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En el contexto uruguayo, narrativas biográficas y lugares sociales de los y las jóvenes[1]

Mabela Ruiz Barbot

Resumen

Este artículo presenta las conclusiones de mi tesis de doctorado Narrativas biográficas: con­diciones de existencia y lugares sociales de los y las jóvenes, en el contexto uruguayo, lle­vada adelante en FLACSO-Argentina. En ella, me pregunto por los significados construidos por las personas de entre 18 y 24 años respecto a “lo juvenil” con relación al conjunto social: ¿cómo narran su lugar social jóvenes montevideanos de ambos sexos y de distintos sectores sociales?

El lugar social del que hablo se despliega en el territorio del sentido. No se abarca desde un punto de vista geográfico ni económico o de estratificación social. Es el espacio de las experiencias vitales desde las cuales los y las jóvenes construyen el sentido del sí mismo como joven y de la vida adulta.

El supuesto que guio la investigación es que la polarización social, como condición actual de producción de las experiencias vitales, ha transformado la construcción de las biografías jóvenes. Fundamentalmente, profundiza las desigualdades sociales y configura nuevas iden­tidades de género.

El foco en las narrativas, deudor del giro biográfico en las ciencias sociales e inscripto en la tradición constructivista, permitió revisar cómo los agentes sociales construyen y ponen en sentido sus experiencias vitales.

Palabras clave

Jóvenes; narrativas biográficas; lugares sociales.

I. Introducción

Este artículo presenta las conclusiones de mi tesis de doctorado, titulada Narrativas biográficas: con­diciones existenciales y lugares sociales de los y las jóvenes, en el contexto uruguayo, llevada adelante en el marco del Programa de Doctorado en Ciencias Sociales de FLACSO-Argentina. Estas conclusiones conjugan potencialidades teórico-metodológicas inscriptas en las narrativas biográficas que reescribo al cierre de este texto.

En dicha tesis consideramos que valía la pena preguntarse por los significados construidos por las personas de entre 18 y 24 años respecto a “lo juvenil” con relación al conjunto social: ¿cómo narran su lugar social jóvenes montevideanos de ambos sexos y de distintos sectores sociales, considerando que, en las condiciones actuales de polarización social, tanto las dimensiones intergeneracionales y las formas de construcción de categorías sociales, como las trayectorias biográficas se encuentran transformadas? Las instituciones de mediados y finales del siglo XX, productoras y reproductoras de integración social (el Estado y las organizaciones públicas, la familia y la nupcialidad, la escuela y el trabajo), ya no mar­can simbólicamente el lugar social de los y las jóvenes en la transición a la vida adulta ni configuran aquella construcción subjetiva que se denominaba “juvenil” y que articulaba posiciones sociales, na­rrativas biográficas y trayectorias de los sujetos a los que interpelaba, aparentemente, sin demasiadas contradicciones.

La pregunta central de la tesis adquirió, entonces, las siguientes dimensiones analíticas:

  1. ¿cómo y con qué atributos se construye la categoría joven para personas de distintos sectores sociales y de ambos sexos?;
  2. ¿qué valor/es adquiere la “juventud” en la narración de las experiencias y trayectos biográficos de estas personas?; y
  3. ¿cómo se conectan, diferencian, entran en vinculación o tensión los lugares sociales asigna­dos a la juventud respecto de la adultez y respecto de la infancia?

El lugar social lo entendimos, a nivel simbólico, como una configuración que entrama al sí mismo y al nosotros, componiendo distintas dimensiones: experiencias vividas (familiares, educativas, laborales, barriales, con amigos), relaciones sociales (clase, intergeneracionales e intrageneracionales, de género, territoria­les), espacios institucionales por los cuales transitan los y las jóvenes, códigos lingüísticos que mane­jan, sentidos que les dan a sus experiencias, formas en que anticipan su porvenir.

Es decir, el lugar social del que hablamos se despliega en el territorio del sentido e interpela la noción de transición a la vida adulta. No abarcamos el lugar social desde un punto de vista físico o geográ­fico, ni desde un punto de vista económico o de estratificación social. Hablamos del espacio de las experiencias vitales desde las cuales los y las jóvenes construyen el sentido o la ausencia de sentido del sí mismo como joven y de cómo se ven en la vida adulta –si es que la entienden como vida joven y vida adulta–. Hablamos de las experiencias vividas e incorporadas, vividas y narradas, vividas e interpretadas, vividas e imaginadas. Aquello que les pasó y les pasa a los y las jóvenes en el campo sociohistórico y existencial –material y simbólico–[2]. Lugar social que comparten con otros, desde las condiciones de existencia, el tiempo vivido con esos otros y en la construcción de lazos sociales (Barrios et al., 2009; Gatti, 2008; Larrosa, 2003).

Nos propusimos como objetivo analizar los tipos de narrativas sobre el lugar social juvenil de jóvenes uruguayos de ambos sexos y de diversos sectores sociales, comprendiendo los límites y variaciones que la polarización social produce en sus biografías.

Un diseño cualitativo, situado en un enfoque biográfico-narrativo a partir de entrevistas individuales en profundidad y entrevistas grupales sustentadas en técnicas expresivas y evocativas –desarrolladas en diferentes encuentros con jóvenes de distintos sectores sociales–, fue precisando y enriqueciendo la tesis, en cuanto implicó la revisión y reconstrucción del objeto de estudio de modo reflexivo. El foco en las narrativas nos posibilitó revisar cómo los y las jóvenes ponen en sentido sus experiencias vita­les, y qué valor le atribuyen a la “juventud”. Es decir, recuperar sus voces y leer los sentidos con que construyen sus lugares sociales. Nos posibilitó abordar las relaciones intergeneracionales y societales (conexiones entre adultez-juventud-niñez), observar el carácter político de lo “juvenil” en tanto se tra­za en respuesta o significación de lo adulto y la niñez. Nos posibilitó historizar su construcción, com­prender los atributos con que construyen la categoría joven desde nuestros dos ángulos de entrada: sexo y clase social. También pudimos escuchar sus historias en el análisis de la historicidad, sin dar por sentado que la categoría joven los abarca integralmente como personas. Distintas y desiguales experiencias sociales, institucionales, territoriales, de género atraviesan sus biografías.

