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De “pláticas” y “exhortaciones”: usos del pasado y la memoria en las crónicas misioneras (México, siglo XVI)

María Inés Aldao (UNLP/UBA)

1. Introducción. Pasado y memoria en las crónicas misioneras

Pasado y memoria son conceptos inherentes a todo texto colonial. En permanente evocación de la memoria que subyace al nuevo orden, las crónicas de la conquista hacen usos distintos y funcionales del relato del pasado, según los objetivos e intereses de sus cronistas.

Dentro de este heterogéneo archivo literario, y con amplias diferencias retóricas respecto del resto, las crónicas misioneras[1] ejemplifican la compleja forma en que ingresan los usos del pasado en un relato que versa preponderantemente sobre la evangelización. Si en una primera lectura de estos textos podemos intuir en su descripción del pasado indígena un uso etnográfico o de mero cumplimiento del deber para con la orden, en un abordaje más atento observamos que ese relato resulta uno de los eslabones del proceso evangelizador. Mediante dicha inserción, el enunciador de las crónicas misioneras pretende incorporar a quienes considera “gentes confundidas” a la historia universal para justificar su labor con “seres de razón”. A la vez, en ese gesto, se muestra como un gran conocedor de ciertas zonas que ese pasado le revela: los ritos prehispánicos, sus costumbres, sus formas de enseñanza, los orígenes de los pueblos, sus festividades. Si para evangelizar hay que aproximarse a esa otra cultura, el fraile franciscano (caminante, cronista, misionero, historiador) demuestra que la conoce (puesto que la ha investigado y escrito sobre ella) y que, por lo tanto, es merecedor del mote de pionero de la evangelización.

Pero ¿qué rescatan del olvido las crónicas misioneras? ¿Qué relatan de ese pasado indígena? O mejor: ¿qué inclusiones realizan que no hallamos en otro tipo de crónicas de la conquista? En esta oportunidad, me referiré a uno de los muchos e interesantes relatos de Historia eclesiástica indiana, crónica misionera poco analizada cuyo cronista (paradojas de la literatura colonial) es un fraile muy conocido por su labor histórica y epistolar. Dicha inserción ejemplifica los diversos usos del pasado que realiza el cronista franciscano como forma de acercamiento al indígena y, a la vez, como evidencia de los servicios brindados por los frailes menores para la consolidación del cristianismo en Nueva España.

Historia eclesiástica indiana,[2] finalizada hacia 1597 en México por el misionero franciscano Gerónimo de Mendieta,[3] se compone de cinco libros que tratan sobre los inicios de la evangelización, los ritos indígenas y sus costumbres, la introducción del cristianismo, el desarrollo de la conversión y la vida de los franciscanos misioneros en Nueva España.[4] De los cinco, solo el Libro II está dedicado al pasado indígena; es el libro más breve y de capítulos más cortos. Dicha extensión es esperable dado que la Obediencia de fray Cristóbal de Capitefontium había solicitado a Mendieta la redacción de una historia de la labor de su orden y no de los indígenas,[5] aunque no deja de llamar la atención la brevedad con la que se trata en el texto el pasado prehispánico. Sin embargo, el pasado está, y de manera muy significativa. Según el “Prólogo al cristiano lector” que encabeza el Libro II, la inserción del relato de las costumbres indígenas se debe a la necesidad de conocer el pasado pagano para “tratar principal y particularmente la conversión de los indios de esta Nueva España a la lumbre y claridad de nuestra santa fe y religión cristiana” (Mendieta, 2002, II, 179). La brevedad, las omisiones deliberadas y el relato resumido son característicos del Libro II,[6] recursos con los que el enunciador pretende indicar que ese pasado (idólatra) ha quedado atrás.

A pesar de esto, en Historia eclesiástica indiana hay una parte del pasado que no es repudiable en tanto el enunciador observa similitudes con el cristianismo, por ejemplo, la creencia en una suerte de “lugar de muertos” o infierno (Mendieta, 2002, II, 204), los conventos de mujeres llamadas “monjas” (Mendieta, 2002, II, 219), la importancia brindada al ayuno (Mendieta, 2002, II, XVII), cierto tipo de prácticas sacramentales que, aunque paganas, son traducidas por el enunciador como “confesión”, “comunión” (Mendieta, 2002, II, 224), “bautismo” (Mendieta, 2002, II, 225), “matrimonio” (Mendieta, 2002, II, XXV). Observamos entonces cierta insistencia en la detección de prácticas semejantes a las cristianas, suerte de justificación de la supuesta propagación veloz y exitosa de la evangelización, cuestión recurrente (y, vale decir, objetable) en toda crónica misionera.

El enunciador de Historia eclesiástica indiana se centra, entre otras escenas, en la descripción de los orígenes de los pueblos, las festividades en honor a los dioses, las guerras, los teocallis, las imágenes de los distintos “ídolos”, los sacrificios. En el relato del pasado indígena que realiza la crónica, nada parece quedar fuera. No obstante, las zonas descriptas pertenecen a aquello que resulta indispensable al fraile misionero, esto es, su mirada se centra en los datos significativamente útiles a su tarea de conversión de idólatras más que de historiador. Muchos de estos tópicos pueden observarse también en otras crónicas, como las mestizas. Sin embargo, en las crónicas misioneras, el enunciador, mediante recursos como el detalle, la desacreditación, la comparación, lo inefable y el distanciamiento, entre otros, se posiciona en aspectos que no serían motivos descriptibles desde una mirada no evangelizadora. Y, de esta manera, su visión clasificatoria parece diagnosticar constantemente aquello posible de ser convertido al cristianismo.

2. Las “pláticas” o “exhortaciones” antiguas como táctica de evangelización

A partir de esta inquietud por el pasado prehispánico, en Historia eclesiástica indiana llama la atención la inserción de un apartado sobre las enseñanzas que los padres brindaban antaño a sus hijos, modelo que, parece manifestar el enunciador, augura una férrea base para la evangelización. Y es precisamente en este apartado dedicado a la crianza de los niños, donde se encuentra el posicionamiento más paternalista de la crónica.

