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De Auschwitz a Jalisco[1]

Si habéis nacido en un país y en una época en que no sólo nadie viene a mataros a la mujer y a los hijos, sino que, además, nadie viene a pediros que matéis a la mujer y a los hijos de otros, dadle gracias a Dios e id en paz. Pero no descartéis nunca el pensamiento de que a lo mejor tuvisteis más suerte que yo, pero que no sois mejores. Pues si tenéis la arrogancia de creer que lo sois, ahí empieza el peligro.

   

Jonathan Littell, Las benévolas (2007)

Hace días asistimos a un hallazgo extremadamente macabro en México, un campo de concentración creado por una banda de narcotraficantes. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, calificó los hallazgos como “terribles” y dijo que deben ser “profundamente investigados”.

Huesos quemados, ropa, zapatos, bolsos y cartas de despedida son algunas de las cosas que encontró el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco en el Rancho Izaguirre, en el oeste de México. Dicho colectivo, compuesto por familiares de víctimas, se dedica a buscar a personas que han desaparecido por la violencia narco y denunció que el lugar operó como un “centro de reclutamiento y exterminio”.

La zona, que está controlada por el cártel Jalisco Nueva Generación, habría sido utilizada para reclutar y entrenar de manera forzada a jóvenes que se sumarían a su banda criminal. En el lugar se encontraron tres hornos crematorios, 400 prendas de vestir, decenas de casquillos de bala y cartas escritas por personas que estuvieron cautivas. Un método de exterminio y ocultación de cuerpos nunca antes visto en México.

El cártel Jalisco Nueva Generación fue creado en 2007 y es una organización criminal mexicana dedicada fundamentalmente al narcotráfico y al tráfico de armas. Es considerado como uno de los grupos delictivos más peligrosos de México.

Jalisco es el estado con más desapariciones forzadas en México: más de 15.000 casos entre 2018 y 2024.

Fábrica de asesinos

En Rancho Izaguirre funcionaba un centro operado por el cártel denominado “La Escuelita”, porque allí se “entrenaba” a los próximos sicarios, muchos de ellos reclutados con falsas promesas laborales. Enseñaban sobre manejo de armas, técnicas de combate y fabricación de explosivos, pero también a desmembrar y desaparecer personas. Todo en condiciones inhumanas.

Varios testigos afirman que los reclutas eran forzados a pelear entre sí, a soportar castigos extremos y, en la prueba final, a consumir carne humana. Quien no pasaba las pruebas era ejecutado e incinerado.

Todos los días nos pegaban por cualquier cosa, así nos mantenían con miedo. Desde que llegamos lo primero que te hacen, luego de que te desnudan, es agarrarte a tablazos. […] Ahí no hay “no puedo, no quiero”. ¡Nada! Si te mandan por un papel de baño o te piden torturar a tu compañero, lo tienes que hacer. No hay más oportunidades. 

Una maquinaria brutal y perfecta de deshumanización. Quitar de esas personas todo rasgo de humanidad y empatía para que puedan ejecutar cualquier tipo de crimen.

Otro dato aterrador es que el Rancho Izaguirre era también un crematorio clandestino, donde desaparecían los cuerpos de quienes no atravesaban el horror.

Campos de concentración

Los campos de concentración fueron lugares de tortura y de terror implementados durante el régimen nazi entre 1933 y 1945. Los campos de exterminio se crearon con la única finalidad de llevar a cabo de la manera más eficaz posible el asesinato masivo de seres humanos. Estos campos representaron la industrialización de la muerte.

Nikolaus Wachsmann (2017), en su libro KL. Historia de los campos de concentración nazi, describe cómo los campos combinaron la explotación industrial del trabajo esclavo con el exterminio de 2.000.000 de seres humanos. Su investigación es un descenso a los infiernos, donde el horror, la crueldad y la muerte constituyen la “técnica” de la lógica del campo.

Auschwitz fue uno de los más grandes campos de exterminio nazis. Un lugar donde murieron más de un millón de personas, torturadas y asesinadas. Era un campo de concentración, un centro de exterminio y un complejo de campos de esclavos.

