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¿De qué hablamos cuando hablamos de mediana edad?

Anatomía del sujeto envejeciente

Sandra Sande Muletaber

Resumen

La propuesta implica pensar a la mediana edad como una etapa del curso de vida con especificidades que la connotan como un campo de estudio que merece la atención de las ciencias sociales. Históricamente han sido foco de atención de la investigación en ciencias sociales diferentes momentos de la vida, de una manera más o menos estática, y a veces hasta reificada, como una categoría social homogénea, y no como una etapa del curso de la vida. Esto sucedía con la infancia, y más recientemente con la vejez.

El curso de vida puede entenderse como una secuencia de edades estructuradas socialmente que interactúan en un tiempo histórico y en un lugar determinado. Las teorías sobre el ciclo vital son relativamente nuevas; las más tempranas son de la década de los 70 y enfatizan el contexto y la cultura, además del crecimiento o declive biológico, así como el papel del individuo en el desarrollo como ser activo capaz de influir en su trayectoria. El énfasis está dado en la adaptación y la plasticidad: “El curso de vida se refiere a una secuencia de eventos y roles sociales, graduados por la edad, que están incrustados (embedded) en la estructura social y el cambio histórico” (Elder, 2001, p. 817). Este enfoque constituye una plataforma que permite vincular las vidas individuales y el cambio social, ya que las vidas humanas se viven en interdependencia a partir de relaciones compartidas, y es en esas redes donde se expresan las influencias sociohistóricas (Elder, 2002).

La mediana edad es un concepto sociológico novedoso, que surge a partir de la constatación del aumento de la esperanza de vida. La población humana ha experimentado cambios importantes en los últimos años (hasta el siglo XIX, la esperanza de vida era de 35 años, y, en apenas un siglo, pasó a 80 años, en los países centrales[1], y a 60, en el resto del mundo). El impacto de esta “revolución silenciosa” en los roles de género, en la sexualidad y en las etapas de la vida ha modificado la vida cotidiana de las personas y tiene consecuencias al nivel de la vida social.

Considerar a la mediana edad como objeto de estudio implica construir una categoría de análisis que posibilita la problematización de una etapa especifica[2] que se configura al constatar el cambio demográfico actual.

Palabras clave

Envejecimiento; mediana edad; vejez; anticipación.

I. Introducción

Si bien la vejez no me ha alcanzado, la vejez ya me inquieta.
(Kovadloff, 2008, p. 215)

Este trabajo se plantea el objetivo de acercarse a los procesos de envejecimiento a partir de comprender cómo se va desarrollando la experiencia de envejecer en la configuración de la identidad personal a partir de los cambios físicos, sociales y psicológicos que se van dando a lo largo de las biografías. Se parte de la construcción de un objeto teórico “la mediana edad”, la cual es propuesta a partir de las siguientes consideraciones:

  1. Definir cuándo empieza o termina la mediana edad es un asunto polémico y ha dependido de la expectativa de vida, lo que remite al logro humano de la longevidad.
  2. A los efectos de este trabajo, se toma como efectos metodológicos aquellas personas cuya edad cronológica comprende entre los 40 y 59 años. Para esto se tiene en cuenta que es un criterio de corte, dado que las definiciones cronológicas no consideran los contextos sociales e históricos, definiendo las etapas sin percibir el impacto de la estructura social y cultural en ese proceso (Muchinik, 2006).
  3. Se tiene como presupuesto la idea de que las personas son sujetos envejecientes que van transitando su vida reconfigurando sus identidades y adaptándose a los cambios.
  4. Se parte de la idea de que, en la mediana edad, es posible anticipar una imagen de la propia vejez.

La propuesta se enmarca en los estudios de vejez y envejecimiento y pretende analizar de qué manera se anticipan determinados eventos de un futuro (viejo), y si estos producen efectos que impriman en el presente (joven), que habiliten (cuando se dan las condiciones adecuadas) un trabajo sobre sí mismo, o que elaboren un proyecto hacia la propia vejez.

