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El discurso de la violencia en las crónicas novohispanas de tradición indígena de Muñoz Camargo y Alva Ixtlilxóchitl:
acerca de la llamada “Noche triste”

Valeria Añón (UNLP)

1. Introducción

Entre 1519 y 1521 se llevó a cabo la empresa cortesiana de conquista del Centro de México y, en particular, de la majestuosa México-Tenochtitlan[1]. Cinco siglos después, vivimos la conmemoración de los múltiples acontecimientos que, luego, se constituyeron como hecho histórico, cronológicamente delimitado, y también de la escritura, circulación y publicación de la primera imagen europea sobre este territorio: la Segunda carta de relación de Hernán Cortés (Segura de la Frontera, octubre de 1520).[2] La efeméride no ha pasado desapercibida; por el contrario, desde hace un lustro asistimos a eventos, discusiones y publicaciones que la abordan, entre lo celebratorio y lo polémico. Este trabajo se inscribe en ese marco para ofrecer una mirada descentrada, extranjera podríamos decir, aunque profundamente latinoamericana y literaria. Propongo pensar la escritura y el tipo de imágenes que estos primeros textos configuran en torno al relato de la violencia de la conquista.

Hablo de la escritura de la violencia porque, a pesar de que lo llevan inscripto en el nombre mismo, muchas veces olvidamos que las crónicas de la conquista son relatos bélicos, textos que narran guerras, enfrentamientos, asedios, matanzas. Pero que también narran sentimientos: el valor, el miedo y el terror, el cansancio, la desazón, el regocijo de la victoria, el sinsabor de la derrota… Esto es así porque, desde sus textos fundantes, en América escribir la violencia es escribir las pasiones; ambas dimensiones se encuentran entrelazadas, se sostienen y explican una a la otra, y también explican sus persistencias.[3]

Ahora bien, ¿dónde leer estos discursos afectivos de la violencia? Propongo tomar un momento clave en la conquista de México, aquel denominado por el historiador Francisco López de Gómara como “la triste noche”.[4] Y, dado que estamos dialogando en un volumen acerca de las resistencias y la construcción de la imagen del otro, quiero centrarme en algunos textos más desatendidos por la crítica: aquellos que el historiador mexicano José Rubén Romero Galván denominó “crónicas de tradición indígena” (2003). En particular, la Historia de Tlaxcala del cronista tlaxcalteca Diego Muñoz Camargo (1529?-1599?);[5] y el Compendio histórico… y la Historia de la nación chichimeca del cronista tezcocano Fernando de Alva Ixtlilxóchitl.[6] Propongo el trabajo con estos textos porque, si bien el discurso bélico ha sido pensado más ampliamente en las crónicas de tradición occidental (Cortés, Bernal Díaz, López de Gómara, fray Bartolomé de Las Casas incluso), en verdad atraviesa todo el archivo colonial temprano y es espacio de puesta en escena de las “polémicas de la posesión” (Adorno, 2007) y de configuración de identidades.[7]

2. El discurso de la guerra y el discurso legal

Las representaciones de batallas en las crónicas de tradición occidental e indígena ponen en escena tradiciones discursivas diversas, representaciones de la identidad y la alteridad, modulaciones de la subjetividad. El relato bélico, por su tema, pero también por su forma y estructura, da cuenta de enfrentamientos: por eso la antítesis (y su contracara, la analogía o comparación) constituyen las figuras privilegiadas con las que se narra el yo y el otro; también con las cuales se aprehende un espacio del cual apropiarse de manera efectiva o sobre el cual reclamar derechos por medio del discurso legal e historiográfico. Pero el relato bélico también es un espacio textual en el cual es posible observar desplazamientos y transformaciones en la manera en que el yo y el otro son percibidos y narrados, desde los primeros contactos hasta la caída de Tenochtitlan. En las crónicas de tradición indígena, el relato de la derrota adquiere nuevos matices a partir de la elipsis y la contraposición con versiones autóctonas. Aquí, el fracaso puede ser leído también en términos de oportunidad, en la medida en que delinea alianzas, adscripciones y promesas, y exhibe los desvíos de una escritura subalterna ante los usos del pasado.

