incremento del consumo global.


Deja un comentario