De este modo, el análisis de las narrativas se sustentó en un análisis del discurso desde una perspec­tiva que situó los textos narrativos en sus contextos de producción. Dejamos que los textos hablasen, sugirieran, produjeran (convocando la voz “joven”), y, al mismo tiempo, les hicimos preguntas a los textos. Así trabajamos en un análisis combinado: inductivo y deductivo, desde temáticas emergentes de los relatos de los y las jóvenes y desde preguntas formuladas a estos textos por mí, como investi­gadora.

Las narrativas biográficas permitieron construir los lugares sociales, que ahora presentamos como horizontes de sentidos de los y las jóvenes, tendencias significativas a modo de tipos narrativos, que no dan cuenta de persona ni joven alguno. Estos tipos narrativos son elaboraciones que posibilitaron crear contextos de sentidos a través de la selección y ampliación de algunas dimensiones de las experien­cias de vida narradas. No existen más que como construcciones analíticas. Tampoco cada tipo narra­tivo refiere, necesariamente, a una clase social, más allá de que en la construcción de estos horizontes de sentidos predomine una clase sobre otra, dando cuenta de hegemonías, resistencias, alteraciones. Son espacios simbólicos que, como campos de fuerza, se interceptan, cruzan, confrontan y se produ­cen unos a otros, recursivamente.

Emergieron y construimos tres tipos narrativos: un lugar político-naturalizado, un lugar político-pa­ródico y un lugar político-alterado. Lugares sociales que irrumpieron de lo vivido por los y las jóvenes componiendo sentidos, de experiencias que siempre son políticas, de relaciones de control y resisten­cia. Cada lugar social surge y se construye, narrativamente, en relación con alteridades, con antagonismos, con un otro que niega la propia experiencia y cuestiona la existencia propia o con un otro que interpela y altera al sí mismo (Mouffe, 1996; Elizalde, 2008).

II. Narrativas de un lugar político-naturalizado

Las experiencias vitales, narradas e interpretadas por unos y unas jóvenes, construyen sentidos plu­rales. Construyen una multiplicación de lugares sociales que, al mismo tiempo, se funden en un sen­tido de la libertad que implica la posibilidad de elección, de vivir cada uno/a a su libre albedrío, en el intento de realizarse personalmente, en la búsqueda de una identidad propia. Así sienten que eligen una manera de vivir no solo a futuro, sino en el hoy, un modo presente de vida, una manera de vivir que para alguno de ellos cambiará en el tiempo y que es proyectada por otros como una manera de vida ilusoriamente estable. Piensan que eligen una identidad activada por el sí mismo, buscando la esencia de cada uno/a, la autenticidad de cada quien. Sienten que develan las simulaciones de otros y, a su vez, ellos violentan o ridiculizan la vida de los otros. Sienten que reconstruyen y heredan la vida heroica de sus antepasados. Buscan ser los mejores, se sitúan en el descubrimiento y desarrollo de sus capacidades personales, la perfectibilidad, lo exclusivo y excluyente, aspirando al gobierno y regula­ción de los otros. Eligen pertenencias y referencias grupales del propio entorno –que no se nombra como clase social–, y globales antes que juveniles. Pertenencias que ideológicamente se configuran desde elecciones individuales. Se inscriben en la elección de su “destino”, desligado de estructuras sociales que lo producen, estructuras que se niegan. Unos eligen identidades que integran el hedo­nismo y la excentricidad como diferencia social; otros seleccionan una vida solitaria. Evitan o niegan el conflicto social, se identifican con las maneras de vivir del “mundo desarrollado”. Diluyen la adultez rejuveneciendo al adulto y a sí mismos en el futuro. Piensan que se educan y eligen sus caminos y espacios educativos, informándose y evaluando las ofertas y ventajas institucionales, así como los espacios laborales, negociando posiciones a través de sus deseos, gustos, oportunidades y vínculos. Sienten que tienen iniciativa y toman decisiones, viven en la máquina productivista –“creativa”– y en la aceleración de la vida, en la estimulación continua o en el placer de hacer lo que les gusta. Al mis­mo tiempo, optan por momentos distendidos, desestresantes, desagobiantes, descontracturantes. Eligen actividades deportivas o artísticas. Hacen golf, juegan al tenis, al rugby. Estilizan el cuerpo reafirmando la masculinidad hegemónica –ir al gimnasio, “estar medio cuadrado”, tomar creatina, que genera músculos– y resaltan la belleza o estética como símbolo de “la” feminidad, aunque reac­tualizada –cuerpos producidos, modelados y modelantes–, cuerpos para otros. Silencian la propia masculinidad y dejan fluir la feminidad. Viajan, recorren el mundo, se relacionan internacionalmente y lo ostentan. Así buscarán interrogar a su sí mismo permanentemente o anclarse en identidades sólidas, en una posición esencialista elegida, buscando su “destino” individual en el pasado.

Este sentido de la libertad –y no aquel del que hablara Fromm (1991) relativo a la fuerza y dignidad del ser– como lugar simbólico de jóvenes de sectores medios altos también despliega su fuerza hege­mónica atravesando a sectores medios y de los márgenes. Un sentido de la libertad que se bifurca o presenta caras disímiles, según la experiencia de vida singular de cada joven. Narrarán, interpretarán e imaginarán sentidos armónicos de vida, sentidos hedonistas, festivos y “positivos”, sentidos estables, sentidos solitarios y de racionalización de la vida, sentidos acelerados, sentidos elitistas y petulantes, de desprecio y maltrato a otros, así como sentidos ilustres y políticos, de dominio.

Dar cuenta de un sentido social, para ellos, será construir el sentido propio de la vida, desde esta mirada, experiencia y práctica social y etaria. Implicará construir espacios de amistad, lugares de ais­lamiento, prácticas de vida con amigos –como irse a vivir juntos, o en pareja– no necesariamente legalizada. Implicará el desarrollo personal, la creación de nuevos lugares laborales o la gestión del propio espacio y tiempo laboral, la formulación continua de proyectos. Involucrará la estilización del cuerpo, el goce de la vida yendo a festivales, recorriendo mundo, consumiendo gustos y felicidad, administrando las propias posibilidades.

Estos sentidos ya no tienen que ver con la transición a la adultez, con titularse, acceder al primer em­pleo o tener un hijo/a, sino con la pseudorrealización personal y la diversificación de la vida. Allí, algunos de estos jóvenes ponen en interrogación y experimen­tación todas las dimensiones de la vida, en tanto que otros las entenderán como una herencia social por individualizar. Será el sujeto quien la elige, componiendo una trama personal selecta de la novela familiar.

