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Conclusiones finales y nuevos interrogantes

Habiendo realizado ya sucesivas síntesis del desarrollo de la tesis, en este apartado final planteamos observaciones e interrogantes que nos permiten delinear ejes de trabajo a futuro.

El recorrido realizado nos conduce a afirmar que, al término de los años noventa, la informalidad comenzó a adquirir centralidad en los diagnósticos producidos por los saberes de Estado locales e internacionales. La preocupación por el desempleo abierto fue descentrada, cobrando relevancia la inquietud por múltiples modalidades de inserción laboral, caracterizadas por su vulnerabilidad. La figura de los working poors interrogaba la relación entre trabajo y pobreza, condiciones en las que se reactualizó el enfoque sobre la informalidad. Ello en el marco de una coyuntura de crisis y conflictividad social, que desestabilizaba los campos político y técnico.

Como advierten Somers y Block (2005), si bien las coyunturas de crisis habilitan la eclosión de batallas entre regímenes de ideas y de prácticas contrapuestos, las ocasiones en que el régimen dominante es reemplazado por uno alternativo son excepcionales. En esta línea, registramos una intensa polémica que acompañó los procesos de desnaturalización de los modos vigentes de pensar e intervenir sobre la cuestión social. El debate sobre los problemas sociales fue renovadamente politizado y economizado, al ponerse en serie con discusiones sobre el desarrollo y los modelos de Estado. Asimismo, registramos el relanzamiento de la discusión ética acerca de la igualdad y la desigualdad, la relación entre la responsabilidad individual y colectiva, y las visiones sobre la integración social.

La reconfiguración de las problematizaciones sobre la cuestión social (en las que la informalidad devino un núcleo central) estuvo atravesada por una batalla de ideas y de prácticas, que condicionaron los contenidos que asumieron las programáticas en contienda. Así, se reactivaron discursos de heterogéneas filiaciones que confrontaban con el pensamiento neoliberal, al tiempo que éste se reformulaba, retomando conceptos de teorías críticas y alterando su sentido. [1] Buscamos evitar dos interpretaciones de estos procesos, que tienden a aligerar la confrontación que los atraviesa: por un lado, la idea de que la discursividad neoliberal fue puesta en crisis y reemplazada, en el caso argentino, por una alternativa, de raigambre populista- progresista; por otro, que dicha alternativa constituyó una forma de puro relanzamiento de la racionalidad neoliberal, a través de otros medios y discursos. Por el contrario, los modos de interrogar y tratar los problemas sociales fueron objeto de disputa, generándose convergencias y controversias entre lugares de enunciación heterogéneos.

Siguiendo este razonamiento, la reconfiguración del campo de discusión sobre la informalidad nos señala las disputas por circunscribirla como cuestión problemática, a fin de intervenir sobre ella. Se trató de una polémica que tiñó los modos en que los saberes transnacionales circularon a nivel local y que comprendió, a su vez, controversias al interior del sistema multilateral. Las tematizaciones analizadas tienen en común una pujante preocupación por la heterogeneidad de los sectores populares y por los procesos de fragmentación social, diagnosticados a partir de la extensión de la vulnerabilidad socio-laboral. Las conceptualizaciones de la informalidad establecían (y disputaban) una relación específica entre lo social y lo económico, y entre el registro del trabajo y de la vida, como orientación para las intervenciones. En suma, delimitaban los registros en los cuales inscribir las expectativas de progreso social: el ámbito productivo, el empleo, las protecciones, el mercado. La pregunta sobre el futuro del empleo cobró una consistencia insoslayable.

Los discursos del BM tendieron a diluir la relevancia del empleo como ámbito en el que se gestan los riesgos y condiciones de la reproducción de la vida. Los soportes de las “trayectorias de éxito”, como imagen ideal del producto del crecimiento económico, continuaron pensándose en clave individual, en tanto el bien común fue concebido como un resultado de interacciones agregadas de los agentes económicos. Los procesos de destrucción de empleos y de desplazamiento de los trabajadores devenidos en “improductivos” por el cambio tecnológico, eran leídos como una “destrucción creativa”, que era preciso no alterar en pos, incluso, de resguardar el bien común. El tratamiento de los problemas de empleo se fugaba, continuamente, hacia la macroeconomía y las estrategias de reducción de la pobreza. Las premisas de la Teoría del Derrame parecen haberse actualizado a partir del paradigma de la igualdad de oportunidades, una vez que la desigualdad se resituó como cuestión pública.

Las producciones de la OIT y la CEPAL, sostenidas en una reactualización de la cuestión del desarrollo y en una impronta distributivista, instalaron el diagnóstico sobre una crisis de los modos de hacer trabajo, a partir del cambio tecnológico que entrañaban los regímenes globalizados de producción. Los lazos entre el registro del trabajo y de la vida se restablecían en estos planteos, en los que la calidad del empleo era determinante de los niveles de seguridad socio-económica de los trabajadores. Estas agencias visualizaban la necesidad de recrear una nueva formalidad en el empleo, que promoviera la flexibilidad en el uso de la fuerza laboral y, al mismo tiempo, la seguridad de las personas para facilitar su adaptabilidad. Paralelamente, propusieron el desacople de ciertas protecciones elementales respecto de la inserción laboral, a fin de cubrir a los segmentos más vulnerables de la economía informal, cuya reconversión era improbable. A diferencia de las redes de seguridad elemental propuestas por el BM, los pisos elementales de protección se caracterizaban por una retórica incremental y por su apelación a la lógica de los derechos sociales.

