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12-2210t

EL DIARIO

Miércoles 13 de Febrero de 1907

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, enero 12.

 

Hay cartas que no tienen suerte. No nos llegan sino tarde; a veces después de haber dado dos o tres vueltas alrededor del mundo.

Otras no llegan nunca a su destino, se pierden, o se traspapelan; vamos, con sus evoluciones se puede componer una odisea.

Y el asunto de que trataban viene uno a conocerlo en ciertas ocasiones por casualidad, siendo una de las primeras consecuencias de tanto pasar por las estafetas mundiales, o de haberse traspapelado, que los más puntuales o corteses pasan por retardatarios o descorteses.

Añadiré (debe haberle sucedido a no pocos lectores), que dejando el acuse de recibo para mañana, el tal mañana es el de Larra[1]. Con este aditamento, que la única lengua en que exclamación ¡mañana! significa ¡nunca! es nuestro riquísimo idioma castellano.

Me hallo en uno de los casos anotados. Tengo, pues, que pedirle disculpas al remitente, y se las pido como se ve públicamente.

Es un hombre de notable saber que, por consiguiente, ha de saber también ser indulgente.

Dicho esto, oiga el señor don Clemente Ricci[2], colaborador de “La Reforma”, que es con quien hablo: he leído sus Prolegómenos a la “Historia de Europa”[3].

Son una promesa de tal aliento que no son fuerzas intelectuales las que han de faltarle, me parece, para dar cima con éxito a una empresa de tanta magnitud.

La historia de Europa no está escrita.

Lo está la de la mayor parte de las naciones civilizadas.

Nadie todavía, ni Macaulay[4], ni Mommsem[5], ni Guizot[6], ni Buckle[7] por más que hayan calificado sus libros de “historia de la civilización… etc., etc.”, ha definido qué debemos entender por “civilización”, mejor dicho, qué es civilización en absoluto.

Las dificultades que seguramente hallará el señor Ricci en el vastísimo camino, ya las halló Emerson, no son fáciles de asenderear. El mismo Menéndez Pelayo, un portento, no lo ha conseguido. Veremos entonces.

Yo espero la obra con curiosidad, tanto más cuanto que el señor Ricci, siendo argentino, si pone su pica en Flandes, ¡qué honor para nuestras bellas letras!

A juzgar por la amplitud inicial de los prolegómenos, mucho espero del esfuerzo atrevido del señor Ricci; pero ante algunas de sus preferencias y de sus afirmaciones mucho me temo que lleguemos a disentir en algo fundamental.

Por ejemplo, dice él en la página 3107 de la Revista textualmente, sin cambiar una letra líquida:

“Y es así como en el carácter español se concilian las cualidades y las determinaciones más antagónicas. Es el pueblo más levantisco y más bravío de Europa, y está de rodillas ante la más ridícula y campanuda monarquía del continente. Solamente él es capaz de batirse a muerte en las guerras carlistas al grito de: ¡Viva la Religión, me c… en D…! O, peleando por Fernando VII en 1824, lanzar el grito de: “¡Viva el rey absoluto y muera la nación!”.

¡Oh! no, y no me detendré en mayores reflexiones, citando solo como protesta estos versos del bardo byroniano español:

“Helos allí junto a la mar bravía.

Cadáveres están, ¡ay! los que fueron

Honra del libre, y con su muerte dieron

Almas al cielo, a España nombradía”.

Y como Torrijos y sus compañeros, ¡cuántos mártires de la libertad no cuenta España!

Me duele, en verdad, que el señor Ricci padezca de la enfermedad de caerle a España con poco miramiento; enfermedad parecida a la otra, “la pérfida Albión”.

En cuanto a ese me c… en D… es una blasfemia que conozco en varias lenguas: y es un argumento que aunque fuera concluyente mejor habría sido haberlo dejado en la borra del fondo del tintero.

Es posible que lo que va a decir parezca algo más que paradójico; pero sin esa España, que es tal cual se la pinta, esta parte oriental de Europa sería musulmana, una provincia del gran turco; otra en una palabra, la faz de la Europa de lo que antes se llamaba la cristiandad.

No sé si el señor Ricci seguirá a Taine[8] en su manera de ver los hechos históricos.

Si lo siguiere, si como él llegase a dominar todas las perspectivas no en bloque sino en detalle, hemos de ver en su historia algún tribunal de salud pública más terrible que la inquisición.

