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El Universo, o sea La Biblioteca

En base al análisis de “La Biblioteca” efectuado en el capítulo II de la Parte 2, y a la exposición borgeana del Dios de Spinoza expuesta arriba, creemos que es posible establecer algunas analogías entre ambos textos.

a) La “Biblioteca Naturante”

El primer argumento que proponemos parte del dictamen: “La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.”

Dijimos al comienzo de esta Parte que era curioso que el Dios spinoziano no fuera mencionado como un capítulo importante en la historia de la metáfora de la esfera. Tal vez ahora ya no sea tan rara esa omisión. Este Dios está “libre de la metáfora”, es el desmesurado mapa de sí mismo, un sinónimo de Biblioteca. Spinoza, “libre de la metáfora y el mito / Labra un arduo cristal: el infinito / Mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.” (“Spinoza”). Tatián observa que si bien un mapa es una metáfora, el mapa que, según Borges, traza Spinoza, está libre de ella. La razón es que se trata de un mapa infinito, un mapa que coincide con la realidad. Tatián agrega que el mapa spinoziano se encuentra también libre “del rigor de la ciencia y de la representación” (pp. 210-211).

Retomando lo señalado en la Parte 2 (II 1), La Biblioteca tampoco deja espacio para la representación al contemplar todas las estrellas, o, sin metáforas, al contemplar (conceptualmente) la totalidad de las posibles combinaciones de letras que hacen presentes a todos los textos posibles, anulando la posibilidad de la relación de re-presentación entre dos cosas individuales. Además, estas combinaciones no guardan ninguna clase de relación entre sí (relaciones facsimilares, ejemplificamos), sino que se relacionan solamente con el sistema lógico de la Biblioteca mediante el cual son necesariamente “producidas”.

Vista de esta forma, podríamos postular una “Biblioteca Naturante”, y apoyar esa postulación observando que las descripciones del Dios spinoziano que hicimos arriba, convienen a La Biblioteca: solitaria, infinita, cuyas operaciones no son creadoras, sino que se dan impersonalmente “en virtud de la sola necesidad de su naturaleza”, una necesidad lógica basada, como la Ética, en un punto de partida axiomático del cual surgen todas las cosas.

No hay un “otro” en el sistema spinoziano-borgeano. Ninguna cosa individual difiere de Dios, sino que, de algún modo, es Dios, o sea, La Biblioteca. En términos de la Ética: “Todo lo que es, es en Dios, y sin Dios nada puede ser ni concebirse” (E1P15), y “de la suma potencia de Dios, o sea, de su infinita naturaleza, se siguen siempre con la misma necesidad, infinitas cosas de infinitos modos, esto es, todas las cosas…” (E1P17S, el destacado es nuestro). Estas cosas que constituyen el mundo, que son el mundo, “no han podido ser producidas por Dios de ninguna otra manera y en ningún otro orden que como lo han sido” (E1P33).

Mediante aquel procedimiento señalado por Almeida, que invierte la reducción al absurdo en un exceso de coherencia (y confirmando que los sentidos de las palabras son intercambiables hasta la incomunicación y el delirio), podemos apoyarnos en “Del culto de los libros” (OI) que cita la Religio Medici de Sir Thomas Browne, según la cual “Todas las cosas son artificiales, porque la Natu­raleza es el Arte de Dios” (el destacado el nuestro). Ahora, según nuestro sentido común la afirmación debería ser un condicional: “Si hay algo que Dios no haya hecho, y que el hombre pueda hacer, esa cosa será artificial”. Pero nada es artificial, porque ya todo está hecho… por Dios. Ese ensayo cierra mencionando que “el mundo, según Mallarmé, existe para un libro; según Bloy, somos versícu­los o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo.”

En el mismo párrafo de Browne se lee que “Dos son los libros en que suelo aprender teología: La Sagrada Escritura y aquel universal y público manuscrito que está patente a todos los ojos. Quienes nunca Lo vieron en el primero, Lo descubrieron en el otro”. Esos dos “libros de teología” nos recuerdan el paralelismo de los atributos mediante el cual se disuelve el grave problema cartesiano de la correlación entre las ideas y las cosas, ya que el sistema lógico-formal de todas las ideas (o sea, Dios visto bajo el atributo Pensamiento) coincide con el sistema “lógico-material” de todos sus ideata, las cosas (Dios concebido como Extensión), no siendo estos dos ordenamientos de lo real más que expresiones de una única realidad: la sustancia divina. Ejemplifica Borges:

“Imaginemos dos cosas tan distintas como la materia y el espíritu. ¿Cómo puede una influir en la otra? Por ejemplo: alguien clava una aguja en mi carne. Ese es un hecho físico. Yo siento dolor. Ese es un hecho mental, o espiritual. ¿Cómo puede ser que uno esté causado por el otro? […] según Spinoza, el hecho no es ese. El hecho vendría a ser que son dos cosas paralelas, pero no una causa de la otra.” (1985)

Tatián señala, como hemos visto, el imaginario común entre Spinoza y Borges, según el cual “hay una infinidad de maneras en las que cada hecho puede suceder y efectivamente sucede”, y a continuación relaciona el paralelismo spinoziano con el cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”, para opinar que se oponen dado que en la cosmovisión de Spinoza “en el instante exacto en el que una cosa ocurre bajo la forma del tiempo se desencadenan otros mundos que no son el tiempo”. En cambio en la infinidad de mundos posibles de “El jardín” se trata “sólo del tiempo”, “de un tiempo en el que cada instante es el origen de infinitas líneas de tiempo, que por tanto, constituyen un universo en el que todo lo que puede suceder sucede de manera indefectible en alguna de las series” (pp. 204-205).

No vemos tal oposición, ya que por un lado, en el paralelismo spinoziano un mundo no “desencadena” otros mundos (por más que el giro “en el instante exacto” trate de atenuar la causalidad inter-atributos). Por ejemplo, la cadena de todas las ideas posibles que Dios posee, la posee toda eternamente. Si queremos una eternidad que no esté fuera del tiempo, podemos decir que Dios posee la cadena de todas las ideas posibles en todos los momentos del tiempo. Borges expone un ejemplo leibniziano:

“Leibniz […] imagina dos relojes. Los dos funcionan perfectamente. Les dan cuerda. En el mismo momento en que uno marca las siete de la tarde, el otro marca las siete. Pero ninguno de esos dos relojes ejerce una influencia en el otro. Los dos han sido condicionados para ese hecho. Pues bien, según Leibniz, y según Spinoza, cada uno de nosotros ha sido condicionado por la Divinidad para una serie de hechos. Y esos hechos son paralelos.” (1985)

Por otro lado, ambos paralelismos son compatibles (y también lo son el paralelismo de Spinoza con las “convergencias y divergencias” del “El jardín”): en cada bifurcación del infinito jardín los hechos que suceden pueden suceder expresados en los infinitos atributos de la sustancia spinoziana.

Tatián finalmente cita un párrafo de la novela Star Maker, de Olaf Stapledon, de notorias coincidencias con el texto de “El jardín”. Borges, en una nota publicada el 20 de agosto de 1937 en la Revista “El Hogar”, la resume así:

“Este libro refiere una exploración imaginaria del universo. El héroe, mentalmente, llega a un insospechado planeta y se hospeda en el cuerpo de uno de sus habitantes “humanos”. Las dos conciencias llegan a convivir y aun a compenetrarse, sin perder su carácter individual. Luego -incorpóreas- visitan otras almas en otros mundos, y construyen, a fuerza de adiciones, un casi innumerable Yo colectivo. Los muy diversos individuos que forman ese Yo guardan su personalidad, pero comparten sus recuerdos y su experiencia. Exploran, desde el primer instante del tiempo hasta el último, el espacio estelar. Star Maker es el resumen de esa enorme aventura.”

La nota concluye que

“no en vano es socialista el autor: sus imaginaciones (casi siempre) son colectivas. Baruch Spinoza, geómetra de la divinidad, creía que el universo consta de infinitas cosas en infinitos modos. Olaf Stapledon, novelista, comparte esa abrumadora opinión.”

Vimos que según el logos de Babel podría decirse que está todo escrito (o pensado según el logos de la sustancia), no como una profecía, sino como posibilidad-actual. Los libros posibles son reales desde y para siempre. Para ese otro “hacedor de estrellas” que es Spinoza, la cadena de ideas que Dios posee toda, la posee toda eternamente. Ahora, esto nos lleva a pensar que no hay ideas que estén en el hombre y no estén en Dios, ni libros que ya no estén escritos, extendiendo la imposibilidad de la creación divina a los hombres.

b) La “Biblioteca Naturada”

El segundo argumento que proponemos parte de ver la ecuación al revés: más allá de su mecanismo de producción lógica, La Biblioteca es la suma infinita de cada uno de los (modales) libros que produce:

“Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiogra­fías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblio­teca, miles y miles de catálogos falsos, la demos­tración de la falacia de esos catálogos, la demos­tración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basílides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las inter­polaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdi­dos de Tácito.” (“La Biblioteca de Babel”). Y “Los egipcios de Esquilo, el número preciso de veces que las aguas del Ganges han reflejado el vuelo de un halcón, el secreto y verdadero nombre de Roma, la enciclopedia que hubiera edificado Novalis, mis sueños y entresueños en el alba del catorce de agosto de 1934, la demostración del teorema de Pierre Fermat, los no escritos capítulos de Edwin Drood, esos mismos capítulos traducidos al idioma que hablaron los garamantas, las paradojas que ideó Berkeley acerca del Tiempo y que no publicó, los libros de hierro de Urizen, las prematuras epifanías de Stephen Dedalus que antes de un ciclo de mil años nada querrían decir…” (“La Biblioteca Total”).

Vista de esta forma, podríamos postular una “Biblioteca Naturada”, y apoyar esa postulación observando que los libros individuales son La Biblioteca, si bien son individuos relacionados con los otros por las sutiles modificaciones posicionales como las que ejemplifica Kurd Lasswitz en el texto citado en la Parte 2 (II 1). Estos desplazamientos de posición nos permitirían además intuir la materialidad de esos libros que aparecen como puramente lógicos.

Se puede recurrir a los aspectos de la física spinoziana expuestos, y considerar que La Biblioteca, en tanto extensión, se presenta como la faz total del universo dentro de la cual los “individuos” surgen a partir de las variaciones con repetición producidas por los desplazamientos de letras reglados por la lógica de La Biblioteca. Una secta de bibliotecarios sugirió para “escribir” algo con sentido en el medio de las “leguas de insensatas cacofonías”, “barajar letras y símbo­los, hasta construir, mediante un improbable don del azar” libros canónicos. Tarea tan vana como su opuesta: destruir los libros inútiles.

Esta inutilidad de la acción también muestra la nadería de los bibliotecarios, y de la intervención humana en la producción de las cosas. Spinoza sostiene que tanto lo que obramos como lo que padecemos ha sido causado por Dios (E3P1). Así, no debemos creer, como hace el sentido común, que sólo al padecer estamos siendo sometidos a las leyes naturales, mientras que al obrar logramos constituirnos en “un imperio dentro de otro imperio” (E3Praef.). La conducta humana no responde a una legalidad diferente de la natural (o divina). La diferencia entre obrar y padecer se relaciona exclusivamente con el conocimiento adecuado de las causas de aquellas modificaciones anímicas, no con la imposición de una legalidad propia de lo humano por fuera de Dios o la Naturaleza. En un ejemplo del paralelismo de los atributos, Spinoza muestra que, de la misma manera que el cuerpo no puede determinar al alma, a la inversa, el alma no puede determinar al cuerpo a modificarse (E3P2). El orden causal que determina el movimiento en el universo es el mismo para cualquier aspecto de este. O sea, lo que ocurre en un cuerpo, ocurre exactamente igual en la idea de éste, su alma, sin que ello implique un “cruce” entre ambos órdenes de la Naturaleza. No hay mandatos de la voluntad del alma por medio de los cuales sea posible mover un cuerpo. La observación respecto de que “nadie […] ha determinado lo que puede hacer un cuerpo, es decir, a nadie ha enseñado la experiencia, hasta ahora, qué es lo que puede hacer el cuerpo en virtud de las solas leyes de su naturaleza, considerada como puramente corpórea” tiene implícita la afirmación de que el alma en nada lo determina a actuar.

En el escolio da un ejemplo de lo que comúnmente se consideraría una creación artística:

“Dirán que no es posible que de las solas leyes de la naturaleza, considerada como puramente corpórea, surjan las causas de los edificios, las pinturas y cosas de índole similar (que se producen sólo en virtud del arte humano), y que el cuerpo humano, si no estuviera determinado y orientado por el alma, no sería capaz de edificar un templo.” (E3P2S).

Como ya anotamos, Borges, retomando a Huxley, apoyaría con el siguiente ejemplo:

“media docena de monos, provistos de máquinas de escribir, producirán en unas cuantas eternidades todos los libros que contiene el British Museum”.