II. La mediana edad como categoría

Definir cuándo empieza o termina la mediana edad es un asunto polémico. La propia conceptualización depende de la expectativa de vida. Se puede pensar a partir de la deconstrucción de los parámetros tradicionales de organización de la vida humana. El envejecimiento de las sociedades rompe con el esquema tripartito de organizar la biografía en etapas estanco que remiten a la educación, el trabajo y el retiro.

Para comenzar a pensar en la mediana edad, se puede partir de la edad que comienza a los 40 o 45 años, pero advirtiendo que las definiciones cronológicas no tienen en cuenta los contextos sociales e históricos, ignorando el impacto de la estructura social y cultural en ese proceso.

Influyen en su problematización temas como los requerimientos del mundo del trabajo, la edad de retiro laboral, la jubilación, que impactan en los estilos del curso de la vida. Esta perspectiva está fuertemente ligada al mundo del trabajo, generando trayectorias que están estrechamente vinculadas a estos marcos y que, en Uruguay, aún tienen un fuerte contenido matricial.

A partir de los ciclos económicos a nivel mundial, se han configurado y reconfigurado estas edades sociales. La salida del mundo del trabajo confronta a las personas a la perspectiva del pasaje a una situación de pasividad, lo que, desde la lógica de las etapas, las coloca por fuera del mundo de lo productivo, ergo, del mundo social. A la vez, para otros es la expectativa de un nuevo mundo de oportunidades.

Desde el punto de vista demográfico, la mediana edad puede ser construida como categoría de análisis a partir del aumento de la expectativa de vida en la sociedad moderna. Pensar en la edad mediana no era posible en otros momentos históricos, desde el punto de vista de la “demografía de excesos” (Barran, 1992). Es solo cuando la supervivencia supera a los cincuenta años cuando las personas pudieron proyectar un periodo de tiempo más allá de la educación, el empleo y el matrimonio. La referencia al concepto de “mediana edad” aparece cuando se la distingue como una etapa distinta, vinculada al declive en la edad de procreación y, por lo tanto, desvinculada de los procesos de reproducción de la especie.

La mediana edad se entiende como aquella en que la mayoría de las personas han formado una familia, han logrado un modo de subsistencia, en algunos casos han terminado con la crianza de los hijos y han comenzado a preocuparse por la vejez de los padres. En las sociedades modernas, en ciertos sectores de la población, dependiendo del género, es la etapa en que se está al mando –en términos de poder e influencia–, tomando decisiones sobre la juventud y sobre la vejez, ya que es entre los hombres de 30 a 60 años entre los que se distribuye el 80 % de los puestos de decisión, tanto políticos y militares como industriales (Salvarezza, 2011), apuntalando la alianza capitalismo-patriarcado.

Esta suerte de interjuego entre el contexto sociohistórico, la economía global, los cambios demográficos y los cambios culturales hace más imprecisa aún una clara definición de lo que se conceptualiza como “mediana edad”.

La conceptualización de la categoría de la mediana edad desde esta perspectiva debe ser rigurosa, ya que hay un uso vulgarizado por los medios masivos de comunicación que difiere de la propuesta planteada. Esa forma mediática está construyó teniendo como único criterio la edad cronológica. Lo que se presenta en esta problematización considera que “la conceptualización de la noción de curso de vida permite el estudio de la interrelación de todos los procesos biopsicosociales que en ella se despliegan” (Salvarezza, 2011, p. 50). Esto permite una conceptualización más dinámica y amplía el rango cronológico que se propone (40 a 60 años).

Desde esta perspectiva, es necesario comprender que el envejecimiento es un proceso y que por tanto las personas envejecen durante todo el curso de sus vidas, lo cual habilita una mirada menos prejuiciosa sobre la vejez.