En el Capítulo XX del Libro II, el enunciador se muestra maravillado porque, según él, los indígenas seguían las enseñanzas de Aristóteles sin haberlo leído, fundamentalmente en la parte que trata de la sanidad corporal y las buenas costumbres espirituales. De esta manera, por ejemplo, los indígenas hacían padecer el frío a los niños bañándolos en arroyos helados (Mendieta, 2002, II, 227) o les daban pequeños trabajos, como cargas livianas, desde muy jóvenes para desacostumbrarlos al ocio (Mendieta, 2002, II, 228):

Así a sus hijuelos chiquitos les hacen unos mecapalejos[7] también chiquitos con sus cordelillos que parecen juguetes en que les atan alguna carguilla liviana conforme a sus corpezuelos, no para que sirva de algún provecho, porque es nada lo que llevan, sino para que se hagan a la costumbre de echar sobre sí aquel yugo cuando sean grandes. Y cuando son de ocho o diez años se cargan tan buena carguilla, que a un español de veinte se la habría de mal llevarla mucho trecho. Y las madres por el consiguiente enseñan a sus hijuelas dende que saben andar, a traer un liachuelo de alguna cosa liviana envuelta en un paño, y la ligadura o nudos echados al cuello, que es la usanza feminil. (Mendieta, 2002, II, 228. El resaltado es mío)

Nótese en la cita el uso del diminutivo paternalista, común en las crónicas misioneras, en relación con el niño, y que muestra no sólo el papel prioritario que los pequeños y jóvenes han tenido en la conversión sino, también, la mirada infantilizadora de los frailes para con los indígenas de cualquier condición etaria. Esta postura recuerda las palabras de Jesús según los evangelios: “En verdad les digo que el que no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él” (Lucas 18, 17); “el Reino de los Cielos pertenece a los que son como los niños” (Mateo 19, 14). Asimismo, el hincapié de la cita en la inclinación del indígena por el esfuerzo y el martirio (“yugo”, “cargan”, “carguilla”) puede asociarse con el sacrificio cristiano y al acostumbramiento del trabajo del hombre.

A su vez, el enunciador indica que otra de las enseñanzas basada en los tratados aristotélicos era que los niños no viesen “pinturas torpes” ni escuchasen “pláticas ni palabras feas” (Mendieta, 2002, II, 228). En relación a esto, a continuación, cita “pláticas que fueron traducidas de lengua mexicana a nuestro castellano”.[8] Estas “exhortaciones”, como las llama el texto, se extienden en el Libro II a lo largo de tres capítulos de estructura similar:[9] la “plática” del padre o la madre y la “respuesta” o “agradecimiento” del hijo o hija.

Si bien fueron señaladas por la crítica como verdaderos ejemplos de huehuetlatolli[10] o pláticas de los viejos (Carrasco, 2016, 227), estas enseñanzas del padre o madre son muy similares a la oralidad homilíaca del fraile. En primer lugar, las pláticas comienzan con los vocativos “Hijo mío” o “Hija mía” y las respuestas de los hijos en cuestión, “Padre mío” o “Madre mía”. A continuación, brindan referencias a su nacimiento, crianza o vicisitudes de la vida, tales como “Has nacido y vivido y salido como el pollito del cascarón, y creciendo como él, te ensayas al vuelo y ejercicio temporal” (Mendieta, 2002, II, 228), “Trabajo tienes en este pueblo el tiempo que vivieres, esperando cada día enfermedad o castigo de mano de los dioses” (Mendieta, 2002, II, 233), “Hija mía de mis entrañas nacida, yo te parí y te he criado y puesto por crianza en concierto, como linda cuenta ensartada; y como piedra fina o perla, te ha polido y adornado tu padre” (Mendieta, 2002, II: 235). Luego, incluyen un extenso catálogo de consejos, algunos de los cuales son: no ofender a los dioses, no seguir “a los locos desatinados que ni acatan a padre ni reverencian a madre”, no burlar a los viejos, enfermos, “faltos de miembros” ni a los que pecaron, no entrometerse donde no los llaman, no dar mal ejemplo, no herir al otro, no hablar demasiado ni interrumpir la palabra ajena, hablar cuerdamente “y no como bobo que presume”, “no seas muy polidillo, ni te cures del espejo” (Mendieta, 2002, II: 229), no ser malcriado, no comer o beber antes que los convidados, no buscar mujer ajena ni ser vicioso, no ser ladrón ni jugador, trabajar para conseguir sustento, no hablar mal del otro, no mentir (Mendieta, 2002, II: 230), no ser soberbio ni presumido (Mendieta, 2002, II: 231), no ser perezoso, aconsejar a los hijos, practicar la piedad y el perdón (Mendieta, 2002, II: 233), obedecer a los mayores (Mendieta, 2002, II: 234), aderezar la casa, ser honesta, “no mires a los que vienen de frente ni a otro alguno en la cara”, ocuparse de la labor y el hilado (Mendieta, 2002, II: 235), no rezongar, tener en cuenta los consejos de los demás, no darse a la fornicación, no tomar por compañero al mentiroso o perezoso, no entrar sin propósito en casa de otro (Mendieta, 2002, II: 236), no disipar los bienes temporales.

Reproduje unos pocos de los muchos consejos de las pláticas, algunos de los cuales son variantes del mismo concepto. Resulta interesante observar los cruces entre tradiciones: enseñanzas típicamente cristianas basadas en los diez mandamientos que Jesucristo deja a sus discípulos[11] pero, también, cuestiones que tienen que ver con la mansedumbre, el don de palabra y la gestualidad típicamente indígenas que encontramos, por ejemplo, en los cantos nahuas.[12] Asimismo, las enseñanzas están dirigidas a no dañar al otro (prójimo), gesto que repercutirá inexorablemente en un bien personal, lo cual coincide con la espiritualidad cristiana y con la idea de bien y orden comunitario de la cosmovisión nahua.

Respecto de su composición, observamos una retórica de la exhortación a partir de la prevalencia de los adverbios “no” y “nunca” al principio de la oración, las conjunciones “si” y “ni”, el uso de los verbos en futuro imperfecto del subjuntivo como “riñere”, “murmurare”, “dijere”, “enviare” (Mendieta, 2002, II, 230), “dieren”, “humillaren” (Mendieta, 2002, II, 231), entre otros. Hay, también, un universo metafórico nahua: “El que a los dioses ofende, mala suerte morirá desesperado o despeñado, o las bestias lo matarán y comerán” (Mendieta, 2002, II, 229), “todo se acaba y fenece” (Mendieta, 2002, II, 230), “no comas arrebatadamente, que es condición de lobos y adives” (Mendieta, 2002, II, 231), “no te envuelvas en maldades, como se revuelve y enturbia el agua” (Mendieta, 2002, II, 236), “no le seas fiera como águila o tigre” (Mendieta, 2002, II, 237). Forman parte de los rasgos de estas pláticas las preguntas retóricas, tan propias de las parábolas bíblicas: “¿cómo vivirás y podrás caber con otro? ¿Qué será de tu mujer y tus hijos?” (Mendieta, 2002, II, 233), “¿Qué resta, sino que los dioses te quiten lo que te dieron y tu humillen y aborrezcan?” (Mendieta, 2002, II, 234), “¿cómo vivirás con otras, o quién te querrá por mujer?” (Mendieta, 2002, II, 235). Percibo varias cuestiones relacionadas con una retórica típica franciscana fuertemente asociada a la oralidad misionera y a la escritura bíblica, como el hincapié en la humildad, en la monogamia, en la sobriedad en su amplio sentido, así como una red semántica asociada al universo cristiano: “misericordia” (Mendieta, 2002, II, 231), “pecados” (Mendieta, 2002, II, 229-235) o el insistente uso de los vocativos “hijo” y “padre” (Mendieta, 2002, II, 229-234).

