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EL DIARIO

Martes 2 de Abril de 1907

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, marzo 8.

 

Pocas o ninguna doctrina moderna tan prolija como la Doctrina Monroe[1].

Hay por lo tanto que estar atento a todo cuanto ella sugiere.

Los que la profesan son más o menos expansivos o discretos en sus declaraciones.

Ahí va, pues, una nota recientemente articulada.

La extracto de la autorizada publicación inglesa “The National Review[2]”.

Dice, “inter alia”, y lean ustedes con atención y lo relacionen con algo de lo que reiteradamente les tengo observado, siendo de notar que el escrito de la referencia está fechado en Washington, enero 1907 y firmado A. Maurice Law[3].

“…Las circunstancias muy particulares que dieron lugar a esa declaración (la Doctrina Monroe) ya no existen, admitió Mr. Root[4]; pero observó de modo significativo (habla Mr. Root):

“Otras ocasiones para la aplicación del principio se han presentado desde entonces: y no se necesita tener ojos de profeta para ver que nuevas ocasiones han de volver a presentarse en lo futuro. Hoy día el principio declarado por Monroe (“principio” dice, “nota bene”) es una expresión tan sabia de sólido juicio político cuanto una representación de los sentimientos, y muy verdadera, e instintos del pueblo americano; expresión tan vibrante en todo su vigor efectivo como regla de conducta, si llegase la ocasión, cual aconteció, el 2 de diciembre de 1823”.

Tal es, y no la que intentó darle recientemente en Berlín el profesor Burgess[5], la opinión predominante en Estados Unidos.

Una revista americana (ya se sabe, del norte), hizo notar últimamente que si la Doctrina Monroe no hubiera existido y no hubiese sido aplicada a México en el sesenta, México sería ahora una colonia francesa.

“Pocos son hoy en día los críticos americanos”, prosigue este escritor, “que lamentan que sus ideas sobre el modo de tratar al imperio de Maximiliano, hace cuarenta años, no prevalecían. Todos ellos están ahora de acuerdo sobre que México forma propiamente parte (!!) de la esfera de influencia de los Estados Unidos. El punto que relajará (“relax”, dice el texto que traduzco), es decir, el punto, (“place” dice el texto) donde la Doctrina Monroe se detendrá, si existe ese punto (“if any” textualmente), queda mucho más al sur.

(Lo que sigue debe ser leído con suma atención).

“¿Pero cuánto más al sur?”, pregunta este escritor.

Hace notar que si la doctrina Monroe debiera ser abandonada en alguna parte no puede ser México, Centro América o la parte Norte de Sud América (lo mismo que exactamente dije yo escribiendo en favor de España cuando la guerra de Cuba).

En cuanto a la pregunta si es materia indiferente para los Estados Unidos –la “partición” del Brasil– la contesta negativamente.

(Van ustedes a ver el por qué generoso).

En los próximos cincuenta años, dice, se mantengan o no políticamente independientes las repúblicas centro y sudamericanas, en el sentido comercial serán completamente americanas (ya se sabe, yankees).

Cuando esa hora haya llegado y los Estados Unidos tengan que buscar nuevos mercados y más amplios, encontrarán más, mucho más ventajoso el tener al Brasil abierto al comercio americano, y no que sus tres millones de millas cuadradas estén divididas y distribuidas entre los poderes europeos.

El Brasil es el campo más rico que queda para el desarrollo comercial en la tierra. Como república amiga quedará abierta al espíritu emprendedor de los americanos. Dividido entre colonias europeas guarnecidas, se quedaría cerrado hasta que lo hiciéramos abrir por la espada.

Cada vez más y más se reconoce en Estados Unidos que la doctrina Monroe ha perdido su fuerza política; pero que ahora es de inmenso valor para proteger el comercio americano.

A medida, pues, que los Estados Unidos extienden su comercio, cada vez más y más adhieren tenazmente a la conveniencia de mantener la doctrina Monroe, doctrina que ha puesto un anillo (ring) o círculo alrededor de la esfera de influencia americana, el hemisferio occidental.


