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Reflexiones teóricas
sobre el impacto de la tecnología
en la educación superior

Máximo Paz[1]

Palabras clave: tecnologías de la comunicación y la información, medios digitales, semiótica, educación superior.


La conclusión final es que sabemos muy poco y, sin embargo, resulta asombroso que sepamos tanto, y aún resulta más asombroso que lo poco que sabemos pueda darnos tanto poder.

 

Bertrand Russell

1. Introducción

Una mirada intelectual permite reconocer hoy un escenario que la educación (entre otros ámbitos) se ve desbordada por las innumerables posibilidades que las comunicaciones digitales proponen y materializan. El enfoque hacia las denominadas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC)[2] ha generado un sinnúmero de publicaciones, en gran parte eufemísicas y, en términos de Umberto Eco, “integradas” respecto de una ulterior teleología instrumental: un enfoque hacia la materialización de los objetivos del mercado, dializando una dinámica autoregenerante[3].

Es por ello que la preocupación por la condición de lo digital se traduce en una acometida plural y con ocasionales rasgos de desmesura, que tiene por objeto plantear esquemas y modelos que permitan representar en forma definitiva y con “isomórfica justicia” los distintos acontecimientos tecnológicos que circundan lo cotidiano.

Estos procedimientos propios de los denominados “nuevos medios” han equilibradamente controvertido y consensuado tanto a los teóricos y ensayistas de la tecnología como a los educadores. Ensayistas de carácter tan diverso como Manuel Castells, Héctor Schmucler o Román Gubern han utilizado exitosamente la metáfora de la red o el rizoma para caracterizar antropológicamente el fenómeno de la Internet, pero no terminan de dar cuenta definitiva respecto de los cuantiosos elementos que han aportado, para describir con mayor claridad y precisión por qué los mensajes transmitidos a través de la red resultan altamente entrópicos.

Diversos sucesos de corte político-económico reflejan en términos fenomenológicos lo afirmado, pero pueden concentrarse en algunos hechos concretos: principalmente, la incertidumbre del mercado educativo a la hora de articular las tecnologías en el aula, la falta de orientación a la hora de explicar las inversiones realizadas en tecnología educativa, la pobreza evidente de las técnicas concretas para mensurar la efectividad concreta y los resultados producidos a partir de las estrategias asumidas e implementadas en la relación tecnología-educación. A modo general, la sospecha respecto del dispositivo digital[4] se sintetiza en una duda sistemática que ha generado no menores controversias: la condición de la Internet de ser o no ser un medio que sea susceptible de adoptar “mejores prácticas” educativa.

Uno de los supuestos de partida de la presente investigación implica que las particulares condiciones de producción de este artefacto (en instancia concreta: de la interfaz como dispositivo mediatizador), afectan el proceso de educativo y el posterior acceso a los conocimientos. En este caso, dicho proceso está particularizado por los recorridos implicados en la constitución de los entornos sensoriales multimediales, que disponibilizan a la mirada distintos recorridos fragmentarios; obteniendo como subproducto de la “experiencia digital total” una acción de reconocimiento disruptivo que encontraría uno de sus causales en la calidad fractal[5] de la interfaz.

De esta forma, y al instituirse como espacio de fractura, la pantalla, definida como campo de expresión del dispositivo digital, emerge como “rectángulo de incertidumbre y caos”, espacio propuesto desde las lógicas de funcionalidad del mercado tecnológico y de la expresión cotidiana como situación de realidad total, en donde mínimas condiciones diferenciales en el estado cero del inicio de una secuencia o una puntuación de la secuencia (en términos semiótico-hegelianos, una cierta “recaída en la inmediatez”), puede derivar en una amplia divergencia al momento de finalizar la actividad de reconocimiento de la superficie de lectura multimedial-digital[6].

Estas formulaciones no se constituyen como una mirada negativa respecto del fenómeno. Se sostiene que esta instancia entrópica puede restituirse por parte del usuario-alumno, mediante el intercambio y sostenimiento de circuitos de interacción humano-ordenador que refuercen y resignifiquen el proceso educador/educando, enriqueciéndolo.

2. Algunos antecedentes y encrucijadas

La cuestión de lo digital ha sido abordada en los últimos cincuenta años, desde múltiples perspectivas. Los enfoques iniciales se tradujeron en miradas especializadas, particularmente ligadas a iniciativas gubernamentales-académicas: durante las primeras décadas del siglo XX se elaboraron los fundamentos de los desarrollos ligados a la cuestión de la inteligencia artificial (IA) o la creación de los pioneros sistemas expertos. Durante el verano de 1956, los seis “padres fundadores” de la IA (Mc Carthy, Minsky, Shannon, Rochester, Newell y Simon) se reunieron en el Darmouth Collage a fin de discutir la posibilidad de construir una máquina “inteligente”.

Desde la filosofía del lenguaje, el autor Sylvain Aroux reconoce un valioso aporte y el reconocimiento teórico que la tradición investigadora en IA ha concretado, pero lo intrincado del asunto la ha remitido a problemas de un alto grado de especificidad, perdiendo de vista el acontecimiento comunicativo. En este sentido, la orientación y la pretensión de la revisión teórica se centrará en el acontecimiento educacional, subyacente en el fenómeno digital. El acontecimiento técnico/tecnológico, matemático, físico o estadístico se ordenará a este fin macroestructural; o sea, definir con mayor precisión conceptual la dinámica de los flujos y reflujos que se gestan en el seno de lo digital y que afectan el proceso de aprendizaje.

En el ámbito teórico-académico, se han ocupado de ella la antropología (los trabajos de Sherry Turkle resultan fundantes en este campo), la sociología ensayística (Roman Gubern, Diego Levis), el ensayo filosófico (Tomás Maldonado), el ensayo integrador-histórico-económico-sociológico- (Manuel Castells), la filosofía aplicada (Pierre Levy, Queau), la divulgación panglobal (Nicholas Negroponte, Alvin Tofler), entre numerosos otros enfoques. En el campo local no existen más acometidas que las histórico-críticas (Piscitelli, Levis); revisiones desde la problemática del newsmaking (Boczkowski).

Complementariamente, los aportes semióticos construidos alrededor del fenómeno digital son reducidos y en ciertos casos disminuyen su potencia epistemológica al derivarse a cuestiones abstractas. Como indica el semiólogo Juan Magariños de Morentín, se propone utilizar en el presente trabajo de investigación a la disciplina semiótica como una herramienta que implique “un proceso cognitivo riguroso y eficaz”. Esta herramienta, al proponernos las categorías lógicas, nos permite analizar cualquier dispositivo de mediatización cultural (Verón, 2004) en un nivel de adecuación y descripción de interés diferencial respecto de otras técnicas, a los fines del trabajo a efectivizar.

Centrándonos en la cuestión del significado y la resolución de este a partir de la naturaleza misma de la unidad digital expresada en el plano de la pantalla, nos acercaremos a una posible articulación del análisis: encontrar las nuevas dinámicas del conocimiento, que el individuo construye mediante la navegación ejercitada sobre estos recientes dispositivos.

