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2 La Iglesia Católica ente la historia y la memoria: actitudes y comportamientos del clero antes, durante y después del terrorismo de Estado en Argentina

María Cecilia Azconegui (UdeSA/UNCO-Cehepyc-CLACSO)

Las investigaciones y reflexiones en torno al rol de la Iglesia Católica durante la última dictadura militar comenzaron a difundirse a pocos años de iniciada la etapa constitucional pos-dictatorial. El temprano libro de Mignone, de fuerte carácter testimonial y de denuncia, resaltó el estrecho vínculo de la mayoría de los miembros de la jerarquía católica con las Fuerzas Armadas, el apoyo público y la participación en tareas de la represión así como también la existencia de una Iglesia perseguida.[1] Esta obra, y las producciones que le sucedieron –en su mayoría de carácter testimonial y periodístico– fueron construyendo una figura binaria en la que convivían dos iglesias: una cómplice, y otra perseguida y mártir. El desarrollo y la progresiva consolidación de la historia reciente como campo disciplinar durante las últimas décadas han proporcionado un espacio donde paulatinamente han surgido un conjunto de investigaciones que dialogan críticamente con esta narrativa –instalada en la memoria social y como línea de investigación– enriqueciendo y complejizando las matrices de comprensión, enfatizando las diferencias entre los miembros de la jerarquía, pero también incorporando otros actores y experiencias del mundo católico, nuevas escalas de análisis y preguntas renovadas.

El libro de María Soledad Catoggio se inscribe dentro de estos nuevos trabajos y, principalmente, en las discusiones sobre las actitudes y comportamientos de los actores sociales durante la última dictadura militar; en este caso de la Iglesia Católica. Si bien el sujeto de su pesquisa es el clero contestatario que fue víctima de la represión estatal, su análisis también incorpora las acciones desarrolladas por otros miembros de la familia eclesiástica (obispos, superiores de las congregaciones, el nuncio apostólico) en relación al terrorismo de estado y la violación a los derechos humanos y, en consecuencia, problematiza sus vínculos con el poder militar mostrando una variedad de situaciones entre la complicidad y la abierta denuncia. Para concretar estos objetivos Catoggio recurre al examen minucioso de la bibliografía específica y de una variedad de fuentes. La obra conjuga el análisis de fuentes orales –imprescindibles para asir el significado de las prácticas y experiencias de los actores protagonistas de los hechos– con el estudio de abundante documentación en donde sobresale la utilización de los documentos desclasificados del Departamento de Estado norteamericano y de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA). La obra está estructurada en tres partes. En la primera reconstruye el proceso histórico de conformación de un catolicismo militante que tendrá un decisivo protagonismo en la política argentina del siglo XX. La autora toma este punto de partida porque la gestación y consolidación del “catolicismo integral” es fundamental para abordar dos temas centrales del libro: la progresiva institucionalización de la alianza entre poder militar y poder católico, no exenta de tensiones y conflictos, que posibilitó y a la vez se nutrió de un intercambio mutuo de legitimidades basado en intereses comunes, y la existencia de una matriz común de la cual emanarán una diversidad de tendencias, incluso antagónicas, al interior del clero.

En lo que respecta a la complejidad del vínculo con las Fuerzas Armadas y la participación conjunta en la esfera política llama la atención la caracterización del golpe de estado de 1930 como “el primer golpe militar-cívico-religioso del siglo XX”.[2] Esta conceptualización plantea varios interrogantes. Si el golpe de 1930 fue el primero de este tipo, ¿cuáles fueron los otros? ¿Cuáles fueron las características distintivas de cada uno de ellos? ¿Cuál sería la especificidad del de 1976? Asimismo, si la participación se ha limitado a la génesis de los distintos golpes o ha continuado en los regímenes dictatoriales instaurados. Estas preguntas retoman una discusión que se está dando actualmente en el campo de la historia reciente con respecto a la eficacia del uso de ciertas categorías para explicar la complejidad del entramado institucional del régimen de 1976 y los distintos niveles de participación y el grado de responsabilidad de cada uno de los actores involucrados –militares y civiles– en la configuración del golpe así como también en la definición, la planificación y la ejecución de las políticas implementadas por el régimen.[3]

