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EL DIARIO

Martes 26 de Marzo de 1907

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

Paris, Febrero 23.

 

El señor Jules Hensen[1], que fue agente y amigo devotísimo del mentado diplomático Morenheim[2], acaba de publicar un volumen “documentado” sobre los largos y constantes esfuerzos del antiguo embajador de Alejandro II, en el sentido de acercar a los dos rivales de antaño, Rusia y Francia; esos esfuerzos duraron trece años y acabaron consagrando una alianza. Tiene este libro, como todos los de su índole si el que lo ha compuesto y redactado sabe ordenar papeles y comentarlos con método y claridad, que en estos negocios es elocuencia, tiene esos méritos indisputables. Sin ser indiscreto es franco.

Su lectura es provechosa para los que necesiten convencerse de que acercar, unir y casi fundir dos pueblos, dos gobiernos que nunca se han entendido, ni tratado de buena fe, no es una obra de un día, lo cual reduciría la diplomacia a algo parecido a un juego de cubiletes.

La diplomacia es, por el contrario, el arte de obtener dando, y el que otra concepción de ello tenga es un iluso que en vez de servir a su país lo ha de denunciar o de comprometer.

Parece, no queda duda, que la “triple alianza” no ha debido su prudencia a la “doble-alianza”, si hemos de atenernos a las demostraciones del que “in memoriam” ha consagrado estas páginas a su conspicuo amigo.

Haciendo el balance con la imparcialidad posible y sin afirmar por tanto que este país ha perdido con la separación de la iglesia del Estado, altamente se puede proclamar que no ha ganado jota.

La cuestión planteada así: ¿puede un pueblo, con tradiciones, vivir sin un guía moral, o lo que tanto vale, sin concepción religiosa?

Los hechos, la secuela de lo que viene pasando y las perspectivas de lo que ha de pasar –lo inevitable, la iglesia no puede ceder en materia dogmática– contestarán redondamente no.

Se llega, pues, quiera uno que no quiera, a discurrir con Luzzatti[3] cuando define la misión del Estado sobre un punto tan íntimamente conexo con la vida psicológica de todo pueblo religioso: mantener inviolables todos estos hogares sagrados; regocijarse de que ardan sin tregua para la claridad de las conciencias y la incitación a las virtudes; proteger por el derecho público la libertad de la conciencia religiosa, en la que se abriga la libertad de la ciencia, conteniendo la una el progreso moral (!), la otra el progreso institucional. El Estado que sea osado a ponerle trabas a su expansión lo que prepara son catástrofes seguras.

Y concluye: En tanto que los positivistas y los agnosticistas anuncian el agotamiento de la fe, ella está destinada a encender nueva llama purísima en el alma de los sabios (!) y de los legisladores… jamás, nunca jamás estos asuntos han surgido con más ardor, jamás la ciencia del derecho público ha sido llamada con tanta fuerza a solucionar con equidad, dominándolas, las tendencias opresoras de los partidos vencedores…

¡No hay qué hacer!


Mi amigo caminaba y caminaba, ella volaba.

Ya se comprende el caso. Es página de historia universal. En todas partes hay hombres que siguen jadeantes ese fatuo que se llama: una mujer que se retira apurando el paso para llegar cuanto antes, con luz siquiera crepuscular, a su domicilio.

¿Qué será, que no será? murmuraba entre dientes y más de una vez pensó: me parece una señora.

No era tímido, ni osado; era discreto.

Iba mudo y siendo hombre libre, solo le contenía la idea de cometer una torpeza.

A Roma por todo. Se adelantó. Se interpuso…

–Señora…

Silencio de la dama… que viéndose asediada materialmente toma a la derecha, a la izquierda.

–¡Señora!

–¡Qué impertinencia, por Dios!…

Mi amigo cedió… y con aire y tono despechado:

–Recuerde usted que solo las montañas no se encuentran.

Y ella, sin detenerse, apretando el paso, sin volverse:

–Plagio caballero, e ignorancia, que desde que hay terremotos hasta las montañas se encuentran…

Y él se quedó plantado en el sitio.

En efecto, el dicho “solo las montañas no se encuentran”, es de Victor Hugo.

Una verdadera señora, de asediarla, no debe contestar, y el que en la falta incurra, ha de ser por lo menos original.

