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Un “platonismo de individuos”

Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?” (Coleridge, citado en “La flor de Coleridge”)


El ensayo de juventud “La nadería de la personalidad” (I) trata el problema de la identidad personal. Sin embargo, creemos que este tema es sólo una parte de la preocupación borgeana sobre la realidad en general, cuya concepción remite a la idea de totalidad, tal como es presentada eminentemente en “La Biblioteca de Babel”. Ese “Dios que delira” lleva a nuestro autor a oscilar continuamente entre los conceptos de todo, algo y nada, cuya particular dialéctica borgeana está explícitamente tratada en el ensayo “De alguien a nadie”.

El enfoque desde el cual “La nadería de la personalidad” (o tal vez, “De alguien a todo”) trata el problema de la identidad personal intenta seguir las líneas generales de la filosofía empirista inglesa, cuya principal expresión es Hume. Es así que el ensayo está articulado en base a la reiteración de la tesis “No hay tal yo de conjunto”. O sea, no es que no exista absolutamente el “yo”. Borges no niega esa “certeza de ser una cosa aislada, indivi­dualizada y distinta que cada cual siente en las honduras de su alma… esa conciencia de ser [] que alienta en nosotros”. La nadería de la personalidad que sostiene no es psicológica, sino metafísica, temporal.

El texto comienza reiterando cuatro veces la tesis negativa “No hay tal yo de conjunto.”

i) La primera vez lo hace para señalar que el yo es en verdad “algo”, un yo actual, que no pasa de ser un agregado (psíquico): una suma de percepciones actuales más la ocasional autoconciencia de ser percibidor de las mismas[1].

ii) La segunda aclara que los recuerdos no le añaden tiempo pasado a esa actualidad: son incompletos (carecen de plenitud) y borrosos, y, en definitiva, también son actuales, no garantizan la posesión del pasado, son imágenes, imaginaciones siempre presentes.

iii) En la tercera reiteración retoma un argumento de Schopenhauer, al sostener que esas percepciones y estados de ánimo que constituyen al yo actual son comunes a todos los “yoes”. Así, ese algo que somos no nos individualiza, sino que más bien nos disuelve. Somos la parte ínfima de un todo. Esa sería nuestra nadería. Curiosamente, esa “nada” engendra nuestra capacidad de “ser todo”, como lo ilustra con whitmanianos ejemplos (“Soy filósofo, dios, héroe, demonio y el universo en­tero”). Aquí, Borges parece anticipar una conclusión panteísta en un texto dedicado a sostener una “nadería”[2].

(iv) En la cuarta reiteración de la tesis “No hay tal yo de conjunto” Borges cuenta una conmovedora experiencia “personal” (al modo de “Sentirse en muerte”), en la cual, al despedirse de un amigo en patria extranjera, a quien intuye que ya no volverá a ver, y sentir el deseo de “dejarle su alma”, le surgió intuitivamente la esencial nadería de nuestra personalidad.)

 

v) Luego de reflexionar sobre las consecuencias psicologistas en la historia de la literatura que se derivan de la creencia en la realidad del yo, Borges retoma la tesis filosófica por quinta vez, ahora reformulada como “El yo no existe”. Y es aquí, cuando quiere precisar el sentido de esa frase, donde explicita la que a nuestro juicio podría presentarse como otra tesis basal de la filosofía borgeana, que profundiza aquella que reza que “basta que una cosa sea posible para que exista”:

“La realidad no ha menester que la apuntalen otras realidades.”

Da tres ejemplos: uno poético (“No hay en los árboles divinidades ocultas)”, uno filosófico general (“ni una inagarrable cosa en sí detrás de las apariencias)”, y finalmente otro filosófico con el tema visible del presente ensayo (“ni un yo mitológico que ordena nuestras acciones”).

El sentido en que entendemos esta tesis “fundamental” es el siguiente: Creemos que Borges no pretende negar la existencia de, por ejemplo, divinidades ocultas en los árboles. Si bien aquí no las afirma explícitamente, hay textos en los que sí podrían encontrar su lugar (como El libro de los seres imaginarios). Creemos que para Borges hay árboles, tanto como hay divinidades ocultas en los árboles. Lo que no hay, “detrás” de la quinta reiteración de la tesis de este ensayo, es una relación de soporte, fundamentación, basamento, o “apuntalamiento” entre ellas. Las relaciones de las que puede participar una cosa “individual” se refieren exclusivamente a la totalidad de lo real, no a dichas cosas entre sí, que son monádicas, atómicas. Creemos que esta concepción de lo individual puede encontrarse en el que vemos como el texto fundamental de Borges, “La Biblioteca de Babel”. Allí, los libros individuales no se fundamentan unos a otros, ni guardan relación alguna entre sí, sino que la única relación que las fundamenta es la que sostienen con el Sistema Total de La Biblioteca que los genera. Por eso decimos que este ensayo excede el tema de la personalidad, y que es un temprano modo de sugerir la concepción más general que tiene Borges acerca de la realidad como Totalidad, tema que aparece continuamente en su obra y tiene su momento culminante en “La Biblioteca Total”.

