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EL DIARIO

Miércoles 20 de Marzo de 1907

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, febrero 20.

 

Sócrates se encontró un día con Alcibíades y le dijo:

–Te preparas ¡oh! Alcibíades, a ir a la asamblea de los atenienses para comunicarles tus luces… Si en el momento de subir sobre la piedra de las Arengas que se alza en medio del Pryx yo te tomara de las manos diciéndote: Alcibíades, ¿sobre qué deliberan los atenienses para que tú te alces y manifiestes tu parecer? ¿No es cierto que sobre las cosas que tú sabes mejor que ellos? ¿Qué me contestarías?

A lo cual Alcibíades respondió sin duda alguna que “sobre las cosas que sé mejor que ellos”.

Bueno pues, pero, como yo no he hallado en mi camino ni la sombra de Alcibíades, hete aquí que voy a hablar a ustedes de algo que ignoro, bien entendido que no tomo el verbo ignorar en su acepción académica “no saber una o muchas cosas, o no tener noticia de ellas” sino en un sentido menos estricto.

Ustedes verán, y es el caso que vamos a departir (adivinen) nada menos que de aceitunas, con más propiedad, de olivos u olivares.

El causante es un pedacito impreso que corto de “El Imparcial[1]” de Madrid.

Dice como sigue:

“La riqueza olivarera (“olivarera” no está en el diccionario de la Academia, ni en otros, licencia se llama esta figura):

El olivo no da productos remuneradores más que en determinadas condiciones climatológicas bastante circunscritas, y por esa razón los países que disfrutan de ese privilegio natural deben atenderlo con especial cuidado, seguros de encontrar una riqueza que tiene competencia muy limitada. Italia, cuyos trabajos en ese sentido son muy metódicos, continúa su campaña protectora y recientemente se ha creado una comisión especial encargada de fomentar el cultivo del olivo y particularmente de estudiar los importantes extremos siguientes:

Proyecto de ley y reglamento para estimular el cultivo del olivo y la producción del aceite de oliva.

Estudio para la destrucción de los parásitos animales y vegetales.

Condiciones de los concursos que se establezcan para fomentar la producción del aceite de oliva.

No estaría de más que, copiando esos modelos, se hiciera en España algo parecido. La importancia de la riqueza olivarera bien merece que le dedique esa pequeña protección”.

Al leer esto pensé: no podemos negar los argentinos que somos descendientes de es- pañoles.

No lo digo lamentándolo. No, no. Al contrario. Tanto es así que en el banquete que el 14 de diciembre de 1906 se le dio aquí en París a Carlos Torcuato de Alvear, celebrando su nombramiento de intendente de “la gran capital del Sur”, yo dije (respondía al pedido “que hable Mansilla”, entre otras cosas, esta):

“No hay tal raza latina; hay pueblos, naciones que han vivido largos años bajo la dominación romana, nada más. Yo solo conozco una cultura greco-romana. Lo sabe monsieur Guilaine[2], redactor de “Le Temps[3]”, que ahí está; sabe que lo vengo sosteniendo mucho tiempo ha (la “Revue des Deux Mondes[4]” del lº de enero de 1907 sostiene mi misma tesis bajo la firma de Gaston Boissier[5]).

Y agregué, recordando al gran lírico don Alonso de Ercilla[6]:

“Me basta y me sobra, y lo siento con orgullo descender:

…de aquellos españoles esforzados

que a la cerviz de Arauco no domada

pusieron duro yugo por la espada”.


Vamos a las aceitunas, siendo las más ricas las aprensadas de Mendoza, que por acá no las hallo sino parecidas.

Pensando en lo que más arriba digo, recordé que en una carta a nuestro llorado amigo Gregorio Torres, carta que se publicó, hablábale yo del apetitoso fruto, fuente de riqueza inapreciable.

Iba de Nápoles a Brindisi para tomar aquí el vapor vía Grecia, Constantinopla.

Cruzaba una región triste, seca, árida, (al parecer en un sentido).

No veía sino olivos y olivos.

Trabé conversación con un pasajero:

–¿Por qué no siembran otra cosa aquí?; veo que el olivo crece.

–¡Eh! porque el olivo es único. No requiere cuidado, ni más trabajo que recoger las aceitunas. Es necesario. ¡Hay árbol de esos que da por año cincuenta liras de renta!

Comprendí. Lo que no comprendí es por qué en mi tierra los han destruido, para poner como en Mendoza viñas.

