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Introducción

Raíces medievales en la expansión ibérica

Osvaldo Víctor Pereyra y Emir Reitano (UNLP)

Hace ya un tiempo, el historiador francés F. Braudel afirmaba, en su célebre estudio El Mediterráneo y el Mundo Mediterráneo en la época de Felipe II, que para él “la historia es una canción que debería cantarse a muchas voces, aceptando también el inconveniente de que las voces se cubren unas a otras” (1992, 788-789). Hacia el siglo XVI los europeos trasladan sus intereses de un mar cerrado y de pequeñas dimensiones como el Mediterráneo (Mare Nostrum) al Atlántico (la Mar Océano). Dicha historia no puede relatarse como una pieza musical monofónica. Al igual que el océano que les conecta, envuelve al conjunto de relatos de todas las tierras que le rodean -sin excepción- es la primera polifonía global.[1]

La exploración de la costa atlántica norteafricana por parte de los portugueses en la primera mitad del siglo XV abrirá el mundo de descubrimientos y de la expansión ultramarina a través de los nuevos retos que significó la navegación oceánica. La conquista de Ceuta por Portugal en 1415 constituye el puntapié inicial de este proceso al cual se sumará, posteriormente, el reino de Castilla.

Sin embargo, los reinos Ibéricos, lanzados a su proyección extracontinental se encontraban constreñidos al interior de una matriz de pensamiento propia de una sociedad feudal profundamente expansiva situada -a “caballo”- entre el fin de la Edad Media y el comienzo de la modernidad. Dicha particular situación fue denominada por L. Weckmann como constituyente “de la persistente herencia medieval” (1994, 21), refiriéndose así a aquellas raíces profundas que forjaron al México colonial. De este modo, el autor consideraba que:

Los conquistadores y misioneros del siglo XVI -y también los explotadores, administradores, jueces y obispos- introdujeron a la Nueva España una cultura que era todavía esencialmente medieval… la historia de la colonización española del Nuevo Mundo confirma esa tesis si la consideramos -desde una perspectiva correcta- como un nuevo capítulo de la expansión medieval de Castilla (con escalas intermedias en el norte de África y en la Canarias), y de las empresas aragonesas de Ultramar, que en el siglo XIV habían plantado las barras y las cadenas desde Cerdeña y Sicilia hasta las costas del Asia Menor, pasando por los ducados de Atenas y de Naupatria.

Sin embargo, el propio término herencia no deja de ser en sí parcial y, en cierto sentido, confuso. Nos obliga a entender el problema desde un punto de vista sesgado y monocorde donde lo medieval se solapa enteramente en lo colonial encorsetándolo como un todo. Como claramente nos sugiere J. Baschet (2009, 29):

Cualesquiera que fueren las reservas que suscitan el procedimiento de Weckmann y su noción de `herencia medieval´, es posible retomar una parte de su tesis. Con la Conquista, lo que se establece de lado del Atlántico es el mundo medieval, de manera que no es exagerado afirmar que la Edad Media constituye la mitad de las raíces de la historia de México… (pero)… no se trata exactamente de registrar una herencia recibida… una visión histórica más global debería reconocer el peso de una dominación colonial surgida de la dinámica occidental, que implicaba la transferencia y la reproducción de instituciones y mentalidades europeas, aunque sin ignorar que es una realidad original, irreductible a una simple repetición… captar la dinámica histórica que vincula en un proceso en que se mezclan reproducción y adaptación, dependencia y especificidades, dominación y creación.

Ninguna sociedad puede sin más “espejarse” sobre otra. Símbolos, valores, mitos, ideas, así como formas institucionales de organización, etc., se amoldan, adaptan, reajustan y deconstruyen en las nuevas configuraciones sociohistóricas en las cuales deben desplegarse. En este sentido, lo que definimos como la matriz medieval en América es sólo un componente de anclaje histórico-analítico importante pero que necesariamente debe ser compuesto y asumido desde una mirada más global del problema, que tenga en cuenta también las múltiples variaciones producto de la expansión, el contacto y la dominación.

