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La construcción del mundo atlántico: Gomes Eanes de Zurara
y su Crónica de Guiné

Emir Reitano (UNLP)

Pocos momentos históricos presentan ante nuestros ojos un ciclo dinástico tan claro como la casa de Avis en Portugal. La misma se constituyó con características bien definidas y gobernó Portugal por dos siglos, entre la batalla de Aljubarrota de 1385 -donde los castellanos fueron aplastados por los portugueses consolidando a don João I, como legítimo rey- y el desastre absoluto de Alcazarquivir de 1578 donde el joven rey Don Sebastián perdió la vida y Portugal su independencia. Durante este ciclo la monarquía portuguesa tomó una dimensión que nunca más volvería a poseer.

En esos dos siglos mencionados se pueden distinguir claramente dos fases históricas: la de la expansión atlántica, que va desde la toma de Ceuta en 1415 hasta la llegada a la India en 1498 y la conocida como la del monopolio oriental, que comienza con la llegada de los navíos cargados de especies al estuario del Tajo y finaliza con la pérdida de la independencia en manos de los españoles en 1580.

Con la llegada de Don João I al trono, si bien se consolidó la monarquía como institución, los problemas económicos de Portugal continuaron de manera constante como en décadas atrás. La insuficiencia de recursos internos, las pocas áreas para el cultivo y las dificultades en la distribución de alimentos y vituallas llevaron a Portugal a buscar en el mar la solución a sus problemas. En primer lugar, los portugueses encontraron el equilibrio de su balanza dietaria en los recursos pesqueros. Lo que la tierra no les daba el mar se los compensó. Ello convirtió también a los portugueses en expertos marinos. En segundo lugar, Portugal salió a buscar fuera de sus territorios las riquezas que faltaban en el reino y así se logró una nueva expansión que estuvo centrada en el comercio marítimo y en el apoyo que la corona brindó al mismo, promocionando los viajes de exploración, descubrimiento y comercio por la costa norte de África.

Los conflictos con Castilla tuvieron su tregua a partir de 1411 y por ello Portugal pudo dejar de cuidar sus espaldas y poner su mirada definitivamente en el mar que lo esperaba. Por ese motivo la corona comenzó los preparativos para una expedición militar que salió de Lisboa con más de veinte mil hombres en dirección a Ceuta, bastión africano en poder de los infieles que cayó finalmente en manos portuguesas en el año de 1415. Podemos afirmar que esa fecha indica el comienzo de la denominada expansión portuguesa. Los moros no solamente habían sido desplazados del territorio portugués en la península, sino que además habían sido invadidos y desplazados en su propia tierra.

Esta primera etapa se caracterizó por los esfuerzos de la corona para construir un dominio en el norte de África, pero poco duró esa euforia ya que una derrota importante ante los moros sucedida en Tánger en 1437 los llevó a cambiar camellos por carabelas repensando una vez más en la expansión costera.

Si bien este período mencionado fue heredero de los tiempos de Alfonso IV (1325-1357), cuando se realizaron expediciones a las Islas Canarias por parte de marinos portugueses[1], la figura histórica ligada a los descubrimientos ha sido desde siempre la del Infante Don Enrique conocido también como Enrique el Navegante. El Infante Don Enrique era el tercer hijo del rey Juan y de la Reina Felipa de Lancaster, su título de gran maestre de la orden de Avis, junto con el apoyo de la corte y su patrimonio personal para esta misión, le otorgaron los medios necesarios para llevar adelante la empresa descubridora que se había propuesto.

Existe abundante material historiográfico en torno a su figura y hasta el día de hoy los historiadores no se ponen de acuerdo en la construcción de su personalidad. Se lo ha recreado como un genio renacentista precursor del descubrimiento del Atlántico, pero también como un típico caballero medieval obsesionado por la idea de cruzada cristiana ante los infieles. Podemos decir que su compleja personalidad encajaba de manera adecuada en el tiempo que le tocó vivir. El hombre medieval se refleja en lo que hay de cruzado en él mientras que el hombre moderno se traduce en la preocupación por develar los misterios de la naturaleza desconocida, superar las leyendas y abrir otros horizontes para Portugal, donde el comercio también era protagonista. En mayor medida, la construcción del mito en torno a su imagen y figura tiene que ver con la fuente que presentamos a continuación. Me refiero a Gomes Eanes da Zurara y su Crónica de Guiné.