En general no me gusta recomendar libros de lectura para distraer. Pueden ser escabrosos y no parecerme nocivos. En previsión de ello repetiré el estribillo “ce n’est pas pour les jeunes filles[6]”, y dicho, indico uno que contiene algunas cosillas amenas.

Son el 4º volumen, tomo I, de las “Memorias de madame de Boigne[7]”.

No lo quería a Chateaubriand. Lo coloca en el número de esos hombres admiradores de sí mismos, que creen que ellos solos llenan la vasta escena social, que padecen de la necesidad de que se ocupen solo de ellos y que con tal de sonar la misma horca no les parece de desdeñar.

Cuenta así que una vez, había leído bien, muy bien, lo hacía a la perfección, un pedazo de los Abencerrages[8].

Trajeron té.

–Monsieur de Chateaubriand le dijo una de sus admiradoras– ¿quiere Vd. té?

–Se lo pediré a Ud. luego.

En el acto resonó por el salón:

–Che, quiere té.

–Van a tomar té.

–Denle té.

–Pide té.

Y seis damas se pusieron en movimiento para servir al ídolo.

Y él, encantado… a tal punto que me pareció tan descortés como ridículo.

La tal madame Boigne, no sé si fue una esposa modelo, están divididas las opiniones… pero a no dudarlo no debió ser muy cómoda.

Imagínense ustedes que en estas “Memorias” habla del marido en estos términos (que no recomiendo): “A pesar de su gran fortuna era incapaz de hacerse de amigos. Una larga permanencia en la India le había hecho celoso como un turco, no bastándole serlo como se puede serlo naturalmente. Era desatento, gruñón, parecía complacerse en ser desagradable y en hacer sentir su superioridad insultando a los sirvientes”.

Este retrato de la esposa no es el de los historiadores del general, ¿a quién creerle?


Ya que en mi anterior hemos hecho mención de un “inmortal” que vivió noventa años, mencionaremos por definición un desconocido que tiene “ciento y uno”. Es un pobre cura de aldea, el canónigo Gadanne, que el otro día ha sido desalojado de su presbiterio, en Raches, con la circunstancia agravante de que él mismo lo había construido.

¡Infeliz! La separación de la iglesia y el Estado, como la política, no tiene entrañas.


Yo soy el hombre de las estaciones de ferrocarril y de los museos.

Cuando hace muy feo tiempo, mucho frío, o mucho viento, o mucha lluvia, o cae mucha nieve, allí me refugio. Puedo caminar, lo que es tan higiénico, sin molestia alguna, en los museos sobre todo frescos en verano; que están, como dicen aquí bien “chauffés[9]” en invierno, y observar lo inerte y lo que siendo de carne y huesos se mueve con más o menos elegancia.

Es en extremo entretenido ver en las estaciones los diferentes modos de despedirse, de recibirse, de esperar. Las curas bastan para indicar todo lo que se anida en el alma; ¡que no se le dice adiós! “Au revoir[10]” a la abuela, por mucho que se quiera, como a la suegra, a la hermana, a la mujer propia, a la novia y así hasta agotar toda la gama sentimental.

En los museos hay los cuadros, las estatuas, las antigüedades, las joyas, los muebles, todo, desde las momias egipcias hasta las como esqueletos ambulantes ataviados cual tarascas en procesión de Corpus.

Este terreno de observación tiene algunos puntos de contacto con el otro, siendo lugar de citas.

Nos encontraremos, por ejemplo, se dicen los interesados, en la sala de la Venus de Milo, o delante de la Gioconda, a tal hora. Es decir, en el museo, los museos del Louvre.

Y para qué desleir (sic) más lo insinuado.

En cuanto a los que van inocentemente a matar el tiempo, a mirar sin ver, a moverse bajo techo huyendo de toda intemperie, y, sobre todo, en cuanto a los que van a estudiar materia, hay para poder escribir mucho, largo y bueno. Pero… ustedes saben que si conversamos, es a condición de no esperar mucho de mí, y sobre todo de no ser larguero.

