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Dinámicas familiares de adolescentes y jóvenes cubanos

Raida Semanat Trutie, Ana Isabel Peñate Leiva
y Odette del Risco Sánchez

Resumen

La ponencia que se ofrece responde al segundo resultado del proyecto de investigación “Adolescentes y jóvenes cubanos en los ámbitos de familia y pareja”, que desarrolla el Centro de Estudios sobre la Juventud. Este pretende contribuir a transformar algunos modos de interacción de adolescentes y jóvenes en torno a las relaciones afectivas, a la información/orientación y a la participación en los ámbitos de familia y pareja. En esta ocasión, se muestran resultados que abordan aspectos relacionados con las dinámicas familiares de adolescentes y jóvenes cubanos.

En el estudio se visualizaron modos de interacción que actualmente caracterizan el espacio familiar desde la perspectiva de sus miembros más jóvenes. Se exponen las representaciones de este grupo poblacional respecto a la familia y la vivencia de fenómenos entorpecedores de su desarrollo integral. Se profundiza en aspectos que permiten identificar dinámicas familiares generadoras de interacciones violentas en los más jóvenes.

Palabras clave

Adolescentes; jóvenes; familia.

I. Algunas consideraciones necesarias

Para adolescentes y jóvenes, la familia como espacio de socialización es muy importante, en cuanto debe ofrecerles oportunidades reales de desempeñar nuevos roles que les permitan ejercitarse en el papel de adulto que tienen que asumir, para alcanzar así una autonomía suficiente para su funcionamiento. Es esencial considerar en esos roles, asignados y asumidos, cómo se expresan y cómo es exigido su cumplimiento desde el seno familiar, a partir de la condición genérica de adolescentes y jóvenes. En todo ello inciden las transformaciones que acontecen alrededor de este esencial agente socializador, que sin dudas tienen un impacto directo en las generaciones en formación.

A partir de la idea anterior, el estudio que se presenta tiene como objetivo caracterizar algunos modos de interacción de adolescentes y jóvenes cubanos en el ámbito de la familia, y, de igual forma, comparar estos modos de interacción atendiendo a sexo, grupos etarios y zonas de residencia.

La investigación se realiza sobre la base de una combinación de las metodologías cualitativa y cuantitativa. Este enfoque integrador garantiza la cuantificación de datos y, al mismo tiempo, la profundización en el objeto de investigación, cuya validación ha transitado por el proceso de triangulación de las técnicas y de la información.

Para el estudio se diseñaron tres cuestionarios, distribuidos por grupos de edades (12-14 años, 15-24 años y 25-34 años). Los análisis se realizaron de manera diferenciada, de acuerdo con las particularidades de los grupos etarios definidos por el equipo. Los cuestionarios se aplicaron en escuelas, centros de trabajo, viviendas y otros espacios. Se realizaron, además, grupos focales como técnica complementaria, los cuales contribuyeron a sustentar lo recopilado en los cuestionarios.

Los instrumentos de recogida de información se aplicaron en seis provincias del país. Se tuvieron en cuenta zonas urbanas y semiurbanas. La selección respondió a provincias con mayor población de adolescentes y jóvenes, y a provincias con mayor proporción de adolescentes y jóvenes respecto a la población total de sus territorios.

La muestra ascendió a 1.406 sujetos, de entre los cuales 472 eran adolescentes de entre 12 y 19 años de edad, así como 934 jóvenes de entre 25 y 34 años de edad. Esta fue representativa por provincias, zonas de residencia y grupos de edades. En todos los casos, se logró un balance en la representatividad de hombres y mujeres.

II. Sobre la convivencia

Según Arés (2002), la familia se ha diversificado en su composición, estructura y tipología, respondiendo a las transformaciones acontecidas en las sociedades contemporáneas. Por su parte, Peñate, Elías y San señalan que actualmente se reconocen en la sociedad cubana, además de las familias nucleares, las extendidas, las monoparentales y las reconstituidas, así como una serie de arreglos familiares, que favorecen la convivencia en diversidad de formas y estilos (Peñate, Elías y San, 2012, pp. 28-29).

