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Prólogo

Vindicación de la quietud

Edgardo Gutiérrez[1]

La estimación de la obra de Borges como cumbre máxima de la literatura argentina, ya casi unánime luego de las afortunadamente superadas disputas del pasado en las que se subordinaba la virtud literaria a la filiación política del escritor, ha dificultado, si no impedido, un abordaje de esa obra desde la perspectiva filosófica. Que Borges haya sido un incomparable orfebre del lenguaje es algo que nadie pone hoy en discusión. Pero que haya sido lo que usualmente denominamos un filósofo no es una opinión que sea aceptada sin reservas. Poco menos que desestimado por los profesionales del oficio hasta las postrimerías del siglo pasado, el abordaje filosófico de la obra de Borges apenas fue echado de menos hasta entonces. Las razones pueden haber sido múltiples, pero si se miran las cosas teniendo en cuenta la influencia que impone la tradición de la cultura oficial, se admitirá que, sea por el poder de las corporaciones intelectuales, sea por la veneración excesiva que se profesa a las disciplinas, la condición de filósofo no fue estimada compatible con la de escritor. Un escritor que trabaje ideas filosóficas se vuelve sospechoso desde un punto de vista literario, igual que desde un punto de vista filosófico se vuelve sospechoso un filósofo que escriba bien[2]. Era lógico, en consecuencia, que el Borges escritor de poesía, de cuentos (de orilleros o de personajes y mundos fantásticos) y aun de ensayos, no hubiera podido ser considerado un filósofo en sentido estricto. Ni siquiera se le podía aplicar la categoría de pensador, categoría que admite en el género, además de a los filósofos que ejercen su labor en la academia o en institutos de investigación, a ensayistas liberales dedicados informalmente al arte de la reflexión. (Estos últimos suelen ser agrupados en la especie de los intelectuales, una categoría difusa que incluye a escritores, artistas, ideólogos y hasta periodistas, no en su condición de cultivadores de su oficio específico sino más bien en cuanto echan a correr opiniones y reflexiones políticas.) Borges no podía ser juzgado como filósofo, en tanto no había creado un sistema; tampoco como pensador, ya que sus reflexiones no pasaban de ser juegos literarios; ni podía ser un intelectual en el sentido habitual del término, ya que no se tomaba muy en serio la política (según se recordará, él mismo solía decirles a sus entrevistadores que, dada su ignorancia en el tema, sus opiniones políticas no debían ser tomadas en cuenta). Borges era nada más que un escritor, y como escritor había que juzgarlo.

Para bien del pensamiento y de la filosofía, la ruptura con ese arraigado prejuicio que ha querido condenar a Borges a no ser más que un hombre de letras, ha comenzado a producirse a partir de las dos últimas décadas. Investigadores de formación filosófica se entregaron felizmente a trabajar la obra de Borges. Y así se fue desarrollando una tarea de indagación que, vista inicialmente como un reduccionismo inadmisible propio de los que pretenden “secar” a la literatura para quedarse con el esqueleto conceptual, devino progresivamente rica creación de ideas. Comenzó a gestarse entonces una incipiente tradición, por demás polémica, que empieza a ver a Borges como un filósofo.

 

En esa tradición es en la que se enmarca la tesis de Marcelo Sasso que aquí presentamos, cuyo tratamiento de la obra borgeana recorre, con una fluidez discursiva digna del objeto de estudio, algunos de los viejos problemas de los que se ocupó la filosofía desde los lejanos tiempos de los griegos. La lectura de su trabajo, pues, nos permite realizar el tránsito por los intrincados laberintos metafísicos propios del pensar filosófico, sin privarnos de gozar de la lectura. Y así podremos apreciar los mundos abstractos fabricados en la productiva industria de los filósofos conviviendo con los mundos literarios de Borges. El trabajo de Sasso es un portal de entrada que le permite al lector de Borges internarse en un mundo cuyos protagonistas son el universo, el espacio, el tiempo, la eternidad, el movimiento y el reposo, sin dejar de gozar con los hallazgos de estilo que han sido típicos del escritor. Quien conoce la obra de Borges está familiarizado con las singulares palabras características de su prosa, como el adverbio “grandor”, como el cardinal “onceno”, como el epíteto “elemental” adjetivando la palabra “lluvia”, como los verbos “dilacerar”, “repechar”, “herrumbrar”, como la comparación excepcional  “mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara”. Quien conoce la obra de Borges sabe que en ella hay emperadores, espejos, patios, cuchillos, bibliotecas, almacenes, sueños y alfanjes que lo pueblan. Sabe de noches, de tigres, de crepúsculos, de malevos, de jardines; sabe de lunas, de insomnios y de vikings. Sabe que hay allí vindicaciones, conjeturas, sentencias, hexámetros. Pero quizá pase por alto que hay en ella encerrada una filosofía (o varias). Las ideas, en el paisaje literario borgeano, se deslizan sin ser lo que son en la escarpada geografía de la filosofía convencional, pues en ésta suele ser necesario elevar la mirada hacia los cielos para encontrarlas, mientras que en aquel recorren la llanura sin destacarse más que los granos de arena, los ríos, los árboles o los caballos. Puede pensarse que esa equiparación tiene que ver con la vocación de Borges por igualar todo aquello que sirva para fabricar literatura, y en ese sentido se dirá que hay un programa decididamente democrático concretado en su obra literaria, pero esa democracia rige también su filosofía.