En la narración de las batallas entre españoles y poblaciones autóctonas –desde el desembarco en la costa de Veracruz hasta la caída de Tenochtitlan– se entreveran el discurso caballeresco militar, el discurso legal acerca de las justas causas de la guerra –con su lógica específica tanto en el mundo occidental como en el mesoamericano–; el discurso bíblico y escatológico (Rozat Dupeyron, 1993); también el discurso político y el discurso mítico-histórico, que inscriben las guerras de conquista en el derrotero diacrónico de la cosmovisión autóctona y la historia de cada comunidad.[8] Estos discursos dan cuenta de concepciones más amplias de la sociedad y del mundo, donde la guerra tiene diferentes funciones y ocupa lugares fundamentales en las representaciones y en las configuraciones identitarias.[9]

Asimismo, en ambas tradiciones, el discurso bélico se articula con argumentos en torno a la legitimidad de la guerra. En la tradición occidental, los relatos acerca de la conquista de América deben ser considerados junto con las disputas filosóficas y legales que estaban teniendo lugar en ese momento, cuando convergieron la tradición de la guerra cristiana, el derecho a la guerra vinculado con las premisas clásicas, la incipiente conformación de la guerra moderna; es decir, complejas tradiciones jurídico-legales acerca de la guerra, sometidas a revisión y reformulación a partir de la experiencia de Indias y de los enfrentamientos bélicos en Europa (Wilson, 2020).

En tanto, en la tradición autóctona del centro de México, la guerra era una actividad supeditada al “estado”, con reglas efectivas compartidas y donde cada batalla se organizaba según una ritualidad pautada (Clendinnen, 2010). En este marco es que, en las crónicas de tradición indígena (en particular en las versiones de Sahagún y Durán, entre otras), son narrados como sorprendentes, impensables y contra natura los castigos ejemplares de Cortés –la matanza de Cholula; el castigo a los espías tlaxcaltecas– y la Matanza del Templo Mayor llevada a cabo por Pedro de Alvarado, que desata los enfrentamientos que culminarán con la huida de la Noche Triste. Allí, las crónicas autóctonas ponen de manifiesto el límite de la analogía, la irreductibilidad de ciertos modos de la alteridad inscriptos en la forma en que se somete al otro, mutilándolo o aniquilándolo.

3. La “Noche triste

La huida española, caracterizada como “triste”[10] por Gómara, tiene lugar, luego de inúmeros, constantes y agotadores enfrentamientos, la noche del 30 de junio al 1 de julio de 1520. De las cartas de Cortés en adelante, todas las crónicas, occidentales e indígenas, relatan las batallas y la huida, aunque con diversidad de tonos, énfasis y personajes. Si bien analicé la representación de estos eventos en las crónicas occidentales (Añón, 2012), me interesa aquí hacer algunos señalamientos acerca de su representación en el texto cortesiano, porque ello permite leer, de manera contrastiva, los desplazamientos, resistencias y silencios en las crónicas indígenas.

El discurso bélico en Cortés exhibe varias constantes. Por un lado, las cartas despliegan el aprendizaje acerca de cómo guerrear y cómo narrar la guerra, ya desde la batalla de Cintla, la cual tiene una inflexión providencialista clara (Mendiola Mejía, 2003). El enfrentamiento habilita el conocimiento del otro y de sus maneras de guerrear: quizá porque, como señalaba la historiadora australiana Inga Clendinnen (2001), la batalla también es un modo de comunicación y de conocimiento. A ello se suma la fuerte presencia del yo que le brinda el tono peculiar a las cartas de Cortés (Aracil Varón, 2016): lo singular como marca de esta escritura (frente al colectivo que instalará luego, por ejemplo, el soldado Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España). El sistema deíctico pronominal de estas epístolas se organiza a partir de la preeminencia textual de un yo ubicuo, decidido, racional, valiente en el cual funciona el modelo del caballero cristiano español y del discurso bélico del enfrentamiento contra los moros. Ambos permean estas caracterizaciones de las batallas y, en especial, las nominaciones, adjetivaciones y epítetos: mezquitas, idólatras, perros, por ejemplo.

