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Agradecimientos

Como dice Goldschmidt, la honradez del científico consiste en hacer mención del mérito de los demás en la obra[1].

Agradezco a mis padres, Marta y Carlos, y a mi tía Elsa, porque gracias a ellos he sido, soy y seré, y dentro de ese cúmulo de vida y amor que me han dado, he podido hacer esta investigación que formó parte de mi Doctorado en Derecho.

Va también mi agradecimiento al Dr. Miguel Ángel Ciuro Caldani. No solo me dirigió, sino que me acompañó y reconoció en distintos ámbitos: académicos, docentes y científicos. Le agradezco también porque me aconsejó y escuchó; en definitiva, quiso lo mejor para mí. Debo agradecer también a los que me introdujeron al mundo trialista: a María Isolina Dabove, que con su calidez humana y académica me acompañó en los primeros pasos, con paciencia y contención; y a Walter Birchmeyer, que me tendió la mano más importante, la de quien acepta al desconocido.

En suma, agradezco a quienes me dieron la vida y a los que me abrieron las puertas a la vida académica.

Silvia Ventura revisó mis traducciones del inglés al castellano; y Patricia Pioli, las del francés al castellano, y les agradezco su precisión. No puedo olvidar a quienes estuvieron en momentos también considerables para mi tesis y que resumo solo nombrando, reservando las pequeñas historias que acompañan a cada una de estas personas: Carlos Hernández, Gustavo Nadalini, Ricardo Silberstein, Gabriela Donati, Mariana Isern, Erika Nawojczyk, Germán Armesto, Mario Chaumet, Alejandro Sdao, Stella Maris Morelli, Sandra Sosa, Pablo Tojo, Patricia Amatiello, René Bolecek y los bibliotecarios de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) Gladys Caro, Valeria Quintana y Rubén Calderari.

También agradezco al Dr. Ariel Álvarez Gardiol quien, desde la proximidad física y la lejanía doctrinaria, supo aportar ideas tanto verbal como textualmente a fin de iniciar la localización del problema sobre el cual investigar.

Una mención especial de gratitud merece la Universidad Abierta Interamericana que, al abrirme las puertas de la docencia, facilitó que publicara este trabajo, ayudándome también en la investigación. Menciono en este sentido a Mario Lattuada, Stella Maris Sciretta, Liliana Ponti, Laura Paris y Luciano Bolinaga.

Sean bienvenidos a este libro, mientras yo despido esta investigación comparándola con una ex pareja o con un hijo que crece. No se tiene ya una relación cercana —de permanente contacto, pasión, enceguecimiento o de enseñanza continua en el caso del hijo—, pero se pasa a una diferente a todas, que se puede llamar amistosa, en tanto hay menos frecuencia de trato; una relación a veces distante y por otros momentos amena e intensa, aunque no con la misma emoción del primer amor. Así, “… el camino del conocimiento es para el Pensamiento Complejo lo que para Paul Valéry era la elaboración de un poema, aquello que no se termina, se abandona[2]”.


  1. Goldschmidt, Werner, “La ciencia y el científico”, en Justicia y verdad, Buenos Aires, La Ley, 1978, p. 120.
  2. Morin, Edgar; Ciurana, Roger y Motta, Raúl, Educar en la era planetaria. El pensamiento complejo como método de aprendizaje en el error y la incertidumbre humana, Valladolid, UNESCO/Universidad de Valladolid, 2002, p. 49.


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