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Disparidades sociales en los procesos de crianza y cuidado de la primera infancia desde una perspectiva de derechos

Área Metropolitana de Buenos Aires

Ianina Tuñón y Helga Fourcade

Resumen

La ponencia se propone analizar las desigualdades en la organización del cuidado de niños y niñas que se encuentran transitando su primera infancia (0 a 8 años), desde una perspectiva de derechos. Para ello, se observan las estrategias familiares en términos de sus portafolios de activos y capacidades de trasmisión de activos a sus hijos/as (Kaztman y Filgueira, 2001) según el tipo de configuración y el estrato socioeducativo.

La protección integral de la niñez refiere a la defensa de los intereses de la infancia, garantizándoles el derecho a la educación, a la salud, a la alimentación, a la protección social y al respeto de su identidad (entre otros). Estos derechos se encuentran consagrados en la Convención Internacional de los Derechos del Niño (que Argentina ratificó y adoptó) y en otros instrumentos que establecen estándares internacionales de observación desde una perspectiva de derechos. En este marco, se destaca la importancia de explorar y comprender los factores asociados a las diferentes formas de satisfacción de las necesidades de cuidado de niños y niñas, que engloba en su consideración a las diferentes dimensiones de derecho mencionadas. En este marco, se interroga sobre cómo son los procesos de crianza y socialización de las infancias en el marco de diferentes estructuras de oportunidades y características de los hogares, y sobre cuáles han sido los cambios entre 2010 y 2016 en términos de tendencias y brechas de desigualdad social.

El diseño metodológico propuesto es de tipo cuantitativo y cualitativo, orientado a describir los procesos de cuidado, crianza y socialización en hogares en situaciones socioeducativas y residenciales disímiles (estrato social muy bajo en villas o asentamientos urbanos y estratos medios altos en espacios urbanos formales), y en tipos de configuraciones familiares también dispares (monoparentales y biparentales), basado en diferentes categorías y dimensiones de análisis que se basan en derechos fundamentales para la infancia.

Las fuentes utilizadas son la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA) 2010-2016 sobre una muestra probabilística representativa de la Argentina urbana de 5.700 hogares, y 36 entrevistas en profundidad y observaciones realizadas a madres de niños y niñas de 0 a 8 años, en el contexto de la vivienda familiar, y con presencia del niño/a en el lugar. Asimismo, la población fue segmentada en tres grupos de edad, de acuerdo a las diferentes etapas del desarrollo de la primera infancia: de 0 a 2 años, de 3 a 5 años y de 6 a 8 años.

Palabras clave

Primera infancia; derecho al cuidado; enfoque AVEO.

I. Introducción

El desarrollo de la primera infancia, entendida desde el nacimiento hasta los ocho años de edad (UNICEF, 2014), es un proceso de cambio en el que los niños y niñas aprenden a dominar niveles cada vez más complejos de movimientos, pensamientos, sentimientos y relación con los demás. Dicho proceso requiere de un conjunto integrado de capitales materiales, humanos, sociales y culturales (Bronfenbrenner, 1979) para garantizar su bienestar, dentro de los cuales se engloba el derecho de los/as niños/as al cuidado común de sus padres y la asistencia del Estado (de acuerdo a lo establecido por la Convención Internacional de los Derechos del Niño, en adelante CIDN).

En este marco, si bien la noción de cuidado infantil ha sido históricamente considerada en el marco del trabajo reproductivo, por lo que la relación con la esfera de lo público se reducía a la dotación de servicios para mujeres trabajadoras (Faur, 2009) durante los 90, se produce un giro en esta concepción. Desde entonces, comienza a entenderse que el cuidado infantil puede incluir la idea de trabajo doméstico, pero no se reduce solo a él (Repetto y Díaz Langou, 2012). Se trata de un esquema que involucra diferentes esferas de provisión de bienestar, tales como el Estado, el mercado, la comunidad y las familias (Esquivel, Faur y Jelín, 2012).

Las características y calidad del cuidado en la primera infancia son fundamentales dado que en los primeros años de vida influyen fuertemente en el desarrollo de los/as niños/as, tanto en sus aspectos físicos (el acceso a una buena nutrición y controles médicos periódicos) como en los emocionales y cognitivos, donde cobran relevancia la estimulación temprana, los servicios de educación inicial, la socialización, la crianza y las relaciones que se establezcan entre quien cuida y quien es cuidado/a.

