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Transiciones a la adultez
en la Ciudad de México

Rutas, tiempos y significados
entre dos generaciones

Gerardo Damián Hernández

Resumen

En este trabajo se busca exponer parte de los avances de una investigación doctoral en curso que tiene el objetivo de analizar, a través de entrevistas a profundidad, los significados, tiempos y rutas seguidas en la transición a la vida adulta de miembros de dos generaciones de la Ciudad de México. Considerando a la generación como un grupo que participa de los mismos sucesos y experiencias vitales, en este trabajo se han ubicado analíticamente dos generaciones. En primer lugar, a un grupo que creció y efectuó su transición a la adultez en la Ciudad de México entre 1960 y 1970 bajo las siguientes condiciones: un modelo económico de sustitución de importaciones que impulsó la creación de empleo y la incorporación de grandes masas a los mercados de trabajo urbanos; el incremento de la urbanización en México a causa de un fuerte flujo migratorio del campo hacia las ciudades –en especial hacia la Ciudad de México–; y el crecimiento y consolidación de la clase media urbana derivado de lo anterior y del aumento de oportunidades educativas de nivel medio superior y superior durante ese periodo. Por otro lado, tenemos la segunda generación, hijos e hijas de la primera, que efectuó su transición durante la década de 1990 e inicios del año 2000, pero en condiciones distintas, marcadas por el cambio, durante la década de 1980 como resultado de una fuerte crisis económica, hacia un modelo económico neoliberal cuyas consecuencias hasta la fecha han sido la flexibilización y precarización de los mercados de trabajo, y la ocurrencia de crisis periódicas; por la inserción de la sociedad mexicana en una dinámica global; por la agudización de las desigualdades en oportunidades entre distintas clases sociales y su inclusión desigual tanto en el campo laboral, como en cuanto al acceso a la educación como mecanismo de movilidad social; por el cambio del valor, significados y expectativas relacionadas con lo que implica ser un adulto; y por la complejización de la duración y de eventos de la transición de la adultez de esta generación respecto a la de sus padres. Bajo este panorama, la pregunta apunta a conocer el impacto de estos cambios de condiciones sociales e históricas en la transición a la adultez entre ambas generaciones. Para ello, en primer lugar, se compararán con mayor precisión los contextos en los cuales los miembros de ambas generaciones efectuaron su transición. En segundo lugar, se presentarán los cambios más significativos, tanto en las rutas seguidas como en los tiempos de ocurrencia y duración, entre ambas generaciones. Por último, se presentarán las diferencias intergeneracionales de los significados asociados a su paso hacia la vida adulta.

Palabras clave

Transición a la vida adulta; emancipación; generaciones.

I. Introducción

Durante las últimas décadas del siglo XX, la sociedad mexicana, como muchas otras en Latinoamérica y alrededor del mundo, experimentó un conjunto de cambios y transformaciones que abarcaron las dimensiones económica, política, social y cultural. En especial durante la década de 1980, en tal sociedad, ocurrieron acontecimientos que precipitaron transformaciones que continuarían hasta finales de la década siguiente.

A partir de la década de 1940, el país experimentó un periodo de auge económico y grandes transformaciones sociales. Los efectos de la primera transición demográfica comenzaban a modificar las dinámicas cotidianas, y además el flujo migratorio del campo hacia las localidades urbanas aportó condiciones para que el panorama social y cultural del país se modificara en las décadas posteriores. Estos cambios sociales operaron, a partir de la mejora de las condiciones de vida de grandes franjas de la población del país, en buena medida sobre la base de una economía que ofrecía estabilidad y posibilidades mayores de movilidad social a las personas respecto de la generación de sus padres. Un modelo de sustitución de importaciones fue lo que, en ese periodo que a grandes rasgos va de la década de 1940 hasta principios de 1980, actuó como soporte –mas no determinó– de todo este conjunto de cambios.