Encontramos, en tercera instancia, las consecuencias que estos malos hábitos podrían generar en el hijo y, a su vez, en la familia. Así es como al hijo/a se le advierte lo que sucederá en caso de persistir en su “necedad”: pecarás contra los dioses, caerás en deshonra y afrentarás a la familia, no podrás vivir con nadie por penoso, serás desechado, humillarás a tus hijos y mujer/marido, perderás tu hacienda (Mendieta, 2002, II, 234). Para las mujeres, dichas consecuencias serían aún mayores: tus padres te castigarán, los otros se escandalizarán de ti, te harás viciosa y afrentarás a tu familia, podrán pervertirte, levantarán testimonio contra ti (Mendieta, 2002, II, 236), te echarás en vergüenza, perderás tu casa, padecerás tu desventura (Mendieta, 2002, II, 237). Estas advertencias hacia los hijos e hijas oscilan entre cuestiones morales y éticas hasta las más simples o genéricas como “te caerá mal la comida” o “morirás” (Mendieta, 2002, II, 231). El uso de la segunda persona singular, además de exacerbar el dramatismo de cada escena, evoca los mandamientos bíblicos y otras enseñanzas de Cristo.

Por último, las respuestas de los hijos. En primer lugar, el hijo siempre agradece los consejos al padre o madre: “Padre mío, yo os agradezco mucho la merced que me habéis hecho con tan amorosa plática” (Mendieta, 2002, II, 234); “Madre mía, mucho bien y merced habéis hecho a mí vuestra hija” (Mendieta, 2002, II, 237). En segundo lugar, reafirma su condición de joven con mucho por aprender: “Ya veis que soy aun muchacho, y como un niño que juega con la tierra y con las tejuelas, y aún no sé limpiarme las narices” (Mendieta, 2002, II, 231); “porque aún soy muchacha y juego con la tierra y hago otras niñerías, y no me sé limpiar las narices” (Mendieta, 2002, II, 238). Finalmente, promete seguir dichas enseñanzas teniendo en cuenta las consecuencias de no hacerlo: “cuando yo no los tomare como me lo habéis dicho, tendréis razón de dejarme como si fuese vuestro hijo” (Mendieta, 2002, II, 232); “yo sería malo si no tomase tan buenos consejos” (Mendieta, 2002, II, 234). Es decir, el hijo en cuestión se hace cargo de su condición de inferioridad en tanto infante e inexperto, comienza la devolución con un respetuoso agradecimiento a sus progenitores y culmina su exposición con el compromiso de seguir las enseñanzas transmitidas.

Según el enunciador, estas pláticas descriptas en la Historia no quedaban solamente en lo dialógico, sino que eran costumbres que se implementaban con rigurosidad. Por ejemplo, respecto del recogimiento de las doncellas, describe cómo cuidaban a las jóvenes y les enseñaban desde pequeñas a ocuparse de la casa, a no ser vanidosas, a escuchar más que hablar, a bajar la mirada y a acatar las órdenes de sus padres.[13] Y tan férreas eran esas costumbres que, según cuenta, una de las hijas de Nezahualpilli, amada por su padre, sufrió la condena de morir ahogada porque un mozo pilli saltó las paredes del palacio del tlatoani para hablar con ella (Mendieta, 2002, II, 241).

Entonces, si la disciplina, la modestia, la constancia, la elocuencia son virtudes ya inculcadas desde el pasado, lo que pretende advertir el enunciador mediante la inserción de estas pláticas es que la rigidez de la evangelización, sobre todo la de los niños (Colegio de Tlatelolco mediante), no está operando en forma traumática en absoluto, sino que, por el contrario, consiste en una reafirmación de las costumbres antiguas que se perpetúan en materia cristiana.

3. Memoria, pasado, evangelización. A modo de cierre

Para el fraile franciscano, el pasado indígena no es un dato etnográfico, sino un eslabón más de la cadena del relato del supuesto éxito de la evangelización. Y en esta forma de narrar ese pasado, la mirada paternalista es una táctica de representación del otro como un sujeto dócil ante la imposición de la cultura otra.

El enunciador de las crónicas misioneras advierte entre las costumbres y enseñanzas indígenas la existencia de una base contundente para la conversión al cristianismo. Su aproximación a ese pasado pretende demostrar no solamente las bases férreas para la introducción de la fe sino, también, la similitud del pueblo indígena, humilde, sencillo y pobre, con los ideales del franciscanismo.

Es por esto que en la Historia de Mendieta no es inocente la inclusión de esta suerte de huehuetlatolli o, como las llama el enunciador, “pláticas” o “exhortaciones”. No responde, simplemente, a la importancia de conservar lo bueno de aquel pasado (memoria, voces, costumbres). Responde, también, a la intención de mostrar al indígena converso o futuro converso como un ser habituado a la exhortación y con valores inculcados desde antaño tales como la mansedumbre, la obediencia, la modestia y la caridad. Además, demuestra un alto grado de cercanía por parte del fraile misionero a las costumbres comunitarias del indígena y un fuerte interés por el conocimiento de su oralidad, uno de los tantos rasgos que diferencia al misionero del cristiano no fraile instalado en Nueva España. La inclusión de este significativo relato del pasado funciona como táctica de distanciamiento de otros sujetos coloniales (Adorno, 1988) con los que, en plena etapa posconquista, el fraile franciscano entra en constantes desavenencias y aguerridas disputas.

Para concluir, en el relato del pasado indígena de la Historia de Mendieta hallo varias cuestiones que deben ser tenidas en cuenta al abordar un texto de esta complejidad: una postura crítica hacia la violencia de la conquista manifiesta en el espacio textual dedicado a los rasgos positivos del pasado de los indígenas; un motivo para el reclamo hacia el presente, ya sea falta de información o escasa preocupación por el indígena; un enunciador que enjuicia varios aspectos del pasado (preponderantemente, los idolátricos) pero que destaca, también, aquello posible de ser conservado. Estos puntos indican que el pasado indígena era una inquietud para el clero tanto secular como regular y para la gobernación virreinal, y que, lejos de obviarlo, debían conocerlo para descifrar cómo lidiar con los futuros conversos.

Pasado y memoria están íntimamente relacionados en las crónicas misioneras. Como otras crónicas de la conquista, son textos que ameritan una revisión constante en tanto relatos que significan desde la omisión, que gritan en la porfía de lo no dicho, que acuden al pasado elidiendo el relato de un caótico “presente”. Próximos ya a los quinientos años de la caída de Tenochtitlan, el homenaje que merecen estos textos es una profunda reflexión sobre los silencios y usos de la memoria en extinción que subyacen al archivo colonial.

Bibliografía

Adorno, R. (1988) “El sujeto colonial y la construcción cultural de la alteridad”, en Revista de crítica literaria latinoamericana, XIV, 28, pp. 55-58.

