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Gelmírez y Santiago
frente al “otro” islámico

Daniel Mena Acevedo (USC)

Diego Gelmírez, segundo obispo (1100-1120) y primer arzobispo (1120-1140) de la sede compostelana, y el apóstol Santiago son dos figuras paralelas que comparten una doble dimensión de báculo y ballesta, en el primero, y santo y soldado de Cristo, en el segundo. Tanto el prelado como el apóstol tuvieron en común la visión del otro islámico entendido como enemigo a combatir. Visión que se consolidó a lo largo de la primera mitad del siglo XII como da fe la selección de fragmentos documentales reunidos y las líneas explicativas que los preceden.

1. La política de la sede episcopal compostelana y el mundo islámico (1095-1140)

Aproximarse a la mirada de Diego Gelmírez significa acudir a la Historia Compostelana, crónica iniciada en vida del prelado (1109) y finalizada tras su muerte (1149). Plantear una interpretación de su figura, a la luz del presente epígrafe, supone, por su parte, recurrir a las aportaciones de Portela Silva (2006; 2016), de las cuales beben en lo sustancial las líneas siguientes.

El colapso del reino visigodo tras la invasión musulmana del 711 no significó la integración del Galicia en al-Ándalus, aunque sí la interacción del noroeste peninsular con el mundo islámico y el sufrimiento de campañas militares como la de Almanzor en el 997, la cual produjo un freno brusco y momentáneo en el crecimiento del primer núcleo plenamente urbano gallego: Santiago de Compostela (López Alsina, 2013). El siglo XI marcó, sin embargo, una coyuntura de cambio que se manifestó, tras la fragmentación del califato Omeya (1031) en el surgimiento de reinos de taifas y en los avances de los reinos cristianos peninsulares (toma de Coímbra en 1064, Toledo en 1085 y Huesca en 1096) en el marco de lo que la historiografía ha denominado reconquista. La interacción de este proceso con el ideal de cruzada, difundido por el pontífice romano desde 1095, es evidente si la contemplamos desde el prisma santiagués.

Reconquista, pese a su consagración historiográfica, es un término problemático pues su primera mención no apareció hasta 1646 en la Histórica relación del Reyno de Chile, en el marco de las misiones jesuitas en América, y no fue hasta 1796 cuando el valenciano José Ortiz y Sanz la aplicó al enfrentamiento entre cristianos y musulmanes. El término empleado desde las crónicas astures fue el de “restauración” (Rios Saloma, 2008). En el caso de la cruzada, sabemos que el último de los obispos de Iria Flavia (quienes de facto residían en Santiago desde el siglo IX), Dalmacio, estuvo presente en Clermont en 1095 donde logró de Urbano II el traslado de su diócesis a Compostela. Es probable que allí escuchara la llamada a la cruzada del Papa cuyo éxito en el noroeste peninsular está avalado por las constantes prohibiciones de Pascual II de viajar a Jerusalén, como recoge la Historia Compostelana, en un contexto en el cual el equilibrio de poderes entre cristianos y musulmanes en la península ibérica se había visto alterado por la irrupción de los almorávides en 1085 (Portela Silva, 2006). En este marco inició Gelmírez su obispado cuya política frente al “otro” debemos analizarla desde el punto de vista de la instrumentalización de la violencia hacia el enemigo externo e, indisociablemente, hacia el interno, pero también desde la óptica de sus fundamentos ideológicos.

Restauración y cruzada confluyeron en Galicia en forma de “Santa piratería” (Portela Silva, 2006, p. 276) contra el infiel. Diego Gelmírez logró articular una defensa frente a los ataques musulmanes a las costas gallegas y, sobre todo, una ofensiva mediante la canalización de las fuerzas humanas internas, aprovechando el paso de cruzados norteños por las tierras del obispado y el recurso a la ingeniería naval genovesa y pisana. Paralelamente, el prelado maniobró en las tensiones sociales internas, fruto del feudalismo, manifestadas en las revueltas de nobles y el favor o enemistad del poder real, con el fin de alcanzar la paz de Dios. Así, la estabilización de la política interna debe ser entendida bajo la sentencia de San Jerónimo de que “quien persigue a los malos por el hecho de serlo es ministro de Dios” (Falque Rey, 1994, 184). Una idea de paz inseparable al ideal de cruzada que se hizo patente a partir del inicio del arzobispado en 1120.

