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La imposibilidad de la creación en “La Biblioteca de Babel”

“Visiblemente, nadie espera descubrir nada” (“La Biblioteca de Babel”)


El cuento de Jorge Luis Borges “La Biblioteca de Babel” (1941) presenta, a nuestro juicio, la demostración filosófica de una tesis que podría formularse como “La creación no es posible”. En este sentido, tal vez sería más apropiado ubicarlo en el género de ensayo filosófico que en el de cuento o ficción literaria[1]. El objeto de estudio de este cuento-ensayo sería la actividad denominada “creación”. Esa actividad consiste, tal como se la entiende comúnmente, en la voluntaria introducción en la realidad de alguna novedad que antes de dicho acto creativo no existía. En este sentido, el concepto de creación debería enmarcarse en el más general concepto de acción. Ambos, a su vez, dependerán de una teoría acerca del movimiento que podría partir de definiciones como las siguientes: si el movimiento es la “ocupación de sitios distintos en instantes distintos” (“Prólogo” a Historia de la eternidad), la acción será aquella especie de movimiento caracterizada por provenir de la decisión voluntaria de un agente libre. Y la creación será aquella acción que intente y consiga agregar alguna nueva entidad al mundo[2].

Creemos que la filosofía de Borges destruye minuciosamente el sentido común de la mayoría los términos que quieren sustentar las definiciones esbozadas: movimiento, acción, voluntad, libertad, creación. Nos concentraremos aquí en esta última.

Suelen considerarse dos tipos de sujetos como capaces de ejecutar la acción creativa: Dios y los hombres. Así, tendríamos una creación divina y una creación humana.

Dentro del contexto cultural y religioso en el que estamos inmersos, el del judeo-cristianismo, la creación divina opera a partir de la nada. El concepto de creatio ex nihilo resume la curiosa operación según la cual el material de la mayor obra creativa jamás realizada es la nada. Parece inevitable que, para semejante prodigio, el Creador deba poseer, como uno de sus atributos, la omnipotencia. En nuestra opinión, Borges demuestra que ni aún así podremos evitar señalarle a la divinidad su más absoluta impotencia respecto a la actividad creativa analizada. A lo sumo, como se verá más adelante, “Dios” podrá ser el nombre del conjunto de la totalidad de lo que es posible que exista (un sinónimo de “Universo”, o “Biblioteca”).

Respecto de la creación humana, nadie se atreve a afirmar que procede de la nada. Sin embargo parece confundírsela, tal como se aplica el término comúnmente, con otro tipo de acción: la denominada “descubrimiento”, en la cual el objeto producido preexiste al acto productor del sujeto, que simplemente se limita a develarlo, a iluminarlo de la zona sombría en la que se encontraba existiendo. O, a lo sumo, lo que podría hacer el agente humano sería combinar una serie de materiales dotándolos de una “nueva” configuración, novedad que lo autorizaría a atribuirse su paternidad.

En ocasiones, a estas “creaciones humanas” (no menos extrañas que las supuestas “creaciones divinas”) también les puede ser añadido un juicio de valor estético, que, en el marco de cierta indiferencia en cuanto a los valores éticos y estéticos que parece sostener Borges, puede ser indistintamente la belleza o la monstruosidad (tema que excede los límites de este trabajo)[3].

Sin embargo, creemos que Borges refuta esta concepción materialista de la creación, al demostrar cómo todas las configuraciones posibles que surgen de la materia primordial de una cosa creada (el cuento-ensayo analiza el campo de la creación artística llamado literatura) ya existen simbólicamente, ya son en tanto posibilidad, modo de existencia que es tan real como aquel modo material sobre el cual un ser humano cree poseer un derecho que le otorga la autoría sobre cierto objeto por él “creado”. Esta refutación borgeana es válida para cualquier clase de artificio, ya que, dados los elementos básicos, atómicos, de los que parte el supuesto artífice, está dada también la totalidad de sus posibles combinaciones, a priori de la actividad del sujeto[4].

Más aún, como intentamos sugerir en las páginas anteriores, la posibilidad de realizar cualquier clase de acción es rechazada por la filosofía borgeana como lo atestigua su devoción por el argumento eleático que refuta el movimiento. O, al menos, como señala Nuño, que muestra que la tesis contraria, discretista, que postula el movimiento, lleva a absurdos, lo cual debería hacernos considerar seriamente la hipótesis de un universo que sea “un todo homogéneo, un perfecto continuum inmutable” (o.c., p. 78, nota al pie 1).

En resumen, no sólo la actividad entendida en sentido restringido (creativo), sino toda actividad humana, en tanto se la entienda como introduciendo un cambio, una novedad en el mundo, está, por eso mismo, malentendida, ya que (en términos borgeanos) su minucioso registro consta en alguno de los infinitos anaqueles de La Biblioteca de Babel.

1) Las formas

El cuento comienza con una descripción arquitectónica de “El Universo (que otros llaman la Biblioteca)”, el cual “se compone de un número indefinido, y tal vez in­finito, de galerías hexagonales”. Percibimos una resonancia en este Universo sive Biblioteca, del “Deus sive natura” de su admirado Spinoza. En las Partes 3 y 4 plantearemos la hipótesis de una larga cadena de sinonimias, donde “el Universo o la Biblioteca” no es otra cosa que “Dios o la naturaleza o la sustancia spinoziana o el jardín de senderos que se bifurcan”, que no son en definitiva, más que todas las cosas posibles (o reales, es lo mismo). Tal vez podría reescribirse el comienzo del cuento diciendo: La Biblioteca (que Spinoza llama la Naturaleza) se compone de un número infinito de atributos… Una de las expresiones poéticas de esta plenitud onto-lógica que Borges sostiene como premisa metafísica está en el poema “Everness” (El otro, el mismo. El destacado es nuestro):

“Sólo una cosa no hay, es el olvido.

Dios, que salva el metal, salva la escoria

Y cifra en su profética memoria

Las lunas que serán y las que han sido. Ya todo está.