Y además de ver también una España mejor pintada que la de 1824, una España que no se parecerá en nada a la del diletantismo neo-científico de los que se han empachado con el dicho “el África comienza en los Pirineos” sino una España, en fin, que ya antes, mucho antes de Cervantes, y del mismo don Alfonso el Sabio, clamaba que algo había de podrido en el reino de Dinamarca; que el pueblo tenía derechos y los de arriba deberes.


Mi amigo Georges Brandes[9] es quizá el más vivaz de los críticos del día. Pocos, rarísimos como él, pueden decir que han conocido a Bjornson[10], a Taine, a Renan[11], a Stuart Mill[12], aunque no tanto como para afirmar “les conocí bien”. Oponiéndose a ello la diferencia de edades.

Su predilección ha sido Stuart Mill, al que coloca muy alto.

Acabo de poner “vivaz” y conviene completar el adjetivo agregándole “vivo” porque real y efectivamente no se tiene mejor salud a su edad.

Así, daba gusto verlo y oírlo, la última vez que corrimos juntos en Berlín (ustedes saben que Brandes tiene un flaco por mí y que de cuando en cuando me dedica una página).

Se comprende entonces la aparición de un nuevo libro suyo, “Recuerdos de mi infancia y juventud”, el cual es una especie de autobiografía, con este rasgo prominente (en medio de infinidad de anécdotas) a poner en evidencia que su vida ha sido un poema.

Van ya 300 páginas, el niño no es todavía hombre en la acepción del crecimiento total y ya comienzan las espinas y los abrojos de la senda a hincarlo y molestarlo.

Recomendar este libro está de más. Aparece en inglés. No tardarán en traducirlo al francés. De suerte que con unos cuantos renglones agregados a lo dicho, remato el parágrafo. Brandes como crítico (no siempre estoy de acuerdo con él) tiene esta fisonomía: para él la historia de la literatura (de una literatura cualquiera), es la historia de una revolución, tendiendo principalmente a la emancipación de la mente humana, sobre todo a libertarla de toda autoridad teológica (no es mi amigo un creyente). Yo le observo que a fuerza de querer emanciparnos y libertarnos de todo, acabaremos por ser los esclavos de nuestra libertad, la cosa más difícil de emplear como Dios manda.


La mujer perdona con más facilidad la infidelidad del hombre que el engaño, y el hombre olvida con menos dificultad el engaño que la infidelidad de la mujer.


Son las mujeres las que, como regla general, le dan crédito a un periódico, es la opinión de sir John Leng[13], muy experto escritor, el cual aconseja no comenzar nunca un artículo editorial con la palabra “The” (es decir, la, lo), porque dicha partícula, en su concepto, tiene un efecto destructor.


Un hombre de buen gusto en arte es siempre un hombre de buen juicio en otros respectos.


La novedad literaria en perspectiva es el curso en diez lecciones, que Jules Lemaitre[14] nos ofrece, sobre Juan Jacobo Rousseau[15].

He aquí el orden de dichas lecciones:

1º sección: Los seis primeros libros de Las Confesiones.

2º sección: Rousseau en París-Teresa.

3º sección: Discurso sobre las ciencias y las artes. La reforma moral de Rousseau.

4º sección: Discurso sobre la desigualdad. Rousseau en el Ermitage.

5º sección: Carta sobre los espectáculos. Rousseau en Montmorency.

6º sección: La Nueva Eloísa.

7º sección: El Emilio.

8º sección: El Contrato Social. La profesión de fe del vicario Saboyardo.

9º sección: Rousseau en Suiza. Carta al arzobispo de París. Cartas de la montaña. Los últimos años.

10º sección: Los fantaseos (reveries). Resumen. Conclusión.

Tratándose de Rousseau el espíritu humano está dividido en la idea que se contiene en este dístico:

Il m’a pait trop de bien pour en dire du mal.

Il m’a pait trop de mal pour en dire du bien.

Se comprende, y ustedes lo comprenderán perfectamente, que al saber la noticia de que Jules Lemaitre iba a hablar en público de Rousseau nos preguntamos un tanto inquietos (me refiero a los que estimamos en mucho a Lemaitre): ¿“dirá bien” o “dirá mal” de su hombre?

Los que creemos que Taine tenía razón en el juicio que hacía de Rousseau, conversando con un estudiante de Oxford, pensábamos: si Lemaitre se propone explicar (lo necesita) y justificar (ardua empresa) a Rousseau el momento es mal elegido.

La incertidumbre en que estábamos pasó.

Jules Lemaitre ha hablado anticipando su sentir.

