Otras publicaciones:

9789877230406-frontcover

12-3899t

Otras publicaciones:

9789877230123-frontcover

9789871354894_frontcover-224x344

EL DIARIO

Miércoles 27 de Febrero de 1907

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, enero 23.

 

Jules Lemaître[1], según estaba anunciado, comenzó el 16 en la gran sala de la Sociedad de Geografía[2], boulevard Saint Germain, la serie de conferencias que debe dar sobre Juan Jacobo Rousseau.

Este curso libre ha sido organizado por la Sociedad de las Conferencias, para las que el finado Brunetière[3] había, hace dos años, hablado del movimiento enciclopédico y René Doumic[4], el año pasado de Lamartine.

La gran sala estaba de bote a bote, aunque la entrada fuera cara; los setecientos asientos estaban ocupados media hora antes de empezar; mucha gente que hizo cola no pudo entrar, se veían muchas señoras y un considerable “élite” de hombres de letras, en una palabra, la concurrencia era brillante.

A su entrada Jules Lemaître fue ya recibido con aplausos estrepitosos. Es un hombre de exterior muy simpático, de voz agradable, de gestos fáciles, en plena madurez, según sus canas lo demuestran y que, corriendo el riesgo de darles a ustedes una idea imperfecta de tan interesante sujeto cuando lo que quiero es hacer algo así como una semblanza dentro de una nebulosa, les diré que es Paul Groussac esfumado tenuemente.

Sus alusiones políticas tan veladas cuanto numerosas, llenas de ironía, arrancaban bravos.

Después de haber expuesto el plan de sus diez conferencias, entró a detallar la vida de Rousseau, desde niño hasta la treintena, con pelos y señales e ingeniosos eufemismos que, no obstante lo delicado de los giros del contorno, herían en el bello sexo las fibras mimosas de la vergüenza honesta.

¿Ha sido indulgente o severo, imparcial o injusto al amasar la entidad física y abstracta, diré? Creo que no; creo que es muy difícil hablar de Rousseau, que fue hasta kiptómano, más humanamente.

Terminó con una peroración que es una perla:

“Tal es el hombre –¡oh! con candor, con bondad– protestante complicado de católico, tránsfuga excusable, pero tránsfuga de su patria y de su religión, durante mucho tiempo tolerante forzoso de una mujer excelente y desconsiderada, por otra parte profundamente enfermo, neurasténico hasta lo hondo, candidato a la locura, que, a los veintinueve años viene a buscar fortuna en París, y que, algunos años después, emprende la reforma de la sociedad y se establece profesor de virtud…”.


Si un hombre de estado argentino me pidiera consejo sobre la política más eficiente, en la actualidad, dados nuestros antecedentes históricos y las soluciones en perspectiva, le diría: hacer como los químicos que mezclan los ácidos para neutralizar sus efectos.


Estando ustedes como lo están, tan bien informados por nuestros diarios, claro está también que no pueden ignorar en qué consiste la huelga de Fougeres[5]. Se parece como un huevo a otro huevo a todas las huelgas habidas y por haber, mientras no se dé en bola con el remedio, con los remedios, porque son dos los que necesitan medicación, patrones y obreros.

Se me ocurre que ha de pasar un tiempito antes de que le veamos a eso fin, sobre todo si hacen camino los pensamientos como uno que ha tenido el otro día el señor diputado Lefoas.

En todas partes donde hay parlamento surgen estos curanderos.

Las tarifas aduaneras sobre el calzado (causante del caso de Fougeres), no han sido modificadas desde 1892.

Desde entonces a la fecha las primeras materias con que se hace el calzado han subido de precio.

Parece entonces necesario no dejar que el calzado extranjero haga pie; se entronizaría.

Una conclusión se impone pues: hay que alzar los derechos.

Los patrones de Fougeres declaran que no pueden pagar a los obreros a estar a lo que piden.

Ya hablan de cerrar sus fábricas y de ir a establecerse en otra parte.

Ergo, alzando el precio del calzado con buenos derechos de aduana apropiados, los patrones de Fougeres podrán aumentar los salarios, y tutti contenti.

La última hipótesis no es cierto en absoluto. Pero suponiendo que se realizara, hay que hacer una pregunta: ¿Quién pagará el aumento de precios?

La entidad generalmente olvidada: el consumidor.

Ustedes lo ven, yo no resuelvo nada, apunto causas y efectos.