Biblia Latinoamérica (1993) Madrid, Editorial San Pablo.

Carrasco, R. (2016) El proceso de formación textual en las crónicas franciscanas de Nueva España (Siglo XVI). Pittsburgh, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh.

Catecismo de la Iglesia Católica. Conferencia Episcopal Argentina. Madrid, Editorial Claretiana.

Diccionario Nauatl-español / español-Nauatl (2001) Biblioteca de los Pueblos Indígenas. México, Instituto Mexiquense de Cultura.

León-Portilla, M. (2003) Literaturas indígenas de México. México, Fondo de Cultura Económica.

__ (2011) Cantares mexicanos, volumen II, 2 tomos. México, Universidad Nacional Autónoma de México.

Mendieta, G. (2002) Historia Eclesiástica Indiana. México, Conaculta, Edición de Rubial García, A., 2 tomos.

Benavente, T. (2014) Historia de los indios de la Nueva España. Madrid, Real Academia Española, Centro para la Edición de los Clásicos Españoles.

Phelan, J. (1955) The Millennial Kingdom of the Franciscans in the New World. A Study of the Writings of Gerónimo de Mendieta (1525-1604). London, Cambridge University Press.

Rubial García, A. (1996) La hermana pobreza. El franciscanismo: de la Edad Media a la evangelización novohispana. México, Universidad Nacional Autónoma de México.

__ (2002) “Estudio preliminar. Fray Gerónimo de Mendieta: tiempo, vida, obra y pensamiento”, en Mendieta, G. de. Historia eclesiástica indiana. México, Conaculta, pp. 15-52.

Selección documental

Documento n° 1: Mendieta, G. de (2002) Historia Eclesiástica Indiana. Tomo I, Libro II. México, Conaculta.
Fuente: Libro II, Capítulo XX: “De cómo estos indios general y naturalmente criaban a sus hijos en la niñez, siguiendo las doctrinas de los filósofos, sin haber leídos sus libros” (fragmento)

Plática o exhortación que hacía un padre a su hijo

Hijo mío, criado y nacido en el mundo por Dios, en cuyo nacimiento nosotros tus padres y parientes pusimos los ojos. Has nacido y vivido y salido como el pollito del cascarón, y creciendo como él, te ensayas al vuelo y ejercicio temporal. No sabemos el tiempo que Dios querrá que gocemos de tan preciosa joya. Vive, hijo, con tiento, y encomiéndate al Dios que te crió, que te ayude, pues es tu padre que te ama más que yo. Sospira a Él de día y de noche, y en Él pon tu pensamiento. Sírvele con amor, y hacerte ha mercedes, y librarte ha de peligros. A la imagen de Dios y a sus cosas ten mucha reverencia y ora delante de Él devotamente, y aparéjate en sus fiestas. Reverencia y saluda a los mayores, no olvidando a los menores. No seas como mudo, ni dejes de consolar a los pobres y afligidos con dulces y buenas palabras. A todos honra, y más a tus padres, a los cuales debes obediencia, servicio y reverencia, y el hijo que esto no hace no será bien logrado. Ama y honra a todos, y vivirás en paz y alegría. No sigas a los locos desatinados que ni acatan a padre ni reverencian a madre, mas como animales dejan el camino derecho, y como tales, sin razón, ni oyen doctrina, ni se dan nada por corrección. El tal que a los dioses ofende, mala suerte morirá desesperado o despeñado, o las bestias lo matarán y comerán. Mira, hijo, que no hagas burla de los viejos o enfermos o faltos de miembros, ni del que está en pecado o erró en algo. No afrentes a los tales ni les quieras mal; antes te humilla delante de los dioses, y teme no te suceda lo tal, porque no te quejes y digas: así me acaeció como mi padre me lo dijo, o, si no oviera escarnecido, no cayera en el mismo mal. A nadie seas penoso, ni des a alguno ponzoña o cosa no comestible, porque enojarás a los dioses en su criatura, y tuya será la confusión y daño, y en lo tal morirás: y si honrares a todos, en lo mismo fenecerás. Serás, hijo, bien criado, y no te entremetas donde no fueres llamado, porque no des pena, y no sea tenido por mal mirado. No hieras a otro, ni des mal ejemplo, ni hables demasiado, ni cortes a otros la plática, porque no los turbes; y si no hablan derechamente, para corregir los mayores, mira bien lo que tú hablas. Si no fuere de tu oficio, o no tuvieres cargo de hablar, calla, y si lo tovieres, habla, pero cuerdamente, y no como bobo que presume, y será estimado lo que dijeres. ¡Oh, hijo!, no cures de burlerías y mentiras, porque causan confusión. No seas parlero, ni te detengas en el mercado ni en el baño, porque no te engañe el demonio. No seas muy polidillo, ni te cures del espejo, porque no seas tenido por disoluto. Guarda la vista por donde fueres, no vayas haciendo gestos, ni trabes a otro de la mano. Mira bien por donde vas, y así no te encontrarás con otro, ni te pondrás delante de él. Si te fuere mandado tener cargo, por ventura te quieren probar; por eso excúsate lo mejor que pudieres, y serás tenido por cuerdo: y no lo aceptes luego, aunque sientas tú exceder a otros; mas espera, porque no seas desechado y avergonzado. No salgas ni entres delante los mayores; antes sentados o en pie, donde quiera que estén, siempre les da la ventaja, y les harás reverencia. No hables primero de que ellos, ni atravieses por delante, porque no seas de otros notado por malcriado. No comas ni bebas primero, antes sirve a los otros, porque así alcanzarás la gracia de los dioses y de los mayores. Si te fuere dado algo (aunque sea de poco valor) no lo menosprecies, ni te enojes, ni dejes la amistad que tienes, porque los dioses y los hombres te querrán bien. No tomes ni llegues a la mujer ajena, ni por otra vía seas vicioso, porque pecarás contra los dioses, y a ti harás mucho daño. Aún eres muy tierno para casarte, como un pollito, y brotas como la espiga que va echando de sí. Sufre y espera, porque ya crece la mujer que te conviene: ponlo en la voluntad de Dios, porque no sabes cuándo te morirás. Si tú casar te quieres, danos primero parte de ello, y no te atrevas a hacerlo sin nosotros. Mira, hijo, no seas ladrón, ni jugador, porque caerás en gran deshonra, y afrentarnos has, debiéndonos dar honra. Trabaja de tus manos y come de lo que trabajares, y vivirás con descanso. Con mucho trabajo, hijo, hemos de vivir: yo con sudores y trabajos te he criado, y así he buscado lo que habías de comer, y por ti he servido a otros. Nunca te he desamparado, he hecho lo que debía, no he hurtado, ni he sido perezoso, ni hecho vileza, por donde tú fueses afrentado. No murmures, ni digas mal de alguno: calla, hijo, lo que oyeres; y si siendo bueno lo ovieres de contar, no añadas ni pongas algo de tu cabeza. Si ante ti ha pasado alguna cosa pesada, y te lo preguntaren, calla, porque no te abrirán para saberlo. No mientas, ni te des a parlerías. Si tu dicho fuere falso, muy gran mal cometerás. No revuelvas a nadie, ni siembres discordia entre los que tienen amistad y paz, y viven y comen juntos, y se visitan. Si alguno te enviare con mensaje, y el otro te riñere, o murmurare, o dijere mal del que te envía, no vuelvas con la respuesta enojado, ni lo des a sentir. Preguntado por el que te envió, cómo te fue allá, responde con sosiego y buenas palabras, callando el mal que oíste, porque no los revuelvas y se maten o riñan, de lo que después te pesará y dirás entre ti: ¡oh si no lo dijera, y no sucediera este mal! Y si así lo hicieres, serás de muchos amados y vivirás seguro y consolado. No tengas que ver con mujer alguna, sino con la tuya propia. Vive limpiamente, porque no se vive esta vida dos veces, y con trabajo se pasa, y todo se acaba y fenece. No ofendas a alguno, ni le quites ni tomes su honra y galardón y merecimiento, porque de los dioses es dar a cada uno según a ellos les place. Toma, hijo, lo que te dieren, y da las gracias; y si mucho te dieren, no te ensalces ni ensoberbezcas, antes te abaja, y será mayor tu merecimiento. Y si con ello así te humillares, no tendrá que decir alguno, pues tuyo es. Empero, si usurpases lo ajeno, serías afrentado, y harías pecado contra los dioses. Cuando alguno te hablare, hijo, no menees los pies ni las manos, porque es señal de poco seso; ni estés mordiendo la manta o vestido que tuvieres, ni estés escupiendo, ni mirando a una parte y a otra, ni levantándote a menudo si asentado estuvieres, porque te mostrarás ser malcriado, y como un borracho que no tiene tiento. Si no quisieres, hijo, tomar el consejo que tu padre te da, ni oír tu vida y tu muerte, tu bien y tu mal, tu caída y tu levantamiento, tu ventura será mala, y habrás mala suerte, y al cabo conocerás que tú tienes la culpa. Mira no presumas mucho, aunque tengas muchos bienes, ni menosprecies a los que no tuvieren tanto, porque no enojes a Dios que te los dio, y a ti no te dañes. Cuando comieres no mires como enojado, ni desdeñes la comida y darás de ella al que viniere. Si comieres con otros no los mires a la cara, sino abaja tu cabeza y deja a los otros. No comas arrebatadamente, que es condición de lobos y adives, y demás de esto te hará mal lo que comieres. Si vivieres, hijo, con otro, ten cuidado de todo lo que te encomendare, y serás diligente y buen servicial, y aquel con quien estuvieres te querrá bien, y no te faltará lo necesario. Siendo, hijo, el que debes, contigo y por tu ejemplo vituperarán y castigarán a los otros que fueren negligentes y malmirados y desobedientes a sus padres. Ya no más, hijo, con esto cumplo la obligación de padre. Con estos avisos te ciño y fortifico, y te hago misericordia. Mira, hijo, que no los olvides, ni de ti los deseches.