Me apuro pues para anotar: primero que cada nacionalidad observa y estudia diversamente, ¡cuánta diferencia entre lo que descubre una inglesa y lo que llama la atención de una española! Segundo, que días pasados tuve, en el Louvre, un encuentro de los más agradables.

Subiendo la gran escalera cuyo término está dominado por la “Victoria de Samotracia” (parece volar), oigo hablar en español nuestro, tan suave, como el de Andalucía, ¡qué imán el de la lengua nativa!; me vuelvo, y, una cara simpática me saluda sonriente. Cuánto le agradecí su atención (yo no lo había reconocido sino vagamente). Iba muy bien acompañado, aunque sin su mitad; estaba “grippée[11]”, ¡qué novedad! (En mi barrio, el otro día, en una casa de doce personas las doce estaba en cama sin más servidumbre que tres hermanas de caridad).

Seguimos juntos y a poco andar nos hallamos reunidos Horacio Guerrico[12], con Alcira y María, sus tan simpáticas hermanas; Teodoro de Bary con su amable esposa[13], y la interesante señora Moreno de Gowland[14].

¿Y dónde no halla uno ahora argentinos?

Ha de haber hasta en algún otro planeta, tanto se ha hecho el criollo “tourist” atrevido.

Señoritas –les dije a las de Guerrico, habiéndose dislocado un momento antes el grupo– si quieren Uds. tener la amabilidad de molestarse, voy a hacerles ver un cuadro, nada menos que de Ingres[15], que tiene un gran defecto, parece increíble, defecto que he hecho notar a pintores y aficionados competentes.

–Con mucho gusto, general.

Hétenos junto al tal cuadro, que queda en la gran sala donde está el general Prim a caballo.

–¿Y qué ven ustedes?

–No vemos nada.

–Fíjense en tal parte.

–Es cierto…

El cuadro se llama “Roger délivrant Angélique[16]”. (Es un episodio de la Jerusalén libertada).

¿Y cuál es el defecto?, dirá el curioso lector que prefiero ser femenino.

Pues lo que es hoy no diré eso precisamente.

Diré en cambio: María Guerrico ha hecho una observación tan profunda cuanto espiritual que no quiero dejar en las tinieblas de lo que se ignora.

Examinando otro cuadro admirable, del mismo Ingres, que indiqué como en compensación del otro: es el retrato de un señor Bertin[17].

Dijo: “Está tan bien pintado que debe parecerse al original”.

Tuve la intención de hacer mío el dicho para lucirme con él, pero la conciencia…. que buena cosa la conciencia, ¿no?, ¡cuando nos lleva por el recto camino!


La vez pasada les puse a ustedes unos párrafos sobre las estupendas maniobras navales inglesas que en ese momento tenían lugar. Por ese único motivo, siendo como es completa mi incompetencia naval, es que me considero obligado a decirles ahora que acaba de publicarse el informe sobre las referidas maniobras, cuya substancia efectiva es la que a continuación extracto.

El objeto principal era darse cuenta de la eficacia de la marina inglesa para proteger al comercio marítimo en tiempos de guerra.

Se habían organizado dos flotas: la una denominada flota azul, representando el enemigo. La otra, la roja, representaba la flota protectora.

Es esta última la que ha salido aventajada. Pero la flota enemiga ha conseguido, sin embargo, tomar o destruir 55 por ciento de los buques mercantes representados por 60 barcos de comercio que habían aceptado cooperar en las maniobras siguiendo ciertos derroteros, y a los que hay que agregar 34 cañoneras y contratorpederas que representaban el papel de buques de comercio.

Las maniobras, como ya antes lo dije, han tenido lugar en los parajes más frecuentado por los barcos que surcan el Atlántico.

La flota roja que contaba 20 acorazados, 43 cruceros y 49 contra-torpederas, ha perdido 11 cruceros y 13 contratorpederas; la flota de 9 acorazados, de 17 cruceros y de 18 contratorpederas ha perdido 2 acorazados, 13 cruceros y 18 contratorpederas.