A nivel social y cultural, podemos darnos una idea de los cambios sociales que ocurrieron: las personas tenían una mayor posibilidad de mejorar sus condiciones de vida respecto a lo que vivieron sus padres y podían ofrecerles a sus hijos, a su vez, mejores condiciones que las que experimentaron ellos mismos, pues la expansión del sistema educativo en ese periodo fue muy grande, además de que las oportunidades laborales, dado el dinamismo económico, eran mayores. Ello, a su vez, significó que cuestiones relativas al futuro –dejar de trabajar por jubilación– estuvieran relativamente resueltas frente al hecho de que los trabajos y las carreras que podían realizarse eran más estables, se podía continuar en ellos a edades avanzadas, y si no era así, el ahorro y la dinámica de soporte familiar actuaba como auxilio conforme se envejecía. Aunque también, a causa del mismo modelo de sustitución de importaciones, que implicaba, en cierto grado, poca permeabilidad a patrones culturales externos, los referentes sociales y culturales a los cuales estaban expuestas las personas poseían un carácter más endógeno: valores, intereses, anhelos, normas eran elementos con poco dinamismo respecto a la etapa inmediata posterior a la revolución en ese país. Por esta razón, la forma como las personas orientaban sus vidas diarias parecía estar más encaminada por valores y pautas de acción tradicionales.

Durante la década de 1970, el país en cuestión resintió el agotamiento del modelo económico de sustitución de importaciones; sin embargo, dado el crecimiento alcanzado, existían recursos suficientes para no evidenciar algunos primeros signos de crisis. A ello se le sumó el auge que en esa década comenzó a tener el petróleo a nivel mundial, y, dadas las reservas de tal materia prima en México, la comercialización de este insumo resolvió de momento el agotamiento del modelo de sustitución de importaciones.

Sin embargo, al inicio de 1980, con la crisis de los precios del petróleo y el agotamiento acumulado del modelo económico anterior, en 1982 estalló una gran crisis económica. El impacto de esta puede reconocerse como un acontecimiento –en sentido filosófico– que marcó un antes y un después en México. Existe en la bibliografía referencias variadas a las consecuencias de esta crisis: la reestructuración posterior hacia un modelo económico liberalizado, los obstáculos y problemas que tal reestructuración presentó, así como la inferencia de consecuencias sociales para gran parte de la población dada la reestructuración de las economías locales y la integración del país bajo el fenómeno de globalización (Castañeda, 1996; Cooney, 2001; Dussel Peters, 1998; De Oliveira y García, 1998).

Ahora bien, en el marco del fenómeno de la transición a la vida adulta, los trabajos en México son relativamente recientes –el primero de ellos se publicó en 1994, aunque hasta 1999 no apareció el trabajo considerado pionero sobre el tema–, que se han centrado en explorar el fenómeno desde una perspectiva demográfica y sociodemográfica que, enfocándolo desde la perspectiva del curso de vida en su mayoría, ofrece materiales importantes para conocer cómo es que este proceso se ha modificado desde la década de 1930 hasta décadas recientes. Con todo, pocos son los trabajos que, tomando al fenómeno de la transición a la vida adulta (Mora y De Oliveira, 2009, 2014; Saraví, 2009) o al evento de la inserción laboral sin hablar del todo de la transición a la adultez (Mancini, 2009), lo han explorado desde el punto de vista de los actores, es decir, conociendo cuáles son los significados y sentidos sociales que actúan en este proceso social. No ha habido trabajos que exploran ya no la secuencia de los eventos para construir trayectorias tipo, sino los sentidos subyacentes al proceso de transición; en este trabajo y bajo el enfoque de la sociología de la transición (Casal, 1996; Casal et al., 2006; Cardenal de la Nuez, 2006), se considera como transición a la adultez como el proceso que va de la juventud hacia la emancipación económica y residencial.