Son sentidos que se afirman entre la individualización y normalización de la vida. Así, construyen un sentido naturalizado de la existencia social. Heredan, incorporan y narran como natural y normal aquello que es construido histórica y socialmente. Despliegan discursos hegemónicos y fundan he­gemonía, al mismo tiempo que hablan de una multiplicidad de maneras de ser y estar joven, y desplie­gan una voluntad de dominio del otro, planteando estos sentidos propios a lo juvenil como sentidos naturales y legítimos, aunque no lineales. Ponen en juego un discurso que separa, establece fronteras entre los propios jóvenes. Ellos y ellas serían los “jóvenes naturales”, los que eligen su destino, perso­nas libres, vitales, potentes, espontáneas, curiosas, con ganas de aprender y avidez de cosas nuevas, de experimentar y descubrir, de disfrutar y gozar la vida, de buscar y elegir identidades pasajeras o estables. Pero, cuando califican o caracterizan lo juvenil, también sitúan al joven problemático, y este joven siempre es el otro; no es el “yo” joven que narra. Se apropian del discurso social hegemónico y adulto y lo resignifican, de forma que crean una relación joven-joven desigual, proyectando en los otros jóve­nes su fragilidad humana no revisada ni reflexionada.

Sus voces, figurativamente, van estableciendo las fronteras y distinciones entre unos y otros. Como jóvenes naturales, construyen categorías prácticas o desigualdades sociales-categoriales intraeta­rias (Brubaker y Cooper, 2001; Tilly, 2000). Categorías que señalan distribuciones desparejas de atributos entre unos y otros, categorías que definen las formas de relacionarse entre personas jóvenes y establecen una brecha intrageneracio­nal.

Las figuras jóvenes que construyen se sostienen en enunciados dicotómicos, en donde el “yo” que narra señala al otro joven en su carencia, falla, error, caos, desmesura, dejadez, fragilidad, violencia, estigma barrial o pueblerino, estigma musical o de la nocturnidad que participa, estigma sexual, con­sumo de sustancias adictivas. Por lo general, no visualizan las condiciones de vida del otro ni las des­ventajas o diferencias en que ese otro/a vive. Lo desconocen y des-reconocen. Y ellos mismos se piensan desligados de sus propias condiciones de existencia, sin estructuras que los limiten. O seña­lan al propio individuo-joven como determinante de sus posibilidades y maneras de vivir, en donde los contextos casi no juegan o son “eslóganes políticos”.

Entonces, desde este sentido naturalizado y el sentido de libertad electiva, el otro también construye su destino sin condicionamiento alguno.

Las figuras jóvenes que construyen y despliegan en enunciados dicotómicos se traducen en frases tales como “Hay jóvenes que quieren superarse todo el tiempo y otros que no piensan en el futuro”. Están los que quieren aprender y los que no quieren aprender, los que se esfuerzan y los que no quie­ren nada, los que trabajan y los que no trabajan, los “burgueses y los que viven en barrios”, los que habitan al sur de Montevideo y los que habitan lejos del sur –los márgenes, el noroeste o noreste–, los que circulan en ómnibus o auto, los que andan en carrito; aquellos que vinieron a Montevideo y estudian en la universidad, y aquellos que se quedaron en el pueblo, en la vida y la adolescencia; los que bailan en Pocitos y los que bailan en la Ciudad Vieja, entre otros; los de la murga joven y aquellos a los que se les lleva un espectáculo con cabeza distinta a la propia; los que escuchan cumbia o plena, los que escuchan rock; los que visten raro, los que visten como uno; los que tienen plata y “se dan la papusa”, los que no tienen plata, se drogan y arman lío; los no diversos y los diversos sexualmente.

Establecen verdades y prohibiciones para unos y otros, maneras de vestir que distinguen y diferen­cian, espacios donde participar y donde no participar, maneras de estar entre ellos y ante los otros, maneras de tratar a unos y otros, maneras de consumir de unos y otros, maneras de pensar válidas y formas de pensamiento que no conocen, pero invalidan, sexualidades legitimadas y no legitimadas. Refuerzan la noción hegemónica de joven o la categoría joven anticipada desde los adultos, asociada a un joven problema, peligroso, delincuente, anormal, anómico.

Este sentido naturalizado de la vida social construye formas de exclusión juveniles. Instala discursos con voluntad de verdad, en el sentido que le da Foucault (1992). La calificación y consiguiente des­calificación del otro, el des-reconocimiento de las diferencias y desigualdades sociales, la negación de la contingencia y finitud humana, de la mutua humanidad. Instala un lugar social sin conversación de alteridad, un lugar de negación o de afirmación naturalizada de las desigualdades sociales.

III. Narrativas de un lugar político-paródico

Las experiencias vitales, narradas e interpretadas por otros y otras jóvenes, construyen variaciones de sentidos y, al mismo tiempo, un sentido común y epocal de resistencia social. Sentido de resistencia que liga sentidos de agenciamiento de la vida, sentidos vinculares locales, sentidos de cuidado de sí y de un nosotros joven estigmatizado, sentidos de quiebre y reconstrucción de sí vertiginosos, senti­dos de desterritorialización y reterritorialización de la vida, sentidos de inestabilidad, de desamparo, de la finitud y de lo provisorio de los sentidos en la vida. Sus biografías dan cuenta de una experiencia de dominio provisional de la contingencia (Mêlich, 2006), más allá de que representen su vida, unas veces, como “destino” personal. Saben que los sentidos nunca se establecen definitivamente. Van y vienen entre sentidos cambiantes que expresan momentos de sus vidas, un contexto institucional que han habitado o habitan, un barrio en que han vivido o viven y que puede ser otro, una relación de pareja, el cambio de pareja.