Claro que esta autofiguración no se produce en una sola escena, sino que se arma cuidadosamente desde la captatio benevolentiae de la salutatio y la conclusio de la epístola; en cada una de las escenas de “diálogo” con los principales mexicanos; en la disputa por la alianza o en el castigo ejemplar que tiene lugar en la Matanza de Cholula, entre otros momentos textuales. A lo largo de la Segunda y Tercera cartas, el narrador aprende a contar la batalla, a leer y decodificar las estrategias bélicas del otro, y en ese aprendizaje –posible en buena medida gracias a los aliados tlaxcaltecas– se cifra su triunfo. En este marco, para narrar la derrota –porque la Noche Triste, en verdad, lo es para los españoles, y es quizá la derrota más estrepitosa que viven en toda la conquista–, el narrador pone en escena una retórica del cuerpo y una retórica sensible, así como la imagen de un capitán que define todo en función del bienestar de sus soldados y de preservar el quinto real (Añón, 2020).

Frente a este modo singular, afectivo, atravesado por la retórica persuasiva de la legalidad y autofigurativa del caballero cristiano, las crónicas de tradición indígena postulan otros locus de enunciación y eligen otras tácticas para narrar las batallas. De hecho, en más de un sentido, en las crónicas de tradición indígena el relato de la Noche Triste pone a prueba la conformación del sujeto de la enunciación y las distintas adscripciones y consideraciones acerca de lo narrado. Si leemos de manera comparada las crónicas de Diego Muñoz Camargo y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, identificaremos una primera divergencia, crucial, respecto de las crónicas de tradición occidental: el uso de las fuentes indígenas tlaxcaltecas y tezcocanas (pinturas, relatos y testimonios de protagonistas aún vivos en el momento en que se recabaron los datos). Por supuesto, los enunciadores no dejan de referirse a las historias occidentales como fuente principal, pero basan su diferencia y autoridad enunciativa en el acceso privilegiado a estos testimonios y pinturas autóctonos, y en su rol de interpretación y traducción.[11] Es ese archivo autóctono el que permite inscribir otras versiones de la Noche Triste, donde las escenas de batalla y el rol de las tropas de Hernán Cortés tienen menor peso, y donde los aliados y sus principales indígenas, en cambio, ocupan lugares de preeminencia.

Claro que estas diferencias no las encontraremos en el sistema deíctico-pronominal: en concordancia con la posición requerida para habilitar el locus enunciativo, en estas crónicas tlaxcaltecas y tezcocanas los españoles siempre son caracterizados como “los nuestros”, shifter que señala tanto los protagonistas como la pertenencia común de narrador y lector, en el uso del posesivo. La tercera persona predomina en las crónicas indígenas y establece cierta distancia con lo narrado, que se vincula más con el locus de enunciación de la historia que con el del testimonio. En cambio, la primera persona del testimoniante indígena hablará a través del trabajo narrativo del enunciador, del entramado de versiones y voces en la interpretación y traducción de relatos y pinturas.

En términos de conformación de subjetividades en las crónicas tlaxcaltecas y tezcocanas, el significado del par opositivo nosotros/ellos se desplazan y amplía con respecto a las crónicas occidentales, y complejiza cada uno de sus componentes. Reparemos en que, en las crónicas occidentales, el nosotros es restringido: identificado siempre con los españoles de Cortés –ya que aquellos soldados que se incorporan luego de la derrota de Pánfilo de Narváez suelen ser relegados o menospreciados en estos relatos–, los indígenas siempre son un ellos, incluso cuando son presentados como aliados o amigos. Un ellos al que se le reconocen contribuciones y valiosas ayudas,[12]pero que también es útil para culpar de ciertas cuantiosas pérdidas: “…y aunque algunos digan que se quedó allí mucha cantidad de oro y cosas, creo que no, porque los tlaxcaltecas y los otros indios dieron saco y se tomaron todo” (Gómara, 1988, CX, 156; subrayado mío).