Centros clandestinos de detención en Argentina

Nuestro país tuvo sus propios “campos” durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983). La Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) fue el más emblemático, allí se mantuvo en cautiverio a alrededor de cinco mil personas secuestradas por las Fuerzas Armadas, lo que lo convirtió en el mayor centro clandestino de detención y desaparición de personas de nuestro país.

En el año 2023 fue declarado por la Unesco Patrimonio Mundial de la Humanidad: lo consideró un “lugar con un valor universal excepcional” y “un símbolo del terrorismo de Estado”.

A diferencia del campo de concentración encontrado en México, en nuestro país los cuerpos no solían ser quemados, se los arrojaba al Río de la Plata en los llamados vuelos de la muerte. En Auschwitz se usaron 52 hornos en 5 crematorios.

Los criminales creen que sin cuerpo no hay delito, por eso su desesperación por desaparecerlos y su creatividad para ello. Además, la figura del “desaparecido” fue parte de un plan sistemático destinado a aterrorizar a toda la población civil. “No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos”[2].

Estado de excepción

La particularidad del campo de concentración, aquello que lo distingue de otros dispositivos de encierro, es que allí solo prima la arbitrariedad del “soberano” frente a una ausencia total de una legalidad establecida. Giorgio Agamben (2004) define esta operación como la suspensión del orden jurídico, donde las vidas pueden ser destruidas sin que ello implique un delito.

En el campo, la ausencia de ley es la norma, cualquiera puede morir en cualquier momento sin ningún tipo de justificación. En palabras de Fernando Ulloa (1995), la víctima depende por completo, para dejar de sufrir o para sobrevivir, de su victimario. La encerrona trágica de dos lugares fijos, sin tercero de apelación. El paradigma del desamparo cruel. 

Sin duda, cabe la pregunta sobre la pérdida de todo tipo de humanidad en estos lugares; la experiencia de Auschwitz lo pone de relieve con aquellos prisioneros que perdían la función simbólica.

Bruno Bettelheim (1981), sobreviviente de los campos Dachau y Buchenwald, planteó que “si se quiere sobrevivir como humano, envilecido, tal vez degradado pero humano al fin, es preciso tomar conciencia del punto de no retorno individual, más allá del cual no se debía ceder frente al opresor”.

Lo innovador y llamativo del lugar encontrado en México es que no es un Estado el que secuestra, tortura y desaparece, sino bandas criminales dedicadas al narcotráfico. Incorporaron el modelo del campo de concentración para crear asesinos implacables. Deshumanizar para crear máquinas de matar, y el que no se adapta totalmente es torturado y quemado en los hornos.

El campo de concentración como un dispositivo de adiestramiento del crimen organizado es una herramienta nueva, no vista antes. Un despiadado dispositivo de terror que reduce lo humano a la servidumbre, a la obediencia absoluta. Una violencia organizada para hacer sufrir a otros sin conmoverse y sin ningún tipo de piedad.

Primo Levi (2005), sobreviviente de Auschwitz, dijo que la crueldad no es innata, sino aprendida; tal vez tenía la esperanza de que se pudiera desaprender. Pero seguramente nunca imaginó que todo ese horror del campo de concentración iba a ser usado para crear despiadados asesinos del crimen organizado.

Referencias bibliográficas

Agamben, G. (2004). Estado de excepción. Adriana Hidalgo.

Bettelheim, B. (1981). El corazón bien informado. Fondo de Cultura Económica.

Feinmann, J. P. (2013). La sombra de Heidegger. Planeta.

Levi, P. (2005). Si esto es un hombre. Muchnik.

Littell, J. (2007). Las benévolas. RBA.

Ulloa, F. (1995). Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica. Paidós.

UNESCO (2023). Sitio de Memoria ESMA – Museo Sitio de Memoria. Declaración como Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Wachsmann, N. (2017). KL. Historia de los campos de concentración nazi. Crítica.


  1. Publicado en Revista Contraeditorial el 25 de abril de 2025.
  2. La frase fue pronunciada por el entonces presidente de facto Jorge Rafael Videla en una conferencia de prensa en 1979.


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