Antes de reducirlo al menor número posible de palabras, diré lo que pensaba Taine de Rousseau.

El diálogo es con un estudiante, real o supuesto de Oxford.

–¿Qué tienen ustedes los ingleses que sea original?

–Stuart Mill.

–¿Qué es Stuart Mill?

–Un publicista; su libro sobre “Su libertad” es tan bueno cuanto es malo el “Contrato Social” de Rousseau.

–¿Cómo así?

–Porque Mill afirma fuertemente la independencia del individuo en tanto que Rousseau lo que afirma es el “despotismo del estado” (todo lo contrario de lo que son los principios fundamentales del gobierno político argentino).

Ahora vamos a Jules Lemaitre, cuyas conferencias empezarán el 16 del corriente.

Repasado por Eugene Tardieu ha afirmado categóricamente que Rousseau “ha penetrado de tal manera las almas que las ha pervertido. Es el padre de muchos errores que me propongo explicar”.

–¿Entonces Vd. tomará por guía “Las Confesiones”?

–Sí, pero insertando cada obra en su lugar, en su hora, mostrando bajo qué influencia fue escrita; porque en verdad, Rousseau se me presenta como un extraño fenómeno, y la rareza (“bizarrerie”) de su carácter desconcierta tanto cuanto fue perturbadora la influencia enorme que ejerció en todos los espíritus y que aun ejerce en todas partes…

–¿Y acepta Vd. “Las Confesiones” como una obra sincera?

–Sinceras, sí, lo son; pero verídicas no siempre; hay en ellas no pocas contradicciones…

Con lo anotado ya tienen ustedes algo así como “un avant-gont” de lo que debemos esperar del talento sutil de este egregio crítico, que al fin se decide a salir del terreno del arte para entrar de lleno en el de la filosofía.

En el curso del reportaje ha dicho Lemaitre:

“Fue un vagamundo, una especie de excomulgado (déclassé), pero tan poderosamente penetrado de sí mismo!… Sí, en verdad, es el padre del individualismo, y con esto enfermo, tocado, su estado morboso parece constitutivo de su genio…

Los tendré a ustedes al corriente. Estoy tan ganoso cuanto impaciente de ver cómo se ingenia el investigador de una mentalidad tan anormal cual de Rousseau, para probar que fue el padre del individualismo”.

Hay que esperar. Por lo pronto ya sabemos que Lemaitre halla que la “Nueva Eloísa” es pesada y “El Emilio” de lo más fastidioso, confesando lo que a no pocos les habrá sucedido: que no ha podido leerlos sino cual cansado caminante, (él usa otra metáfora) que a cada paso necesita detenerse para tomar aliento, pensando Dios me dé paciencia ante tanta contradicción y riqueza fraseológica.


Así como “El gastrónomo sin dinero”[16] de la ya olvidada petipieza (sic), tan divertida, decía, “caminamos de sorpresa en sorpresa”; así, sin mucho exagerar las cosas de la hora presente se puede hacer esta afirmación: ya, en Francia, no se cuentan las aberraciones públicas. ¿A qué enumerarlas? Sin pasión puede decirse y hacerlo constar como un hecho: que la vida moral del país no se ha fortificado ni elevado desde el día en que el Estado comenzó su obra contraproducente, de saturación irreligiosa. No se cuentan como los votos de un escrutinio; pero si la inmensa mayoría del pueblo francés no es católica, no me explico el fenómeno de las iglesias cada vez más llenas de fieles, esperando, no que se atrevan a cerrarlas del todo sino que la fuerza brutal acabe por transigir con la fe cristiana que, en resumidas cuentas, solo exige ya que la dejen ejercer todos sus derechos, en la libertad, y que los despojos sigan declinando siquiera por cansancio de la persecución, cuyos efectos sociales visibles y tangibles son, por más que en contrario se diga por los sectarios de la actualidad, un malestar intenso, rayano de la anarquía (¡y en qué momentos de incertidumbre internacional!).

Las manifestaciones socialistas y católicas, explotando aquellas el anticlericalismo y estos apoyando su credo, han sido una decepción para los enemigos de la Iglesia; y el buen sentido italiano, que algo tiene del espíritu práctico inglés, se ha pronunciado en esta forma y modo: “el anticlericalismo francés no es un artículo de exportación”; nosotros no expulsamos monjas, ni frailes, ni cerramos iglesias, convirtiéndolas en “music hall”, sin siquiera sacarles la cruz, persuadidos de que los males sociales no obedecen a una causa única, sino a varias, todas ellas complejas.