Para algunos de los expertos entrevistados, los cambios acontecidos en la familia en el último lustro, asociados a su tipología y, por ende, a la convivencia que hoy exhiben las familias cubanas, radican fundamentalmente:

  1. en un incremento en los índices de divorcio y de las separaciones, lo cual ha influido en la aparición de un alto número de hogares monoparentales encabezados por mujeres, y de familias reconstituidas (Fleitas, 2014; Espronceda, 2014; Castro, 2014);
  2. en el crecimiento de los hogares unipersonales por causas como divorcio, emigración, viudez, y aumento de la esperanza de vida (Arés, 2014); y
  3. en la salida tardía de muchos jóvenes de los hogares para formar familia como consecuencia de la situación económica del país. A la vez, los jóvenes no logran integrarse rápidamente al mercado laboral y conseguir una solvencia que les permita enfrentar, por sí solos, la fundación de una familia. Como resultado, se mantiene alto el número de hogares extensos donde convive la nueva pareja o cada uno vive en su casa, separados, y que cuando un hijo nace pasa a formar parte del hogar de origen de la madre (Fleitas, 2014; Álvarez, 2014).

Por su parte, Campoalegre (2016) afirma:

La actualización del modelo económico y social cubano está generando transformaciones de fondo que repercuten en las familias, ellas a su vez constituyen importantes agentes de cambio. Todo trascurre en medio de un intenso dinamismo de continuidad y cambio, en lo que subyace el conflicto entre el modelo tradicional de familia y un modelo inacabado que emerge, en el contexto de transformaciones macroestructurales y políticas sustanciales, a escala local y trasnacional (Campoalegre, 2016, p. 17).

Para el presente estudio, la convivencia que declaran tener adolescentes y jóvenes se corresponde con algunos de los criterios aportados por los expertos. En el caso de los adolescentes, la convivencia con las figuras filiales es alta, principalmente con la madre; a la vez, resulta ínfimo el porcentaje de encuestados que vive solo, y no existe esta situación en los adolescentes tempranos. Por otra parte, continúa predominando la convivencia con las madres en las edades de 20 a 24 años. Asimismo, una cifra no despreciable de adolescentes y jóvenes vive en familias reconstituidas. Es posible constatar comportamientos similares en otras investigaciones desarrolladas por el CESJ sobre estas poblaciones (Peñate y López, 2009; Peñate, 2009, 2003; CESJ/CEPDE, 2012)

Tabla 1
Grupos de edades Personas con las que conviven los adolescentes y jóvenes, expresado en %
Madre Padre Herma­nos Abuelos Madras­tra/ Padras­tro Otros fami­liares Pareja Solos
12 a 14 años 92.7 55.6 59.6 47.2 19.1 14.6 1.1 0.0
15 a 19 años 90.4 49.1 60.1 37.2 18.1 17.1 11.3 2.0
20 a 24 años 63.8 32.8 35.6 22.8 8.3 12.8 33.3 2.0
25 a 29 años 48.8 19.9 26.4 16.5 8.4 11.5 51.2 4.0
30 a 34 años 44.4 25.3 17.6 9.2 5.7 11.9 54.4 3.4

Fuente: Elaboración de las autoras a partir de resultados los cuestionarios.

Otras lecturas a la convivencia de los adolescentes revelan que el 52,8 % de los adolescentes tempranos vive con ambos padres; solo con la madre lo hace el 37 %, y con el padre, el 1,1 %. Por su parte, en el grupo de adolescentes de 15 a 19 años, el 44,9 % vive con ambos padres; solo con la madre, el 44,6 %, y con el padre, el 1,7 %. Ello indica que, para la muestra seleccionada, a medida que se incrementa la edad de los hijos, hay mayor predominio de la familia monoparental por vía materna. Solo con los abuelos convive el 3,3 % de los adolescentes tempranos y el 2,7 % de los de 15 a 19 años.

Al decir de Campoalegre (2016),

se transforma el patrón “clásico” de familia nuclear (padres, madres y su descendencia), ante la impronta de las familias monoparentales, y las familias reensambladas o reconstituidas por nuevas nupcias u otros arreglos familiares. […] el 50,5 % de los niños, niñas y adolescentes y jóvenes cubanos menores de 17 años no reside con ambas figuras parentales, por lo que forman parte o bien de familias monoparentales, o de familias reconstituidas (Oficina Nacional de Estadística e Información [ONEI], 2014, p. 5).