 

Claudio Salpeter, en el artículo “La matemática Biblioteca de Babel”, observa que “es dable suponer que estos hexágonos son regulares, es decir, tienen todos sus lados y sus ángulos iguales”, y que existen sólo tres clases de polígonos regulares capaces de cubrir geométricamente todo un plano sin dejar “huecos”: los triángulos equiláteros, los cuadrados y los hexágonos regulares[5]. Ya de entrada Borges nos permite intuir espacialmente la Biblioteca como un lugar sin espacios vacíos, un lugar donde rige la plenitud y la nada no existe. Más adelante veremos que el contenido que llena este formal espacio libresco tampoco deja un lugar a la nada, a manos de la plena realización simbólica de las posibilidades combinatorias de sus elementos básicos: los 25 símbolos ortográficos.

En este sentido, ese espacio divino que es la Biblioteca recuerda a aquel otro infierno que fascinó a Borges, el Alcázar del Fuego Subterráneo, por ser no meramente un lugar donde ocurren hechos atroces, sino por ser él mismo un lugar atroz (“Sobre el Vathek de William Beckford”). Parejamente, la Biblioteca no sólo contiene un plenum (la totalidad de los libros posibles), sino que ella misma es una plenitud que no admite novedades: no hay espacios vacíos donde “construir” nuevas galerías, ni hexagonales ni de otra clase.

Luego de una descripción de las galerías, Borges concluye la “introducción arquitectónica” resumiendo que “la Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible”. Nuevamente la metáfora de la esfera, historiada en “La esfera de Pascal” como imagen de Dios. Allí señala que esto es así porque, parafraseando a Platón (Timeo), “La esfera es la figura más perfec­ta y más uniforme, porque todos los puntos de la superficie equidistan del centro”, y no casualmente cita a Hermes Trismegisto, el dios de los gnósticos, y observa, “saliendo” del tema de la esfera, que aquel “había dictado un número variable de libros en cuyas páginas estaban escritas todas las cosas”. Nuño señala en Borges “de nuevo la ilusión de la completitud teórica del posible saber encerrado para siempre en el Corpus Hermeticum” (o.c., p. 44, nota al pie 4).

Guillermo Martínez[6] aclara que mientras “circunferencia” se dice de un círculo, el concepto que corresponde a la esfera es “superficie”. Sin embargo rescata el uso libre de “circunferencia” por razones literarias (p. 40). Del mismo modo, la forma hexagonal de los anaqueles nos evoca la circunferencia, y al mismo tiempo permite alojar los libros rectangulares. Igual, Borges no se priva de postular una visión mística: “una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo que da toda la vuelta de las paredes […] ese libro cíclico es Dios. Martínez también observa que, vista en un sentido dinámico, esta concepción del universo es la que sostiene la física contemporánea: “una esferita de magnitud infinitesimal y masa infinitamente concentrada que en algún momento, en el Big Bang, se expandió en todas direcciones” (p. 29). En esta clase de objetos recursivos, predilectos de la filosofía borgeana, donde “la parte […] no es menos copiosa que el todo” (“La doctrina de los ciclos”), la nada no tiene lugar, y por lo tanto no lo tiene tampoco la creación. Dos ejemplos de objetos recursivos da Martínez (p. 19): El Aleph y el ser humano, una de cuyas células permite reproducir, al menos biológicamente, a la totalidad.

 

A continuación Borges expone la “lógica” de la Biblioteca. Comienza enunciando sus dos axiomas:

“El primero: La Biblioteca existe ab aeterno.

De lo cual se sigue “la eterni­dad futura del mundo”.

“El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco.

Ellos son 22 letras, la coma, el punto y el espacio.

Respecto del primer axioma, creemos que cuando Borges señala que el universo “sólo puede ser obra de un dios”, usa en forma confusa el verbo “obrar”, ya que un objeto eterno no puede ser obra de nadie, ni siquiera de un dios. Pensamos que se expresa de esa manera intentando fortalecer la oposición entre la imponente Biblioteca y los “imperfectos bibliotecarios”. Como se verá más adelante, la Biblioteca no necesita de ningún ser humano, sus libros no están escritos por nadie, nadie va a consultarlos, y hasta la función de bibliotecario, en boca de uno de los cuales Borges pone el relato, carece de sentido en semejante lugar. En realidad, repetimos una vez más, la Biblioteca es la suma de las posibilidades combinatorias de los símbolos ortográficos, combinaciones que no necesitan ser escritas materialmente para existir. Ni siquiera necesitan ser pensadas por un ser humano.

Para ver esto, y para explicar “la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros” (habría que sacar el “casi”, como se verá), hay que llegar al azaroso momento capital de la “historia” de la Biblioteca en el que, de entre el fárrago de libros confusos, se descubrió uno que contenía “nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repe­tición ilimitada”. En el artículo citado, Salpeter explica que

“la Combinatoria es una parte de la Matemática que se encarga de las técnicas de conteo. Suele describírsela como el arte de contar sin enumerar. Por ejemplo, supongamos que queremos hacer una tira de 3 casilleros utilizando sólo las letras A y B. Las posibilidades son: AAA, AAB, ABA, ABB, BAA, BAB, BBA, BBB. Es decir, 8 formas. Esto puede verse así: en el primer casillero pueden ir A ó B; por cada una de estas dos posibilidades, en el segundo casillero pueden ir A ó B; y por cada una de estas dos últimas posibilidades pueden ir en el tercer casillero A ó B. Es decir, tenemos 2.2.2 = 23=8. En general, si tenemos una tira de n casilleros y podemos utilizar m letras, la cantidad total de posibilidades es: mn. Estos grupos de elementos (en el ejemplo, tiras de letras) se denominan variaciones con repetición. Se llaman con repetición porque cada elemento puede intervenir varias veces en cada agrupación.”

 

En un artículo dos años anterior al cuento-ensayo analizado, “La Biblioteca Total” (1939), compilado en Borges en Sur, Borges reconoce a Kurd Lasswitz como el primer expositor de esta imaginación en su cuento “La Biblioteca Universal” (1901). Allí, el autor alemán propone esta idea que fascinaría a Borges: que mediante la mecánica variación con repetición de 25 símbolos ortográficos (el número es arbitrario, importa el mecanismo[7], Lasswitz propone volúmenes con un millón de caracteres) se abarcaría “todo lo que es dable expresar: en todas las lenguas”.