Si la que a mi amigo le sujetó el resuello era o no una verdadera dama, ni él ni yo lo sabemos.

Sospecho que no lo era del todo. Pero chispa eléctrica no le faltaba.

Suelo leer en los diarios parisienses referencias por el estilo; como ésta, pocas tan espirituales.


Discurriendo superficialmente, como de costumbre, decíamos los otros días: que un país como ese donde faltan brazos, donde la vida es barata y los salarios altos, la existencia de un partido socialista es inconcebible.

Comparemos ahora la condición de un paisano del mediodía de Francia, región feraz, rica en productos diversos, comparémosla con la de un trabajador del campo argentino cualquiera.

Resulta de un cálculo muy prolijo algo que parece inverosímil, y que sin embargo es verdad comprobada, que el alimento diario de una familia de cinco personas es término medio de “veinte céntimos” de franco.

Para almorzar: pan con una preparación de pescado salado; para comer: bacalao seco, o sopa de algún vegetal como lentejas, o porotos; la bebida: agua con poquísimo vino; suelen comer conejo, rarísimamente carne de vaca o de carnero. Se visten muy pobremente. Un traje les dura años. Con todo esto hacen economías los tales paisanos, y muchos de ellos tienen fondos en la caja de ahorros. Esta sobriedad y economía solo tiene paralelo entre los chinos de la Gran China, o entre los coyas, que se alimentan con coca.

¡Felices mortales! que no tienen que pensar en el “menú”, y cuán cierto es así que nadie está contento de su suerte, pues no hay que dudarlo, los que gastan solo veinte céntimos en alimentarse han de envidiar la condición del que gaste un franco.

Un hombre eminente inglés cuyo nombre no recuerdo ahora precisamente cuando lo necesito –ustedes recordarán sin duda por aquello de “si hay alguien que tiene más “esprit” que el señor de Voltaire es el señor Todo el mundo”– conversando con otro que le dijo: si yo no fuera francés, querría ser inglés, le contestó: si yo no fuera inglés querría serlo.

Yo, alguna vez, me he preguntado: Si no fueras argentino, ¿qué querrías ser? Y perplejo me he quedado ahí.

Mas el otro día leyendo la noticia de que el congreso de mi país le ha votado a Carlos Guido Spano[4] un regalo de cincuenta mil pesos nacionales de curso legal (excelente moneda), he salido de indecisiones, y, discurriendo como el inglés he dicho: Si yo no fuera argentino, querría serlo.

Eso se llama hacer las cosas generosamente, como Dios manda.

Carlos, mi amado Carlos, tengo por él un culto heredado, el de la amistad y los sentimientos cordiales que inspira su alma noble, también heredada, y la admiración que una vida sin reproche infunde, y todavía la envidia que inspira un ser exquisito canonizado por las Musas y por el dolor, bendecido por sus hijos y adorado de una mujer, como su Adela, verdadera Samaritana del hogar no superada.

¡Cincuenta mil! ¡Siento que no hayan sido cien mil! que si el ilustre valetudinario no ha padecido tanto de “indolencia filosófica” como don Bernardo de Gil Blazo, el noble caballero español, que fue el primer patrón de Gil Blas[5] en Madrid, ha sufrido de los dulces y constantes afames del desinterés, de padre tierno, de amigo generoso, de esposo galante, que no dio más joyas porque no pudo, dando en cambio amenidad incomparable y ternezas infinitas.

Con cien mil habría podido, quizá, como don Bernardo, abrir, sin la mínima preocupación temporal, el cofre de seguridad diariamente, después de haber computado su caudal sonante en ducados y los años en perspectiva.

Carlos amigo, no te aflijas. Si pasas, es lo que deseamos, sufriendo y contando, cual bardo estoico, –ya que la medicina se da por derrotada ante tu feroz persistencia; si pasas el límite que pasó el insigne y amable químico Chevreuil[6], solo fueron 103– lo repito: te votarán otra dosis generosa y como el país será mucho más rico la ofrenda de los que tanto se han deleitado con tus armonías lamartinianas será más copiosa.

Te abrazo, y hasta la vista; comeré pronto con los tuyos, tú oyendo desde la cama, solo el ruido de los platos, como hará dos años en setiembre.


En la actualidad solo los países de Europa gastan “diariamente” en armamentos navales y terrestres nada menos que 800.000 libras esterlinas, veinte millones de francos.