Al analizar los jóvenes, solo el 21,9 % de ellos vive con ambos padres, y solo con la madre lo hace el 31,3 %. En esta ocasión, a medida que se eleva la edad de los hijos, hay menor predominio de la familia monoparental por vía materna; este es un elemento interesante, si tenemos en cuenta que, en los resultados explorados en la investigación con los adolescentes, esta cifra ascendía según la edad de los sujetos. Al respecto, en uno de los grupos focales realizados con jóvenes de 25 a 29 años, se hizo referencia a familias en las que la figura paterna –después de varios años de no haber convivido en el hogar, tras una separación o por problemas de enfermedad– había tenido necesariamente que retornar al hogar de los hijos o de la pareja anterior, en algunos casos por ser propietarios de la vivienda.

Tanto en los resultados de los cuestionarios, como en los grupos focales, se hace referencia a la presencia de varias generaciones dentro de un mismo núcleo familiar. Se profundiza en algunos casos en los elementos positivos y también en los negativos, de esta realidad a la que se enfrentan los más jóvenes. Según una joven de la muestra:

“[…] realmente el matrimonio debería vivir solo, porque compartiendo con abuelos, con tíos, ya eso va creando problemas, ya ellos en su edad van avanzando, y hay cosas que no les gustan, cosas que la pareja, o el niño que está dentro de la familia o el adolescente hace, y eso ya cae pesa´o, molesta un poco. Entonces, los matrimonios por lo general tienen que vivir solos, tienen que hacer su familia aparte” (mujer, 25 a 29 años).

De los adolescentes tempranos encuestados, solo el 1,1 % vive con su pareja, siendo similar en los de 15 a 19 años, con el 1,3 %. En los jóvenes, se va incrementando la cifra de los que conviven con su pareja, lo que se hace más notable a partir de los 25 años. Los resultados que se alcanzan se corresponden con los comportamientos que se tienen en las modalidades de pareja que experimentan los jóvenes en la actualidad, a partir de sus nuevas configuraciones respecto a las relaciones que establecen. En los grupos focales realizados, los jóvenes refieren que uno de los elementos que más está incidiendo en este particular es la situación existente con la vivienda en la sociedad cubana actual, entre otros aspectos en los que se profundizará más adelante.

III. Sobre las figuras parentales de adolescentes y jóvenes. Comunicación intrafamiliar

Explorar acerca del estado conyugal de los padres no resulta frecuente en las investigaciones sociales sobre poblaciones jóvenes. Para el presente estudio ello es importante, en la medida que esta condición puede incidir en algunos de los modos de interacción que están teniendo lugar al interior de las familias, asociados al tipo de relaciones afectivas que propician madres y padres a su descendencia.

El 46.2% de los encuestados adolescentes y el 55.3% de los jóvenes refiere que sus madres y padres se encuentran divorciados o separados. No se puede afirmar que exista un comportamiento típico entre zonas de residencias, urbanas o semirurales. En los adolescentes las mayores incidencias están en: Ciego de Ávila, Niceto Pérez, La Habana y Camagüey; en el caso de los jóvenes: Artemisa, Venezuela, Songo La Maya, Camagüey y La Habana. Por sexo, son las muchachas las que se ven más privadas de disfrutar de la unión conyugal de sus progenitores. Los mayores datos porcentuales se registran en los adolescentes de 15 a 19 años y los jóvenes de 25 a 29 años; existiendo diferencias entre los grupos de edades, como se muestra en la Tabla # 2.

Tabla 2. Padres separados o divorciados, según grupos de edades y territorios, expresado en %
Territorios Grupos de edades
12 a 14 años 15 a 19 años 20 a 24 años 25 a 29 años 30 a 34 años
Artemisa 46.2 40.0 62.5 85.0 58.8
Bauta 16.7 55.6 40.0 66.7 50.0
La Habana 53.7 46.4 60.4 56.5 53.6
C. de Ávila 60.0 58.8 42.9 61.1 37.5
Venezuela 50.0 28.6 75.0 42.9 66.7
Camagüey 42.1 53.3 57.9 57.1 50.0
Minas 16.7 55.6 54.5 70.0 40.0
Stgo. Cuba 37.5 42.5 49.0 51.1 48.6
S. La Maya 20.0 38.9 65.0 73.7 56.3
Guantánamo 41.7 50.0 47.8 38.1 50.0
Niceto Pérez 14.3 75.0 46.2 58.3 40.0
Total 43.3 48.0 56.1 58.1 51.0

Fuente: Elaboración de las autoras a partir de resultados de los cuestionarios.