De esto le hablaba a don Goyo (era su apelativo popular, no habiendo otro hombre más chistoso ni más ocurrente que él; ¡y qué talento!).

Los españoles que introdujeron esa región de América el olivo conocían su valor.

Lo plantaron donde correspondía, siendo como eran observadores y prácticos, tanto que no hay en toda la América que fue española una sola ciudad que ellos ubicaran o fomentaran, que no esté hasta del punto de vista estratégico, contra los indios, donde la previsión aconsejaba.

Tengo que acortar para que esta en lugar de breve no resulte a la cambiada, y lo siento. El tema se presta a reflexiones graves, interesantes. Y responde o contradice una “platitude[7]”, repetida por el poder que tiene la necesidad para difundirse. Me refiero a esto: que los españoles no eran colonizadores; que lo son los ingleses. Veremos cuántos siglos les duran sus posesiones ultramarinas.

Sí, señores, planten ustedes olivo. La tierra de los alrededores de Buenos Aires es excelente, sus barrancas óptimas.

Cuando yo era muchacho (cierto que hace rato), había el hueco de los olivos, con árboles magníficos y el camino al cementerio del Norte –todo eso particularmente posesión de un inglés sobre la barranca desde las “cinco esquinas” hasta la gruta– estaba lleno de unos olivos soberbios como no los he visto en parte alguna. Los que bordan la “cote d’ azur” (todos ustedes, los que han ido a Monte Carlo, por su desgracia los han visto), son enanos comparados con los que dejo mentados.

Por supuesto que para el consumo local, agregado a los que lentamente venían de Mendoza, esas sus aceitunas bastaban.

¡Eh! Buenos Aires era entonces una tosca miniatura de lo que es hoy en día.

Los vendedores eran, como los de pasteles y de chicha algarroba, casi sin excepción “morenos”.

“¡Aceituna, una!” prevenían en alta voz; y los inolvidables pasteleros: “yora niño, ¡que no yora no mama!”.


¿Y cuál es, como decía Coquelín[8], “la Moralité?”

Se me alcanza que está en lo que el suelto reproducido del diario matritense ha de sugerir.


Los diarios ingleses publican largos extractos de un libro del general Kuropatkine[9] sobre la guerra ruso-japonesa[10]. El cuadro que pinta, y así se explica tantas derrotas, es este: indisciplina en la tropa, inobediencia en los superiores, falta de entusiasmo, carencia de organización sistemática. Acusa principalmente a los generales Binderling y Kaulbars. El libro ha sido confiscado en Rusia.

Lo que yo pienso no hace al caso. Reservo mi opinión. No me considero suficientemente documentado. ¡He oído y leído tanto en pro y en contra! No es pleito concluido sino legalmente. La conciencia universal no está hecha. ¿Se hará? Me estoy refiriendo a “l’affaire” Dreyfus[11], con motivo de un libro curioso que acaba de publicar un joven, que fue partidario de aquél y que ahora pretende entrar en la categoría de los que creen que de los arrepentidos se sirve Dios. Tiene por título “L’homme qui vient” (el hombre que viene) y por subtítulo: “filosofía de la autoridad”.

Su autor ha pasado por una crisis tamaño: comenzó siendo ateo y anarquista y ahora se inclina ante las dos potencias de orden madres de la civilización: la Fuerza y la Fe.

Esta conmoción moral proviene de dos corrientes encontradas: la lectura de Nietzsche y de Carlyle.

Es un libro que vale poco, 3 francos 50 céntimos, que podrá ser anodino para ciertas dolencias espirituales; pero que no puede dañar. Analizarlo sería cuento largo. La nomenclatura de los capítulos puede estimular la curiosidad.

El hombre del látigo, o el primer noble, o el primer capitalista, o el iniciador de la civilización. Cómo el hombre no puede salir de la bestia sino por la autoridad. Arriba de la aristocracia. César o el que hace el desorden con el orden. El socialismo, o la vuelta a la bestia. La demagogia o el falso conductor. Creadores de riquezas sociales. La parte del patrón y por qué debe haber una parte del patrón. La ruina por la repartición socialista. La falsa elevación del socialismo por la cultura. El carnaval intelectual o el disfraz de la fatiga, de la pereza, y de la incapacidad en ideas: El “Derecho” y la “Justicia”. La eterna aristocracia del hombre fuerte y las transformaciones de la fuerza. La guerra y las naciones. La guerra y los trabajadores. Lo que hace la fuerza del individuo o sea la “Fe”. La fe sobre la razón y la ciencia. El destino de la Iglesia… y otras cosas más o menos paradójicas, he ahí la serie de tesis y antítesis del señor Georges Valois[12].