Los españoles y portugueses que se internan en el continente americano recién descubierto son portadores de una cosmovisión del mundo profundamente medieval surgida en el despliegue y el fortalecimiento expansivo del occidente cristiano. Los expedicionarios europeos utilizarán dichos moldes-mentales propios para dar sentido a una plétora de experiencias y vivencias sostenidas en estas nuevas tierras, una realidad que pudo ser así asimilada a su universo mental a través de un inmenso arsenal de materiales simbólicos e imaginarios en circulación durante siglos en la Europa Medieval. Podríamos asumir que los europeos cuentan así, de antemano, con una geografía mítico-imaginaria que les permitirá trazar -a grandes pinceladas- los espacios aún no conocidos ni cartografiados del nuevo continente. Al fin y al cabo, es cierto, que el navegante genovés Cristóbal Colón no piensa que ha abierto la exploración a nuevas tierras. Simplemente sigue apegado a las evanescentes afirmaciones volcadas en un diario por un viajero medieval y comerciante veneciano, Marco Polo, quién describe sus incursiones a los ricos dominios asiáticos del Gran Kan.[2] Explorará buscando denodadamente durante sus distintos viajes el mítico reino cristiano del Preste Juan[3] y morirá -varios años después- con la firme convicción de haber alcanzado las costas de Cipango (Japón) viajando hacia el occidente y de haber contemplado -con sus propios ojos- el Paraíso Terrenal ubicado en la desembocadura del Orinoco.

Sin embargo, no será el único europeo movilizado por estas composiciones mítico-imaginarias. En el reino de Portugal, por ejemplo, los monarcas Enrique el Navegante y Juan II, comisionarán a los marinos portugueses a encontrar el camino a las siete ciudades de Cíbola, leyenda popularizada en distintos reinos peninsulares desde el siglo VIII después de la invasión musulmana a la Península Ibérica. Se suman a ella otros relatos fantásticos como la búsqueda de El Dorado, la Fuente Bimini, etc. Es decir, como sostiene J. Lafaye (1999, 22):

La Conquista fue un brote de invención épica, mitológica -como la búsqueda de El Dorado y de la Fuente de la Juventud-, y de imaginación práctica también, que permitió la adaptación de los hombres y de su armamento a las condiciones climáticas, físicas y militares, nuevas para ellos. Pero, sobre todo, el descubrimiento de las Indias fue experimentado por sus contemporáneos como un momento importante en el desenvolvimiento providencial de la historia humana, como la última etapa antes del advenimiento del Reino Milenario, que sería instaurado precisamente en las Indias, por lo pronto en la forma de la nueva Iglesia católica.

En este mismo sentido, B. Hausberger (2019, 39), nos invita a tener siempre presente el hecho de que sería imposible pensar estas tempranas travesías llevadas adelante por los Imperios Ibéricos sin esos conocimientos imaginarios previos y disponibles para los europeos en el siglo XV:

Los imaginarios antiguos basados en la biblia y en la geografía clásica, árabe y medieval se volvieron obsoletos. A pesar de ello, habían sido de relevancia fundamental, pues los llamados descubrimientos se hicieron a partir de la “realidad” que representaban. Las travesías de los portugueses no son pensables sin los conocimientos e imaginarios ya disponibles. Tampoco Marco Polo, en el siglo XIII, se había movido por tierras y sendas ignotas en el interior de Asia y en el océano Índico, sino en caminos largamente establecidos y también descritos, por ejemplo, por los geógrafos árabes.

Ciertamente, dicha matriz simbólico-imaginaria, estaba profundamente extendida y arraigada en la cultura y en el pensamiento de los europeos de la época. No sólo participan de la misma la gente docta e instruida, sino también el conjunto de aquel heterogéneo material humano embarcado a la aventura atlántica.

