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Cruzada y Guerra Santa: los caballeros de Cristo

Osvaldo Víctor Pereyra (UNLP)

1. Cruzada y Guerra Santa

Las Cruzadas deben ser entendidas como un episodio más del conflicto entre la Cristiandad y el islam (J. Flori [2001] 2003). Hacia el siglo XI, la Europa occidental se encontraba fragmentada en multitud de reinos y principados de diversa extensión territorial asediados por los dominios del imperio musulmán. Por un lado, firmemente asentados en la península Ibérica desde el siglo VIII, se encontraba el llamado al-Ándalus. La caída del califato Omeya en el 1031 descompuso esa antigua unidad conformando así una multitud de reinos debilitados -los llamados taifas- lo que facilitó el avance cristiano. La toma de Toledo por el rey de León Alfonso VI, en el 1085, marca el grado de disgregación político-militar alcanzado. Sin embargo, dicha expansión se vio comprometida, unos años más tarde, con la introducción de los efectivos almorávides, bereberes procedentes del norte de África, a la península. Musulmanes rigoristas, los nuevos invasores impusieron la yihad -guerra santa islámica- que, a través de una serie de campañas militares victoriosas, pusieron en jaque el predominio alcanzado por los reinos cristianos en toda la península y controlaron a los taifas. Por el otro lado, el siglo XI marca también, en el Oriente, el quiebre del antiguo equilibrio de fuerzas alcanzado entre el Imperio Romano oriental -Bizancio- y el imperio musulmán, con la irrupción de los turcos seljúcidas convertidos al islam sunnita. Los musulmanes turcos tomaron Egipto, la península de Anatolia y amenazaban las puertas de la propia Constantinopla. Por los dos extremos del orbe cristiano europeo la amenaza islámica parecía penetrar y poner en riesgo al conjunto de la cristiandad.

En noviembre del año 1095, ante el pedido de auxilio emperador bizantino Alejo I Comneno, el Papa Urbano II predica en Clermont una expedición militar para la recuperación de Jerusalén y de los santos lugares uniendo así en un mismo movimiento el sentido de la peregrinación (como acto penitencial) con la sacralización del combate (guerra contra el infiel por la liberación del Santo Sepulcro). Los musulmanes serán considerados “enemigos de Cristo”, de la “fe cristiana”, y de la “santa Iglesia”. La expedición recibió el nombre de Cruzada y su recompensa espiritual era la propia remisión de los pecados al morir en tierra Santa. Los cruzados debían ser entendidos como “guerreros de Cristo” y es en ese sentido que la “guerra santa” santificó a aquellos que participaran en ella (J. Riley-Smith, 2005). Así como la yihad prometía el paraíso a los guerreros islamitas que murieran combatiendo por el islam.

Si bien el llamamiento de Urbano II constituía en un primer momento un auxilio militar a la cristiandad oriental, muy pronto las cruzadas se convirtieron en fuente de nuevos conflictos entre los actores participantes en las mismas (M. Balard, 2006). El sentido del auxilio militar llevado adelante por los reinos occidentales formaba parte de la política del Papado de acercar nuevamente a la Iglesia cristiana oriental. Alejo I, el emperador bizantino entendía que dicha asistencia permitiría recuperar los antiguos dominios del imperio romano de Oriente perdidos a manos de los musulmanes, recomponiendo así el espacio territorial perdido. Sin embargo, la situación cambió cuando la supuesta ayuda militar de occidente terminó transformándose en empresa de conquista, erigiendo un conjunto de reinos latinos en las regiones reconquistadas -el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía, el condado de Edesa y Trípoli- los llamados estados latinos y católicos.

Las consecuencias geopolíticas de estos cambios no fueron menores, por un lado, marcaron la imposibilidad de acercamiento entre los reinos occidentales con la Europa oriental, y la clausura en la posibilidad de aproximar a las dos Iglesias cristianas, la católica y la ortodoxa. Los bizantinos terminaron viendo a estos cruzados occidentales como conquistadores. Al mismo tiempo, aquello que podía considerarse un episodio más de la antigua conflagración entre los imperios bizantino e islámico se transformó ahora en una agresión directa del occidente cristiano por la amenaza militar que significaban estos enclaves latinos en territorios musulmanes. De esta forma, las cruzadas (como guerra santa) detonaron necesariamente una respuesta militar, la yihad islámica, dirigida contra occidente. En consonancia, ambas respuestas militares forman parte del mismo movimiento de choque violento entre el occidente cristiano y el islam musulmán, que tomó un intenso cariz religioso, político, cultural e identitario, ya que el “mundo musulmán” se hallaba constituido por muchas etnias de idiomas diferentes, unidos sobre todo por una profunda creencia religiosa.

Si bien, la cruzada (guerra santa cristiana) y la yihad pueden ser parangonables (en los hechos lo fueron en términos del enfrentamiento militar) debe tenerse en consideración ciertas diferencias: el término yihad (entendido como camino espiritual y de purificación individual) es mucho más abarcativo que el de guerra santa, pero puede incluirla. Los textos coránicos no necesariamente reducen la misma al camino del guerrero, siendo obligatoria para el creyente si se halla resistencia contra el infiel. De igual forma, la idea de yihad islámica es original y anterior a la de guerra santa occidental, ya que es gestada en los momentos primigenios de la expansión musulmana. La idea de cruzada y guerra santa se origina en el siglo XI, momento cuando la cristiandad asediada y dividida toma conciencia de su situación y de lo que la unía frente a un enemigo común. Construye un “otro” -el enemigo, el “infiel”- a partir de un principio unificador de diferenciación, la religión. Sin duda, la yihad y las cruzadas se encuentran así inextricablemente unidas y deben verse como parte del conflicto generalizado entre oriente y occidente (J. Flori, 2010).