Agrega el informe que del punto de vista naval, es muy mala estrategia hacer del comercio del enemigo el principal objetivo del ataque, evitando los barcos de guerra, pero que se ha adoptado este modo de proceder, a fin de poner al comercio marítimo inglés en las condiciones más desfavorables.

A despecho de la habilidad del almirante May, que mandaba la flota azul y que había sido encargado de una misión muy difícil, los jueces son de opinión que al cabo de tres semanas de una guerra emprendida en semejantes condiciones, todos los barcos ocupados en destruir los buques mercantes habían sido capturados o bloqueados en sus puertos.

Hasta ahí el informe. Ahora una reflexión. ¡Qué poder enorme, como nunca se vio sobre la mar, el de Inglaterra!

Pues con todo hay inquietud respecto de un ataque –invasión, desembarco– llevado a las costas británicas, inopinadamente, una sorpresa, por la Alemania que a su flota ya formidable puede agregarle en un abrir y cerrar de ojos, ponderativamente hablando, innumerables vapores de comercio que le permitirían transportar en horas cerca de cien mil hombres de las costas alemanas a las inglesas.

Lord Roberts[18], con la autoridad de su experiencia y de su ciencia, ha hecho días pasados en la cámara de los lores un gran discurso casi alarmista en el sentido a que acabo de referirme. No está lista por tierra la Inglaterra para repeler una invasión inesperada y su flota, aunque muy superior la alemana, podría ser burlada en su acción de vigilancia.

Citó lo último que sabemos sobre estas sorpresas (la invasión japonesa o ataque de los buques rusos que defendían la Corea), y extendiéndose en consideraciones agregó: que no creía estar “chocho” como se dijo del gran duque de Wellington en una hora de inquietudes, al afirmar que sus seguridades de antaño se habían hecho posibilidades remotas; pero posibilidades al fin (interpreto su pensamiento).

Finalmente hizo notar que no convenía dormirse en la expectativa de una declaración de guerra (pese a la conferencia de La Haya[19]), puesto que en su último libro sir Frederick Maurice nos dice que 117 guerras bregadas por naciones europeas y Estados Unidos de América (¿y la doctrina Monroe?) en 171 años (de 1700 a 1870) contra poderes civilizados, solo se pueden citar diez acaecidas, previa declaración de guerra. De ahí que las sorpresas fueron completas, como mañana lo sería la de Inglaterra al saber que un ejército enemigo había desembarcado en sus costas.


Con la mejor intención del mundo un traductor que se propone ser fiel y que lo es en su concepto, no ha de escapar a la subjetividad nativa, es decir, a darle al colorido ajeno su matiz personal.


Yo estudio la “vida”, dijo el otro, en los demás de ambos sexos. “La vida” es una palabra no tan fácil de definir. Pero dejando esto de lado, ¿no es cierto que la mayor parte de los que conocemos, hombres y mujeres, son menos interesantes y divertidos que los libros que podemos elegir? Quizá. ¿Y si pudiéramos elegir lo otro? En tal caso el “quizá” se convertiría en “no hay duda”, quedando los libros malparados.


En la vida diplomática excepcionalmente se hacen amistades y casi nunca intimidades; solo se hacen relaciones o rivalidades y lo más frecuente es olvidarse.


No puede decirse que Rousseau está a la moda. Dormitaba, Jules Lemaître[20] lo ha despertado, fustigándolo y al mismo tiempo ponderando unas veces las fascinaciones de su estilo; otras admitiendo su sinceridad. Por ejemplo, cuando afirma que la civilización corrompe y que en el estado natural es donde se halla realizado un ideal de la dulzura humana, de la piedad y de la moral altruista.

Si el hombre resucitando la otra noche y asistiendo a la reunión con que el príncipe Rolando Bonaparte nos obsequiaba (éramos unos doscientos), se hubiera topado con el intrépido navegante noruego, Amundsen, ¿qué cara habría puesto y qué habría dicho al oír esto de su boca?