Lo digital, encarnado bajo la materialización concreta de las distintas tecnologías digitales disponibles, se instituye como emergente fenomenológico cotidiano en el interior –o exterior– de una encrucijada histórica; es el producto de un devenir de hechos pluricausales, un vector que afecta la vida cotidiana de los individuos en distintos órdenes, y dentro de los estos, en distintos niveles de actuación, entre ellos, la educación. El hecho educativo se (de)construye en el epicentro de esa encrucijada, en donde lo digital permanece tan concreto como enigmático, tan real como evanescente. Al punto de suscitar una verdadera explosión teórica y revisionista, que no ha encontrado el punto de equilibrio necesario para describir con claridad final el emergente.

A partir de esta formalización, resultará innegable la emergencia de un nuevo contexto de estructuración del conocimiento humano, signado por la preeminencia de una nueva narrativa histórica influida primariamente por ciertos dispositivos de mediatización cultural representados y ordenados mayoritariamente por la economía del computador, manifestado en distintas concreciones tecnológicas, cada una de las cuales posee distinto nivel de difusión: de los primeros sistemas corporativos de cálculo (ensayos técnicos iniciales, mainframes, equipamientos y sistemas de procesamiento de datos corporativos), hasta la computadora personal, el teléfono celular, la consola de juegos, y la integración de la dinámica del cálculo en diversos gadgets que consolidan nuestra institución de lo cotidiano. En términos del pensador Jean Baudrillard, la exacerbación de la nueva epidermis que ha consagrado la posmodernidad: la pantalla.

Revisar teóricamente un fenómeno de tal magnitud, que atraviesa la estructura social, requeriría enfocar el objeto de estudio (la educación) en el sentido arriba expuesto: como intersección que exige la revisión de acontecimientos que rebasan la teoría de la educación y que invitan a una mirada que proponga el inicio de una interdisciplinariedad.

3. Nuevos contextos, nuevas categorías

El autor Manuel Castells, en su obra La era de la información, ofrece una caracterización del panorama actual respecto de la manera en que las TIC y particularmente las tecnologías digitales han generado un nuevo contexto, en donde se resignifican los procesos educativos.

En cuanto a los efectos sociales de las tecnologías de la información, propongo la hipótesis de que la profundidad de su impacto es una función de la penetración de la información a través de la estructura social. Por lo tanto, la sociedad industrial, al educar a sus ciudadanos y al ordenar gradualmente la economía en torno al conocimiento y la información, preparó el terreno para el potenciamiento de la mente humana cuando las nuevas tecnologías de la información estuvieran disponibles.[7]

El problema/complejización de la sociedad del conocimiento o de la sociedad en red ya se intuía en la década de 1970, cuando Tichenor, Donohue y Olien en “Public Opinión Quarterly” enunciaban la idea de knowledge gap o “brecha del conocimiento”[8]. La visión desarrollista del período 70-80 presenta fenómenos psicosociales de mayor profundidad.

Hacia el final del segundo milenio de la era cristiana, varios acontecimientos de trascendencia histórica han transformado el paisaje social de la vida humana. Una revolución tecnológica, centrada en torno a las tecnologías de la información, está modificando la base material de la sociedad a un ritmo acelerado. Las economías de todo el mundo se han hecho interdependientes a escala global, introduciendo una nueva forma de relación entre economía, Estado y sociedad en un sistema de geometría variable.[9]

Para Castells, “la emergencia de un nuevo sistema de comunicación electrónica caracterizado por su alcance mundial, su integración de todos los medios de comunicación y su interactividad potencial está cambiando y cambiará para siempre nuestra cultura”[10]. Desde lo digital y reticular (Maldonado, 1998), la educación ha pasado de masiva y homogénea a infinitesimal. Las categorías de la física correspondientes a la teoría atómica y molecular intentan trasvasarse al fenómeno digital como expresión misma de una escala moral cartesiana que absolutiza todo y lo transforma en el ideal mecanicista de la filosofía presocrática, en tensión con un criterio de lo libertario, de una justificación de “libre albedrío digital”.

Un nuevo contexto educativo emerge, exigiendo el esfuerzo de recategorización de la estrategia de modelización de los procesos. Y, como se ha indicado, esta exigencia, se intuye interdisciplinar. Como indicaba Margaret Wheatley, “no se puede mirar y operar en la “sociedad red” con modelos del siglo XXVII”[11].

4. El sistema y la interacción educativa

El soporte bibliográfico que compone el corpus teórico desde el cual se acometerá la cuestión del fenómeno educativo, se remite en un primer momento a aquellas teorías que ponen en un lugar de privilegio el estudio del proceso de interacción humana. En este sentido, el pensamiento sistémico se centra sobre dichos procesos y ofrece un conjunto de variables y conceptos de base referidos a la educación sincrónica “persona a persona”, los cuales pueden ser recuperados y extrapolados. Desde esta perspectiva es posible caracterizar la función (concepto proveniente del campo de la matemática, el cual busca la “posibilidad de simbolizar cosas y de simbolizar las relaciones que pueden establecerse entre ellas. Sus entidades no son ‘datos’, sino conceptos”[12]) desempeñada por los individuos en los procesos educativos sincrónicos digitales, desde su pragmática. “En muchos sentidos es válido afirmar que la sintáctica es lógica matemática, que la semántica es filosofía de la ciencia y que la pragmática es psicología […]”[13].

En términos de Paul Watzlawick, se supone entonces la búsqueda de redundancias pragmáticas significativas, que irán caracterizando el nivel de la función. En un escenario de comunicación “uno a uno”, dos “cajas negras”[14] desplegarán un comportamiento funcional, plano denotativo de una verdadera axiología subyacente.

5. Sistemas interpersonales

La dinámica de los sistemas de Educación a Distancia basados en dispositivos digitales va a verse influenciada por la infraestructura lógico-binaria que propone el medio. Y en este sentido, es necesario apelar a la noción de interfaz:

Interfaz se define como el límite común a dos sistemas, […] en informática, es la frontera convencional entre dos sistemas o dos unidades, que permite intercambio de información; también es el módulo de software o hardware que permite la comunicación con el exterior de un sistema o subconjunto.[15]

De acuerdo con la investigadora y antropóloga norteamericana Sherry Turkle, reconocida en el campo del estudio del conocimiento “en red”[16], las interfaces permiten la interacción entre el hombre y la computadora. La estudiosa de los distintos fenómenos de interacción digital afirma que “hemos aprendido a interpretar las cosas según el valor de la interfaz”[17].

Como primera aproximación, puede ensayarse que el valor de la experiencia educativa digital será equivalente al valor de la interfaz que el sistema proponga. He aquí la axiología de base que radica en el acontecimiento factual, y que va a dispersarse a todo el ecosistema de conocimientos distribuidos, en una relación dinámica: “los sistemas interpersonales –grupos de desconocidos, parejas matrimoniales, familias […]– pueden entenderse como circuitos de retroalimentación, ya que la conducta de cada persona afecta la de cada una de las otras, y es, a su vez, afectada por estas”.