Sin embargo, el modelo original de las cruzadas que tuvieron como finalidad la conquista de Jerusalén y de los santos lugares, y se extendió temporalmente desde el año 1095 al 1291 (fecha de la caída de San Juan de Acre, último bastión latino recuperado por los musulmanes) fue transformándose en instrumento de la política pontificia. En el año 1147, los caballeros alemanes obtuvieron del Papa Eugenio III, la conmutación de su voto de cruzada en “tierra santa” en contra los vendos, población eslava pagana de Alemania Oriental. En 1208 el papado proclamó la cruzada contra la herejía cátara de Occitania. En el siglo XV se produjo, un nuevo llamamiento del Papa, ahora contra los husitas de Bohemia

Hacia el siglo XIII, el derecho eclesiástico había logrado acuñar una teoría jurídica de la cruzada que justificaba ya su utilización contra cualquier adversario político del papado, sea este infiel, pagano, hereje, cismático, o bien contra todo adversario del poder de la Iglesia católica. De esta manera, fue desapareciendo, en la práctica, la relación directa de la idea original de cruzada ligada a la recuperación de Jerusalén (P. Sénac, [1983] 2000).

Como vemos, la transformación de la idea de cruzada y guerra santa en occidente va paulatinamente transfigurándose y extendiéndose al enemigo de fe o de la Iglesia, convirtiéndose así en una herramienta política flexible del Papado y la Cristiandad en general para configurar a un “otro”, al que se somete a la conversión forzada. Los musulmanes, en cambio, tenían formas de convivencia diferentes con los pueblos que consideraban de nivel cultural semejante o de nivel inferior: a los africanos y a los pueblos morenos del norte de África (paganos o con cultos animistas) si no se convertían o se resistían, los mataban o los esclavizaban según las circunstancias. A los convertidos los consideraban en igualdad de condiciones que los islamitas árabes. A los pueblos europeos les aplicaban este último régimen. Pero había una diferencia de trato: para ellos la conversión no era obligatoria, pues a los judíos y cristianos, considerados pueblos del libro (la Biblia, que forma parte del Corán), solo les exigían determinados impuestos que no pagaban los islamitas. En teoría tanto para el islam como para el cristianismo, la conversión debía ser un acto voluntario. La expansión musulmana de los siglos VII y VIII no buscaba convertir los pueblos cristianos, el cristianismo fue tolerado por el imperio musulmán y podían seguir profesando su religión mediante el pago de un “impuesto de protección”.

La tolerancia en los territorios de la cristiandad occidental era amplia pero la situación cambió hacia el siglo XI, cuando las cruzadas no asumen un sentido de conversión, sino de guerra de “reconquista” y “liberación” de los Santos lugares en manos del infiel. Los dos bandos enfrentados compartían una misma visión de la guerra como un “juicio de Dios” a través de la cual se designaría al vencedor, quien podía imponer (por derecho de conquista) sus condiciones. Al mismo tiempo, grupos espiritualistas como los franciscanos, dominicos, mendicantes y predicadores en general, rechazaban de plano la conversión forzada, entendiendo que era necesario imponerse a través de la predicación, que debía realizarse en forma pacífica al precio, a veces, del martirio. Pero ambas dimensiones formaban parte del mismo movimiento espiritual.

Finalmente, es necesario destacar otro elemento que acompaña este enfrentamiento entre la Cristiandad y el islam. Frente a las cruzadas organizadas por los reinos cristianos tenemos también las llamadas “cruzadas populares”, de los “pastores” o, en 1212, la “cruzada de los niños”. Se trató de llamamientos y movilizaciones que escapaban al control de la Iglesia romana y que eran impulsados por “visionarios” y “orates” que, imbuidos de visiones milenaristas y escatológicas promovieron, a través de su prédica, grandes movilizaciones populares. La Iglesia desconfió de estos movimientos a los cuales consideró espontáneos, pero subversivos y peligrosos. En realidad, estos movimientos no son bien conocidos, las fuentes eclesiásticas y reales que los mencionan son unilaterales, pertenecen a los grupos hegemónicos de la sociedad feudal, por lo tanto, denigraron y deformaron el relato acerca de estos movimientos populares. Sin embargo, marcan un clima de época en el cual podemos entender el contexto general de radicalización en el que se desarrollan estas convocatorias de cruzada a Tierra Santa. Forma parte del conjunto de elementos culturales y mentales en cuyo interior se constituye este conflicto generalizado entre la cristiandad y el islam.

En esta composición compleja de problemas presentamos nuestro primer documento, que constituye el primer hito en nuestro camino, encabezado por las crónicas del llamamiento a la primera cruzada producida el 27 de noviembre de 1095, por el Papa Urbano II, en la localidad de Clermont.