Así, lo biológico y lo social actúan como receptores de la temporalidad. A través de las marcas en su cuerpo y desde su ubicación social, el ser humano reconoce que envejece. Pero en su núcleo, en su esencia, en lo que hace a sus fundamentos, es atemporal (Zarebski, 2011, p. 7).

El proceso de envejecimiento es parte natural del curso de vida, a causa del desarrollo de los órganos, que empiezan a declinar, a “envejecer”. Este proceso acompaña a los seres humanos en toda su peripecia vital.

Se puede considerar el “curso de vida”, entendiéndolo como una dimensión, como un transcurso y como un sistema normativo que ordena el curso de la vida humana (Muchinik, 2006). La idea evoca un proceso de continuidad, pero también refiere a la posibilidad de cambio. Esto implica plantear que hay diferentes modos de abordar el curso de la vida:

  1. considerándolo como una dimensión social de la vida humana, o
  2. enfatizando que las personas cambian con el transcurso del tiempo de acuerdo con el momento sociohistórico.

Problematizar la vida humana a la luz del curso de vida implica recuperar y singularizar el proceso de envejecimiento acaecido en el sujeto, evocando la incorporación de la continuidad en la trama vital. Esto no implica desconocer los permanentes cambios que moldearon la identidad y la subjetividad, sino que lo constituye. Heller (1994) hace referencia a la continuidad como la toma de conciencia de que los cambios de circunstancias se vinculan en un sentido de historia personal, aunque se forjen nuevas interpretaciones. Estas se configuran a partir de la historia personal, “hablar del curso de la vida es establecer una interrelación dinámica entre pasado, presente y futuro” (Yuni, 2011, p. 56).

A grandes rasgos, y con las reservas que se deben tener a la hora de generalizar, se puede plantear que hay dos grandes temas que aparecen en esta etapa: la toma de conciencia sobre el propio envejecimiento a partir del paso del tiempo, y los cambios en los patrones vitales (crecimiento de los hijos, envejecimiento de los padres).

Se podría decir que las formas de expresión intrapsíquicas (Neugarten, 1999; Salvarezza, 2011) serían:

  1. El incremento de la interioridad;
  2. el cambio en la percepción del paso del tiempo;
  3. la personalización de la muerte; y
  4. la trascendencia.

Pero también es en esta etapa donde comienza la preocupación y el cuidado de los propios padres y la atención hacia el propio envejecimiento. Estos elementos configurarían rasgos comunes en los individuos que atraviesan esta etapa.

Las transiciones, eventos y cambios en la vida de la persona (trabajo, matrimonio, hijos, relaciones sociales, etc.) que se desarrollan en el amplio periodo de la edad adulta tienen su correlato con lo que le precedió y continúan en el proceso de la trayectoria vital, ligado a las experiencias, actitudes, necesidades y valores vividos hasta ese momento. El transitar la mediana edad implicaría entonces que se posean características particulares, determinadas por distintos factores de cambio, que proporcionan contenido específico a esas experiencias.

Esto problematiza la idea moderna de la vida signada por el avance de la edad. La irrelevancia de este concepto, afirma Neugarten (1999), refiere a que la edad por sí misma no tiene un factor explicativo o descriptivo, ni puede ser una variable para organizar la vida humana. Es menos importante el tiempo que pasa que lo que ocurre durante ese tiempo. Así, tiende a perder importancia cualquier clasificación de la vida por etapas, dado que los hitos culturales y biológicos son cada vez más inexactos e inesperados.

Si bien es cierto que no se puede pensar que los prejuicios sobre la vejez descansan únicamente en el “viejismo”, se debe dar cuenta de estos aspectos, lo que incluye relegar la idea de la nostalgia o la reminiscencia como definición del envejecimiento.

A consecuencia de esto, es posible plantear que el envejecer contiene una amenaza en las referencias identificatorias a partir de la mirada que devuelve la sociedad, tanto en relación con el cuerpo, como con la utilidad social.