Una hipótesis a investigar podría ser: Existen las Formas platónicas, existen también los individuos. Pero no existe la relación de fundamentación entre ellos, los individuos no son menos que las Formas.

Claro que esto no es ni siquiera una objeción a la filosofía platónica, al modo de las que ya le formulara Aristóteles por ejemplo. Lo que estamos esbozando es simplemente otra cosa que platonismo. O quizá es un platonismo donde las Formas son individuos, y no Arquetipos, donde entre los géneros y la cosa concreta no hay la inexplicable relación de participación, sino una incomunicación total entre sí, y, en todo caso, hay la comunidad en cuanto al hecho de ser.

Aquí es donde creemos ver a Spinoza como un precursor de Borges[3]. Hay una solitaria cosa en la Realidad. Los Nombres con que se la designa hoy, para nosotros, son Dios, Todo, Mundo, Universo… Para otros lenguajes, puede ser Esfera o Biblioteca o Pan o Pirámide. Pero se llame como se llame, esa cosa es Una. La alteridad es imposible, la novedad también. Al interior de esa única Cosa, aparecen los individuos, como modificaciones internas. Si fuera posible ver esa Unidad desde afuera, esa esfera parmenídea, no se observaría movimiento alguno.

A grandes rasgos: el famoso dictum “No hay hechos, hay interpretaciones” sirve para resumir que en la ontología nietzscheana la tradición dualista platónico-kantiana queda mutilada por el lado de su “pata” nouménica, arrastrando tras de su caída al mundo aparente. Creemos que la ontología borgeana recupera el neblinoso mundo de las Ideas platónicas o de la cosa en sí kantiana que Nietzsche acusa de ser mera “fábula”, pretendiendo rebajar así su carácter real. Borges avanzaría hacia una ontología no selectiva extrema, en la cual podemos decir que todos son hechos, también las interpretaciones. Hay hechos modulados[4].

En la ontología de Borges hay una especie de “platonismo de individuos”, con Arquetipos e individuos, pero donde el status ontológico es indiferente. O mejor, no existe (o no importa) la distinción entre Arquetipo e individuo. Creemos que se trata de una totalidad tan absoluta, que anula cualquier tipo de jerarquización, no sólo ontológica, sino incluso ética y estética.

Dados los átomos anímicos y el mecanismo de su combinación, todas las posibles interacciones entre ellos son actuales o reales en alguna de las infinitas bifurcaciones del jardín de tiempo: “Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades.”

Paralelamente, todas las posibles combinaciones entre los 25 símbolos ortográficos pueblan ese espacio virtual que es “La Biblioteca”. Como todo es ontológicamente acto, y lógicamente producto de los mismos átomos y reglas de combinación, tampoco es posible establecer criterios de clasificación (más que la Clase Universal o Todo o Aleph o Libro de Arena…) ya que intentar emparentar cualquier región de entes mediante algún rasgo común es un absurdo (¿qué diferencia específica puede haber entre la vida del “apasionado y lúcido” Schopenhauer y la “historia” de una piedra, cuando ambas no son más que las mismas letras combinadas en distinto orden?).

Retomando las hipótesis éticamente riesgosas, se podría pensar que no hay familiaridades humanas, y que la cristiana expresión “somos todos hijos de Dios” confirma la lógica de la Biblioteca. El mecanismo generador de hombres no genera ninguna norma específica de agrupación filial. Es más que atendible lo que le ocurre a los Yahoos, a quienes “La frase Padre nuestro los perturbaba, ya que carecen del concepto de la paternidad. No comprenden que un acto ejecutado hace nueve meses pueda guardar alguna relación con el nacimiento de un niño; no admiten una causa tan lejana y tan inverosímil.”[5]

Pero en realidad no hay generación, sólo objetos eternos, ya que no hay creación (ni destrucción[6]) posible: cada cosa que pretenda individualizarse, existe desde siempre y para siempre, en su versión espacial, literaria, en algún anaquel de “La Biblioteca de Babel” ; en su versión dinámica en algún sendero de “El jardín”.

“Ts’ui Pen diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a cons­truir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto.”

Aunque claro que “La Biblioteca” expone con rigor lógico el orden del Universo, mientras “El jardín” aspira a la imposibilidad de contar la historia de aquella eternidad “perfectamente inmóvil” que es la Biblioteca, dotándola de movimiento y acción.


