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Antecedentes

El surgimiento de la economía circular

En el siglo XIX surgieron algunos autores que esbozaron nuevos caminos para la ciencia económica integrando conceptos de la física y la química para la búsqueda de soluciones integrales. Correa Restrepo (2006) indica que las fallas en las apreciaciones de la economía ortodoxa permitieron el surgimiento de una nueva visión, aunque todavía era estudiada por una minoría. No obstante, el nuevo enfoque mostraba las bases de una forma de ver el mundo natural y el rol que juegan las sociedades en su preservación o destrucción.

La visión de la economía tradicional u ortodoxa tiende a ignorar el carácter limitado de los recursos naturales y la vulnerabilidad del ambiente. Sin embargo, el agotamiento de los recursos renovables y no renovables, el calentamiento global, la degradación de los bosques y la extinción de especies generaron una preocupación creciente por estos cambios posiblemente irreversibles.

Es por ello por lo que, desde hace varias décadas, hay pensadores de distintas áreas de la ciencia que intentan generar principios que frenen y reviertan la situación actual del medio ambiente. A mediados del siglo XIX, Podolinsky (1995) planteó por primera vez la economía como un sistema de conversión de energía. Comparó la productividad energética de los ecosistemas rurales: por un lado, los bosques y praderas naturales, y por el otro, los prados artificiales y campos agrícolas. Así, obtuvo que la producción de biomasa útil para los humanos era mayor cuando intervenía el trabajo humano y de animales. Estudió al hombre como una máquina térmica y determinó un coeficiente económico o conversión sobre lo producido por él y lo consumido; pudo fijar una relación de sostenibilidad. Las conclusiones del autor arrojaron que por medio de la agricultura, la especie humana era una máquina termodinámica perfecta, ya que, con la energía generada por el trabajo, obtenía el alimento para su retroalimentación.

Medio siglo después de Podolinsky, Frederick Soddy retomó la corriente de investigación. Soddy (1995), quien obtuvo el Premio Nobel de Química en 1921, sostenía que el problema del mundo contemporáneo no era que la ciencia estuviera errada, sino que estaba dirigida a una economía inapropiada. Los nuevos descubrimientos en otras áreas de las ciencias revestían un gran riesgo para la humanidad, dado que el sistema económico imperante contenía en sí los elementos necesarios para destruir a la humanidad y solo faltaba que la ciencia le proporcionara los medios técnicos para hacerlo. En sus estudios, planteaba que el economista tiende a confundir las leyes de la naturaleza con las leyes de la naturaleza humana. Pero lo que debería hacerse es estudiar la interacción de ambas. Es decir, considerar por un lado la materia y la energía, y por el otro la voluntad y la posibilidad de guiar o dirigir. Es desde esta perspectiva que Soddy analiza la economía aplicando las leyes de la termodinámica.

Más adelante, otros autores también quisieron establecer las conexiones cuantitativas entre termodinámica y economía. Así, Naredo (1995) sentó las bases termodinámicas para la investigación del proceso de formación del costo en los sistemas energéticos. Consideró que el ahorro de recursos naturales y energía debe basarse en el Segundo Principio de la Termodinámica, a través de la cuantificación sistémica de la energía utilizable en los procesos. El autor concluyó que las relaciones entre termodinámica y teoría de la información, y entre la estructura productiva y la energía que la mantiene, brindan la posibilidad de desarrollar un análisis termodinámico que apoye la orientación de la gestión económica de los recursos naturales y el medio ambiente (Correa Restrepo, 2006).

Estos desarrollos y otros sentaron las bases de lo que se llamó en un primer momento economía ambiental o verde, más tarde economía ecológica. Sin embargo, el concepto evolucionó, porque ahora se establece que debe integrar los distintos sistemas y procesos, como el productivo, el social y el ambiental, unidos entre sí y donde cada uno afecta al otro.