La tendencia es que, a medida que se incrementa la edad de los hijos, son mayores los divorcios y separaciones entre madres y padres. Ello evidencia los cambios en la tipología de la familia cubana ya enunciados, así como la incidencia de las separaciones y divorcios. La existencia de estos generalmente trae consigo que una de las figuras parentales no conviva en el hogar; los datos indican que esto ocurre, fundamentalmente, con los padres, de ahí el aumento de las familias monoparentales por vía materna (Peñate, 2003, 2009; Fleitas, 2014; Espronceda, 2014; Arés, 2014). Ocurren otras situaciones asociadas a las separaciones y divorcios, y es que estas no se limitan al ámbito de la pareja, sino que trascienden a los hijos, los cuales pueden verse afectados con respecto a la atención, espiritual y material, que reciben de sus progenitores. Si ello ocurre, se vulneran derechos de las poblaciones adolescentes y jóvenes vinculados a la protección, la estabilidad emocional y las relaciones familiares armónicas que están obligados a brindarles madres y padres, según lo contemplan las normas jurídicas. En uno de los grupos focales realizados, una joven expresó:

Los padres cuando están separados no sienten esa responsabilidad, ellos se la achacan a las madres, y se apartan de los hijos. Es muy fundamental, muy importante lo que está pasando con el matrimonio, que es la causa fundamental de lo que está afectando hoy a los niños y a los adolescentes” (mujer, 25 a 29 años).

El tipo de relaciones que se establece con las figuras filiales son fundamentales en el proceso formativo de los hijos, sobre todo si se tiene en cuenta que en determinados momentos, presentes y futuros, estos tienden a reproducir comportamientos y roles de sus adultos más cercanos en su sistema de relaciones interpersonales y espacios de socialización. Por otra parte, la convivencia en familias donde primen relaciones armónicas constituye un derecho de las generaciones jóvenes, de ahí que madres y padres tengan la responsabilidad de propiciarlas, a partir de cumplir coherentemente con su función educativa, la que en los últimos tiempos se ha visto alterada. Esto lo sustenta Arés (2014) cuando afirma que

el mensaje educativo tiene un nivel implícito y otro explícito. Las dinámicas cotidianas pueden dejar vacío el mensaje de contenidos, hay una realidad que desdice el mensaje. Las contradicciones sociales (pirámide invertida) influyen en las dinámicas y aspiraciones de los jóvenes y sus familias.

Tabla 3. Relación de los adolescentes con las figuras filiales, según grupos de edades y sexo, expresadas en %
Tipo de relación Grupo 12-14 años Grupo 15-19 años
Con la madre Con el padre Con la madre Con el padre
Total Total Total Total
Buena 93.7 84.3 94.6 77.9
Regular 4.5 7.3 4.1 12.9
Mala 0.6 1.1 1.0 1.7
Nula 0.6 5.6 0.0 3.7

Fuente: Elaboración de las autoras a partir de resultados de los cuestionarios.

Tabla 4. Relación de los jóvenes con las figuras filiales, según grupos de edades y sexo, expresadas en %
Tipo de relación Grupo 20-24 años Grupo 25-29 años Grupo 30-34 años
Con la madre Con el padre Con la madre Con el padre Con la madre Con el padre
Total Total Total Total Total Total
Buena 89.7 73.2 89.1 74.1 87.7 70.1
Regular 5.4 16.0 5.9 9.7 3.4 11.5
Mala 0.3 2.3 0.3 1.2 0.8 1.9
Nula 0.3 4.0 0.6 4.7 0.8 4.6

Fuente: Elaboración de las autoras a partir de resultados de los cuestionarios.

Los datos indican relaciones entre padres e hijos mayoritariamente favorables, aunque se perciben diferencias en las valoraciones que reciben unas y otros. Para todos los grupos de edades, las malas relaciones o la inexistencia de estas se focalizan en la figura paterna, aunque un 0,2 % de adolescentes y un 0,5 % de jóvenes declaran no relacionarse con su progenitora. Es interesante cómo la figura del padre es mencionada en menor medida; la madre resulta para estas poblaciones una figura fundamental en la vida familiar, lo que denota la matricentralidad que aún caracteriza a la sociedad cubana, no obstante los ingentes esfuerzos por lograr un rol más activo de la paternidad.