  1. En términos husserlianos, esas percepciones, dado el carácter intencional de la conciencia, se dirigen hacia algo percibido. Y dado el carácter constitutivo de trascendencias de esa conciencia, diversos puntos de vista (escorzos) van constituyendo un objeto (el nóema) a través de los diversos actos de percepción (noesis). Ahora, al sujeto borgeano, representado por Funes, no sin algo de razón, le alcanza con un escorzo (incomunicado, durísimo, como veremos) para petrificar un objeto. Del lado noemático, un solo objeto. Del lado noético, un solo sujeto: Funes, a quien podríamos seguir rebautizando esta vez como “Funes el no aperceptivo”, acotando husserlianamente la propuesta de Nuño. El sujeto Funes no anticipa la percepción de otras caras del objeto, ya que cada percepción actual está tan llena de ser y de sentido, que no necesita ser completada con una presentación impletiva.Otro nombre posible de Funes: “Dios”, único ego existente que en tanto contemplador realiza las noesis desde el punto cero que instaura su cuerpo propio, con centro en cualquier parte y límite en ninguna, constituyendo un único noema: lo único que existe, Él mismo.
  2. Sartre (La trascendencia del ego) critica a Husserl no haber sido consecuente con la noción de intencionalidad al recurrir a un Yo trascendental como garantía de la unidad e individualidad de la conciencia. Para Sartre, en la conciencia no hay nada, por ejemplo no hay tal Yo constitutivo de objetos, que individualice la conciencia. Más bien es a través de las objetividades del mundo que ésta logra unificarse. Así, “El campo trascendental, purificado de toda estructura egológica, recobra su limpidez pri­mera. En un sentido es una nada puesto que todos los objetos físicos, psicofísicos y psíqui­cos, todas las verdades, todos los valores, están fuera de él, puesto que mi Yo (Moi) ha cesado de formar parte de él. Pero esa nada es todo, puesto que es conciencia de todos esos objetos.” (Conclusión número 1).(Antes había ejemplificado que “Cuando co­rro para tomar un tranvía […], no hay Yo. Hay conciencia de tranvía-debiendo-ser-alcanzado”. El texto sartreano de 1934 nos recuerda al borgeano de 1940: “No hay sustantivos en la conjetural Urspra­che de Tlön […]: hay verbos impersonales, calificados por sufijos (o prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejemplo: no hay palabra que corresponda a la palabra luna, pero hay un verbo que sería en español lunecer o lunar. Surgió la luna sobre el río se dice […]: hacia arriba (upward) de­trás duradero-fluir luneció.”)Dejamos para otro momento la investigación acerca del “sujeto” que conviene a este “objeto” gigante del que parece ocuparse la filosofía borgeana. Aunque queda sugerido que podría ser alguna variante no muy lejana del perceptivo Funes. (Por ejemplo: “sólo” hay infinitas cosas individuales, modos de una sustancia única, y ese dios local y cimarrón de Fray Bentos recuerda todas las que percibió (y percibe todo lo que es perceptible). Nuestro ubicuo Dios percibe con la misma minuciosidad de Funes, sólo que (diríamos russellianamente) el número de las infinitas cosas que Él percibe es infinitamente mayor que el número de las infinitas cosas que percibe Funes.)
  3. La ontología que estamos proponiendo tal vez convenga a una de las más recientes respuestas a la pregunta “¿qué es la filosofía?”: la de Deleuze y Guattari (¿Qué es la filosofía?), quienes conservando la vieja idea de la filosofía como conocimiento por medio de conceptos, proponen que estos no son un producto del descubrimiento sino más bien de la creación. Y no de una creación desde un lugar de trascendencia respecto de lo conocido conceptualmente, sino desde un plano de inmanencia respecto de la vida que conceptualizan: “Hay religión cada vez que hay trascendencia, Ser vertical, Estado imperial en el cielo o en la tierra, y hay Filosofía cada vez que hay inmanencia” (I 2). (Y, en este sentido, Spinoza “es el príncipe de los filósofos. Tal vez el único que no pactó con la trascendencia, que le dio caza por doquier”.) Además, estos conceptos no se caracterizan por su abstracta generalidad, sino que son, como la naturaleza de la que surgen, singulares: “Toda creación es singular, y el concepto como creación propiamente filosófica siempre constituye una singularidad” (Introducción).De este modo, se podría también ver “desde la otra orilla” lo sostenido a lo largo de este trabajo: a lo mejor la creación no es una acción imposible, sólo es algo que aún no ha ocurrido, que no ha comenzado: “¿Quieres ver lo que no vieron ojos humanos? Mira la luna. ¿Quieres oír lo que los oídos no oyeron? Oye el grito del pájaro. ¿Quieres tocar lo que no tocaron las manos? Toca la tierra. Verdaderamente digo que Dios está por crear el mundo” (“Los teólogos”).
  4. Por ejemplo: “¡Tú también, hijo mío!” pronunciado por un horrorizado Julio César, es modulado “diecinueve siglos después, en el Sur de la provincia de Buenos Aires” por un gaucho agredido por un ahijado suyo con un manso y tranquilo “¡Pero, che!” (“La trama”, en El hacedor).
  5. “El informe de Brodie” (en IB).
  6. Para una defensa de la imposibilidad de la destrucción en el marco del sistema de la sustancia spinoziana, ver COHEN, Diana. El suicidio: deseo imposible. O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza. Ediciones del Signo, Buenos Aires, 2003.


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