Gomes Eanes da Zurara, contemporáneo del Infante Don Enrique, fue el historiador oficial de los reyes de Portugal y poco conocemos de su vida. Sabemos que desde muy joven ingresó en la corte del Don Duarte hacia 1433 como asistente de biblioteca. Escribía en un lenguaje florido, del cual se jactaba y hacía alarde, dado que estaba influenciado por el primer Renacimiento. Como era lógico de esperar, fue el encargado de escribir hacia 1450 las Crónicas del asedio y captura de Ceuta en un lenguaje triunfal, pero fue más que nada conocido por su Crónica de Guiné de 1453, obra donde se exalta la figura del Infante Don Enrique como autoridad principal de los primeros viajes portugueses de descubrimiento por la costa de África y las Islas del Atlántico. La obra posee un interés biográfico y geográfico y podemos decir que fue la constructora de la imagen del Infante para la posteridad, algo que realmente logró con éxito[2]. Zurara en su obra da también detalles de suma importancia acerca de poblaciones de Guineos, Canarios y Azanegas brindando una nítida percepción de la otredad para un hombre renacentista. Sabemos también que no fue el primer cronista de los descubrimientos realizados en el Atlántico, le precedió una crónica francesa escrita entre 1402 y 1404 que describía la conquista de las islas Canarias denominada precisamente Le Canarien[3].

En toda su obra Zurara se preocupó por demostrar erudición a través de citas y reflexiones filosóficas, todo ello fue decisivo para la construcción de la figura del Infante. Zurara era preciso como historiador y demostraba conocer a los principales autores de su época como también sus crónicas y romances. Combinaba muy bien todo su saber literario con el conocimiento geográfico y el saber astrológico, tan en boga durante su época, como queda demostrado en las páginas siguientes.

Más allá de las grandezas que cuenta Zurara acerca del Infante Don Enrique no hay duda de que el Infante tuvo un espíritu metódico para la expansión y desde que fue nombrado administrador de la orden de Cristo hasta su muerte sucedida en 1460, estuvo ligado siempre a las navegaciones. Su primer éxito fue la ocupación de forma estable de las islas Madeira y Porto Santo acaecida hacia 1420, tierras en donde se intentó una pequeña colonización enviando familias portuguesas y en donde el cultivo del trigo, tan necesario en la metrópoli, fue el principal producto hasta que el azúcar, con mejores mercados en el mundo europeo y con una demanda creciente y constante, poco a poco fue ganando su lugar. En 1437 las islas Azores, descubiertas un par de años atrás y deshabitadas, siguieron el mismo camino, poblándose rápidamente con familias portuguesas y similares cultivos.

El primer paso decisivo en la exploración del norte africano lo dio Gil Eanes cuando en 1534 pasó el Cabo Bojador. El cabo Bojador no es ningún accidente geográfico reseñable. Es una pequeña saliente en la costa africana que hoy en día pertenece al Sahara Occidental. Durante mucho tiempo fue una barrera de facto para la navegación. El desierto costero hacía que la navegación de cabotaje no se atreviese a ir más allá, ya que no había donde reabastecerse de agua o comida. Además, los numerosos bajíos arenosos y el viento casi constante del poniente que arrastraba a los barcos hacia la costa lo convertían en una zona especialmente peligrosa para la navegación. En aquella época, embarrancar en aquel desierto suponía una muerte segura por hambre y sed. Finalmente, Gil Eanes consiguió rebasar el también llamado “cabo del miedo” alejándose de la costa lo que le permitió seguir avanzando hacia el sur y descubrir, además, que había vientos favorables más allá del Cabo Bojador. El descubrimiento de los vientos Alisios fue fundamental para ello ya que, soplando en el sentido de las agujas del reloj, estos vientos permitían a los navegantes dirigir sus barcos de nuevo hacia el norte y regresar así a su punto de partida.

