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escritores

EL DIARIO

Martes 9 de Abril de 1907

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, marzo 15 de 1907.

 

Monsieur Victor Giraud[1] es uno de los escritores franceses más concienzudos.

Sus indagaciones sobre Pascal, Chateaubriand, Saint Beuve y Taine, le han hecho adquirir un renombre que merecidamente viene a consolidar este nuevo trabajo suyo: “Libros y cuestiones del día”[2].

Los lectores de “Revue des Deux Mondes[3]” tienen que conocer a monsieur Giraud, puesto que el trabajo a que me estoy refiriendo es una colección de estudios y artículos, que sucesivamente han visto la luz pública en dicha revista.

Recomiendo a ustedes su lectura, teniendo en vista que monsieur Giraud es incontestablemente uno de los publicistas más al corriente de la literatura francesa, clásica y moderna. Y como la ha enseñado, debe tener, y la tiene, una cualidad que resumo así: esparciéndose, no ha perdido en profundidad lo que ha ganado en superficie, lo que es raro.

Saint Beuve[4] dice en una de sus “Pensées”, que hoy en día no se trata (en materia literaria) de aportar juicios de retórica; “hoy en día, la historia literaria se hace como la historia natural mediante observaciones y colecciones”.

Monsieur Giraud pertenece al número de los que no pretenden saberlo todo y muy particularmente a las pléyades de los que no olvidan que los tiempos se siguen, lo que ustedes permitirán que yo llame la trabazón de los acontecimientos.

Sigan ustedes, pues, mi consejo y lean a este mi recomendado, que entre otros casos pone de manifiesto en sus averiguaciones que toda literatura tiene un alma suya propia (la del autor).


La “Revista contemporánea[5]” de Madrid en su número del 15 de febrero trae un estudio de las constituciones sudamericanas comparadas, estudio que he leído con gusto, y cierto orgullo de argentino, lo que creo ha de pasarles a ustedes. Van a ver por qué.

Por esto (habla el autor del estudio, Antonio Balbín de Unquera[6]):

“República Argentina… artículo 33.

“Las declaraciones, derechos y garantías que enumera la constitución no serán entendidos como negación de otros derechos y garantías no enumerados, pero que nacen del principio de la soberanía del pueblo y de la forma republicana de gobierno”. Como se ve este artículo, a pesar de la forma algún tanto vaga de su redacción, vale más que la tan encomiada “declaración francesa” de los derechos del hombre, que tantos artículos ha inspirado a las constituciones hispano americanas.

El amable comentador, que así nos pone de relieve, casi al concluir su estudio, hace notar (lo pongo textual e íntegramente):

“Las luchas entre los unitarios y los federales han llenado de sangrientas páginas los anales modernos de América; de esta diferencia de pareceres surgieron partidos cuyos excesos, persecuciones y perjuicios a la causa pública han sido innumerables, y donde quiera se deploran todavía. Bolívar ya protestaba en sus días contra el desatentado movimiento federal, que parecía no tener límite alguno, y en el que veía el grano de arena bastante a derribar la estatua de oro que había construido, asegurando la independencia a tantos pueblos sudamericanos”.

Como lo consignado es un hecho, no se discute, ni es mi papel aquí buscarle tres pies al gato. Hay algo que sí se puede discutir, no en la parte que formula un voto, lo repito, no es mi papel aquí, sino en algo que luego se verá.

Dice el comentador: “Si bien a la mayor parte de los Estados americanos conviene la unidad para crear gobiernos fuertes y pueblos que se hagan respetables, aspiran todos, cual más, cual menos, a una confederación general hispano-americana que se comprende mejor que se explica y que difícilmente, lo confesamos, pudiera tener un código o constitución, puesto que han de formarla convicciones y costumbres más que leyes. El representante natural y legítimo de esta confederación en Europa sería España, y de realizarse aquella, no dejaría de realizarse también esta su indeclinable consecuencia”.