El asunto es grave, disminuir las necesidades, cómo, con la civilización que a todos espolea; o abaratar la vida, cómo, con el progreso que a todos nos estimula a la igualdad. ¡Hum!


Maurice Barrès[6] penetró al fin en el templo de los “inmortales”.

Ya es por consiguiente miembro de la Academia Francesa.

Me alegro.

Tengo con él una deuda que nunca se acaba de pagar: escribió el pequeño prefacio de mis “Estudios Morales[7]”.

Este espectáculo es notable, por dentro y por fuera, materialmente, y moralmente también.

Por fuera la gente hace cola cuatro horas y más, antes de abrirse la sesión, algunos desde el amanecer; se empuja, murmura, se queja rozándose molestamente e “ainda mais”.

Por dentro, en cuanto se oye el tambor, un redoble militar, un silencio más profundo y solemne se hace, y reina de tal suerte que los mismos aplausos tienen un yo no sé qué de grave no resonando como el palmoteo teatral.

Resumir los discursos de estilo es un imposible literario. Lo que se sigue es una noticia a la manera de despacho telegráfico.

Los que con estos trazos no se satisfacen ya saben lo que tienen que hacer; ir a la fuente abundante, que son las hojas sueltas que publican “Le Temps[8]” y el “Journal des Debats[9]”.

Dio las gracias Barrès por el honor que se le hacía, siguió, y siguiendo (hay que leer no poco entre renglones) arribó a decir: que la Academia trabajaba, que era una de sus misiones, en restablecer el equilibrio social cuando estaba amenazado.

De José María de Heredia[10], a quien ha reemplazado y cuyo elogio tenía que hacer, dijo cosas excelentes, ponderando el arte admirable del autor de “Los Trofeos”, este español de nacimiento y de origen que se hizo ciudadano francés y cuyos sonetos no tienen rival en la lengua de Corneille.

Y, en efecto, yo completo su pensamiento, agregando: la densidad del astro apolinario de este cubano exuberante se puede comparar al peso específico del platino con relación a otros metales preciosos. Ningún poeta antiguo ni moderno ha condensado tanta suma de imágenes y de ideas en tan pocas palabras.

Habló con gran estima y cariño de sus prendas morales, de su bondad estimulante, para los jóvenes sobre todo, recordó a Leconte de L’Isle[11], la amistad que los unía, sin olvidar su monóculo; citó muchas anécdotas características suyas y terminó pasando por sobre su cabeza joven aun, una cabeza de águila, un viento de esos aplausos que son alientos en la gran senda de la “inmortalidad”.

Pero no hay flores sin espinas. Melchior de Vogüe[12] contesta al discurso de Barrès y su discurso muy bien compuesto no carecía de cierta ironía.

Al lado del elogio se mezcla en dosis permitidas entre cofrades (que Dios solo sabe hasta dónde se aman), el epigrama cortés.

No puedo citar “in extenso”. Pero como Barrès fue uno de los más ardientes amigos políticos de Boulanger, Melchior de Vogüe (sacerdote de otra capilla), no ha querido dejar pasar la ocasión de aludir veladamente a los acontecimientos que concluyeron con el drama romántico de Bruselas.

En la vida de labor artística de José M. de Heredia, cuenta Barrès, hay algo, y con este rasgo concluyo, que recomienda a los que trabajan con la pluma: Heredia empleaba meses y meses en pulir un verso, a tal punto era prolijo que el segundo de un terceto le costó dos años.


Acepto con mucho gusto las cordiales explicaciones que se ha servido darme el autor de “Alma nativa[13]”. Y las acepto porque mi crítica al correr de la pluma no tenía, ni podía tener sino este alcance: aprecio de veras las dotes literarias de Leguizamón[14] aunque en algo no veamos las cosas con el mismo lente.

Pero, no diré que la enmienda es peor que el soneto. No. Diré sí lo de siempre o casi siempre: no quedo convencido sino a medias. ¿La razón? Es mejor dejarla en el tintero; giraríamos en un círculo vicioso, en lo que al comandante Mansilla se refiere.

En cuanto a la lengua nativa esa es harina de otro costal.

Desde luego, y lo repito, no pretendo ser purista (ya escribí sobre esto); he hecho constar, nada más, que no me parecía buena la mala costumbre de inventar voces para reemplazar por ignorancia o mala inclinación vocablos existentes. He añadido: atrás la tendencia que conduce a prestigiar la “lengua verde” hasta hacerla penetrar en los salones. Años, muchos años hace que en “El Nacional[15]”, finado, en un largo artículo protesté contra el sustantivo “macana”, sus derivados y aplicaciones.