Lasswitz señala entre las dificultades que tendría un ser humano para manejarse con este corpus, la siguiente:

“Digamos que tomamos un primer volumen de la Biblioteca Universal. Su primera página está vacía, y también lo están la segunda, la tercera y las demás quinientas páginas. Éste es el volumen en el que el ´espaciado´ ha sido repetido un millón de veces… Pero tomemos el segundo volumen. También está vacío, hasta que en la página quinientos, línea cuarenta, al final, hay una solitaria ´a´ minúscula. Lo mismo ocurre en el tercer volumen, pero la ´a´ ha adelantado un lugar. Y a partir de ahí la ´a´ va avanzando lentamente, lugar a lugar, a través del primer millón de volúmenes, hasta que alcanza el primer espacio de la página uno, línea uno, del primer volumen del segundo millón. Las cosas continúan de esta manera durante el primer centenar de millones de volúmenes, hasta que cada uno de los cien caracteres ha efectuado su solitario viaje desde el último al primer lugar de la línea de libros. Luego lo mismo ocurre con la ´aa´, o con cualquier combinación de otros dos caracteres. Y un volumen puede contener un millón de puntos, y otro un millón de interrogantes.”

De los axiomas, del libro descubierto, y del hecho de que no haya dos libros iguales en toda la Biblioteca, se descubrió su ley fundamental, que

“la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas.”

Creemos que aquí está la clave de la demostración de la imposibilidad de la creación, tanto divina como humana, en cualquiera de sus variantes, y aún más, del género del cual la creación es una especie: la acción.

Todo aquello que tiene la posibilidad de ser, directamente es, sin necesidad de agentes que realicen el (aristotélico) paso[8]. La potencia tiene el mismo status ontológico que el acto (“…basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible”).

La materialidad del acto, en su aparente oposición a la “logicidad” de la potencia, no implica la inexistencia de la cosa potencial, ni una existencia inferior que la de la misma cosa en su versión actual. En realidad, no hay una sola posibilidad que no esté actualizada. Dados los elementos básicos del sistema, está dado todo lo que de ellos pueda extraerse. Es válida aquí la comparación con un sistema axiomático, donde claramente los teoremas que de los axiomas se derivan no son el producto de una facultad humana creativa, sino que existen ab aeterno aunque nadie (humano o divino) los formule.

Esta realidad (la única realidad) es sin duda oscura, estéril, agobiante. Son interesantes en este sentido las descripciones de opresión espacial tanto al interior de los gabinetes (la altura de los gabinetes, que excede apenas la de un bibliotecario normal) como al exterior (las barandas bajísimas en los pozos de ventilación, por donde la caída es infinita). El mismo vértigo provoca el descubrimiento del “hecho capital de la historia”: que todos los libros ya están escritos, que el arte no es más que una combinatoria de elementos para la cual la actividad del ser humano es innecesaria.

 

Hipótesis arriesgada: elucubrar un asesinato equivale a cometerlo[9]. Curiosamente, en un universo regido por la legalidad metafísica de Babel, las cárceles estarían repletas de asesinos, no cabría nadie más en ellas. Tampoco en Babel entran más libros.

Menos sangrientamente (aunque se trata del último acto antes de un fusilamiento), en “El milagro secreto” vimos que Jaro­mir Hladík concluye la tragedia Los enemigos sin gastar un solo gramo de tinta ni requerir el concurso de empresas editoriales[10], y, lo que es más importante, sin esperar el juicio valorativo, el reconocimiento del otro (del imposible “otro” en el marco del panteísmo borgeano). Si fuera posible hacer algo, “pensar un libro” sería equivalente a “escribir un libro”. No es necesario salir de sí mismo para ser un (imposible) artista, ya que

a) no hay otro: para la filosofía de Borges, la gloria es despreciable, el cuento “La Biblioteca de Babel” es una “epístola inútil y palabrera” que ya existe en algún anaquel,

b) si lo hubiera, no podría juzgar sobre el estatuto artístico de lo obrado: la audición de una composición musical no completa a la obra, la creación es imposible también en el modo de la escucha, es imposible la comunicación de los supuestos sentidos que el autor ha inventado (“Tú, que me lees, ¿estás se­guro de entender mi lenguaje?”).

Para finalizar la hipótesis con el mismo riesgo con que empezó: “Concebir” un hijo equivale, como la etimología del verbo lo indica, a “conceptualizarlo”[11].

 

Retomando: los escasos hombres de la Biblioteca sintieron al principio felicidad, ya que creyeron ingenuamente que la Biblioteca justificaba el universo e incluso la vida de cada uno de los seres humanos. “Vindicaciones” llama Borges a estas justificaciones particulares. Respecto de “los misterios básicos de la humanidad” es interesante observar que estos no son otros que los dos axiomas de la Biblioteca: “el origen de la Biblioteca [Axioma 2] y del tiempo [Axioma 1]”.

 

Una observación sobre el tiempo: muchas concepciones del tiempo suelen oponerlo a la eternidad, y aunar a ese par otra pareja conceptual: movimiento / quietud. Sin embargo, “la eternidad es una imagen hecha con sustancia de tiempo” (“Historia de la eternidad”), lo que marca una subordinación de la eternidad respecto del tiempo. Que en la Biblioteca el movimiento sea inexistente no implica que el tiempo también lo sea. Si bien es cierto que “el movimiento, ocupación de sitios distintos en instantes distintos, es inconce­bible sin tiempo”, también lo es “la inmovilidad, ocupación de un mismo lugar en distintos puntos del tiempo”. Por lo tanto, no son equiparables los pares de conceptos “tiempo / movimiento” y “eternidad / quietud”.