Así, de acuerdo a lo establecido por la CIDN (a la cual el Estado argentino ha ratificado y otorgado rango constitucional en 1990), se trata de un derecho que debe ejercerse a la luz del principio de la no discriminación, por lo que debería garantizarse su cumplimiento sin discriminación individual ni colectiva, superando cualquier desigualdad basada en las características de los niños/as o de sus padres, es decir, raza, color, sexo, idioma, religión, origen cultural o social, posición económica, discapacidad o cualquier otra condición del niño/a (Pautassi, 2007; Vega Báez, 2013). Es un derecho de particular importancia para este grupo de edad, dado que tanto lo que sucede como lo que no sucede en el desarrollo de los/as niños/as puede tener consecuencias en las capacidades y funcionamientos del niño/a (Colombo y Lipina, 2005).

En este marco, en la ponencia se analizan las desigualdades en la organización del cuidado de niños y niñas que se encuentran transitando su primera infancia (0 a 8 años), desde una perspectiva de derechos. Para ello, se observan las estrategias familiares en términos de sus portafolios de activos y capacidades de trasmisión de activos a sus hijos/as (Kaztman y Filgueira, 2001) según el tipo de configuración y el estrato socioeducativo y residencial.

Se destaca la importancia de explorar y comprender los factores asociados a las diferentes formas de satisfacción de las necesidades de cuidado de niños y niñas, que engloba en su consideración a las diferentes dimensiones de derecho mencionadas. En este marco, se interroga sobre cómo son cuidadas y criadas las infancias en el marco de diferentes estructuras de oportunidades y características de los hogares, y sobre cuáles han sido los cambios entre 2010 y 2016 en términos de tendencias y brechas de desigualdad social.

II. Marco teórico/marco conceptual

La teoría del desarrollo humano y el enfoque de capacidades (Sen, 1981, 2000; Nussbaum, 2000, 2011, entre otras obras) entienden a los seres humanos en cuanto sus capacidades para lograr funcionamientos y las oportunidades efectivas que se les presentan para elegir entre diferentes formas de vida, que tienen razones para valorar.

La nueva concepción del niño que introduce la CIDN es la que hace posible la aplicación del enfoque de capacidades del desarrollo humano a la infancia, centrando el interés en lo que los niños y niñas son efectivamente capaces de hacer y ser y, por lo tanto, en sus capacidades en términos de funcionamientos posibles.

En este marco, se entiende que el niño/a que transita sus primeros años de vida es sujeto de los derechos contemplados tanto en la normativa internacional como doméstica, que vive en hogares de diferentes características y que cuentan con diferentes estructuras de oportunidades (conformadas por el Estado, el mercado y la comunidad), y que es sujeto de capacidades (Ballet, Comim y Biggeri, 2010), es decir, de oportunidades de tomar acción y realizar actividades en las que quiere comprometerse. Estas, por lo tanto, deben ser entendidas en un marco dinámico, reconociendo a los/as niños/as como actores sociales dotados de agencia y autonomía (de acuerdo a su madurez), quienes son capaces de expresar (de diferentes maneras) sus puntos de vista y sus prioridades.

Así, el enfoque AVEO permite indagar sobre las desigualdades en las estructuras de oportunidades de los hogares en los que los niños y niñas viven (Kaztman, et al, 1998; Kaztman y Filgueira, 2001; Kaztman, 2002, entre otros). Permite dar cuenta de los bienes y servicios disponibles para los hogares y los factores de conversión individual y social, es decir, las estructuras de oportunidades de los niños.

En este marco, se identifican las principales categorías de análisis que permiten observar las desigualdades en el efectivo cumplimiento de los derechos y desarrollo de capacidades de la primera infancia. Según Fourcade y Tuñón (Tuñón, 2011, 2017; Fourcade y Tuñón, 2015), estas son:

  1. medioambiente y vivienda;
  2. vida y salud física;
  3. estilos de crianza y estimulación;
  4. formación a través de la escolarización; y
  5. socialización.

Cada una de ellas tiene una relevancia que puede evolucionar con el tiempo, lo que da lugar a un complejo proceso de evolución de facultades y expansión de capacidades, conectado con otros elementos, tales como los recursos, bienes y servicios disponibles, y los factores de conversión individuales, sociales y ambientales (Robeyns, 2003a, 2003b).