Saben moverse en la incerteza, desarrollan el sentido de sobrevivencia, tienen aguante. Saben de pérdidas, dolores, vicisitudes, quiebres, ausencias, maltratos; de goces, alegrías, risas, fiestas, amores. Conocen el sinsentido y lo provocan. Han atravesado momentos y acontecimientos disociados del sentido (delegación de la maternidad, desamparo, prisión de un familiar, fracaso escolar), ante los cuales no han contado con esquemas de pensamiento desde donde aprehenderlos e interpretarlos o lo han contado entre lenguas, a dos lenguas, repitiendo el discurso hegemónico y buscando otras palabras que nombren aquello que les pasó. Han conocido el vacío de sentidos y saben resignificar la vida. Cuentan con la posibilidad de deslegitimar el statu quo, de impulsar nuevas búsquedas, cons­trucciones sociales alternativas. Conocen la vigilancia y fugan de la mirada del poder y de la ciencia. Conocen la norma social y la fragilidad humana, la injusticia y el desprecio social, violencias humi­llantes. Conocen la discriminación, la viven en el día a día. Saben en el lugar estigmatizado en que son situados por otros jóvenes y el conjunto social. Viven la relación desigual entre jóvenes, aunque no desde la subordinación, sino desde un acatamiento paródico (Butler, 2002) y politizado, acatamiento que implica situarse sutilmente en el cuestionamiento a la autoridad de la norma, en un acatamiento distanciado que no es burla, sino que muestra a las identidades como ficciones, que subraya, recalca, acentúa el sentido de libertad electiva como construcción discursiva –enunciados que realizan lo que nombran–, y, por tanto, como construcción social. Acatamiento que devela la naturalización de esta construcción y la sitúa en su historicidad.

Ellos saben que en el imaginario social ocupan el lugar de los que no quieren aprender, de los que no estudian, los que no trabajan, los que no se esfuerzan, los que no se proyectan a futuro, de quienes tienen hijos en la adolescencia. El lugar de los que usan piercing, gorros planchas, de los que escu­chan cumbia, de los que toman y trafican merca, de los violentos, los que roban, los que habitan las esquinas, la cárcel, los márgenes, los basurales, los restos sociales.

Pero lo excluido vuelve, se hace presente y se presenta ante lo incluido, provocándolo, desafiándolo, aguijoneándolo, perturbándolo. Quiebra, rompe la normalidad. Señala las ausencias, lo que la in­clusión dejó fuera. Estos jóvenes se instalan en espacios callejeros, en la esquina, en los cruces de avenidas con sus malabares, irrumpen en los barrios residenciales. Irrumpen en las redes sociales con imágenes de los márgenes, de la pobreza, del plancha, de la “basura” social, de los lugares “invivibles”. Irrumpen con un lenguaje sexuado. Muestran otros lenguajes y la posibilidad de construir nuevos lenguajes. Muestran los sentidos de la incertidumbre, del equilibrio inestable en que viven. Muestran las heridas sociales en sus cuerpos y muestran sus cuerpos. Muestran que están, que existen. Mues­tran que en las zonas invivibles se hace experiencia, se construye identidades, se vive. Y esas expe­riencias se construyen en la exclusión, en un lugar devastado, aunque no devastador de la experiencia de sí y de los otros. Muestran que allí se construye sentidos, lugares de existencia posibles. Otra existencia. Una existencia extraña e irreconocible, irrepresentable para los “jóvenes naturales”.

Paródicamente, muestran que el joven natural es una construcción histórica, simbólica, cultural, po­lítica, social, y que ellos son la realización de lo que los jóvenes naturales y los adultos nombran, son lo que dejaron afuera, en el exterior. El poder produce los cuerpos que gobierna, dice Butler (2002), en la reiteración forzada de prácticas y normas. Ellos son los excluidos de la construcción histórica actual. Son el lado oscuro, abyecto, el resto. Ellos no son los mejores, ellos han fracasado en la escuela. Ellos han quedado fuera del mercado laboral formal, ellos no presentan calificaciones laborales. Ellos no son perfectos, no son eficientes. Ellos son “quedados”, no quieren superarse. Ellos escuchan cum­bia. Y lo muestran, lo multiplican, lo amplían. Encarnan la fragilidad –lo que otros, ilusoriamente, despojan de sí– y también la potencia. Encarnan el caos y la posibilidad de transformación social, la posibilidad de construir otro “orden” social. Encarnan la finitud y también la existencia humana, la ca­pacidad de sobrevivencia. Encarnan el efecto no querido de lo que la norma dejó afuera. Si la norma produce o materializa aquello que nombra –joven natural–, también produce lo que escapa de ella, lo que quedó fuera –joven paródico–.

Por otra parte, estos y estas jóvenes ponen en escena y repiten lo que los otros designan, volviéndolo otra cosa. Ellos son de la esquina, lo dicen a coro. Pero es una esquina que presenta otros contornos de los que la normalidad le otorga. Es la esquina signada por el discurso hegemónico y una esquina alternativa. La habitan y la multiplican. Allí se encuentran, allí están. No la abandonan porque las regulaciones la marquen y los marquen. Al contrario, la acatan y la pueblan. La calle es el lugar deser­tado de adultos, ellos la ocupan. La calle es el lugar de lo público, ellos lo habitan. Se apropian de los lugares públicos vacíos, que, a la vez, llenan intermitentemente. El casamiento es un trámite legal y/o religioso, para ellos es una comedia. El consumo es el espacio actual de la vida social, ellos lo ponen en escena, lo dramatizan y ritualizan. Mueren de consumo. El aborto es lo indecible, inconfesable desde la mirada androcéntrica, ellas lo dicen, lo deciden, lo exponen, lo cantan. La adultez muestra el sentido trágico de la vida, el sufrimiento de sus otros adultos. Ellos no quieren vivirla de esa manera. Desde allí molestan, provocan. Desde allí dicen que es posible habitar otras relaciones sociales, otras relaciones intraetarias e interetarias, otras relaciones de género. Desde allí dicen que es posible procesar las edades de otra forma. Desde allí rompen con todo anclaje y generan incesantemente nuevos contextos y suponen contextos posibles; intervienen en la construcción de sí mismos aunque no cuenten, las más de las veces, con las personas, relatos u objetos para acceder a su historia, a su nombre.

La vida los atraviesa, las condiciones existenciales y la experiencia los van configurando y ellos van habitando un lugar representacional de sí y un nosotros paródico, desafiante, resistente. Operan poli­citidad. Ellos, que como jóvenes son los que quedan fuera de la norma joven, los que viven el encierro (la cárcel) y no la libertad electiva, están diciendo que la categoría joven es una construcción política y que podría construirse de otra forma. Ellos, que como jóvenes viven también la adultez y son a quienes se les sustrae tempranamente la “jovialidad”, están diciendo que las categorías joven y adulto son construcciones políticas y que podrían construirse de otra forma.