Hacia 1960, el economista rumano Georgescu-Roegen publicó su libro más trascendente, The Entropy Law and the Economic Process, donde planteó el rediseño del diagrama de flujo del proceso económico utilizado hasta ese momento. Ese proceso económico tradicional contempla un flujo de bienes, servicios y dinero desde las industrias hacia los hogares y viceversa, sin entradas ni salidas; es decir, un sistema cerrado. Para el autor, este diagrama servía para analizar los intercambios, pero no para el estudio de la producción y el consumo adecuadamente, ya que no intervenía el medio ambiente.

Figura 4: La economía como un sistema cerrado

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Fuente: Elaboración propia, a partir de un gráfico de Martínez Alier y Roca (2001).

De acuerdo con la visión de Georgescu-Roegen (1996), la economía es un sistema abierto que extrae energía y materia utilizable del ambiente y lo retorna bajo la forma de residuos inutilizables. Por lo tanto, el flujo descripto por el autor es entrópico, considerándose la entropía como la medida de la diferencia cualitativa entre recursos útiles y residuos inútiles, la cual es irreversible. Cabe destacar que, en aquella época, el desarrollo de Georgescu-Roegen fue totalmente rechazado por la comunidad económica.

Figura 5: La economía como un sistema abierto

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Fuente: Elaboración propia, a partir de un gráfico de Martínez Alier y Roca (2001).

Más adelante, la idea de economía circular como tal apareció en el libro de Pearce y Turner de 1989 al tratar el tema de la economía de los recursos naturales y del medio ambiente. De hecho, el capítulo 2 del libro lleva por título “La economía circular”. Esta idea ha ido adquiriendo cada vez más importancia, no solo en el ámbito académico sino también en los ámbitos político, económico, empresarial y social (Cerdá y Khalilova, 2016).

Pearce y Turner (1995) sostienen, mediante sus estudios, que la economía ambiental debe ocupar espacios mucho más importantes en los libros de texto sobre economía y sobre lo que se enseña a los estudiantes. La óptica de análisis cambia. Por ejemplo, menciona que la teoría económica se preocupará tan solo del modo en que interaccionan los distintos componentes: cómo afecta la demanda de consumo a la producción de acero, cómo afecta la producción de automóviles a la producción de acero y demás. La economía ambiental se preocupará de cómo afecta la demanda de acero a la demanda de agua, cómo afectan las variaciones de tamaño de la economía, es decir, el crecimiento económico a las funciones del medio ambiente, etc. La economía ambiental tiende, entonces, a ser más holística que la tradicional: tiene una visión más amplia, más comprensiva del funcionamiento de una economía.

Sin embargo, los autores aclaran que al ser más holística existe la tentación de pensar que la economía ambiental es, de algún modo, “mejor” que la economía tal y como se enseña tradicionalmente, lo que ha llevado a algunos a pensar en la economía ambiental como una economía “alternativa”. Esta es una visión errónea, dado que, en cambio, se trata de ampliar los horizontes del pensamiento económico.

Pearce y Turner (1995) estudiaron la interacción entre el medio ambiente y la economía a través de matrices. El primer paso fue analizar la economía para después aumentar la perspectiva incluyendo el medio ambiente. La tabla 1 describe la economía como una serie de relaciones entre inputs y outputs.

Tabla 1: Input-output sin medio ambiente

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Fuente: Elaboración propia, a partir de un gráfico de Pearce y Turner (1995).

La matriz A muestra los inputs de mercancías que utilizan las industrias. La matriz B muestra el output de cada mercancía producido por cada industria. La matriz C muestra cuánto gasta cada industria en inputs primarios: trabajo y capital. La matriz D muestra la demanda final de mercancías, esto es, qué cantidad de cada mercancía se necesita para cada tipo de demanda final. La matriz E muestra el gasto en cada input primario de acuerdo con cada categoría de demanda final. Y luego se totaliza cada fila y columna.

Tabla 2: Input-output con medio ambiente

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Fuente: Elaboración propia, a partir de un gráfico de Pearce y Turner (1995).

Si se introducen funciones ambientales en el esquema se observa la medida en que cada cambio económico afecta al medio ambiente. La tabla 2 agrega a la anterior los “bienes ambientales”, que se refiere a todos los recursos naturales, como tierra, aire y agua. El medio ambiente proporciona inputs a la economía. A su vez, estos recursos actúan como medio receptor para los residuos que fluyen de la economía.