Con que así “messieurs les anticléricaux français[17]” arreglen ustedes sus negocios en Francia y déjennos a nosotros los italianos tranquilos con nuestra conciencia cristiana, que nos ha hecho lo que somos y con la que no vamos tan mal.


Acaba de leer este dato: hay en Alemania 4997 periódicos repartidos así: 2924 son radicales y demócratas y 80 socialistas.

De los 1903 remanentes, 415 no tienen partido, pero como cuestión de hecho son radicales, mientras que 268 no tienen credo. A esto hay que adicionar 420 así llamados “oficiales”, que son los que viven de lo que en tiempo de Bismarck se llamó “el fondo de los reptiles”. El remanente inclusive nacionales liberales 250, se reparte en 230 conservadores, 229 católicos, 36 conservadores libres, 38 antisemitas, 78 polacos y dinamarqueses y 2 güelfos. La circulación de solo los que pueden ser calificados de radicales en sus tendencias alcanza a 4.000.000 de ejemplares (cuatro millones).

Estos números se prestan a muchas reflexiones, refiriéndose a estado de forma de gobierno imperial confederado.


El cardenal Gibbons[18], arzobispo de Baltimore, en una interview, ha dicho días pasados entre otras cosas esta, que es aplicable a no pocos: “El público americano no comprende la crisis religiosa actual en Francia”.

Yo soy viejo ya y creo conocer a mis conciudadanos. Aman la franqueza, honradez, la verdad. Quieren ellos que los negocios se traten de hombre a hombre con lealtad.

Y sin embargo, mientras Francia obra con injusticia y crueldad respecto de sus más nobles ciudadanos, la América, que se apresura a darle su simpatía a los oprimidos de todos los países, no ha hecho oír su voz, ninguna protesta contra los opresores, ni pronunciado una sola palabra de benevolencia para sus víctimas.

“No se le ha dado al americano una explicación honrada y clara de las cosas de Francia. Nuestra prensa no ha sido generalmente sino el eco de los diarios anticatólicos de París.

De este lado del Atlántico, muchos tienen una idea falsa o incompleta del anticlericalismo francés. Miran a los “leaders” de ese partido como hombres ilustrados de Estado, que solo buscan el preservar a la república de los ataques de un clero agresivo.

“Lo admito solo hasta cierto punto: hay en Francia, entre los anticlericales, partidarios sinceros y honrados del gobierno republicano; pero la mayor parte de ellos tienen menos amor verdadero por la república que odio de la religión.

Peso mis palabras y lo digo con una convicción muy arraigada, muy deliberada, que los jefes actuales del gobierno francés solo se inspiran en estos motivos: odio de la Fe”.

(Yo, observando de cerca pienso: dice bien el cardenal Gibbons).

Siguiendo en este orden de ideas, unas plumadas más antes de decirles a ustedes “hasta otra vez”.

El Papa debe ser considerado (como él se considera) como el guardián espiritual de la iglesia, y no como el tutor encargado de dirigirla en la busca de recursos temporales.

La organización económica del culto no es de la competencia de la Santa Sede, sino en ciertos y determinados casos, verbigracia, cuando se le pide al Papa que intervenga solicitado por un gobierno solícito de asegurarle a su país la paz religiosa (así aconteció al principio del siglo pasado con motivo de las cosas de Francia). Fuera de esta eventualidad su papel, su acción se limita a iluminar el camino y a evitar las trampas que los enemigos de la iglesia se ponen en su marcha, manteniendo así en toda su integridad, su constitución y su autoridad.

No hay más, no hay menos, aunque sí desde el 18 de diciembre de 1907 ya no se oyen campanas en Francia. Está prohibido todo lo que sea tañer o hacer sonar el cóncavo metal religioso.

François de Nion[19], mi excelente amigo y estimadísimo escritor, exclama ayer en “Le Gaulois[20]”: “Las campanas han enmudecido como en los tiempos en que los cristianos lloran la muerte de Cristo. Si nuestros hijos nos preguntan, en Pascuas, qué se han hecho, tendremos que decirles que pronto volverán de Roma”.