Respuesta del hijo

Padre mío, mucho bien y merced habéis hecho a mí, vuestro hijo. ¿Por ventura tomaré algo de lo que de vuestras entrañas para mí bien ha salido? Es así lo que decís, que con esto cumplís conmigo; y que no tendré excusa si en algún tiempo hiciere lo contrario de lo que me habéis aconsejado. No será, cierto, a vos imputado, padre mío, ni será vuestra la deshonra, pues me avisáis, sino mía. Pero ya veis que aun soy muchacho, y como un niño que juega con la tierra y con las tejuelas, y aún no sé limpiarme las narices. ¿Dónde, padre mío, me habéis de dejar o enviar? Vuestra carne y sangre soy, por lo cual confío que otros consejos me daréis. ¿Por ventura desampararme heis? Cuando yo no los tomare como me lo habéis dicho, tendréis razón de dejarme como si fuese vuestro hijo. Ahora, padre mío, con estas palabras poquitas que apenas sé decir, respondo a lo que me habéis propuesto. Yo os doy las gracias, y estéis en buena hora, y reposad.

Libro II, Capítulo XXI: “De otra exhortación que hacía un indio labrador a su hijo ya casado”

Hijo mío, estés en buena hora. Trabajo tienes en este pueblo el tiempo que vivieres, esperando cada día enfermedad o castigo de mano de los dioses. No tomas sueño con quietud por servir a aquel por quien vivimos. Contigo tienes a punto tus sandalias, bordón y azada, con lo demás que pertenece a tu oficio (pues eres labrador) para ir a tu trabajo y labranza en que los dioses te pusieron, y tu dicha y ventura fue tal; y que sirvas a otro en pisar barro y hacer adobes. En ello ayudas a todo el pueblo y al señor: y con estas obras tendrás lo necesario para ti, y tu mujer y tus hijos. Toma lo que pertenece a tu oficio. Trabaja, siempre y coge, y come de lo que trabajares. Mira no desmayes ni tengas pereza, porque si eres perezoso y negligente, ¿cómo vivirás y podrás caber con otro? ¿Qué será de tu mujer y de tus hijos? El buen servicio, hijo, recrea y sana el cuerpo, y alegra el corazón. Haz, hijo, a tu mujer tener cuidado de lo que pertenece a su oficio y de lo que debe hacer dentro de su casa, y avisa a tus hijos de lo que les conviene. Darles heis ambos buenos consejos como padres, porque vivan bien, y no desagraden a los dioses, ni hagan algún mal con que os afrenten. No os espante, hijos, el trabajo que tenéis con los que vivís, pues que de allí habéis de haber lo que han de comer y vestir los que criáis. Otra vez te digo, hijo, ten buen cuidado de tu mujer y casa, y trabaja de tener con qué convidar y consolar a tus parientes y a los que vinieren a tu casa, porque los puedas recibir con algo de tu pobreza, y conozcan la gracia, y agradezcan el trabajo, y correspondan con lo semejante y te consuelen. Ama y haz piedad, y no seas soberbio ni des a otra pena; mas serás bien criado y afable con todos, y recatado delante aquellos con quien vivieres y conversares, y serás amado y tenido en mucho. No hieras ni hagas mal a alguno, y haciendo lo que debes, no te ensalces por ello, porque pecarás contra los dioses, y hacerte han mal. Si no anduvieres, hijo, a derechas, ¿qué resta, sino que los dioses te quiten lo que te dieron y te humillen y aborrezcan? Serás, pues, obediente a tus mayores y a los que te guían donde trabajas, que tampoco tienen mucho descanso ni placer; y si no lo hicieres así, antes te levantares contra ellos, o murmurares, y les dieres pena o mala respuesta, cierto es que se les doblará el trabajo con tu descomedimiento y mala crianza; y siendo penoso, con ninguno podrás vivir, mas serás desechado y harás gran daño a tu mujer y hijos, y no hallarás casa ni adonde te quieran acoger, antes caerás en mucha malaventura. No tendrás hacienda por tu culpa, sino lacería y pobreza por tu desobediencia. Cuando algo te mandaren, oye de voluntad y responde con crianza si lo puedes hacer o no, y no mientas sino di lo cierto; y no digas que sí no pudiéndolo hacer, porque lo encomendarán a otro. Haciendo lo que te digo, serás querido de todos. No seas vagabundo ni mal granjero; asienta y arraiga; siembra y coge, y haz casa donde dejes asentados tu mujer y hijos cuando murieres. De esta manera irás al otro mundo contento y no angustiado por lo que han de comer; mas sabrás la raíz o asiento que les dejas en que vivan. No más, hijo, sino que estés en buen hora.