III. Metodología

El diseño metodológico propuesto es de tipo cuantitativo y cualitativo, orientado a describir los procesos de cuidado, crianza y socialización en hogares en situaciones socioeducativas y residenciales disimiles (estrato social muy bajo en villas o asentamientos urbanos, y estratos medios altos en espacios urbanos formales), y en tipos de configuraciones familiares también dispares (monoparentales y biparentales), basado en diferentes categorías y dimensiones de análisis que se basan en derechos fundamentales para la infancia.

Las fuentes utilizadas son la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA) 2010-2016 sobre una muestra probabilística representativa de la Argentina urbana de 5.700 hogares, y 36 entrevistas en profundidad y observaciones realizadas a madres de niños y niñas de 0 a 8 años, en el contexto de la vivienda familiar, y con presencia del niño/a en el lugar. Asimismo, la población fue segmentada en tres grupos de edad, de acuerdo a las diferentes etapas del desarrollo de la primera infancia: de 0 a 2 años, de 3 a 5 años y de 6 a 8 años.

IV. Análisis y discusión de datos

Cuando se habla de niños/as, no se está refiriendo a una categoría unificada. Un niño o niña de un año tiene limitadas capacidades, dadas sus limitaciones neurológicas, en contraste, por ejemplo, con un niño/a de 8 años, que ha desarrollado numerosas habilidades para comprender al mundo (Woodhead, 2006). En este sentido, es importante analizar a los grupos en tres diferentes segmentos de acuerdo al desarrollo evolutivo de los/as niños/as que transitan la primera infancia.

Cuando se trata del primer segmento, los/as niños/as pequeños, es decir, desde su nacimiento hasta sus primeros dos años de vida, deberían ser entendidos desde una noción evolutiva, concibiendo a la primera infancia desde una perspectiva del desarrollo. Esto implica aceptarla como un periodo de la vida en el que la seguridad del ser humano es más dependiente, en el que se establecen relaciones de respuesta con los demás (adultos, hermanos y pares), no solo para asegurar su supervivencia, sino también su seguridad emocional, su integración social y cognitiva, y su adquisición de competencias culturales (Woodhead, 2006). En este contexto, las categorías de análisis propuestas constituyen un espacio meramente informacional, y, al tratarse de niños pequeños en su mayoría, dependerán de ciertas condiciones de vida que están más allá de su alcance (Liebel, 2015). Es decir, que los padres afectan el desarrollo y las capacidades del niño. Se trata de una transferencia de capacidades, aunque no necesariamente las mismas. Las capacidades del niño pueden estar, al menos parcialmente, afectadas por el conjunto de capacidades y funcionamientos alcanzados por sus padres (Mehora y Biggeri, 2002).

Dentro del segundo segmento de edad, es decir, el de entre 3 y 5 años, se encuentran niños/as que gozan de una relativa autonomía de movimiento y que tienen la posibilidad de expresarse a través del lenguaje verbal, aunque todavía se hallan en una de las fases iniciales del desarrollo y sus facultades se encuentran en pleno proceso evolutivo.

Sin embargo, la primera infancia es una fase intermedia en el desarrollo del niño/a. No se caracteriza por una alta dependencia como los/as niños/as del primer grupo, pero estos tampoco se encuentran en un avanzado nivel de desarrollo de facultades que les permita moverse con independencia por fuera de la vivienda, por ejemplo. Por último, el tercer segmento de edad considera a los/as niños/as desde los 6 hasta los 8 años. Se trata de un grupo de niños/as que, a diferencia de los anteriores, ya gozan de autonomía de movimiento, se expresan a través del lenguaje verbal, se encuentran escolarizados y tienen una vida social activa, aunque sus capacidades todavía se encuentran en pleno proceso de evolución.

Con relativa independencia del grupo de edad en estos primeros años de vida, se evidencia una particular vulnerabilidad al medio ambiente tóxico y a la precariedad en el espacio del saneamiento y la vivienda. Justamente, el medio ambiente tóxico afecta al 48,1 % de la primera infancia en la Argentina urbana en 2016, y esto no parece haberse modificado de modo significativo en el periodo de referencia. Asimismo, esta propensión es mayor en las infancias más pobres, y las brechas de desigualdad se mantienen estables en el tiempo (véase tabla 1.1). Si bien las condiciones de saneamiento de las viviendas han mejorado en el periodo, aún persisten niveles de déficit muy elevados (43,3 %) y brechas de desigualdad regresivas para las infancias más pobres, que se han incrementado. Por último, la situación de hacinamiento también se revela como persistente en su incidencia (23,1 %) y como brecha de disparidad claramente negativa para los/as niños/as más pobres (véase tablas 1.2 y 1.3).

