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EL DIARIO

Miércoles 20 de Febrero de 1907

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, enero 17.

 

Paul Deroulede[1], que es uno de los tipos más simpáticos de Francia, va a publicar sus “Recuerdos[2]”.

Como ustedes saben, todo puede discutirse en él, contemplándolo bajo el ángulo de sus opiniones y convicciones políticas y religiosas.

Lo que nadie pone en duda es su sinceridad, su abnegación.

Habrá pues que creerle. Dice en el “Avant-Propos” o prefacio: “Este primer volumen de mis recuerdos refiere mi vida de soldado desde la declaración de guerra hasta mi cautiverio en Alemania. Lo he extraído de mis cuadernos de memorias redactadas durante el destierro; he revisado, releído y vuelto a escribir, en parte, todas las páginas, a fin de que ningún buen francés pueda hallar en ellas la más mínima cosa que hiera de frente sus sentimientos y sus creencias” (Deroulede es republicano y católico).

Por eso agrega: “No quiere esto decir que me haya esforzado en ocultar mis opiniones republicanas, ni en velar mis convicciones religiosas: mi esfuerzo ha tendido a hablar de todo y de todos sin otro propósito deliberado que una celosa parcialidad por la patria”.

Por último nos hace esta confidencia (que le dará más color y sabor a sus Recuerdos): “Quizá habría sido mejor hacer desaparecer del croquis de las batallas toda silueta femenina, pero ¿de qué me habría servido negar que mi corazón no ha siempre palpitado por la patria solamente? (Es una página esta que por lo menos está escrita en los recuerdos de todo el que ha sido soldado de profesión o de ocasión, ¿no es cierto, milicianos y veteranos de Pavón[3] y de Curupaytí?).


Les hablé á ustedes en una de mis páginas de hace poco, de Tolstoi y su juicio sobre Shakespeare.

Vuelvo sobre ello siempre fiel a mi plan, la brevedad casi telegráfica, y lo hago con cierta ufanía literaria porque resulto en la mejor compañía de críticos, que no opinan como el escritor ruso, el cual acabará por afianzar su fama de excéntrico.

El rumor que corre es que prepara un libro de corto aliento, libro en el que renovará sus rudas críticas sobre el gran dramaturgo inglés.

Con tal motivo han empezado a circular lo que llamaré opiniones “avant la lettre”.

Emile Faget[4] (con el que no siempre he adjetivado, lo recordarán ustedes), dice: “… yo no tengo la superstición shakespearina, pero cuando Tolstoi asegura que Shakespeare es fastidioso y que sus caracteres son indeterminados, yo no veo ahí sino una prueba de la perfecta incomprensión crítica de que Tolstoi, testigo “Qué es el arte”, está atacado. Tampoco tengo la superstición tolstoiana”.

Siguen otros juicios por el estilo más o menos concordantes entre sí como el de Jules Lemaître[5], muy breve, que habla así: Evidentemente Tolstoi le concede demasiado poco a Shakespeare, puesto que no le concede absolutamente nada.

Jean Chantavoine[6] recuerda las repugnancias elegantes del senador Pococurante[7] y del mismo “des Essentes”, después de las diatribas de Barbey d´Aurevilly[8] contra Goethe, y a ellas, a esas repugnancias compara las de Tolstoi.

Y que no se me pase por alto el agregar, en conclusión, que Jules Lemaître confesando que no sabe inglés, que solo conoce a Shakespeare traducido, observa (es un exceso de probidad literaria): pongan ustedes que no he dicho nada y excusen ustedes la insignificancia de mi respuesta.


Números que espantan, al parecer inverosímiles, que la antigüedad no conoció, son los del presupuesto ruso para 1907.

Gastos ordinarios £ 200.000.000. Gastos extraordinarios £ 29.860.000.

Es decir, más de la contribución de guerra que pagó Francia el 70.


No es edificante el espectáculo de lo que está pasando en este bello país de Francia. Y cómo dejar de hablar de ello, cuando uno vive en él hasta que Dios otra cosa disponga.

A cualquier lado donde tiendo la vista lo que hallo es cansancio; la democracia se fatiga o se irrita; su confianza sólo recibe golpes como para desanimarlo.

Ha dejado por supuesto de creer en la eficacia del régimen parlamentario (si es que lo ha practicado como es debido), y la concepción “republicana” es tan distinta aquí de lo que es ahí, que uno se pregunta: ¿durará todavía esto mucho como va?