“Teníamos una temperatura variable entre 40 y 62 grados de frío (casi la siente uno al escribirlo) y nos alimentábamos con carne de reno y de perro… Entre los Esquimales que tuve ocasión de estudiar observé: que la mayor parte de las mujeres tenían por lo menos dos maridos, siendo la población femenina más rara que la otra; observé también que los casos de suicidio y de asesinato eran frecuentes, y que no conciencia del mal lo que les faltaba, persuadidos como están de que hay una vida futura, para los que fueron buenos, en la luna; para los que fueron malos en el centro de la tierra” (es decir, un cielo y un infierno)”.

Si las observaciones –referencias– del animoso descubridor de regiones polares hasta hace poco no alcanzadas son, como debemos creerlo, verdad, Juan Jacobo resulta con un palmo de narices.

Más naturaleza que tres hombres para una mujer, que el suicidio frecuente y el asesinato por añadidura no se puede pedir.

Rousseau, como casi todos los utopistas, no estuvo en contacto con la barbarie, no vio ni por accidente de viajero, como yo en la India[21], una procesión de la diosa Kali; sus sensaciones idílicas de la naturaleza eran las de la vida rural del medio en que había nacido y crecido, vida que no está exenta por otra parte de vicios que combate la civilización.

¿Qué impresiones habría traído de los Esquimales si hubiera pasado con ellos una corta temporada con 60 grados bajo cero? Se me antoja pensar que esta: por Dios, nada de esquimales; prefiero la civilización con todas sus corrupciones y que París no desaparezca de la faz de la tierra, siendo suyas estas palabras: “La Francia sería mucho más poderosa si París fuera aniquilado”.

Lo que antecede se relaciona con la séptima conferencia de Jules Lemaître sobre “El Emilio[22]”.

No diré que su método de lectura ha cambiado. Pero, a no dudarlo, se ha perfeccionado dándole un énfasis oratorio más adecuado a la índole del tema, que es “mutatis mutandis”, siempre el mismo: la moral (¿y qué otra palabra emplear?), la moral, repito, y le agrego laxa de Rousseau; sus contradicciones (comprobadas con citas de momentos distantes y distintos); sus paradojas y sus plagios de Locke, de Montaigne, de Rabelais, todo ello iluminado por unos artificios retóricos, tan seductores que lo más maltratado por él, las mujeres, han sido sus más fervientes apasionadas y admiradoras. Es singular cosa la observación con que ha rematado Jules Lemaître esta conferencia, una de las aplaudidas hasta la aclamación: “Porque este hombre, dijo, que él solo ha escrito más disparates (“sottises”), mucho más que todos los otros grandes clásicos juntos (en su género debió agregar), es al mismo tiempo el que le ha abierto a la literatura y al sentimiento el mayor número de nuevas avenidas. Así es”.