2. Los caballeros de Cristo

Las Cruzadas se construyen en torno a una imagen particular de caballero, el soldado de Cristo. La empresa promovida en Clermont contiene los elementos esenciales para la constitución de esta imagen, por un lado, aquella determinada por la peregrinación penitencial a Tierra Santa, por el otro, el de la empresa bélica bajo la advocación divina, ambas dimensiones se fusionan dando origen a una forma particular de caballero: el guerrero cruzado. De esta manera, el cuerpo de cristiandad occidental quedará constituido por dos tipos de caballería compuestas bajo el mismo substrato militar. Es decir, por un lado, la “caballería de Cristo” (militia Christi) que combate contra los “infieles” por devolver al seno de la cristiandad los Santos Lugares de Oriente. Por el otro, la caballería del mal, entregada a los excesos e intereses de la vida mundana y material. De este modo los que marcharan bajo el “signo de la cruz” -nombre que le otorga el cronista Alberto de Aquisgrán, 1060/1122- serán cruzados, en latín cruce signati, traducido al francés por croisés. En realidad, asistimos así a una ampliación simbólica de la idea de Milites Christi. Hasta el siglo XI, dicha denominación era utilizada para identificar al clero militante que, a través de la predicación enfrentaba y difundía la palabra. El Papa Urbano II permitió que se identificara esa militancia espiritual -no violenta- contra los “enemigos de la verdadera fe”, con el combate armado, en momentos en que el sentido mismo de la caballería medieval se estaba constituyendo en occidente (E. Pascua Echegaray, 2017). Dicha amalgama de significados conduciría, años más tarde, a la posibilidad de la creación de las llamadas órdenes militares, cuyo ejemplo más característico será el de la Orden de los Templarios. La creación de esta orden militar fue una consecuencia directa de la primera cruzada. En el año 1104, el caballero Hugo de Payns llegó a Jerusalén con su señor, el conde Champaña. Allí se unió al grupo de caballeros que protegían el Santo Sepulcro, con la misión de proteger a los peregrinos en camino hacia los Santos lugares. Entre los años 1119-1120, y bajo la tutela del rey Balduino II de Jerusalén, se le concede una parte de la llamada mezquita de al-Aqsa que, se creía, había sido parte del Templo de Salomón en tiempos de Jesús de Nazareth. Dicho grupo de caballeros fundó una nueva orden de “monjes guerreros”, justificando así la idea del monacato militar y del combate por la religión. Para ello escribió el Elogio de la nueva militancia templaria, aceptada como regla y principio por el papado en Troyes, en el año de 1129. La formulación tuvo un éxito inmediato. A imitación suya se crearon otras (hospitalarios, caballeros teutónicos, etc.) y su eficiencia militar les permitió formar parte del núcleo de los ejércitos cristianos que luchaban en Tierra Santa. La movilización de recursos económicos de Occidente se vehiculizó a través de la Orden del Temple. Se fundaron así -particularmente en el reino de Francia- enormes encomiendas de propiedad feudal explotadas por los llamados “hermanos sargentos” -miembros no combatientes- que garantizaban la extracción rentística con el fin de mantener a los miembros guerreros. Sin embargo, la función de los Templarios entró en una espiral de decadencia con la caída de los Estados Latinos en el año 1291. El rey Felipe el Hermoso, del cual dependía directamente la orden del Temple, enfrentado a la política del papado decidió su acusación, la confiscación de todos sus bienes y la disolución de la orden en el año de 1314. El triste final de la Orden Templaria no debe inducir a error. La constitución de las Ordenes militares occidente ha sido uno de los factores perdurables en la organización de la nobleza guerrera durante la Edad Media (A. Demurger, 2005), así como también por las aspiraciones propias de estos grupos levantiscos motivados por la búsqueda de la salvación y la gloria, sin olvidar la recompensa material y el botín de conquista. Ambas facetas se encontraban inextricablemente unidas en el discurso del Papa Urbano II. Según el cronista normando Balderico de Bourgueil: las riquezas de vuestros enemigos también os pertenecerán. Así victoriosos, saquearéis sus tesoros y retornareis a vuestros propios dominios” (J. Flori, 2010, 122). Este discurso era fácilmente inteligible por la nobleza y la caballería medievales, que los revalorizaba al interior de la comunidad cristiana, avocando tanto la dimensión penitencial de la empresa como también las virtudes vasalláticas unidas a las recompensas tanto materiales como celestiales futuras. Quien muriera en Tierra Santa recuperando los Santos Lugares en nombre de Cristo tendría asegurada la remisión de sus pecados y la entrada al Paraíso. La misma recompensa se reservaba a los musulmanes que morían combatiendo al infiel.

Para algunos historiadores, las familias de los cruzados impulsaron a los miembros segundogénitos a la empresa con el fin de evitar el reparto de la herencia a falta, en estos momentos tempranos, de rigurosos derechos de primogenitura. Dicha tesis se encuentra hoy paulatinamente abandonada. Los nuevos estudios sobre los recorridos personales de los integrantes de estas huestes militares occidentales demuestran que los segundones no eran mayoritarios en las mismas. El coste del armado y traslado del cruzado eran muy elevado, muchas familias pudieron sostenerlo vendiendo tierras y bienes, así como por vía del endeudamiento. La esperanza de enriquecimiento en Tierra Santa eran mínimas, y en general los cruzados vueltos a Europa se encontraron empobrecidos y con familias altamente endeudadas. También era alta la posibilidad de morir en la empresa, lo que llevaba a que hicieran un testamento antes de partir. La situación es diferente en el caso de los llamamientos a cruzada en el interior de la Cristiandad -contra los albigenses, los cátaros o los paganos del Báltico, o contra los musulmanes en la Península Ibérica, etc.- La perspectiva de apoderarse de bienes y tierras de los “herejes” desempeñaba un papel fundamental para asegurar la participación en las mismas (L. García-Guijarro Ramos, 1995).

Sin embargo, es necesario remarcar también la importancia que adquiere el surgimiento de la nueva figura del guerrero cristiano. Bernardo de Claraval, cuando escribió el Elogio a la caballería (presumiblemente entre 1128 y 1136) era plenamente consciente de que iba a otorgar carta de naturaleza a un fenómeno absolutamente nuevo en occidente, una forma novedosa de pensar el orden nobiliario y la guerra: aunar en un mismo movimiento el orden impuesto por la espada y la fe. Es por ello el tono místico-teológico que asume el tratado. Estos hombres “extraordinarios, nunca vistos en ningún lado…” que iban armados “… en su alma con la fe, en su cuerpo con la armadura…” luchaban contra los infieles y contra lo mundano, contra la carne y por el espíritu. Luchaban contra sus demonios (demonem) internos, como los monjes, pero también contra los enemigos de la verdadera fe con su espada. Estos caballeros no pertenecían a la militia secular y frívola, adornada con joyas y valiosas telas, que combatían por arrogancia y desprecio por la vida, eran verdaderos “soldados de Cristo” que debían vivir en absoluta austeridad y privación, despojarse de todo valor mundano, ya que la guerra que llevaban adelante era Santa. De esta manera, purificados en cuerpo y alma salían a la batalla, y mataba al infiel, pero no eran homicidas sino “malicidas”. Es decir, matando hacía el bien, pues eran conducidos por la más alta de las justas causas: la fe en Cristo y en su santa Iglesia. Según la denominó J. Flori (2001) “la ideología de la espada”, es la identificación simbólica del cruzado.