Despliegan la parodia y la acción política, la resistencia. Se oponen a una hegemonía simbólica e his­tórica. Sostienen, soportan y desestabilizan el “orden” social, al joven natural, a una categorización del adulto y joven inventada, a una organización social inclusiva y excluyente.

IV. Narrativas de un lugar político-alterado

Las experiencias vitales, narradas e interpretadas por unos otros y otras jóvenes, construyen varia­ciones de sentidos en el cruce de la edad joven con la clase social y el género. Sentidos alterados, en cuanto dan cuenta de los procesos de subjetivación y de la transformación de las subje­tividades, de que lo juvenil no abarca integralmente al joven como persona, de que los y las jóvenes se viven siendo jóvenes y adultos al mismo tiempo, de que es posible la construcción de otra relación adulto-joven, la construcción de otra relación entre los sexos. Dan cuenta de la transformación de los sentidos. Se narran en un tiempo abierto.

Viven una experiencia anticipada y en el quiebre de esa experiencia. Se dejan atrapar por la incerti­dumbre, no saben de antemano a dónde los conducirá lo que viven y se dejan vivirlo. Dejan que la experiencia los atraviese, se abren a la experiencia, ella no está escrita, más allá de que esté condi­cionada socialmente. Se exponen y la viven. Construyen lugares híbridos de juventudes y adulteces. Apenas se nombran como jóvenes. Se abren a la experiencia de vivir otras feminidades y, subrepti­ciamente, van interrogando a la masculinidad tradicional. Realizan un trabajo sobre sí mismos. Inten­tan conservar la capacidad de asombrarse de sí mismos. Intentan mantenerse en su propia alteridad constitutiva. El otro los altera, los perturba, los interpela. Por lo pronto, ello se instala en sus espacios narrativos.

Son aquellos que viven su autonomía conociendo a otros, creando nuevos lazos, descubriendo mun­do. Aquellos que son interpelados por los otros, fundamentalmente, por los jóvenes paródicos. Aque­llos que se distancian de sus pertenencias sociales primeras, de sus pertenencias de la infancia y adolescencia. Aquellos que quieren conocer otra gente, otros jóvenes, otros adultos. Aquellos que quieren estar con otros, otros con quienes deconstruirse y reconstruirse, que los movilicen, toquen, alteren. Aquellos que quieren mirar al otro, pensar con el otro, y, desde allí, pensarse a sí mismos. Se viven cambiando las formas de pensar, buscando trascender las categorías intraetarias entre unos y otros jóvenes, los etiquetajes. Se vinculan con jóvenes diferentes y que atraviesan condiciones de vida desiguales. Conocen a otros jóvenes, gente en las plazas, en la calle, en otros barrios que no son los de ellos, en reuniones o encuentros que albergan siempre a algún desconocido. Callejean, obser­van la ciudad y a su gente, la interacción social. Son los terceros que operan, ilusoriamente, queriendo romper lo dicotómico, la construcción simbólica del joven natural y de aquel que este joven dejó afuera, el joven paródico. Aquellos que también eligen, pero eligen con quiénes encontrarse, vínculos de amistad, una posición política ante la polarización social, relaciones que no necesariamente son de su propio sector social de origen. Aquellos que se narran en la tensión entre sus condicionamientos sociales y la libertad.

Hay otras figuras jóvenes que dan cuenta de continuidades; pero no son las que queremos destacar aquí. Figuras jóvenes de sectores medios que, perdidas de sí mismas, aún no encuentran la opor­tunidad que ese otro/a joven les abre para pensarse en otra relación joven-joven, en otra relación adulto-joven, en otras relaciones sociales. Así, repiten y refuerzan estigmas sociales. Narrativamente, dan cuenta de sí inestablemente, han vivido experiencias disruptivas, quiebres identitarios, han sen­tido su propia fragilidad y finitud, han sido en algún punto discriminados o violentados y, asimismo, categorizan y estigmatizan a los otros ubicándolos en la anomia, los excesos o patologías, desde la incorporación del discurso adulto, sabiendo, de forma latente, que en cualquier momento pueden ser ellos mismos quienes sean estigmatizados por los jóvenes naturales y los adultos.

Los jóvenes que dan cuenta de continuidades y discontinuidades se construyen en un lugar de terceros que oscila, de forma paradójica, entre una posición caritativa o misericordiosa, que afirma que el joven paródico o diferente los interpela en su necesidad, en su reclamo, en que “le den derechos”, en integrarlo al sistema y reducirlo a la mismidad, a lo homogéneo –el joven natural–, y una posición alterada en que ese joven paródico o diferente fisura, fractura, quiebra sus experiencias para reconstruirlos en otra experiencia. Un otro que deja una huella en el sí mismo. Y ellos intentan reconstruir lo colectivo, formas de solidaridad. Estarían también diciendo que es posible otra cons­trucción política y social. La interacción de fuerzas múltiples les genera distintas posibilidades de vida. Toman fragmentos de la vida de los otros para sí, van habitando representaciones de sí que combinan fragmentos de vida de los padres, de los abuelos, de los hermanos, de los amigos, de los otros desiguales y diferentes. Se identifican con los personajes de los videoclips, de la música. Toman de cada lugar que habitan o han habitado lo que el lugar les da, van construyendo significaciones múltiples. Unos tra­bajan, otros no, se forman con otros, se proyectan cambiando de trabajo o en no saber en qué van a estar dentro de unos años, quizás haciendo otra cosa que la que hacen hoy. Viajan, experimentan otras culturas o las observan distanciados, las confrontan a la propia, las cuentan e interpretan.

La experiencia familiar los ha situado en vidas no lineales, en movimiento, cambiantes, llevándolos a atravesar condiciones de vida disímiles en distintos momentos o en un mismo momento de su vida. Condiciones inestables y estables de vida, al mismo tiempo. Viven la inestabilidad de un hogar pa­rental y la estabilidad en el otro hogar parental. Transitan por más de una casa, viven con los padres, viven días en la casa del padre y con otros, y otros días en la casa de la madre con otros, viven con los novios en la casa parental, viven en una casa parental unos días y otros días en la de la pareja, viven con amigos de ambos sexos, viven con otros cambiantes. Sus vínculos familiares y de amigos cambian, y, con ello, los sectores sociales en que se relacionan.