Pearce y Turner (1995) intentaron responder a la pregunta: ¿por qué no se reciclan todos los residuos? Encontraron una razón fundamental para la falta de reciclado, al margen por supuesto de oportunidades perdidas. En la economía, los materiales se suelen usar de forma entrópica, se disipan dentro del sistema económico. De los cientos de componentes de un coche solo se puede reciclar una parte. Normalmente, es imposible extraer la madera y los plásticos sin incurrir en gastos que no tendrían sentido. En otros casos, el reciclado es técnicamente imposible. Por ejemplo, el plomo de la gasolina que lo utiliza: no se puede recoger del tubo de escape del coche y devolverlo al sistema económico. Por tanto, la entropía impone un obstáculo físico, otra “frontera” a la hora de rediseñar la economía como un sistema cerrado y sustentable.

McDonough y Braungart crearon en el año 2002 el concepto denominado cradle to cradle (de la cuna a la cuna). Este principio elimina el concepto de residuos o desperdicios, y conlleva que los materiales que son usados como materias primas para la producción de artículos o productos deben ser diseñados de forma tal que puedan ser incorporados de nuevo a la biosfera o a la tecnosfera. La biosfera se compone de aquellos productos que pueden ser biodegradables de una forma simple y que pueden ser introducidos y absorbidos por el suelo agregando valor, es decir, que vuelven a la naturaleza. La tecnosfera está comprendida por aquellos productos que al finalizar su vida útil pueden ser introducidos de nuevo en el proceso de producción de otros productos. Para lograr este objetivo se deben desarrollar nuevos tipos de materias primas e insumos que sean inocuos para los seres humanos, las plantas y los animales. Estos a su vez deben tener la posibilidad de ser introducidos de una manera simple en un nuevo ciclo como subproductos, es decir, de ingresar a la tecnosfera o de poder ser degradados e introducidos a la biosfera (CLADEA, 2015).

Ghisellini, Cialani y Ulgiati (2016) hicieron una revisión de los artículos sobre economía circular, publicados entre los años 2004 y 2014, a través de las bases de datos de la Web of Science y de Sciencedirect, de la cual obtuvieron un total de 1.031 artículos. De ellos seleccionaron los 155 artículos más representativos, a partir del contenido de los resúmenes, teniendo en cuenta también el área geográfica. Los casos de estudio, clasificados por proximidad geográfica, que aparecen en la muestra seleccionada se reparten por países de la siguiente forma: China 41, Unión Europea 20, Australia 6, Estados Unidos 5, Canadá 4, Corea 3, Japón 3, India 2, Nueva Zelanda 1, Egipto 1, Sudáfrica 1, Argentina 1 y Brasil 1.

Tal como señalan Ghisellini et al. (2016), la economía circular en China y en el resto del mundo parece seguir patrones muy diferentes. La economía circular en China es un resultado directo de una estrategia política nacional, por tanto, se trata de un enfoque de arriba-abajo, y su implementación se estructura siguiendo tanto un enfoque horizontal como vertical.

La transición hacia la economía circular en Europa fundamentalmente se produce como un enfoque de abajo-arriba, es decir, desde la sociedad civil, ONG, organizaciones ecologistas, etc. Todos estos actores económicos demandan productos más ecológicos, así como una normativa adecuada que trata de implicar tanto a las compañías privadas como a las autoridades. En Japón, la transición hacia la economía circular está caracterizada por una amplia y cercana colaboración entre la sociedad civil, los productores y el sector público (Fraga Chiva, 2017).

En Australia, el gobierno del estado de New South Wales ha puesto en marcha en el año 2014 un programa sobre ecología industrial, que se inspira en el Programa Nacional de Simbiosis Industrial del Reino Unido. El programa tiene como objetivo desarrollar sinergias entre industrias similares para identificar reutilización de residuos y proyectos de reciclaje, aumentar la eficiencia y ahorrar dinero reduciendo la cantidad de residuos que se deposita en vertederos.