La carta escrita tras el concilio celebrado por el prelado compostelano el 18 de enero de 1125 sintetizó la unión de la paz de Dios interna con la lucha contra el infiel musulmán y. más que equipar la restauración y la cruzada, como ya se hiciera en el primer concilio Lateranense (1123), fusionó ambas nociones. Tal unión responde a la plena sintonía del prelado con Roma cuya influencia ya había desplazado, desde mediados del siglo XI, elementos específicos de la herencia visigoda como su liturgia. La mirada del arzobispo no se limitó al territorio peninsular, sino que apuntó a Jerusalén, ciudad a la cual dirigió a los miles Christi, no sólo de su archidiócesis sino de toda Hispania, mediante el incentivo de la indulgencia plenaria. En este llamamiento, la idea de un camino más breve y menos laborioso desde la península a Jerusalén, es decir, la vía marítima, era coherente con la propia política que desarrolló el reino leonés. Tengamos presente que entre 1147-1157 Alfonso VII ocupó temporalmente Almería (Portela Silva, 2006).

La memoria del arzobispo quedó también fundida con el ideal de cruzada. La única representación que conocemos de Gelmírez, que se encuentra en el tumbo del monasterio de Toxosoutos (1289), nos los muestra bendiciendo a dos guerreros convertidos en monjes junto a un sarcófago, el Santo Sepulcro (Portela Silva, 2016).

2. Génesis y trayectoria histórica del Santiago miles Christi

Las huellas del Santiago miles Christi empiezan para los ojos del historiador en la mal llamada Historia Silense, por no haber visto la luz en el monasterio burgalés sino en el leonés de San Juan, escrita hacia 1115. Una versión similar nos la ofrece el libro segundo del Liber Sancti Iacobi (1140), si bien desconocemos si existió una fuente común a ambas. Nuestro tercer texto es la traducción que, en la segunda mitad del siglo XVI, realizó Ambrosio de Morales del privilegio de Ramiro I (842-850), conservado en su versión latina en el tumbo B de la catedral de Santiago (1324), y posiblemente realizado entre 1150-1154 como falsificación interesada en un contexto de lucha contra la sede primada de Toledo (Rey Castelao, 1985).

Dice el Breviarum Apostulorum, de comienzos del siglo VII, al hablar de Santiago: “Hic Spaniae et occidentalia loca predicat” (López Alsina, 2013, 107). Por lo que, desde época visigótica, Santiago ha estado asociado a Hispania. Vinculación que, tras la división de la península en el al-Ándalus islámico y los reinos cristianos fue reivindicada por los reyes astures como forma de escisión de Toledo, cabeza de la organización eclesiástica visigoda en manos musulmanas. En ese contexto de intereses políticos y eclesiásticos se produjo entre el año 820 y 830 el descubrimiento de los restos apostólicos dentro de la diócesis de Iria Flavia, superviviente del derrumbe del reino visigótico y situada en la órbita política cristiana (López Alsina, 2013). Ahondar en la figura del apóstol a lo largo de la alta Edad Media supone adentrarse en la hagiografía, sometida a crítica por los monjes bolandistas del siglo XVII en sus Acta Sanctorum, libros que contienen hechos de “multa falsa, absurda et fabulosa” (Bermejo Barrera; Llinares García, 2018, 174). Hay que destacar en este sentido que no se detecta ningún elemento que nos permita hablar de una asociación de Santiago al mundo bélico, en general, y contra el islam, en particular.