Bibliografía

Balard, M. (2006) Les Latins en Orient, XIe-XIIe. París, Presees Universitaires de France.

Demurger, A. (2005) Caballeros de Cristo. Templarios, hospitalarios, teutónicos y demás órdenes militares en la Edad Media (siglos XII-XXV). Granada, Universidad de Granada.

Flori, J. (2001) Caballeros y caballería en la Edad Media. Barcelona, Paidós.

—- (2001) La Guerre sainte. La formaction de l´idée de croisade dans l´Occidente chrétien. París, Seuil. Hay traducción al español (2003) La guerra santa. La formación de la idea de cruzada en el Occidente cristiano. Madrid, Trotta.

—- (2010) Las cruzadas. Granada, Universidad de Granada.

García-Guijarro Ramos, L. (1995) Papado, Cruzadas y Órdenes Militares, siglo XI-XIII. Madrid, Cátedra.

Pascua Echegaray, E. (2017) Nobleza y caballería en la Europa Medieval. Madrid, Síntesis.

Riley-Smith, J. (2005) The Crusades: a History. Londres, Yale University Press.

Sénac, P. (1983) L´Image de l´autre. París. 2da edición bajo el título de (2000) L´occident médiéval fase á l´Islam. L´Image de l´autre. Paris, Flammarion.

Selección documental

Documento n° 1: Discurso del Papa Urbano II pronunciado en Clermont (1095) según la reconstrucción realizada por Fulquerio de Chaltres (1059-1122) cronista de la primera cruzada.
Fuente: Historia Hierosolimirana, Gesta Francorum Iherusalem Peregrinatium, ad Anno Domine MXCV usque ad Annum MCXXVII.

“… Felices seréis si os encuentra fieles a vuestro ministerio. Sois llamados pastores, esmeraos por no actuar como siervos. Pero sed buenos pastores, llevad siempre vuestros báculos en las manos. No durmáis, sino que guardéis todo el tiempo al rebaño que se os ha asignado. Porque si por vuestra negligencia viene un lobo y os arrebata una sola oveja, ya no seréis dignos de la recompensa que Dios ha reservado para vosotros. Y después de haber sido flagelados despiadadamente por vuestras faltas, seréis abrumados con las penas del infierno, residencia de muerte… Aunque, ¡Oh! hijos de Dios, vosotros habéis prometido más firmemente que nunca mantener la paz entre vosotros y mantener los derechos de la Iglesia, aún queda una importante labor que debéis realizar. Urgidos por la corrección divina, debéis aplicar la fuerza de vuestra rectitud a un asunto que os concierne al igual que a Dios. Puesto que vuestros hermanos que viven en el Oriente requieren urgentemente de vuestra ayuda, y vosotros debéis esmeraros para otorgarles la asistencia que les ha venido siendo prometida hace tanto. Ya que, como habréis oído, los turcos y los árabes los han atacado y han conquistado vastos territorios de la tierra de Romania, tan al oeste como la costa del Mediterráneo y el Helesponto, el cual es llamado el Brazo de San Jorge. Han ido ocupando cada vez más y más los territorios cristianos, y los han vencido en siete batallas. Han matado y capturado a muchos, y han destruido las iglesias y han devastado el imperio. Si vosotros, impuramente, permitís que esto continúe sucediendo, los fieles de Dios seguirán siendo atacados cada vez con más dureza… En vista de esto, yo, o más bien, el Señor os designa como heraldos de Cristo para anunciar esto en todas partes y para convencer a gentes de todo rango, infantes y caballeros, ricos y pobres, para asistir prontamente a aquellos cristianos y destruir a esa raza vil que ocupa las tierras de nuestros hermanos. Digo esto para los que están presentes, pero también se aplica a aquellos ausentes. Más aún, Cristo mismo lo ordena… Todos aquellos que mueran por el camino, ya sea por mar o por tierra, o en batalla contra los paganos, serán absueltos de todos sus pecados. Eso se los garantizo por medio del poder con el que Dios me ha investido. ¡Oh terrible desgracia si una raza tan cruel y baja, que adora demonios, conquistara a un pueblo que posee la fe del Dios omnipotente y ha sido glorificada con el nombre de Cristo! ¡Con cuántos reproches nos abrumaría el Señor si no ayudamos a quienes, con nosotros, profesan la fe en Cristo! Hagamos que aquellos que han promovido la guerra entre fieles marchen ahora a combatir contra los infieles y concluyan en victoria una guerra que debió haberse iniciado hace mucho tiempo. Que aquellos que por mucho tiempo han sido forajidos ahora sean caballeros. Que aquellos que han estado peleando con sus hermanos y parientes ahora luchen de manera apropiada contra los bárbaros. Que aquellos que han servido como mercenarios por una pequeña paga ganen ahora la recompensa eterna. Que aquellos que hoy en día se malogran en cuerpo tanto como en alma se dispongan a luchar por un honor doble. ¡Mirad! En este lado estarán los que se lamentan y los pobres, y en este otro, los ricos; en este lado, los enemigos del Señor, y en este otro, sus amigos. Que aquellos que decidan ir no pospongan su viaje, sino que renten sus tierras y reúnan dinero para los gastos; y que, una vez concluido el invierno y llegada la primavera, se pongan en marcha con Dios como su guía… que marchen, dijo el papa finalizando, contra los infieles y concluyan victoriosamente una lucha que ya desde hace mucho tiempo debería haberse comenzado, esos hombres que hasta ahora han tenido la criminal costumbre de librarse a guerras internas contra los fieles; que lleguen a ser verdaderos caballeros, ésos que por tanto tiempo no han sido sino bandidos; que combatan ahora, como es justo, contra los bárbaros, aquellos que en otro tiempo volvían sus armas contra hermanos de su misma sangre; que busquen las recompensas eternas, esos que durante tantos años han vendido sus servicios como mercenarios por una miserable paga; que se esfuercen por adquirir una doble gloria, aquellos que hasta hace poco arrostraron tantas fatigas, en detrimento de su cuerpo y de su alma…”