La verdad es que sería menester hacer un gran esfuerzo de lealtad, decíame días pasados un amigo, para devolverle a esta Constitución caduca, a este régimen gastado, el crédito que se le escapa.

Es este, en efecto, algo así como un mundo envejecido antes de tiempo y que se desploma en medio de la indiferencia y del desprecio.

Se siente, como se oye un ruido sordo, lejano, que está a la merced de un ataque audaz. ¿Vendrá de arriba o de abajo? Me inclino a creer que sí, y se me figura, o soy un pobre observador, que todo, todo lo prepara, porque casi todo lo absuelve de antemano excusándolo.

La historia tiene el flujo y reflujo del océano. Y el poder de las olas barre con una sola marea los detritus acumulados sobre la costa.

Hay otro síntoma social de estas crisis como catástrofes: el descreimiento, la moral laxa de los que mueven las masas populares activas –y digo activas porque hay otras masas que solo estallan cuando la opresión administrativa, o sea la tiranía de los impuestos, ha llegado al colmo (por ahí va esto)–.

Es así mismo indicativo concomitante con el síntoma apuntado y otros que entran en el orden del sensualismo, el lenguaje de la prensa diaria (el teatro en general es como para ruborizar hasta una muñeca de peluquería).

Ese lenguaje es, ya lo hice notar, inaudito entre nosotros, y se traduce, tomo al azar un ejemplo, como sigue: ¿Cuál de los autores o cómplices de estas medidas canallas pasa un solo día sin sorprenderse de que lo aguantemos?

Deben todos despreciarnos porque no les devolvemos golpe por golpe; y deben todos ellos decirse “puesto que se inclinan sigamos cargándoles la mano, sigamos “robando”… pero he ahí un preámbulo un poco largo, con precauciones cuasi clásicas para llamarle a un gato gato y a Clemenceau[9] un “bribón”… y qué otro nombre darle al hombre que cotidianamente nos ultraja, nos desafía y nos despoja…”.

Desde luego que este escrito no es anónimo, nada de eso, y que si Clemenceau piensa que solo merece la respuesta del menosprecio, el hecho es que no son pocos los que con él y otros por el estilo comulgan.

En verdad y quiera uno que no quiera ver sin penetrar hasta el fondo de las cosas, el hecho es que hay algo que subleva, no digo la conciencia religiosa, no, la conciencia del tranquilo observador que con nadie se mete; y ese algo, una parte de él al menos, son las expulsiones brutales (fijando plazos perentorios de tres días para salir del territorio), de las “Hermanas de la Asunción” a que he asistido, sin querer el otro día.

Arraigadas en París desde su antigua fundación y gozando como gozaban de verdadero prestigio por la enseñanza que daban, el espectáculo partía el alma: lloraban las que se iban, lloraban las que se quedaban, lloraban, en fin, las que las acompañaban, al desprenderse de sus padres.

Muchas familias han preferido confiarles a las hermanas por algún tiempo más sus hijas hasta que terminen sus estudios.

Por fortuna es al lado de Francia, en Bélgica, a pocas horas de París, donde han hallado noble y generosa hospitalidad cristiana.


Me molesta ocuparme en esto. Lo hago no pudiendo sustraerme al placer de platicar de todo un poco con ustedes (“á bâtons rompus[10]”).

Por consiguiente una palabra más sobre tan mortificante tema y para ilustrar a mis lectores, que no considero sabios, únicamente.

Es esta: la relaciono con la última Encíclica del papa[11], y observo, creyendo que el jefe de la iglesia católica está en lo justo: cuando se legisla en materia religiosa la cuestión no es saber si la ley proyectada está bien o mal concebida, si está conforme o no con los principios ordinarios del derecho, sino sencillamente si las prácticas religiosas serán estorbadas o facilitadas por las disposiciones legislativas.

Si son facilitadas, la ley es liberal, si son estorbadas la ley es tiránica. (Es el caso).

El Papa se limita por tanto a hacer constar, y está en su derecho, que la ley, los circulares y demás cosas parecidas, implican una legislación que la iglesia no puede ni debe aceptar porque contradice en absoluto la disciplina eclesiástica y muy particular y notablemente la jerarquía religiosa; todo lo cual no significa que el pontífice aconseje la resistencia violenta. El “voilà tout” y veremos lo que se contiene en la caja de Pandora del tiempo futuro.

La prensa toda europea, “The Times[12]” en primera línea, encomia el tono elevado, tocante, conmueve de veras, y sincero del Papa que nada sugiere en el orden temporal hablando cual apóstol a las almas.


