Leonardo Gorbacz y Julieta Calmels
¿Por qué un libro sobre salud mental y derechos humanos en este momento? ¿Por qué un libro que repasa las luchas históricas, desde el nazismo hasta la dictadura argentina, en este momento? ¿Por qué volver a echar luz sobre las violaciones a sus derechos que sufren las personas que transitan algunas instituciones de salud mental y las experiencias para desterrar esas prácticas, en este momento?
Atravesamos una crisis de salud mental de la población caracterizada por un aumento de las manifestaciones de padecimiento y un debilitamiento de las políticas nacionales que debieran articularse para hacerles frente. Tal vez por primera vez en la historia transitamos una epidemia en medio de un ajuste económico que incluye recortes a las políticas que deberían atenderla.
También, quizás por primera vez, la salud mental es un tema en la agenda política, en la agenda mediática y en la conversación social, aunque hablar de “conversación social” en tiempos de redes sociales, competencia exacerbada y violencia desatada tal vez sea un poco ingenuo.
Rota la conversación, lo que se despliega son enunciados vinculados a situaciones de salud mental que conducen rápidamente a una lógica reduccionista y binaria de buenos y malos, de “gente de bien” que necesita, para constituirse como grupo, de un afuera en quien depositar lo malo.
Así, en lugar de hacer un diagnóstico o un estudio epidemiológico que nos permita ubicar algún orden de causalidad que explique este fenómeno que estamos atravesando, lo que aparece son demandas enloquecidas de soluciones urgentes a problemas que ni siquiera se alcanzan a entender.
En ese contexto, no llama la atención que una de las propuestas que resuenan permanentemente para responder a esta crisis sea la reforma de la Ley Nacional de Salud Mental a tono con la lógica del securitarismo imperante.
Ya no estamos solo frente al peligro de retornar a un sistema manicomial que vigile y castigue a las personas con padecimientos mentales, sino frente a la instalación de un sistema que utilice las instituciones, los dispositivos y las tecnologías del campo de la salud mental para controlar al conjunto de la población.
Si la Ley Nacional de Salud Mental sancionada en 2010 nació como una ley de protección de derechos de una minoría vulnerabilizada, su reforma o derogación agitada 15 años después no solo amenaza a esa minoría sino a la población en general y, en última instancia, a la democracia misma.
En un hecho que podríamos denominar “lapsus institucional”, se difundió hace un año aproximadamente una circular del SAME (Sistema de Atención Médica de Emergencias de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) que ordenaba al personal de las ambulancias internar a las personas en situación de calle, aunque no tuvieran criterio médico. Ante el escándalo producido, dicha circular fue derogada. Pero existió. Por lo tanto, lo que quedó claro es que la búsqueda no es facilitar internaciones de personas con problemas de salud mental, sino utilizar los mecanismos de la ley de salud mental, distorsionándolos cuando no les es posible modificarlos, para encerrar a discreción a quien moleste. En este caso por estar en la calle, pero eso abre las puertas a que se lo haga a manifestantes, militantes, disidentes políticos o diversidades que no sean del agrado del poder político.
Mientras que algunos sectores agitan la falsa idea de que la ley no permite internar, el gobierno cierra camas, desfinancia los presupuestos provinciales que son responsables de la mayor parte del sistema público y libera a las prepagas para que definan las cuotas de los planes de atención, lo cual resulta en la expulsión de miles de afiliados del sistema privado.
En resumen, estamos frente a una crisis que, lejos de ser abordada con herramientas epidemiológicas y criterio sanitario, es utilizada para justificar un retroceso en términos de derechos humanos, ya no de una minoría sino del conjunto de la población.
Entonces sí. Es el momento de poner en palabras, de reconstruir memoria, de volver a pensar cómo históricamente la salud mental fue vehículo de control social y segregación. Es momento de historizar cómo fue que, en el mundo, pero particularmente en Argentina, fuimos desandando ese camino. Quiénes y cómo lo hicieron. Es momento de repasar la manera en que las luchas políticas generan cambios, promueven leyes, disparan procesos, provocan tensiones, movilizan recursos, construyen colectivos, producen conocimientos que se transmiten a las nuevas generaciones, habilitan nuevos proyectos de vida y propician nuevos actores en la escena pública. Y eso es lo que nos viene a proponer Adelqui.
Estos artículos, escritos a veces en soledad y a veces con otros, han sido publicados en diferentes momentos, pero adquieren hoy una nueva significación a la luz de la decisión de su autor de compilarlos y publicarlos haciendo de ellos una unidad que nos ayuda a iluminar una etapa oscura, recuperando la memoria no como ejercicio de la nostalgia, sino con la intención de mostrarnos lo que otros y otras han podido lograr en otras etapas oscuras de nuestro país y de la humanidad, para que podamos sacar de allí la inspiración y las enseñanzas que nos permitan hacer algo con este presente que a veces parece asfixiante.
Estos días reflexionábamos con colegas, compañeras y compañeros acerca de que hay una línea muy delgada que separa la coherencia de la tozudez, y que para llegar a destino a veces es necesario cambiar de ruta.
Los invitamos a leer este libro con esa clave: cómo sostener, frente a un escenario crítico, una coherencia que no nos transforme en estatuas rígidas sino que nos permita encontrar nuevos caminos para llegar al lugar donde siempre, nosotros y quienes lucharon antes que nosotros, quisimos estar: el de una salud mental que se construye con participación comunitaria y el de una comunidad que se enriquece alojando las diferencias.