Es necesario dar aquí una imagen de la impronta de estos primeros contingentes llegados y asentados en América. Sin duda, el juicio más negativo sobre los mismos proviene del propio Almirante de la Mar Océano quién, disgustado por la “plebe” bajo su mando, escribe amargamente a España: “Juro que la multitud de hombres que han venido a las Indias no merecen el agua de Dios ni del hombre.”[4] En ese sentido, más allá del dictamen cuasi oprobioso sobre los mismos realizado por Colón, no podemos perder de vista el hecho de que la empresa de descubrimiento y conquista fue realizada por aventureros u hombres arriesgados surgidos del pueblo, bajo la dirección de una pequeña nobleza de hidalgos y caballeros (muchos de ellos segundones empobrecidos) quienes partieron de la península en busca de oportunidades de promoción social y riquezas que les eran esquivas en sus lugares de origen. Debemos destacar que la organización feudal de la conquista del Nuevo Mundo se amparó, en gran medida, en contratos de compañía firmados entre un capitán (jefe de la expedición), el capital comercial necesario para adelantar los recursos financieros (el armador) así como también el conjunto heterogéneo de hombres a reclutar para la empresa, armados a cuenta propia. En este sentido, la propiedad de un caballo y de un arma de fuego aseguraba a su poseedor una considerable ventaja inicial frente al resto de los participantes. El riesgo económico de la corona en la participación en estas aventuras atlánticas intentó siempre ser minimizado. Su función no iba más allá de otorgar los permisos y de imponer la presencia de un contador real (encargado de asegurar el “quinto real”). El resto del botín conseguido en la aventura se repartía -de manera diferenciada- entre los distintos comanditarios copartícipes. Ello no quiere decir que no hubieran expediciones con un rol más activo en el armado y financiación por parte de la monarquía, pero ellas fueron más la excepción que la regla.[5] A partir de 1519, las expediciones de conquista se desarrollaron, al parecer, en exclusivamente desde las locaciones continentales, el botín de las conquistas precedentes permitiría así cubrir los gastos de las sucesivas incursiones.[6] Dicho modelo de expansión feudal sobre las fronteras abiertas tampoco fue una innovación de la conquista americana. Era simplemente una readaptación -en los nuevos territorios- del movimiento de progresión propio que asumieron los distintos reinos cristianos contra el islam en la península Ibérica denominado como la Reconquista y la repoblación.[7]

En estos espacios el enemigo era intrínsecamente el “otro”. El musulmán -convertido en el prototípico antagonista a la Europa cristiana- y sublimado aquí en el Nuevo Mundo como continuación de la lucha contra el “hereje o el “infiel. Ello doto al proceso de conquista americano de un cierto sentido profundamente providencialista. Quién mejor ha ejemplificado esta idea fue F. López de Gómora en su Historia General de las Indias al emperador Carlos V: “… la conquista de los indios comenzó cuando habían terminado las conquistas entre los moros, a fin de que hubiese siempre españoles en guerra contra los infieles…”[8] La caída del frente cruzado en Ultramar desde finales del siglo XIII convirtió a la Península Ibérica en el escenario de confrontación efectiva contra el enemigo musulmán. Ello permitió que en el proceso de afirmación monárquica de los reinos cristianos estos tomaran a la cruzada como plataforma política justificadora convirtiéndola en parte de su propio programa político-ideológico de legitimación y propaganda. Alfonso XI (1312-1350) lo expresa claramente: la misión es expulsar a “… los descreyentes de la fe católica que están en discordia de Dios et a grant danno et peligro de la Cristiandad”[9]. Así también lo podemos observar en el ciclo cronístico encargado por el propio monarca a Fernán Sánchez de Valladolid.[10] En este sentido, los términos de reconquista y el de cruzada, empiezan a aparecer ciertamente unidos en numerosas ocasiones, a pesar de unos orígenes y desarrollos diametralmente disimiles. Algunos especialistas, como Carlos de Ayala Martínez, hablan así de un modelo mixto de cruzada de carácter propiamente hispano, modelo que triunfó a partir del siglo XIII.[11]