Situaciones de esta índole, como la construcción de un edificio, la realización de una obra pictórica, o la producción de todos los libros, podrían ser explicadas sin recurrir al concepto de “creación”, el cual obligaría a “cruzar” causalmente determinaciones propias del pensamiento por sobre el ámbito de la extensión. La producción material de obras como las mencionadas es enteramente explicable recurriendo exclusivamente a los elementos de la onto-lógica spinoziana-borgeana indicados. En Spinoza, cuando pasamos de Dios a su atributo Extensión, modificado inmediata e infinitamente por el movimiento y reposo, y de modo infinito pero mediato dando lugar a la faz de todo el universo, llegamos a los modos finitos, los cuerpos. A este nivel, surge el importante problema de la individuación de los cuerpos, ya que la de Spinoza no es una física de átomos y vacío[1].

Como dijimos, en el sistema de la Sustancia sólo es posible hablar de cosas individuales en el sentido de agrupaciones sostenidas en su cohesión por una presión adecuada ejercida por los cuerpos circundantes, que sostiene su estructura. Al mismo tiempo, es necesario también el mantenimiento de una cantidad fija de movimiento y reposo en el interior de la cosa.

En este contexto, puede decirse que aquella obra humana que llamamos “creación” sólo existe en nuestra imaginación, y es en verdad un hecho necesario que ocurre en el mundo, y que atribuimos inadecuadamente al acto de la voluntad de un individuo en lugar de entenderlo como la variación de la ratio entre movimiento y reposo que ocurre causalmente en el interior de una parte de la materia.

Por último, es necesario mencionar la nueva aparición en la Ética, esta vez en el Prefacio del libro IV, de una refutación de las causas finales, que refutaría, creemos, a su vez, la noción de creación tal como la sostiene nuestro sentido común heredado de la tradición judeo-cristiana. En nuestra comprensión del acto creativo hay dos momentos finalistas que son esenciales para el concepto analizado, pero que no existen en la realidad. Primero, la ya mencionada finalidad que se impone el agente creador antes de realizar su fin: el objeto creado. Pero una vez logrado este ilusorio objetivo surge en el creador una segunda ilusión finalista: la de la glorificación. Se espera que el mérito artístico de la obra cause en otro “individuo” un reconocimiento de la bondad o belleza del nuevo acto u objeto agregado al mundo. Sin embargo, no debemos esperar el reconocimiento de los otros ni el de Dios, a quien debemos amar, pero teniendo en cuenta que “ese amor no espera ser correspondido. Debemos querer a Dios, pero no debemos esperar que él nos quiera. Dios se quiere infinitamente a sí mismo y no tiene por qué querernos a nosotros, que somos atributos o modos muy parciales, casi infinitesimales, de la Divinidad. (1985)[2].

Como señala Tatián en “Más allá del mérito”[3], “Ninguna acción humana es digna de recompensa, de igual manera que no lo es un árbol que da sus frutos” (p. 83). En esta “ética de la desapropiación”, “mérito y demérito sólo son formas de la imaginación” (o de la ignorancia) (p. 84). Spinoza “nos revela sólo el carácter expresivo de una existencia sin para qué” (p. 88), ya que la perfección coincide con la realidad (E2Def6) y no es un fin a lograr.

En suma, el acto creativo, con las características esenciales que le atribuye el sentido común (voluntad y libre albedrío como condiciones, un objeto novedoso a producir como finalidad) es imposible en el marco de las filosofías de Spinoza y Borges. La creencia en la posibilidad de tal acto se origina en mecanismos de la imaginación. La razón, en cambio, nos muestra que si bien es cierto que, de alguna manera, podemos decir que en el universo hay nuevos objetos, estos no tienen por causa nada de lo que el sentido común les atribuye. La potencia naturante de Dios o La Biblioteca no deja lugar a nada distinto de sí mismo visto como naturaleza o “Biblioteca Naturada”.

El hombre es una cosa entre las cosas. No hay una potencia análoga a la divina que nos permita producir nuevos objetos en el mundo. La potencia de la cosa individual se limita a manifestarse en una tendencia de la cosa a perseverar en su ser, el conatus (E3P6), como señala Borges reiteradamente en diversos lugares de su obra.

De todas formas, a la potencia productora divina o de La Biblioteca tampoco le conviene el predicado creativo ya que, como dijimos, el concepto de acto creativo conlleva necesariamente (a riesgo de estar hablando de otra cosa) una finalidad y una causalidad libre. Aquí coinciden las imposibilidades divina y humana: no crean. La creación es la introducción voluntaria de un objeto novedoso en el universo. Pero esta obra y su hacedor son individuos de una dudosa o peculiar individualidad. El objeto a que da lugar el acto creativo no es más que un “objeto modal”, ya que sería precisamente nada más que una mera modificación en la faz total del universo, un cambio de lugar, un reacomodamiento en el interior de la sustancia universal, única. No hay creación, hay sólo reordenamientos, desplazamientos, permutaciones lógicas.