Un escritor que es alguien, Ernest Judet[13], al juzgar este trabajo, que parece ser una conversión sincera, exclama: “Esto nos consuela de la deificación de Zola de la literatura estercolar en el Panteón o de la ostentación pornográfica de los papeles escandalosos”.


El más poeta quizá de los dramaturgos contemporáneos, Maurice Donnay[14], está ya coronado. Ha sido recibido académico por muchos votos. Los inmortales honran así un derivado de Heine, de Musset, de Shakespeare. Premian, al mismo tiempo, el valor de atacar de frente el anarquismo cosmopolita y ciertos fermentos de corrupción francesa. Pero la potísima razón del coronamiento hay que atribuirla al patriotismo, que frisa muy alto, si bien moderadamente en la Academia.


Es claro que ustedes no leen “The Times[15]” salvo raras excepciones. Yo no puedo decir está completo mi día intelectual si no lo he repasado. Este verdadero coloso de publicidad me sirve de “control” de los demás y me instruye como al mejor de los libros de lectura variada. Leo así en él una cita que es una definición de lo que conocemos por partido “tory”, cita motivada por la discusión crítica de un estudio de lord Rosebery[16] sobre lord Rodolfo Churchill[17] (estudio que no conozco).

Sir John Gorst[18], uno de los contrincantes, exponiendo los principios de la Democracia Tory, escribe: “es demócrata porque el bien del pueblo es su fin supremo; es Tory porque las instituciones del país son los medios que han de emplearse para alcanzar ese fin”.

“The Times”, comentando la definición, la completa de esta manera: “La diferencia entre Torismo y Liberalismo no estriba en su aptitud respecto de las cuestiones sobre el gobierno popular o bien del pueblo, sino en la concepción en conjunto de la política. La concepción liberal es abstracta e individualista; la concepción Tory es histórica y nacional; la una se basa en los “derechos del hombre” la otra en las “instituciones del país”.

Lord Rosebery no discurre así, habiendo declarado que el torismo es una “impostura”, por ende la polémica.


Siempre será una dificultad realizar “que mi derecho es tu deber; y mi deber tu derecho”.


En la competencia de la librería hay uno que, a no dudarlo, sale ganando: el público. Parece increíble, Olendorff está publicando a razón de un franco las obras de Maupassant, Ohnet[19], Theuriet[20] y otros. Y Calman Levy[21] ofrece a noventa y cinco céntimos una ediciónilustrada (!) de “Pecheur d’Island[22]” por Pierre Loti[23] y “Le crime de Sylvestre Bonnard[24]” por Anatole France[25]. Los que no lean, será pues por falta da tiempo o de afición.


De vez en cuando me llega con “The Standard” mi viejo amigo, el joven “Buenos Aires Herald[26]”. Con gusto los leo siempre. Me sirven de comparación o medida entre lo que piensa el criollo y el gringo antiguo, o moderno residente, y digo gringo empleando el mote en buena parte.

El último “Buenos Aires Herald” trae este parrafito:

“Some day possibly, the people will begin to ask themselves why they should be expected to know in fear and trembling to the fetish of Federation, which, set up by a tyrant, is eternally proving worthy of its parentage, if not a danger to modern Argentina, her aspirations, and essentially peaceful pursuits”.

La versión libre es esta: el día menos pensado hemos de comenzar a temblar ante el ídolo (fetiche) que se llama Federación y que implantada por un tirano está dando pruebas de su parentesco, siendo un peligro para las aspiraciones y propósitos pacíficos de la Argentina moderna.

En primer lugar, la Federación legal no fue obra de un tirano. Los hombres de todas las comuniones políticas, caído Rozas, y hombres de todas edades representando el pasado y el porvenir, fueron los autores de la Constitución de Mayo. El mal no está en la forma. Está en la materia. En los hombres. Cuestión de educación cívica. Obra lentísima. Y mucha parte de ese mal que es complejo se debe a ustedes los gringos, que no quieren nacionalizarse, como en Estados Unidos. Son la mitad. Pronto si la cosa sigue como va el crecimiento vegetativo del criollo no alcanzará a sacarles a ustedes la oreja. Al contrario. Ustedes no votan, pudiendo, ni en las elecciones municipales. Están así más a más maduras que a las duras. Sufran entonces ya que son espectadores de palco y de luneta, algo de los malos olores de lo que pasa entre bastidores. Pero no les metan miedo a los de afuera pintando perspectivas remotas de anarquía. Nuestra constitución puede reformarse. Yo en algo la alteraría, o la aclararía. Cambiar la forma no sería cambiar caballos a mitad del río, como dijo Lincoln. Sería renunciar a los beneficios indubitables de la experiencia, que son las lecciones del tiempo, dentro de la esfera de los usos y costumbres, el más antiguo de los legisladores según Beccaria.