Los datos cualitativos relevados para la investigación reflejan que el medio ambiente barrial en el que viven los/as niños/as y las condiciones de las viviendas son un factor diferenciador en muchos aspectos de su vida. Respecto a las condiciones habitacionales, su precariedad es una desigualdad por estrato principalmente, ya que en casi todos los hogares de estrato bajo se observan situaciones de hacinamiento y colecho, mientras que en aquellos hogares de estrato alto no es tan usual. Los/as niños/as de estrato alto generalmente cuentan con espacios destinados al juego especialmente (aunque en casi ninguno de los casos los respetan), mientras que los/as chicos/as de estrato bajo ven limitadas sus posibilidades de juego por falta de espacio. Sin embargo, en términos barriales, el criterio de diferenciación cambia, dado que se observan similitudes entre aquellos/as niños/as que viven en barrios cerrados y aquellos/as que viven en villas, y diferencias significativas entre aquellos/as que lo hacen en contextos más urbanizados. Las similitudes se basan principalmente en las posibilidades de desplazamiento autónomo de los/as niños/as dentro del barrio y los miedos e inseguridades que tienen las madres, mientras que las diferencias se basan en los espacios de juego al aire libre respecto de los/as niños/as urbanos (que juegan en plazas), en tanto que los/as niños/as en country/villa tienen más posibilidades de jugar en la calle (principalmente aquellos/as niños/as en el segmento de edad más alto).

En el espacio de la protección de la salud del niño/a, que en un 52,9 % depende exclusivamente de la atención en el sector público, se advierten algunas diferencias entre grupos de edad. Por ejemplo, esta dependencia del sector público se incrementa a medida que desciende la edad de los/as niños/as, probablemente como consecuencia de la mayor precariedad de los adultos de referencia jóvenes, y en el 50 % más pobre. En efecto, las infancias más pobres registran casi 3 veces más chances que sus pares más ricos de tener como única opción para la atención de su salud el sector público (véase tabla 2.1).

Sin dudas, un indicador objetivo y directo de atención de la salud es el periodo de tiempo desde la última consulta al médico. En este sentido, se registra que el 14,5 % de la infancia temprana no asistió a una consulta médica en el último año. Esta situación de déficit en la atención preventiva del niño/a sano se incrementa a medida que aumenta la edad y es 1,4 veces más probable en el 50 % más pobre que en el resto de la población (véase tabla 2.2). A lo largo del período de referencia, se advierte una evolución negativa en ambos indicadores.

El análisis cualitativo de los casos relevados, principalmente en el primer grupo de edad, advierte que la mayoría de los/as niños/as observados goza de buena salud, y que, en aquellos casos en los que esto no sucede, se debe principalmente a problemas que están vinculados a la precariedad de la vivienda en la que el niño/a vive y a la falta de acceso a servicios. Esta situación marca una significativa diferencia por estrato socioeconómico en la salud y el inicio de la vida de los/as niños/as.

En relación con los procesos de crianza y estimulación, se advierten situaciones ambivalentes en términos de los grupos de edad. En efecto, a través de los siguientes dos indicadores, se propone una aproximación a los estilos de crianza y estimulación: “niños a los que no se les suele contar cuentos ni narrar historias orales” (33,2 %) y niños/as a quienes “no se les festejó su último cumpleaños” (13,1 %). En el caso de la estimulación a través de la oralidad, se advierte una tendencia estable aunque levemente desfavorable. Dicha tendencia negativa se revela especialmente entre los niños de 6 a 8 años, en las niñas y en las infancias más aventajadas en términos socioeconómicos. No obstante, la brecha de desigualdad negativa para las infancias más pobres es significativa. En efecto, los/as niños/as en el 50 % más pobre registran 1,5 veces más chance de que no se les cuente cuentos que pares en el 50 % más rico (véase tablas 3.1 y 3.2).

En términos de estimulación, especialmente los segmentos de edad más jóvenes evidenciaron desigualdades por estrato socioeducativo de los hogares. Los/as niños/as en estratos más altos son más estimulados en diferentes aspectos (ambiental, físico, etc.), y las madres, más conscientes de la importancia de estimular a sus hijos/as que aquellas madres en estratos bajos. Así, se advierte, por ejemplo, que las madres en estratos altos permiten a sus hijos/as (dependiendo de la fase del desarrollo del niño/a) tocar y jugar con la comida, entendiéndolo como una necesidad de exploración, mientras que las madres en estratos bajos no lo permiten para evitar el desorden. Asimismo, también se observaron diferencias en la lectura de cuentos/presencia de bibliotecas, situación muy común en los estratos altos (una niña de 8 meses incluso contaba con su propia biblioteca de cuentos infantiles), mientras que aquellos niños en estrato bajo no reciben este tipo de estimulación. Sin embargo, también se evidenciaron importantes excepciones en ambos casos.