“Gobiernos fuertes”, no es eso lo que a la América española le ha faltado, sino lo que le ha sobrado. El federalismo no ha sido para ello un estorbo. Porque entendido como no pocas veces se ha decretado y practicado solo lo ha sido nominalmente.

Los que han recetado como remedio infalible “gobiernos fuertes” solo han agravado un mal existente.

No son así libertades pro clamadas lo que hemos echado de menos los sudamericanos, sino libertades efectivas, estando como muchas veces hemos estado, gritando “Viva la libertad”, es decir, siga lo que tenemos que así va bien, cuando lo que en realidad teníamos era solo “la libertad de Fígaro”.

Con esto del unitarismo y del federalismo sucede un poco lo que con el liberalismo y el socialismo. En lo uno y en lo otro es pura paradoja querer hacer doctrina y buena política conciliando todas las antinomias, como diría un hegeliano.


Una facultad de que carecía precisamente Juan Jacobo Rousseau es uno de los dones literarios que en alto grado posee su crítico Jules Lemaître[7]. Yo la denomino: la memoria topográfica del libro que se escribe o que se lee. En otros términos, la facilidad de recordar lo que en una página se ha afirmado (o visto), para no decir lo contrario en otra.

Careciendo Rousseau de esa facultad no es temerario pensar que así como ha sostenido y desenvuelto ciertas tesis atrevidas, bien pudiera haberlas expuesto y desarrollado en sentido diametralmente opuesto.

Lo estoy leyendo de nuevo incitado por las conferencias de que voy dando a ustedes cuenta abreviada, a medida que las oigo, gozando con ellas, como no dudo gozará el que no habiendo podido seguirlas oralmente tenga que conformarse con leerlas.

En el “Contrato Social[8]” Rousseau proclama con énfasis la necesidad de una “religión civil” añadiendo, “sin que sea lícito obligar alma viviente a creer en los dogmas de dicha religión civil”.

Pero el pueblo soberano puede desterrar del Estado a todo aquel que en ellos no crea (¡sopla!).

Más adelante se lee: “Si alguien después de haber reconocido públicamente esos mismos dogmas se conduce como no creyendo en ellos, pena de muerte” (nada menos).

Prosigue: “Los dogmas positivos de la religión civil son: la existencia de la Divinidad (vaya, algo es algo) poderosa, inteligente, benefactora, previsora y proveedora, la vida futura, la felicidad de los justos, el castigo de los malos, la santidad del contrato social (¡qué ensalada!) y de las leyes”.

En cuanto a los dogmas negativos, los reduce a uno solo: la intolerancia; entra en la categoría de los cultos excluidos.

En pocas líneas un semillero de contradicciones; y así Rousseau, como ya se ha puesto en evidencia cotejando textos, no solo olvida lo que escribió antes de dar vuelta la página, sino que todavía parece que fuera borrando con el codo lo que ha escrito con la mano.

Todo esto más que divagaciones automáticas parecen logogrifos. Y en cuanto a la lógica, qué digo, a la apariencia de ella siquiera para ligar el concepto, siquiera también –el que la descubra es capaz de ver formas tangibles en los vapores fluidos de las exhalaciones mentales– admitiendo la posibilidad del fenómeno.

No sé si Jules Lemaître en su próxima conferencia tratará el punto “religión civil” haciendo notar lo que yo acabo de señalar; pongo de lado la pluma y espero oír al crítico para proseguir.


Un amigo mío dice de otro, y lo define bien: Si X… no está contento si no donde no está.


Ilusiones de la estadística.

Francia es entre varios países de Europa según la conclusión de A. de Foville, el que ha hecho crecer el término medio de la longevidad de cuarenta a cuarenta y siete años. ¿La causa? Sencillamente la “esterilidad” de la mujer casada por no aumentar las cargas de la familia. Es claro entonces el caso, es decir que siendo la mortalidad de los recién nacidos muy baja resulte alto el término medio de la longevidad. Hoy, dice el autor, es esto un germen de decadencia, ¡cuidado! que puede ser un germen de muerte.