Documento n° 2: Discurso del Papa Urbano II pronunciado en Clermont (1095) según la reconstrucción realizada por Roberto el monje, Abad de Saint-Remi.
Fuente: Moine, Robert le (1825) Histoire de la Première Croisade, París, Guizot, pp. 301- 306. Trad. del francés por Marín J. R.

“… Hombres franceses, hombre de allende las montañas, naciones, que vemos brillar en vuestras obras, elegidos y queridos de Dios, y separados de otros pueblos del universo, tanto por la situación de vuestro territorio como por la fe católica y el honor que profesáis por la santa iglesia, es a vosotros que se dirigen exhortaciones: queremos que sepáis cual es la dolorosa causa que nos ha traído hasta vuestro país, como atraídos por vuestras necesidades y las de todos los fieles. De los confines de Jerusalén y de la ciudad de Constantinopla nos han llegado tristes noticias; frecuentemente nuestros oídos están siendo golpeados; pueblos del reino de los persas, nación maldita, nación completamente extraña a Dios, raza que de ninguna manera han vuelto su corazón hacia Él, ni han confiado nunca su espíritu al Señor, ha invadido en esos lugares las tierras de los cristianos, devastándolas por el hierro, el pillaje, el fuego, se ha llevado una parte de los cautivos a su país, y a otros han dado una muerte miserable, ha derribado completamente las iglesias de Dios, o las utiliza para el servicio de su culto; esos hombres derriban los altares, después de haberlos mancillado con sus impurezas; circuncidan a los cristianos y derraman la sangre de los circuncisos, sea en los altares o en los vasos bautismales.; aquellos que quieren hacer morir de una muerte vergonzosa, les perforan el ombligo, hacen salir la extremidad de los intestinos , amarrándola a una estaca; después, a golpes de látigo, los obligan a correr alrededor hasta que, saliendo las entrañas de sus cuerpos, caen muertos. Otros, amarrados a un poste, son atravesados por flechas; a algunos otros, los hacen exponer el cuello y, abalanzándose sobre ellos, espada en mano, se ejercitan en cortárselo de un golpe. ¿Qué puedo decir de la profanación de las mujeres? Sería más penoso decirlo que callarlo. Ellos han desmembrado el imperio griego, y han sometido a su dominación un espacio que no se puede atravesar ni en dos meses de viaje. ¿A quién, pues, pertenece castigarlos y erradicarlos de las tierras invadidas, sino a vosotros, a quien el Señor a concedido por sobre todas las otras naciones la gloria de nuestras palabras es hacia vosotros que se dirigen nuestras armas, la grandeza del alma, la agilidad del cuerpo y la fuerza de abatir la cabeza de quienes os resisten? Que vuestros corazones se conmuevan y que vuestras almas se estimulen con valentía por las hazañas de vuestros ancestros, la virtud y la grandeza del rey Carlomagno y de su hijo Luis, y de vuestros otros reyes, que han destruido la dominación de los turcos y extendido en su tierra el imperio de la Santa Iglesia. Sed conmovidos sobre todo en favor del santo sepulcro de Jesucristo, nuestro Salvador, poseído por pueblos inmundos, y por los santos lugares que deshonran y mancillan con la irreverencia de sus impiedades… el Señor dice en su evangelio: <<Quien ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí>> (Mt 10,37). <<Aquel que por causa de mi nombre abandone su casa, o sus hermanos o hermanas, o su padre o su madre, o su esposa o sus hijos, o sus tierras, recibirá el céntuplo y tendrá por herencia la vida eterna>> (Mt 19,29). Que no os retenga ningún afán por vuestras propiedades y los negocios de vuestra familia, pues esta tierra que habitáis, confinada entre las aguas del mar y las alturas de las montañas, contiene estrechamente vuestra numerosa población; no abunda en riquezas, y apenas provee de alimentos a quienes cultivan: de allí procede que vosotros os desgarréis y devoréis con porfía, que os levantéis en guerras, y que muchos perezcan por las mutuas heridas. Extinguid, pues, de entre vosotros, todo rencor, que las querellas se acallen, que las guerras se apacigüen, y que todas las asperezas de vuestras disputas se calmen. Tomad la ruta del Santo Sepulcro, arrancad esa tierra de las manos de pueblos abominables, y sometedlos a vuestro poder… El Redentor del género humano la hizo ilustre con su venida; la honró residiendo en ella, la consagró con su Pasión, la rescató con su muerte, y la señaló con su sepultura. Esta ciudad real, situada en el centro del mundo, ahora cautiva de sus enemigos, ha sido reducida a la servidumbre por naciones ignorantes de la ley de Dios: ella os demanda y exige su liberación, y no cesa de imploraros para que vayáis en su auxilio. Es de vosotros que eminentemente ella espera la ayuda, porque, así como os lo hemos dicho, Dios os ha dado, por sobre todas las naciones, la insigne gloria de las armas: tomad, entonces, aquella ruta, para remisión de vuestros pecados, y partid, seguros de la gloria imperecedera que os espera en el reino de los cielos… Que ese sea, pues, vuestro grito de guerra en los combates, porque esa palabra viene de Dios: cuando os lancéis con impetuosa belicosidad contra vuestros enemigos, que en el ejército de Dios se escuche solamente este grito: ¡Dios lo quiere! ¡Dios lo quiere! …”

Documento n° 3. Elogio a la nueva milicia, San Bernardo de Claraval (1130).
Fuente: Obras Completas de San Bernardo de Claraval, Edición Bilingüe, Edición preparada por los monjes cistercienses de España, Tomo I, BAC, n° 444, Madrid 1993-2ª, pp. 494-543.