Se puede decir que la definición platónica del tiempo como imagen móvil de la eternidad recoge la intuición de que el tiempo se percibe, se mide, mucho más fácilmente recurriendo a los objetos móviles que por él transcurren, que en un inmutable estado de cosas. Pero lo quieto también transcurre, y hay quietudes que no cesan, es decir, que transcurren “todo el tiempo”. La eternidad es, precisamente, “todo el tiempo”. Que la Biblioteca exista ab aeterno y para siempre significa que existe en todos los momentos del tiempo. La humanamente imposible visión de la Biblioteca es comparable a nuestra visión de una fotografía: la imagen no se mueve, pero el tiempo continúa transcurriendo. La versión dinámica del Universo, el conjunto de las “películas” que dotan de movimiento a los libros de la Biblioteca, es subalterna respecto de su “guión”. Incluso es probable que tales películas no existan.

Tal vez el pasaje, a examinar, que conectaría el cuento aquí analizado con la temática del tiempo (que excede los límites de este trabajo) sea el citado por Borges en “Historia de la eternidad” I:

“Los objetos del alma son sucesivos, ahora Sócrates y después un caballo, siempre una cosa aislada que se concibe y miles que se pierden; pero la Inteligencia Divina abarca juntamente todas las cosas. El pasado está en su presente así como también el porvenir. Nada transcurre en ese mundo, en el que persisten todas las cosas, quietas en la felicidad de su condición.” (Plotino, Enéadas V. El destacado es nuestro.)

 

Retomando de nuevo: Pero a aquella felicidad siguió la depresión[12]: la posibilidad de encontrar esas Vindicaciones es “computable en cero”. Ante esto, surgieron dos “sectas”:

Una proponía construir azarosamente los libros canónicos. En “La Biblioteca Total” Borges incluye en este sentido un ejemplo que introduce un nuevo “sujeto creador” además de Dios y los hombres: los monos. Recuerda que Huxley dijo que “media docena de monos, provistos de máquinas de escribir, producirán en unas cuantas eternidades todos los libros que contiene el British Museum”.

La otra secta propuso un “método higiénico” para encontrar los libros magistrales: el progresivo descarte de obras inútiles. Borges da dos razones para mostrar su ineficacia:

a) que “la Biblio­teca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal” (el destacado es nuestro),

b) que aunque cada libro es único, hay innumerables “facsímiles imperfectos” que sólo diferirán por unos pocos signos de su original destruido.

Como señala Nuño (o.c., p. 47), aquí Borges parece introducir un juicio de valor cuando habla de “facsímiles imperfectos”. Nuño primero aclara que debemos entender el término “facsímil” en un sentido metafórico, como refiriendo a “ejemplar”, ya que si no fuera así, se estaría violando la ley fundamental de la irrepetibilidad. En cuanto al término “imperfectos”, observa que no se puede calificar así a ningún libro, ya que todos son producidos por el mismo simple principio de combinación de símbolos. Dos libros que difieran entre sí por apenas una letra, no son comparables en términos de perfección, o, dicho de otro modo, son tan “perfectos” el uno como el otro.

Creemos que siguiendo la misma línea se podría revertir la abominación (al menos la que tiene razones “demográficas”) que provocan los espejos y la cópula.

Si la frase del heresiarca de Uqbar en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” I (F), “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”, se basa en la degradación y el error que representaría toda copia (en este caso, la innumerable cantidad de hombres) respecto de un original arquetípico, vale objetar que original y copia son modos confusos e impropios de llamar a dos cosas a las que involucramos en una relación de imperfección, cuando en verdad ambas son tan perfectas como pueden serlo[13].

En “El tintorero enmascarado Hákim de Merv” (HUI) se encuentra la idea de los espejos abominables en el contexto de la cosmogonía herética que presenta el profeta islámico Hákim de Merv. Esta comienza por un Dios espectral, inmutable, sin origen, nombre ni cara. Su imagen, con-descendiendo a la acción, proyecta nueve sombras que crean una primera corona. Ese proceso emanativo se repite 999 veces. El último “dios”, cuya divinidad tiende a cero, es el que domina la tierra. En este contexto, “los espejos y la paternidad son abominables porque la multiplican y afirman.” Una diferencia con la doctrina del heresiarca de Uqbar es la moral que Hákim esboza a partir de su cosmogonía: “El asco es la virtud fundamental. Dos disciplinas (cuya elección dejaba libre el profeta) pueden conducirnos a ella: la abstinencia y el desenfreno, el ejercicio de la carne o su castidad.” En “Una vindicación del falso Basílides” está la misma cosmogonía: el dios de nuestra Escritura llega a crear el mundo después de 365 degradaciones respecto del verdadero Dios primordial. Aquí se vindica a este pater innatus, no limitado por nombre ni origen alguno, que contiene, en Su plenaria inmovilidad, “el museo de los Arquetipos platónicos”. Luego procede por emanación, y las divinidades subalternas con-descienden a la acción. Al dios que se debería encargar de ejecutar nuestro deficiente mundo lo compara con una fracción que tiende a cero.

La exposición de la “lógica” de la Biblioteca y sus desastrosas consecuencias para los hombres culmina con la superstición (o la esperanza) de que exista “un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás”. En la nota al pie de página, Borges acepta su posible existencia, que siguiendo esa “lógica” debería ser, sin más, su existencia, ya que de la Biblioteca “sólo está excluido lo imposible”.

Nuño observa que esto es un error, que la existencia de un metalibro es imposible, ya que implicaría abandonar la “completitud” de la Biblioteca que surge de que sólo contiene los libros resultantes de la combinación de los 25 símbolos.

El problema del “libro total” es otro momento matemático de la Biblioteca, ya que se trata, en última instancia, de la paradoja de Cantor según la cual la noción de “conjunto de todos los conjuntos” es una noción contradictoria. Salpeter lo explica así:

“En “La Biblioteca de Babel” el narrador busca el catálogo de catálogos. Pero éste no ha de existir. Supongamos que el conjunto A es el catálogo de catálogos y A1, A2, A3 son todos los catálogos existentes en la Biblioteca… Nos encontramos entonces con un catálogo que no está catalogado, el A. Deberíamos armar un catálogo B que lo incluyera: B = {A, A1, A2, A3}. Ahora no está el catálogo B…, y así indefinidamente.”

