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EL DIARIO

Miércoles 16 de Enero de 1907

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, diciembre 20 de 1906.

 

Ya deben ustedes tener crónicas muy detalladas del último drama de Catulle Mendés, “La Virgen de Ávila”[1], sobre cuyo mérito real están no poco divididas las opiniones literarias lo mismo que las que se refieren a la verdad histórica.

Nadie dice que los versos no tengan gran mérito; ni que la tramoya (“mise-en-scene”) no sea de primer orden, representando transfiguraciones prodigiosas, que producen la sensación de la realidad.

Pero si Santa Teresa fue así, tal cual la ha exteriorizado la fantasía del poeta, se me ocurre que al morir no estaba tan enteramente limpia y purificada como para irse al cielo en derechura, es decir, sin pasar por el purgatorio algunas horas siquiera.

Siendo esto contrario a la concepción que tenemos de la santidad, la pieza me ha dejado molesto.

Desde luego, lo confieso a ustedes con toda ingenuidad: no me gusta la religión en las tablas, ni el mismo teatro clásico español que es el que más respeta la ortodoxia católica cuando la lleva a la escena en figuras históricas.

Agregaré para hablar enseguida de otro asunto teatral también (“Julio César”, traducido, por de Gramont, y representado en el Odeón[2]), que los que quieran conocer con prolijidad esta Virgen de Ávila pueden ocurrir a la “Vida de la Santa”[3].

En ella encontrarán la figura del sacerdote Ervann, que ha dado la trama del drama, en el empeño de Santa Teresa por salvar el alma del indigno sacerdote.

A pesar de la prensa diaria que en todas partes es tan ladina para organizar el elogio, pasará pronto esta composición dejando solo luces pálidas de fuego fatuo.

¿Me atreveré a decirlo? ¿Por qué no? Es Sarah Bernhardt[4], a quien ustedes conocen tan bien y cuyo maravilloso talento no flaquea, la que ha salvado a Catulle Mendés de un naufragio teatral con su Santa Teresa en verdad de comedia.

Ha tenido aptitudes, gestos, acentos de beatitud, momentos que no parecían humanos, como para morir de veras en vez de resucitar respondiendo a los aplausos más o menos espontáneos del público y de la “claque”; de esta última sobre todo, cuyo mandato de “surge et ambula” es irresistible.


Al grito de protesta, parecido a una excomunión de los fieles de Ávila, Catulle Mendés contesta (lo acabo de ver después de escritas las plumadas antecedentes), contesta que está “asombrado” del modo como ha sido tratado por el cabildo de Ávila “con motivo”, dice, “de un drama en el que con espíritu devotamente entusiasta ha evocado a la Seráfica Madre Santa Teresa de Jesús”.

No diré yo que no falta quien piense que de buenas intenciones está empedrado el infierno. Me reduciré a una observación final.

Insistiendo en su defensa de impecabilidad, agrega el poeta: “¿He incurrido en culpa presentando en el primer acto de mi drama a Teresa de Ahumada clemente respecto a un sacerdote sacrílego en pecado mortal? No. Esa clemencia de Santa Teresa está en la Vida de Santa Teresa escrita por Santa Teresa misma”.

No diré yo, que no falta quien piense que la enmienda es peor que el soneto. Pero sí diré en conclusión, y lo diré valiéndome de una palabra, una sola del mismo Catulle Mendés, “humanizados”, que el gato no tiene tres pies sino cuatro y que toda vez que el talento se valga del arte para “humanizar” en las tablas tan luego (donde la impresión de los pensamientos objetivados es tan fuerte), lo digo una vez más, y termino, para “humanizar” lo divino, hemos de ver que la gente se encoje de hombros como diciendo: “oh! no, c’est trop fort”, y que algunos se indignan a más no poder.

Como se concibe las críticas de todos colores llueven, y Catulle Mendés no puede acallarlas por más misivas que mande a “El Imparcial”.

Una de esas últimas críticas (yo no lo había maliciado siquiera), se refiere casualmente a uno de los más lindos versos, este:

“Les pieds nus de Jésus

sont maitre de la mer…”[5].

(Lástima que no sea verdad tanta belleza); porque cuando Santa Teresa murió, ni se hablaba de la Invencible Armada.

¿Cómo pudo entonces la santa contestar a una pregunta que no se le podía hacer?