Estados Unidos no tiene ninguna iniciativa política sobre economía circular a nivel federal, a pesar de regulaciones pasadas muy importantes, tales como la Ley de Conservación y Recuperación de Recursos de 1976 o la Ley de Prevención de la Contaminación de 1990 (Fraga Chiva, 2017). A nivel de estado, la mayor parte de ellos han adoptado desde los años 1980 una jerarquía sobre gestión de residuos en la que la reducción y la reutilización están en la parte superior de la jerarquía. Han sido implementados planes para aceites usados, prohibición selectiva de vertido de materiales especiales, leyes de contenido mínimo, leyes de etiquetado, reciclado de recipientes para bebidas, entre otros (Ghisellini et al., 2016).

En la actualidad, la Fundación Ellen MacArthur lidera la apuesta por la economía circular. Se trata de una charity inglesa establecida en el año 2000 en la isla inglesa de Wight y que, entre sus socios fundadores, reúne empresas líderes de varios sectores, como B&Q, BT, Cisco, National Grid y Renault. Su misión es acelerar la transición hacia una economía sostenible y regenerativa. Para cumplir esta misión, la fundación dedica grandes esfuerzos a educación, comunicación y concienciación sobre el concepto de economía circular, así como a la innovación empresarial (Marcet et al., 2018).

Una economía circular busca reconstruir capital, ya sea financiero, manufacturado, humano, social o natural. Esto garantiza flujos mejorados de bienes y servicios. El diagrama sistémico ilustra el flujo continuo de materiales técnicos y biológicos a través del “círculo de valor”, como lo indica la figura 6 (Fundación Ellen MacArthur, 2015).

Figura 6: Diagrama sistémico de la economía circular o gráfico de la mariposa

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Fuente: Elaboración propia, a partir de un gráfico de la Fundación Ellen MacArthur (2015).

Este concepto “sistémico” está presente en muchos estudios de la economía circular y la sostenibilidad. En el caso de la economía, los sistemas deben plantearse como complejos, ya que deben contemplar varios factores en interacción.

El enfoque sistémico de la economía circular

Bertalanffy (1968) afirma que la Teoría de los Sistemas ha atravesado una infinidad de campos o especialidades. En las teorías sociológicas contemporáneas, por su vasto espectro, la extendida confusión y las contradicciones surgidas, emerge la necesidad de que los fenómenos sociales sean considerados en términos de sistemas. Los acontecimientos de la sociedad parecen envolver algo más que las decisiones y acciones individuales, y estar determinados más bien por sistemas socioculturales como las ideologías, las tendencias, el crecimiento, los prejuicios, etc.

En la Teoría General de los Sistemas se propone una nueva disciplina, para formular y derivar aquellos principios que son válidos para los sistemas en general. Así, por ejemplo, principios de la física pueden ser aplicados a sistemas sociológicos o biológicos, y no solamente a sistemas de la mecánica o la termodinámica.

Dentro del campo de las ciencias, el poder definir y analizar un sistema resulta muy beneficioso para entender más allá de los elementos aislados. El concepto de sistema es una abstracción que simplifica la realidad y que remite a un conjunto de elementos o partes que interaccionan dinámicamente entre sí y con el entorno, que tiene una cierta permanencia dentro del espacio-tiempo y que intenta alcanzar un objetivo concreto (Moriello, 2016).

Es de considerar que el enfoque sistémico puede proporcionar una perspectiva más útil que otros métodos analíticos, debido a que es una manera de reflexionar en función de conexiones, relaciones y contexto (Gallopín, 2003). En términos socioeconómicos y haciendo uso de la definición de sistemas, se puede ver a cada una de las entidades sociales como una parte del sistema, que se relacionan a través de transacciones económicas, flujos de materia, energía o información, vínculos causales, señales de control, etc.

Para describir adecuadamente su comportamiento, es necesario conocer su organización, la disposición de sus elementos y las interacciones o relaciones que se establecen entre ellos. Los sistemas pueden estar compuestos por elementos materiales o conceptuales, dotados de una estructura particular. A su vez, todo sistema está situado dentro de un cierto entorno o contexto, que lo circunda y envuelve absolutamente. Si el sistema es abierto mantiene intercambios con el entorno, no así si es cerrado o está aislado.