Tal vez Borges haya notado que el libro total en tanto catálogo de catálogos es imposible, y por eso “corrigió su error” escribiendo, entre sus cuentos de vejez, “El libro de arena”, un volumen del que podría decirse que contiene las Obras Completas de Babel. Allí Borges muestra otra vez el encanto que ejercía sobre él el hecho de que entre dos puntos, por más cercanos que estos sean, sea imposible realizar movimiento alguno. Lo que aritméticamente puede expresarse diciendo que entre 0 y 1 hay infinitos números, equivale en ese cuento a decir que entre tapa y contratapa hay infinitas hojas (de arena). Martínez (o.c., pp. 20-21) también observa que Borges usa en sus relatos aquella propiedad de los números fraccionarios según la cual entre dos de ellos siempre hay uno en el medio: “Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano.”, dice el narrador de “El libro de arena”. A lo que el vendedor contesta: “El número de pági­nas de este libro es exactamente infinito. Ningu­na es la primera; ninguna, la última.” Y luego agrega estas conocidas palabras: “Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.” Borges termina ingenuamente llamando al Libro de Arena, el “libro imposible”, y resuelve perderlo.

Así como se podría pensar que “El libro de arena” es la versión narrativa de la nota al pie final de “La Biblioteca de Babel”, de algún modo “El disco” (LA) podría ser una “emanación” narrativa de la última oración de esa nota: “la inconcebible hoja central no tendría revés”. El leñador que asesina al rey poseedor de este disco de un solo lado[14] (otro momento matemático) tras deshacerse del cadáver vuelve a buscar el disco que había caído al piso. El grosor del disco es cero. Se podría pensar, si bien no en una solución, en una elisión del problema eleático: un modo de no perder ante la tortuga sería anular la idea de distancia. Sin embargo la última frase del cuento nos devuelve al problema: “No lo encontré. Hace años que lo sigo buscando”.

De nuevo, creemos que esto es decir que, dada una distancia, ésta es por definición, analíticamente, insalvable, o que, postulados dos individuos determinados, dos entidades que sean un algo, en vez de un todo o una nada, su encuentro es imposible (Aquiles y la tortuga, una función y su límite, cualquier ser humano y su indiferente Dios…). En definitiva, en el marco de una metafísica de la plenitud (ilustrada, en orden decreciente de “tamaño”, por objetos tales como “La Biblioteca de Babel”, “El libro de arena”, “El Aleph”…) deja de tener vigencia el movimiento (y la acción, y la creación).

La Biblioteca de Babel recuerda también a aquel mapa del Imperio que coincidía con el Imperio (“Magias parciales del Quijote”, en OI, y “Del rigor en la ciencia”, en El hacedor), ya que no deja lugar para la representación:

“En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.” (El destacado es nuestro.)[15]

A lo sumo, dentro del Imperio podrá haber mapas “menores que el Imperio”, pero estos no representarán nada, no podrán ser “facsímiles imperfectos” de una supuesta entidad representada. Serán “individuos” sin relación con ningún otro. Como el perro de las tres y catorce mirado de perfil es para Funes otra cosa, que merece incluso otro nombre, respecto del “mismo” perro mirado de frente a las tres y cuarto.

2) Los contenidos

El cuento concluye con una discusión sobre el contenido de la lógica expuesta arriba. Borges comienza citándose a sí mismo (bajo la irónica fórmula “afirman los impíos”) al reiterar las palabras finales de “La Biblioteca Total” respecto de que los libros de la Biblioteca “corren el incesante al­bur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira”. Esta inicial postura a favor del carácter disparatado de los libros, contra su carácter razonable y coherente, es negada de inmediato por el mismo Borges (como otra divinidad que delira). Dice que las estructuras formales totales que contiene la Biblioteca tienen, todas, una justificación, un sentido. Toda combinación de caracteres está prevista por el sistema de la Biblioteca. Y toda combinación tiene sentido en alguna lengua. “El disparate es normal en la Biblioteca”, y sin embargo:

“No puedo combinar unos caracteres Dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios.”

 

Nada tiene sentido y todo tiene sentido. Creemos que la plenitud “provoca” el sinsentido, y la diferencia “provoca” el sentido, o al menos su ilusión. No ocurre sólo con los libros. “El inmortal” (de)muestra que ser inmortal es ser todos los hombres (“en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas”), y que es, por lo tanto, ser un solo hombre, que, entonces, no puede ser diferente de un “otro” que no existe. Se trata de uno de los problemas filosóficos que atraviesa toda la obra de Borges: el de la identidad.

En relación con el sentido, ser inmortal es carecer de sentido. Ser mortal es diferenciarse de otros hombres. Es protagonizar un puñado no infinito de eventos que definen y diferencian a tal mortal de tal otro[16]. Pero ser mortal conlleva, paradójicamente, dejar de ser, con lo cual el sinsentido parece ganar la partida. Sentido literario y sentido existencial guardan una relación inseparable: “La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma”.

Contra esta idea de Borges, Borges sostiene en “Historia de la eternidad” III que “sin un espejo delica­do y secreto de lo que pasó por las almas, la his­toria universal es tiempo perdido, y en ella nuestra historia personal -lo cual nos afantasma incómodamente.”[17] Si no puedo descifrar un sentido oculto en una letra, si no puedo individualizar un texto, en definitiva, si no puedo crear, no puedo ser un individuo diferente de otros, no puedo ser el sujeto de ningún predicado, ya que los admito todos. Usamos “crear” en el sentido amplio de “actuar”, y en el sentido restringido de “creación artística”, ya sea escribiendo o leyendo, o sea, “copiando”. Como esforzadamente hace Pierre Menard, o como más descaradamente hace su humorística versión argentina, César Paladión (“Homenaje a César Paladión”, en CBD), quien directamente copia libros ajenos y los firma[18].

Creemos que “Pierre Menard, autor del Quijote” no es una salida posible a la agobiante hipótesis de “La Biblioteca de Babel”, como sostiene Nuño (o.c., p. 52), sino que, al contrario, demuestra también que “la creación no es posible” ni siquiera en el modo de la copia, ya que el ejemplar firmado por Cervantes y el firmado por Menard son posibilidades reales, existentes, y se encuentran contempladas por el sistema de La Biblioteca Total.