La santa murió en 1582 y la Gran Armada fue destruida por los elementos desenfrenados en la borrasca de 1587, ¡¡cinco años después!!


Julio César en francés ha sido un triunfo para el Odeón.

Hay que hacer cola durante horas en las boleterías del teatro, tiene varios, según el precio de las localidades, para hallar donde acomodarse a los ocho días.

Todos ustedes conocen a Julio César, de modo que es hasta cierto punto ocioso decirles cómo lo ha pintado Shakespeare en su famoso drama, sacado en totalidad de los escritos de Plutarco, y lleno, a cada paso, de amasijos históricos que, por otra parte, en nada dañan a la majestad dramática del asunto ni al verso admirable inglés. El traductor debe saberlo a la perfección.

He dicho que todos ustedes conocen a Julio César, su historia, y no tengo por qué retractarme, ni ustedes por qué desmentirme (no sería amable). Pero alcanzamos unos tiempos de crítica perturbadora, que hoy por esto y mañana por aquello, resulta que no pasa un día sin que algo tengamos que corregir a nuestros informes, conocimientos o nociones sobre las cosas de arriba y de abajo.

Así por ejemplo todo lo que tantas veces hemos repetido (Shakespeare entre otros), sobre la túnica ensangrentada de César, que Antonio muestra al pueblo para enardecerlo, todo eso, que está en la tragedia, hay que enmendarlo, según lo ha manifestado Ferrero[6] en sus recientes conferencias.

Ferrero sostuvo, y bien puede tener razón, que Antonio se redujo, sin pronunciar el menor discurso, a leer los decretos expedidos por el Senado, en honor de César, cuando éste estaba entre los vivos.

Por suerte nada tenemos que corregir a lo que Shakespeare describe con tanto vigor de colorido dramático, me estoy refiriendo al asesinato de César. Murió pues como nos lo habían dicho, o enseñado los libros viejos, y murió, desgraciadamente, ¡pobre humanidad! a manos de la ingratitud, inmolada por el servilismo de los que momentos antes de herirlo a traición, se prosternaban ante él solicitando su clemencia y sus favores.

Así el nexo que une lo pasado a lo presente tiene que ser muy fríamente examinado para decir: las cosas pasaron como la tradición o como la leyenda nos lo viene trasmitiendo.

Podemos vivir siglos y siglos en el error, hasta que cavando la sepultura para un pobre, hallamos un ánfora regia dentro de un sarcófago antiquísimo ilustrado con jeroglíficos concluyentes y relieves justificativos.

Siguiendo así bien puede ser que para saber la verdad verdadera contemporánea sea preciso esperar miles de años. Pero como los muertos no vuelven a aumentar la población del planeta, esos reposarán en sus tumbas con sus equivocaciones.

Y a propósito de equivocaciones, parece que el Marco Antonio que ha representado el cómico Max más se parece al general Boulanger[7], otros dicen al rey Milano, que al robusto y fornido, astuto y libertino, que al personaje varonil que nos pinta Plutarco. Por manera que los que no conozcan al Antonio de éste y al de otros, sino al del Odeón, interpretado por el actor Max, ya están frescos; yo creo, por mi parte, que en los rasgos generales de Antonio no había nada de enigmático ni que remotamente lo reflejara como un afeminado.


Entra cuando acabo de escribir “afeminado”, un amigo que ha vuelto a ver anoche Julio Cesar, y me dice que las observaciones de la censura periodística han influido en Max tanto, que peinado, actitudes, acción en general, son más varoniles.

Dirán después que los diarios no nos inducen… hasta bien a veces.


¿Leyeron ustedes una de mis páginas de hace poco en la que hablaba de la “fiebre de la seda, de las pieles y de las perlas[8]”?

Pues aquí tienen ustedes confirmadas mis palabras por un sociólogo, economista también, Eugéne Rostand, tío del autor de Cyrano[9].

Escribe tratando del movimiento social: “Si es un progreso de la civilización y de la cultura el eliminar de la mentalidad de mismo aspecto las estadísticas oficiales de 1905, contienen una confirmación dolorosa de lo que decíamos a poco, arrancando un grito doloroso”.