Reagradecimiento del hijo a su padre

Padre mío, yo os agradezco mucho la merced que me habéis hecho con tan amorosa plática y amonestación. Yo sería malo si no tomase tan buenos consejos. ¿Quién soy yo, sino un pobrecillo que vivo en pobre casa y sirvo a otro? Soy pobre labrador que sirvo de pisar barro y hacer adobes, y sembrar y coger con los trabajos de mi oficio. No merecí yo tal amonestación. Gran bien me han hecho los dioses en se acordar de mí. ¿Dónde oviera o oyera yo tan buenos consejos sino de mi padre? No tienen con ellos comparación las piedras preciosas: mas como tales de vuestro corazón, padre mío, como de caja me las habéis abierto y manifestado: limadas y concertadas, y por orden ensartadas, han sido vuestras palabras. ¡Oh! Si yo mereciese tomarlas bien, que no son de olvidar ni dejar vuestros tan saludables consejos y avisos. Yo he sido muy alegre y consolado con ellos: yo, padre mío, os lo agradezco. Reposad y descansad, padre mío.

Libro II, Capítulo XXII: “De otra exhortación que una madre hizo a su hija”

Hija mía de mis entrañas nacida, yo te parí y te he criado y puesto por crianza en concierto, como linda cuenta ensartada; y como piedra fina o perla, te ha polido y adornado tu padre. Si no eres la que debes, ¿cómo vivirás con otras, o quién te querrá por mujer? Cierto, con mucho trabajo y dificultad se vive en este mundo, hija, y las fuerzas se consumen; y gran diligencia es menester para alcanzar lo necesario, y los bienes que los dioses nos envían. Pues amada hija, no seas perezosa ni descuidada, antes diligente y limpia, y adereza tu casa. Sirve y da aguamanos a tu marido, y ten cuidado de hacer bien el pan. Las cosas de casa ponlas como conviene, apartadas cada cual en su lugar, y no como quiera mal puestas, y no dejes caer algo de las manos en presencia de otros. Por donde, hija, fueres, ve con mesura y honestidad, no apresurada, ni riéndote, ni mirando de lado como a medio ojo, ni mires a los que vienen de frente ni a otro alguno en la cara, sino irás tu camino derecho, mayormente en presencia de otros. De esta manera cobrarás estimación y buena fama, y no te darán pena ni tú la darás a otro: y así, de ambas partes, concurrirá buena crianza y acatamiento. Y para esto, hija, serás tú bien criada y bien hablada. Responde cortésmente siendo preguntada, y no seas como muda o como boba. Tendrás buen cuidado de la hilaza y de la tela y de la labor, y serás querida y amada, y merecerás tener lo necesario para comer y vestir, y así podrás tener segura la vida, y en todo vivirás consolada. Y por estos beneficios no te olvides de dar gracias a los dioses. Guárdate de darte al sueño o a cama o pereza. No sigas la sombra, el frescor, ni el descanso que acarrea las malas costumbres y enseña regalo, ocio y vicio, y con tal ejemplo no se vive bien con alguno; porque las que así se crían nunca serán bien queridas ni amadas. Antes, hija mía, piensa y obra bien en todo tiempo y lugar: sentada que estés o levantada, queda o andando, haz lo que debes, así para servir a los dioses como para ayudar a los tuyos. Si fueres llamada no aguardes a la segunda o tercera vez, sino acude presto a lo que mandan tus padres, porque no les des pena, y te hayan de castigar por tu inobediencia. Oye bien lo que te fuere encomendado, y no lo olvides; mas hazlo bien hecho. No des mala respuesta ni seas rezongona, y si no lo puedes hacer, con humildad te excusa. No digas que harás lo que no puedes, ni a nadie burles, ni mientas, ni engañes, porque te miran los dioses. Si tú no fueres llamada, sino otra, y no fuere presto al mandado, ve tú con diligencia, y oye y haz lo que la otra había de hacer, y así serás amada y en mas que otra tenida. Si alguno te diere buen consejo y aviso, tómalo, porque si no lo tomas se escandalizará de ti el que te avisa, o la que te aconseja lo bueno, y no te tendrá en nada. Mostrarte has bien criada y humilde con cualquiera, y a ninguno darás pena. Vive quietamente y ama a todos honestamente y a buen bien. Haz a todos bien y no aborrezcas ni menosprecies a nadie, ni seas de lo que tuvieres avarienta. No eches cosa alguna a mala parte, ni obras ni palabras, ni menos tengas envidia de lo que de los bienes de los dioses da el uno al otro. No des fatiga ni enojo a alguno, porque a ti te lo darás. No te des a cosas malas, ni a la fornicación. No te muerdas las manos como malmirada. No sigas tu corazón porque te harás viciosa, y te engañarás y ensuciarás, y a nosotros afrentarás. No te envuelvas en maldades, como se revuelve y enturbia el agua. Mira, hija, que no tomes por compañeras a las mentirosas, ladronas, malas mujeres, callejeras, cantoneras, ni perezosas, porque no te dañen ni perviertan. Mas entiende sólo en lo que conviene a tu casa y a la de tus padres, y no salgas de ella fácilmente ni andes por el mercado o plaza, ni en los baños, ni a donde otras se lavan, ni por los caminos, que todo esto es malo y perdición para las mozas; porque el vicio saca de seso y desatina, más que desatinan y desvarían a los hombres las yerbas ponzoñosas comidas o bebidas. El vicio, hija mía, es malo de dejar. Si encontrares en el camino con alguno y se te riere, no le rías tú; mas pasa callando, no haciendo caso de lo que dijere, ni pienses ni tengas en algo sus deshonestas palabras. Si te siguiere diciendo algo, no le vuelvas la cara ni respondas, porque no le muevas más el corazón al malvado; y si no curas de él, dejarte ha, y irás segura tu camino. No entres, hija, sin propósito, en casa de otro, porque no te levanten algún testimonio; pero si entrares en casa de tus parientes, tenles acatamiento y hazles reverencia, y luego toma el huso y la tela, o lo que allí vieres que conviene hacer, y no estés mano sobre mano. Cuando te casares y tus padres te dieren marido, no le seas desacatada; mas en mandándote hacer algo, óyelo y obedece, y hazlo con alegría. No le enojes ni le vuelvas el rostro, y si en algo te es penoso, no te acuerdes en riña de ello; mas después le dirás en paz y mansamente en qué te da pena. No lo tengas en poco, mas antes lo honra mucho, puesto que viva de tu hacienda. Ponlo en tu regazo y falda con amor, no le seas fiera como águila o tigre, ni hagas mal lo que te mandare, porque harás pecado contra los dioses, y castigarte ha con razón tu marido. No le afrentes, hija, delante otros, porque a ti afrentarás en ello y te echarás en vergüenza. Si alguno viniere a ver a tu marido, agradeciéndoselo, le haz algún servicio. Si tu marido fuere simple o bobo, avísale como ha de vivir, y ten buen cuidado entonces del mantenimiento y de lo necesario a toda tu casa. Tendrás cuidado de las tierras que tuviéredes y de proveer a los que te las labraren. Guarda la hacienda, y cubre la vasija en que algo estuviere. No te descuides ni andes perdida de acá para allá, porque así ni tendrás casa ni hacienda. Si tuvieres bienes temporales, no los disipes; mas ayuda bien a tu marido a los acrecentar, y tendréis lo necesario, y viviréis alegres y consolados, y habrá que dejar a vuestros hijos. Si hicieres, hija, lo que te tengo dicho, serás tenida en mucho y amada de todos, y más de tu marido. Y con esto me descargo, hija, de la obligación que como madre te tengo. Ya soy vieja, yo te he criado; no seré culpada en algún tiempo de no te haber avisado; y si tomares en tus entrañas esto que te he dicho y los avisos que te he dado, vivirás alegre y consolada; mas si no los recibieres ni pusieres por obra, será tuya la culpa, y padecerás tu desventura, y adelante verás lo que te sucederá por no tomar los consejos de tu madre, y por echar atrás lo que te conviene para bien vivir. No más, hija mía, esfuércente los dioses.