Reducir estos armamentos sería suprimir mucho trabajo, aumentar el número de los proletarios es una de las varias fases del asunto.

El señor de Martins después de su gira indagando –por encargo del emperador de Rusia– las disposiciones de las grandes potencias para someter el negocio a la conferencia de La Haya, próxima, o sea la “piece de resistance”, desarme o disminución de los armamentos, no puede decirse que ha regresado a San Petersburgo como vino. Un hombre de su importancia, de su saber, de su autoridad, no conversa en nombre de los soberanos sin algún provecho.

Pero la cuestión estriba en esto: ¿formará parte del “programa” el desarme o disminución de los armamentos?

¿O será introducida en el curso de la discusión sobre abras materias importantes, “arbitraje” como regla general por ejemplo, en los conflictos internacionales y cambios en la legislación referente a las costumbres marítimas en caso de guerra?

El roce con algunas autoridades me permite formar una opinión, que completo con las lecturas e informaciones de la prensa, y ella es que: todo desarme si no quimérico será para otra oportunidad.

Insisto en lo que vengo diciendo no como ave de mal agüero sino cual observador sereno. El horizonte internacional está velado por celajes tenues; pero celajes son inquietudes.


Los libros pululan como hongos. Día a día aparecen de todos colores y sobre toda clase de materias: buenos, mediocres, inútiles y malos. Pero se realiza el dicho: Vous trouverez toujours des marchand pour les vendres et des sots pour les lire[7].

La curiosidad, el espíritu de información, el anhelo de instruirse y hasta la pedantería, que siquiera con conocer los títulos y los índices se contenta, dejando el volumen a la vista, sobre la mesa de la antesala para que lo vean las visitas, todo eso contribuye a fomentar esta verdadera orgía de publicidad internacional.

Como tantos otros más o menos curiosos o desocupados pago mi tributo, y me doy no pocos chascos hasta cuando el nombre del autor parece una garantía.

He leído así ayer, siendo solo unas ciento ochenta páginas, un volumen del señor Emile Flourens[8], antiguo diputado y exministro de relaciones exteriores.

Tiene un título largo: La Francia Conquistada (esto llamó mi atención); y este subtítulo: Eduardo VII y Clemenceau[9].

Como ustedes saben, el rey de Inglaterra ha estado en París unos cuantos días. El susodicho libro versa sobre su visita; de modo que puede ser denominada una “obra a la minuta”.

Confieso que sin ser un fiambre, me ha hecho el efecto de un plato recalentado.

No soy admirador del actual orden de cosas en esta Francia, cuyo interés no decrece, ni disminuye las simpatías del mundo civilizado, por más que se vaya por malos caminos interiores. Pero, no estoy conforme con las opiniones del señor Flourens, ex-diputado y ex-ministro (quizá un ofendido y agraviado), con las opiniones que atribuyen lo que para él son graves errores a una política deliberada antipatriótica. Peca el libro en este sentido por el lado de la exageración excesiva y de los juicios temerarios. Poco o nada descubro en él que justifique la tesis: la Inglaterra ha conquistado la Francia; es decir, “la pérfida Albión” se los ha fumado a los franceses.

Paréceme, al contrario, que, sean cuales sean las rivalidades y el conflicto de intereses territoriales y de preponderancia asiática entre Inglaterra y Rusia, paréceme que Francia ha andado avisada inclinándose, como lo muestra la reciente “entente cordiale” en el sentido en que lo hizo Napoleón III.

La política como tantos otros negocios humanos tiene sus riesgos, sus probabilidades de frustrar los cálculos mejor hechos, que no obstante las sociedades de seguros fallan, y no hay para ella otro recurso sino la confianza basada en que se ha hecho lo más atinado posible.

Tratar y dudar de la lealtad de la parte con que una se asocia, es ya un mal comienzo. Luego Francia hace bien en tener confianza en su antigua rival, ya que en sus fronteras hay un fantasma que todavía amenaza su integridad.

No sé si el señor Flourens habría gestionado con más clara visión del porvenir las cosas del presente; y entonces lo único que se destaca de este libro, como una entidad histórica triplemente interesante, es el actual rey de Inglaterra.

Los perfiles acentuados con que el señor Flourens lo pinta caracterizan un hombre lleno de atractivos, de prudencia y de firmeza.