  1. “Vuelva usted mañana” es un célebre artículo de costumbres del escritor español Mariano José de Larra. Entre muchas otras recopilaciones y reediciones, puede hallarse en: Larra, José Mariano de. Vuelva usted mañana y otros artículos de costumbres. Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1874, 2ª edición.
  2. El historiador y filósofo italiano Clemente Ricci nació en Pavía en 1873. Se radicó en la Argentina en 1893. Cursó estudios de filología clásica y fue profesor de Historia de las Religiones -cátedra que él mismo creó- en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y también de Historia de Grecia, Roma y la Edad Media. También fue decano de esta facultad. Presidió el diario “La patria degli italiani” y fue miembro cofundador de la Academia Argentina de Letras. Entre sus obras cabe destacar “La significación histórica del cristianismo” (1909), “Un puritano argentino, Francisco Ramos Mexía” (1913) y “El clero argentino de 1810 a 1939”. En la “Historia de los italianos en Argentina”, señala Fernando Devoto que “Ricci, antiguo alumno de del Instituto Histórico dirigido por Cesare Cantú en Milán, desarrollaría una vasta carrera docente y de investigación, en especial, en el campo de la historia antigua y medieval, en el Instituto Nacional Superior del Profesorado y, sobre todo, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde sería el impulsor de la investigación filológica aplicada a la historia universal”. [Enciclopedia de la Argentina, 2002, p. 1169].
  3. Ricci, Clemente. Historia de Europa. Buenos Aires: Kidd, 1909.
  4. Ver nota al pie de PB.18.12.06. o índice onomástico.
  5. Ver nota al pie de PB.18.12.06 o índice onomástico.
  6. Ver nota al pie de PB.06.12.06 o índice onomástico.
  7. Creemos que se refiere al historiador inglés Henry Thomas Buckle (Londres, 1821–Damasco, Siria, 1862), autor de la obra inacabada Historia de la Civilización en Inglaterra.
  8. Ver nota al pie de PB.16.03.06 o índice onomástico.
  9. Ver nota al pie PB.16.03.06 o índice onomástico.
  10. Creemos que se refiere a Bjørnstjerne Martinus Bjørnson (Kvikne, 1832-París, 1910), un escritor noruego que recibió el premio Nobel de Literatura en 1903.​ Bjørnson también es célebre por la letra al Himno Nacional noruego, “Ja, vi elsker dette landet”. (Para más datos, ver VIAF: http://viaf.org/viaf/295290572).
  11. Ver nota al pie PB.06.03.06 o índice onomástico.
  12. John Stuart Mill (Londres, 1806–Aviñón, Francia; 1873) fue un célebre filósofo, político y economista inglés de origen escocés, representante de la escuela económica clásica y teórico del utilitarismo, planteamiento ético propuesto por su maestro Jeremy Bentham. Miembro del Partido Liberal, Mill fue un defensor de la libertad individual en oposición al control estatal y social ilimitado, como también defendió la investigación de la metodología científica, y el sufragio femenino. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/100189299).
  13. Sir John Leng (1828–1906) fue un político liberal escocés con una intensa actividad periodística en la prensa liberal. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/103047196).
  14. Ver nota al pie PB.27.11.06 o índice onomástico.
  15. Lemaitre, Jules. Jean-Jacques Rousseau. Paris: Calmann-Lévy, 1907.
  16. Vega, Ventura de la. El gastrónomo sin dinero o Un día en Vista Alegre: comedia en un acto. Madrid: Imprenta de Repullés, 1836.
  17. “Señores anticlericales franceses”.
  18. James Gibbons (Baltimore, 1834–Baltimore, 1921) fue un cardenal y arzobispo estadounidense de la Iglesia católica. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/68922932).
  19. François de Nion fue un novelista y dramaturgo francés (Hauts de France, 1856 – Paris, 1923), autor de ocho piezas teatrales y de unas treinta novelas, entre ellas: La Belle au bois dormait… (1908), La Dépêche de Mars (1909), L’Étrange maîtresse (1910), Pendant la guerre (1915), L’Amour défendu (1918). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/19704172).
  20. Le Gaulois fue un diario francés publicado en París entre 1868 y 1929. Fundado en por Edmond Tarbé y Henri de Pène, a partir de 1882, fue dirigido por Arthur Meyer. Se fusionó con Le Figaro en 1929. De tendencia conservadora, monárquica, antisemita y xenófoba,​ fue el diario preferido por la nobleza y alta sociedad francesa. Nunca tuvo una circulación muy alta: por ejemplo, en 1910, se vendieron 30 000 ejemplares al día, frente a los 37 000 de Le Figaro, los 1 400 000 ejemplares diarios de Le Petit Parisien o los 835 000 de Le Petit Journal. (Extractado de: https://bit.ly/35sq0xx).


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