Por otra parte, el análisis que realiza Catoggio sobre el impacto que tuvieron la Revolución Cubana y las reformas del Concilio Vaticano II en la Argentina en las formas y lugares de sociabilidad del clero así como en las practicas desarrollas le permiten mostrar cómo los mismos precipitaron la crisis institucional con rupturas verticales y horizontales, al tiempo que provocaron la divergencia en las trayectorias de un clero que compartía una misma forma de concebir al catolicismo como un forma de acción social y política más allá de los límites de la sacristía. En lo que respecta al clero contestatario, sujeto central de esta investigación, la autora revela, gracias a una detallada reconstrucción de las trayectorias individuales, que los “desaparecidos de la Iglesia” –a pesar de ser un grupo heterogéneo de actores (sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y obispos)– compartieron espacios, prácticas y concepciones. Asimismo, argumenta, de manera convincente, que tras la figura del mártir presente en sus declaraciones públicas y elaboraciones privadas existía una forma de sociabilidad común, denominada “ascético-altruista”, que los dotó de una lógica de acción propia. Siguiendo el razonamiento de Catoggio, para estos católicos la figura del mártir sintetizaba un modo de llevar adelante las convicciones religiosas hasta las últimas consecuencias.

En la segunda parte de la obra la investigadora se centra en la última dictadura militar teniendo en cuenta: la construcción de la “condición subversiva” del clero desde la mirada represiva y las tensiones surgidas entre el disciplinamiento institucional y la represión estatal; las víctimas religiosas; y las estrategias del clero frente a la represión estatal. En línea con las últimas perspectivas en materia de represión estatal, la autora no circunscribe su análisis sobre estas problemáticas al período 1976-1983 sino que incorpora los últimos años del gobierno peronista para establecer rupturas y continuidades en cada una de las dimensiones abordadas.

En el marco del avance persecutorio y represivo sobre el clero contestatario, Catoggio establece que la tensión entre disciplinamiento institucional y represión estatal, irresuelta desde la década previa, adquirió nuevas y trágicas consecuencias durante la dictadura colocando a los actores en una situación de mayor vulnerabilidad e imprevisibilidad en materia de resultados. El análisis de la continuidad entre el accionar represivo y el disciplinamiento institucional implementado por el obispo Ponce de León es particularmente interesante. Específicamente, considero que el accionar disciplinador de este obispo, caracterizado como “rojo” por las fuerzas de seguridad e identificado con el clero contestatario, demuestra la importancia de complejizar la mirada y evitar las interpretaciones lineales que podrían incurrir en el error de asumir a partir de la acción disciplinadora una identificación entre el pensamiento militar y el del obispo. No obstante, dado el carácter social e histórico de las actitudes y comportamientos, el accionar de las personas fluctúa dependiendo de una serie de variables como el miedo, el momento histórico del régimen, la experiencia personal. Así, al recuperar el entramado de relaciones y presiones, y la perspectiva de los actores Catoggio muestra que el objetivo mayor de proteger a las potenciales víctimas es otra interpretación posible aun cuando esta actitud implicara legitimar –en alguna medida– la “acusación subversiva” hecha por las fuerzas de seguridad.