I. Sermón exhortatorio a los caballeros Templarios

1. “… Es nueva esta milicia porque jamás se conoció otra igual, porque lucha sin descanso combatiendo a la vez en un doble frente: contra los hombres de carne y hueso, y contra las fuerzas espirituales del mal. Enfrentarse sólo con las armas a un enemigo poderoso, a mí no me parece tan original ni admirable. Tampoco tiene nada extraordinario, aunque no deja de ser laudable presentar batalla al mal y al diablo con la firmeza de la fe; así vemos por todo el mundo a muchos monjes que lo hacen por este medio. Pero que una misma persona se ciña la espada, valiente, y sobresalga por la nobleza de su lucha espiritual, esto sí que es para admirarlo como algo totalmente insólito. El soldado que reviste su cuerpo con la armadura de acero y su espíritu con la coraza de la fe, ése es el verdadero valiente y puede luchar seguro en todo trance. Defendiéndose con esta doble armadura, no puede temer ni a los hombres ni a los demonios. Porque no se espanta ante la muerte el que la desea. Viva o muera, nada puede intimidarle a quien su vida es Cristo y su muerte una ganancia. Lucha generosamente y sin la menor zozobra por Cristo; pero también es verdad que desea morir y estar con Cristo porque le parece mejor.

Marchad, pues, soldados, seguros al combate y cargad valientes contra los enemigos de la cruz de Cristo, ciertos de que ni la vida ni la muerte podrá privarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, quien os acompaña en todo momento de peligro diciéndoos: Si vivimos, vivimos para el Señor, y sí. morimos, morimos para el Señor. ¡Con cuánta gloria vuelven los que han vencido en una batalla! ¡Qué felices mueren los mártires en el combate! Alégrate, valeroso atleta, si vives y vences en el Señor; pero salta de gozo y de gloria si mueres y te unes íntimamente con el Señor. Porque tu vida será fecunda y gloriosa tu victoria; pero una muerte santa es mucho más apetecible que todo eso. Si son dichosos los que mueren en el Señor, ¿no lo serán mucho más los que mueren por el Señor?

2. Siempre tiene su valor delante del Señor la muerte de sus santos, tanto si mueren en el lecho como en el campo de batalla. Pero morir en la guerra vale mucho más, porque también es mayor la gloria que implica. ¡Qué seguro se vive con una conciencia tranquila! Sí; ¡qué serenidad se tiene cuando se espera la muerte sin miedo e incluso se la desea con amor y es acogida con devoción! Santa de verdad y de toda garantía es esta milicia, porque está exenta del doble peligro que amenaza casi siempre a la condición humana, cuando y la causa que defiende una milicia no es la pura defensa de Cristo.

Cuantas veces entras en combate, tú que militas en las filas de un ejército exclusivamente secular, deberían espantarte dos cosas: matar al enemigo corporalmente y matarte a ti mismo espiritualmente, o que él pueda matarte a ti en cuerpo y alma. Porque la derrota o victoria del cristiano no se mide por la suerte del combate, sino por los sentimientos del corazón. Si la causa de tu lucha es buena, no puede ser mala su victoria en la batalla; pero tampoco puede considerarse como un éxito su resultado final cuando su motivo no es recto ni justa su intención.

Si tú deseas matar al otro y él te mata a ti, mueres como si fueras un homicida. Si ganas la batalla, pero matas a alguien con el deseo de humillarle o de vengarte, seguirás viviendo, pero quedas como un homicida, y ni muerto ni vivo, ni vencedor ni vencido, merece la pena ser un homicida. Mezquina victoria la que, para vencer a otro hombre, te exige que sucumbas antes frente a una inmoralidad; porque si te ha vencido la soberbia o la ira, tontamente te ufanas de haber vencido a un hombre. Puede ser que haya que matar a otro por pura autodefensa, no por el ansia de vengarse ni por la arrogancia del triunfo. Pero yo diría que ni en ese caso sería perfecta la victoria, pues entre dos males, es preferible morir corporalmente y no espiritualmente. No porque maten al cuerpo muere también el alma: sólo el alma que peca morirá.

II. La milicia secular

3. Entonces, ¿cuál puede ser el ideal o la eficacia de una milicia, a la que yo mejor llamaría malicia, si en ella el que mata no puede menos de pecar mortalmente y el que muere ha de perecer eternamente? Porque, usando palabras del Apóstol: El que ara tiene que arar con esperanza, y el que trilla con esperanza de obtener su parte.

Vosotros, soldados, ¿cómo os habéis equivocado tan espantosamente, qué furia os ha arrebatado para veros en la necesidad de combatir hasta agotaros y con tanto dispendio, sin más salario que el de la muerte o el del crimen? Cubrís vuestros caballos con sedas; cuelgan de vuestras corazas telas bellísimas; pintáis las picas, los escudos y las sillas; recargáis de oro, plata y pedrerías bridas y espuelas. Y con toda esta pompa os lanzáis a la muerte con ciego furor y necia insensatez. ¿Son estos arreos militares o vanidades de mujer? ¿O crees que por el oro se va a amedrentar la espada enemiga para respetar a hermosura de las pedrerías y que no traspasará los tejidos de seda?