Examinando sin prevención lo que se ve es: que las religiones positivas vician el sentido moral (esto lo digo yo), M. Rostand, desarrollando el mismo aserto, hace esta acotación, concordante con la mía sobre “sedas, pieles y perlas”: “en un pueblo las concepciones religiosas, la vida moral de nuestro país renovándose en otras fuentes ha debido reportar de ello algún beneficio. Los hechos, los hechos repito, nos obligan a hacer constar que nada revela que se depure o tienda a depurarse, y muy al contrario, ni la evolución de la familia, ni las manifestaciones de la prensa o del teatro, ni el curso de la natalidad hablan en favor de ello: bajo este en todas las escalas sociales reina la pasión del goce rápido con el mínimum de esfuerzo. Arriba, un lujo intensivo, difuso por la manía igualitaria. Abajo, el objetivo es reducir siempre cada vez más el trabajo…”.


Acabo de leer en un libro inglés que la lengua y la religión son los dos lazos más fuertes y más duraderos que unen las almas, (y yo digo: mientras no se meta en ello el amor que es cosmopolita).


Toda la Europa está de luto: Brunetière[10] ha muerto, y con él pierden la crítica literaria y el catolicismo una de sus primeras espadas.

Como vivía ha sido enterrado: sin pompa.

Había dispuesto que lo llevaran a la última morada como a los pobres; nada de flores, nada de discursos.

El féretro iba rodeado de los más altos dignatarios de la idea. Si el alma ve debía sentirse satisfecho de tan envidiable tributo.

Era un convertido, una especie de San Agustín profano, y que estas dos palabras no se escandalicen al verse juntas.

Su cualidad relevante fue la perseverancia en el trabajo mental; de ahí una fusión conspicua del pensamiento y la acción.

Era una mezcla de Saint Beuve y de Taine[11] visto bajo el ángulo literario; su método fue empero otro.

Estaba reñido con la escuela impresionista; aplicaba a la literatura la doctrina evolucionista y sus recursos eran un conocimiento completo de los grandes escritores y la más prodigiosa erudición en todas las esferas del saber.

¿Leyeron ustedes mi traducción de su opúsculo, tan vigoroso, titulado “De la necesidad de creer”?

Si no, se los recomiendo otra vez; porque esto de creer es tan necesario para el alma como el aire oxigenado para los pulmones.

El que tarde de ello se apercibe prematuramente muere de tisis física o moral.


Valiéndose de la expresión del sabio antiguo, mi amigo Maurice Barrés[12] dice en “L’ Echo de Paris[13]” a propósito del entierro de Brunetière[14]: que “el animal humano permanece eternamente religioso”; y que Viviani[15] y los socialistas demoledores se equivocan cuando creen posible reemplazar al cura.

Y el mismo, Barrès, el académico un tantico escéptico, hace esta confesión: Yo no me conozco como un creyente; pero la infernal estupidez de nuestros anticlericales me obliga a sentir, a ver en mi corazón, la divina necesidad de la religión de mis padres. Cerca del féretro de Brunetiére, la otra mañana, yo pensaba que le tributábamos a nuestro respetado amigo, en aquella sublime atmósfera de las palabras latinas más conmovedoras, un homenaje que ningún poder podría prohibir ni suplir. No es que yo experimente la influencia de los dogmas, pero me inclino con amor ante la inevitable y muy querida influencia del pasado….

¿Para qué comentar lo que el mismo Barrès comenta?

He aquí algo que es un sarcasmo de los tiempos o, si ustedes quieren, una prueba más de que la imparcialidad y la lógica dejan mucho que desear cuando se hace crítica literaria con la pasión política como criterio.

Se trata del miembro informante en el senado francés, el cual apoyando el proyecto para ponerlo a Zola en el panteón, dijo:

“Zola es un autor profundamente moral, lo afirmo apoyándome en una gran autoridad”.

A lo que el senador Las Cases observó:

–Sí, Anatole France[16], ¿no?

–Justamente.

–Pues bien, el mismo autor ha dicho (cuestión de momentos): “La Tierra de Zola son las Geórgicas de la crápula”.