Fue, me parece, allá por esa misma época, “obiter dictum[16]”, que escribí un opúsculo bajo esta rúbrica: “Contestación a Vicuña Mackena”, que después cuando en Chile me conoció en casa del general Las Heras, tuvo ocasión de rectificar, viéndome la cara, su afirmación referente a mi padre, el comandante del tiempo de Ramírez, que no era, como él lo había divulgado con su pluma más abundosa que exacta, “mulato de pata en el suelo”.

Y aquí tiene Leguizamón en parte explicado algo de lo que más arriba he puesto al decir “mejor es dejarlo en el tintero”.

Doy con esto terminado el incidente y, como dicen los franceses, “sufra” Leguizamón que le reitere mis elogios eliminando la parte de censura sin acritud que en mis anteriores líneas ha encontrado.

Falta algo. Me arguye Leguizamón con un diccionario, y lo hace en estos términos:

“Conscientemente usé la palabra con otra acepción castiza, aludiendo a la arrogancia exagerada en el modo de hablar y obrar, pues la voz fanfarrón, según el diccionario enciclopédico hispano-americano de literatura, ciencias y artes, viene del árabe “fanhara”, ser arrogante, y de ahí fanfarrear y fanfarronada que expresan acciones de arrogancia exagerada”.

Seguramente que un diccionario es una autoridad. Los hay de todos pelos. Cuando el doctor Estanislao S. Zeballos[17] era director de correos, había en el correo una edición de cierto diccionario “francés-español”, rezaba, que contenía la voz francesa “poison” (con una sola ese) definiéndola así: “pezcado”.

Y vaya usted a fiarse mucho en diccionarios de comercio, que suelen como ciertos libros perder en profundidad lo que ganan en superficie.

Yo me atengo al Diccionario de la Real Academia Española, edición de 1899, el más moderno, que dice sencillamente: “Fanfarrón: que se precia y hace alarde de lo que no es y en particular de valiente.”


La semana pasada puede llamarse la de las conferencias.

De todas ellas a cual más interesante, la de Fogazzaro[18], el incomparable novelista italiano, en su género, autor de “Il Santo[19]”, es una de las que ha despertado mayor interés.

Resumirla, condensarla, epilogarla, es lo único que puedo hacer dentro de mis límites de informador de ustedes, a quienes otros les trasmiten todo lo que en detalle prolijo leen sobre el movimiento mental de este viejo mundo.

No se escribe mejor que Fogazzaro, cuya paleta tiene combinaciones de colorido de mano maestra. Lo deficiente en él (no se puede ser excelente en todo), es la dicción francesa, que arranca empero el aplauso, produciendo emociones inesperadas hasta en los más refractarios a los sacudimientos de la conciencia.

La tesis, en justificación de su sinceridad, ha sido esta:

Con alegría registra los progresos de la ciencia, en cuanto ellos ejercen sobre las creencias una reacción favorable “armonizando siempre cada vez más su expresión humana con su divino contenido”.

Fogazzaro, al notar las ideas de su personaje central, Giovanni Selva, hace ver también un alma impregnada de las más puras virtudes y menos preocupada de los progresos religiosos que de la práctica del Evangelio.

Así, trayendo a colación a San Pablo, recuerdo que es suyo este dicho: “la caridad prima la fe y que aquél que no tiene la caridad, no es nada a pesar de sus méritos”.

Y la idea de Dios es su estrella polar lo mismo que es hondo su convencimiento de que el catolicismo acabará por absorber todas las religiones cristianas disidentes.


Todo lo que ustedes lean sobre la causa que ha motivado en este país que varios empleados del ministerio de Relaciones Exteriores hayan dicho: “rogamos que no se nos mande a Buenos Aires” no será la verdad verdadera, siendo esta: que un secretario de legación solo gana mil francos por mes no quiere ir a una ciudad que dice ser la más cara del mundo empezando por el capítulo buenos hoteles, guantes, sombreros, etc.


En un rincón de “The Times[20]” he leído el otro día una noticia sobre la cual todavía no ha hecho ruido la prensa europea. Es de naturaleza fisio-psicológica en extremo curiosa, de naturaleza que demuestra una vez más en dos líneas cuán difícil es conocer el alma y la sensibilidad de una raza, de un pueblo, definirlo por consiguiente en sus caracteres genéricos y diferenciales.