Bajo la perspectiva de la sociología de la transición, y como parte de una investigación doctoral en curso, expondré cómo los miembros de ambas generaciones han efectuado su transición a la vida adulta considerando los cambios en los soportes institucionales –sistemas de transición– de la escuela y el trabajo, el evento de la emancipación residencial y algunas pistas sobre los sentidos asociados a esta. Al ubicar los cambios más significativos entre ambas generaciones en la Ciudad de México, será posible lanzar algunas hipótesis sobre las diferencias intergeneracionales de los significados asociados a su paso a la vida adulta.

II. Marco teórico/marco conceptual

En la perspectiva de la sociología de la transición, la juventud sería definida como un tramo biográfico que inicia con la pubertad y finaliza con la emancipación familiar plena. Resultan importantes, en este sentido, los elementos que participan de esta emancipación: los dilemas por resolverse en este proceso (Cardenal de la Nuez, 2006, p. 26). Centrarse en la transición a la vida adulta como proceso de emancipación residencial responde a lo que algunos autores han ubicado como el resultado de la importancia histórica y social del cambio domiciliario respecto a la familia de origen en nuestras sociedades, por lo cual la juventud es un proceso de adquisición de autonomía y emancipación familiar (Casal, et al., 2006, p. 28).

Analizar la transición a la vida adulta en esta perspectiva requiere ubicar tres niveles: el del cambio histórico, el de la mediación institucional vía los sistemas de transición, y el biográfico (Casal, 1996; Cardenal de la Nuez, 2006). Ello requiere incorporar los contextos sociohistóricos que actúan como marcos que orientan este proceso; al hacerlo, se colocan en primer plano las dimensiones desiguales en las que ocurre la transición en cada caso particular –nacional, regional, individual–, lo que requiere a su vez integrar una perspectiva biográfica que permita reconstruir cómo ocurren y son experimentadas las fases de transición de tal modo que se puedan observar vivencias sociales distintas. En este caso, y dada la situación actual de la investigación, el nivel biográfico apenas será apuntado.

III. Metodología

El grueso de trabajos sobre la transición a la vida adulta en México ofrece indicaciones importantes para comprender cómo los cambios mencionados han influido en este fenómeno, tanto en términos generales como alrededor de la transformación ocurrida a partir de 1980 en este país, aunque su alcance se remite precisamente a los nacidos entre 1978 y 1980 como cohorte más joven. Si tomamos la crisis económica de 1982 como punto de inflexión, hemos de plantear que todos aquellos nacidos antes de esa fecha, que realizaron su transición a la adultez antes de la crisis económica o durante sus inicios –pues las consecuencias de tal crisis se resintieron hasta 1988–, formarían parte de una primera generación. Por otro lado, aquellos que nacieron en la década de 1980 y en la posterior integrarían la segunda generación, que está realizando su transición en condiciones distintas a las de la generación anterior. En estos términos, resulta necesario comprender primero si ocurrieron cambios en este fenómeno y si se pueden relacionar con la transformación de la década de 1980.

Para ello, analizaré los resultados de investigaciones que se refieren a la dinámica de cohortes pertenecientes a la primera generación, como se comprende en este trabajo. En segundo lugar, presentaré algunos datos correspondientes a cohortes de la segunda generación, construidos a partir de la Encuesta Nacional de Juventud en sus versiones 2000 y 2010.

IV. Análisis y discusión de datos

Al comparar los resultados de las investigaciones sobre transición a la vida adulta con cohortes de 1978-1980 y hacia atrás, observamos que este fenómeno ha tenido cambios relevantes respecto a la emancipación y sus condicionantes. En primer lugar, las edades de salida de la escuela entre los nacidos en 1930 y los nacidos en 1978-1980 han aumentado de manera considerable, siendo las mujeres quienes presentan un incremento mayor. Este proceso de mayor permanencia en el sistema escolar se ha incrementado a partir de la cohorte 1966-1968 (Coubès et al., 2004, 2016; Coubès y Zenteno, 2004). Aún antes de la crisis de 1980, la dinámica respecto a la permanencia en el sistema escolar se había modificado sustancialmente, de tal manera que el sentido que podía tener el paso a la vida adulta respecto de quienes nacieron antes de 1960 ya comenzaba a cambiar en cuanto las personas podían extender su estancia en el sistema escolar, postergando la adquisición del estatus de adulto.