En cambio, en las crónicas tlaxcaltecas y tezcocanas, lo que define el contenido de ambos pronombres es la capacidad de percibir la diferencia y la heterogeneidad en la construcción del nosotros y del otro, lo cual constituye una táctica de reivindicación del rol de cada población o cabecera. Por una parte, el nosotros, que involucra a españoles e indígenas aliados, donde tienen especial lugar los tlaxcaltecas, y otras poblaciones “amigas” o sojuzgadas, como los cempoaltecas o los de huetxotcingo, así como algunas referencias a “los de Narváez”, ya caracterizados de manera diferencial por las crónicas españolas. Este nosotros no implica la homogeneización o el olvido de la desigualdad y las relaciones de poder entre amigos, españoles y rehenes; por eso, se diferencia el rol de cada grupo en la batalla: facilitar la huida, recoger el oro o salvar a Cortés de una muerte segura. Por otra parte, en estas crónicas de tradición indígena, el ellos no identifica a los españoles, sino a los enemigos locales, los mexicas, desde una perspectiva anatematizadora en la Historia de Tlaxcala hasta una identificación algo más ambigua, matizada, en las historias tezcocanas.

Así, el cronista Diego Muñoz Camargo reúne versiones españolas y tlaxcaltecas para retratar a los mexicas como crueles, feroces, porfiados, idólatras, caníbales; y para culparlos abiertamente de la muerte de su tlahtoani, Motecuhzoma.

Y tampoco bastó esto, antes como gente obstinada en su desvergüenza se amotinaron contra su rey, llamándole de bujarrón y de poco ánimo, cobarde, con otras palabras deshonestas, vituperándole con deshonestidad. Teniéndole en poco, le comenzaron a tirar con tiros de varas tostadas y flechas y hondas, que era la más fuerte arma de pelear que los mexicanos tenían, de suerte que le tiraron una pedrada con una honda y le dieron en la cabeza, de que vino a morir el desdichado rey (Muñoz Camargo, 1998, 215).

El cronista adscribe a las versiones occidentales a las que tuvo probado acceso (Cortés, Gómara, incluso es probable que haya visto el manuscrito de la primera versión de la historia de Bernal Díaz durante su viaje a España). El uso de adjetivos descalificadores y verbos de acción, característicos del relato de la violencia, confluye para decantar la traición, ya anticipada a partir de la idea de “deshonestidad”. Frente a este cúmulo de características negativas, casi como un reflejo contrario, los tlaxcaltecas (el nosotros) serán caracterizados como leales amigos de los españoles y súbditos de la Corona. Sobre esta idea de lealtad, construida por diferencia con los mexicas, erigen sus reclamos de reconocimientos, bienes, encomiendas, exenciones tributarias, entre otros.[13]

Las historias tezcocanas de Alva Ixtlilxóchitl son más austeras y, aunque toman como fuente a las historias y pinturas tlaxcaltecas, se distancian de estas al narrar a los mexicas, en especial cuando desplazan la focalización para relatar las muertes de sus principales a manos de los españoles: Motecuhzoma en el Compendio histórico y Cacama en la Historia de la nación chichimeca.

Los mexica “hicieron luego jurar al rey Cacama su sobrino, aunque preso, con intento de liberarle […] mas no pudieron conseguir su intento, porque queriendo ya los españoles salirse huyendo de la ciudad aquella noche, antes le dieron cuarenta y siete puñaladas, porque como era belicoso se quiso defender de ellos; y hizo tantas bravezas, que con estar preso les dio en que entender, y fue necesario todo lo referido para poderle quitar la vida” (Alva Ixtlilxóchitl, Historia de la nación chichimeca, 199, II-LXXXVIII/230).

Moteczuma, viendo la determinación de sus vasallos, se puso en una cierta parte alta y reprendiólos, los cuales lo trataron mal de palabras, llamándole cobarde y enemigo de su patria, y aun amenazándole con las armas, en donde dicen que uno de ellos le tiró una pedrada de la cual murió, aunque dicen sus vasallos que los mismos españoles lo mataron y por las partes bajas le metieron espada (Alva Ixtlilxóchitl, Compendio histórico, 1997, I-454; subrayado mío).

Este relato pone en escena la conformación discursiva de un entrelugar, ni completamente adscripto a la perspectiva española ni a la indígena –tlaxcalteca o tezcocana–. En cambio, advierte variables y matices, en crítica solapada al español, por ejemplo, al citar la versión mexica acerca del asesinato de Motecuhzoma a manos de los extranjeros. En el Compendio histórico…, se narra desde el complejo locus del aliado-subalterno, que aúna distintas versiones del pasado y cosmovisiones en la reconstrucción de un nosotros que funcione como espacio textual de pertenencia para el yo.