Los elementos expuestos anteriormente tienen repercusión directa en la comunicación que se logre establecer entre adolescentes, jóvenes y figuras adultas. Esta resulta un complejo y significativo proceso que permite a las personas, de cualquier edad, intercambiar saberes y experiencias útiles en su paso por la vida. Para favorecerla, es importante que se desarrolle un conjunto de habilidades comunicativas, las que han sido definidas por Núñez como un

conjunto de recursos personológicos que el individuo posee y pone en función del proceso de interrelación con los otros. Encierran componentes afectivos, cognoscitivos y conductuales. Son aprendidas y pueden ser modificadas o desarrolladas de manera intencional para facilitar la comunicación interpersonal (Núñez, 2008, en Guerrero, 2013, p. 261).

La comunicación constituye una de las principales herramientas de la familia para ejercer su función educativa. Con frecuencia, los miembros jóvenes identifican alguna(s) figura(s) dentro del ámbito familiar a las que hacen partícipes de sus asuntos más confidenciales. Para el presente estudio, la madre resulta ser la principal confidente para todos los grupos de edades, aunque sus datos porcentuales disminuyen a medida que aumenta la edad. Es marcada la diferencia entre madres y padres, pese a que los padres ocupen la segunda posición. Otros estudios del CESJ también muestran a la madre como la principal interlocutora de sus hijos (Guerrero y Peñate, 2001; Peñate 2003, 2009, CESJ/CEPDE, 2012), lo que puede constituir una evidencia acerca de la significación diferente de las figuras filiales para los adolescentes, además de poder responder a un estereotipo de género acerca de los roles de la maternidad/paternidad. Las madres, como principales “educadoras” de su prole, con “más tiempo” para dedicarse a atender y satisfacer todas y cada una de las necesidades de sus hijos, continúan siendo exigidas socialmente por ello.

Al analizar por sexo, de manera general las muchachas se confiesan más con madres y padres que los varones. En los adolescentes tempranos, solo el 14,8 % de ellas tiene en cuenta a los padres, siendo el 10,4 % en los de 15 a 19 años, valores muy ínfimos en ambos casos, lo cual evidencia el distanciamiento que se vivencia en la comunicación entre progenitores masculinos y sus hijas en torno a los temas que más les preocupan a estas. La cantidad porcentual de adolescentes varones que confían en sus padres es superior en ambos grupos de edades respecto a las muchachas, con el 23,9 % y 12,1 % respectivamente. En los jóvenes, son los varones los que más intercambian con los padres. Resulta interesante que un 27 % de los encuestados adolescentes no confían sus intimidades y preocupaciones a ningún miembro del núcleo familiar. Sin embargo, en el caso de los jóvenes, es menor la cifra de los que no lo hacen, el 13 %. Preocupa que, a medida que los adolescentes van avanzando en edad, este indicador se incrementa. Resulta interesante que la totalidad de ellos convive, al menos, con uno de sus progenitores y con otros familiares.

De manera general, en los adolescentes, a medida que aumenta la edad, la conversación con sus padres u otros familiares sobre sus preocupaciones, gustos, necesidades, miedos y sueños disminuye. Ello pudiera apuntar a que las figuras filiales no constituyen, por alguna razón, sus principales interlocutores. “El hijo necesita más que respuestas verbales, la seguridad de que sus emociones son comprendidas y aceptadas como naturales por los padres” (Castro, Torres y García, 2006, p. 38). En los grupos focales realizados con adolescentes, en sus intervenciones aluden a las barreras que encuentran en la comunicación con sus progenitores:

“[…] muchos de nosotros cuando quiere saber sobre algo o tiene alguna duda, prefiere preguntarle o conversar con uno de nuestra misma edad, o con un hermano mayor, los padres a veces lo que hacen es preguntar y preguntar y después regañarte, controlarte, prohibirte cosas…” (muchacho, 12 a 14 años).

“[…] pero a veces los consejos que nos dan nuestros amigos no son los mejores y metemos la pata, y los padres siempre van a querer el bien para nosotros” (muchacha, 12 a 14 años).