De cómo una palabra española ha sido introducida en el vocabulario policial de Francia. Van ustedes a ver.

París, como ustedes saben, es una ciudad deliciosa.

Pero lo que es la seguridad nocturna y hasta diurna deja tanto que desear cuanto el café que venden llamándolo sin mezcla (tiene harina de porotos), o como el vino barato, titulado burdeos, pura droga.

“Roban y matan” en el centro más central de la gran ciudad a toda hora, no exagero.

Preocupado el público y la autoridad del hecho que no es posible ocultar hay en vista varias medidas, entre ellos guardianes nocturnos con perros (los guardianes los pagará el vecindario que quiera tenerlos).

Como ustedes ven, Buenos Aires con su millón de habitantes no está tan mal.

Los perros son unta raza especial belga, de Gante. Aprenden todo menos a hablar, leer y escribir.

Los guardianes nocturnos se llamarán “serenos”.

No sabemos aún si, como ahí en tiempos que no vieron la mayor parte de los que me leen, cantarán las horas que el vecino sepa que velan por él y si no tiene reloj para que sepa la hora que es.

En esos tiempos a que me he referido el sereno que usaba una chuza como arma y linterna cantaba así: “¡Viva la Federación, mueran los salvajes unitarios, vivid representación!” (era la legislatura).

Y después:

Las once, o las doce, o la una etc., etc., han dado y sereno, o lloviendo.

En medio de todo no eran tan malos aquellos tiempos: había poco que robar, la vida era muy barata, no había hoteles, pero había hospitalidad.

Es cierto que se vivía con el Jesús en la boca por aquello que sabemos… lo que cantaba el sereno; pero se vivía y se ignoraban muchas enfermedades a la moda como la neurastenia; derechamente se decía: fulana es estericada o está con el “estérico.”


En todas partes se cueces habas… y aquí tienen ustedes una noticia que tomo del “Sotissier Universel” del “Mercure de France”: “Durante la última recepción de la academia francesa se ha hablado mucho del puesto dejado vacante por la muerte de M. Brunètiere[9], que los conservadores querrían ver reemplazado por Paul Verlaine, el poeta (Rivista di Roma, 25 de enero 1907).

Atrasada de noticias anda la Revista, como que el laureado poeta murió hace dos años. La celebridad misma no consigue muchas veces que se ignore nuestro paradero.


Creo que nosotros no tenemos un diputado, ni en prospecto, tan visible como lo era monsieur, que acaba de morir, dejando vacantes “dos” asientos en la cámara francesa de los diputados, donde a causa de su gordura ocupaba dos sillones. El más grueso diputado argentino que yo recuerdo haber conocido fue mi amigo Cabral, de Corrientes, el cual le dio notoriedad al dicho: “cuestión de apreciaciones” en cierta sesión célebre.


La muerte de madame Robineau, decana de las parisienses, acaecida hace poco, a la bonita edad de 107 (ciento siete) años ha puesto a la orden el tema: ¿la vejez es una enfermedad que se puede curar?

Los unos dicen: ¿Vivir es un misterio?

Los otros: ¿No será más bien un misterio?

En cuanto al higienista Metchnikoff[10] ya saben ustedes cuál es su opinión, y por si la ignoran aquí está.

Dice el sabio ruso: “el hombre no muere, se mata”.

Es la misma idea que en uno de mis escritos de hace años (Causerie sobre no recuerdo qué) consigné, refiriendo una anécdota de Hahneman[11] el inventor de la homeopatía.

“On ne meurt que de betise[12]”, es decir, no se muere sino de bestialidad, o, empleando una fórmula según el concepto íntimo del maestro: Solo se muere por lo que se traga (y a veces de hambre).