Por eso sin constitución escrita, sin más organismo que los precedentes, tenemos que el pueblo inglés es uno de los mejor gobernados.

Larra, a quien ya no leemos, Larra, que cosas tan profundas escribió, decía:

“Y las costumbres no se varían en un día, desgraciadamente en un día, ni con un decreto y más desgraciadamente aun un pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no está arraigada en sus costumbres e identificada con ellas”.

Atribuir a la forma de gobierno lo que trae sus orígenes de otras fuentes es confundir la causa con el efecto. Vivir la verdadera libertad cuando, como el pueblo argentino desde 1810 hasta 1852, lo que se vivió fue la anarquía, no es tan fácil. Y yo sostengo que comparando lo que éramos en 1852 con lo que ahora somos, no es, relativamente hablando, nuestra obra inferior a las transformaciones europeas realizadas durante ese lapso de tiempo.

Y con este argumento defiendo en parte mi tesis contra la que sostiene que lo pasado no fue tan malo como se piensa. Pues si no fue tan malo ¿cómo se explica el cambio tan rápido que sobrevino, y que ha ido y va y seguirá, no lo dudo, en aumento de progreso y de legítimas reivindicaciones populares, con tropiezo pasajero acá y allá, está claro? Pero ¿cómo se explica? lo repito.

En sociología forma parte de la herencia colectiva la tradición, y es por eso que la ciencia del gobierno de los hombres consiste principalísimamente en escoger las semillas que estén dotadas de poder germinativo salubre. El alegato de la popularidad no es concluyente, ni aun admitiendo la universalidad de la aquiescencia, algo así como un milagro, por la sencilla razón de que siendo humano el error, lo mismo se extravía el individuo que la colectividad.

Salgo de la hondura en que me iba metiendo para seguir con Rousseau.


Con un tiempo de perros, lluvioso, frío, malsano –no hay casa donde no se halle gente “grippée[27]”– ha dado Jules Lemaître, teniendo sala archiplena, su 5º conferencia sobre Rousseau.

El tema era su célebre carta sobre los espectáculos teatrales” (contra).

Quedó la última vez Juan Jacobo desarticulado, maltrecho. Ahora lo hemos visto célula por célula, diré, analizado, evidenciadas sus contradicciones hasta en materia de fechas para que todo sea anacrónico en este personaje maléfico, que siendo autor dramático declama contra sí mismo.

Está en Montmorency, cerca de París, con las enfermedades que conocemos y otra nueva (en partes que no nombraré) con un humor agrio.

Pidiendo indulgencia para sus lucubraciones, a esas causas morbosas, una vez más Jules Lemaitre atribuye, en mucho, tanto y tanto divagar contra la sociedad. Y tanto pondera los goces de la naturaleza, que nunca dice en qué consisten concretamente. Y si entre renglones se acierta a descifrarla hay que apartar la vista del recuerdo de sus cinco hijos echados a la cuna, atribuyéndolo a las aberraciones de un alma, que no era mala; que no se creía peor que los demás hombres si hemos de estar a los primeros renglones de sus “Confesiones”.

Ahí, en Montmorency cultiva gente de pro, de lo más aristocrático, tiene nuevas aventuras de temperamento; y otra vez, como antes, disfrutando de sus favores por un lado y por otro la zarandea sin excluir a los protectores que facilitan la impresión de “Nueva Eloisa” y “El Emilio”.

En esta conferencia Jules Lemaitre ha usado un tono más oratorio y ha tenido momentos muy felices.

Señalaré la peroración y haré con ella punto final hasta la próxima, sin omitir empero, que dicha carta sobre los espectáculos teatrales tiene un significado especial: en ella se encierra todo el vocabulario revolucionario que emplearon los terroristas en sus fiestas.

“El excelente y virtuoso señor de Malesherbes, que tanto trabajo se ha tomado para hacer imprimir la “Julia” (Nueva Eloisa), termina diciendo Jules Lemaitre, será enviado al cadalso por unos malvados emborrachados con Juan Jacobo.