La incredulidad del peregrino griego Esteban ante la imagen de Santiago como un guerrero, tal y como nos transmite la Historia Silense y el Liber Sancti Iacobi, es coherente con el silencio de este atributo en las centurias precedentes. Sin embargo, el Santiago milis Christi no resultaba extraño para los contemporáneos de ambos textos de la primera mitad del siglo XII, es decir, en los años de confluencia entre la restauración y la cruzada contra el “otro” islámico. Los dos textos señalados y el privilegio de Ramiro I comparten, pese a diferencias de contenido y narrador (heterodiegético en los dos primeros y homodiegético en el segundo), una estructura narrativa similar en la que, siguiendo la metodología de Kenneth Burke (1969), nos proponemos extraer sus elementos clave. Acto: la guerra de los cristianos contra los musulmanes en dos momentos distintos, el asedio de Coímbra en 1064 y la ficticia batalla de Clavijo en el 844, circunstancias en las que, debido a las dificultades (siete años de asedio y miles de musulmanes que fuerzan a los cristianos a retirarse) interviene la voluntad de Dios a través de Santiago, patrón de Hispania, cuyo resultado comunica el mismo apóstol la noche anterior a la victoria. Escena: Se contrapone el reino cristiano frente al territorio ocupado por los musulmanes, por tanto, la península ibérica es el conjunto que engloba la acción. En los dos primeros casos se diferencia el lugar en el que se comunica el mensaje divino (Compostela) de aquel en que tiene lugar el combate (Coímbra), pero en el tercer texto coinciden (montañas de Clavijo); Agentes: por un lado, los cristianos guiados por su rey (Fernando I y Ramiro I) y ayudados por el apóstol Santiago, que transmite la voluntad de Dios a un peregrino griego que viene de Jerusalén o al mismo rey, ambos difusores de la noticia. En los dos primeros casos, el apóstol se presenta como soldado con las llaves de la ciudad y en el tercero interviene directamente en el combate como matamoros; por su parte, los musulmanes se presentan como los enemigos de los cristianos y carentes del favor divino, es decir, infieles. Medios: por un lado, la violencia de las armas y el sueño en el que se transmite el mensaje; Finalidad: el triunfo de los cristianos sobre el infiel expresado en la toma de dos ciudades: Coímbra y Calahorra, ésta última tras la victoria en Clavijo. Por tanto, podemos concluir que todos estos textos responden a un nosotros cristiano frente a un ellos musulmán que, por intereses políticos y divinos, es preciso combatir con las armas. Asimismo, los dos primeros textos trazan los elementos del Santiago miles Christi que, en el tercer texto, es presentado plenamente como un matamoros. Esto ligado a otros elementos como la mención a Jerusalén, de donde viene el peregrino, y la llamada que hacen los musulmanes a sus correligionarios del otro lado del Mediterráneo como si fueran almorávides, certifica la plena coherencia con la política leonesa, en general, y la desarrollada por Diego Gelmírez, en particular.

La imagen de Santiago matamoros no fue estática. Fruto de su contexto histórico se adaptó al devenir de las circunstancias, aunque conservando su esencia. El Tumbo B de catedral de Santiago, elaborado en tiempos del arzobispo Berenguel de Landoira (1317-1330), nos ofrece dos imágenes de Santiago: en la parte superior, el santo acompañado de sus dos discípulos, Teodoro y Anastasio; en la inferior, Santiago a caballo blandiendo una espada, al fondo la fortaleza de la Mitra arzobispal conocida como Rocha Forte y, en el suelo, los restos de los enemigos, que no son musulmanes, como en ocasiones se ha dicho, sino rebeldes compostelanos. Es decir, un Santiago matacompostelanos como acertadamente apreció Portela Silva (2004). Al igual que Gelmírez, Landoira tuvo que hacer frente a revueltas fruto de las tensiones sociales propias del feudalismo y del mismo modo que el arzobispo del siglo XII supo instrumentalizar la otra vertiente de la violencia: la aplicada hacia el enemigo interno de los ministros de Dios en la tierra en aras de la paz.