Además, estas posibilidades no guardan relaciones entre sí (facsimilares por ejemplo), sino que son “producidas” únicamente a partir de la lógica de la Biblioteca. Por lo que, en rigor, un libro que difiera de otro en una sola letra es tan diferente de aquel como de otro que difiera en páginas enteras. Por eso creemos que el Quijote de Menard no es una interpretación, ni una traducción, ni una relectura del Quijote de Cervantes. Es, sin más, otro libro. O, de otro modo, el Quijote de Menard es una reinterpretación, o traducción, o relectura de todos los demás libros existentes. Como acertadamente señala Beatriz Sarlo[19]:

“La paradoja cómica de Menard muestra, por medio de su escándalo lógico, que todos los textos son la rescritura de otros textos (en un despliegue especular, desviado e infinito de sentidos) […], la productividad estética e ideológica de la lectura hace imposible la repetición. No hay modo de que un texto sea idéntico a su doble, no hay ningún espejo que ofrezca una transcripción exacta. Todos los textos son absolutamente originales.”

Finalmente, pierde sentido el término “creación” tal como lo usamos comúnmente tanto para Dios, cómo, por analogía, para los seres humanos. No hay un creador, no hay un objeto que no exista antes del supuesto acto creativo, y al cual el creador le dé su anhelada existencia. No se puede crear lo que ya está creado. No se puede hacer lo que ya está hecho. Ya todo está dado (jugado) en los ciegos anaqueles de la absurda biblioteca, en la plenitud real-ideal de las posibilidades que son, de un pensamiento sin pensador. Todo lo que puede ser, es ya, y nada puede añadirse a este populoso universo.

 

Con el sujeto Dios sucede algo análogo, tampoco puede salir del laberinto, pero en su caso porque Él mismo es ese laberinto. “De Alguien a Nadie” (OI) relata el proceso de degradación y “afantasmamiento” de Dios a partir del análisis de sus Nombres. Así, en el principio Dios es Elohim (o sea, los Dioses), nombre que permite entender a un Dios personal, sujeto de predicaciones, incluso no exento de rasgos humanos, pero que a la vez ya engendra el germen de la plenitud que, paradójicamente, lo reducirá a Nada. El momento central de este proceso se da cuando los teólogos de nuestra era comienzan a aplicarle a sus adjetivos el prefijo “omni”, haciendo de Dios “un respetuoso caos de superlativos no imaginables”. Juan Escoto Erígena (claro antecedente de Spinoza en lo que hace a la distinción -y coincidencia- entre natura naturante y natura naturada) extrema este procedimiento: sostiene que Dios “inescrutablemente exce­de y rechaza todos los atributos” y termina por definirlo como “la nada primordial de la creatio ex nihilo”.

Borges finaliza denunciando la falacia que rige este proceso de “magnificación hasta la nada”:

“Ser una cosa es inexorablemente no ser todas las otras cosas; la intuición confusa de esa verdad ha inducido a los hombres a imaginar que no ser es más que ser algo y que, de alguna manera, es ser todo”.

En nuestra opinión, “La Biblioteca de Babel” (o sea, el Universo) adolece del padecimiento de no ser un Algo, ya que, en su plenitud, termina por confundirlo todo, “como una divinidad que delira”. Concordamos con el Borges “impío” de “La Biblioteca Total” que afirma el lado incoherente y sin sentido del universo. Es cierto también que hay un Borges “piadoso” que continuamente alienta la esperanza de que exista algo que tenga algún sentido, aunque su pensamiento filosófico le indique incesantemente lo contrario.

En lo que hace a la temática de la creación, Borges ha demostrado que es imposible. Las razones están en el cuento analizado. Pueden resumirse en el epígrafe de “El inmortal”:

“Salomón dijo: No hay nada nuevo sobre la tierra. Y así, de la misma manera que Platón imaginó que todo conocimiento no es sino un recuerdo, del mismo modo Salomón sentenció que toda novedad no es sino un olvido (Francis Bacon, Essays, LVIII).”

Dado que nada nuevo hay, todo intento por introducir en la realidad alguna novedad, lo que llamamos “creación”, no tendrá más que consecuencias funestas. En “La Biblioteca de Babel” se demuestran los efectos del imposible intento de componer libros originales. En otros lugares de la obra borgeana se ejemplifican otros absurdos que conlleva el pretendido acto creativo. Por ejemplo, el “anti-natural” intento de procrear un hijo encuentra en Borges expresión en el poema “El Golem” y el cuento “Las ruinas circulares”[20].

Una versión poética de esta imposibilidad (y de la inutilidad) de la creación, y su consecuente indiferencia valorativa respecto de todas las cosas del mundo (todo da lo mismo), se ve en esta humorística estrofa de “El Golem” (El otro, el mismo. El destacado es nuestro):

“El rabí le explicaba el universo

Esto es mi Pie; esto el tuyo; esto la soga

Y logró, al cabo de años, que el perverso

Barriera bien o mal  la sinagoga.”

Allí el frustrado padre soltero (como el mago de “Las ruinas circulares”) se pregunta: “¿Cómo […] pude engendrar este penoso hijo / y la inacción dejé, que es la cordura?”.

También “Emma Zunz”, quien se da cuenta, antes de refugiarse en el “vértigo”, que aquel a quien está vengando con su acción (su padre) le ha hecho a su madre, para otorgarle su existencia, para “crearla” a ella misma, “la cosa horrible que a ella ahora le hacían”.

Toda acción es un crimen. La creación es imposible, y si no lo fuera, sería un crimen: es vano pretender agregar a la “infinita serie un símbolo más”, “otra causa, otro efecto y otra cuita” (“El Golem”). La quietud de la Biblioteca-Universo (“iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”) es el desideratum. La inacción es la cordura[21].