En el caso del festejo del cumpleaños, se advierte que el déficit de este tipo de estímulo emocional y social se mantiene estable en torno al 13 %. Es algo mayor la ausencia de este estímulo en los/as más pequeños/as y significativamente superior en los más pobres. Incluso entre los/as niños/as más ricos, se registra una tímida pero significativa merma en el déficit (véase tablas 3.1 y 3.2).

Respecto de esta categoría, el análisis cualitativo de los datos presenta al festejo del cumpleaños como una representación que grafica la presencia/emergencia/fortaleza o debilidad de los vínculos sociales de los/as chicos/as. En este sentido, se observa que aquellos/as niños/as de estratos más bajos tienen celebraciones más reducidas y familiares, con poca presencia de amigos/as y/o compañeros/as de escuela (dependiendo del grupo de edad), y amplia presencia de miembros de la familia extendida no nuclear, mientras que los/as niños/as de estratos más altos tienen celebraciones con importante presencia de amigos/as provenientes de los diferentes espacios en los que socializan.

La educación cobra relevancia en los esquemas de organización del cuidado de los hogares y las libertades que tienen los adultos de elegir en función de garantizar el bienestar de sus hijos/as, así como también la participación del niño/a, dentro de situaciones que afectan su vida cotidiana. Esta situación se advierte especialmente en el segmento de edad que considera a los/as niños/as de 3 a 5 años, en el que los/as chicos/as comienzan a definir posturas, gustos y elecciones, así como también a ganar autonomía y deseos de autonomía, sobre las cuales se advierte que las madres, casi sin diferencias por estrato, comprenden, observan, decodifican y respetan. Así, se observa que algunos/as niños/as tienen permitido opinar o decidir sobre las prendas que quieren vestir, son escuchados/as, comienzan a bañarse solos, etc. En este sentido, se observa que algunas madres promueven más esta autonomía/voz/expresividad de sus hijos/as, mientras que otras prefieren no lidiar con las consecuencias y no brindan mayor espacio para que esto suceda. Sin embargo, esta situación no presenta diferencias por estrato socioeducativo.

Con relación a la escolarización, los procesos de inclusión temprana de los/as niños/as en centros de cuidado infantil y/o en el nivel inicial han seguido una evolución positiva entre 2010 y 2016. Se estima que, en 2016, aproximadamente 37,3 % de la infancia aún no asiste a un centro educativo, y ello ocurre fundamentalmente entre los/as niños/as más pequeños. Si bien las infancias han avanzado en la inclusión educativa, lo han realizado a ritmos dispares y claramente regresivos para las más desfavorecidas en términos socioeconómicos (véase tabla 4).

El análisis cualitativo de los casos evidencia, en términos de escolarización de los/as más pequeños/as, que existen significativas diferencias con relación a la configuración de los hogares en los que los/as niños/as analizados viven. Las madres en hogares monoparentales, y principalmente aquellas en estratos altos, deben recurrir a la ayuda contratada para organizar el cuidado de sus hijos/as. Exceptuando los dos casos en los que los/as niños/as analizados no asisten a instituciones educativas, la base de todas las estrategias de cuidado para este grupo de edad es la asistencia al jardín de infantes/ preescolar, y la forma en que las madres se organizan para conciliar el trabajo y el cuidado del niño/a antes y después de la escuela. En este sentido, se observa que las madres solas en estrato alto recurren a la contratación de personal o a las redes familiares para coordinarlo, mientras que aquellas en estrato bajo no trabajan en ninguno de los casos. La diferencia más grande emerge al observar los hogares biparentales de estrato alto, en los que las madres cuentan con el padre, ya sea en términos de colaboración con las tareas de cuidado, como en términos de generación de ingresos para la subsistencia del hogar. En efecto, se advierte que aquellas madres en configuraciones familiares biparentales no recurren a la contratación de personal de cuidado, sino que ajustan o realizan modificaciones en sus actividades laborales que les permitan conciliar cuidado y trabajo, mientras que ninguno de los padres tuvo que hacerlo. Asimismo, cabe destacar que todas las madres entrevistadas se autoidentificaron como las principales responsables del cuidado de sus hijos/as (con diferentes grados de participación de la figura paterna en los esquemas diseñados), y esto es algo que se evidenció en los relatos de las rutinas y el cuidado cotidiano de sus hijos/as.