La experiencia de género les ha abierto, a estas mujeres jóvenes, posibilidades para pensarse, signi­ficarse y dar cuenta de sí mismas en feminidades que intentan romper con los mitos de la feminidad tradicional. Dan cuenta de la aprehensión subjetiva de relaciones sociales e históricas sexistas y de la posibilidad subjetiva de transformar el sentido de sus experiencias femeninas. Se cuentan socia­lizadas y viviendo relaciones androcéntricas, al mismo tiempo que rompiendo con ese tipo de rela­ciones. Así, narran sus transformaciones y amplían feminidades. Rompen con historias familiares de mujeres o, por lo pronto, las interpelan. No quieren repetir esas historias. Y recuperan aquellas voces familiares que las invitan y animan al despliegue de sí como mujeres. Trascienden la domesticidad, habitan espacios públicos. Envuelven para sí el desarrollo intelectual. Viven su sexualidad, la vida en pareja sin nupcialidades de por medio. Se posicionan construyendo sus maneras de vivir. Sus narrati­vas ponen en juego feminidades con relación a su posición de clase, su posición política, su etnia, sus edades como mujeres jóvenes. Algunas mujeres jóvenes de los márgenes buscan distanciarse de la experiencia de otras mujeres jóvenes y pobres marcadas por la maternidad, por la dependencia de un varón proveedor, y dan lugar a la construcción posible de otras representaciones sociales de sí y para sí. Encarnan el sufrimiento de clase y de género, el desprecio y humillaciones de los otros; y, conflictivamente, construyen su feminidad desde esos dos lugares, situadas en el cruce de desventajas y la potencia de sí. Al igual que mujeres jóvenes de sectores medios, intentan cuidarse a sí mismas, el gobierno de sí y la paridad en las relaciones entre los sexos. Alguna que otra figura masculina se relata cuestionando su masculinidad, oponiéndose a la individualización de la vida, dando cuenta de sí desde lo emocional, lo espiritual, en el cuidado de otros o apostando a ello. Se sienten interpelados por los otros, varones y mujeres.

Ellos construyen sentidos desde los cambios que han experimentado, sentidos provisionales. Y estos sentidos se ligan a sus condiciones de existencia, condiciones también cambiantes. Se narran en condiciones de vida que los han limitado y limitan y que les han abierto posibilidades. Distintas posiciones sociales han atravesado o están atravesando sus vidas. Han vivido ascensos o descensos sociales abruptos y no abruptos, han interactuado o interactúan con jóvenes de distintos sectores so­ciales. Se cuentan signados por los procesos sociales, por una dictadura que no la vivieron pero los ha tocado, el fracaso de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, el cierre de fábricas y la desocupación de los padres, la crisis del 2002, por la violencia de la corrupción y la pasividad social, por la militancia de los padres, por guerras y destierros en las historias ancestrales. Construyen senti­dos ficcionales, viven por momentos fuera del mundo, mirándolo desde la distancia. Cuentan que, como Mafalda, quieren parar el mundo, se quieren bajar. Se sienten interpelados por los que viven en la calle y, a la vez, por un sur con el cual se identifican.

Un sentido de compromiso social, ciudadano y político, los envuelve y lo narran. Hablan desde un nosotros comunitario que no necesariamente es un nosotros joven. Un nosotros politizado que dis­tingue y liga lo joven y no joven.

Se van posicionando política e ideológicamente, oponiendo a determinadas significaciones, prácti­cas, valores –a maneras de vivir burguesas, al privilegio de la productividad y de la eficiencia en el trabajo, a una vida superficial o light, a la injusticia social–. No entienden algunas cosas, no tienen palabras para explicar otras, se posicionan desde allí. Van encontrando otros lenguajes, no los van encontrando. Conflictivamente, se viven en la posibilidad de transformar su vida cotidiana. Se presen­tan en su multiplicidad como sujetos, en lo fugaz, finito y cambiante. Se presentan desmarcándose de estereotipos juveniles, ensayando otra posición social desde una posición social de origen obrero. Buscan romper condicionamientos existenciales a través del deporte. Rechazan simbólicamente su condición social –media alta–, desde su condición etaria. Experimentan fuerzas étnicas y comuni­tarias que los animan a romper con sus herencias socioculturales. Cumplen mandatos parentales y tratan de alejarse de sus condiciones existenciales. Viven entre viejas y nuevas pertenencias sociales, debatiéndose en sus posiciones de clase ante la movilidad social vivida. Construyen sentidos que les permiten inscribirse socialmente ante la experiencia de desclasamiento en que viven. Se permiten resistir su experiencia de clase media, a la vez que le dan forma.

Fundan representaciones de sí, habitan sentidos desde relatos familiares e historias sociales, resig­nificados al hoy. Perturban la quietud o pasividad adulta desde la música que escuchan. Tensionan sus posiciones sociales, experimentan su posición etaria y legitiman sus feminidades a través de la música. Se empoderan como mujeres desde distintas posiciones sociales y confluyen en el intento de transformar las relaciones entre los sexos. Confrontan sentidos, significaciones, maneras de vivir de los jóvenes naturales. Trabajan para la ciudadanía antes que para el mundo burgués. Gobiernan en la “edad joven”.

Cuestionan la individualización de la vida y, paradójicamente, la viven; se realizan personalmente y recuperan sentidos en sus orígenes obreros o étnicos. Se desligan de la creencia en la capacidad ilimi­tada de las personas de realizarse de forma independiente a todo condicionamiento y contingencia histórico-social, sin narrarse en el condicionamiento absoluto. Reconocen a otros que viven en condi­ciones desiguales, se dejan interpelar por ellos.

Son algunas figuras jóvenes que se posicionan en lugares alterados. Figuras que nos están diciendo que los viejos ritos de transición a la adultez no los construyen, ni tampoco solamente la categoría jo­ven. Nos están diciendo que son las condiciones existenciales en sus múltiples dimensiones las que fundan maneras de vivir jóvenes, y que ellos, como sujetos sociales, trabajan sobre sí mismos y el colectivo intentando producir otro procesamiento de las edades.