Este hecho posibilitó a los portugueses, a partir de 1434, a abrir el camino para nuevas expediciones, primero hacia la costa occidental de África y muchos años después proyectarse hasta la India. En 1455, ante la lógica disputa que se aproximaba con Castilla por estos nuevos territorios, Portugal solicitó al papa Nicolás V una bula que le legitimase su conquista. El Papa le concedió de este modo la bula Romanus Pontifex y con ella la exclusividad de todas las tierras y mares en las regiones que se extienden desde los cabos de Bojador y de Não a través de toda Guinea más allá hasta la orilla meridional[4].​

La navegación por estas aguas continuó siendo motivo de disputa entre portugueses y castellanos hasta que, con la firma del Tratado de Alcaçovas en 1479, se acordó el reparto de los territorios descubiertos por ambas naciones en el océano Atlántico. Portugal mantuvo el control sobre sus posesiones de Guinea, Costa del Oro, Madeira, las Azores y las islas de Cabo Verde. A Castilla se le reconoció la soberanía sobre las islas Canarias, sin embargo, el cabo Bojador no apareció mencionado en el texto de este tratado.[5]

A partir de la avanzada lograda por Gil Eanes y superados los mitos del mar tenebroso comenzaron a adentrarse las carabelas para comerciar y explorar por la costa africana hasta el golfo de Guinea. Cada expedición registraba lo que veía, comerciaba y traía de regreso, además de hombres y mercancías, una información precisa de lo que encontraba. Por tal motivo podemos decir que eran expediciones científicas para su época. Pocos nombres conocemos de los marinos que se adentraron en esas travesías, sabemos que fueron muchos, pero pocos los que regresaron. Ellos fueron los que dieron sus testimonios y quedaron para la posteridad. Cuando murió el Infante Don Enrique en 1460, los portugueses tenían recorrido más de cuatro mil kilómetros de costa africana y una colonización en marcha en las islas descubiertas y ocupadas.

¿Por qué el Infante Don Enrique puso su mirada en el mar? Como podremos observar en la fuente citada, Zurara otorga seis motivos fundamentales, pero como destacó Parry, nunca hay que fiarse por completo de las crónicas ya que lo suyo es la narrativa y no el análisis. La crónica emplea las formas de alabanza típicas de su época y aunque esto no le quita valor al testimonio, pone de relieve los rasgos personales de los que se enorgullecía el propio Infante Don Enrique,[6] recordemos que esta crónica fue escrita en vida del Infante.

Tres de los seis motivos que Zurara atribuye al Infante se enmarcan en los tradicionales objetivos de ideal de cruzada contra el infiel, es decir, investigar la extensión geográfica del poderío islámico, convertir paganos al cristianismo y formar alianzas con los gobernantes cristianos que encontrara en su camino. La esperanza de establecer contacto y alianza con algún gobernante cristiano (como la leyenda del Preste Juan tan vigente en su época)[7], vinculaba a la cruzada mediterránea con el África atlántica y ello es una explicación verosímil de los intereses del Infante Don Enrique.

El último motivo del Infante estaba relacionado con algo nada sorprendente para los tiempos de Zurara y tal vez, a decir de Parry, fue el motor más poderoso: el Infante estaba dispuesto a cumplir las predicciones de su horóscopo que le obligaban a “dedicarse a grandes y nobles conquistas, y a intentar el descubrimiento de cosas que estaban ocultas a otros hombres [8].”

En esas épocas los conocimientos de astronomía se aplicaban más a las predicciones que a la navegación y los horóscopos pertenecientes a la nobleza se tomaban muy en serio. También Zurara destaca que el Infante quería abrir nuevas rutas de comercio, y en ese caso da a entender un propósito mucho más práctico en la realidad. Aunque el comercio no era compatible con su condición de caballero, en este caso el cronista lo pone como parte del fin último: comerciar con los señores cristianos para hacerse fuertes y combatir al infiel. A pesar de esta crónica exhaustiva poco sabemos de la personalidad del Infante Don Enrique más allá de los relatos de los cronistas. Como ya destacamos era un personaje típico de su época y en su persona convivían ambos mundos, el ideal de cruzada con la del hombre renacentista.

Esa idea de lucha contra el infiel como también la idea de comerciar y abrirse a nuevos mundos desconocidos se plasmó en la expansión hacia el Atlántico africano, única posibilidad abierta para esta pequeña nación ibérica que, ante la paz con Castilla, su vecino y rival, pudo mirar durante varias décadas hacia ese mar que la tentaba a expandir sus fronteras.

La obra de Zurara que aquí presentamos en unos breves fragmentos, no puede concebirse sin la existencia del Infante Don Enrique, pero tampoco sin la monarquía de la casa de Avis, la que otorgó a Portugal ese impulso hacia el mar que le era preciso.

Esta traducción al castellano es un modesto aporte personal para el conocimiento de tan valiosa fuente documental. Todos los errores u omisiones cometidos en ella corren exclusivamente por mi cuenta.