Es necesario considerar la influencia del grupo de amigos para las edades adolescentes. En ocasiones, es en este espacio donde ellos buscan satisfacer sus dudas, curiosidades y canalizar parte de sus emociones, distanciados de la opinión, generalmente reprobatoria, de los adultos. Elías señala:

Para los adolescentes la amistad significa emprender relaciones duraderas basadas en la confianza, la intimidad, la comunicación, el afecto y el conocimiento mutuo, por lo que los amigos van a resultar las personas ideales para compartir y ayudar a resolver problemas de diversa índole. […]. Las amistades proporcionan a los adolescentes oportunidades para desarrollar habilidades en resolver conflictos, son fuentes de recreación, compañía y comunicación (a nadie como a nuestros amigos podemos contar nuestras dudas y penas o la incomprensión de los adultos, así como nuestras conquistas amorosas, experiencias y descubrimientos (Elías, 2011, p. 32).

IV. Percepciones de adolescentes y jóvenes sobre las dinámicas familiares

Las relaciones familiares armónicas, la significación positiva de la familia para sus miembros jóvenes, la comunicación intrafamiliar dialógica, desprejuiciada y no impositiva, entre otros aspectos, podrían influir en las valoraciones de adolescentes y jóvenes referidas a si se sienten o no miembros importantes de su familia.

De manera general, habría que explorar sobre los modos de interacción que están teniendo lugar al interior de las familias, que limitan que la totalidad de encuestados se perciba siempre como un miembro importante en estas. Resulta llamativo que el 17,2 % de los adolescentes y el 20,3 % de los jóvenes no siempre se sienten importantes.

En la valoración de este aspecto tan relevante, no son visibles grandes diferencias entre lo que sucede con los que viven en las zonas urbanas y los de las semirrurales. Sin embargo, si tenemos en cuenta el sexo, en casi todos los grupos de edades los que se sienten importantes siempre o casi siempre pertenecen mayormente al sexo femenino; los masculinos son los que más refieren las opciones “a veces”, “casi nunca” y “nunca”. Solo en el grupo de 15 a 19 años existe similitud entre lo manifestado por ellas y ellos.

Podría ser un complemento al indicador recién analizado cómo perciben los adolescentes y jóvenes que son tenidos en cuenta en situaciones diversas de las dinámicas familiares. Las cifras reflejan que no siempre la totalidad de los adolescentes y jóvenes son escuchados en el ámbito familiar, algunos tienen menos posibilidades de que sus opiniones sean consideradas, encontrándose en desventaja los varones, de casi todas las edades. Solo en el grupo de 30 a 34 años, las mujeres se sienten menos escuchadas, con una diferencia notable de 16 %, aspecto que podría estar relacionado con vestigios del pasado, presentes aún en las familias cubanas, legados a las relaciones de pareja más jóvenes.

En uno de los grupos focales realizados con jóvenes, se planteó:

[…] la opinión de la mujer en algunos hogares es ignorada, siendo los hombres los que llevan la voz cantante, principalmente cuando son el sostén económico, eso todavía pasa y la mujer tiene que subordinarse, y muchas veces es por los hijos […].

Estos comportamientos contradicen los logros alcanzados por la mujer en la sociedad contemporánea, en cuanto son más independientes económica y socialmente. En consonancia con ello, el hecho de que, por lo general, las muchachas sean las que más compartan tareas del hogar, con mayor énfasis en los grupos de jóvenes, también reafirma la presencia en la sociedad cubana actual de cánones de la cultura social patriarcal, heredados y trasmitidos de generaciones a generaciones.

Al analizar por edades, los más jóvenes alcanzan el porciento más alto respecto a compartir las tareas del hogar. Si bien la adquisición de responsabilidades hogareñas desde edades tempranas es positiva, pues facilita un clima de colaboración y responsabilidad compartida, llama la atención que los comprendidos entre los 15 y los 19 años reconozcan menos esa situación como parte de su cotidianidad. De igual forma, en el caso de los jóvenes propiamente dichos, los de 20 a 24 años son los que menos participan junto a sus familiares en las tareas del hogar. Este comportamiento puede estar vinculado a las dinámicas de vida de estos adolescentes y jóvenes que, inmersos en las complejidades y exigencias escolares e inicio de la vida laboral, disponen de menos tiempo para participar en las labores hogareñas. Otro elemento que podría considerarse es que las figuras filiales en Cuba, por tradición y como generalidad, priorizan los estudios de sus hijos y no tienden a formar e incentivar en ellos la corresponsabilidad en el desempeño de las labores domésticas.