De manera similar, el análisis de la construcción de la categoría de “subversión clerical” refleja cambios a partir del inicio de la dictadura cuando se impuso un proceso de inflación semántica para definir la “condición subversiva” que incluía desde la imputación de pautas morales reprochables hasta el contacto directo con las organizaciones armadas. El estudio de este proceso de construcción es revelador al establecer que no hubo una práctica represiva para el conjunto de los “tercermundistas”, rompiendo con una imagen instalada en el imaginario colectivo, y sugerir que el mismo produjo una desacralización que llevó incluso al borramiento de la condición religiosa de las personas reprimidas. En el análisis de las víctimas la autora se propone un novedoso abordaje al buscar comprender la racionalidad represiva que operó en el caso del clero contestatario y establecer conexiones entre los perfiles de las víctimas y las prácticas represivas de las cuales fueron objeto. De acuerdo a sus descubrimientos, mientras que el mayor nivel de visibilidad del clero diocesano explica el predominio de las detenciones a disposición del PEN, el carácter más anónimo que revela la concentración de desaparecidos entre el clero regular culmina con un borramiento de la condición religiosa. Ante estos interesantes hallazgos surge la pregunta por el lugar que ocuparon los laicos –agentes pastorales, catequistas y dirigentes de las ramas especializadas de la Acción Católica entre otros–, en la mirada represiva de los agentes de las fuerzas de seguridad y cuáles fueron las practicas represivas que primaron dentro de ellos. La pregunta por este actor –que también conforma el conjunto de los desaparecidos de la Iglesia– deriva del protagonismo y el rol como referentes sociales que desempeñaron muchos laicos en el país así como también de la creciente autonomía que adquirieron a partir de la adopción de las reformas del Concilio Vaticano II y de la adopción de la noción de Iglesia como pueblo de Dios. Si consideramos que algunos de ellos no trasladaron su militancia católica (religiosa) a otra dimensión –ya sea política o armada– ¿cómo aparecen categorizados en los legajos de la DIPBA? Son víctimas católicas pero ¿son víctimas religiosas? Si tomamos la perspectiva de las fuerzas de seguridad que desarrolla la autora se podría deducir que la presencia de muchos laicos entre los “sectores populares” los revestía de cierto nivel de peligrosidad que, sumado a la ausencia de la investidura, la no necesidad de operar la desacralización, los convertiría en un objetivo militar más fácil, por carecer de contacto directo con los obispos y de la protección institucional. Por otra parte, si consideramos que el grado de visibilidad/anonimato operó como una variable que influyó en el destino final de las víctimas, al anonimato de los laicos les correspondería el final más trágico.

La segunda parte cierra con un estudio de las estrategias del clero frente a la represión estatal reflejando los cambios y continuidades operados a partir del cambio de régimen y la heterogeneidad de resultados obtenidos. Uno de los rasgos a destacar, y que constituye un aporte para los estudios sobre el movimiento de derechos humanos, es la variedad de estrategias a disposición de los miembros del clero (el recurso a las autoridades institucionales, el pedido de mediación al nuncio papal, la presión diplomática, la apelación a familiares y conocidos del poder militar, el rol del vicariato castrense, la insistencia ante la justicia, la denuncia en la prensa o mediante los organismos nacionales e internacionales) lo que marca un claro contraste con el común de las víctimas del terrorismo del Estado. De manera similar, la desconfianza de los miembros del clero con respecto al rol de la justicia y la confianza, en contraposición, en la vía directa con las autoridades militares que señala la autora demuestran cómo aun siendo víctimas los miembros del clero estaban en una situación de privilegio por pertenecer a la Iglesia Católica, uno de los pilares del orden social y de la identidad nacional. A diferencia de otras víctimas con filiaciones partidarias o sindicales que no tuvieron el apoyo de las organizaciones que los nucleaban, la reconstrucción de Catoggio refleja la centralidad del apoyo institucional en la denuncia y la búsqueda de soluciones. En este punto es importante mencionar que en algunos casos como el de la diócesis de Neuquén los recursos humanos y materiales de la Iglesia Católica estuvieron a disposición de todas las víctimas. A diferencia de otras regiones del país, el obispo neuquino propició un espacio “movilizador de conciencias” generando las condiciones de posibilidad para el nacimiento de las organizaciones defensoras de los derechos humanos de manera temprana a mediados de 1976. Por otra parte, y en contraste con el obispo Jorge Novack que, como señala la autora, encontró en su camino individual la solución para que lo “dejaran hacer”, Jaime de Nevares permitió la participación de sacerdotes –no de seminaristas– en las organizaciones y en las acciones concretas que realizaron durante la dictadura. Por otra parte, la autora señala que la figura utópica del “martirio” también constituyó un valioso recurso que permitió a las víctimas dotar de sentido a la situación a la que se enfrentaban, aceptando la muerte como una consecuencia no buscada pero sí posible de la propia práctica contestataria.