Por último, los procesos de socialización extraescolares a través del deporte y las actividades artísticas presentan situaciones de déficit muy elevados (64 % y 84 %, respectivamente) entre los/as niños/as de 6 y 8 años. Si bien se advierte una leve disparidad de género negativa para las mujeres en el caso de la socialización en el campo del deporte y para los varones en el espacio del arte, la disparidad social negativa para los/as niños/as más pobres es prevalente. Cabe señalar que solamente en el caso del deporte se advierte una evolución positiva, que se concentra en los sectores sociales más desfavorecidos (véase tabla 5.1).

En este marco, sobre los casos analizados cualitativamente se observaron diferencias que evidencian cumplimientos diferentes del derecho al juego y a las relaciones sociales en los/as niños/as observados. Si bien, por un lado, los/as niños/as en estratos altos, y principalmente aquellos/as en hogares biparentales, tienen la posibilidad de participar de diversas actividades deportivas y artísticas provistas por el mercado y de diversificar sus relaciones sociales, los/as niños/as en hogares de estratos bajos tienen posibilidades de juego y recreación en los espacios barriales en los que viven, sumado a que muchos de ellos cuentan además con familia extendida que reside en viviendas aledañas. En este sentido, si bien las agencias de socialización son diferentes, ambos presentan diferentes espacios que les permiten socializar y jugar.

V. Conclusiones

El análisis cualitativo y cuantitativo de los datos ha permitido contextualizar los cambios más significativos en términos de las principales capacidades que desarrollan los/as niños/as en sus primeros años de vida, así como también caracterizar dichos procesos.

En este marco, se advierte que, en términos de las diferentes dimensiones consideradas, existen diferencias por estrato socioeducativo en el desarrollo de capacidades de los/as niños/as, con interesantes excepciones en las que las diferencias se desdibujan. Asimismo, otras dimensiones reflejaron diferencias de acuerdo al tipo de configuración familiar, lo cual, al combinarse con el estrato, profundiza algunas de las desigualdades identificadas en el desarrollo de los/as niños/as.

En términos de los cambios, se evidenció que, si bien los indicadores que se presentan son parciales, permiten una aproximación, en un periodo de tiempo (2010-2016), a un espacio multidimensional del desarrollo en la primera infancia. Es claro que las infancias se encuentran especialmente vulnerables a vivir en espacios tóxicos, en cuanto a medio ambiente de vida, y en espacios no adecuados, en cuanto a la vivienda. Ello representa claramente un obstáculo al desarrollo de capacidades en dimensiones como los procesos de crianza y estimulación en la formación y socialización. En estas dimensiones se advierte la persistencia de situaciones de déficit en términos de la incidencia promedio y en las brechas de desigualdad social.

Solo se reconocen progresos en la escolarización temprana y en la socialización a través del deporte, aunque en el marco de una situación de profunda disparidad social que probablemente también se refleje en la calidad de las ofertas.

La pobreza de las estructuras de oportunidades que se construyen a través de los Estados se expresa parcialmente en el espacio del cuidado de la salud del niño/a sano/a. Más de la mitad de los/as niños/as depende de los servicios de salud públicos, proxy de la precariedad laboral de los progenitores y vulnerabilidad social de sus hogares. Asimismo, el déficit de atención objetivo en el periodo de referencia también se registra mayormente en las infancias más desfavorecidas. Cabe conjeturar que ello ocurre como consecuencia de los escasos recursos de los hogares, pero también de la pobreza de las estructuras de oportunidades en la atención de la salud preventiva del niño/a sano/a en el sector público.

La situación de déficit en el espacio de la crianza a través de la estimulación emocional e intelectual se revela estructural y desigual en el tiempo. En este sentido, cabe conjeturar que los recursos de protección social a los que pueden acceder las familias más desfavorecidas no son suficientes para modificar las estrategias de crianza en el interior de los hogares. Así es que la integralidad de las políticas públicas orientadas a la infancia temprana adquiere una importancia superlativa en términos de la construcción de estructuras de oportunidades y activos en el interior de los hogares.

VI. Anexo estadístico

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Bibliografía

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