Gallopín (2003) señala que todos los sistemas que tienen existencia material son abiertos y mantienen intercambios de energía, materia e información con su ambiente que son importantes para su funcionamiento. En consecuencia, el comportamiento de un sistema depende no solo del sistema en sí mismo, sino también de las variables externas que ejercen influencia en él, llamadas comúnmente “insumos”. A su vez, el sistema genera variables que influyen en el entorno, llamadas “productos”.

Ahora bien, Moriello (2016) destaca que, en los sistemas abiertos, el medio ambiente se modela continuamente a través de las acciones que el sistema efectúa y no se lo debe considerar prefijado. Por lo tanto, se debe estudiar al sistema y su entorno en una interacción mutua y recíproca. El sistema importa energía y exporta entropía hacia el entorno. Estas fluctuaciones de energía son las que mantienen al sistema vivo.

Por lo general, el ciclo de vida de un sistema abierto consiste en cinco etapas definidos por François (2004) y Moriello (2016):

  • Nacimiento: aparición de un nuevo sistema a partir de la asociación de elementos inicialmente independientes entre sí.
  • Crecimiento: desarrollo del sistema por diferenciación interna y/o absorción y asimilación de elementos externos.
  • Maduración: estabilización estructural del sistema, con fluctuaciones dentro de ciertos límites.
  • Decaimiento: progresiva reducción de la capacidad de fluctuación y regulación del sistema.
  • Muerte: pérdida terminal de coherencia e identidad y dispersión de los elementos constitutivos.

En la mayoría de los casos, las etapas de nacimiento y muerte son las más violentas. En las etapas intermedias el cambio suele ser más suave. Sin embargo, hay que tener en cuenta que un cambio a corto plazo en estas etapas es, habitualmente, solo la forma transitoria de un cambio a largo plazo.

La disolución del sistema se da cuando este pierde la capacidad de mantener las interconexiones específicas entre sus elementos. Cuando estas conexiones dejan de existir, los elementos quedan disponibles para formar nuevas configuraciones organizacionales. Claramente, hay dos causales por las que un sistema puede desaparecer. Una puede provenir del entorno próximo y la otra, del propio sistema. Desde el entorno, se puede generar una perturbación relativamente grande, que no puede ser absorbida por el sistema. Desde el sistema, se acumulan una serie de errores que lo conducen a su destrucción.

El mero diseño de las economías, sean de libre mercado, planificado o mixto, no ofrece ninguna garantía de que el sistema no se destruya. En las nuevas corrientes de pensamiento que debaten sobre la economía y el medio ambiente, se plantea la necesidad de un sistema que sea sostenible. La búsqueda de la sostenibilidad exige integrar factores económicos, sociales, culturales, políticos y ecológicos (Gallopín, 2003). Es necesario abordarlo desde un enfoque sistémico, teniendo en cuenta los aspectos locales y globales, las necesidades de equidad intergeneracional e intrageneracional y la forma en que se relacionan recíprocamente. Sin embargo, los diferentes autores siguen discutiendo aún hoy qué es lo que debe sostenerse concretamente.

En este marco, un sistema es sostenible si el valor neto del producto obtenido no disminuye en el tiempo. En otras palabras, lo producido en el futuro debe ser mayor o por lo menos igual a lo producido en el presente. En el caso de los modelos económicos, se le podría dar al producto una connotación meramente en términos económicos (como puede ser una medida monetaria de capital), o ampliar el concepto a un agregado de bienestar (incluyendo capital natural, manufacturado y social). O, inclusive, considerar prioridades éticas para todas las especies vivas y que se miden en unidades no monetarias.

Entonces, dependiendo de las premisas, se pueden analizar diferentes sistemas sobre las mismas realidades. Por ejemplo, un sistema sostenible planteado para la conservación de un bosque de especies autóctonas implicará considerar que las variables de salidas se mantengan en lo que se denomina variables de estado; es decir que lo que se busca es mantener el sistema. Si, en cambio, lo que se plantea es un desarrollo del sistema sostenible, entonces el sistema puede ir transformándose para mejorar los productos o variables de salida.