¿Y qué más puede pretender Francia como seguro del porvenir?

Confieso que no obstante ciertos argumentos de peso, no puedo arribar a esta conclusión: perdiendo Francia los beneficios de la alianza, abandonando su influencia a la discreción de los más pérfidos adversarios de la Rusia, se la echado en los brazos de Inglaterra, que nos aporta poca fuerza, y nos expone a graves peligros.

Otro corolario es este (que no comparto del todo): son los “flirts” detestables de M. Delcassé[10] con los ingleses les que han puesto en conflicto directo la Francia con la Alemania; o lo que a ello equivale que, “un tiens vaut mieux que deux tu l’auras[11]”.

Lo cual no es matemático, pues suele acontecer que menos vale un toma que bien te daré. Cuestión de saber esperar, o de descontar con prudencia el porvenir.


Otro académico recibido con aplauso por cuantos aprecian la ilustración elevada y el bello carácter.

Hablo del conde de Segur[12], literato de egregia estirpe que escribe en este momento su noveno volumen de historia, siguiendo las huellas luminosas de su progenitor doblemente ilustre así por la cuna como por el saber.

Este Segur reemplaza al excelente en todos sentidos Monsieur Rousse[13], y en dos palabras anticipa el discurso que tendrá que dedicar a su memoria seguramente. No le negará ese favor la Academia.

Ha dicho en una entrevista: “Monsieur Rousse era un hombre encantador, que he conocido mucho durante los últimos años de su vida, estaba lleno de espíritu y de gracia amable, y a la vez lleno de juventud, a pesar de sus noventa años. No ocultaré cuánto me honraría en hacer su elogio”.

Ha sido una peculiaridad, digamos, la de este nuevo académico lo tarde que comenzó su vida literaria: apareció su primer libro cuando ya tenía cuarenta años.


“Julie o La Nouvelle Heloise” fue el tema de la 6º conferencia de Jules Lemaître[14].

El interés del estudio analítico sobre Rousseau crece y el auditorio no decrece; nada de eso. Si la sala fuera cuatro veces mayor, siempre habría que oír en la puerta, no llegando con mucha anticipación: no hay ya asiento.

Jules Lemaître ha hecho con la “Julie” una obra de indagación y compulsación en verdad benedictina, examinando las cartas que se contienen en mil doscientas páginas, cotejándolas, comparándolas entre sí y poniendo de manifiesto las contradicciones del texto A con el texto B, las incoherencias, los rellenos ajenos al asunto, el abuso de ciertas palabras en ciertas situaciones, como “virtud” cuando la carne se abandona a todas sus solicitaciones frenéticas. En una palabra ha escrutado con conocimiento del corazón todos los pliegues y repliegues de nuestra pobre humanidad penetrando con un hilo maravilloso en el laberinto de una entidad tan complicada, neurasténica, como la de Rousseau.

Y como en otras ocasiones, fulminando las abominables doctrinas de una falsa moral empeñada en prevalecer contra el sentimiento y las creencias de la generalidad, ha exaltado, poniendo ejemplos, la prosa admirable, que es por momentos sublime, trastornadora de esta especie de Ruy Blas[15] de la literatura, en pensamiento y acción.

No es posible concretar esta conferencia –una de las más largas, ha durado hora y media– sin pecar de deficiente. Mientras el libro en que estará, libro que coronarán muchísimas ediciones, no aparezca, yo me permitiré, haciendo un esfuerzo literario en obsequio del indulgente lector, ensayar un resumen fugaz a manera de instantánea incompleta, medio desvanecida.

La “Julie” comenzó por ser un libro escrito “au jour le jour[16]”. Fue tomando después forma y acabó por ser metódico encerrando toda la psicología de Rousseau, con sus ideales no realizados y su eterna tesis que la civilización nos corrompe, lo cual no lo apartaba sin embargo de la gente de alcurnia. Agregaré que así como la carta sobre los “espectáculos teatrales” fue la que proveyó el vocabulario para las fiestas de la Revolución, de idéntica manera la “Julie” ha sido el constante surtidor de todo lo que después nos han servido inspirado por el romanticismo, o como dice al concluir el mismo Jules Lemaître (citando a “Indiana”, “Lilia”, “Jacques” como típicos) de todos los “sofismas románticos” y los sueños de orgullo.