Toda acción comunicativa que implique interacción humana está gobernada por un complejo sistema de reglas, de exclusiones e inclusiones. Cada medio de educación, cada soporte ofrece sus propias dialécticas, sus propios movimientos. En este caso, las reglas y movimientos que la interfaz digital dicta.

… toda interacción puede definirse en términos de la analogía con el ajedrez, esto es, como secuencias de “movimientos” estrictamente gobernados por reglas acerca de las que es correlevante que estén o no en el campo de la conciencia de los comunicantes, […] existe un cálculo aún no interpretado de la pragmática de la comunicación humana, cuyas reglas se observan en la comunicación eficaz y se violan en la comunicación perturbada.[18]

Desde esta perspectiva, la eficacia –y en última instancia el “éxito”– de la acción educativa online estará determinada por el grado de adhesión a ese conjunto de reglas, que irán pautando la pragmática del medio digital.

… toda comunicación implica un compromiso y, por ende, define la relación. Esta es otra manera de decir que una comunicación no solo transmite información sino que, al mismo tiempo, impone conductas. […] estas dos operaciones se conocen con los aspectos “referenciales” –contenido– y “conativos” –relación– […] las relaciones rara vez se definen deliberadamente o con plena conciencia: de hecho, parecería que cuanto más espontánea y “sana” es una relación, más se pierde en el trasfondo el aspecto de la comunicación vinculado con la relación […]. La capacidad para metacomunicarse en forma adecuada constituye no solo condición sine qua non de la comunicación eficaz, sino también está íntimamente vinculada con el complejo problema concerniente a la percepción del self y del otro.[19]

¿Cómo se estructuran estas reglas del juego educativo en Internet, y qué implicancias poseen en el campo de la relación y del contenido? Continuando con la línea teórica del pensamiento sistémico, se revisarán los conceptos de comunicación digital y analógica, nociones de importancia a los fines del presente desarrollo.

Para Watzlawick, en la comunicación humana los objetos pueden representarse de manera análoga (un dibujo), o de manera convencional, arbitraria (un nombre). “Estos dos tipos de comunicación –uno mediante una semejanza autoexplicativa y el otro, mediante una palabra– son, desde luego, equivalentes, respectivamente […]”[20]. Las palabras, como signos arbitrarios y convencionales[21], pertenecen al plano de la comunicación digital: una comunicación que apela al contenido estructurado en unidades discretas (letras formadas por bits) de significación. El enfoque de esta dimensión no está orientado a la dimensión relacional de la comunicación.

Por otro lado, en la comunicación analógica hay algo particularmente “similar a la cosa” en lo que se utiliza para expresarla. […] ¿Qué es, entonces, la comunicación analógica? La respuesta es bastante simple: virtualmente, todo lo que sea comunicación no verbal. […] Opinamos que el término debe incluir la postura, los gestos, la expresión facial, la inflexión de la voz, la secuencia, el ritmo y la cadencia de las palabras mismas, y cualquier otra manifestación no verbal de que el organismo es capaz, así como los indicadores comunicacionales que inevitablemente aparecen en cualquier contexto en que tienen lugar una interacción.[22]

El autor termina de esclarecer las diferencias entre ambos tipos de comunicación ejemplificando a través de la pedagogía del idioma: es imposible comprender una lengua extranjera que se desconoce, sin información “del lenguaje de los signos y de los llamados movimientos intencionales”[23]. La importancia relativa de esta taxonomía dicotómica no es menor: “… sugerimos que la comunicación analógica tiene sus raíces en períodos mucho más arcaicos de la evolución y, por lo tanto, encierra una validez mucho más general que el modo digital de la comunicación verbal relativamente reciente y mucho más abstracto”[24].

Como segunda aproximación teórica y de impacto para el acontecimiento educativo, puede ensayase que la dinámica propia de las comunicaciones digitales sincrónicas, anula y oculta casi por completo el plano de la comunicación analógica.

… si recordamos que toda comunicación tiene un aspecto de contenido y un aspecto relacional cabe suponer que comprobaremos que ambos modos de comunicación […] se complementan entre sí en cada mensaje. Asimismo, cabe suponer que el aspecto relativo al contenido se transmite en forma digital, mientras que el aspecto relativo a la relación es de naturaleza predominante analógica.[25]

Se intuye entonces una pérdida, un empobrecimiento sistemático de corte analítico: todo análisis disgrega, separa en unidades un todo. La digitalidad es en este sentido analítica, segmentaria. Su propia ontología binaria que divide el universo en unidades de ceros y unos afecta y condiciona el sistema interpersonal educativo. Su propia estética modifica la pragmática educativa.

De esta forma, así como es necesaria una gran destreza para expresar emociones y expresiones más propias del ámbito de lo analógico mediante palabras, situaciones que dependen de la capacidad comunicativa analógica son difíciles de plasmar por medio de palabras. Aún así, y muy a pesar de las críticas de Maldonado, es necesario desde el inicio moderar las apreciaciones de carácter crítico. Como explica Watzlawick:

… no cabe duda de que el hombre se comunica de manera digital; de hecho, la mayoría de sus logros civilizados resultarían impensables sin el desarrollo de un lenguaje digital. Ello asume particular importancia en lo que se refiere a compartir información acerca de objetos y a la función de continuidad temporal inherente a la transmisión de conocimiento.[26]

El dilema acerca de la eficacia de la dicotomía digiltalidad-analogía abre el camino hacia la reflexión acerca del tiempo y del espacio en la sincronía educativa. La percepción del territorio, de los objetos y de las unidades temporales en el ecosistema desmaterializante del bit.

6. El espacio y el territorio

La educación mediante Internet instaura una nueva proxémica. De acuerdo con Edward Hall, la proxémica “Trata de la arquitectura, el amueblamiento y la utilización del espacio […] trata de determinar cómo establecemos las distancias”[27]. De la percepción de las distancias y la construcción de los entornos. Es el “… estudio de la percepción y del uso del espacio por el hombre […]”[28].

La arquitectura educativa-digital inaugura nuevos recorridos, propios de un espacio de representación total: el ciberespacio. Término acuñado por el autor William Gibson (1984), indica la presencia de “una realidad virtual entendida como realidad alternativa, sustituta de la realidad real o paralela a ella”[29].

Plotino, Platón, Descartes, Pascal, Leibniz, von Neumann, Wiener, Bacon y hasta San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila (místicos) podrían ser considerados posibles precursores, padres ideológicos de la noción de “ciberespacio” como un fenómeno de “fuga de lo sensible hacia lo inteligible”[30]. Esta noción representa un espacio reproducido, modelado a partir de una dinámica basada en las tecnologías y dispositivos de reproducción icónica. “No se puede negar que dichos modelos aportan algo nuevo dentro de la historia de la modelación […] Ese algo es la convergencia de […] la réplica (o imitación), la simulación y la formulación matemática”[31].