Yo dejo a unos y otros brujulear con sus teorías más o menos fundadas en la observación de la naturaleza humana, y repito lo que he leído en un libro inglés, algo melancólico, es cierto.

Pero muy bonito. Tiene este título “A Dreamer’s Book” (por J. H. Pearce)[13] y haciendo notar que caminamos de ilusión en ilusión (que bellas son algunas) exclama:

We must all die.

All die we must.

Die must we all.

Die all we must.

Lo cual para ahorrarle trabajo al que no sepa inglés dice “berbatin et literatim”.

Debemos todos morir.

Todos morir debemos.

Morir debemos todos.

Morir todos debemos.

¡Qué prosa tan prosaica resulta! “¡Qué vil prosa!” habría dicho el señor de Voltaire.


Max Nordau[14], escribiendo sobre “Arte y Artistas”, puede ser tildado en sucintas palabras, sin que esto quiera decir que no haya en su libro una buena dosis de sapiencia y de crítica aguda.

Desde luego se contradice en algunos pasajes, no pocos. Disertando sobre el arte por el arte acaba uno por preguntarse: pero, al fin y al cabo ¿cuál es el veredicto de este feroz enemigo de Eduardo Monet, el impresionista, a quien tanto maltrata, “como si le hubiera robado el reloj”?

Los calificativos de “asno”, “tonto”, “snob”, “humbug[15]”, “enfermo”, llueven sobre él sin piedad.

Es de suponer que en el próximo trabajo de Max Nordau, ya habrá optado o por el arte del punto de vista sociológico o por el arte bajo el aspecto estético o según las leyes de la luz y de la retina o, todavía, conforme a las sensaciones de los nervios y del cerebro.

Tenemos así que esperar a ver cómo es que un escritor que sostiene que el arte tiene una misión social y que la misión del arte moderno es la glorificación de la democracia y de lo que se conoce por “trabajo”, como es, repito, que ese escritor puede tener el derecho de admirar las pinturas de Gustave Moreau[16], tan original.

Terminaré con una observación ajena: “la misma inconsistencia del libro[17] lo hace sugestivo”, y descubre la hilacha teológica digo yo, del que no comulga con hostia consagrada, como se colige al oírlo hablar de los maestros de la Edad Media que, según él (Nordau), recibían órdenes del “patrón” en cuanto al asunto.

El “patrón” es una alusión al papa, y aquí hago punto final, que un “benisseur” como yo no le sienta bien a un escritor de calibre casi enciclopédico tan sabedor de no pocas “mentiras convencionales”.


Mi egregio y predilecto amigo, un erudito, Joaquím Nabuco[18], embajador del Brasil en Inglaterra, el cual lleva con tanto brillo el nombre de su ilustre padre, eminente hombre de estado brasilero, acaba de publicar un interesante volumen “Pensées Detachées[19]” (Editor Hachette), del que extraigo, traduciéndolos, estos pocos concisos pensamientos:

“En millares de libros hay uno que es el tema; los otros no son sino variaciones”.

“Hay mujeres que se colocan del lado de los amores tempestuosos para recoger los restos (débris)”.

“Hay días en los que uno ve desnudo el “canevas” del tiempo”.

“Todo sentimiento muere cuando se hace convención. En la vida mundana casi todas son convenciones”.

“Un poco de amor puede bastar en el matrimonio; fuera del matrimonio todo el amor no basta”.

Me parece exacto. Pero yo agrego: en el matrimonio no basta el ingrediente del amor; son necesarias las concordancias: gustos, opiniones, creencias.

Y con relación a la primera[20] máxima ya que de máximas se trata, diré por boca de otro, así tendrá más autoridad: el libro que se debe leer no es el que piensa por uno, sino el que nos hace pensar. Ningún libro en el mundo es para eso comparable a la Biblia.


Están dando en el Odeón un drama (¡qué otro nombre darle!) con el mismo título y argumento del romance (¡qué otro nombre darle!) de Zola: “La Faute de l’abbé Mouret”[21].