III. Una misma biografía en una trayectoria

Para Zarebski (2011), las condiciones psíquicas que se pueden construir en el curso de la vida ofician de “antídotos” que amortiguan las adversidades por las que se va transitando en el curso del envejecimiento.

Una “vida de riqueza representacional y abierta a la complejidad” (Zarebski, 2011) habilita la posibilidad de soportar las frustraciones y los autocuestionamientos que acompañan este proceso. En definitiva, plantea la autora, el envejecimiento es “esencialmente una propuesta de cambio” desde la continuidad.

A partir de uno de los puntos de encrucijada (los años de la mediana edad), las personas asumen la complejidad del mundo humano frente a la perspectiva del envejecimiento. Esto implica diversificar los ideales y los puntos de apoyo, para lo cual es necesario aceptar la incompletud, debiendo poner en juego la creatividad para la construcción de la propia subjetividad.

La identidad del sujeto consiste en un proceso construido y reconstruido a través de una biografía única que le habilita a sentirse uno, una mismidad, y, por tanto, incorpora la idea de continuidad. El propósito de la noción de continuidad es otorgar un sentido de anclaje, de pertenencia, que posibilita afianzar la identidad personal, teniendo en cuenta que las identidades “nunca son singulares, sino construidas de múltiples maneras a través de discursos, prácticas y posiciones diferentes” y “están sujetas a una historización radical, y en un constante proceso de cambio y transformación” (Hall, 1996, p. 18).

Esto se puede entender desde la idea de trayectoria, donde las expectativas y las posibilidades se ajustan como un saber actuado, que se construye en un campo de posibilidades efectivas.

El habitus reforma las prácticas futuras condicionando las elecciones del individuo y presenta a las prácticas sociales como estrategias. Al mismo tiempo, conforma “un sistema de esquemas incorporados que, constituidos en el curso de la historia colectiva, son adquiridos en el curso de la historia individual, y funcionan en la práctica y para la práctica” (Bourdieu, 2002, p. 478).

La generación de prácticas, individuales y colectivas, conforme a los principios engendrados por la historia asegura la presencia activa de lo vivido en lo pasado. La percepción de futuro depende tanto de su forma, como de su manifestación de los posibles objetivos de cada persona, tanto de su lugar en la producción, como de sus condiciones materiales.

Lo que se aprende por el cuerpo no es algo que se posee, como un saber que uno pueda mantener delante de sí, sino es algo que se es. Es así que la hexis corporal hace visible un porte determinado, una manera específica de hablar, de caminar, y por eso, de sentir y de pensar; en síntesis, de ser (Capdevielle, 2011, p. 36).

Al mismo tiempo, debe entenderse sobre la identidad: “No es unívoca porque cada uno modifica y es modificado; identidad que nos muestra, nos caracteriza, nos reconoce y a la vez nos distingue” (Ludi, 2005, p. 121). Esto es así porque es a partir de los diferentes contextos en que se interactúa a partir de lo cual se dan diferentes procesos que implican cambios, subversiones, agitación, desencuentro, transformaciones, tanto en lo físico, como en lo social o lo existencial. Aparecen detonantes de cambios que impactan en la asimilación que cada persona da a su identidad. No se debe dejar de lado que también el concepto de “identidad” remite a una permanente confrontación entre lo mismo y lo distinto, o sea, a los cambios en los modos de ver la realidad en la que se encuentra inmerso “con relación a ciertos límites que forjan un mapa conocido, ya sea por los afectos con los que se relaciona o los contextos con los que se desenvuelve(Iacub, 2011, p. 91).

La identidad remite a la construcción de los esquemas de percepción, donde la educación tiene un rol primordial que marca las valoraciones, las preferencias y, por tanto, las jerarquías que se expresan en el gusto. Esta jerarquía está socialmente definida a partir de la incorporación de un habitus, que va a considerarse natural y que entra a confrontar la imagen de “sí mismo” a partir de un cuerpo que se va modificando. En definitiva, a una imagen social del cuerpo, que entra en contradicción con la imagen ideal o el cuerpo joven.