“En 1706, Amelia Boufflers, nieta de la marquesa de Lauzun (una de las protectoras apasionadas de Rousseau), tenía once años. Su figura, su dulzura, su timidez eran virginales.

Un día Juan Jacobo la halla sola en la escalera del pequeño castillo… No sabiendo qué decirle, le propuso un beso que la inocencia de su corazón no rehusó”.

Treinta y tres años después, la duquesa de Lauzun, la más pura, la más dulce entre las mujeres conocidas del siglo diez y ocho, era condenada a muerte por hombres que eran fervientes amigos de Rousseau.

“Si uno rememora rápidamente el encadenamiento misterioso y fatal de los efectos y de las causas, sería mera declamación el decir: Ese beso dado a la pequeña Amelia de Boufflers por Juan Jacobo –él mismo lo ignoraba– ¿era ya el beso de la guillotina?”.

¡Qué corolario! “¡Horrible, most horrible!”.

El señor E. M. de Vogüe[28], en “Le Figaro[29]” del 19, comentando las conferencias estas, dice al final de su artículo (con sorpresa de no pocos), y lo dice después de haber manifestado que “cuesta comprender la óptica de nuestros padres” en cuanto lo contemplaron a Voltaire superior a Rousseau.

He aquí en su misma lengua la cita:

“Pourtant, le monde issu de ce cerveau malade a vécu, il dure, tant bien que mal. On peut en regretter ou en rêver un autre; mais la création du pauvre fou n’a pas avorté, l’humanité s’y adapte et en tire de grandes choses. Approuver ou reprouver en bloc l’ouvre de Jean-Jacques, cela revient presque á dire que l’on accepte ou que l’on refuse les conditions de la vie dans le monde où nous la vivons. Je plains M. Jules Lemaitre, si son auditoire attend de lui –et je crois bien qu’il l’attend– un jugement sommaire et qualificatif sur une de ces énormes quantités qui dépassent notre pouvoir d’appréciation. Le cas de Jean-Jacques est un mystère, une de ces “troublantes” qui traversent la nuit de l’histoire pour confondre notre vaniteuse raison, pour contraindre cette impertinente au pénible et salutaire aveu de son infirmité devant le mystère”.

Una observación y concluyo, dejando a otros defender o atacar a “ultranza”, se usa en España, las teorías del “pobre loco” que no “han abortado”. Consiste en esto: si hay dos campos, ¿en cuál de ellos está el señor de Vogüe? No lo dice. Acepta “la fatalidad” del caso, del “factum” histórico como un “misterio”, y nada más. Sí, pero si en el misterio se han contenido aberraciones persistentes, yo prefiero la actitud de Jules Lemaître al gesto musulmán del que le tiene lástima (je plains… escribe el señor de Vogüe).