Los que van por curiosidad se dicen: si para esto sirve el teatro moderno, mejor sería cerrarlo.

Cuando a Herbert Spencer[22] le pidieron un pensamiento sobre Víctor Hugo que acababa de morir, contestó: conozco de nombre al gran poeta; pero no he tenido tiempo de leerlo absorbido por mis estudios de otra índole, dispénsenme.

No es textual lo dicho, cito de memoria, es la sustancia.

Pues si ahí quieren darles a ustedes ese regalo del “Odeón”, deseo que estén todos muy ocupados para no asistir a una exhibición que huele a estiércol.


Un acto político de suma importancia acaba de poner una vez más en evidencia la sabiduría del pueblo inglés. Y llama tanto más la atención el hecho, cuanto que la victoria conservadora se debe principalmente a la concurrencia del voto femenil, pues como ustedes saben las mujeres que pagan impuestos gozan en Inglaterra de la franquicia electoral.

Estoy refiriéndome a la renovación de los miembros del “London County Conceil”, o sea de la municipalidad de Londres, que estaba hace ya años en manos del partido liberal, de los radicales, de los socialistas y de los estatistas empresarios.

Los cargos que una parte de la opinión les hacía eran graves, como que no era solo “incapaces” lo que se les decía; se les acusaba de malversación comparándolos a los explotadores de Nueva York o sea “Tamany hall”.

La otra parte, la interesada en continuar gobernando el municipio de la primera ciudad del mundo se defendía; y todo ello a la luz del día en la prensa diaria, en revistas, hasta en folletos especiales y libros “ad hoc”, en meetings, desde luego, tronando la verbosidad y la elocuencia de ambos sexos.

Oídos pues unos y otros, pesadas, quilatadas las quejas, los cargos, las razones de unos y otros, desfilando los números a los que la habilidad del contador les hace decir lo que conviene; en una palabra, oído “M. Punch” (¡qué poder el de la caricatura!), que ha dicho tienen razón los conservadores, basta de eso híbrido (liberales, radicales, socialistas, estatistas), a votar contra ellos, la gran mayoría ha confirmado con su veredicto popular el sabio consejo haciéndolo ley.

Como yo no puedo (ni ustedes tampoco) ver estos movimientos de opinión sin pensar en mi tierra, estoy pensando en Buenos Aires, y ya se harán ustedes cargo de en qué consisten mis pensamientos.

Pero qué, si ahora ya la mujer no se ocupa de política en la Argentina. Ya el hombre no le pide consejo. Si la cree su verdadera mitad es en los conflictos para que no falle lo de acordarse de Santa Bárbara cuando truena.

Amén.