Vosotros sabéis muy bien por experiencia que son tres las cosas que más necesita el soldado en el combate: agilidad con reflejos y precaución para defenderse; total libertad de movimientos en su cuerpo para poder desplazarse continuamente; y decisión para atacar. Pero vosotros mimáis la cabeza como las damas, dejáis crecer el cabello hasta que os caiga sobre los ojos; os trabáis vuestros propios pies con largas y amplias camisolas; sepultáis vuestras blandas y afeminadas manos dentro de manoplas que las cubren por completo. Y lo que todavía es más grave, porque eso os lleva al combate con grandes ansiedades de conciencia, es que unas guerras tan mortíferas se justifican con razones muy engañosas y muy poco serias. Pues de ordinario lo que suele inducir a la guerra a no ser en vuestro caso hasta provocar el combate es siempre pasión de iras incontroladas, el afán de vanagloria o la avaricia de conquistar territorios ajenos. Y estos motivos no son suficientes para poder matar o exponerse a la muerte con una conciencia tranquila.

III. La nueva milicia

4. Mas los soldados de Cristo combaten confiados en las batallas del Señor, sin temor alguno a pecar por ponerse en peligro de muerte y por matar al enemigo. Para ellos, morir o matar por Cristo ¿o implica criminalidad alguna y reporta una gran gloria. Además, consiguen dos cosas: muriendo sirven a Cristo, y matando, Cristo mismo se les entrega como premio. El acepta gustosamente como una venganza la muerte del enemigo y más gustosamente aún se da como consuelo al soldado que muere por su causa. Es decir, el soldado de Cristo mata con seguridad de conciencia y muere con mayor seguridad aún.

Si sucumbe, él sale ganador; y si vence, Cristo. Por algo lleva la espada; es el agente de Dios, el ejecutor de su reprobación contra el delincuente. No peca como homicida, sino diría yo como malicia, el que mata al pecador para defender a los buenos. Es considerado como defensor de los cristianos y vengador de Cristo en los malhechores. Y cuando le matan, sabernos que no ha perecido, sino que ha llegado a su meta. La muerte que él causa es un beneficio para Cristo. Y cuando se la infieren a él, lo es para sí mismo. La muerte del pagano es una gloria para el cristiano, pues por ella es glorificado Cristo. En la muerte del cristiano se despliega la liberalidad del Rey, que le lleva al soldado a recibir su galardón. Por este motivo se alegrará el justo al ver consumada la venganza. Y podrá decir: Hay premio para el Justo, hay un Dios que hace Justicia sobre la tierra. No es que necesariamente debamos matar a los paganos si hay otros medios para detener sus ofensivas y reprimir su violenta opresión sobre los fieles. Pero en las actuales circunstancias es preferible su muerte, para que no pese el cetro de los malvados sobre el lote de los justos, no sea que los justos extiendan su mano a la maldad.

5. Si al cristiano nunca le fuese lícito herir con la espada, ¿cómo pudo el precursor del Salvador aconsejar a los soldados que no exigieran mayor soldada que la establecida y cómo no condenó absolutamente el servicio militar? Si es una profesión para los que Dios destinó a ella, por no estar llamados a otra más perfecta, me pregunto: ¿quiénes podrán ejercerla mejor que nuestros valientes caballeros?

Porque gracias a sus armas tenemos una ciudad fuerte en Sion, baluarte para todos nosotros; y arrojados ya los enemigos de la ley de Dios, puede entrar en ella el pueblo justo que se mantiene fiel. Que se dispersen las naciones belicosas; ojalá sean arrancados todos los que os exasperan, para excluir de la ciudad de Dios a todos los malhechores, que intentan llevarse las incalculables riquezas acumuladas en Jerusalén por el pueblo cristiano, profanando sus santuarios y tomando por heredad suya los territorios de Dios. Hay que desenvainar la espada material y espiritual de los fieles contra los enemigos soliviantados, para derribar todo torreón que se levante contra el conocimiento de Dios, que es la fe cristiana, no sea que digan las naciones: ¿Dónde está su Dios?

6. Una vez expulsados los enemigos, volverá él a su casa y a su parcela. A esto se refería el Evangelio cuando decía: Vuestra casa se os quedará desierta. Y se lamenta con las palabras del profeta: He abandonado mi casa y desechado mi heredad. Pero hará que se cumplan también estas otras profecías: El Señor redimió a su pueblo y lo rescató de una mano más poderosa. Vendrán entre aclamaciones a la altura de Sion y afluirán hacía los bienes del Señor, Alégrate ahora Jerusalén, y fíjate cómo ha llegado el día de tu salvación. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones. Doncella de Jerusalén, ¿no habías caído y no tenías quien te levantara? Ponte en pie, sacúdete el polvo, Jerusalén cautiva, hija de Sion. Ponte en pie, sube a la altura, mira el consuelo y la alegría que te trae tu Dios. Ya no te llamarán «abandonada», ni a tu tierra «devastada»; porque el Señor te prefiere a ti y tu tierra será habitada. Levanta los ojos en torno y mira: Todos éstos se reúnen para venir a ti. Este es el auxilio que te envía desde el santuario.

Por medio de ellos se te está cumpliendo la antigua promesa: Te haré el orgullo de los siglos, la delicia de todas las edades; mamarás la leche de los pueblos, mamarás al pecho de los reyes. Y más abajo: Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo; en Jerusalén seréis consolados, Ya veis con qué testimonios tan antiguos y abundantes se aprueba esta nueva milicia y cómo lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad de Di os, del Señor de los ejércitos.