Por lo tanto, en la discusión del modelo socioeconómico que se debería implementar en el mundo surgen diferentes miradas en torno al concepto de sostenibilidad. Se destacan dos puntos de vista opuestos, la llamada “sostenibilidad fuerte” y la “sostenibilidad débil”.

Si lo que se prioriza es la sostenibilidad del sistema ecológico principalmente, se estaría en un modelo donde se elimina o minimiza el componente humano. Gallopín (2003) explica que el valor supremo está en la naturaleza, independientemente de la evolución de la economía y la sociedad. Este modelo es lo que se denomina “sostenibilidad fuerte”. De acuerdo con esta posición, los recursos naturales no pueden ser sustituidos por capital elaborado por el hombre. En consecuencia, no pueden agotarse sin que se produzca una pérdida irreversible de bienestar social.

Si lo que se decide priorizar es la sostenibilidad del sistema humano únicamente, sería el modelo en que se prioriza la economía, dejando a la naturaleza solamente una función de proveedora de recursos y servicios naturales y de sumidero de los desechos producidos por la actividad humana. Llevado al extremo, si los recursos naturales pudieran sustituirse íntegramente, se podría pensar en la construcción de una Tierra totalmente artificial. La sostenibilidad es considerada “débil”, ya que lo que importa es conservar un nivel agregado de capital natural más capital manufacturado, sin enfocarse en preservar el capital natural en particular. Solo importa mantener el stock de capital total que permita que no disminuya el consumo (Correa Restrepo, 2006).

Ante estos dos puntos de vista extremos, se plantean alternativas más moderadas, como el planteo de una sostenibilidad del sistema socioecológico total. Este sería el único modelo que a largo plazo tendría sentido para Gallopín (2003). Al tomar al sistema como un todo se vincula la sociedad con la naturaleza y se busca su sostenibilidad integral. Consiste en formar un sistema integrado por un componente societal o humano y un componente ecológico que interactúan entre sí. Los distintos tipos de capital (económico, ecológico, social) no son necesariamente sustituibles, de tal modo que habría que conservar independientemente cantidades mínimas de cada uno de esos capitales. Por lo tanto, lo deseable es que se pueda mantener el agregado total de capital en los niveles actuales, sin que disminuya ninguno. Si la disminución de algún tipo de capital se produjera dentro del proceso, el sistema se volvería insostenible a pesar de que aumentaran otras formas de capital.

Tomando esta visión del sistema socioecológico, resta identificar aquellos atributos que permitirían su sostenibilidad y que dependen de sus propias características sistémicas. Gallopín (1994) menciona las siguientes:

  • Disponibilidad de recursos naturales, materiales e intangibles (como los derechos).
  • Adaptabilidad y flexibilidad para detectar e interpretar los cambios que vienen del exterior. Si el sistema fuera rígido y no se adapta a los cambios, se produciría un colapso.
  • Estabilidad, resiliencia y robustez. El sistema debe ser capaz de preservar los valores de las variables esenciales cerca de un estado determinado (estabilidad), un dominio de atracción (resiliencia), o una estructura del sistema (robustez).
  • Capacidad de respuesta ante el cambio. Se basa en la adaptabilidad y la capacidad de “darse cuenta”.
  • Autodependencia. El sistema debe ser capaz de regular o controlar sus interacciones con el medio ambiente.
  • Empoderamiento. El sistema puede innovar e inducir el cambio en otros sistemas para lograr sus propias metas. Esta característica se presenta solamente para el componente humano del sistema.

Por lo tanto, para que el modelo de economía circular que se está desarrollando en los últimos años pueda perdurar y generar el impacto deseado, debe contar con un estudio integral de todos los factores que rodean la vida en la faz de la Tierra, que permiten al humano producir y que por sobre todas las cosas sea sostenible. Es por ello por lo que debe ser entendido como un sistema, con un alto grado de complejidad, pero que permite beneficios incalculables, para esta generación y las futuras.



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