Bibliografía

Aguiar, M. (2018) “As crónicas de Zurara: a corte, a aristocracia e a ideologia cavaleiresca em Portugal no século XV”, en Medievalista, online consultado. URL: https://bit.ly/3olcQZe.

Boxer, Ch. (1969) O imperio marítimo português 1415-1825. Lisboa, Edições 70.

Eanes de Zurara, G. (1973) Crónica de Guiné. Introdução, novas anotaçoes e glossário de José de Bragança. Barcelos, Livraría Civilização.

Hermano Saraiva, J. (1989) Breve História de Portugal. Bertandt editora.

Parry, H. (1989) El descubrimiento del mar. Barcelona, Crítica.

Russell-Wood, A.J.R (1998). Um mundo em movimento. Os portugueses na África, Asia e América (1415-1808). Algés, Difel, Serie Memória e Sociedades.

Selección documental

Documento n° 1: Capítulo VII – En el cual se muestra cinco razones por qué el señor infante fue motivado a buscar las tierras de Guinea.
Fuente: Gomes Eanes de Zurara. Crónica de Guiné. Introdução, novas anotaçoes e glossário de José de Bragança, Barcelos, Livraría Civilização, 1973. Pp. 43-61.

…. El lector debe notar bien que la magnanimidad de este Príncipe, por un natural designio, era llamado para iniciar y acabar grandes hechos, por cuya razón, después de la toma de Ceuta, siempre tenía navíos armados para la lucha contra los infieles; y porque él tenía la intención de saber qué tierras existían más allá de las Islas Canarias, y de un cabo que se llama Bojador, porque hasta aquel tiempo ni por escritura ni por memoria de ningún hombre, no se sabía qué tipo de tierra había más allá de dicho cabo.

Algunos decían que pasó por allí San Brandán, otros decían que fueron por allá dos galeras y que nunca retornaron. Pero ello no creemos por ningún modo que pueda ser así, porque no es de presumir que, si las mencionadas galeras fueron por allá, que otros navíos supieran del viaje que realizaron.

Y porque este mencionado señor quiso saber la verdad, pareciéndole que si él u otro señor trabajase en saber lo que sucedió, ningún navegante o mercader se hubiera internado en ello, porque claro está que nunca ninguno de los navegantes se tomaban el trabajo de navegar si no hacia dónde conocían y esperaban sacar provecho; y viendo como ningún otro príncipe trabajara en ello mandó él hacia aquellos lugares sus navíos, teniendo como manifiesta certeza y moviéndose para ello al servicio de Dios y del Rey Don Duarte su señor y hermano, que en aquel tiempo reinaba. Y esta fue la razón primera de sus movimientos.

Y la segunda fue porque consideró que , encontrándose en aquellas tierras alguna población de Cristianos, o algunos puertos en los que se pudiera navegar sin peligro, que se podría traer para estos reinos muchas mercaderías las cuales encontrarían buen mercado, segunda razón , pues con ello no trataban otras personas de esas partes ni de ninguna otra que fuesen conocidas; y que eso mismo llevarían para aquellas mercancías que en estos reinos hubiese y que traerían gran provecho a los naturales.

La tercera razón fue porque se decía que el poderío de los Moros de aquella tierra de África era mucho más grande del que comúnmente se pensaba, y que no había entre ellos ni Cristianos ni ninguna otra generación. Y porque todo serio, por natural prudencia, y queriendo saber el poder de su enemigo, trabajó el señor para mandar saber hasta dónde llegaba el poder de esos infieles.

La cuarta razón fue porque de XXXI años que había guerreado con los Moros, nunca encontró rey Cristiano ni señor fuera de esta tierra que por amor de nuestro señor Jesús Cristo quisiera ayudar en la mencionada guerra. Quería saber también si se encontraban en aquellas partes algunos príncipes Cristianos en que la caridad y el amor de Cristo fuesen tan esforzados que quisieran ayudar contra aquellos enemigos de la Fe.