El proceso de envejecimiento, a causa de la posibilidad de un cuerpo viejo, en el cual la privación puede ser ya una disposición, se transforma en una espera, una relación particular con algo, una anticipación de lo que puede ocurrir.

Pensar la identidad en el proceso de envejecimiento tiene como pilar la historicidad de los agentes, el habitus –lo social incorporado– funcionando como una matriz de percepciones, de apreciaciones y de acciones (Bourdieu, 1998) que ponen en funcionamiento recursos que, de alguna manera, funcionan como capitales.

IV. La anticipación del envejecimiento

Concebir a la vejez, el envejecimiento y el curso de la vida implica entender al ser humano simultáneamente como un ser biológico, cultural, psicológico y social. Como unidad inseparable, interpelada mutuamente y mutuamente constreñida.

La vida humana se va desarrollando en la historia, se construye en contexto desde un cuerpo que se transforma. Los años que transcurren desde el nacimiento van moldeando un cuerpo situado. Estas biografías se van amoldando a las distintas edades sin percatarse del calendario.

La edad cronológica está dada por los años vividos, da cuenta del tiempo que ha transcurrido desde el nacimiento, son los años que se cumplen. La edad biológica tiene que ver con el transcurso de la vida, la trayectoria vital.

El hecho de que ambas formas de entender las edades se acerquen o separen tendrá correlato en el envejecimiento, pudiendo darse el caso de que la edad biológica llegara a ser menor que la cronológica, o lo contrario. Si se logra transformar los años en buenos años, la edad cronológica no impactará en la calidad de esa vida.

Desde la concepción, el ser humano trae consigo una servidumbre genética que plantea programar el envejecimiento a través de una suerte de reloj biológico. Las personas, cuando llegan a una edad avanzada, comienzan a experimentar cambios. Por lo general, estos cambios no son considerados de manera positiva; por el contrario, se tiende a pensar y a hacer sentir a las personas que ya no tienen nada que aportar, que ya cumplieron su rol en la sociedad, en su familia, etc.

Esta situación desencadena que las personas tiendan a sentir rechazo y resignación cuando comienzan a envejecer. Empiezan a pensar que ya no tienen la misma energía y capacidad para hacer cosas. Empiezan a tener dificultades en la salud, entre otros cambios generalmente interpretados negativamente, principalmente porque desde la socialización primaria se ha insistido en que envejecer es malo, que es un signo de inutilidad y estorbo y que, además, marca la aproximación de la muerte.

No se prepara a las personas para envejecer de manera positiva y saludable. Esto implica además la dificultad de establecer una edad para determinar el inicio de la vejez. La vejez es una construcción social, que estará de alguna manera establecida por la sumatoria de factores biológicos o psicológicos. La categoría viejo es un estado adscrito, aceptado, pero no elegido (Rodríguez, 2006).

El sentimiento de estar viejo es gradual durante el transcurso de la biografía personal. Se va percibiendo a nivel descriptivo, a partir de cambios sutiles.

El envejecimiento conduce a la modificación de las funciones biológicas, como consecuencia del paso del tiempo[3]. Este proceso se acompaña de pérdidas funcionales y de diferentes sentimientos que van desde la aceptación hasta la resignación. La vejez es siempre un momento de la vida en que se suman fragilidades, pero depende de diferentes factores (biológicos, sociales y culturales) cómo se gestionarán esas vulnerabilidades. Los factores biológicos, si bien pueden estar condicionados por la genética –por ejemplo, la duración de la vida–, son mediaciones que no deben de dejarse de lado, pero inciden y muchas veces prevalecen las condiciones materiales: el cómo y el qué tipo de calidad de vida se ha tenido y se tiene. Los factores sociales y culturales son también coadyuvantes a la hora de definir el tipo de vejez: “[…] la vida humana requiere un nivel de comprensión que aborde la complejidad del entorno” (Muchinik, 2006, p. 68).