Pero es importante, con todo, no darles a estos textos una interpretación literal que vaya contra su sentido espiritual. No sea que dejemos de esperar a que se realice plenamente en la eternidad lo que ahora aplicamos al tiempo presente por tomar al pie de la letra las palabras de los profetas. Pues lo que ya estamos viendo haría evaporarse la fe que tenemos en lo que aún no vemos; la pobre realidad que ya poseemos nos haría desvalorar todo lo demás que esperamos, y la realidad de los bienes presentes nos haría olvidar la de los bienes futuros. Por lo demás, la gloria temporal de la ciudad terrena no destruye la de los bienes celestiales, sino que la robustece, con tal de que no dudemos un momento que es sólo una figura de la otra Jerusalén que está en los cielos, nuestra Madre.

IV. La vida de los caballeros Templarios

7. Digamos ya brevemente algo sobre la vida y costumbres de los caballeros de Cristo, para que les imiten o al menos se queden confundidos los de la milicia que no lucha exclusivamente para Dios, sino para el diablo; cómo viven cuando están en guerra o cuando permanecen en sus residencias. Así se verá claramente la gran diferencia que hay entre la milicia de Dios y la del mundo.

Tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra, observan una gran disciplina y nunca falla la obediencia, porque, como dice la Escritura, el hijo indisciplinado perecerá: Pecado de adivinos es la rebeldía, crimen de idolatría es la obstinación; van y vienen a voluntad del que lo dispone, se visten con lo que les dan y no buscan comida ni vestido por otros medios. Se abstienen de todo lo superfluo y sólo se preocupan de lo imprescindible. Viven en común, llevan un tenor de vida siempre sobrio y alegre, sin mujeres y sin hijos. Y para aspirar a toda la perfección evangélica, habitan juntos en un mismo lugar sin poseer nada personal, esforzándose por mantener la unidad que crea el Espíritu, estrechándola con la paz. Diríase que es una multitud de personas en la que todos piensan y sienten lo mismo, de modo que nadie se deja llevar por la voluntad de su propio corazón, acogiendo lo que les mandan con toda sumisión.

Nunca permanecen ociosos ni andan merodeando curiosamente. Cuando no van en marchas lo cual es raro, para no comer su pan ociosamente se ocupan en reparar sus armas. coser sus ropas, arreglan los utensilios viejos, ordenan sus cosas y se dedican a lo que les mande su maestre inmediato o trabajan para el bien común. No hay entre ellos favoritismos; las deferencias son para el mejor, no para el más noble por su alcurnia. Se anticipan unos a otros en las señales de honor. Todos arriman el hombro a las cargas de los otros y con eso cumplen la ley de Cristo. Ni una palabra insolente, ni una obra inútil, ni una risa inmoderada, ni la más leve murmuración, ni el ruido más remiso queda sin reprensión en cuanto es descubierto.

Están desterrados el juego de ajedrez o el de los dados. Detestan la caza, y tampoco se entretienen como en otras partes con la captura de aves al vuelo. Desechan y abominan a bufones, magos y juglares, canciones picarescas y espectáculos de pasatiempo, por considerarlos estúpidos y falsas locuras. Se tonsuran el cabello, porque saben por el Apóstol que al hombre le deshonra dejarse el pelo largo. Jamás se rizan la cabeza, se bañan muy rara vez, no se cuidan del peinado, van cubiertos de polvo, negros por el sol que les abrasa y la malla que les protege.

8. Cuando es inminente la guerra, se arman en su interior con la fe y en su exterior con el acero sin dorado alguno; y armados, no adornados, infunden el miedo a sus enemigos sin provocar su avaricia. Cuidan mucho de llevar caballos fuertes y ligeros, pero no les preocupa el color de su pelo ni sus ricos aparejos. Van pensando en el combate, no en el lujo; anhelan la victoria, no la gloria; desean más ser temidos que admirados; nunca van en tropel, alocadamente, como precipitados por su ligereza, sino cada cual, en su puesto, perfectamente organizados para la batalla, todo bien planeado previamente, con gran cautela y previsión, como se cuenta de los Padres.

Los verdaderos israelitas marchaban serenos a la guerra. Y cuando ya habían entrado en la batalla, posponiendo su habitual mansedumbre, se decían para sí mismos: ¿No aborreceré, Señor, a los que te aborrecen; no me repugnarán los que se te rebelan? Y así se lanzan sobre el adversario como si fuesen ovejas los enemigos. Son poquísimos, pero no se acobardan ni por la bárbara crueldad de sus enemigos ni por su multitud incontable. Es que aprendieron muy bien a no fiarse de sus fuerzas, porque esperan la victoria del poder del Dios de los Ejércitos.

Saben que a él le es facilísimo, en expresión de los Macabeos, que unos pocos envuelvan a muchos, pues a Dios lo mismo le cuesta salvar con unos pocos que con un gran contingente; la victoria no depende del número de soldados, pues la fuerza llega del cielo. Muchas veces pudieron contemplar cómo uno perseguía a mil, y dos pusieron en fuga a diez mil. Por esto, como milagrosamente, son a la vez más mansos que los corderos y más feroces que los leones. Tanto que yo no sé cómo habría que llamarles, si monjes o soldados. Creo que para hablar con propiedad, sería mejor decir que son las dos cosas, porque saben compaginar la mansedumbre del monje con la intrepidez del soldado. Hemos de concluir que realmente es el Señor quien lo ha hecho y ha sido un milagro patente. Dios se los escogió para sí y los reunió de todos los confines de la tierra; son sus siervos entre los valientes de Israel, que fieles y vigilantes, hacen guardia sobre el lecho del verdadero Salomón. Llevan al flanco la espada, veteranos de muchos combates…”.



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