Los paralelismos y ensamblaje entre ambas empresas son obvios, pues los propios cronistas americanos se encargaron de resaltarlo desde muy temprano:

No sólo los primeros conquistadores de México describieron a menudo los templos indígenas como “mezquitas” e identificaron a los indios como “alárabes”, sino que preferían designarse a sí mismo no “españoles” sino “cristianos”. Oviedo llama la hueste de Cortés “ejército cristiano”; y “ejército católico” a las implacables tropas de Nuño de Guzmán. Dos narraciones de esta misma expedición, una de ellas fuente del relato de este cronista de Indias, anticipan y repiten ambos epítetos: las de Francisco de Arceo y de Fran Francisco Mariano de Torres.[12]

Así también lo afirma S. Gruzinski, (1995, 43) en su juego de imágenes espejadas:

La Conquista pertenece igualmente a la línea de la Reconquista de la península ibérica, lucha secular contra los reinos moros que había terminado con la toma de Granada en 1492. Los primeros observadores se apresuraron a comparar a los indios de México con los moros y los judíos: Pedro Mártir y Juan Díaz insistieron en la “circuncisión” indígena, y las ´pirámides` de los indios que fueron confundidas al principio con mezquitas, y sus sacerdotes con ulemas. El revival de los entusiasmos de la Reconquista se explica fácilmente en ese contexto…

De igual forma, a los ojos de los contemporáneos, parecen coincidir ambas empresas en tiempo y espacio, a partir de un conjunto de circunstancias -algunas ciertamente fortuitas- que se engarzan históricamente dando solución de continuidad la una con otra en las postrimerías de 1491:

Colón hablaba bien y tenía gracia, pero el humor real no estaba para los grandes sueños oceánicos. El genovés tuvo que soportar un nuevo rechazo y retirarse de Santa Fe hacia La Rábida, decidido a recurrir a otros monarcas más emprendedores. Fue entonces cuando se dio un cambio cuyas consecuencias no podía prever nadie. A algunas leguas del campamento, Colón fue alcanzado por los emisarios de la reina y llevado de regreso a Santa Fe. Convencida por Luis de Santángel, y augurando para esta expedición un desquite importante contra Portugal, cuya supremacía marítima amenazaba a Castilla, Isabel aceptó las proposiciones del marino… Los preparativos se efectuarán a tambor batiente. De momento, todos los ojos se encuentran fijos en Granada. En el mes de diciembre, los moros, víctimas del hambre, deciden entregar el palacio de la Alhambra, así como las fortalezas de la ciudad, a cambio de la libertad.49 Femando e Isabel se comprometen a ello solemnemente, y el rey Boabdil, “el que lloró como mujer lo que no había sabido defender como hombre”, abre las puertas de la ciudad a los cristianos en la noche del domingo 1 de enero, sin que se enteren sus súbditos (C. Bernand y S. Gruzinski, 2005, 64).

1492 no podía dejar de ser resignificado como un año clave. Después de casi ocho siglos de presencia musulmana en tierra ibérica, los Reyes Católicos conquistaban, por la fuerza de las armas, el último reducto de los moros en España, el reino de Granada, y sólo unos meses más tarde, el 2 de agosto, los tres navíos de Colón zarpan del puerto de Palos.

Los españoles y portugueses ven a América y sus habitantes a través de los cristales propios de una visión del mundo que debe su formación, al particular contexto de orden feudal que caracteriza sus propias sociedades. No es de extrañar así que las imágenes e imaginarios colectivos e individuales se encuentren condicionados por esta matriz. A través de este recorrido documental pretendemos centrarnos en la construcción de la visión de ese “otro-multiforme y cambiante- que terminará asociando esa posición de Guerra Santa, de Cruzada, de lucha contra el infiel, todo dentro de una misma extensión figurativa de conquista y expansión. La visión de una misión encomendada por Dios al pueblo castellano tiene sus raíces medievales en este largo proceso de resistencia y de cruzada ibérica. Los textos aquí reunidos componen simplemente ejemplos de este tejido histórico conductor.