Conforme se analizan las cohortes entre 1930 y 1978-1980 –la primera generación–, se observa que también se ha retrasado la edad a la cual hombres y mujeres consiguen su primer trabajo (Coubès et. al., 2016; Martínez Salgado, 2010; Mancini, 2016). En conjunto, una mayor permanencia en el sistema escolar y un ingreso tardío –respecto a cohortes anteriores– al mercado laboral supondrían una modificación en los patrones de formación de una familia y de corresidencia con la familia de origen, por lo tanto, de emancipación económica y residencial.

Respecto a este último punto, la dinámica de la primera generación también apunta hacia un retraso considerable de la edad mediana de la salida del hogar de origen para hombres y mujeres, pues mientras que el porcentaje de hombres que a los 25 años vivían con sus padres en las cohortes nacidas en 1930 era de casi 33 %, para la cohorte 1978-1980 representaban el 50 %, y, a su vez, las mujeres en esos mismos casos pasaron de un 25 % a un 40 % (Coubès et al., 2016).

Hasta aquí observamos que la dinámica de la transición a la vida adulta como proceso de emancipación muestra cambios significativos aún dentro de una misma generación. Por un lado, el sistema escolar en expansión permitió a las cohortes más jóvenes continuar su formación y postergar su inserción laboral respecto a cohortes anteriores, lo que se refleja tanto en las edades de la salida de la escuela, como en el incremento del porcentaje de jóvenes que, a los 25 años, continuaba viviendo con sus padres. Por otro lado, dado el contexto de crecimiento económico sostenido, las posibilidades de ingresar a trabajos que les ofrecieran condiciones para construir un hogar propio resultaban mayores respecto a las primeras cohortes de las que se tiene información –las de 1936-1938–. En el caso del sistema educativo, observamos que este sistema de transición parece haber tenido consecuencias directas en la transición a la vida adulta. En el caso del sistema laboral, los cambios parecen haber ocurrido más por el crecimiento económico sostenido y la necesidad de mano de obra para actividades industriales calificadas y poco calificadas, que por una regulación laboral que buscara el pleno empleo.

Con la llegada de la crisis económica de 1982 y con el largo proceso de transformación a nivel económico, social, político y cultural que vivió México, existe consenso en la investigación sobre el tema de que la transición a la vida adulta tuvo modificaciones importantes en su forma. Por un lado, gran parte de la población femenina tuvo que insertarse en los mercados de trabajo, más por una presión por aportar al gasto familiar que por una emancipación de los roles femeninos tradicionales, cosa que se extendió hasta la segunda mitad de la década de 1990 debido a una nueva crisis financiera en 1994 en el país. Esta modificación traería consigo cambios respecto a la unión conyugal, la formación de una familia propia y la emancipación residencial, hechos que se verían retrasados algunos años para las personas (Parrado, 2005).

Por otro lado, al observar la ocurrencia y secuencia de los eventos de la transición a la vida adulta de las generaciones que nacieron alrededor de 1980 y que tienen, al momento, más de 25 años, vemos que las tendencias en eventos como salida de la escuela, inserción laboral y emancipación residencial se han incrementado, aunque también complejizado (Echarri Cánovas y Pérez Amador, 2007; Mejia-Pailles, 2016; Solís, 2016). Los primeros dos eventos ocurren a edades más tardías en la segunda generación analizada en este trabajo, y además, al distinguir entre estratos sociales, vemos que, si bien los estratos altos mantienen ciertos patrones, los estratos medios y bajos presentan una variabilidad grande. En especial en el caso de la salida del hogar de origen, vemos retrasos que se imputan, a la vez, a la transformación de la economía en México, que trajo consigo una mayor flexibilización, desregulación y precarización en los mercados de trabajo. Esto afecta con mayor fuerza a quienes, nacidos en 1980, comenzaron a incorporarse en los mercados a finales de 1990 en estas condiciones y durante la ausencia de regulación laboral juvenil. Aunque, también, ese retraso se imputa a la mayor permanencia en el sistema escolar y a una variación en los intereses de la segunda generación que los lleva a privilegiar el desarrollo individual antes que a la obtención de un hogar y una pareja propios.