La quinta razón fue el gran deseo que había de acrecentar en la santa Fe de nuestro señor Jesús Cristo, y traer para ella todas las almas que se quisieran salvar, conociendo que todo el misterio de la encarnación, muerte y pasión de nuestro señor Jesús Cristo fue hecho con este fin “a saber” para la salvación de las almas perdidas, las cuales el señor quería por sus trabajos y sus esfuerzos, traer al verdadero camino, conociendo que se no podía el señor realizar mayor oferta; que si Dios prometió cien bienes por uno, justo es que creamos que por tantos bienes, por tantas almas de este seños son salvadas el tenga en el reino de Dios tanta centena de galardones, para que su alma después de esta vida pueda ser glorificada en el reino de los cielos; que yo, que esta historia escribí, vi tantos hombres y mujeres de aquellos lugares que se convirtieron a la santa Fe, que todavía que este príncipe fuera gentil, las oraciones de estos eran bastantes para traer la salvación. Y nos solamente vi a aquellos, vi también a sus hijos y nietos tan verdaderos Cristianos como si la divina gracia salpicara en ellos para darles claro conocimiento de sí mismo.

Pero sobre esta cinco razones aún tengo la sexta que parece que es la raíz de donde todas ellas proceden: Esto es la inclinación de las rutas celestiales, que como escribí no hace mucho tiempo en una epístola que enviara al Señor Rey que si está escrito que el sabio barón se hará cargo de las estrellas y del curso de los planetas según la buena estima de los Santos Doctores no pueden culpar al buen hombre que se manifiesta pero son cuerpos ordenados en el misterio de nuestro señor Dios y ocurren para ciertas medidas y determinados fines revelados a los hombres por su gracia y también por su influencia los cuerpos inferiores son inclinados hacia ciertas pasiones. Y si es así, hablando como católicos que las predestinaciones de la esfera celeste por juicio natural, con alguna gracia divina se pueden estorbar, mucha más razón esta que las predestinadas fueran, por esta misma gracia, no solamente seguirán su curso, sino que serán mucho más creíbles.

Por ello quiero escribir aquí como todavía, por influencia natural este honrado príncipe se inclinaba a estas cosas. Esto es así porque su ascendiente fue Aries, que es casa de Marte, que es la exaltación del sol y su señor está en la XI casa acompañado del sol. Por lo tanto, el mencionado Marte fue en Acuario, que es casa de Saturno y en casa de esperanza, ello significó que este señor trabajase en conquistas importantes y sólidas, especialmente en buscar las cosas que estaban ocultas a otros hombres, y secretas, siguiendo la tradición de Saturno en cuya casa él está. Y por estar acompañado del sol, como dije, y el sol estará en casa de Júpiter, significaba todos sus logros y conquistas para ser hechas con lealtad y placer de su Rey y señor.

Capítulo VIII- Por qué razón no osaban los navíos pasar más allá del Cabo Bojador.

Puesto así el Infante en este movimiento, siguiendo las razones que ya oísteis, comenzó a enviar sus navíos y personas en cuanto la necesidad del caso requería, pero mandó muchas veces hombres que, por experiencia de grandes hechos ante otros en el oficio de las armas, pero nunca fue alguno que osara pasar aquel cabo Bojador para conocer la tierra de más allá como deseaba el Infante.

Y a decir verdad no era por falta de fortaleza ni de buena voluntad, pero debido a la novedad del caso, mezclado con su antigua fama ya instalada entre los marineros de España por sucesivas generaciones. Y aunque fuera engañosa porque la experiencia amenazaba con un daño evidente, era grande la duda sobre quién sería el primero en arriesgar la vida en semejante aventura.

¿Cómo pasaremos? Decían ellos, los términos que pusieron nuestros padres o qué provecho podían traer al Infante la perdición de nuestras almas junto con los cuerpos. ¿Afortunadamente no fueron en España otros príncipes ni señores tan codiciosos de esta sabiduría como el Infante nuestro señor? Por cierto, no he de presumir que entre tantos y tan nobles y que tan grandes y tan altos hechos realizaran por honra de su memoria, no hubo ninguno que se entrometiera siendo manifiesto el peligro y con poca esperanza de honra ni provecho, sin embargo, no dejaron de hacerlo.

Esto es claro, decían los marineros, que después de este Cabo no hay gente ni población alguna; la tierra no es menos arenosa que los desiertos de Libia, donde no hay agua, ni árboles, ni hierba verde; y el mar es tan bajo, que a una legua de tierra no hay de fondo más de una braza. Las corrientes son tan intensas que el navío que le pase jamás podrá retornar. Y por ello nuestros ancestros nunca lo intentaron pasar. Y ciertamente no fue a ellos y sus conocimientos de pequeña oscuridad cuando no sabían asentar en las cartas donde se asienta por dónde se puede navegar. Ahora, quién crees que sería el capitán del navío que tuviera dudas delante de hombres que fueran motivo para llegar y dar fe a semejantes lugares con una casi segura esperanza de morir como se presentaba ante sus ojos.

