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3 Comentario a Los desaparecidos de la Iglesia de María Soledad Catoggio

Emilio Crenzel (CONICET/Facultad de Ciencias Sociales – UBA)

El libro de María Soledad Catoggio tiene por objetivo examinar las relaciones entabladas por el catolicísimo argentino con la última dictadura militar, analizar las particularidades que asumió la represión en las filas católicas y estudiar las características de las memorias sociales que circulan en la Iglesia sobre sus víctimas.

La obra forma parte del campo de estudios de la historia reciente y la memoria social el cual, desde mediados de los años noventa, se encuentra en expansión en la Argentina y que ha centrado su examen en el proceso de radicalización, violencia política y represión estatal que atravesó el país entre cincuenta y cuarenta años atrás y en las representaciones y prácticas que tornan presente este pasado. En este marco, el libro dialoga y debate con una creciente producción académica, periodística y del activismo del movimiento de derechos humanos sobre la historia de la Iglesia Católica argentina y, en particular, sobre sus relaciones con la última dictadura. Lo hace, en un contexto político en el cual esas relaciones han cobrado fuerte resonancia pública. En 2007, por primera vez, fue condenado un sacerdote católico por crímenes de lesa humanidad y en 2013 la asunción del papado por Jorge Bergoglio renovó las controversias sobre su responsabilidad en el secuestro, durante la dictadura, de los curas jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics.

Son diversas las contribuciones del libro. En primer lugar, la autora apuesta a comprender históricamente el proceso de contestación católica y radicalización política en los años sesenta, las modulaciones con las que operó la represión contra el activismo católico y la memoria de sus víctimas. Para ello, examina la génesis de ciertas constelaciones ideológicas, prácticas sociales, sensibilidades y espacios de sociabilidad que, desde la década del treinta, permearon a los actores del mundo católico. Ese marco, le permite trazar los juegos de continuidad y ruptura que atravesaron tanto la emergencia de una sensibilidad contestaría como las prácticas de disciplinamiento institucional y su articulación con la represión estatal. Esta puesta en relación de la cultura católica con las respuestas específicas frente a la represión se prolonga al analizarse el recurso a las autoridades militares y eclesiásticas, privilegiado por las relaciones de las víctimas del clero católico en desmedro de los recursos legales, y las prácticas y los discursos de memoria sobre las víctimas. En este último plano, el deber de memoria es propuesto como continuidad de la cultura ascético-altruista y su convergencia con la cultura humanitaria del movimiento de derechos humanos y la figura del mártir, que se postula dominante en las representaciones sobre este universo, como prolongación del modelo del compromiso integral forjado en el período de entreguerras y actualizado en los años sesenta y setenta.

En segundo lugar, el libro debate la existencia de dos Iglesias durante los tiempos de dictadura, una popular y otra cómplice, mostrando las variaciones en el tiempo de las prácticas de diferentes actores según los cambiantes contextos histórico-políticos, las zonas grises, la complejidad que asumieron las disputas internas no reducibles a la simplificación dicotómica entre jerarquías y bases y repone la diversidad de ideas y prácticas entre y al interior de las congregaciones y los estamentos del clero. En este plano, la obra también discute otra idea corriente, la que identifica a las víctimas del clero católico con el movimiento tercermundista, proponiendo que el proceso de sacralización de la represión tuvo su complemento en la desacralización del clero contestario bajo la figura de la “subversión clerical”, más abarcadora que ese movimiento particular.

Por último, la autora realiza una reconstrucción sumamente valiosa del universo de víctimas en las filas del clero católico, a la cual analiza en función de las formas de victimización y, con ello, indaga la existencia de patrones específicos en la represión. Esta reconstrucción y reflexión no son habituales en la producción académica de la historia reciente. El fetichismo de las cifras, la subordinación de la intervención académica a las voces autorizadas y el rechazo del análisis de las dimensiones del exterminio en función de un discurso moral basado en la sacralización abstracta del valor de la vida humana, constituyen aún serios obstáculos para el conocimiento del proceso de violencia.