Los estudios realizados muestran que generalmente las personas se adaptan a los problemas y demandas de esta etapa, pero también es frecuente la aparición de las denominadas “crisis de la mediana edad”. Esta puede ser un indicio de que el proceso del propio envejecimiento está perturbado. En la mediana edad es donde se define, en amplia medida, lo que será un buen o un mal envejecer[4].

La perspectiva de curso de vida permite comprender el proceso de configuración de las biografías en función de los eventos individuales y contextuales que se experimentan a lo largo de la vida (Elder et al., 2003). Implica la posibilidad de problematizar los esquemas conceptuales que analizan las relaciones individuo-sociedad a partir de la utilización de divisiones tanto teóricas como metodológicas (experiencias personales- procesos de globalización, estudios cuantitativos-estudios cualitativos).

El enfoque del curso de vida constituye una plataforma a partir de la cual es posible vincular las vidas individuales y el cambio social, ya que las vidas humanas se viven en interdependencia a partir de relaciones compartidas, y es en esas redes donde se expresan las influencias sociohistóricas (Elder, 2002).

Posicionarse desde esta propuesta representa, entonces, para el específico tema de estudio, un intento por superar la dicotomía crecimientodeclinación, reconociendo que, en cualquier momento de las vidas humanas, hay pérdidas y ganancias, “una secuencia de eventos y roles socialmente definidos que cada individuo desempeña a lo largo del tiempo” (Elder, 1998, p. 22)

Esta propuesta permite comprender la noción de la mediana edad como una etapa dentro de la biografía que implica tomar una serie de decisiones, generalmente a partir de eventos que se dan en la trayectoria vital en relación con las situaciones sociohistóricas. Esta conexión entre trayectorias vitales y su desarrollo paralelo provoca que los cambios producidos en esas esferas puedan desencadenar modificaciones en las otras (familia, salud, empleo).

La noción de curso de vida y los estudios sobre la vejez y el envejecimiento (Lalive D’Epinay, 2005; Salvarezza, 2011) habilitan pensar al envejecimiento como un proceso social que ocurre durante toda la vida y al que se debe analizar desde la naturaleza dinámica y recíproca del cambio continuo de las estructuras y las biografías personales. Este proceso se ve transversalizado por las representaciones que sobre ese paso del tiempo tienen las personas.

V. Algunas reflexiones

Posicionarse desde la idea del sujeto envejeciente, pensando la biografía como parte de un curso de vida, habilita proyectarse sobre el propio envejecimiento.

El trabajo anticipado sobre ese envejecimiento en la mediana edad, a partir de la comprensión de que los individuos construyen su propio curso de vida a través de las decisiones que toman, las cuales a su vez dependen de las oportunidades y restricciones planteadas por su entorno vital, supone la idea de que las personas hacen elecciones, son capaces de tomar decisiones y no son meramente entes pasivos a los que se les impone influencias y constreñimientos estructurales. Supone un agente que elige dentro de una estructura de oportunidades que implican limitaciones y constreñimientos provenientes de las circunstancias históricas y sociales (Elder, 2001).

Para ello, se debe consignar a la mediana edad como una etapa en que las circunstancias vitales habilitan a la proyección de la vida a partir de que se empieza a pensar la propia vejez, tomando decisiones en cuanto a trayectorias laborales, perspectivas de cuidado y relaciones interpersonales.

Bibliografía

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  1. Según la OMS (2013), 33 países superan la barrera de los 80 años, 160 países tienen una expectativa de vida mayor a los 60 años, y el país con menor expectativa de vida es Sierra Leona, con 48 años.
  2. Incorporando dimensiones más allá de los roles, la interacción y las clases de edad.
  3. Ver Ludi (2005), Sánchez Delgado(2000),Muchinik (2006), entre otros.
  4. Entendido como aceptación y calidad de vida o enojo y negación.


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