  1. Ver nota al pie de PB.10.01.06 o índice onomástico.
  2. The National Review fue una revista inglesa, como plataforma de las ideas del partido conservador, fundada en 1883 por los escritores Alfred Austin y William Courthope.
  3. Maurice Law es el autor del libro Die Amerikaner (Berlin: 1913) [American People]. (VIAF: http://viaf.org/viaf/182763493).
  4. Ver nota al pie de PB.06.12.06 o índice onomástico.
  5. Ver nota al pie de PB.14.01.07 o índice onomástico.
  6. “No es para las hijas jóvenes”.
  7. Adelaida Carlota Luisa Leonor Adèle d’Osmond, por su matrimonio condesa de Boigne (Versalles, 1781-París, 1866) fue una escritora y noble francesa. Tras la Revolución de 1830, y debido en gran parte a su relación estrecha con la familia ahora reinante al ser amiga íntima de la previamente duquesa de Orléans, María Amalia de las Dos-Sicilias, su salón se convierte en un espacio político de gran influencia. Redacta sus memorias bajo el título: Récits d’une tante, Mémoires de la comtesse de Boigne née d’Osmond, que se publicaron recién en 1907-1908 (y a las que hace referencia aquí Mansilla) y cuya versión integral se publicó recién en 1921-1923. (Extractado de VIAF: https://bit.ly/2ReNnlI).
  8. Podría referirse a La Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa, una novela morisca escrita en el siglo XVI español. Es anónima aunque algunos estudiosos creen que su autor podría haber sido Jerónimo Jiménez de Urrea.​ Se conoce a través de diferentes versiones que datan entre 1561 y 1565, de las que la más pulida, acabada y completa se considera la incluida en el Inventario, miscelánea elaborada por Antonio de Villegas y que fue impresa en Medina del Campo en 1565. (Extractado de https://bit.ly/3md0WR0).
  9. “Calentados”.
  10. “Adiós”.
  11. “Engripada”.
  12. Creemos que se refiere a Horacio Francisco Guerrico Calvo (Buenos Aires, 1857–Buenos Aires, 1923), a su esposa Alcira Gervasia Soto Calvo (Buenos Aires, 1858–Buenos Aires, 1931) –dado que Horacio Francisco parece haber tenido solo hermanos varones–y a la hermana de ésta, María Laura Soto Calvo (Buenos Aires, 1862–Buenos Aires, 1959), y por tanto cuñada de Horacio Francisco. (Extractado de Geneanet: https://bit.ly/35rKNRA).
  13. En los registros consultados, el nombre “Teodoro Bary” aparece homologado a “Teodoro Guillermo Mackinlay de Bary (sin datos de nacimiento y defunción), casado con María Luisa de María (nacida en Buenos Aires, en 1887). Sin embargo, la fecha de casamiento que figura es 1909, de modo que quizás Mansilla se esté refiriendo a otro miembro de la familia de Bary. (Geneanet: https://bit.ly/3mgQFD8).
  14. Podría referirse a Sara Moreno Videla, casada con Luis Juan Gowland (1871- 1923). (Extraído de Geneanet: https://bit.ly/3k1Se6e).
  15. Jean-Auguste-Dominique Ingres (Montauban, 1780París, 1867), fue un pintor francés considerado, según su etapa pictórica, a la vez neoclásico y romántico.​ Muchos de sus cuadros presentan desnudos neoclásicos con elementos del orientalismo. (Extractado de VIAF: 76327826).
  16. Se trata de un óleo sobre tela, de 1819, que mide 147 cms x 190 cms, considerado de estilo neoclásico y expuesto en el Louvre.
  17. Se trata de un óleo sobre lienzo, de 116 cm x 96 cm, de estilo romántico, pintado en 1832 y expuesto actualmente en el Louvre. El cuadro se titula “Monsieur Bertin” y fue encargado por Louis-François Bertin, el director del Journal des Débats, un rico empresario editorial en la época de Luis Felipe.
  18. Frederick Sleigh Roberts, primer conde Roberts de Kandahar (Cawnpore, India, 1832-Saint-Omer, Francia, 1914), mariscal de campo británico, fue uno de los más hábiles estrategas de la Era Victoriana. Participó en la Segunda guerra anglo-afgana (1878-1880) y en la Guerra anglo-bóer (1899-1902). Fue además el último comandante en jefe de las Fuerzas británicas hasta la abolición del cargo en 1904. (Extractado de VIAF: https://viaf/122217296/).
  19. La Haya es la Corte Internacional de Justicia, el principal órgano judicial de la Organización de las Naciones Unidas. Tiene su sede en el Palacio de la Paz en la Haya (Países Bajos) y está encargada de decidir las controversias jurídicas entre Estados. También emite opiniones consultivas sobre cuestiones que pueden someterle órganos o instituciones especializadas de la ONU. (Extractado de https://www.un.org/es/icj/).
  20. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.
  21. El diario de viaje de Mansilla joven por la India está recopilado en Diario de viaje a Oriente. Ed. María Rosa Lojo. Buenos Aires: Corregidor, 2012.
  22. Rousseau, Jean Jacques. Émile, ou De l’éducation. Paris: Libraire Jean Neaulme, 1763.


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