“Le Figaro[17]” de París es muy leído en el Río de la Plata, por cierta “élite” de gente aficionada a todo lo que es francés y elegancia. Pero como lo reciben en paquetes, debe pasarles lo que a mí con los diarios de la tierra: con el deseo de devorarlos mucho se me cae del plato de la curiosidad. Aquí tienen ustedes, pues, el motivo de la transcripción íntegra de unos versos de Voltaire que dicho “Figaro” ha publicado, y que son una curiosidad gramatical en el sentido ortográfico. Todos ustedes saben francés y no necesitan tildar el vetusto texto plagado al parecer de errores tipográficos (no como el otro día cuando me han hecho a mí decir “óptimo” por “opimos”).

Las coplas de Voltaire, inéditas, son motivadas por una carta de cierto señor Andrés Gargas que quería conocer su opinión sobre un proyecto de “paz perpetua” que le mandaba; y cuyo Gargas era entonces algo así como Monsieur D’ Estournelle, un soñador humanitario.

Helas aquí al pié de la letra:

Fernai, 22 Septembre 1776.

J’ais tous les conquérants, depuis le Grand Cirrus

Jusque à ce roi brigand appelé Romulus;

On a boa les vanter, leur conduite est blâmable

Je les aborde tous et je les donne au diable!

Finalement, je fais de grandes soues

Que leur métier affreux ne s’exerce jamais

Et qu’enfin l’équité nous amène à grand pas

La bellissime paix de Pierre André Gargas[18].


El general inglés lord Methuen[19], que tanto se distinguió en la guerra contra los boers, acaba de publicar en su calidad de comandante en jefe de un cuerpo del ejército, un memorándum que tiene por objeto introducir el canto en las filas del ejército, para lo cual invoca razones de higiene y de patriotismo.

El canto suprime la monotonía en el cuartel, en las marchas y aumenta el brío, a la vez que fortalece los pulmones, son sus argumentos.

Me parecen incontestables bajo ese punto de vista.

Es asunto del que hace muchos años me ocupé, de acuerdo con lord Methwen, en un artículo sobre el general Bedeau[20] que se distinguió en África y fue desterrado después del golpe de estado del 8 de Diciembre que trajo el imperio con Napoleón III.

De humor tétrico, hacía siempre marchar la tropa a la sordina y sus campamentos eran lúgubres.

Por esto sus subalternos, reconociéndole relevantes cualidades, valor e instrucción, constantemente solicitaban cambiar de cuerpo.


Más vale tarde que nunca…

¿Y a qué viene esto?

A propósito de “Juan Orth”, el bonito libro de Eugenio Garzón[21], que acaba de venir a enriquecer mi pequeña colección de autores uruguayos.

¡Y cómo escriben bien todos estos orientales!

No me pidan ustedes un juicio crítico detallado de esta novela histórica.

Ya otros les han dicho a ustedes que Juan Orth es un archiduque austríaco, un príncipe, que ha desdeñado la pompa imperial, y que, si aún vive, cuasi errante y fugitivo siempre resulta un misterio su residencia.

¿Será verdad, completamente verdad, todo lo que relacionado con el particular tan romántico se dice?

“Rien n’est besu que le vrai[22]” ha escrito un maestro.

Pero yo conozco una porción de leyendas parecidas a mentiras que son bellísimas.

Dejando pues de lado cuanto huela a crítica trascendental, siendo otra por parte, horanona (sic) (lo repito, Juan Orth me llega tarde) he aquí en términos sumarios, casi homeopáticos, mi opinión sobre este nuevo libro de Garson[23], que prepara otros.

La influencia del medio ha afrancesado sus dotes narrativas y su estilo nativo; de suerte que el criollo conservando todo su vigor de colorido descriptivo se ha hecho más elegante.


