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La metáfora de la esfera

El otro elemento parmenídeo que constituye la trama conceptual de las premisas filosóficas de Borges (y que involucra también a ese “concepto corruptor y desatinador” de los otros que es el infinito) es la metáfora de la esfera. Anotaremos algunas observaciones sobre otro par de ensayos complementarios, esta vez sobre Pascal y los avatares de la esfera, reunidos en la colección de madurez Otras inquisiciones.

En “La esfera de Pascal”, la esfera aparece como un estable símbolo de Dios (propuesto por Jenófanes contra el antropomorfismo y politeísmo griegos), para recibir una primera entonación por parte de Parménides como imagen del Ser. En el decurso de la historia se la compara con la reunión de los elementos primordiales del mundo físico (Empédocles, fragmento 28). Luego la teología medieval acuña la fórmula “Dios es una es­fera inteligible, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna” que es leída salomónicamente en el sentido de que “Dios está en cada una de sus criaturas, pero ninguna Lo limita.” (Borges lo ejemplifica con la cita de I Reyes 8:27: “El cielo, el cielo de los cielos, no te contiene”).

Tras consignar la versión astronómica ptolemaica de la metáfora, según la cual ahora la Tierra es una esfera inmóvil rodeada de nueve esferas concéntricas, parece sobrevenir la celebración de la caída de esas ataduras conceptuales con la revolución copernicana. Borges señala que Giordano Bruno expresa su euforia por la liberación del hombre de aquel agobiante sistema escribiendo con exultación que “el universo es todo centro, o que el centro del univer­so está en todas partes y la circunferencia en nin­guna”. En la siguiente modulación, las palabras que expresan tanto la penosa atadura como la liberación son casi las mismas (resuena aquí el famoso juego de citas de los párrafos idénticos y diferentes de Cervantes y Pierre Menard sobre la historia).

De inmediato Borges da el último avatar de la metáfora, introduciéndola con palabras perfectamente aplicables a Aquiles:

“los hombres se sintieron perdidos en el tiempo y en el espacio. En el tiempo, porque si el futuro y el pasado son infinitos, no habrá realmente un cuándo; en el espacio, porque si todo ser equidis­ta de lo infinito y de lo infinitesimal, tampoco habrá un dónde. Nadie está en algún día, en al­gún lugar; nadie sabe el tamaño de su cara.”

En esa desolación culmina el ensayo, cuando Borges se concentra en la tachadura del manuscrito pascaliano del fragmento 72 según el cual parece que la esfera (Dios, el Ser, el mundo físico, el espacio, el universo) “infinita” empezó siendo “espantosa”:

“La naturaleza es una esfera espantosa infinita, cuyo centro está en to­das partes y la circunferencia en ninguna”.

Sospechamos que en estos ensayos no muy favorables al francés, Borges trata de conjurar su propio espanto ante sus propias convicciones filosóficas. En “Pascal” lo llama “un poeta perdido en el tiempo y en el espacio”, señala que la infinitud “que embriagó al romano [Lucrecio] acobarda al francés”, y culmina con palabras que podrían insertarse en el cuento “El Aleph”:

“Demócrito pensó que en el infinito se dan mundos iguales, en los que hombres iguales cumplen sin una variación destinos iguales; Pas­cal (en quien también pudieron influir las anti­guas palabras de Anaxágoras de que todo está en cada cosa) incluyó a esos mundos parejos unos adentro de otros, de suerte que no hay átomo en el espacio que no encierre universos ni universo que no sea también un átomo. Es lógico pensar (aunque no lo dijo) que se vio multiplicado en ellos sin fin.”

Creemos que en esas modulaciones clásicas resuena otro miembro del bando platónico en la batalla mental que libra Borges contra sí mismo: Spinoza, curiosamente omitido en estos ensayos. Como trataremos de sugerir en la 3ª Parte: la esfera es el Ser, o sea Dios, o sea la Naturaleza, o sea el Universo, o sea La Biblioteca…

Tal vez intentando despedirse, creemos que sin lograrlo nunca, de ese “glacial” platonismo, comienza la escritura de narraciones.

 

En el contexto de un análisis literario de Evaristo Carriego, Sylvia Molloy señala que “esta primera protoficción de Borges” surge “de la rebelión ante un espacio doblemente –y significativamente- clausurado: `me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses´”. De este modo,

“La perspectiva doble –la cerrazón del lugar fijo, adentro; la posibilidad de lo móvil, afuera, que cuestione la clausura- inaugura en Evaristo Carriego el vaivén que enmarca la móvil ficción borgeana”[1].

Aunque, claro, no hay afuera, no hay posibilidad de lo móvil:

 

“No habrá nunca una puerta. Estás adentro

Y el alcázar abarca el universo

Y no tiene ni anverso ni reverso

Ni externo muro ni secreto centro.”[2]


  1. MOLLOY, Sylvia. Las letras de Borges. Sudamericana, Buenos Aires, 1979, p. 28. El destacado es nuestro.
  2. BORGES, Jorge L. Elogio de la sombra, Emecé, Buenos Aires, 1996 (“Laberinto”)


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