El ciberespacio, ámbito donde se desarrolla la educación digitalizada, va a conjugar esta nueva proxémica, a partir de sus propias reglas de acción: “el problema que plantean los espacios virtuales […] es su carácter cerrado y autorreferencial […] se organizan y autoorganizan sin salir nunca de la esfera de los rígidos lazos establecidos por el programa del elaborador electrónico”[32]. Para Maldonado, la relación del individuo con la computadora está “guiada por instrucciones binarias que condicionan nuestra conducta respecto de ella”[33]. Factor homogeneizante de experiencias educativas que rompe con el concepto que aporta Edward Hall acerca de las diversas maneras en que estructuran el espacio las distintas culturas:

Los pueblos de culturas diferentes viven en mundos sensoriales diferentes. No solo estructuran el espacio de una manera diferente, sino que lo experimentan de distinto modo porque su sensorium está “programado” de un modo diferente. […] Una visión de las diversas manifestaciones de la territorialidad (hay muchas) debería aportar a la vez una base y la perspectiva útiles para la consideración de elaboraciones más complejas del espacio por parte del hombre[34].

La perspectiva proxémica de Hall, incluye –y requiere– una noción de territorialidad actual, no-virtual. En la comunicación sincrónica digital, la proxémica se dirime en un territorio único: el no-territorio, o el territorio de lo fantasmagórico, lo evanescente. El campo de las posibilidades a ser actualizadas. Para Pierre Lévy la virtualización implica “la separación del aquí y el ahora”[35].

Cuando una persona, una colectividad, un acto, una información se virtualizan, se colocan “fuera de ahí”[36], se desterritorializan. Una especie de desconexión los separa del espacio físico o geográfico ordinario y de la temporalidad del reloj y del calendario […] La sincronización reemplaza la unidad de lugar, la interconexión sustituye a la unidad de tiempo. […] Los operadores más desterritorializados, los más apartados de raíces espacio-temporales precias, los colectivos más virtualizados y virtualizantes del mundo contemporáneo son los de la tecnociencia, las finanzas y los medios de comunicación. También son los que estructuran la realidad social con mayor fuerza […].[37]

Según Lévy, imaginación, memoria, conocimiento y religión son ejemplos tempranos de virtualización. Pero el problema radica en el andamiaje, la nueva arquitectura que la educación en línea propone: la virtualización somete el relato clásico a una dura prueba: unidad de tiempo sin unidad de lugar”[38]. Los rituales desterritorializantes poseen una implicancia no menor en la vida del individuo:

… los animales y los hombres tienen necesidad, en los estadios críticos de su vida, de volúmenes específicos de espacio para poder representar las diferentes escenas que puntúan la ejecución de la mayor parte de los actos importantes de una existencia[39].

El proceso de puntuación de secuencias funciona de modo análogo a la deixis, no solo orientando al proceso de adopción de conocimientos, o la “gestión” proxémica del espacio, sino, como afirma Hall, orientando el todo de la existencia de la persona. Watzlawick realza su importancia en la comunicación humana:

Es indudable que en una secuencia prolongada de intercambio, los organismos participantes […] puntúan la secuencia de modo que uno de ellos o el otro tiene iniciativa, predominio, dependencia, etc. Es decir, establecen entre ellos patrones de intercambio […] la puntuación organiza los hechos de la conducta, y por ende, resulta vital para las interacciones en marcha: desde el punto de vista cultural, compartimos muchas convenciones de puntuación que, si bien no son ni más ni menos precisas que otras versiones de los mismos hechos sirven para reconocer secuencias de interacciones comunes e importantes […] la falta de acuerdo con respecto a la manera de puntuar la secuencia de hechos es la causa de incontables conflictos en las relaciones.[…] la naturaleza de una relación depende de la puntuación de la secuencias de comunicación entre los comunicantes.[40]

¿Cómo se resuelve la puntuación de las secuencias en las clases sincrónicas digitales? ¿Qué limitaciones presenta el soporte, en la conformación de patrones de intercambio educacional? Como indica el autor, toda comunicación (educativa) que tienda a una organización, a una efectividad en términos de realización, requiere de una puntuación consensuada culturalmente. Y desde el pensamiento sistémico, este objetivo de efectividad no es menor: “… para comprenderse a sí mismo, el hombre, necesita que otro lo comprenda. Para que otro lo comprenda, necesita comprender al otro […]”[41].

En términos de la proxémica de Hall, resta plantear la condición de este nuevo espacio negado, único y homogéneo: ¿el “lector in fábula” se enfrenta a organización sociópeta o sociófuga? ¿A un espacio de integración cognitiva o disgregación final? ¿Comunicación instrumental, o acción educativa?

La relación entre la realidad y sus representaciones está provocando un renovado interés por cuestiones ya largamente debatidas […] un fuerte impulso dado a este fenómeno se debe al grado de sofisticación alcanzado por las técnicas de modelación de la realidad […] los interrogantes que el fenómeno suscita y las oportunidades que derivan de él trascienden ampliamente los confines de la tecnología[42].

En este sentido, y desde una visión más específica, (con respecto al planteamiento concreto de la hipótesis de trabajo): “¿en qué momento las acciones de diversas personas se definen como interacción, y no simplemente como actos subsiguientes pero no relacionados de diferentes personas?”[43].

Ya se ha expresado que “el proceso de negación del cuerpo va avanzando, hasta que solo parecen permanecer la máquina y la ilusión del Yo, la simulación, la existencia telemática, la simbiosis con el ordenador, la inmortalidad simbólica, la no-vida digital”[44]. “[…] Turkle afirma que los ordenadores han transformado la visión que el ser humano tenía de sí mismo como ‘animal racional’, acercándola hacia la nueva idea de ‘máquina emotiva’”[45]. “En los entornos digitales, nuestro cuerpo se expresa a través de nuestra propia descripción textual, de manera que los obesos pueden ser delgados, los guapos pueden ser simples, los torpes pueden ser sofisticados”[46].

De acuerdo a esta perspectiva, el yo está conformado por el lenguaje[47], en un plano de arbitrariedad que se instituye mediante el intercambio de significantes. En este sentido, cada persona es “una multiplicidad de partes, fragmentos y conexiones deseantes”[48]. Una visión en donde teoría y práctica se escinden, ya que (como explican Berger y Luckmann), por una parte, el cuerpo social impulsa a los individuos a reconocerse como entidades autónomas y responsables[49], y por otro lado, se ven sometidos a potentes fuerzas de multiplicación, fragmentación y disgregación.