Bibliografía

Amodio, E. (1993) Formas de la alteridad. Construcción y difusión de la imagen del indio en Europa durante el primer siglo de la Conquista de América. Quito: Tierra incógnita 6.

Ayala Martínez, C. (2009a) “Obispos, guerra santa y cruzada en los reinos de León y Castilla (s. XII)” en Cristianos y musulmanes en la Península Ibérica. La guerra, la frontera y la convivencia. Ávila: Fundación Sánchez Albornoz.

— (2009b) “Definición de Cruzada: estado de la cuestión”, en Clío & Crimen, Revista del Centro de Historia del Crimen de Durango, n 6, pp. 216-242.

Bernand, C. y Gruzinski, S. (2005) Historia del Nuevo Mundo. Del Descubrimiento a la Conquista. La experiencia europea 1492-1550. México: Fondo de Cultura Económica.

Baschet, J. (2009) La civilización feudal. Europa del año mil a la colonización de América. México: Fondo de Cultura Económica.

Benítez Guerrero, C. (2015) “Un cronista en la corte de Alfonso XI: Fernán Sánchez de Valladolid o el enigmático autor de Tres Reyes”, en García Fernández, M. (coord.) El siglo XIV en primera persona. Alfonso XI, rey de Castilla y León (1312-1350). Estudios conmemorativos del VII centenario del acceso al trono (1312-2012). Sevilla: Servicio de publicaciones de la Universidad de Sevilla, pp. 37-51.

Braudel, F. (1992) El Mediterráneo y el mundo Mediterráneo en la época de Felipe II. México: Fondo de Cultura Económica, tercera reimpresión, 2 tomos.

Gruzinski, S. (1995) La guerra de las imágenes. De Cristóbal Colón a “Blade Runner” (1492-2019). México: Fondo de Cultura Económica.

Hausberger, B. (2019) Historia mínima de la globalización temprana. México: El Colegio de México, primera reimpresión.

Lafaye, J. (1999) Los conquistadores. Figuras y escrituras. México: Fondo de Cultura Económica, tercera edición.

López de Gómora, F. (1555) La Historia General de las Indias. https://bit.ly/37xob1H

Simpson, L. B. (1970) Los conquistadores y el indio americano. Barcelona, ediciones Península.

Veas Arteseros y F. de Asís (ed.) (1997) Documentación de Alfonso XI. Colección de documentos para la Historia del Reino de Murcia, VI. Murcia: Real Academia Alfonso X el Sabio-CSIC.

Weckmann, L. (1994) La herencia medieval de México. México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica.

Yun Casalilla, B. (2019) Historia global, historia transnacional e historia de los imperios. El Atlántico, América y Europa (siglos XVI-XVIII). Zaragoza: Institución Fernando el Católico. Excma. Diputación de Zaragoza.