En ese marco, y aprovechando la oportunidad de dialogar con la autora y recibir sus comentarios, quería plantear ciertas proposiciones en torno de la obra que merecen analizarse en profundidad. En primer lugar, la idea de la especificidad de la represión entre las filas católicas, –prevalencia de detenciones y asesinatos sobre desapariciones–, tiene como premisa el contraste de la cifra de treinta mil desaparecidos, enarbolada por los organismos, y de diez mil presos políticos. Sin embargo, en 2016 la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación registra 7.018 desaparecidos. Es decir, para probar la hipótesis planteada, la contrastación debería realizarse sobre los casos oficialmente registrados. Por otro lado, los datos del apéndice muestran que el predominio de las detenciones y asesinatos sobre las desapariciones se restringe al período 1974-1976, prevalencia común de la represión en esos años y, en cambio, desde el golpe las desapariciones predominan –levemente– sobre las detenciones mientras aumentan los asesinatos.

En segundo lugar, la hipótesis de la especificidad de los recursos movilizados por los allegados de víctimas del clero católico, debería probarse con mayor consistencia. Es indudable que el acceso a las jerarquías religiosas –nuncio papal, obispos, vicarios castrenses– fue más fluido en el universo católico pero también es cierto que, con las diferencias que los capitales sociales y culturales establecen, el resto de los allegados de las víctimas no desestimó el recurso personal a líderes políticos, religiosos y empresariales y a las autoridades militares y policiales, patrón que puede pensarse como expresión de una cultura nacional escasamente normativizada en la cual priman las relaciones informales con los funcionarios estatales y los miembros de las élites y, específicamente, como fruto de la búsqueda desesperada de información de las relaciones sociales de las víctimas ante la negación oficial de todo dato. Confirmar la especificidad de los recursos de este núcleo de allegados exigiría comparar, minuciosamente, los recursos esgrimidos por ambos universos.

En este marco, el examen de la conducta institucional durante la dictadura podría incluir dimensiones no exploradas y substantivas, como el proceso de sacralización de la represión por parte de las jerarquías, su temor al proceso de contestación al interior de la propia Iglesia, o el modo en que conjugaron los valores espirituales cristianos con la defensa de la lucha antisubversiva y sus prácticas violatorias de los derechos humanos, por citar cuestiones que, más allá de la existencia de zonas grises y matices, contribuirían a comprender la actitud institucional dominante en el período. En este último aspecto, merecería incluirse la comparación con las iglesias de Brasil y Chile que defendieron, institucionalmente, los derechos humanos ante dictaduras de seguridad nacional.

En tercer lugar, sería importante profundizar el examen de la figura del mártir, propuesta como clave en la memoria católica de las víctimas. Su raíz etimológica la enlaza con el testigo, quien ofrece con su entrega testimonio de su fe o sus ideas. No es ajena, como se propone en el libro, al modelo memorial del Holocausto que mimetizó, precisamente, la figura de la víctima con la del mártir. En ese marco, la sacralización de la figura de los desaparecidos podría examinarse a la luz de la cultura de los derechos humanos que propuso su condición de víctimas absolutas, “inocentes” e indefensas, de la violencia indiscriminada del Estado. La razón propuesta en la obra para explicar el supuesto predominio de la figura del mártir, el trabajo de los emprendedores de la memoria cristiana, podría ser puesta en relación con la prevalencia del imaginario sacrificial judeo-cristiano en la cultura contestaría y revolucionaria de los años sesenta y setenta.

Por último, el capítulo que examina la memoria católica centra su foco en los años de eclosión de diversas iniciativas memoriales respecto de las víctimas. Este recorte, deja de lado el análisis de las posiciones de la Iglesia ante iniciativas clave de la experiencia argentina en el tratamiento de las violaciones a los derechos humanos, como la autoamnistía dictatorial y, ya en democracia, la investigación la CONADEP, el juicio a las Juntas, las leyes de impunidad, los Indultos y el reinicio de los juicios. Otro tanto, podría decirse sobre la necesidad de examinar las iniciativas memoriales de la propia institución en este largo período, desde los silencios y condescendencias ante los intentos de clausurar la investigación y enjuiciamiento de las violaciones hasta la mención superficial a la actitud institucional ante la represión en el jubileo de 2000. Estas contextualizaciones permitirían pensar las continuidades y cambios de la memoria católica sobre la represión y sus víctimas y sus vínculos con las políticas estatales y las luchas del movimiento de derechos humanos.

En síntesis, el libro de Catoggio constituye una contribución original al campo de estudio de la historia reciente. Articula múltiples fuentes con solvencia y propone interpretaciones novedosas. Como pocos trabajos, asume el desafío intelectual de pensar las dimensiones y la racionalidad de la represión, las ideas y prácticas de los actores en tiempos de dictadura y sus memorias, trascendiendo el período que toma como objeto de estudio. Se erige, por ello, en un trabajo que invita a la lectura, a la reflexión y al debate.



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