En términos de la estructura de la trama y con respecto a las crónicas de tradición occidental, en estas crónicas indígenas es evidente la menor atención a las escenas de batalla, en una prosa que evita detenerse en la minucia del padecimiento o la valentía del soldado español, algo solo mencionado con breves pinceladas en la medida en que sea funcional a la lógica del relato y al decoro propio del subtexto autóctono. Las tramas indígenas presentan otro ordenamiento de los acontecimientos, donde el comienzo de la huida, las batallas en los puentes y acequias, la llegada a Tacuba y el refugio en Tlaxcala son narrados de manera sintética, a grandes trazos. A diferencia de las crónicas occidentales, estas crónicas hacen lugar a digresiones, detalles o escenas que inscriben el protagonismo de los principales autóctonos.

En este marco, la Historia de Tlaxcala presenta una particularidad diferencial ya que, siguiendo las versiones tlaxcaltecas (códices, testimonios y relatos orales), silencia por completo los primeros enfrentamientos con los españoles, que las crónicas occidentales describen, sin embargo, en detalle. En cambio, recrea una escena de pacífico entendimiento entre Cortés y los principales tlaxcaltecas. Esta supuesta aceptación pacífica de la palabra cristiana y del vasallaje al rey, así como la alianza contra los mexicas y la ayuda prestada a los españoles serán utilizadas luego para reclamar privilegios, exención de tributos, reconocimientos varios, tierras e incluso indios a cargo. Se percibe aquí un inteligente uso de las mismas regulaciones con que el poder metropolitano intentaba subordinar las poblaciones originarias, así como una batalla historiográfica permanente por alejar la imagen del pasado indígena como ejemplo de “barbarie” –tal como la entendía Sepúlveda, por ejemplo– y acercarla a la analogía con el prestigioso mundo pagano de la Antigüedad (Grecia y Roma) y la praeparatio evamgelica.

En cuanto a la Noche Triste, la Historia de Tlaxcala presenta un orden desordenado, vinculado con la subyacente estructura de la descripción y la relación geográfica (véase nota 3), que obliga a detenerse en ciertos datos geográficos o en los nombres y detalles de cada población, pero relacionado también con el lugar que le presta a ciertas digresiones, donde se perciben dos hipotextos: los relatos tlaxcaltecas, en especial el Lienzo de Tlaxcala –que ambos cronistas utilizan– a partir del protagonismo de Alvarado y de su salto, por un lado; el relato de los informantes de Sahagún en la mujer vieja que da el aviso de la salida de los españoles, por el otro.[14]

Con respecto a su trama, la historia tezcocana –que sigue el modelo historiográfico letrado– se ordena en torno al personaje de Cortés y a los principales indígenas. Aquí, las escenas de patetismo y de piedad para con los españoles son muy reducidas, y las referencias a tácticas de batalla, tretas de los indígenas y astucias cortesianas, escasas. La Historia de Tlaxcala sigue esta misma línea: la retórica testimonial de la experiencia y el padecimiento, tal como es presentada en las cartas de relación y en la Historia verdadera, no parece permear estos relatos; en cambio, las versiones autóctonas, mucho más controladas en este sentido –a tono con el ideal del valor y destino del guerrero mexicano– parecen estar en la base de estos relatos que atemperan quejas y padecimientos. En ese sentido, es preciso tener en cuenta algunos objetivos fundamentales de estas historias: si la idea es reconstruir el pasado para incidir en los reclamos del presente, el patetismo del ataque y la muerte de las tropas españolas no resulta efectivo; es más, puede transformarse en argumento contrario. De allí que cobren densidad textual las figuras autóctonas, en especial en la inscripción de los nombres propios y en las promesas de Cortés, que las historias tezcocanas detallan y reiteran.