  1. Como recientemente sugiere B. Yun Casalilla (2019, 8) “Lo cierto es que hace mucho que los historiadores se preocupan de la historia del mundo, con la que durante algún tiempo se la ha identificado. Pero, la velocidad más que notable (la que imprime a nuestros conocimientos el desarrollo de la comunicación digital), la historia global se ha separado de la tradicional historia del mundo para convertirse sobre todo en una historia de los entrelazamientos y mutuas influencias entre sociedades lejanas, al tiempo que, en una historia comparada, sea de diversos espacios (generalmente, se entiende, que de espacios referidos a civilizaciones lejanas), sea de los procesos acaecidos en ellos.”
  2. Según E. Amodio (1993, 35-36) “la primera edición de impresa del Milione (de Marco Polo) data de 1477 en traducción alemana a partir de un códice manuscrito preservado en la Biblioteca de Mónaco. Otra edición en latín fue impresa en Venecia en 1482… Colón pudo haber leído la edición en latín de 1482. En esta época Colón vive en Portugal y ya ha copiado (o recibido) la carta de Toscanelli, quien muere ese mismo año… (es posible) … que porciones del texto de Marco Polo circularan manuscritas… pero es evidente que Colón conoce de segunda mano algunos de los datos de Marco Polo, a través de la carta de Toscanelli… La conclusión parece obvia: Colón leyó a Marco Polo después del primer viaje y antes del tercero en 1498. De hecho, según Juan Gil, Colón adquirió el volumen en 1497… ahora conservado en Sevilla y anotado por Colón.”
  3. Según la leyenda el Preste Juan gobernaba las tierras fuera del círculo musulmán que atenazaba Europa y una alianza con los reinos cristianos permitiría “alejar” la siempre presente amenaza del islam. Fue buscado intensamente por navegantes portugueses y castellanos. Los portugueses creyeron hallarlo en las tierras del rey sacerdote copto de Etiopía, en sus incursiones por el Mar Rojo. Sin embargo, las primeras menciones a esta mítica figura se encuentran en la llamada: “Chronica sive Historia de duabus civitatibus” (Crónica o historia de las dos ciudades) escrita por Otón de Frisinga en el siglo XII.
  4. Carta de Colón dirigida al ama del príncipe don Juan, año 1500, citado por L. B. Simpson (1970, 21).
  5. Por increíble que nos parezca, es cierto que la mayor parte de la América española fue conquistada en menos de cinco décadas por un reducido número de hombres armados. Los cálculos generales no hablan de más de diez mil individuos, que ni siquiera eran militares de oficio y apenas tenían experiencia militar anterior, salvo en el caso de los capitanes de la empresa. Estos hombres, aventureros pobres en su mayor parte, integraron la llamada “hueste indiana”, caracterizada por la total voluntariedad de sus integrantes, que es una de las mayores diferencias que podemos señalar con las mesnadas y otros grupos armados medievales.
  6. En general, los especialistas coinciden en ajustar la cronología del proceso de conquista española de América de tres etapas bien diferenciadas: 1) conquistas antillanas o tempranas, 1502-1519; 2) conquistas continentales o intermedias, 1519-1549; y, finalmente, 3) conquistas interiores o tardías, desde 1550 en adelante.
  7. Debemos tener en cuenta que, al hablar de Reconquista y repoblación en la España Medieval, la misma se encuentra cargada con el fuerte componente ideológico-político compuesto en el siglo XIX, momento de la construcción del Estado liberal en España. De esta manera se fija así una línea genética interpretativa que va del reino de Asturias, pasando por el de León y Castilla, llegando a los Reyes Católicos y de allí a la idea de la propia nación española. Sin embargo, dicha imagen se encuentra profundamente cuestionada y adolece de innumerables problemas, entre ellos, la propia idea de “reconquista”, es decir, conquistar algo que ya era de uno. Esta idea nace en la corte de Alfonso III, quien reinó entre los años 866 y el 910, buscando una base ideológica para su acción política, estableciendo así una continuidad histórica entre su reinado y la herencia propia del antiguo reino visigodo. Dicha visión tiene otro elemento operativo clave, el enfrentamiento religioso, asociando así la idea de España a la defensa del cristianismo en su lucha contra el islam. Sin embargo, esta idea de dos polos opuestos y en lucha permanente durante ocho siglos no se corresponde a la realidad histórica. Las relaciones eran muchísimo más complejas, así tenemos, por ejemplo, al Emirato interviniendo entre las permanentes diputas entre los distintos reinos cristianos -acuciados por las luchas internas de las diferentes facciones internas por acceder al trono- o bien, a las Taifas apoyadas por reinos cristianos en su lucha contra otras Taifas, haciendo así imposible sostener ninguna linealidad en el problema.
  8. F. Lopéz de Gómora (1555).
  9. Colección de documentos de Alfonso XI. Doc. CXIX. Véase en Veas Arteseros y F. de Asís, (1997, 122).
  10. Estudiado por C. Benítez Guerrero (2015, 37-51).
  11. Véase Ayala Martínez, C. (2009a, 221-256); (2009b, 216-242).
  12. L. Weckmann (1994, 23).


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