El eje central alrededor del cual gira la tesis de Sasso es el inveterado problema del movimiento y la quietud, problema tan antiguo como el poema de Parménides y como la doctrina zen, y que sigue en plena vigencia a pesar de los siglos transcurridos. Lo que Sasso intenta demostrar, y demuestra, es que hay en Borges una suerte de desdoblamiento (debate interno lo denomina él) entre el Borges filósofo, que adhiere a la irrefutable convicción filosófica que postula la imposibilidad del movimiento, y por tanto del tiempo (lo que irreparablemente supone para Borges «la fatalidad de haber nacido platónico en lugar de aristotélico»), y el literato Borges, el cuentista Borges, el narrador Borges, es decir «un relator de acciones, de sucesos que ocurren en el tiempo», lo que supone, en contraposición con lo anterior, «querer no ser platónico». La clave de lectura que propone Sasso consiste «en ver los cuentos como intentos (vanos, perdidos de antemano) de refutar la inmovilidad lógica y real del Universo».

El núcleo de la tesis se encuentra en la segunda parte, “Repercusiones estéticas”, donde se despliegan los argumentos que establecen la filiación del filósofo Borges, vía Zenón, con Parménides, y se comentan los cuentos de raíz kafkiana en los que los personajes, por ejemplo, el estudiante protagonista de la novela de Bahadur referida en “El acercamiento a Almotásim” y el mago de “La escritura del dios”, fracasan en su busca o en su acción. En efecto, tanto en un caso como en el otro se trata, en el fondo, de modo semejante a lo que ocurre con la perpetua carrera de Aquiles y la tortuga, de relatar la historia de un móvil A que quiere alcanzar, sin suerte, un móvil B. En el primero la novela concluye cuando el estudiante que busca a Almotásim está a punto de encontrarlo. En el segundo, la búsqueda se detiene en el penúltimo paso, cuando el prisionero, al descubrir la sentencia del dios que lo liberará del encierro, se rehúsa a pronunciarla, y decide continuar viviendo en el calabozo. En ambos casos el proceso de búsqueda recae, pues, en el regreso al infinito.

Lo que Sasso denomina una variante de este esquema es el caso de un movimiento puramente mental que impulse la búsqueda del objeto. El protagonista, en este caso, se entrega a una quietud corporal, como Jaromir Hladik o el mago de “Las ruinas circulares”, que quieren crear, sin ponerse en acción, un libro y un hijo respectivamente. Aquél sólo imagina una novela (Los enemigos) sin escribirla «sin gastar un solo gramo de tinta ni requerir el concurso de empresas editoriales»; éste sólo sueña un hijo sin engendrarlo. Sasso sintetiza en estos términos esta variante: «Observamos que cuando el objeto a alcanzar no está completamente dado en la realidad, sino que requiere un componente “creativo”, un proceso creador, reaparece la mencionada tesis ontológica basal de la filosofía borgeana: Un hijo soñado, una novela imaginada… Nada parece ser más real que aquello que es posible.»

Otra variante es la que observa Sasso en “La biblioteca de Babel”. En esa biblioteca «los libros posibles son reales, no necesitan escribirse, editarse, ni ninguna de esas impurezas.» Como en los casos anteriores, se constata que el héroe borgeano no hace nada, y «se conforma con saber que hubiera podido hacerlo.» Basta con eso, con el pensamiento; está demás la acción, en su forma de creación de una entidad que aun no existe, ya que «el concepto de creación debería enmarcarse en el más general concepto de acción.» La potencia tiene el mismo status ontológico que el acto, y entonces todo cambio, toda novedad en el mundo, toda innovación es un malentendido, «ya que (en términos borgeanos) su minucioso registro consta en alguno de los infinitos anaqueles de La Biblioteca de Babel.» La acción, pues, es un error; la inacción, una virtud. En “El Golem” se lee: «¿Cómo […] pude engendrar un hijo/y la inacción dejé, que es la cordura?»