En su obra La era de la información, Manuel Castells tiende a explicar el contexto actual como una situación estructural de oposición entre la red y el yo. “Nuestras sociedades se estructuran cada vez más en tomo a una posición bipolar entre la red y el yo”[50]. En otros términos: frente a la desesperanza del individuo de no poder comprender el mundo con su complejidad, solo le resta enfrentarse en soledad a ese sistema autónomo que es la red mundial de intercambios. Desde esta perspectiva, el autor va a comprender la emergencia de fenómenos como el fanatismo religioso islámico, el comportamiento sectario, los genocidios, el localismo xenofóbico, etc., todas manifestaciones de una insistente búsqueda del hombre de una integración de la identidad perdida, proceso en el que las tecnologías digitales, como parte del sistema de intercambios reticular, poseen un rol crucial. Una búsqueda en la que el computador se ha instituido como uno de los caminos posibles, al insertarse en la cotidianeidad.

7. El yo y el otro, sistemas interpersonales de conocimiento

De acuerdo con una definición del estructuralista pragmático Teun A. Van Dijk, la conversación es una de las prácticas que implica el ejercicio del discurso. El discurso es una acción ejecutada en la sociedad, y su estudio se enfoca en los detalles interactivos del habla, ya sea oral o escrita. Mediante el estudio de las microacciones que se llevan a cabo en la puesta en acto de un sistema conversacional, es posible discriminar, desde esta perspectiva, “las funciones sociales, políticas o culturales del discurso dentro de las instituciones, los grupos o la sociedad y la cultura en general”[51]. El comportamiento de los sistemas educacionales que se resuelven en el ámbito de la comunicación digital, como ya se ha indicado, va a verse influenciada por el ritmo que propone el soporte, afectando en este sentido, la jerarquía de los diferentes actos y representaciones que se formalizan en distintos niveles del proceso.

De acuerdo con Sherry Turkle, quien, como se ha referido, se ha dedicado al estudio de estos fenómenos, las interfaces digitales, además de habilitar los intercambios entre el usuario y la computadora, mediatizan la comunicación entre las personas que se comunican sincrónicamente a distancia, y valoriza los contextos.

Las reglas de interacción en el ciberespacio estarán definidas entonces a partir de la actividad que se realice. De esta forma, el netiquette (Gubern, 2000) será diferenciado si el usuario se encuentra en una actividad de conversación sincrónica en línea (chat), enviando un e-mail, jugando en línea mediante Internet, participando de un MUD, o realizando una actividad educativa, por ejemplo al conversar en videoconferencia o emitiendo opinión en un foro de una sesión en línea o en un weblog. Desde ya, las exclusiones e inclusiones que se producirán –y permitirán– en el campo de acción comunicativa, y educativa, serán diferentes; y la manera de institución e instrucción del yo y del otro, también.

La interacción digital multiplica y diferencia los roles pero a la vez lleva la comunicación a un plano de estandarización basada en la división de la materia de la expresión en unidades discretas de ceros y unos. Esta unificación de criterios expresivos resulta homogeneizante, y tiende a anular la diferencia entre comunicación digital y analógica que es posible discriminar en las comunicaciones interpersonales no mediadas por el ordenador.

Interacción plana, sucinta, estereotipada, fragmentada y sometida a una infraestructura particular, estandarizada y totalizante, es la que en un principio ofrece y (re)produce la práctica de la educación digital. En este sentido, y como expresa Turkle: “el yo es múltiple, fluido y constituido en interacción con conexiones en una máquina; está hecho de y transformado por el lenguaje; el congreso sexual es un intercambio de significantes; y la comprensión proviene de la navegación y el bricolaje más que del análisis […] el yo se construye mediante la acción semántica del lenguaje, espacios en los que “la gente y las máquinas poseen una nueva relación”[52]. En sus dinámicas, componentes y productos, se transforman en las metáforas más representativas del conjunto de ideas “posmodernistas”[53], lo cual implica un giro inesperado, dado que el computador ha sido desde su génesis una clara máquina de cálculo, expresión de los objetivos modernistas-cartesianos de dominio matemático.

Interacción sujeta a un relativismo posmoderno que se fundamenta en los orígenes de la reflexión deconstructivista, respecto de la condición del signo:

La deconstrucción no es un sistema de pensamiento, sino un ejercicio táctico preparado para demostrar la inestabilidad del lenguaje y la poca fiabilidad de las teorías en él fundadas. Su herramienta táctica se basa en la observación de F. de Saussure según la cual el vínculo entre significante y significante es arbitrario.[54]

Entendida como intercambio de significantes icónico/simbólico/indiciales/digitales, la interacción educativa se ciñe a la pedagogía de la pantalla, traducida en una interfaz que duplica pero a la vez disponibiliza las posibilidades de expresión del yo, eliminando la comunicación analógica y volviéndola discreta casi en su totalidad[55].

Siguiendo el pensamiento deconstructivista, la mecánica digital no implica más que la neutralización misma del otro. “Cada interacción se reduce a un diálogo sin fin con la máquina, en el que el otro es virtualmente uno mismo (la alteridad es confiscada por la máquina)”[56]. Negación y anulación de las antiguas pretensiones del interaccionismo simbólico[57], la desterritorialización desmaterializante no ofrece puntos de fijación, y cambia la certeza por la sincronización (Lévy, 1995).

El importante nivel de regulación y planificación del simulacro digital exteriorizado en la pantalla mediante la interfaz conduce al cinismo funcional hasta llegar, como se ha indicado, al nivel máximo de desconfirmación, la anulación del otro: “Cuando el individuo no deposita confianza en sus actos ni le interesan mayormente las creencias de su público, podemos llamarlo cínico”[58]. Una suerte de rechazo del cuerpo ajeno y del propio[59]. “El proceso de negación del cuerpo va avanzando, hasta que solo parecen permanecer la máquina y la ilusión del yo, la simulación la existencia telemática, la simbiosis con el ordenador, la inmortalidad simbólica, la no-vida digital”[60].

En la tensión estructural inmanente a la relación entre la evanescencia de los microcosmos subjetivos digitales y la materialidad del cuerpo individual radica la actual reflexión sobre los espacios educativos basados en el ordenador. La posición crítica post-marxista de Gilles Deleuze, Félix Guattari y Jean Louis Baudrillad ha desarrollado un visceral ataque no ya solo a la entidad de las nuevas tecnologías de la comunicación digital, sino al sistema de reproducción cultural mismo que proponen e imponen las dinámicas propias del capitalismo occidental, de cuyo seno surgen dichas tecnologías.

Hemos convertido el proceso en una finalidad, el fin de todo proceso no radica en su propia continuación hasta el infinito, sino en su realización. […] la esquizofrenia es el universo de las máquinas deseantes productoras y reproductoras, la universal producción primaria como realidad esencial del hombre y de la naturaleza.[61]

Especialmente Baudrillard ha enfocado su mirada en las nuevas tecnologías de reproducción icónica. En La precesión del simulacro, retoma la alegoría del mapa y el territorio para anunciar que la diferenciación de las identidades se ha vuelto absurda. […] hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto. La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal[62].