La última parte del libro examina las formas de reconversión de las trayectorias de los sobrevivientes del clero en distintos espacios, dentro y fuera de la institución, dando cuenta del rol que algunos de ellos asumieron tanto en la denuncia de los crímenes como en la concreción de diversos emprendimientos de memoria y homenaje. Uno de los puntos a destacar es el particular significado de la figura del sobreviviente dentro del mundo católico. Como la autora señala, a diferencia de lo sucedido en el marco de las organizaciones armadas en donde los sobrevivientes han sido identificados con la figura del traidor –si bien coincido, considero que esta percepción fue muy fuerte a principios de la transición pero que la reapertura de los juicios de lesa humanidad en los últimos años y el rol de los sobrevivientes como testigos que pueden aportar las pruebas necesarias para establecer las responsabilidades que lleven a un castigo, han redefinido en alguna medida el lugar de estos actores– el sobreviviente del clero se asemeja a la figura del devoto que comparte junto con el mártir un mismo mensaje: se da la vida por una causa o bien se justifica la sobrevida para su propagación. Sin embargo, Catoggio argumenta que estos sobrevivientes no están solos en la adopción del “deber de memoria” como un mandato para la propia acción sino que se hayan acompañados por jóvenes que se sintieron interpelados con los modelos ejemplares dejados por las víctimas, recordadas como mártires. Así, al asumirse como “herederos” del estatuto ejemplar de las víctimas, sobrevivientes y generaciones jóvenes del clero y del laicado, construyen en el presente un “linaje de mártires” católicos y hacen de él un estandarte que permite dar continuidad a viejas causas y otorgar sentido a otras nuevas. Finalmente, con el análisis de los homenajes al clero víctima del terrorismo de Estado la autora no sólo muestra cómo la figura del mártir se seculariza y pasa a formar parte del repertorio de símbolos disponibles para el discurso político-memorial sino que establece la potencialidad que adquiere la figura del mártir para el discurso político en democracia al proponer una víctima heroica legitima eludiendo de esta manera la sensible pregunta por las responsabilidades en la participación de la lucha armada.

En suma, Los desaparecidos de la iglesia. El clero contestatario frente a la dictadura, es una muy valiosa contribución para el campo de la historia reciente en general y los estudios sobre la Iglesia Católica y el catolicismo en particular. El análisis de las trayectorias de esta porción del clero –conformada por sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y obispos– antes, durante y después de la dictadura enriquece al mismo tiempo que matiza las miradas estereotipadas sobre el rol de la Iglesia Católica en el período. Si la utilización de fuentes orales tiene el valor adicional de rescatar las voces que fueron represaliadas, silenciadas y descalificadas durante la última dictadura, la definición de un marco temporal que excede los años 1976-1983 refuerza la intención reflejada a lo largo de la investigación de situar este trágico período histórico en un contexto más amplio que contemple las causas pero también las herencias hacia el futuro.


  1. Mignone, E. (1999 [1986]), Iglesia y Dictadura. El papel de la Iglesia a la luz de sus relaciones con el régimen militar, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes/Página 12.
  2. Si bien el golpe es definido en el primer capítulo como cívico-militar, la cita pertenece al capítulo cuatro en donde se analiza el disciplinamiento institucional y la represión estatal. Catoggio, M. S. (2016), Los desaparecidos de la iglesia. El clero contestatario frente a la dictadura, Buenos Aires, Siglo XXI, p. 135.
  3. “Mesas de debate” (VII jornadas de trabajo sobre Historia Reciente, Universidad Nacional de La Plata, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2016). Ver en especial la exposición de Marina Franco “La noción de “dictadura cívico-militar””, último acceso 10 de enero de 2017 https://goo.gl/F9HSpV.


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