La respuesta local a estos problemas se diferenció tanto de las discursividades “neoliberales” –con las que se confrontó prioritariamente–, como de aquellas de los saberes transnacionales con los que existían mayores afinidades teórico-ideológicas, es decir, los de la OIT y la CEPAL, pertenecientes a las Naciones Unidas. La distancia establecida con estos se fundaba en la expectativa de retorno y refundación del Estado Social, que vertebraba a los discursos oficiales. Ello explica el bloqueo de los debates sobre una nueva formalidad del empleo y sobre las estrategias de flexiseguridad, así como el cuestionamiento hacia las propuestas de desacople entre empleo y protección. El objetivo que aglutinó las intervenciones sociales en el país fue la restauración del empleo formal y el fortalecimiento de la seguridad social como sistema organizador de las protecciones, reivindicando su clásico sentido de aseguramiento. Como hemos señalado, se presentaron mayores dificultades para abordar aquellas situaciones en las que la informalidad se yuxtaponía con la pobreza y la exclusión sostenida respecto del mercado laboral formal. En este punto se produjeron las convergencias más notables entre los saberes de Estado locales e internacionales. Sin embargo, los emplazamientos generados no clausuraron las divergencias en los modos de tematizar estos problemas y de elaborar respuestas hacia ellos.

La consideración de la dimensión cualitativa de la pobreza, que se presentó de modo generalizado, no subsumió tras ella la relevancia de la distribución de ingresos. La afirmación de que proteger es también promover, no licuó el discurso de derechos sociales que se reivindicaba para las intervenciones relativas a la inserción socio-productiva de los “trabajadores de subsistencia”. Anclados en el valor social del trabajo, los expertos locales cuestionaron el peso de los desincentivos y el riesgo de “dependencia” para determinar el alcance y la calidad de las protecciones y pusieron de relieve que las condiciones en que los sujetos devienen (o no) empleables para el mercado son sociales y no solo individuales. En el marco del reconocimiento hacia el paradigma de la igualdad de oportunidades, se destacó que las garantías estatales eran una condición para la plena realización de aquella.

Convergencias y controversias revelan el carácter problemático que asumió la protección, toda vez que su relación con el empleo se sometía nuevamente a debate y que los trabajadores en actividad emergían como sujetos vulnerables a proteger. Si se aceptaba el desacople entre empleo y protección, las discursividades ancladas en la afirmación del valor social y moral del trabajo vislumbraban la posibilidad de su descentramiento como soporte de las identidades y la integración social, horizonte difícil de inteligir. Por otro lado, desde las discursividades que inscribían el empleo en un discurso propiamente económico, se reactivaba el sentido del trabajo como obligación y se ponía el foco en los desincentivos que las protecciones podían acarrear. La protección a la población activa con prescindencia del empleo instalaba un conflicto político que permaneció abierto y que se trasladaba a las condiciones que las políticas de asistencia y seguridad social debían cumplir.

Para finalizar, quisiéramos referirnos a ejes abiertos para la continuidad de nuestra investigación. En primer término, prevemos un abordaje sobre las discusiones relativas al futuro del trabajo en su relación con el cambio tecnológico. Se trata de un tema transversal en nuestro corpus que exige mayor detenimiento y la profundización de los debates teóricos más recientes al respecto para su tratamiento. En segundo lugar, si bien en esta tesis circunscribimos el abordaje de las problematizaciones sobre la informalidad al diálogo entre los saberes de Estado locales e internacionales, es claro que tenemos por delante una apertura del campo de indagación hacia otras instancias productoras de saber a nivel local. Durante el trabajo de archivo hemos advertido reiteradamente que el debate de los saberes de gabinete locales con las AID mediatizaba la discusión con voces locales progresistas u ortodoxas, ante lo cual nos preguntamos ¿qué debates locales marcaron el compás de los modos de adhesión y de crítica hacia los saberes producidos internacionalmente? Nos interesa profundizar en la dinámica local de la reconfiguración del campo de discusión sobre la informalidad.

En tercer lugar, el trabajo de archivo nos permitió identificar el proceso de recomposición de la expertise ministerial y las formas de yuxtaposición entre los discursos experto y político. Consideramos que es posible profundizar este eje analítico incorporando el discurso político como objeto de análisis y expandiéndonos hacia discursos no oficiales. Nos preguntamos: ¿cómo se intersectaron los discursos técnicos “de gabinete” y el discurso político oficial?, ¿qué sentido asumió el compromiso político en otros ámbitos de expertise?, ¿qué representación se produjo desde el campo especializado sobre lo político y, al revés, desde la política sobre la labor técnica?

Las transformaciones del presente en la política social renuevan nuestros interrogantes sobre el pasado reciente: ¿a través de qué contenidos se reeditaron los lugares de enunciación “neoliberales” durante el período de análisis?, ¿qué ejes de confrontación y de convergencia es posible hallar entre los discursos oficiales y otras programáticas alternativas? Ello en lo que refiere a la definición del trabajo y de la vida, núcleo central en la disputa político-cultural al remitir directamente a los modos de sociabilidad.


  1. Es el caso de la crítica al homo economicus, del reconocimiento de la imperfección del mercado, la afirmación de la capacidad de agencia de los sujetos, las preocupaciones por la dimensión cualitativa del crecimiento, y de la discusión acerca de la igualdad (de oportunidades), entre otros.


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