A ello se suma la articulación entre subjetividad y espacialidad que ambas crónicas exhiben. A medida que avanza el relato de la guerra y la huida, cobra progresivo espacio la transformación de la ciudad –con sus acequias colmadas de cuerpos de españoles y caballos muertos– en imagen especular respecto del sitio de Tenochtitlan: “que las acequias y calles y pasos de donde habían quebrado los puentes, quedaban llenos de cuerpos muertos y las ciénagas y lagunas teñidas y vueltas en pura sangre” (Muñoz Camargo, 1998, 217). En este momento, ambos cronistas se detienen para rememorar nombres propios, historias, cautiverios, pérdidas:

En este lugar y en otros aprietos en los que los nuestros se vieron prosiguiendo su retirada, murieron entre otros señores que iban con Cortés así rehenes como en su favor, cuatro señores mexicanos, que los dos eran hijos del rey Motecuhzoma y se llamaban Xoacontzin, Tzoacpopocatzin, Zepactzin y Tencuecuenotzin, y de las cuatro hijas de Nezahualpiltzintli que se le dieron en rehenes murieron las tres […]. Murieron otros dos hijos del rey Nezahualpilzintli; y asimismo murió en esta demanda Xiuhtototzin uno de los grandes del reino de Tezcuco, señor de Teotihuacan, que era capitán general de la parcialidad de Ixtlilxóchitl, que en su nombre habia ido a favor y ayuda de Cortés y los suyos (Alva Ixtlilxóchitl, 1997, 2-231; subrayado mío).

Esta inscripción de nombres propios –un memorial de principales muertos en la huida–, que cierra el capítulo de la historia tezcocana, con tono de lamento y queja, subraya algo que las crónicas españolas apenas mencionan: la complejidad del enfrentamiento bélico, sus alianzas y apuestas; aquello que todos perdieron, no solo los españoles: la propia vida.[15] La cuidada rememoración de estos nombres propios devuelve entidad a estos sujetos; funciona como inscripción que es también memorial respetuoso; modifica el tono y la prosodia de la historia tezcocana, atravesada ahora por las suaves sonoridades del náhuatl, sus acentuaciones graves, la belleza de sus sintagmas nominativos. Se trata entonces de una memoria que se plasma en la lengua y de una lengua que atraviesa el texto castellano para dejar su huella, aún a través de la mediación y transformación escrituraria.

Por último, en el entramado y la relectura que constituyen las crónicas indígenas, la Historia de la nación chichimeca vuelve sobre la historia de López de Gómara y la entrelaza con las fuentes autóctonas, para transformar el lamento cortesiano en alianza y promesa. En el inicio del capítulo inmediatamente posterior a la muerte de principales y rehenes, cuando Cortés, sus tropas y sus aliados han escapado de Tenochtitlan por Tacuba y observan la ciudad perdida, se relata la siguiente escena:

[…] se paró allí el capitán Cortés, triste, afligido y derramando muchas lágrimas, viendo por una parte la muerte de tantos compañeros y amigos, que dejaba muertos en poder de sus enemigos [… ] y viendo cerca de sí a Aexotécatl Quetzalpopocatzin hermano de Maxicatzin, Chalchiuhtécatl, Calmecahua y otros caballeros y señores tlaxcaltecas, y a Tecocoltzin y Tocpacxochtzin con otros señores que iban en rehenes, hijos del rey de Tetzcuco Nezahualpiltzintli y de Motecuhzoma, dijo por lengua de Marina: que no tuviesen aquel llanto y tristeza que en él había por falta de ánimo, pues no era; sino lo uno por los muchos compañeros y amigos que dejaban muertos, y lo otro por las señaladas mercedes que Dios obraba en él. […] Y que les daba su fe y palabra a todos los señores que le eran leales y amigos, que si salía con victoria y conquistaba la tierra, no tan solamente los conservaría en sus estados y señoríos, sino que también en nombre del rey de España su señor, se los aumentaría y los haría participantes de lo que allí sojuzgase y conquistase (Alva Ixtlilxóchitl, Historia de la nación chichimeca, 1997, II-LXXXIX/232; subrayado mío).