De este modo, se presentan siendo niños, jóvenes y adultos al mismo tiempo. Se relatan posicionados en un lugar híbrido, un lugar que no es joven ni es adulto. Han transitado por lugares adultos siendo adolescentes y jóvenes, tienen la capacidad de retornar a la niñez, de pensar y reescribirse desde allí. Viven entre la adultez y lo juvenil, entre las edades, procesando etapas de la vida construidas política y socialmente. Juegan siendo niños y jóvenes, revelando que el adulto también juega o puede ju­gar. En su cotidianeidad, entrelazan prácticas jóvenes y prácticas adultas. Toman decisiones, asumen compromisos económicos familiares, construyen estrategias de vida, viven pérdidas y frustraciones, participan política y socialmente.

Buscan descubrir otros espacios adultos y no tienen palabras que los nombren. Se nombran desde discursos adultos y, luego, deslegitiman esa forma de nombrarse. Interpelan a los adultos y se inter­pelan a sí mismos desde la mirada adulta. No cuentan con palabras que nombren la adultez fuera del aburrimiento, la rutina, una “vida ya hecha”, la formalidad, el conformismo, una vida lineal y en la mismidad, homogeneidad. Presentan al adulto siendo uno. No cuentan con un lenguaje para pensar al adulto y proyectarse adultos en la persistencia de la transformación de sí, a través de los aconte­cimientos que vayan viviendo. Representan a los adultos como personas “independientes”, es decir, que no necesitan a nadie, que reprimen su necesidad de los otros y del intercambio de experiencias. Y se representan a sí mismos rompiendo rutinas, viviendo el desorden, provocando nuevas experien­cias, equivocándose, gozando, trasgrediendo los mandatos del mundo adulto. Estarían disfrutando lo que luego, como adultos, les será clausurado. Se oponen a ese mundo adulto, se distinguen de ellos a través de marcas jóvenes, para luego desmarcarse tanto de ese lugar joven construido como de ese mundo adulto poderosamente ficcional.

Sienten una fisura o hueco entre el mundo adulto y sus mundos, una brecha intergeneracional. Sien­ten que el mundo del adulto es un lugar marcado por el olvido, por la imposibilidad de retornar a la niñez, adolescencia y juventud, a esos lugares que, aunque inventados, están allí para, cada tanto, re­coger aquellas marcas que permiten tejer o entramar nuevos sentidos de y en la adultez (Forster, 2009). O, como dijera Foucault (2008), parecería que buscan palabras que les permitan narrar que “el objetivo no es prepararse para la vida adulta […] sino el prepararse para cierta realización completa de la vida”, que está lejos, muy lejos de la realización de sí o individualización de la vida. La realización es completa en el momento anterior a la muerte. Narran que se preparan simplemente para vivir y que están viviendo, que su presente es vida.

Dan cuenta de su momento sociohistórico como jóvenes y buscan que su voz se escuche. Problema­tizan su lugar social como jóvenes, intentan desnaturalizar la relación adulto-joven, ponen en juego las ambigüedades, tensiones e incomodidades que viven desde dicha relación de poder. Reclaman una mirada de reconocimiento de su integralidad como sujetos. Fundan lugares de autonomía, van ampliando sus lazos sociales. Se desmarcan de un tránsito lineal a la adultez.

Narran que viven en un lugar híbrido y que es posible otro procesamiento de las edades, otra cons­trucción de lo juvenil, otra construcción de la adultez.

En síntesis, estos tres lugares sociales revelan las condiciones de polarización social como una cons­trucción simbólica, política e histórica. A su vez, develan relaciones entre los sujetos jóvenes. Sus voces estarían interpelando las propias condiciones de polarización o individuación y las relaciones desiguales adulto-joven que los producen como sujetos jóvenes.

Los sentidos electivos de vida que componen un lugar político-naturalizado de los y las jóvenes dan cuenta de la norma social, de la construcción de hegemonía, de la dilución ilusoria del mundo adulto, de una nueva categoría joven o desigualdades sociales-categoriales intraetarias. Revelan a unas figu­ras jóvenes que encarnan una voluntad de verdad y poder que es contestada, interpelada, parodiada por otras figuras jóvenes que construyen sentidos de resistencia y sobrevivencia ante los procesos de exclusión de los cuales son objeto. Ambas son figuras políticas, antagónicas, relacionales. Figuras construidas, espacios simbólicos. Los sentidos electivos muestran a unas figuras que viven en la natu­ralización de la existencia social. Los sentidos resistentes muestran a otras figuras que les contestan, que entran en relación con ellas y les dicen que sus figuras son ficcionales, construidas histórica, polí­tica y socialmente, y que se puede construir otra forma de organización social, otra forma de relacio­nes entre las edades. Entre ellas operan las figuras de terceros dando cuenta de sentidos alterados, de la transformación de sentidos, ya que han vivido y viven experiencias sociales, familiares, de género cambiantes. Habitan representaciones provisionales de sí, al igual que aquellas figuras que constru­yen lugares políticos-paródicos. Junto a estas figuras, han vivido experiencias de fisura o quiebre de sus identidades. Sería, entonces, en el espacio simbólico donde los sujetos jóvenes entran en relación, espacio donde se parodia y politiza la vida como construcción social y se interpela lo juvenil como construcción política, en este momento histórico.

V. Conjugando las narrativas biográficas

El foco en las narrativas, deudor del giro biográfico en las ciencias sociales e inscripto en la tradición constructivista, nos permitió revisar cómo los agentes sociales construyen y ponen en sentido sus experiencias vitales.

La narrativa biográfica de los lugares sociales-jóvenes puso en juego experiencias juveniles de politi­cidad o la politicidad de las experiencias juveniles, formas de resistencia al mundo adulto, al mundo institucional y social. Los y las jóvenes se instalan en la duda ante lo familiar y obvio, ante los manda­tos y anticipaciones adultas, ante lo hegemónico y naturalizado, la norma social y las regulaciones de la población joven, ante la estereotipia de género, prescripciones y atribuciones sexistas. Politicidad, quizás, solo reconocible a través de los relatos ante la multiplicidad de experiencias jóvenes y la estig­matización de los jóvenes paródicos.

