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10 A propósito de síntomas denominados “interculturales”

Claudine Hourcadet

Las mutaciones contemporáneas (globalización, guerras de poder y competencia de los mercados, precarización masiva, etc.) conducen a los individuos fuera de sus fronteras nacionales hacia las orillas más o menos acogedoras del continente europeo.

Los extranjeros están delante de nuestras puertas, e inclusive nos invaden, se afligen ciertos medios y partidos políticos. Los actores sociales, por su parte, han de recibir y apoyar con los recursos limitados de los que disponen a usuarios venidos de culturas diferentes de la propia.

¿Quiénes son esos extranjeros? ¿Son ellos siempre portadores de síntomas y cuáles son esos síntomas?

Están las personas que vienen de otras comarcas, que hablan francés con dificultad o que directamente no lo hablan, que están desfasadas respecto de determinadas modalidades de vida de la clase media y baja, adoptan posturas distintas de las nuestras en sus relaciones sociales, encarnan y propagan otros valores y principios, crían a sus hijos de otro modo… Nos resultan tan ajenos como seguramente nosotros les resultemos a ellos. Hasta cuando tenemos muchas ganas de comprenderlos, no siempre lo logramos porque no interrogamos el hecho de que nuestra visión del mundo esté codificada por parámetros religiosos, morales, ideológicos –visión ni lógica ni natural. El color de la piel, de los elementos fenotípicos, el vocabulario utilizado son criterios de identificación y variables de ajuste para intervenir en situaciones que se nos presentan como difíciles.

Las instituciones y servicios sociales y médicosociales son asimismo visitados por hombres, mujeres y niños que nacieron y viven en Francia y hablan nuestro idioma, aunque con mayor o menor dificultad para hacerse oír y entender. Ellos también pueden no tener la misma forma de vivir, ni dar crédito a representaciones y creencias, adoptar posicionamientos conscientes e inconscientes diferentes de aquellos del actor social que los recibe detrás de su escritorio. Aquí, lo que marca la diferencia cultural son la educación, el nivel de vida, la franja social de pertenencia.

Agreguemos a esas dos categorías una tercera, la del extranjero que, en el mejor de los casos dormita en cada uno de nosotros, en el peor de los casos despierta miedos y angustias a los que Freud denomina la inquietante extrañeza, lo que es familiar, íntimo y, a su vez, está disimulado y resulta potencialmente peligroso. Los extranjeros están delante de nuestras puertas, es cierto, ¡pero a ambos lados de ella!

Lo que está en entredicho es, pues, la diferencia no interrogada. Y esta viene a cuestionar lo que consideramos familiar y tranquilizador, lo cual forma parte de nuestros hábitos y otros reflejos condicionados. El extranjero se nos aparece como portador de síntomas, de resistencias teñidas de irracionalidad, de proyectos tildados de incoherentes, de formas de vida que se estiman poco acordes con la sociedad en la cual vivimos.

Dos pistas de reflexión para entender algunas situaciones vividas por usuarios considerados culturalmente diferentes:

considerar la positividad del síntoma, o sea, lo que tiene de estructurante y la dosis de actuación que conlleva para soportar lo que uno tiene que vivir. Los síntomas que incumben a otra cultura no necesariamente son problemas, y los sujetos que los exhiben no siempre están en dificultad ni en situación de sufrimiento;

cuestionar lo que la categorización “diferencias culturales” erigida en “síntomas” escamotea, qué ocurre con las diferencias irreconciliables en el plano ideológico, político, educativo y su vertiente moralizadora. No son tanto los códigos y los principios que rigen la vida de los usuarios lo que (les) plantea un problema, sino más bien sus condiciones de vida precarias.

 

Septiembre de 2016



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