La derrota sella la alianza y se transforma en oportunidad que estos cronistas no olvidan: la resolución de asolar México ya no es solo producto de la voluntad cortesiana, como narran las crónicas occidentales. Ahora, ante el llanto y el lamento, el capitán se vuelve para ver a su lado, cerca de sí, a aliados y rehenes, a quienes debe explicar su congoja, comprensible y extraña a un tiempo para la lógica guerrera mexicana. En el texto, la posición espacial de estos personajes (que remeda también las escenas presentadas por el Lienzo de Tlaxcala) y la remembranza meticulosa de los nombres propios de los principales indígenas establece una escena de cercanía, contigüidad y alianza, donde la resolución de tomar México se sella solo en virtud de estas presencias. Pero dicha presencia no es épica ni gratuita: el cronista inscribe casi de inmediato las promesas cortesianas, en un discurso que se dice por lengua de Marina, a la que mucho parece debérsele en la correcta transmisión de este pedido y de esta oferta.[16]

Así, la escena patémica recurre a una retórica afectiva entramada en la figura modélica del caballero cristiano español, tan valiente como conmovido. El llanto, como muestran numerosas crónicas medievales, no es signo de flaqueza, sino de hondura, y sirve para sellar el pacto con los aliados indígenas (Allen, 2015). En esta escena, el trabajo del cronista tezcocano con tradiciones discursivas occidentales e indígenas entrelazadas es evidente. El llanto cortesiano por la ciudad perdida también es enfático pedido de ayuda, recubierto por las promesas futuras de reconocimientos, conservación de señoríos y aumento de estos, participación en todo lo que sojuzgase y conquistase. La escena, tramada a partir de las versiones tlaxcaltecas, representa el clímax en el cual se sella la alianza.

Lo que sigue son innúmeras actividades y esfuerzos para sitiar a Tenochtitlan, que toman meses e incluyen la construcción y traslado de los famosos bergantines, narrados en la Tercera carta de relación de Hernán Cortés y en todas las crónicas. Se cumple así lo pactado por parte de las poblaciones autóctonas, que insisten en estas escenas para reclamar aquello que les corresponde por palabra y promesa del capitán. Tal como está narrada la escena de la huida y el refugio, la derrota es también una posibilidad y un pacto: en esa doble valencia se instala la trama de voces de las crónicas de tradición indígena, para rememorar las alianzas y promesas resultado de esta noche… ¿triste?

Bibliografía

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Selección de imágenes

Libro XII de la Historia general de las cosas de la Nueva España de fray Bernardino de Sahagún.
Fuente: Biblioteca Histórica digital.