Agradecimiento de la hija a su madre

Madre mía, mucho bien y merced habéis hecho a mí vuestra hija. ¿Dónde me habéis de dejar, pues de vuestras entrañas soy nacida? Harto mal sería para mí si no sintiese y mirase que sois mi madre y yo vuestra hija, por quien ahora tomáis más trabajo del que tomastes en me criar niña al fuego, teniéndome en los brazos fatigada de sueño. Si me quitárades la teta, o me ahogárades con el brazo durmiendo, ¿qué fuera de mí? Pero con el temor que de esto teníades, no tomábades sueño quieto, más velábades estando sobre aviso. No así de presto os venía la leche a los pechos para me la dar por los trabajos que teníades, y por estar embarazada conmigo no podíades acudir al servicio de vuestra casa. Con vuestros sudores me criastes y mantuvistes, y aun no me olvidáis ahora dándome aviso. ¿Con qué os lo pagaré yo, madre mía, o cómo os lo serviré, o con qué os daré algún descanso? porque aún soy muchacha y juego con la tierra y hago otras niñerías, y no me sé limpiar las narices. ¡Oh! tuviese Dios por bien que mereciese yo tomar algo de tan buenos consejos, porque siendo yo la que vos deseáis, hayáis vos parte de los bienes que Dios me hiciere. Yo os lo agradezco mucho. Consolaos, madre mía.

Selección de imágenes

Fuente: Imagen portada del Libro II de Historia Eclesiástica Indiana. Arriba, en latín: “Figura de los sacrificios que bárbaramente hacían los indios en los templos de los demonios”. Debajo, paráfrasis de las palabras de Moisés al pueblo de Israel: “Ofrecieron sus sacrificios no a Dios, / sino a los demonios. / Sirvieron a dioses que no conocían” (Deuteronomio 32, 17).