Sí, “la Nouvelle Heloise” ha sido la madre Gigogne[17] de todo eso, directa o indirectamente, para que se vea hasta dónde puede hacer estragos este al parecer inocente instrumento, “la pluma”, al servicio de lo que llamaré para concluir los iluminados enfermizos del estilo.

Dicen nuestros criollos que un acto hace “roncha” y es lo que está pasando con estas conferencias. Los que no se convencen ni ante las demostraciones más palmarias están así organizando una manifestación pro-Rousseau. Probarán, según lo que arguyan, todo, menos que no hizo daño con sus teorías o doctrinas, lo que se quiera; y tampoco probarán que la vida no es pensamiento y acción; de donde fluye esta consecuencia: es bueno, es conveniente, es útil, es ejemplar saber cómo han vivido los apóstoles “soit disant”. Por eso Tolstoi, estemos o no de acuerdo con él, infunde respeto, –su existencia no es normal; pero es pura– ni abandona a sus hijos, ni vive del dinero de sus queridas.


  1. No hemos hallado aún información asociada a este nombre.
  2. Ídem.
  3. Luigi Luzzatti (Venecia, 1841-Roma, 1927), fue un político y economista italiano. Se desempeñó como presidente del Consejo (1910-11) y como Ministro de Hacienda varias veces. Fue uno de los primeros partidarios y defensores de la necesidad de una política social. Promovió el desarrollo de organismos económicos favorables a las clases bajas. Inspiró la política aduanera proteccionista y contribuyó a la recuperación de las finanzas. (Extractado de Enciclopedia Treccani: http://www.treccani.it/enciclopedia/luigi-luzzatti/. Para más información, consultar VIAF: http://viaf.org/viaf/4966483).
  4. Carlos Guido Spano (Buenos Aires, 1827–Buenos Aires, 1918), fue un poeta porteño cultor del romanticismo, autor de los poemarios Hojas al viento (1871) y Ecos lejanos (1895) y del libro en prosa Ráfagas (1879). (En VIAF: http://viaf.org/viaf/28390605).
  5. Gil Blas (en francés, L’Histoire de Gil Blas de Santillane; La Historia de Gil Blas de Santillana o Aventuras de Gil Blas de Santillana) es una novela picaresca francesa escrita del autor Alain-René Lesage, escrita entre 1715 y 1735. Don Bernardo de Gil Blazo fue, como aclara aquí Mansilla, el primer amo de los muchos que tuvo el pícaro Gil Blas.
  6. Marc Chevreuil fue un químico francés del S. XIX. Sus obras pueden consultarse en VIAF: http://viaf.org/viaf/101007578/#Chevreuil,_Marc).
  7. “Siempre encontrará comerciantes para venderlos y tontos para leerlos”.
  8. Emile Flourens (1841–1920) fue autor de las obras La France conquise: Edouard VII et Clémenceau (Paris: Garnier Hnos, 1906), La liberté de l’esprit humain: pourquoi l’Eglise de France triomphera de la persécution y Organisation judiciaire et administrative de la France et de la Belgique, 1814 à 1875. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/107155284781987061111).
  9. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.
  10. Ver nota al pie PB.19.01.06 o índice onomástico.
  11. “Un pájaro en mano vale dos en el monte”.
  12. Pierre de Ségur (París, 1853-París 1916) fue un escritor e historiador francés, nieto de la escritora rusa Condesa de Ségur. Fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1907. Entre sus obras, se cuentan: Le maréchal de Ségur (1895), La dernière des Condé (1899), Jeunesse du maréchal de Luxembourg (1900), Gens d’autre fois, (1903) y Parmi les cyprès et les lauriers (1912). (En VIAF: http://viaf.org/viaf/230839860).
  13. Aimé Joseph Edmond Rousse (París, 1817–París, 1906) fue un abogado francés, miembro de la Académie française desde 1880 hasta su muerte. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/39475149).
  14. Ver nota al pie PB.27.11.06 o índice onomástico.
  15. Ruy Blas es una obra de teatro de 1838, escrita por Victor Hugo, y una de las muchas del autor luego adaptada a ópera, en este caso, con música de Filippo Marchetti y libreto en italiano de Carlo d’Ormeville, estrenada en el teatro La Scala de Milán en 1869.
  16. “Día a día”.
  17. “Gigogne”, del francés, “madre de familia numerosa”.


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