  1. Victor Giraud (Mâcon, 1868–Sartrouville, 1953) fue un crítico literario y académico francés, secretario de la revista Revue de Deux Mondes. Autor de más de cuarenta libros, entre los cuales se hallan los estudios sobre los autores que refiere aquí Mansilla, publicados seguramente primero en la revista y años más tarde (algunos en fechas posteriores a esta página breve) recopilados en libros: Ensayo sobre Taine, su obra y su influencia (Paris: Hachette, 1900), Pascal: el hombre trabaja la influencia (Paris: Fontemoing, 1905), Chateaubriand, estudios literarios (Paris: Hachette, 1912), Port-Royal de Sainte Beuve (Paris: Mellottee, 1930). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/34457227).
  2. Giraud, Victor. Livres et questions d’aujourd’hui. Paris: Hachette, 1907.
  3. Ver nota al pie de PB. 22.05.06 o índice de publicaciones periódicas.
  4. Charles Augustin Sainte-Beuve (Boulogne-sur-Mer, 1804-París, 1869) fue un crítico literario y escritor francés de prolífica obra. Escribió numerosos poemarios, ensayos, epistolarios, novelas y cuentos. Creemos que Mansilla se refiere aquí a sus Pensamientos de agosto (1837). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/56616058).
  5. Revista contemporánea (Madrid, 1875-1907) fundada y dirigida en su primera etapa por José del Perojo y Figueras, de formación racionalista y germana, una de las más recias mentalidades de su época, como describió Asenjo a quien introdujo en España a Kant, Hegel y Fischer. Sus contenidos son ensayos y estudios de todas la ramas del conocimiento tanto humanista como científico; textos de creación literaria originales, tanto novelas, cuentos y leyendas como poesías, y revistas críticas sobre el movimiento literario e intelectual europeo, además de novedades bibliográficas, tanto españolas como internacionales. Contó con correspondencias (corresponsalías) en Alemania, Inglaterra, Italia y Francia y difundió la novelística alemana, rusa, inglesa, francesa o escandinava. Constreñida a un ambiente intelectual minoritario, tuvo un tono liberal y europeísta. (Extractado de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España: https://bit.ly/2Fno9ip).
  6. Antonio Balbín de Unquera (sin datos biográficos) es el autor del estudio Bases, conveniencia y alcance del arbitraje internacional para resolver las cuestiones que surjan ó estén pendientes entre España, Portugal y los Estados ibero-americanos: forma de hacer eficaz este arbitraje (Madrid: s/d, 892). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/287164679).
  7. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.
  8. Rousseau, Jean-Jacques. Du contrat social ou Principes du droit politique. Amsterdam: Marc-Michel Rey Libraire, 1762.
  9. Ver nota al pie de PB.01.02.06 o índice onomástico.
  10. Iliá Ilich Méchnikov (Járkov, 1845-París, 1916), también conocido como Eli o Elías o Elie Metchnikoff fue un microbiólogo ruso ucraniano, Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1908. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/29663312).
  11. Christian Friedrich Samuel Hahnemann, más conocido como Samuel Hahnemann (Meissen, Alemania, 1755–París, 1843), fue un médico sajón, inventor de la homeopatía. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/56620092).
  12. “Solo morimos de estupidez”.
  13. Pearce, Joseph Henry. A Dreamer’s Book: Being Fantasies and Daydreams Dealing Mainly with the Illusions and Disillusions of Life. London: A. H. Bullen, 1905. Pearce (1856-1938) escribió también Drolls from shadowland, Ezekiel’s sin; a Cornish romance y Short Stories. (Extractado de VIAF:
    http://viaf.org/viaf/17138120).
  14. Ver nota al pie de PB.27.03.06 o índice onomástico.
  15. Del inglés, “patraña, embuste, macana”. Cambridge Dictionary en línea: https://bit.ly/3c1oBzj.
  16. Ver nota al pie de PB.06.04.06 o índice onomástico.
  17. No hemos encontrado ningún libro de Max Nordau así titulado. Probablemente, por la fecha del artículo y el tema, se trate de Psycho-physiologie du génie et du talent (Paris: Ed. Félix Alcan, 1906). Tal vez haya una errata del diario y donde se lee: “Max Nordau, escribiendo sobre ´Arte y Artistas´”, debe leerse sin el entrecomillado y las mayúsculas: “Max Nordau, escribiendo sobre arte y artistas”.
  18. Joaquim Aurélio Barreto Nabuco de Araújo (Recife, 1849–Washington, 1910) fue un político, diplomático, historiador, abogado y periodista brasileño. Fue uno de los fundadores de la Academia Brasileña de Letras. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/23316).
  19. Nabuco, Joaquim. Pensées detachées et souvenirs. Paris: Hachette, 1906.
  20. “Primer” en el original.
  21. La Faute de l’Abbé Mouret (1875) es la quinta dentro de la serie de veinte novelas que el escritor naturalista publicó bajo el título Les Rougon-Macquart. Se trata de una obra profundamente anticlerical.
  22. Ver nota al pie de PB.11.04.06 o índice onomástico.


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