Dicho foco hizo perceptible o reconocible que en los y las jóvenes habitan, conflictivamente, senti­dos anticipados-adultos junto a aquellos que van desnaturalizando, deslegitimando y construyendo al momento de narrar, mirar y significar su experiencia. Sentidos que no suturan sentidos. Abiertos… Toman y usan sentidos adultos para inscribirse socialmente, ya que son compartidos. A la vez, esos sentidos se oponen a su experiencia, a lo que les está pasando. Narran, entonces, entre sentidos, a dos lenguas. Intentan desanudar sentidos ajenos y, dudosamente, tejen otros. No encuentran y encuentran palabras, otra lengua que los signifique. Visibilizó experiencias de trabajo sobre sí mismos, procesos de transformación de las subjetividades producto del momento sociohistórico y las condiciones existenciales de cada quien. Una época en que las jóvenes, fundamentalmente, transitan por procesos reflexivos en la construcción de nuevas feminidades y en su relación con el otro sexo. Las jóvenes narran, de cierta forma y de manera conflic­tiva, la experiencia de su propia transformación, otros sentidos posibles de su experiencia femenina. Una época en que se silencia la construcción de las masculinidades o en que los varones se interrogan sigilosamente sobre la masculinidad tradicional, al mismo tiempo que fugan hacia ella en su espacio narrativo, ante otros sujetos.

Dio cuenta de los antagonismos constitutivos de experiencias situadas de clase, una zona de articu­lación variable de experiencias, significaciones y atributos que interpelan a unos y otros jóvenes de distintas posiciones. Hizo visible el conflicto social a través de la confrontación de las condiciones existenciales de unos y otros jóvenes –expresadas en múltiples dimensiones, del territorio en que viven a las maneras de vestir, a modo de ejemplo–, de las experiencias vitales y sentidos emergentes de dichas condicio­nes, así como en la emergencia de desigualdades-categoriales jóvenes que designan quiénes son los unos y los otros, hoy. Al mismo tiempo, dio cuenta de alteraciones de posiciones de clase en su cruce con posiciones étnicas, de género y etarias, diagramando rupturas simbólicas, rupturas posibles con una herencia cultural. La movilidad social –ascensos y descensos sociales–, por su parte, interceptó las maneras de vivir y representarse de los y las jóvenes, situándolos en una experiencia de la cual emergen sentidos dispares, contrarios, inciertos y abiertos que movilizan al propio sujeto hacia otras representaciones de sí y, quizás, construcciones colectivas posibles, aunque desconocidas.

Dejó entrever la articulación entre las condiciones existenciales y los procesos de subjetivación de los y las jóvenes y cómo, en dicha articulación, se producen sentidos, lugares sociales. Observar ante los cambios sociales, estructurales, el movimiento o metamorfosis de las subjetividades y de la primacía hegemónica de la acción de unas instituciones sociales frente a otras cuando las condiciones de vida se han polarizado. Si, en épocas de integración social, la fábrica era el lugar de explotación de los tra­bajadores y los obreros se significaban como clase demandando otra distribución de la riqueza y, por tanto, justicia social, llevando adelante la transformación social, si la universidad asumía un papel sus­tancial acompañando dicha transformación y los jóvenes se significaban militando, actuando colec­tivamente en movimientos estudiantiles, hoy, la cárcel ocupa, hegemónicamente, el lugar del poder por excelencia, en cuanto la interacción social se significa desde la inseguridad y al joven paródico se lo vive como amenaza, criminalizándolo y estigmatizándolo. Estos jóvenes como “clase peligrosa”[3], hoy, estarían tensionando el “orden social”. Intermitente y desorganizadamente, reclaman justicia y trans­formación social, dejando ver que es posible construir otra forma de organizarnos colectivamente.

Esta perspectiva reunida en la narrativa biográfica posibilitó aproximarnos a la existencia del sujeto, a las experiencias que dan sentido o no a una vida, al recorrido o camino que va y está haciendo, don­de camino y caminante van juntos; ir más allá de la manera en que los estudios sociodemográficos sobre juventudes en Uruguay han tratado el tema de las trayectorias vitales de los y las jóvenes, la relación entre la norma social e institucional y la posición que ocupa el sujeto con respecto a ella, en su recorrido singular. Las posiciones que va adquiriendo en la transición a la vida adulta (en la familia, educación, trabajo, etc.).

Habilitó construir y situar el análisis en una perspectiva de la experiencia narrativa, entendiendo que todo sujeto en toda edad se encuentra condicionado y viviendo acontecimientos disímiles. Se en­cuentra buscando sentidos personales, relacionales y colectivos, atravesando experiencias y recu­perando otras vividas en otras edades, reflexionando el presente desde lo que le pasó y hacia lo que está por venir, abriendo posibilidades de ir más allá de lo dado y hacia otro lado, hacia un territorio abierto y plural, un tiempo que esté lleno de dislocaciones, de rupturas, de mutaciones sorprendentes, de giros inesperados. Cada objeto y/o relación puede estar guardando la posibilidad de un mun­do en estado de promesa, si es que tanto los y las “jóvenes” como los “adultos” dejamos que nos pase algo (Forster, 2009; Sennet, 2003; Skliar y Larrosa, 2009). Se puede vivir la adultez retornando a “lugares jóvenes”, habitar la “edad joven” experimentando “lugares adultos”, intercambiablemente, si las temporalidades fuesen vividas en su multiplicidad y lejanas a una linealidad, si la historia de cada quien fuese vivida como sorpresa, inquietud, estado de catástrofe y/o de excepción, de efervescencia y pasión (Forster, 2009; Skliar y Larrosa, 2009). Procesar edades puede significar, entonces, vivir cada momento etario en un ir y venir entre lo que le está aconteciendo al sujeto hoy, las huellas del pasado que retornan en ese momento desde la experiencia vivida en otra edad y el lugar represen­tacional de sí que está construyendo y habitando siempre de forma política, relacional, narrativa y como anticipación de un posible porvenir, para luego pasar a vivir otro momento.

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  1. Este artículo fue publicado en Cuadernos del CIESAL, año 13, n.º 15, enero-diciembre de 2016, pp. 294-313.
  2. En este artículo incluyo, única y mínimamente, una delimitación conceptual de los lugares sociales y no un racconto crítico de las teorías de juventud –estudios culturales y sobre identidades juveniles–, ni los referentes teóricos relativos a las narrativas y la construcción de biografías, a la experiencia y constitución de los y las jóvenes mediante ella, a las condiciones de polarización social, a la diferencia sexual, así como a la comprensión de los y las jóvenes como categoría social que he elaborado en la tesis, sino que busco en lo posible ir trabajándolos desde los datos, siendo consciente de su inabarcabilidad en un artículo y en el privilegio de presentación de estos últimos.
  3. Castel, R. La inseguridad social. ¿Qué es estar protegido? Buenos Aires: Manantial, 2004.


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