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8 Entre conmemoración religiosa y frenesí consumista

Saül Karsz

He aquí dos puntuaciones que, sin explicar exhaustivamente el período de fin de año, en particular la Navidad, al menos pescan algunas de sus características constitutivas y esbozan algo así como una ética frente a este tipo de acontecimiento.

Conmemoración religiosa, la Navidad celebra un pasaje clave del relato cristiano sobre la familia, donde esta aparece como depositaria de una misión divina: dar nacimiento, sin relación carnal, a un niño predestinado a ser el salvador de toda la humanidad. Esa familia no conoce historias de pareja, María conserva su virginidad aun después de la concepción, la vida y la muerte de Cristo están desligadas de toda referencia al contexto político-religioso de la época. Lo que se celebra, pues, no es en absoluto la familia real, tampoco el niño de carne y hueso, sino su sublimación fuera del tiempo y el espacio; eso es lo que los vuelve ejemplares, venerables, eternamente dignos de amor y respeto. Esta elevación por sobre la historia real permite que cada 24 de diciembre renueve el milagro del júbilo programado y la reconciliación prescrita. Las familias se reúnen para celebrar lo que no son, lo que no pueden ser. Emotiva experiencia, basta con creer en ello para que el milagro sea… Ergo, no es necesario ser creyente-fideísta para comulgar con esta historia por contrarrelieve.

Moraleja: desde 1905, en Francia, la separación entre la Iglesia y el Estado aún se halla en curso de construcción, tan afirmada, certificada, asegurada como constantemente contrariada por todas partes. Porque la separación jurídica e institucional no excluye en lo más mínimo una formidable persistencia ideológico-religiosa. De eso dan cuenta los partidos de derecha, en vías de inventar las “raíces cristianas” de Francia, presagio de futuras exclusiones terrenas justificadas desde el Cielo.

Frenesí consumista: de la sobreabundancia de ofertas en los supermercados a los regalos que es conveniente distribuir a los seres queridos, negarse por convicción o por falta de recursos al consumo continuo, obcecado, furioso, remite a una extrañeza que sería oportuno curar. Consumo de productos y también de alegrías de composición, sonrisas televisadas, bombitas de colores, guirnaldas variopintas, chanzas diversas, ruido, mucho ruido. Todo el mundo es apuesto, bueno, agraciado, afable… ¿Por qué no? Después de todo, ¡más vale alegría que tristeza, entusiasmo que melancolía! ¿Pero a pedido? ¿A una hora y fecha fijas? ¿A costa de escamotear lo que pasa y no pasa el resto del año? ¿Qué hay con las tragedias a repetición en todo el mundo, entre ellas, el 14,3% de pobres [datos INSEE[1] 2016] más o menos alborozados o resignados a esa conminación consumista, e incluso acusados por no contribuir a ella? ¡No importa! Las protecciones, las defensas, los cordones sanitarios están bien instalados, puertas y ventanas están debidamente clausuradas para controlar las corrientes de aire, portadoras de gérmenes del mundo real. Así pues, la conmemoración religiosa santifica el frenesí consumista que, a su vez, ratifica su extensión (incluso, si no más, entre los ateos).

¿Entonces qué hacer? ¿Participar o no participar? Así y todo, esa no es la cuestión. Pues esta no deriva de preceptos morales que hay que aplicar cueste lo que cueste, sino de posicionamientos éticos a los que hay que dar contenido en función de las coyunturas, los pánicos y las valentías de cada uno, las elecciones y las soluciones de compromiso. Saber, como mínimo, que participar o no participar no son dilemas de solución evidente. Ambos merecen debate. Dicho en otros términos, los grandes retos ideológicos y políticos también se deciden en lo más íntimo de los festejos, en las declaraciones y actitudes más domésticas que allí se expresan o se acallan escrupulosamente. Todo depende de las modalidades, del alcance, del tenor de la participación o de la no participación, de los comentarios y explicaciones que uno puede dar, de los intercambios que uno puede iniciar, de las nimiedades de las cuales logramos abstenernos o que elegimos cultivar. Al hacer esto, corremos el riesgo de sorprendernos: muchos participantes de estas festividades ya están más o menos al tanto de lo que allí está en juego.

 

Diciembre de 2016


  1. Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos [N. de la T.].


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