  1. Tal vez el título correcto de la colección que contiene el cuento a analizar, Ficciones, debió haber sido Realidades. Borges finaliza su pretendida “Nueva refutación del tiempo” (OI) resignándose a aceptar que “el mundo, desgraciadamente es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.
  2. Aclaramos que aquí no seguiremos la concepción clásica que distingue, en el campo del “hacer” humano, el ámbito de un “hacer ético” (en el sentido de la noción clásica de praxis como acción moral) y el ámbito de un “hacer productivo” (en el sentido de poiesis como producción de un objeto). En nuestra lectura borgeana creemos ver en la creación una especie de la acción, de un modo en que ambas (la acción en general y la acción específicamente creativa) se vuelven permeables por igual tanto a juicios de tipo ético como estético, como intentaremos mostrar. Aunque en un sentido más oscuro, el análisis del texto que abordaremos en el presente capítulo nos lleve a sospechar que la acción y la creación (como especie de acción productiva) son impermeables a cualquier clase de valoración (tanto ética como estética).
  3. A modo de ejemplo, respecto de nuestro carácter no menos monstruoso que, digamos, una biblioteca total o un libro de arena: “…comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas” (“El libro de arena”), o “dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan monstruosos como dos caras” (“La muerte y la brújula”). También el desenlace de “El Golem” (en BORGES, Jorge L. El otro, el mismo, Emecé, Buenos Aires, 1996), en el que Dios mira a su rabino con la misma pena con que éste a su Golem. (Haciendo un recorrido en sentido contrario, con nuestro Dios no como punto de partida, sino de llegada, en “Una vindicación del falso Basílides” (D), Borges presenta una cosmogonía según la cual el nuestro es un Dios subalterno cuya “fracción de divinidad tiende a cero”.)La igualdad en cuanto a lo despreciable del ser humano reaparece en su argumento contra el antisemitismo: “Varias razones hay para que yo no sea un antisemita; la principal es ésta: la diferencia entre judíos y no judíos me parece en general, insignificante; a veces, ilusoria o imperceptible”, y cita “la sabia declaración de Mark Twain: Yo no pregunto de qué raza es un hombre; basta que sea un ser humano; nadie puede ser nada peor” (“Dos libros”, en OI).El acento hay que ponerlo en la indiferencia. Respecto de los valores estéticos, por ejemplo: “Hacia el año treinta creía, bajo el influjo de Macedonio Fernández, que la belleza es privilegio de unos pocos autores; ahora sé que es común y que está acechándonos en las casuales páginas del me­diocre o en un diálogo callejero. Así, mi desconocimiento de las letras malayas o húngaras es total, pero estoy seguro de que si el tiempo me deparara la ocasión de su estudio, encontraría en ellas todos los alimentos que requiere el espíritu” (“Sobre los clásicos”, en OI). También Herbert Quain, a quien “Le parecía que la buena literatura es harto común y que apenas hay diálogo callejero que no la logre” (“Examen de la obra de Herbert Quain”, en F).
  4. A modo de anticipo de algunos temas que abordaremos a continuación, rescatamos algunos momentos de un breve artículo publicado en la Revista “El Hogar” el 15 de octubre de 1937: “La máquina de pensar de Raimundo Lulio”.Lo primero que menciona es que “la máquina de pensar no funciona”, aunque lo considera un hecho secundario dado que “tampoco funcionan las teorías metafísicas y teológicas que suelen declarar quiénes somos y qué cosa es el mundo”. Luego, tras señalar que siempre ignoraremos el origen de la máquina, menciona un antecedente de la misma: “un esquema o diagrama de los atributos de Dios”, cuyo centro es la letra A (que significa el Señor) y en la circunferencia algunos de sus puntos son B (la bondad), C (la grandeza), D (la eternidad)… K es la gloria. “Cada una de esas nueve letras equidista del centro y está unida a todas las otras […] Lo primero quiere decir que todos los atributos son inherentes; lo segundo, que se articulan entre sí de tal modo que no es heterodoxo afirmar que la gloria es eterna, que la eternidad es gloriosa, que el poder es verídico, glorioso, bueno […], o bondadosamente grande, grandemente eterno […], etcétera, etcétera.” Las combinaciones que maquinalmente presenta ese “diagrama inmóvil”, finaliza, “son incapaces de engendrar una revelación apreciable”, aunque carguemos la máquina con otros términos (los de la filosofía por ejemplo). Al pasar a la máquina de Lulio se rectifica respecto de que “la máquina de pensar no funciona”: “funciona abrumadoramente”, y agrega que muchos vieron en ese mecanismo “la segura revelación de todos los arcanos del mundo”.
  5. El mismo Salpeter acota que las abejas construyen sus panales con esta forma geométrica. Ana María Barrenechea finaliza su nota sobre “Una ficción de Jorge Luis Borges” (en La expresión de la irrealidad en la obra de Jorge Luis Borges, y otros ensayos, Ediciones del Cifrado, Buenos Aires, 2003) señalando una “poética y burlona” alusión a Virgilio: Dulcia linquimus arva (dulce hexágono natal). Así titula también Borges un evocativo poema de juventud dedicado a sus abuelos (en Luna de enfrente).
  6. MARTÍNEZ, Guillermo. Borges y la matemática, Eudeba, Buenos Aires, 2003
  7. “…el solo idioma infinito -el de las matemáticas- se basta con una docena de signos para no dejarse distanciar por número alguno. Es decir, el diccionario algorítmico de una página -con los guarismos, las rayitas, las crucecitas- es, virtualmente, el más acaudalado de cuantos hay. La numerosidad de representaciones es lo que importa, no la de signos.” (“El idioma de los argentinos”)
  8. Otro antecedente filosófico que se podría rastrear para este texto borgeano es el concepto acuñado por Nicolás de Cusa en el s. XV: “possest”, “la posibilidad que es” (cf. De possest, Cuadernos de Anuario filosófico, Pamplona, 1992).
  9. “Ya que el deseo no es menos culpable que el acto, los justos pueden entregarse sin riesgo al ejercicio de la más desaforada lujuria.” “La Secta de los Treinta” (“una herejía po­sible” la juzga el “Epílogo” a El libro de arena)