¡Oh tú virgen Temis, que entre las nueve Musas del Monte Parnaso tenías el privilegio especial de observar los secretos de la cueva de Apolo! Yo dudo si tu temor era tan grande de poner tus pies sobre aquella sagrada mesa donde las revelaciones divinas te daban trabajo poco menos de muerte dando ánimo a aquellos amenazados no solamente de miedo, también de su sombra, cuyo gran engaño fue causa de grandes gastos, que doce años continuados duró el Infante en aquel trabajo, enviando cada un año hacia aquellos lugares sus navíos con gran costo de sus rentas; los cuales nunca se atrevieron de traspasar ese punto. Bien es que no se quedaron sin honor, que por enmendar los que morían sin cumplir el mandato de su señor, algunos seguían sobre la costa de Granada, otros corrieron por el mar de Levante hasta que terminaban capturando presas de los infieles, con lo cual retornaban de manera honrosa para el reino.

Capítulo XII- Como Antão Gonçalves trajo los primeros cautivos.

Tomo mucho placer al volver a contar esta historia, porque pienso alguna cosa con que satisfaga el deseo de este nuestro Príncipe; lo que este deseo es mayor cuando las cosas por las que tan largamente trabajó están más cerca de su vista. Por ello en este presente capítulo quiero presentar alguna novedad de su tan trabajosa siembra.

Fue así que en aquel año del cuatrocientos cuarenta y uno, cuando ya se había logrado algo de paz en los reinos, hizo el Infante armar un navío pequeño en el cual envió como capitán a Antão Gonçalves, su guardia personal, hombre bastante joven. El fin de viaje no era otro al mando del Señor sino de cargar aquel navío de aceite y cueros de aquellos lobos marinos de los que ya hablamos en los capítulos anteriores a este. No se debe dudar que el Infante no le dio aquel mismo cargo que daba a los otros; ya que la edad de este era menor y su autoridad poca, tanto el encargo era más pequeño que la esperanza de huidas era menor.

Acabado el viaje de este Antão Gonçalves llamó a Afonso Guterres, otro joven de cámara que era como él, y así todos los del navío, que eran XXI en total y les habló de esta manera:

“Hermanos y amigos! Tenemos ya nuestra carga como han visto en la cual acabamos y que ponemos como fuerza principal de nuestro mandato. Y podemos retornar si no quisiésemos trabajar más allá de aquello que se nos ha encomendado. Pero quiero saber de vosotros si os parece que está bien que intentemos realizar por lo que se nos ha enviado con buena voluntad. Y en verdad considero que esta tarea nos fue encargada por el Infante nuestro señor, tanto debemos trabajar en ella con mayor peso. ¡Oh! ¡qué gran acontecimiento sería para nosotros, que vinimos a esta tierra para llevar una mercancía tan débil nosotros que tenemos ahora la dicha de llevar los primeros cautivos ante la presencia de nuestro príncipe! Y quiero decirles que tengo considerado para recibir vuestro avistamiento; esto es que en la noche siguiente yo con nueve de vosotros aquellos que estuvieran más dispuestos para el trabajo, quiero recorrer alguna parte de esta tierra a lo largo de este río para ver si escucho alguna gente que me parece de razón que debemos encontrar algo, pues es cierto que aquí hay gente que trata con camellos y otros animales que llevan sus cargas; y el tráfico de ellos debe ser principalmente en contra del mar, y es pues también que ellos de nosotros todavía no saben nada, ni pueden reunirse tantos que nosotros no intentemos contra su fuerza; y encontrándonos Dios con ellos, a menor parte de la victoria será tomar algunos, de lo cual el Infante nuestro señor no estará poco contento, para cobrar conocimiento por él de cuáles son los moradores de esta tierra. Pues tal será nuestro galardón, debe saberlo él por los grandes gastos y trabajos que él, en los años pasados, dedicados solamente a este fin, tenía ofrecidos” …

Y finalmente determinaron hacer su mandato y seguir hasta donde más pudieran llegar.