Hela aquí: veintiún estudiantes coreanos en Tokio, desamparados por haber cesado la ayuda que de su país recibían, le han enviado una petición al gobierno de Seúl incluyendo “un dedo cortado” de la mano de cada estudiante.


Eugéne Rostand[21] sigue con sus estudios sobre el movimiento social, y últimamente se pregunta: si la vida moral del país ha ganado algo con la propaganda y la legislación anti religiosa.

Sintetizo sus palabras, a las que contesta en resumen también: decididamente no.

Con tal motivo dice que hace cuatro meses que el prefecto de Lyon en los obsequios de un comisario de policía asesinado, pronunció estas palabras (textual): “el ejército del orden no lucha con armas iguales contra el ejército del crimen”.

Y el “maire[22]” de Marsella sobre la tumba de un vigilante asesinado respondía: “La constancia del hecho es penosa, mas hay que confesarlo: el ejército del crimen crece por doquier en número y audacia”.

(Ustedes no se imaginan lo que es esto oyendo generalmente solo hablar de las maravillas de la cultura).

Las mujeres, los niños, los ancianos, no hallan merced ante los forajidos; roban día a día y, lo que entre nosotros no se ve, matan por matar.

Continuamos.

Sin embargo, siendo para estos inventores de globos y automóviles “des sauvages”, que confunden a Montevideo con Buenos Aires y al Paraguay con el Brasil.

No es esto negar la luz de la ciencia que resplandece y nos llega poco a poco, ni mucho menos implica que debamos considerarnos exentos de lacras sociales.

Lo que en mi intención está es prevenirles a ustedes contra una cierta semilla fina y sutil como polen venenoso que, impelida por los vientos o encarnada, hace su obra mefítica moralmente y que una propaganda sórdida esparce.

La planta se hace árbol, el niño se hace hombre. Estar prevenidos contra ciertas enfermedades que pueden viciarlos, para atacarlas con tiempo es ya algo en un país de libertad donde una legislación sagaz y profiláctica tiene necesariamente que producir sus beneficios.

Repito con Eugene Rostand (horrorizado): “La contraprueba por la faz negativa da el mismo resultado que la observación por el lado negativo: la vida moral del país, a medida que el estado trabaja en extraerle las concepciones religiosas: 1º no ha ganado nada; 2º ha perdido mucho, sobre todo en los contingentes humanos que han crecido paralelamente con ese trabajo”.

¿Qué resta?

Sacar de los hechos que constan, hechos experimentales no para los creyentes en la religión, sino para los filósofos sociales y los políticos, las conclusiones que en ellos se contienen, sin forzar nada, precisando.

Y téngase en cuenta que el niño se ve, se trata y roza más ahí entre nosotros que acá con los desheredados, pobres, que se llaman muchachos de la calle cuya savia es tan vigorosa cuanto escasa la educación que reciben, y a qué hablar de los ejemplos en una ciudad como Buenos Aires (representativa del ideal nacional) ya clásica por los tranvías que la cruzan (mejores que aquí y más baratos), y donde pululan las casas de inquilinato, fermento de vicios.


Una reforma de trascendencia inestimable y que como tantas otras cosas francesas no dejará de estimular el afán de reformar, es la referente al código de justicia militar.

El proyecto, que será sancionado siendo gubernativo (es el del general Picquart[23], ministro de la guerra), contiene nada menos que 43 artículos.

Desde luego se suprimen los consejos de guerra en tiempo de paz.

En adelante los crímenes y delitos de derecho común, cometidos por militares, serán deferidos a los tribunales ordinarios.

En cuanto a los crímenes y delitos puramente militares, como la deserción, la insubordinación, los ultrajes a los superiores, también de la competencia de los mismos tribunales ordinarios; pero que en tal caso se formarán de un modo especial.

La función de militar o marino constituye para ciertos hechos una circunstancia agravante que eleva el coeficiente de la penalidad.

Se suprime la pena de muerte y de trabajos públicos.

La instrucción funciona según las reglas del derecho común.

El proyecto suprime los establecimientos militares penitenciarios.

Una reforma era sin duda reclamada por militares y civiles. Pero como casi siempre en este país, “et altri siti”, se han ido a la otra alforja, empujados por la propaganda. Y, quizá, por el sentimiento anti-militarista.