Tendencia a la serialización y estandarización del yo, el cual, desde esta perspectiva, tiende a quedar enmarcado axiológicamente en el frame de la pantalla. El problema del control y la pantalla será una preocupación recurrente del autor en El otro por sí mismo:

Hoy, ni escena ni espejo, sino pantalla y red. Ni trascendencia ni profundidad, sino superficie inmanente del desarrollo de las operaciones, superficie lisa y operativa de la comunicación. A imagen y semejanza de la televisión, el mejor objeto prototípico de esta nueva era, todo el universo que nos rodea e incluso nuestro propio cuerpo se convierten en pantalla de control.[63]

En una suerte de reformulación contemporánea de las bases ideológicas de la Teoría Crítica, el bit se constituiría como una mercancía, el mensaje ya no existiría, sino que sería tan solo el medio que “impone su circulación pura”[64]. El poder transita entonces, sin la posibilidad de detentar una fuente, un punto de referencia, de anclaje, alimentando “la sociedad del espectáculo” de Debord.

El sistema económico fundado en el aislamiento es una producción circular del aislamiento. El aislamiento funda la técnica, y el proceso técnico aísla a su vez. Del automóvil a la televisión, todos los bienes seleccionados por el sistema espectacular son también las armas para el reforzamiento constante de las condiciones de aislamiento de las “muchedumbres solitarias”. El espectáculo reproduce sus propios supuestos en forma cada vez más concreta.[65]

En su obra Crítica de la razón informática, Tomás Maldonado cita a Ferry Eagleton, duro opositor del “cinismo de izquierda” (sic) de Baudrillard. Eagleton mantiene su sospecha acerca del planteo del pensador francés: se trataría de una posición “vergonzosamente cómplice” acerca los discursos propios del sistema al sostener “que ahora todo ‘funciona por sí mismo’, independientemente del modo en que las cuestiones sociales son plasmadas y definidas en la experiencia popular”[66]. Desde este punto de vista, se debe asignar cierta credibilidad a este argumento. Suponer la autonomía del sistema implicaría ir sustituyendo en forma progresiva el rol del ser humano en el proceso educativo mismo; perdiendo así rápidamente su naturaleza autopoiética intrínseca y sometiéndolo a un mecanicismo antinatural.

Aun así, es innegable que en este reciente plano emergente de la educación “algo ocurre”, y como el mismo Maldonado acierta, “sería necio negarlo”[67]. El yo se contenta fruitivamente con la circulación continua de bits, expresión binaria y espectacular de un yo descentrado, múltiple, embebido en una tecnología “opaca” y posmoderna; afectando este proceso su sistema de relaciones cognitivas. Y alterando de esta forma, la mecánica socio-psicológica de sus relaciones educativas.

8. Perspectivas del yo. A modo de conclusión

En el ámbito de la cultura contemporánea emerge una situación de tensión estructural de las identidades individuales, colectivas e institucionales.

Desde científicos intentando crear vida artificial a niños que practican morphing, a través de series de personajes virtuales, podemos ver la evidencia de cambios fundamentales en la manera como creamos y experimentamos el conocimiento y la identidad humana. Sin embargo, en Internet las confrontaciones con la tecnología, al mismo tiempo que colisionan con nuestro sentido de identidad humana, son frescas, incluso puras. En las comunidades ciberespaciales de conocimiento, vivimos en el umbral entre lo real y lo virtual, inseguros de nuestro equilibrio, inventándonos sobre la marcha.[68]

Cuando las personas adoptan el conocimiento en conexión, entran a un territorio en donde se ubican en un plano que fluctúa entre la integración y la disociación del yo. Una situación de transición, un espacio de incertidumbre. La educación digital, comprendida de esta manera, representa un espacio de deconstrucción y transacción, pero que no implica la destrucción total de las reglas y la anegación absoluta de la realidad por parte de la virtualidad potencial.

En última instancia, y como expresa Turkle, el “yo proteico” de Lifton no resulta más que un ejercicio teórico, que luego posee su concreción práctica. Si bien en la visión del yo descentrado, el individuo tiende a separar la dimensión de su identidad respecto de la esfera de su materialidad (cuerpo como objeto),

… es irrazonable conjeturar, como algunos se aventuran a hacerlo hoy, que los hombres en su vida cotidiana puedan a la larga desembarazarse definitivamente de la exigencia elemental […] de querer siempre y de todas maneras tocar con la mano las cosas de este mundo.[69]

Es menester no olvidar que el núcleo central de la entidad viva es su constitución molecular autopoiética. Y esta constitución está ligada a su actualidad material. Desde esta perspectiva, todo anexo a la materialidad humana es protésica, complementaria y de segundo orden; lo cual no implica negar la nueva densidad de los recientes materiales con los que el yo construye y reconstruye las entidades[70].

La educación virtualizada, en este sentido, no es reductible a una sola dimensión: no es necesariamente negación o aceptación, escape o aceptación, prisión o libertad. Es literal y formalmente un ámbito de posibilidades. “No tenemos que rechazar la vida en la pantalla, pero tampoco la tenemos que tratar como una vida alternativa. La podemos utilizar como un espacio para el crecimiento”[71]. Si como afirmaba en su Tractatus Lógico-Filosófico el “primer” Wittgenstein, en la imagen modelo y la proposición subyace una relación isomórfica, base de la modelación formal del mundo; no resultaría descabellado atribuirle a las nuevas interfaces digitales/culturales cierta posibilidad de comprender ciertas identidades a través de ellas[72].

Ya en el campo específico de la pedagogía y la educación, resulta de interés la posibilidad de comprender e investigar una nueva perspectiva del yo.

… la psicología contemporánea se enfrenta a lo que se ha quedado fuera de las teorías del yo unitario. En la actualidad, la psicología se debe preguntar: ¿qué es el yo cuando funciona como sociedad? ¿Qué es el yo cuando divide sus funciones entre sus “alteridades” constituyentes?[73]

Se expresa aquí la necesidad de recomponer las metáforas que fluyen en este campo, entre la tecnología, la psicología, el juego, los estudios sobre la cultura, la IA, la vida autopoiética, la vida artificial, la biología, la publicidad, la nanotecnología… y por supuesto, la educación.

Lejos de las rimbombancias propias de los discursos positivistas referidos a la virtualidad[74] en particular y la tecnología educativa en general, el actual se constituye como un momento limítrofe de paso[75], el ordenador estimula una diversidad natural de respuestas acerca de las identidades fundamentales del hombre y su universo. “Todavía queda mucho partido por jugar, en la contienda sobre el lugar en que el ordenador hace entrada en categorías como lo que es y lo que no es inteligente, lo que está vivo, o lo que se parece a una persona”[76].