Cuando sobrevino la noche, Antão Gonçalves apartó a aquellos nueve que más aptos le parecieron, e hizo con ellos su viaje como antes lo había determinado. Y apartados del mar por una legua encontraron un camino por el cual presumieron que podría andar por allí algún hombre o mujer que ellos pudiesen atrapar; y se dio de ser así por cuya razón Antão Gonçalves colocó a los otros para que fuesen más adelante ya que no sería bueno retornar así al navío. Y contentos los otros partieron desde allí por ese desierto espacio de tres leguas donde encontraron rastros de hombres y niños cuyo número sería, según su parecer, de cuarenta hasta cincuenta, los cuales seguían al revés de lo que ellos andaban.

La calma era muy grande; y por esa razón como la del trabajo que habían tenido velando por la noche y andando a pie y sobre todo con escasez de agua que ahí no había, sintió Antão Gonçalves que el cansancio de ellos era muy grande lo cual él podía juzgar por su propio padecimiento.

“Amigos, -dice él- aquí no hay nada. Nuestro trabajo es grande y el provecho parece pequeño siguiendo este camino, que estos hombres vienen en contra de donde nosotros venimos el mejor consejo que puede haber es volvernos contra ellos, y puede ser que por la vuelta que realizaron, si se apartaron algunos de ellos o por ventura caeremos sobre ellos donde estén y atacándolos puede ser que huyan y huyendo puede ser que atrapemos a alguno menos ligero del que nos podamos aprovechar, según nuestra intención encontraremos XIV o XV, con los cuales haremos nuestra presa de mayor ventaja”.

No era este consejo en que se puede encontrar duda sobre la voluntad de esos hombres, porque todos deseaban eso mismo.

Y volviendo en contra del mar, en poco tiempo de su camino, vieron a un hombre desnudo que seguía a un camello, llevando dos lanzas en las manos y siguiéndolo no había motivo para que su cansancio tuviera sentido. Y como estaba solo y vio que eran tantos, todavía quiso mostrar que aquellas armas eran dignas de él y comenzó a defenderse lo mejor que pudo haciendo su contención más áspera de lo que su fortaleza requería.

Afonso Guterres lo hirió de un dardo, de cuya herida el moro tuvo temor, y lanzó sus armas como causa vencida. Por lo cual atrapado con gran placer por parte de aquellos yendo así adelante vieron sobre una colina las personas cuyo rastro seguían que eran del grupo del que traían cautivo.

Y no se desvanecía por llegar hasta ellos; el sol estaba muy bajo ya y ellos muy cansados, consideraron que semejante lucha les podría traer mayor daño que provecho; y por ello determinaron volver al navío. Y yendo así vieron a una moza negra que era sierva de aquellos que estaban en la colina, y siguiendo el consejo de algunos de ellos fue que la dejasen ir, para no generar nueva escaramuza, que por el contrario no era necesario ya que a simple vista notaban que era su número más del doble sobre ellos. Antão Gonçalves dijo que fueran por ella y que el menosprecio de ese encuentro haría a los contrarios entrar en conflicto con ellos. Y ya vez, la voz del capitán entre su gente se hace obedecer cuando prevalece.

Siguiendo el acuerdo, la mora fue tomada por lo que los contrincantes quisieron acudir, pero viendo nuestros pertrechos para recibirlos no solamente se retiraron para donde estaban, sino que se fueron para otra parte, volviendo las espaldas a los contrarios.

Y así damos por acabado este capítulo, dejando aquí reposar a Antão Gonçalves, hasta que en el siguiente capítulo lo hagamos caballero honradamente.


  1. Estos navegantes fueron confeccionando cartas y derroteros de la región, dando una primera imagen del espacio atlántico norteafricano.
  2. Ch. Boxer (1969, 39).
  3. Le Canarien es una crónica y diario de campaña de la expedición de conquista de las islas Canarias organizada a principios del siglo XV por el barón normando Jean IV de Béthencourt. Se trata de la primera documentación escrita sobre la conquista de Canarias y la única información disponible sobre el modo de vida de los nativos isleños a la llegada de los primeros conquistadores y a la que muy bien se refiere el capítulo de Silvina Mondragon en el presente libro.
  4. https://bit.ly/3mUeilf.
  5. J. Hemano Saraiva (1989, 51).
  6. H. Parry (1989, 131-132).
  7.  El Preste Juan era el nombre de un supuesto gobernante cristiano del Lejano Oriente según los relatos europeos de la Edad Media tardía. Su leyenda fue muy popular entre los siglos XII y XVI.
  8. Ibidem, p. 132.


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