Al joven oficial anónimo que me interroga (y digo joven porque él se dice tal), le contesto: me parece tiempo perdido discutir sobre si la guerra es una ciencia o un arte, teniendo como tenemos la definición de Moltke[13], el cual decía: “la guerra es un arte servido por varias ciencias”.

Pero hay que entenderse. Allí donde la ciencia concluye comienza el arte. El sabio aprenderá a conocer la fuerza explosiva de la pólvora. Pero a tener inspiración sobre el campo de batalla y a saber batir al enemigo, ¿qué libro puede enseñarlo? Entonces hay que estar con el viejo Dragomiroff[14]. Él decía, es absurdo hablar de ciencia de la guerra; tanto valdría hablar de ciencia de la poesía, de la música, de la pintura y agregaba: hay una teoría para todas esas artes, cierta “técnica”, digamos, que prepara el artista; pero que no basta, dando solo modelos, para hacer obras maestras, tipos para meditar y, si hay algo aquí, como decía el poeta tocándose la frente, encarnar un gran capitán.


El evolucionista es en mi opinión un optimista (sin saberlo), porque el estudio de la sociología y de la ética, tiene que hacerlo contemplar como más que posible la realización al través de los tiempos del ideal, de ese ideal que es poético y evangélico.


Por más que hagamos, que nos mostremos, que escribamos, que gastemos, que estemos en paz, mucho tiempo ha de pasar antes que pueda decirse: la Europa nos conoce (como nosotros la conocemos a ella).

Si lenguaje semejante al que ha empleado en el Senado de Washington el senador Tillman[15], ahí se hubiera hecho oír, aquí habrían escrito: “ce sont des sauvages[16]”.

¿Y qué ha dicho el senador Tillman?

Nada menos que esto: “…ha de correr sangre como agua…”. “¡Linchar! Mientras haya negros que continúen violentando nuestras mujeres blancas hemos de continuar linchando negros en la Carolina del Sur…”.

La guerra civil de hace 40 años, según él, tuvo en vista acabar con los negros; habrá que “recomenzar…”.

En medio de estas intemperancias de palabras (les dará el senador Tillman el significado que tienen), y es lo que tienen de pasmoso los Estados Unidos, pueblo de libertad incoherente y de hombres que no ocultan su pensamiento, transigiendo con preocupaciones inhumanas, acaba de hacerse oír una voz autorizada en California, la del profesor Jordan; presidente de la Universidad de Stanford.

Invitado por los socialistas a hablar, les ha dicho, con asombro de todos: los japoneses son hombres como nosotros y tienen nuestros mismos derechos bajo el Sol.


Individual y colectivamente los Estados Unidos son tierra clásica de lo inesperado, de anomalías mentales y sociales. Así en 1870, en los momentos de mayor angustia para la Francia, estando el rey Guillermo y Bismarck en Versailles como en su casa, Mr. Bancroft, el ministro de los Estados Unidos en Berlín, un hijo del país que la Francia y Lafayette han ayudado a conquistar su independencia, le escribía al canciller de la Confederación del Norte felicitándolo ¡por haber “rejuvenecido” la Europa!.. ¿Qué habría pensado si la balanza de la victoria se hubiera inclinado en otro sentido?

Siempre que estas reflexiones asaltan mi mente regreso a mi malogrado amigo el doctor Prado[17] (¡ilustre Paulista!), autor del libro brasilero “A ilusáo americana”, que no está demás revisar meditando.


Concluyo con una página que arranco de mi cartera de apuntes, para que todo no sea extranjerismo. Ustedes la apreciarán en lo que valga. Dice así: Me he rozado más o menos íntimamente con la mayor parte de los hombres de nuestra tierra que han figurado en primera línea, después de la caída de Rozas, y cuyos hombres están ahora (repito, no examino) en ese otro mundo, que diz ser mejor que éste; lo cual no quita que con uñas y dientes nos aferremos a la vida presente, retardando en lo posible el minuto postrero, fatal. Entre esos hombres, me refiero a los intelectuales, el más erudito era Nicolás Avellaneda[18]. Frecuentemente después de nuestros coloquios, pensaba: ¿Será esto de Avellaneda o lo habrá leído y lo repite alterado, exornado? Y siempre arribaba, madurando el tema inquiriendo, hasta tendiendo celadas, a esta conclusión: Sí, es suyo, suyo propio, lo ha hallado dentro de sí mismo.

Era una cabeza privilegiada. Murió después de haber comparado esto y aquello, llevándose un caudal precioso de observaciones para su patria.