  1. Las crónicas misioneras son textos compuestos por frailes franciscanos que misionan en Nueva España desde mediados del siglo XVI. Se caracterizan por su enfático relato de la labor evangelizadora de la Orden de los Frailes Menores y del “presente” colonial al que presentan como un incipiente “Nuevo Mundo” a partir de la introducción del cristianismo. Estas crónicas fusionan elementos tan disímiles como la oralidad indígena, el intertexto bíblico, la inserción de otras crónicas de la conquista, el relato hagiográfico y el martirologio. Además de Historia eclesiástica indiana, son crónicas misioneras Historia de los indios de la Nueva España (1541) de Toribio de Benavente Motolinía y la crónica perdida de Andrés de Olmos (ca. 1540).
  2. Su redacción se inició entre 1595 y 1596, cuando Gerónimo de Mendieta, retirado en el eremitorio de Huexotla, comenzó a ordenar los materiales que había recolectado durante años. Según Rubial García, Mendieta mandó hacer dos copias de su texto: una de ellas fue entregada a Juan de Torquemada para que quedase a resguardo en México, pero, en 1616, al fraile le fue encargada la redacción de una historia, por lo que incluyó en ésta el manuscrito de Mendieta que había recibido. La otra copia fue remitida a Cantabria, provincia franciscana de donde era originario Mendieta. El guardián del convento de Vitoria, Juan de Domaiquía, comenzó los trámites para la edición del texto en España (2002, 46-47). Sin embargo, no logró su cometido. Según John Phelan, este fracaso inicial se debió al carácter polémico de la Historia, fundamentalmente a sus críticas hacia algunas autoridades eclesiásticas y el gobierno civil (1955). No obstante, no existe prohibición alguna de la obra. La copia utilizada por Torquemada permanece extraviada. La segunda, en cambio, se encuentra en la Latin American Collection de la Universidad de Austin, Texas. El manuscrito contiene 336 fojas con letras distintas, obra de copistas conventuales. Contiene diez ilustraciones que, según Rubial García, son obra del propio Mendieta, quien se inspiró para seis de ellas en los grabados de la Rethorica Christiana del fraile franciscano mestizo Diego Valadés (2002, 47). El bibliófilo Joaquín García Icazbalceta halló el manuscrito en Madrid entre los papeles de Bartolomé José Gallardo y costeó su primera edición en 1870. Historia eclesiástica indiana es un escrito por encargo: durante la estancia de Mendieta en España, una Obediencia de 1571 del general de la orden, fray Cristóbal de Capitefontium, ordena al fraile regresar a México y escribir en lengua española una historia sobre la labor misionera novohispana de los frailes menores.
  3. Gerónimo de Mendieta nació en Vitoria, España, en 1525, y murió en México en 1604. Tomó los hábitos posiblemente a los quince años, en Bilbao. En 1553 se alistó en la expedición misionera que reunía por entonces Francisco de Toral y en 1554 llegó a México. Allí aprendió náhuatl, comenzó su labor evangelizadora bajo las órdenes de Toribio de Benavente Motolinía y escribió con profusión a Carlos V sobre la situación de los indígenas (Rubial García, 2002, 30). Excepto por un breve lapso en que viajó a España (1570-1573), permaneció siempre en México (Phelan, 1955, 1). En la última etapa de su vida fue guardián en Xochimilco, Tepeaca, Tlaxcala y definidor provincial. Se estima que Mendieta redactó unos setenta y siete documentos, entre cartas, memoriales y la Historia. La mayor parte fue publicada por García Icazbalceta en la Nueva Colección de Documentos para la Historia de México (2 vols.) bajo el título Códice Mendieta, cuyo original se encuentra en el British Museum.
  4. Libro I, “Que trata de la introducción del evangelio y fe cristiana en la Isla Española y sus comarcas, que primeramente fueron descubiertas”; Libro II, “Que trata de los ritos y costumbres de los indios de la Nueva España en su infidelidad”; Libro III, “En que se cuenta el modo como fue introducida y plantada la fe de Nuestro Señor Jesucristo entre los indios de la Nueva España”; Libro IV, “Que trata del aprovechamiento de los indios de la Nueva España y progreso de su conversión”; Libro V, dividido en dos partes: “Que trata de las vidas de los claros varones, apostólicos obreros de esta nueva conversión, que acabaron en paz con muerte natural” y “Que trata de los frailes menores que han sido muertos por la predicación del Santo Evangelio en esta Nueva España”.
  5. El Capítulo Seráfico de 1536 encarga al franciscano Toribio de Benavente Motolinía una labor de investigación de costumbres y creencias prehispánicas. Este es el origen de la crónica misionera Historia de los indios de la Nueva España, finalizada hacia 1541.
  6. “Pues volviendo al Quetzalcoatl, algunos dijeron que era hijo del ídolo Camaxtli, que tuvo por mujer a Chimalma, y de ella cinco hijos, y de esto contaban una historia muy larga” (Mendieta, 2002, II, 188).
  7. Sustantivo plural de mecapal, palabra derivada del término náhuatl mekapalli que significa “lazo para cargar” (Diccionario Nauatl-español, 2001: 64).
  8. El subtexto más fuertemente presente es Colloquios y doctrina christiana con que los doze frayles de San Francisco embiados por el papa Adriano Sesto y por el Emperador Carlos Quinto convertieron a los indios de la Nueva Espanya en lengua mexicana y española de fray Bernardino de Sahagún (1564).
  9. Capítulo XX, “De cómo estos indios general y naturalmente criaban a sus hijos en la niñez, siguiendo las doctrinas de los filósofos, sin haber leído sus libros”; Capítulo XXI, “De otra exhortación que hacía un indio labrador a su hijo ya casado”; Capítulo XXII, “De otra exhortación que una madre hizo a su hija”.
  10. Ueuetlajtolli, “discurso de los antiguos” (Diccionario Nauatl-español, 2001, 110). Constituyen un género literario de carácter moralizante que Olmos y Sahagún han recopilado en sus textos (Rubial García, 1996, 150). Para Miguel León-Portilla, forman parte de un género netamente prehispánico y significan “antigua palabra” (2003, 192). Según el historiador, no son solamente exhortaciones de padres hacia hijos o de amos hacia vasallos, sino que existen otras variantes, por ejemplo, “plática de cómo ha de curar un médico y consolar al enfermo”, oraciones a Tecaztlipoca, Tlaloc o Tlazolteotl (como en los incluidos en el Códice Florentino) o discursos dirigidos a parteras, mercaderes, artesanos. Son composiciones que dan testimonio de sabiduría ancestral. Su contenido concierne a principios del orden político, social y religioso nahua. Tienen carácter de plática o amonestación, pero no se limitan a ellos, sino que, también, enuncian normas para diversas circunstancias de la vida. “Son la expresión más profunda del saber náhuatl acerca de lo que es y debe ser la vida humana en la tierra. Son pláticas que se dirigen a una amplia gama de interlocutores que abarca a los hijos, desde pequeños hasta los ya casados; los esposos; los gobernantes y los gobernados; los enfermos y los que han muerto; los mercaderes, artesanos y gentes de otras profesiones, y que incluye, asimismo, como destinatarios, a los dioses” (León-Portilla, 2003, 200-201). Los huehuetlatolli se enseñaban en los calmécacs.
  11. Los mandamientos de Dios se encuentran en la Biblia diseminados entre los libros del Éxodo, Pentateuco y Deuteronomio y el evangelio de Mateo. Según la fórmula catequística del Catecismo de la Iglesia Católica son: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo, no tomar el nombre santo de Dios en vano, santificar las fiestas, honrar padre y madre, no matar, no cometer actos impuros, no levantar falsos testimonios ni mentir, no robar, no tener pensamientos ni deseos impuros, no codiciar los bienes ajenos (1993: 519-626).
  12. “Cuando alguno te hablare, hijo, no menees los pies ni las manos, porque es señal de poco seso; ni estés mordiendo la manta o vestido que tuvieres, ni estés escupiendo, ni mirando a una parte y a otra, ni levantándote a menudo si asentado estuvieres, porque te mostrarás ser malcriado, y como un borracho que no tiene tiento” (Mendieta, 2002, II: 231) o “No te muerdas la mano como malmirada” (Mendieta, 2002, II: 236), son enseñanzas que se encuentran, por ejemplo, en el “Canto de las mujeres de Chalco” (León-Portilla, 2011: 1039-1062).
  13. “Si alguna se descuidaba en salir sola, punzábanle los pies con unas púas muy crueles hasta sacarle sangre, notándola de andariega, en especial si era ya de diez o doce años, o dende arriba. Y también andando en compañía no habían de alzar los ojos (como está dicho) ni volver a mirar atrás, y las que en esto excedían, con muy ásperas ortigas las hostigaban la cara cruelmente o las pellizcaban las amas hasta las dejar llenas de cardenales. Enseñábanlas cómo habían de hablar y honrar a las ancianas y mayores, y si topándolas por casa no las saludaban y se les humillaban, quejábanse a sus madres o amas, y eran castigadas. En cualquiera cosa que se mostraban perezosas o malcriadas, el castigo era pasarles por las orejas unas púas como alfileres gordos, porque advirtiesen a toda virtud. Siendo las niñas de cinco años las comenzaban a enseñar a hilar, tejer y labrar, y no las dejaban andar ociosas, y a la que se levantaba de labor fuera de tiempo, atábanle los pies porque asentase y estuviese queda” (Mendieta, 2002, II, 240). Sin embargo, el enunciador no se muestra horrorizado con estos castigos, por el contrario, los avala: “Parece que querían que fuesen sordas, ciegas y mudas, como a la verdad les conviene mucho a las mujeres mozas, y más a las doncellas” (Mendieta, 2002, II, 240).


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