  10. Sin “multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios” (“Utopía de un hombre que está cansado”, en LA). Corrigiendo a Borges con sus propias medicinas: Los textos son absolutamente necesarios, tanto como inútiles. Lo innecesario sería multiplicarlos, imprimirlos (tal vez no tanto, como veremos). Este hombre cansado, cuando aún era joven se ilusionaba en el epígrafe a Discusión, el libro que contiene los principales textos borgeanos sobre la mortal paradoja zenoniana, con un “hacer”, y aún con un “rehacer”, y con un terminus ad quem, un punto final, una llegada para una carrera literaria: imprimir (“Esto es lo malo de no hacer imprimir las obras: que se va la vida en rehacerlas”).
  11. Sentidos omnipresentes en “Las ruinas circulares” y en la psicoanalítica Destrucción de Borges que emprende Blas Matamoro en Jorge Luis Borges, o el juego trascendente, Peña Lillo Ed., Buenos Aires, 1971, cap.1: “El inconcebible universo”.
  12. El mismo vaivén anímico que el referido en “La esfera de Pascal” respecto de los hombres que, tras la caída de la concepción aristotélico-ptolemaica del cosmos, vivieron un breve periodo de euforia con la revolución copernicana, que rompía los sistemas de esferas concéntricas del sistema anterior: “Setenta años des­pués, no quedaba un reflejo de ese fervor y los hombres se sintieron perdidos en el tiempo y en el espacio…”.
  13. A la luz de esta versión de la filosofía borgeana se podrían repensar ciertos aspectos del ensayo de Benjamin sobre “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” (1936). En principio, el uso de los prefijos repercutiendo sobre palabras como “re-producción” (o “pro-creación”) puede deformarlas como el “in-” sobre “finito”. Si parece dudosa la posibilidad de producción de originales, la re-producción (una extraña –en esta lectura borgeana- “creación de copias”) puede compararse con un “multiplicar por cero”. Así, se dificultaría hablar del aura que poseería el “aquí y ahora del original”, dado que los originales (incluso los que llamamos “copias” –como el Quijote de Menard) estarían en un “aquí” tan particular como La Biblioteca y en un “ahora” que suma a todos los momentos del tiempo, ab aeterno. “Del aura no hay copia” (9). De nada hay copia. Ninguna cosa se hace presente por otra (es incomprobable que una tirada de 1000 ejemplares que representan en el modo de la reproducción a un libro original no sea/n en verdad 1000 libros totalmente distintos –aunque aquí usemos el sufijo “–mente” como si aclarara en algo la distinción propuesta). La re-presentación sería otra quimera “creada” por el prefijo.
  14. Un antecedente previsible: el florín irreversible en el que piensa (o trata de pensar) Borges para no pensar en el Zahir. Y un “arquetipo” raro y lejano: “sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente” (“Fundación mítica de Buenos Aires”, en Cuaderno San Martín).
  15. Como “los Festspiele de Suiza: vastas y errantes representaciones teatrales, que requieren miles de actores y que reiteran episodios históricos en las mismas ciudades y montañas donde ocurrieron” “Tema del traidor y del héroe” (F).
  16. El citado ensayo “Sobre el Vathek de William Beckford” deplora la costumbre de los biógrafos de seleccionar de entre los hechos que conforman una vida, la de un literato por ejemplo, aquellos eventos tales como sus cambios de domicilio, en desmedro de sus (¿imposibles?) invenciones literarias. Una vez más Zenón acecha: Un hombre posee infinitas biografías, ya que los cortes que pueden realizarse respecto de los instantes de su vida están asociados a un tiempo infinitamente subdivisible. Infinitos actos, infinitas serie biográficas…
  17. Aunque ambos concuerdan en que “suponer la vasta aniquilación de los años car­gados de ciudades, de ríos y de júbilos, no es menos increíble que imaginar su total salvamento.”
  18. Con un delicado escrúpulo: firma sólo lo que su espíritu siente que es capaz de realizar. “Prefería Los crepúsculos del jardín de Lugones a Los parques abandonados, pero no se juzgaba digno de asimilarlos; inversamente, reconocía que el libro de Herrera estaba dentro de sus posibilidades de entonces, ya que sus páginas lo expresaban con plenitud. Paladión le otorgó su nombre y lo pasó a la imprenta, sin quitar ni agregar una sola coma.”
  19. SARLO, Beatriz, Borges, un escritor en las orillas, Ariel, Buenos Aires, 1995
  20. LORENTZ CHAVES, Eliana, “Desejo masculino de maternidade”, en Cadernos de Psicanálise / Sociedade de Psicanálise da Cidade do Rio de Janeiro. 16:19, 181-196, señala en este cuento el otro lado de Borges, el piadoso, el de la esperanza ilimitada.
  21. Respecto de la indiferencia valorativa, en otro trabajo se podría exponer el “debate interno” entre el Borges piadoso, que fue un hombre ético hasta las fronteras del ascetismo, y el impiadoso filósofo que demuestra la indiferencia ética y estética.“El jardín de senderos que se bifurcan” postula un tiempo de infinitas bifurcaciones, donde pierde vigencia la base de la lógica, pero también la base de la ética: si un sujeto moral realiza “contemporáneamente” el hecho A y el no-A, es por una simple plenificación de las posibilidades de combinación (de interacción, en este caso) con otros átomos (sujetos morales), y no por una deliberación moral al fin de la cual “elija” realizar un acto, omitiendo su contrario: “Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayo­ría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos.”Se disuelve también, así, la identidad personal: “Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.” En este cuento, “El inmortal” (¿o El inmoral?), “ese bosquejo de una ética para inmortales” (“Epílogo” a El Aleph), Borges nos demuestra en el excurso filosófico de la parte IV que postulado un tiempo infinito, “le suceden a un hombre todas las cosas”, y por lo tanto “…todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales.”En “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)” (A) la lección a-moral central del cuento sería: “Un destino no es mejor que otro”. Sin embargo, la enseñanza moral del otro Borges no tarda más que una conjunción adversativa en aparecer: “[pero] Todo hombre debe aca­tar el [destino] que lleva adentro”.En “El Congreso” se pregunta “¿habrá en la tierra algo sagra­do o algo que no lo sea?”.Para terminar en Babel, el título El calambre de yeso es tanto una estupidez como una genialidad literaria.


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