Sasso descubre incluso una variante más del esquema literario-metafísico borgeano: el héroe ya no busca, sino que encuentra, o, dicho en otros términos, el sujeto no busca al objeto sino que es encontrado por éste. Y este don que le es adjudicado al sujeto lo detiene en la acción, lo inmoviliza, lo sumerge en la quietud. Tal es el caso de “Funes, el memorioso” y el del Borges personaje en “El Zahir” y en “El Aleph”. Sasso deja entrever que este don insólito aproxima estos personajes a la Inteligencia Divina. Pues la quietud es en algún sentido la eternidad. Borges recuerda en Historia de la eternidad, y Sasso lo trae a colación, el pasaje de las Enéadas V en el que Plotino conecta la eternidad con la quietud: «la Inteligencia Divina abarca juntamente todas las cosas. El pasado está en su presente así como también el porvenir. Nada transcurre en ese mundo, en el que persisten todas las cosas, quietas en la felicidad de su condición». (Destacado de Sasso)

En la tercera parte de la tesis se despliega un tratamiento de la obra de Spinoza en clave borgeana. El leit motiv lo toca Sasso ahora en otra clave. Borges imagina al filósofo holandés no menos inmóvil que Jaromir Hladik y el mago de “Las ruinas circulares”. En el soneto “Spinoza” escribe: «[E]n el confín del Ghetto […] un hombre quieto […] está soñando un claro laberinto» (destacado de Sasso). Ese laberinto es Dios o la Naturaleza, Dios que no es intelecto ni voluntad en el sentido del vulgo, que lo imagina a semejanza del hombre, pues Dios «jamás pudo haber querido iniciar operación creativa alguna, ya que entre otras cosas el “querer hacer o crear algo que no se tiene” no es propio de un ser infinito y perfecto.» Spinoza, para Sasso, es un precursor de Borges, pues la Realidad, Dios, el Todo, el Mundo, el Universo, o comoquiera que se llame, es Una, pero a la vez es múltiple, lo que esboza, a juicio del autor de la tesis, un original “platonismo de individuos”, un platonismo donde las Formas son individuos. Ese Dios, ese Universo, ese Todo, lo imagina Borges como un laberinto. E imagina al filósofo quieto imaginando ese laberinto.

Todo lector de Borges sabe que es recurrente en sus textos la imagen del laberinto. Y esa imagen supone movimiento y quietud, ya que evoca la idea de un espacio (lineal, circular o irregular) en el que algo o alguien (un móvil que busca una salida sin hallarla) se extravía irremediablemente. La pregunta que se puede formular es la siguiente: el que sueña el laberinto ¿está quieto o se mueve? Bachelard contrapone la imagen literaria del laberinto con la de la gruta: «Los sueños de la gruta y los del laberinto se oponen en muchos aspectos. La gruta es reposo. El laberinto nos remite al soñador en movimiento.»[3] Quizá, para responder a la pregunta, haya que salir de la lógica binaria, e imaginar al soñador, al pensador, al filósofo (Spinoza, Borges, Sasso), tan quieto como en movimiento, recluido en la gruta creando el laberinto.


  1. Edgardo Gutiérrez es Doctor en Filosofía. Profesor de Estética (Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires). Profesor de Estética cinematográfica y Crítica de las artes mediáticas (Facultad de Arte. Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires). Profesor de Fundamentos Teóricos de la Producción Artística (Departamento de Artes del Movimiento. Universidad Nacional de las Artes). Ha publicado los libros Borges y los senderos de la filosofía (Altamira, 2001, reeditado por Las cuarenta, 2009), Indagaciones estéticas (Altamira 2004), Cine y percepción de lo real (Las cuarenta, 2010) y Estética pura. Contribución al sistema del materialismo absoluto. (Tesis de doctorado en http://www.ffyh.unc.edu.ar/editorial/e-books/), como así también numerosos artículos de filosofía, estética y política en libros y revistas académicas especializadas, argentinas y extranjeras. Ha sido conferencista y expositor en numerosos congresos y jornadas de investigación en filosofía, letras y artes. Dirigió el proyecto UBACYT “Aproximaciones a la ontología del cine”.
  2. Tomamos prestado, cambiando ligeramente sus términos, el dictum de Adorno según el cual, para esa tradición, si alguien que hace ciencia sabe escribir, se vuelve científicamente sospechoso.  Adorno, T., Teoría estética, Madrid, Taurus, 1971, cap. XII, “Elección del tema. Sujeto artístico. Relación con la ciencia”.
  3. Bachelard, Gaston, La tierra y los ensueños de la voluntad, México, FCE, 2011, p. 21


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