  1. Hemos consignado una nota al pie sobre este escritor del parnasianismo francés en la PB.10.01.06 y en la PB.20.04.06, en la que Mansilla comenta el estreno de la obra anterior, Glatigny (1906). La Vierge d’Avila (Sainte Thérèse), drama en cinco actos y un epílogo en verso sobre Santa Teresa de Jesús. Se estrenó en noviembre de 1906, con Sarah-Bernardt como protagonista, con música de Reynaldo Hahn y decorados de M. Paquereau.
  2. Se trata del drama de Shakespeare, representado en París en 1907, con Madeleine Barjac en el papel de Calpurnia.
  3. Santa Teresa de Jesús (Gotarrendura, Ávila, 1515–Alba de Tormes, 1582) fue una religiosa y escritora mística española, conocida también como Santa Teresa de Ávila. […]. Su vida y su evolución espiritual se pueden seguir a través de sus obras de carácter autobiográfico, entre las que figuran algunas de sus obras mayores: La vida (escrito entre 1562 y 1565), las Relaciones espirituales, el Libro de las fundaciones (iniciado en 1573 y publicado en 1610) y sus Cartas. Extraído de: https://bit.ly/3q15LyJ.
  4. Sarah Bernhardt (París, 1844-París, 1923) fue una actriz de teatro y cine francesa. Protagonizó muchísimas obras de teatro y películas. Entre las obras en las cuales desempeñó papeles protagónicos, cabe mencionar:  La dame aux camélias (1911), La dama del mar (1906) de Ibsen; Antony and Cleopatra (1899) de Shakespeare. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/68925417).
  5. “Los pies descalzos de Jesús son dueños del mar… ”.
  6. Ver nota al pie de PB.12.01.06 o índice onomástico.
  7. Georges Ernest Jean Marie Boulanger (Rennes, 1837 – Ixelles, 1891) fue un militar y político francés de gran influencia en los primeros años de la Tercera república francesa. (Extractado de VIAF:
    http://viaf.org/viaf/7358720).
  8. Se refiere a la página breve publicada el 6 de diciembre de 1906.
  9. Ver nota al pie de PB.10.01.06 o índice onomástico.
  10. Ver nota al pie de PB. 01.02.06 o índice onomástico.
  11. Ver nota al pie de PB.16.03.06 o índice onomástico.
  12. Ver nota al pie de PB.23.03.06 o índice onomástico.
  13. L’Écho de Paris fue un diario parisino publicado diariamente entre 1884 y 1944. Comenzó siendo un diario conservador y nacionalista, pero con el correr de los años se fue acercando al Partido Socialista Francés. Dentro de sus colaboradores asiduos se hallan los escritores Octave Mirbeau, Henri de Kérillis, Georges Clemenceau, Henry Bordeaux, François Mitterrand, Jérôme Tharaud y Jean Tharaud. Sus editors fueron Franc-Nohain y Abel Faivre. En 1933 el diario se fusionó con Jour y pasó a llamarse Jour-Écho de Paris. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/139443653).
  14. Ver nota al pie de PB.01.02.06 o índice onomástico.
  15. Ver nota al pie de PB.12.12.06 o índice onomástico.
  16. Ver nota al pie de PB.18.05.06 o índice onomástico.
  17. Ver nota al pie de PB.16.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  18. “Tengo todos los conquistadores, desde el Gran Cirrus / hasta este rey bandolero llamado Rómulo; / Nos jactamos de ellos, su comportamiento es culpable / ¡Los abordo a todos y los mando al diablo! / Finalmente gano mucho dinero / Que su terrible profesión nunca se ejerza / Y finalmente la equidad nos trae rápido / La maravillosa paz de Pierre André Gargas”.
  19. Field Marshal Paul Sanford Methuen, Tercer Baron Methuen, (1845–1932) fue un militar británico cuya participación fue protagónica como General Officer al comando de una división durante la Segunda Guerra Boer, en la que Inglaterra luchó contra dos ejércitos del África. (Extractado de VIAF:
    http://viaf.org/viaf/9160137).
  20. Marie Alphonse Bedeau (1804–1863) fue un militar y político francés. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/56885495).
  21. Eugenio Garzón (Entre Ríos, 1849 – París, 1940) fue un periodista y escritor argentino. Residió parte de su vida en el Uruguay, en donde dirigió el diario El Heraldo de Montevideo. Desde 1894 residió en París, en donde fue frecuente colaborador del diario Le Figaro. Escribió en francés sobre asuntos latinoamericanos. Entre sus obras: Jean Orth, Une campagne L ‘Europe dans Amerique Latine, Les Délegués Sud-Americaines au Congrés de la Haye, La flecha del charrúa. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/38360836).
  22. “No se necesita más que lo real”.
  23. A propósito de este libro, existe un manuscrito accesible en línea de Rubén Darío en donde el poeta nicaragüense comenta esta novela: Darío, Rubén, 1867-1916. Jean Orth y Eugenio Garzon[manuscrito] Rubén Darío. Archivo del Escritor. Disponible en Biblioteca Nacional Digital de Chile:
    http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/623/w3-article-133718.html.Accedido en 6/5/2021.


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