Dependerá pues de nosotros que en el futuro hagamos de estos medios un uso alienante en nombre de una ideología de la desmaterialización universal o bien, en cambio […] un uso que explote al máximo el formidable potencial cognoscitivo, proyectivo y creativo del hombre en su relación con el mundo. [Y con sí mismo].[77]

Como sugiere Maldonado, la posible abolición de una fuga mundi, y la adscripción a una creatio mundi. Porque:

Sin una profunda comprensión de los muchos yos que expresamos en lo virtual no podemos utilizar nuestras experiencias para enriquecer lo real. Si cultivamos nuestra conciencia de lo que hay tras nuestros personajes en la pantalla, tenemos más posibilidades de tener éxito en el uso de la experiencia virtual para la transformación personal.[78]

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  1. Doctor en Educación. Licenciado en Comunicación Social. Actual decano de la Facultad de Ciencias de la Educación y de la Comunicación Social USAL.
  2. La investigación correspondiente al presente artículo se desarrolló en el contexto contemporáneo delimitado por la acción de los nuevos medios de comunicación representados por las TIC. Dentro del universo de tecnologías que se enmarcan bajo este último concepto, se tomarán particularmente las tecnologías digitales. Se entiende que estas han generado un nuevo contexto, en donde se resignifican los procesos de constitución social y comunicacional. El concepto de TIC suele utilizarse indiscriminadamente. Encontrar un punto de equilibrio teórico respecto de “lo digital” requiere en principio de un proceso de adecuación conceptual: el término TIC resulta demasiado generalista desde su campo de acción semántica, dando lugar a confusiones teóricas y metodológicas. En adelante se utilizará el más adecuado “Tecnologías Digitales” para referirse a los productos materiales de la perspectiva tecnológica contemporánea. Se entiende entonces aquí el término TIC (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones) en un sentido restringido al introducir la categoría de “Tecnología Digital”: aquí importa la condición “ontológica” discreta del soporte, que construye su verdadera especificidad.
  3. Podría proponerse aquí el concepto ofrecido por Humberto Maturana de “autopoiesis de segundo o tercer orden”, pero se entiende que este puede enriquecer otras instancias de mayor interés a los fines del presente enfoque.
  4. Artefacto que se instituye como una compleja realización histórica de un conjunto de vectores culturales y en otra dimensión, de aspiraciones demiúrgicas humanas. El problema de la voluntad de figuración y su consecuente aspiración demiúrgica es largamente tratado por Román Gubert a lo largo de su obra. (El Eros Electrónico, El Simio Informatizado, etc.). Con mayor precisión se desagregará este tema más adelante, pero queda instituido “lo digital” como una entidad (dispositivo) más complejo en términos culturales que un simple electrodoméstico cotidiano.
  5. La condición discreta del bit y sus consecuentes reminiscencias mecanicistas sugieren enfocar la mirada especialmente al desarrollo del álgebra de fractales, y en sus posibilidades de descripción respecto del emergente de la comunicación digital. Como explica Miguel Ros, de la Universidad de Murcia: “… el estudio de los fractales no es algo privativo, o exclusivo, de las Matemáticas. El estudio y origen de los distintos fenómenos que se explican mediante modelos fractales corresponde determinarlo a las disciplinas científicas donde se planteen. En todo caso sí queremos señalar el potencial interdisciplinar de estos objetos, como elementos que pueden constituir el eje sobre el cual distintas disciplinas pueden trabajar coordinadamente.
    Las primeras expresiones fractales/binarias han provenido del autodenominado ‘arte digital’. Sin entrar en una discusión extensa respecto de la viabilidad del arte bajo esa manifestación, sí se puede constatar la recursividad presente en la misma.
    Se dice que un objeto es autosemejante si se puede construir a partir de copias semejantes –en el sentido de las transformaciones geométricas– de sí mismo. Más precisamente, F es una estructura autosemejante si puede ser construida como una reunión de estructuras, cada una de las cuales es una copia de F a un tamaño reducido –una imagen de F mediante una semejanza contractiva”. (Disponible en https://bit.ly/1HTdXpV. Consultado el 05 de agosto de 2005)
  6. Cualquier fenómeno digital está conformado por el bit, que es la unidad mínima de información digital. Es por esto que las condiciones de producción del dispositivo binario parten inicialmente de esta materia. Pero al ser esta una expresión matemática de carácter algebraico, la mirada humanística sobre el proceso de comunicación que se gesta a partir de la acción fenomenológica del bit debe enfocarse sobre la superficie de expresión, ya que es la materialización principal de las condiciones de expresión del mensaje digital: la pantalla. Ahora bien, la pantalla es el medio de difusión de la interfaz, que no es más que la puesta en actualización constante de una intersección de píxeles. En este sentido: las cualidades diferenciales del bit sugieren que las condiciones de producción de la interfaz generan un campo de incertidumbre respecto de los efectos posibles a partir de las condiciones de reconocimiento del mensaje digital. En otros términos: la condición de la interfaz, sustentada en la condición del bit, posibilita que a pequeños cambios en las condiciones iniciales de lectura de esta, se produzcan importantes divergencias en los vectores de lectura de los mensajes.
  7. Castells, Manuel, La era de la información. Tomo I, Economía, Sociedad y Cultura. Capítulo 1. Disponible en https://bit.ly/2Foe1og. Consultado el 13 de junio de 2005.
  8. Muñoz Alonso, Alejandro, op. cit., pág. 263.
  9. Castells, Manuel, La era de la información. Tomo I, Economía, Sociedad y Cultura. Prólogo. Disponible en https://bit.ly/2Foe1og. Consultado el 13 de junio de 2005.
  10. Castells, Manuel, The Rise of the Network Society, cap. 5, Cambridge, Massachusets, 1996.
  11. Wheatley, Margaret J., op. cit., pág. 36.
  12. Watzlawick, Paul, op. cit., pág. 25.
  13. Watzlawick, Paul, op. cit., pág. 23.
  14. En términos de Watzlawick.
  15. Disponible en https://bit.ly/2ROFntF. Consultado el 10 de marzo de 2005.