Al comparar cohortes distintas de la segunda generación a través de los datos de la Encuesta Nacional de la Juventud en sus versiones 2000 y 2010 en México, vemos que no solo los eventos relacionados con la transición a la adultez como proceso de emancipación han cambiado en apenas 10 años, sino que los motivos asociados a estos también lo han hecho. En este caso analizaremos a quienes tenían entre 20 y 29 años al momento en que se realizaron ambas encuestas (en 2000 y 2010): los nacidos entre 1971 y 1980, en el primer caso, y 1981 y 1990, en el segundo.

Al observar la tabla 1, vemos que el proceso de expansión del sistema escolar que impactó a la primera generación también ha impactado a la segunda. De quienes tenían 20 y 24 años en el año 2000 (la cohorte 1976-1980), a nivel nacional el 28 % estudiaba, mientras que de quienes tenían entre 25 y 29 años de edad (cohorte 1971-1975) lo hacía el 15 %. En 10 años los cambios son notorios, pues, en 2012, en la cohorte 1986-1990 quienes estudiaban, a nivel nacional, representaban el 31 %, mientras que en la cohorte 1981-1985 eran el 13 %. En la Ciudad de México la situación era similar: en el año 2000, estudiaban el 41 % de quienes tenían entre 20 y 24 años de edad, mientras que lo hacían el 26 % de quienes tenían de 25 a 29. Para 2010 la situación volvió a cambiar: estudiaban el 39 % de quienes tenían entre 20 y 24 años, mientras que lo hacía el 12 % de quienes tenían entre 25 y 29.

Tabla 1. Entre 20 y 29 años. ¿Estudia actualmente?

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Elaboración propia a partir de ENJUVE 2000 y 2010.

Los datos anteriores tienen que matizarse con la edad mediana de la salida del sistema escolar: para las cohortes 1971-1975 y 1976-1980 era de 16 años a nivel nacional, y de 18 años para la primera y 17 para la segunda en la Ciudad de México; 10 años más tarde, observamos que la edad aumentó, de manera mínima, a 17 años para las cohortes 1981-1985 y 1986-1990, a nivel nacional, y a 18 para ambas cohortes en la Ciudad de México. Este panorama nos coloca ante el hecho de que la expansión del sistema educativo mexicano permitió que, en cohortes pertenecientes a ambas generaciones, hubiera un incremento de la edad mediana de la salida del sistema escolar.

Ahora bien, si la permanencia en el sistema escolar retrasa, como proceso “natural”, la transición a la vida adulta, vemos que, en la segunda generación, aquellos nacidos a partir de 1980 y que no estaban estudiando entre los 20 y 29 años habrían de ingresar al mercado de trabajo. En este caso, las cosas son poco claras, pues en 2000, a nivel nacional, de quienes tenían entre 20 y 24 años trabajaban el 54 %, y de quienes tenían 25 a 29 lo hacían el 60 %. Por su parte, en 2010, en esos mismos rangos de edad, lo hacían el 51 % y el 61 % respectivamente. En la Ciudad de México la situación era la siguiente: en 2000 trabajaban 58 % del primer grupo de edad, y el 67 % del segundo, mientras que en 2010 lo hacían el 53 % y el 67 % respectivamente. Estos resultados no nos hablan de una mayor absorción de la mano de obra juvenil, sino que, al contrario, dejan con el cuestionamiento de por qué, si su permanencia en el sistema escolar no se extiende demasiado hacia el periodo de los 20 y 29 años, la inserción laboral no ha aumentado. Quizás esto sea por los obstáculos a los que se enfrentan para conseguir un trabajo que les permita alcanzar la emancipación residencial y económica.