  1. El Imparcial fue un diario español de ideología liberal editado en Madrid entre 1867 y 1933. Fundado por Eduardo Gasset y Artime, fue uno de los primeros diarios de empresa, en contraposición a los diarios de partido. […]. Hacia 1890 se había convertido en uno de los principales diarios españoles y, según afirmaba la propia publicación, «se vendía hasta en las más pequeñas aldeas» y «en los quioscos de los boulevares de París, en Marsella, Burdeos, Niza, Roma, Nápoles, Londres y Buenos Aires».​ A comienzos del siglo XX tenía una tirada de 130.000 ejemplares. (Extractado de https://bit.ly/2GSSIgH).
  2. Guilaine Louis (1867-19??) fue un periodista francés especializado en asuntos de América Latina, autor de La République Argentine, physique et économique, Roosevelt et son opposition y Amérique latine et l’impérialisme américain. (Extractado de Worldcat: https://bit.ly/3hqPBJf).
  3. Ver nota al pie de PB.05.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  4. Ver nota al pie de PB.22.05.06 o índice de publicaciones periódicas.
  5. Gaston Boissier, (Nîmes, 1823-Viroflay, 1908) fue un filólogo, historiador, estudioso de la Antigüedad y escritor francés. Miembro de la Academia Francesa, se destacó por sus obras eruditas sobre la Antigüedad clásica. (Extractado de VIAF: https://bit.ly/2DRfPXT).
  6. Alonso de Ercilla y Zúñiga (Madrid, 1533-Toledo, 1594) fue un poeta y soldado español, conocido principalmente por ser el autor del poema épico de exaltación militar La Araucana, escrito tras haber pasado ocho años en Chile y otros países de Sudamérica, en expedición militar encomendada por Felipe II para combatir el levantamiento de los indios araucanos. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/32039055).
  7. “Llanura”.
  8. Benoît-Constant Coquelin, conocido como Coquelin (1841-1909) fue un actor y dramaturgo francés, autor de las obras L’Art et le comédien (1880), Molière et le misanthrope (1881), Les Comédiens (1882), entre otras. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/46810518).
  9. Ver nota al pie PB. 22.05.06 o índice onomástico.
  10. Ver nota al pie de PB.22.05.06 o índice de eventos históricos.
  11. Ver nota al pie PB.23.08.06 o índice de eventos históricos.
  12. Albert-Georges Gressent (pseudónimo: Georges Valois) (París, 1878–Bergen-Belsen, 1945), fue un político francés, fundador en 1925 de Le Faisceau, el primer partido fascista francés. Entre sus obras, se destacan: la que menciona aquí Mansilla, L’Homme qui vient, philosophie de l’autorité (1906), L’économie nouvelle (1919), La révolution nationale: philosophie de la victoire (1924). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/32105444).
  13. Ernest Judet (Avesnes-sur-Helpe, 1851–París, 1943) fue un periodista político de corte nacionalista francés. Director de 1892 a 1904 del periódico Le Petit Journal. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/9957874).
  14. Ver nota al pie 9 de PB.22.05.06 o índice onomástico.
  15. Ver nota al pie de PB.08.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  16. Archibald Philip Primrose, quinto conde de Rosebery, (1847-1929) fue un político británico, perteneciente al Partido Liberal del Reino Unido, primer ministro durante el periodo 1894-1895, también conocido como Archibald Primrose (1847–1851) y como Lord Dalmeny (1851–1868). Rosebery fue un liberal imperialista, por lo que favoreció una fuerte defensa nacional y política imperialista en el extranjero, y reformas sociales en el interior, aun siendo un firme opositor al socialismo. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/4938429).
  17. Lord Randolph Henry Spencer-Churchill (Londres, 1849–Londres, 1895) fue un político británico, padre del Primer Ministro, Winston Churchill, que publicó en 1906 su biografía, Lord Randolph Churchill. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/100295727).
  18. Sir John Eldon Gorst (1835 – 1916) fue un político y abogado británico, nombrado Solicitor General for England and Wales entre 1885 y 1886 and y Vice-Presidente del Comité de Educación entre 1895 y 1902.
  19. Georges Ohnet (París, 1848-1918) fue un novelista francés de gran éxito en la segunda mitad del siglo XIX, el más vendido de su época, por encima de Émile Zola y Daudet. Entre sus obras, se cuentan: «Les dames de Croix-Mort» (1886), «Le Docteur Rameau» (1889), «Au Fond du Gouffre» (1899). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/66497284).
  20. Claude Adhémar André Theuriet (Marly-le-Roi, 1833 – Bourg-la-Reine, 1907) fue un poeta y novelista francés, miembro de la Academia Francesa y asíduo colaborador de la Revue des Deux Mondes. Autor, entre otras obras, de: Reine des bois (1890), Villa tranquille (1899) y Le manuscrit du chanoine (1902). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/14777319).
  21. Tanto Olendorff como Calman Levy fueron editores y libreros parisinos.
  22. Loti, Pierre. Pecheur d’Island. Paris: Calman Levy, 1886.
  23. Julien Viaud, conocido como Pierre Loti, (Rochefort, 1850-Pirineos Atlánticos, 1923) fue un escritor francés y oficial de la Marina Francesa, autor de novelas de estilo impresionista, miembro de la Academia Goncourt desde 1883 y de la Academia Francesa a partir de 1891. Autor de una obra prolífica, entre muchas otras obras, escribió: Pêcheur d’Islande (1886), Madame Chrysanthème (1887), L’Inde sans les Anglais (1903)
    Vers Ispahan (1904), La Troisième Jeunesse de Madame Prune (1905), Les Désenchantées (1906). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/89440078).
  24. France, Anatole. Le crime de Sylvestre Bonnard. Paris: Calman Levy, 1881.
  25. Ver nota al pie de PB.18.05.06 o índice onomástico.
  26. Periódico en lengua inglesa publicado en Buenos Aires entre 1876 y 2017.
  27. “Engripada”.
  28. Ver nota al pie de PB.27.03.06 o índice onomástico.
  29. Ver nota al pie de PB.16.03.06 o índice de publicaciones periódicas.


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