La mayoría de las intervenciones dadas en los grupos focales revelan que al interior de las familias persisten inequidades de género y reproducción de roles sexistas que adolescentes y jóvenes están incorporando en su actuar y en su discurso, comportamientos sobre los que habrá que educar mejor a las generaciones venideras. Asimismo, un considerable número de sujetos reconoce no decidir, junto a sus familiares, sobre cuestiones del hogar. Igual comportamiento tuvo el indicador referido a la decisión sobre asuntos relacionados con ellos. Estos aspectos revelan que, en el ámbito familiar, en ocasiones se vulneran los derechos de adolescentes y jóvenes asociados a la libertad de expresión, de decisión y de participación.

Existe la posibilidad de que las generaciones jóvenes y los adultos no tengan conocimiento y/o conciencia de que estos modos de interacción puedan ser interpretados desde esta óptica, y piensen que solo responde a dinámicas particulares de las familias con sus miembros más jóvenes, sin otras consecuencias. En tal sentido, los modos de relación que los sujetos vivencian en sus dinámicas familiares como estilos cotidianos de vida pueden convertirse, con mucha frecuencia, en patrones de comportamiento por ser reproducidos en las familias que creen y en las parejas que conformen. Es necesario continuar trabajando por democratizar las relaciones interpersonales al interior de las familias, sobre la base del diálogo, del respeto a los derechos de todos sus miembros y del principio de la corresponsabilidad.

No obstante lo expresado, muchos de los adolescentes y jóvenes reconocen que no siempre sucede así; se expusieron ejemplos de situaciones positivas que se vivencian en otros entornos familiares, en los que se logra compartir equitativamente las tareas dentro del hogar, así como una mayor participación de ellos en las dinámicas familiares que se establecen.

De manera general, no se visibilizan diferencias notables entre los adolescentes y jóvenes procedentes de los territorios urbanos o semirrurales. En ambas zonas de residencia, pueden encontrarse similares comportamientos respecto al modo en que participan y son tenidos en cuenta los más jóvenes. De ahí que este no constituya un elemento determinante para considerar si se vulneran o no sus derechos.

V. Consideraciones finales

El estudio realizado permitió identificar modos de interacción que caracterizan las relaciones establecidas entre la población adolescente y juvenil en el ámbito de la familia, demostrándose que no existen brechas notables en los comportamientos de adolescentes y jóvenes según zonas de residencia urbanas y semiurbanas.

En las dinámicas de las familias cubanas, se manifiesta la presencia de cánones propios de la sociedad patriarcal, heredados de generaciones en generaciones, y se acentúan ciertas diferencias en dependencia del género y la edad. Al interior del medio familiar, tienen lugar situaciones que entorpecen el pleno desarrollo de adolescentes y jóvenes, las cuales inciden en el sistema de relaciones de estos con sus madres, padres y demás familiares.

Bibliografía

Arés, P. (2002). Psicología de familia. Una aproximación a su estudio. La Habana: Editorial Félix Varela.

Campoalegre, R. (2016). “¿Familias cubanas en transición? Una mirada desde las juventudes hacia los retos de las política públicas”. En CD Memorias del Congreso Internacional de Investigadores Sobre Juventud. La Habana: CESJ.

Castro, P. L., Torres, M. A. y Cueto, R. A. (2006). Las necesidades de educación sexual de los jóvenes estudiantes para el docente de la educación media. La Habana: ICCP.

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Fuentes orales

Álvarez, Mayda. Entrevista, en calidad de experta, realizada por el equipo de investigación, 29 de septiembre de 2014.

Arés, Patricia. Entrevista, en calidad de experta, realizada por el equipo de investigación, 19 de septiembre de 2014.

Castro, Pedro Luis. Entrevista, en calidad de experto, realizada por el equipo de investigación, 18 de julio de 2014.

Espronceda, María Eugenia. Entrevista, en calidad de experta, realizada por el equipo de investigación, 5 de agosto de 2014.

Fleitas, Reina. Entrevista, en calidad de experta, realizada por el equipo de investigación, 30 de junio de 2014.

Guerrero, Natividad. Entrevista, en calidad de experta, realizada por el equipo de investigación, 8 de julio de 2014.

Torres, Beatriz. Entrevista, en calidad de experta, realizada por el equipo de investigación, 29 de septiembre de 2014.



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