  1. Capítulo dedicado a la memoria de Susana Zanetti.
  2. Acerca de las concepciones de esta conquista como evento extraordinario y la discusión sobre esta perspectiva, véase el volumen de M. Restall, (2019).
  3. La violencia como objeto de estudio ha sido largamente abordada desde la historiografía, en especial en relación con la violencia bélica. No obstante, en las últimas décadas, los estudios sobre la violencia en sus distintas representaciones y su articulación con lo afectivo han complejizado el campo. Mi trabajo se inscribe en esa línea, en particular en relación con los abordajes de I. Clendinnen, (2001); S. Carroll, (2007); S. Broomhall, (2016).
  4. “Murieron en el desbarate de esta triste noche, que fue el 10de julio del año de 20 sobre 1500, cuatrocientos y cincuenta españoles, cuatro mil indios amigos, cuarenta y seis caballos y creo que todos los prisioneros. Quien dice más, quien menos; pero esto es lo más cierto” (Gómara, 1988: CX-157).
  5. Las obras atribuidas al cronista tlaxcalteca Diego Muñoz Camargo son dos: la Descripción de la cibdad y provincia de Tlaxcalay la Historia de Tlaxcala. La primera le fue encargada por un grupo de principales tlaxcaltecas y responde a la Instrucción y Memoria distribuida por el Consejo de Indias en 1577. De acuerdo con su principal editor, René Acuña (1981), Muñoz Camargo comenzó su redacción alrededor de 1580 y la concluyó, ya en España, entre 1584 y 1585, donde fue obsequiada al rey. A su regreso a la Nueva España, Muñoz Camargo continuó la redacción a partir de la cual configura su Historia de Tlaxcala, manuscrito que permaneció inédito hasta 1891, cuando se lo identificó en la Biblioteca Nacional de París, clasificado como msn 210. El texto está incompleto, le faltan 29 fojas, páginas con pinturas y el calendario de fray Francisco de Navas (Reyes García, 1998). Acerca de Muñoz Camargo, véase Hernández R. (2003). Más recientemente, Andrea Martínez Baracs atribuyó a este cronista el documento conocido como Suma y epíloga de toda la descripción de Tlaxcala (1994 y 2019).
  6. Se desconocen las fechas exactas de la biografía de Alva Ixtlilxóchitl y de su obra. Edmundo O´Gorman, su principal editor, organizó sus escritos, a partir de varios manuscritos dispersos entre México, Europa y los Estados Unidos, en cinco textos, producidos, aproximadamente, entre comienzos y mediados del siglo XVI, varios de ellos encargados por principales tezcocanos. Véase O´Gorman (1995), Romero Galván (2003) y Battcock (en prensa).
  7. Acerca de la noción complementaria de “crónicas de tradición occidental” y la historiografía colonial, véase Camelo y Escandón (2012).
  8. Acerca de la característica militarización del posclásico mesoamericano y de la hegemonía “imperial” mexica, véase Aztec Warfare de R. Hassig (1995).
  9. En el mundo mesoamericano del posclásico, la guerra organiza la sociedad y su cultura, es omnipresente; define subjetividades y roles sociales.En términos de representación, relatos históricos, cantos, “poemas”, códices o pinturas, inscripciones y obras artísticas de gran envergadura en monumentos y edificios públicos conforman la compleja textura de lo que podríamos llamar –en una analogía que reconozco perfectible– el “discurso militar mesoamericano”, cuyas manifestaciones transmiten y conforman una concepción de la guerra que es también, en especial, una concepción del mundo y del hombre, y un relato histórico acerca de los vínculos entre las distintas comunidades.
  10. En este apartado retomo, amplío y discuto argumentos planteados por primera vez en mi libro La palabra despierta. Tramas de la identidad y usos del pasado en crónicas de la conquista de México. M. I. Aldao (2012).
  11. Se trata de un gesto y un tono específico de las crónicas indígenas en general, que ha sido analizado en detalle en el ámbito andino, en particular en los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega (Zamora, 1989). Con respecto a las crónicas novohispanas, analicé este aspecto en Añón (2019).
  12. “(…) acordamos lo más presto que pudiéramos salir de aquel pueblo, y con cinco indios tascaltecas, que atinavan el camino de Tascala, sin ir por camino, y nos guiavan con mucho concierto, hasta que llegávamos a unos caseríos que en un serro estaban, y allí junto un cu, su adoratorio como fortaleza, adonde reparamos” (Díaz del Castillo, 2005, CXXVIII, 355).
  13. Es conocido el rol privilegiado de los tlaxcaltecas en la sociedad posconquista del siglo XVI; ha sido analizado en detalle por Charles Gibson (1991) y por el editor de los textos de Muñoz Camargo, Luis Reyes García (1998).
  14. Acerca del famoso “salto de Alvarado” hay distintas versiones; la Historia verdadera en su manuscrito Remón lo niega –en el momento de mayor enfrentamiento de Bernal Díaz con el capitán–; la Historia de Tlaxcala lo afirma, haciéndose eco de las versiones orales tlaxcaltecas y en consonancia con el buen vínculo de Alvarado y su familia con la provincia de Tlaxcala, donde éste tenía encomiendas. El grito de la anciana que alerta a los mexicas se refiere en el libro XII.
  15. Cortés y López de Gómara aluden a este hecho de manera genérica, refiriendo apenas la identidad de los principales; Bernal Díaz lo silencia. “En este desbarato se halló por copia que murieron ciento y cincuenta españoles y cuarenta y seis yeguas y caballos y más de dos mill indios que servían a los españoles, entre los cuales mataron al fijo y fijas de Muteecuma y a todos los otros señores que traíamos presos” (Cortés, Segunda carta, 2010, 282).
  16. Se refiere a Malinche-doña Marina, la famosa traductora e intérprete de Cortés. Como personaje histórico, los datos son muy escasos y su biografía está plagada de silencios. En las crónicas occidentales e indígenas, Malinche aparece retratada con distinto énfasis y connotaciones muchas veces antitéticas (Añón, 2012; Navarrete Linares, 2007). Es Bernal Díaz quien ofrece el relato occidental más detallado de este polémico personaje, y muchos otros historiadores y cronistas seguirán sus datos de allí en más (Glantz, 2001). La impronta de esta enigmática traductora persiste hasta hoy en la cultura y la literatura mexicanas (Townsend, 2019).


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