  16. “La estudiosa estadounidense, remitiéndose a una vasta experiencia de observación del comportamiento (propio y ajeno) en el uso del canal IRC, del MUD (Multi User Dungeon), del BBS (Bulletin Borrad System) del WEEL (Whole Herat Electronic Link) y del e-mail (electronic mail), plantea una teoría alternativa a las posiciones utópicas, utilitarias y apocalípticas […] Es indudable, empero, que el utopismo de Turkle, como el de Negroponte, se funda en la creencia, por lo demás muy difundida en la cultura cyber, de que la evolución de las tecnologías informáticas hará posible una profunda mutación de las condiciones de vida del planeta. Y será, ante todo y sobre todo, en la esfera de las relaciones interpersonales donde dicha mutación se hará de sentir primero”, de Tomás Maldonado en Crítica de la Razón Informática, Buenos Aires, Paidós, 1998, págs. 65-66.
  17. Disponible en https://bit.ly/2ROFntF. Consultado el 10 de marzo de 2005.
  18. Watzlawick, Paul, op. cit., págs. 36-37.
  19. Ibidem, págs. 43-46.
  20. Ibidem, pág. 51.
  21. Ya el diálogo “Crátilo” difundido por Platón iniciaba una extensa discusión semiótica acerca de la convencionalidad o naturalidad de las palabras. A los fines prácticos-expositivos, se aceptará como supuesto verificado la idea saussuriana de convencionalidad y arbitrariedad de las palabras.
  22. Watzlawick, Paul, op cit., pág. 51.
  23. Ibidem, pág. 51.
  24. Ibidem, pág. 51.
  25. Ibidem, pág. 53.
  26. Watzlawick, Paul, op. cit., pág. 52.
  27. Winklin, Yves, La nueva comunicación. Barcelona. Kairós, 1984, pág. 203.
  28. Ibidem, pág. 198.
  29. Maldonado, Tomás, Lo real y lo virtual. Barcelona, Gedisa, 1999, pág. 62.
  30. Ibidem, pág. 64.
  31. Ibidem, pág. 78.
  32. Ibidem, pág. 80.
  33. Ibidem, pág. 86.
  34. Winklin, Yves, op. cit., pág. 203.
  35. Lévy, Pierre, ¿Qué es lo virtual?, Barcelona, Paidós, 1999, pág. 20.
  36. El concepto de “fuera de ahí” introducido por Lévy no es gratuito. Apela directamente a la idea de “estar en sí” (dasein) del sistema heideggeriano. Para el filósofo, ser es “ser ahí”, concepción que abre un interesante panorama acerca de la condición ontológica del ser digital.
  37. Lévy, Pierre, op. cit., pág. 22.
  38. Idem.
  39. Winklin, Yves, op. cit., pág. 206.
  40. Watzlawick, Paul, op. cit., págs. 47-50.
  41. Ibidem, pág. 32.
  42. Maldonado, Tomás, op. cit., págs. 11-12.
  43. Van Dijk, Teun, El discurso como interacción social, Barcelona, Gedisa, 2000, pág. 31.
  44. Levis, Diego, La pantalla ubicua, Buenos Aires, Ediciones Ciccus – La Crujía, 1999, pág. 104.
  45. Ibidem, pág. 73.
  46. Turkle, Sherry, op. cit., pág. 19.
  47. Sobre todo a partir de que las primeras interfaces digitales, como ya explica Negroponte, eran de carácter textual. El panorama ha cambiado dramáticamente desde la introducción de interfaces icónicas.
  48. Ibidem, pág. 22.
  49. La materialidad posee una implicancia dramática en esta constitución de la identidad individual: “los significantes […] ocupan una posición central en la economía del mantenimiento de la realidad y revisten particular importancia para la confirmación continua de ese elemento crucial de la realidad que llamamos identidad”. Berger, Peter L. y Luckmann, Thomas, op. cit., pág. 23.
  50. Castells, Manuel, La era de la información. Tomo I, Economía Sociedad y Cultura. Edición electrónica disponible en https://bit.ly/2sriMVJ. Consultado el 12 de noviembre de 2005.
  51. Van Dijk, Teun A, El discurso como interacción social, Barcelona, Gedisa, 2000, pág. 25.
  52. Ibidem, págs. 23; 25.
  53. Turkle define a las siguientes ideas como representativas del pensamiento posmodernista: “descentrado”, “fluido”, “no lineal” y “opaco”.
  54. Vilchez, Lorenzo, op. cit., pág. 126.
  55. Es posible matizar esta afirmación mediante la reciente implementación de webcams en los locutorios y conexiones sincrónicas digitales privadas. Este factor tiende a equilibrar la relación de información digital/analógica, si bien su utilización todavía es reducida, y degradada por la velocidad de transmisión de píxeles por segundo que permiten los dispositivos.
  56. Levis Diego, op. cit., pág. 106.
  57. Ya el investigador de la interacción humana, Irving Goffman, explicaba: “Cuando un individuo llega a la presencia de otros, estos tratan por lo común de adquirir información acerca de él o de poner en juego la que ya poseen”. La ausencia de no-contradicción, cambio de roles, ausencia de puntuación (Watzlawick, 1986). Goffman, Irving, La presentación de la persona en la vida cotidiana, Buenos Aires, Amorrortu, 1995, pág. 13
  58. Ibidem, pág. 29.
  59. “Este radical desprecio y rechazo por el propio cuerpo, en el que subyacen siglos de represión a la sexualidad, es un síntoma de la tendencia hacia la desmaterialización de la relaciones sociales que caracteriza a la emergente sociedad pos-industrial, y que es uno de los rasgos más remarcables de la neocultura ciber”. Levis, Diego, op cit.
  60. Ibidem, pág. 104.
  61. Deleuze, G. y Guattari, F., El anti-edipo, capitalismo y esquizofrenia, Barcelona, Paidós, 1985, pág. 14.
  62. Baudrillard, Jean, La precesión del simulacro, Barcelona, Editorial Kairós, 1978, pág. 5.
  63. Baudrillard, Jean, El otro por sí mismo, Barcelona, Anagrama, 1988, págs. 9-10.
  64. Ibidem, pág. 19.
  65. Debord, Guy, La sociedad del espectáculo, 1967. Edición electrónica completa disponible en https://bit.ly/2VQWLNA. Consultado el 30 de noviembre de 2005.
  66. Maldonado, Tomás, Crítica de la razón informática, Barcelona, Paidós, 1998, pág. 31.
  67. Ibidem, pág. 14.
  68. Turkle, Sherry, op. cit., pág. 16.
  69. Maldonado, Tomás, op. cit., pág. 15.
  70. Maldonado, Tomás, 1999, pág. 111.
  71. Turkle, Sherry, op. cit., pág. 331.
  72. El mismo Maldonado, en Lo real y lo virtual, expresa su idea respecto de las posibilidades que las tecnologías de la virtualidad digital poseen en el campo de la arquitectura, la medicina y el arte, como portadoras de una visión que posibilite una más estrecha relación con los contextos.
  73. Turkle, Sherry, op. cit., págs. 326-327.
  74. Resulta interesante remarcar que la idea de virtualidad ya está implícita en la noción de signo Peirce. Cuando el lingüista asegura que signo es algo que se encuentra en lugar de algo y para alguien, se encuentra implicando la idea de semiosis substituyente. En la esencia misma del signo radica lo virtual. Porque el signo es ya representación de los cuerpos.
    The concept of virtuality is deeply embedded in Peirce´s doctrine of signs and hence in his semiotic doctrine of mind. In this Peircean doctrine, […] we find the most promising philosophical framework available for understanding and advancement of the porject of augmenting human intellect throught the development of virtual technologies. (Skagestad, Peter; “Peirce, Virtuality, and Semiotic”; University of Massachussets-Lowell; edición electrónica disponible en https://bit.ly/2HawW7G).
  75. Turkle, Sherry, 1995, pág. 337.
  76. Ibidem, pág. 336.
  77. Maldonado, Tomás. Lo real y lo virtual, Barcelona, Gedisa, 1999, pág. 90. Paréntesis final agregado.
  78. Turkle, Sherry, op. cit., pág. 338.


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