Tabla 2. Entre 20 y 29 años. ¿Trabaja actualmente?

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Elaboración propia a partir de ENJUVE 2000 y 2010.

El hecho revelador ocurre al observar el dato de quienes han vivido solos alguna vez –aunque a la fecha de la encuesta no continúen haciéndolo–. A nivel nacional la proporción de quienes han vivido solos alguna vez ha pasado de 44 % para quienes tenían entre 20 y 24 años en 2000, y de 65 % para quienes tenían entre 25 y 29, a apenas el 21 % para quienes tenían 20 y 24 en 2010 y 31 % para los que tenían edades de 25 a 29 en ese mismo año. Al centrarnos en la Ciudad de México, vemos la misma tendencia: en 2000, el 36 % de quienes tenían de 20 a 24 años y el 50 % de quienes tenían entre 25 y 29 habían vivido solos, pero en 2010 disminuyó a 21 % para el primer grupo y 33 % para el segundo.

Tabla 3. Entre 20 y 29 años. ¿Ha vivido solo alguna vez?

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Elaboración propia a partir de ENJUVE 2000 y 2010.

Si consideramos ahora a quienes vivían solos, vemos que también hay una disminución importante: a nivel nacional, en 2000 de quienes tenían entre 20 y 24 años el 35 % vivían solos, mientras que lo hacía el 59 % de quienes tenían entre 25 y 29 años; sin embargo, en 2010 apenas vivían solos el 8 % y el 13 % de los respectivos grupos de edad. En el caso de la Ciudad de México, la situación de esta segunda generación se mantiene: en 2000 el 33 % del primer grupo de edad y el 46 % del segundo vivían solos, mientras que en 2010 eran apenas el 11 % y el 21 % respectivamente.

Tabla 4. Entre 20 y 29 años. ¿Vive solo? 

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Elaboración propia a partir de ENJUVE 2000 y 2010.

Por otro lado, si atendemos a las razones asociadas con la salida del hogar de origen –de acuerdo con la ENJUVE 2000 y 2010–, para quienes tenían de 20 a 29 años en 2000, tenían más que ver con la unión conyugal, en primer lugar, mientras que en 2010 la razón principal fue estudiar o trabajar en otra ciudad. En la Ciudad de México, sin embargo, la unión conyugal es la principal razón en ambos años para ambos grupos de edad. Además, al observar cuáles son los significados relacionados con el éxito, vemos que los objetivos y metas personales, el aumento del nivel de vida y el trabajo se mantienen con porcentajes constantes aún, pero la familia y las relaciones personales disminuyen conforme se habla de cohortes más jóvenes.

V. Conclusiones

Este panorama indica que los itinerarios de la transición a la vida adulta en ambas generaciones no solo han cambiado en el nivel de las secuencias y trayectorias, sino que los significados atribuidos al proceso de transitar a la adultez también son distintos en la medida que los significados asociados al éxito se alejan de lo relacionado con la familia y las relaciones personales, en tanto que se orientan hacia una interpretación más individualizada. Por otro lado, resulta interesante observar que, a pesar del incremento de la permanencia en el sistema educativo, cohortes de la segunda generación no tienen una mayor inserción a los mercados de trabajo. Esto último podría deberse a la estructura que tomó, a partir de la crisis de 1982, el sistema de transición laboral: desregulación, mayor flexibilidad, y ofrecimiento de condiciones precarias para inserción laboral juvenil, al tiempo que no se han establecido en el país políticas laborales para que este sector logre una mayor estabilidad en este ámbito.

Bibliografía

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