  1. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.
  2. Société géographique. Ver nota al pie de la PB.03.05.06 o índice de publicaciones periódicas.
  3. Ver nota al pie de PB.01.02.06 o índice onomástico.
  4. René Doumic (París, 1860 – París, 1937) fue un periodista y crítico literario francés, de corte nacionalista de derecha, miembro de la Academia Francesa, director de la Revue des Deux Mondes entre 1915 y 1937. Entre sus obras, se cuentan: Escritores de hoy: Paul Bourget, Guy de Maupassant, Pierre Loti, Jules Lemaître, Ferdinand Brunetière, Émile Faguet, Ernest Lavisse (1894), Estudios sobre la literatura francesa (1896-1905), Las Jóvenes, estudios y retratos (1896), George Sand, diez conferencias sobre su vida y su obra (1909). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/68953396).
  5. Durante el invierno de 1906-1907, en Fougères, uno de los principales lugares de fabricación de calzado en Francia, tuvieron lugar una serie de huelgas que marcaron duraderamente el movimiento obrero francés. En los archivos de la Biblioteca Nacional de Francia pueden consultarse periódicos y fotografías que las retratan en detalle: https://bit.ly/2RgMFo5.
  6. Ver nota al pie de PB.23.03.06 o índice onomástico.
  7. Mansilla, Lucio V. Estudios morales, o sea el diario de mi vida. París: Richard, 1896.
  8. Ver nota al pie de PB.05.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  9. Ver nota al pie de PB.23.05.06 o índice de publicaciones periódicas.
  10. Ver nota al pie de PB.19.01.06 o índice onomástico.
  11. Ver nota al pie de PB.19.01.06. o índice onomástico.
  12. Ver nota al pie de PB. 27.03.06 o índice onomástico.
  13. Leguizamón, Martiniano. Alma nativa. Buenos Aires: Arnoldo Moen y Hno., 1906. Mansilla habla de este libro y de su autor en su página breve del 27.11.06. Este comentario debe leerse como continuación de aquel.
  14. Ver nota al pie 27 de la PB.27.11.06 o índice onomástico.
  15. El Nacional. Periódico Comercial, Político y Literario. Viva la Confederación Argentina” fue uno de los diarios argentinos más importantes del Siglo XIX. Funcionó desde la derrota de Rosas, en 1852, hasta 1898. Fundado por Dalmasio Vélez Sarsfield, este diario fue la gran competencia de La Tribuna, dirigido por los hermanos Héctor y Mariano Varela. Mansilla publicó numerosos artículos en ambos.
  16. “Dicho de paso”.
  17. Estanislao Severo Zeballos (Rosario, 1854 – Liverpool, 1923) fue un jurista, político, periodista, historiador, etnógrafo y novelista argentino, de postura racista y nacionalista. Uno de los más destacados intelectuales y políticos de la generación del 80. Ocupó tres veces el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores. Entre sus obras, cabe mencionar: La conquista de 15.000 leguas (1878), Episodios en los territorios del sur (1879), Viaje al país de los araucanos (1881), Callvucurá y la dinastía de los piedra (1884), Painé y la dinastía de los zorros (1886), Relmú, reina de los pinares (1888). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/2484966).
  18. Fogazzaro, Antonio (Vicenza, Véneto, 1842-ibídem, 1911) fue un novelista y poeta italiano de corte romántico, con varias obras en torno a la religión, como la que cita aquí Mansilla, Il Santo. Entre sus obras, Pequeño mundo antiguo (1895) se considera la más importante. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/39408145).
  19. Publicada en 1905, cuenta con el mismo protagonista que Pequeño mundo antiguo: Piero Maironi.
  20. Ver nota al pie de PB.08.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  21. Ver nota al pie 16 de PB.10.01.06 o índice onomástico.
  22. “Alcalde”.
  23. Marie-Georges Picquart (Estrasburgo, 1854-Amiens, 1914) fue un militar y político francés, ministro de guerra durante la presidencia de Georges Clemenceau (de 1906 a 1909) y uno de los principales defensores de Dreyfus, en el célebre Affair Dreyfus (que hemos explicado brevemente en nota al pie de PB.23.08.06). Seguramente, la reforma del código de justicia militar sea consecuencia del caso Dreyfus. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/37060670).


Deja un comentario