Su sagacidad era trascendental, su índole buena, sus desconfianzas eran discreción y sus creencias de cristiano intensas aunque se resintieran de cierto espíritu que llamaré agnóstico.

Esta palabra es suya: “Lucio, en los grandes momentos deliberar es perder tiempo”.

Un libro en sus manos era una prolongación de su brazo, tal era de aficionado a la lectura.


  1. Paul Déroulède (París, 1846–Niza, 1914) fue un dramaturgo, poeta y político nacionalista francés, figura del boulangismo (ultraderecha) y miembro fundador de la Liga de Patriotas. Se consideraba «cristiano republicano». Formó parte de la defensa del ejército francés durante el Caso Dreyfus. Tras liderar el intento de golpe de estado contra la Tercera República de febrero de 1899, fue condenado a diez años de destierro. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/61560338).
  2. No hemos hallado ningún libro de este autor bajo ese título pero sí, para la fecha en que Mansilla escribe esta página breve, sus Hojas de ruta (Feuilles de route Des Bois de Verrières à la Forteresse de Breslau. Paris, Société d’ Édition et de Publications / Librairie Félix Juven: 1907).
  3. Ver nota al pie de PB.02.12.08 o índice onomástico.
  4. No hemos encontrado información biográfica sobre este autor. Los registros sólo indican que escribió una obra titulada Drame ancien (1898) y de Iniciación filosófica (1920). (Extractado de VIAF: https://bit.ly/3mcRGMJ).
  5. Ver nota al pie PB.27.11.06 o índice onomástico.
  6. Jean Chantavoine (París, 1877–París, 1952) fue un musicólogo y biógrafo de músicos francés, y durante un tiempo director del Conservatoire national supérieur de musique. Escribió biografías de Beethoven, Liszt, Saint-Saëns y Mozart. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/14851318).
  7. Tal vez se refiera a Peudemots, Jean Pococurante de, de quien sólo sabemos que fue autor de Fragments et fictions, de 1817. (Extractado de: https://bit.ly/3ml4tgj).
  8. Jules Amédée Barbey d’Aurevilly (Saint-Sauveur-le-Vicomte, 1808–París, 1889) fue un escritor y periodista francés. Amante de lo dandi, los duelos y los artículos feroces y novelas melodramáticas con tramas de lo demoníaco que eran, según él, el mejor camino hacia el conocimiento de Dios. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/49221211).
  9. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.
  10. “Tiene palos rotos”.
  11. Se refiere a Gravissimo Officii Munere, la encíclica de Pío X en torno a los bienes de la Iglesia que serían expropiados en favor del Estado a partir de la ley de laicidad de 1906. Para más datos, ver nota al pie PB.23.03.06 o índice de eventos históricos.
  12. Ver nota al pie de PB.08.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  13. Helmuth Karl Bernhard Conde von Moltke (1800 – 1891) fue un Mariscal de campo alemán, considerado un gran estratega militar. Bajo su dirección, Prusia derrotó a Dinamarca en 1864, a Austria en 1866 y a Francia en 1870. Moltke fue jefe del Estado mayor prusiano durante treinta años, es considerado el creador de una nueva forma de dirigir los ejércitos sobre el terreno, autor del libro “El arte de la guerra”. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/98817698).
  14. Mikhail Ivanovich Dragomirov (1830–1905) fue un general militar ruso, autor de varios escritos de táctica y estrategia de guerra. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/156481).
  15. Probablemente Mansilla se refiera a Benjamin Ryan Tillman (1847–1918) político estadounidense del Partido Demócrata, gobernador del estado de South Carolina entre 1890 y 1894, y senador nacional entre 1895 y 1918. A pesar de pertenecer al partido demócrata, se opuso al otorgamiento de derechos civiles para los ciudadanos afro-descendientes y sostuvo la idea, en boga en la época, de la supremacía blanca. Durante sus años de juventud, formó el partido paramilitar de los Red Shirts durante las elecciones de 1876 de North Carolina. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/71572663).
  16. “Son los salvajes”.
  17. Eduardo Paulo da Silva Prado (São Paulo, 1860 – São Paulo, 1901) fue un abogado, periodista y escritor brasilero, miembro fundador de la Academia Brasileira de Letras y un analista de la vida política de Brasil. De corte conservador, además de la obra que menciona Mansilla, de 1893, publicó: Os fastos da ditadura militar no Brasil (1890) y Anulação das liberdades públicas (1892). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/71900559).
  18. Ver nota al pie PB.03.02.06 o índice onomástico.


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