En el marco del sistema spinoziano de la sustancia única, y del sistema borgeano de la biblioteca total, no hay creación posible, del mismo modo que no hay aniquilación[4], solo hay la sustancia única, Dios o Naturaleza o Universo o Biblioteca. Dentro de esa infinita cárcel no es posible agregar novedad alguna. Desde el punto de vista divino, porque su omnipotencia y su perfección no necesitan nada más de lo que ya tiene, porque ya lo tiene todo. Desde el humano, porque la máxima potencia a la que podemos aspirar es a la de conocernos como una parte ínfima de la infinita cadena causal en la que estamos inmersos. Pero de ningún modo debemos creer que añadir nuevas realidades a un mundo que no las admite ni necesita está en nuestras manos. Tal vez “La Biblioteca de Babel” es una posible versión (¿literaria?) del sistema de la sustancia spinoziano, en la cual se muestra que todos los modos posibles de combinación entre los símbolos ortográficos ya son desde siempre, y que cualquier libro “extenso” ya estaba idealmente escrito sin mediación de agente creador alguno.

Es claro que no podemos crear los entes llamados “naturales”, como los árboles. Según el cuento-ensayo borgeano, tampoco podríamos crear los “artificiales”, cuyo máximo representante serían los libros. Y según la Carta 4 del borgeano Spinoza, tampoco hijos: “los hombres no se crean, sino que únicamente se engendran y sus cuerpos ya existían antes, aunque bajo otra forma.” O, extremando la idea, según el poema “Al hijo” (El otro, el mismo) del spinoziano Borges: “No soy yo quien te engendra. Son los muertos”. O (estirando más) un muerto: Dios, o sea La Biblioteca[5].


  1. Que es un gran problema lo muestra el Escolio del Lema VII de la “digresión física” de Ética II: “toda la naturaleza es un solo individuo, cuyas partes -esto es, todos los cuerpos- varían de infinitas maneras, sin cambio alguno del individuo total.”
  2. “El Quijote (me dijo Menard) fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una in­comprensión y quizá la peor […]. Pensar, analizar, inventar (me escribió tam­bién) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo es­tupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.” (“Pierre Menard, autor del Quijote”)
  3. También en Spinoza y el amor del mundo, pp. 77-88.
  4. “…si se aniquilara una parte de la materia, se desvanecería simultáneamente toda la extensión.” (Carta 4). Nos recuerda al Borges que cuando deja de creer en Averroes, desparece junto con la casa, el surtidor, los libros, los manuscri­tos, las palomas, “las muchas esclavas de pelo negro y la trémula esclava de pelo rojo y Farach y Abulcásim y los rosales” (y tal vez el Guadalquivir) en un inesperado Big Crunch.
  5. “El mundo -escribe David Hume- es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es obra de un dios subal­terno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto.” (“El idioma analítico de John Wilkins”).En el contexto de la defensa de un Borges aristotélico, Jaime Rest (El laberinto del universo. Borges y el pensamiento nominalista, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1976) observa que el problema que planteaba “El Congreso”, “en el que don Alejandro Glencoe concibe la instalación de una asamblea mundial que sea representativa de la humanidad en todos sus aspectos”, es abandonado cuando “don Alejandro advierte que en el espacio y en el tiempo la realidad está constituida por hechos y actores individuales, no por arquetipos. Su congreso únicamente sería representativo si pudieran participar en él todos los hombres que han llegado a existir; es decir, sólo podría constituirlo satisfactoriamente el universo mismo”.Sobre el final del relato, cuando los colaboradores de Glencoe se aprestan a dispersarse tras el fallido proyecto, se comprometen a guardar silencio sobre el mismo. Borges escribe que “cuando juramos no decir nada a nadie ya era la mañana del sábado”. Rest destaca que “Esta mención del día, con su reminiscencia bíblica, nos advierte que el tratamiento naturalista de la historia, que transcurre en lugares típicos de Buenos Aires y en una propiedad rural del Uruguay, está al servicio de una alegoría: Dios, que en la presente circunstancia es hijo de un inmigrante rioplatense oriundo de Aberdeen, ha cumplido su tarea en el plazo de seis días y al completarla descubre que su creación está constituida de casos individuales concretos, no de conceptos generales abstractos.” (pp. 157-158).Para otra versión nominalista de Borges, Cf. MATEOS, Zulma. La filosofía en la obra de Jorge Luis Borges. Biblos, Buenos Aires, 1998.


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