Las andaduras de Santiago al otro lado del Atlántico a partir de 1492 supusieron la reproducción de los esquemas narrativos que hemos analizado para el siglo XII. Así, en el orto del período colonial, frente al “otro” indígena desenvainó su espada el Santiago mataindios (Domínguez García, 2008) mientras que, en el ocaso, frente al “otro” español vio la luz el mataespañoles, invocado al grito de la independencia, como podemos ver hoy día en una escultura de plata procedente de los talleres de Cuzco conservada en el Museo de las Peregrinaciones de la urbe apostólica.

Bibliografía

Bermejo Barrera, J. C.; Llinares García, M. (2018) “El rey de Hispania, la señora Lupa y el sepulcro del apóstol Jacobo. Estructura y génesis de una leyenda hagiográfica” en J. C. Bermejo Barrera, Historia y melancolía. Madrid, Akal, pp. 173-213.

Burke, K. (1969) A Grammar of Motives. Berkeley, University of California Press.

Díaz y Díaz, M. C. (1985) Visiones del más allá en Galicia durante la alta Edad Media. Santiago de Compostela, Bibliófilos Gallegos.

Domínguez García, J. (2008) De Apóstol matamoros a Yllapa mataindios: dogmas e ideologías medievales en el (des)cubrimiento de América. Salamanca, Universidad de Santiago.

Falque Rey, E. (1994) Historia Compostelana. Madrid, Akal.

López Alsina, F. (2013) La ciudad de Santiago de Compostela en la Alta Edad Media. Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela.

Morales, A. de (1791) Crónica General de España que continuaba Ambrosio de Morales cronista del Rey Nuestro Señor Don Felipe II, Tomo IV. Madrid, Oficina de Don Benito Cano.

Portela Silva, E; Pallares Méndez, M. C. (2006) “Compostela y Jerusalén. Reconquista y cruzada en el tiempo de Diego Gelmírez” en J. M. Mínguez Fernández y G. del Ser Quijano (Eds.) La península en la Edad Media treinta años después. Estudios dedicados a José-Luis Martín. Salamanca, Universidad de Salamanca, pp. 271-285.

__ (2004) Rocha Forte: el castillo y su historia. Santiago de Compostela, Xunta de Galicia, Dirección Xeral de Patrimonio Cultural.

__ (2016) El báculo y la ballesta. Diego Gelmírez (c. 1065-1140). Madrid, Marcial Pons.

Rey Castelao, O. (1985) La historiografía del voto de Santiago. Recopilación crítica de una polémica histórica. Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela.

Ríos Saloma, M. F. (2008) “La Reconquista: génesis de un mito historiográfico”, Historia y Grafía, n° 30, pp. 191-216.

Selección documental

Documento n° 4: La santa piratería contra el infiel.
Fuente: Historia Compostelana I, CIII, 3 (Falque Rey, 1994, pp. 246-247).

¿Qué más? Doscientos hombres, preparados para el mar y la guerra, atacan con sus barcos de vela la tierra de los ismaelitas. Devuelven a los ismaelitas lo equivalente y más por los daños y ultrajes recibidos en otro tiempo: incendian las casas y las mieses en las eras (pues era el tiempo de la siega), cortan los árboles, las viñas, y su espada no perdona desde el mayor al más pequeño; tampoco se avergüenzan de quemar y destruir sus templos y de hacer en ellos cosas indignas de ser relatadas. Toman, destruyen, queman sus naves de carga y de vela, acostumbradas a llevar cautivos cristianos. Finalmente, saciada su espada y cargadas sus naves de oro, plata y despojos, vuelven a su tierra con gozo cantando alabanzas a Dios y a Santiago.

¡Ah! ¡Cuánta alegría para los seguidores de la fe cristiana ver a los sarracenos, con las manos atadas a la espalda, ser conducidos cautivos en sus propias naves! De todo esto dieron los irienses al obispo la quinta parte, además de lo que le correspondía por la propiedad de las naves. Entregaron también a Santiago los cautivos para que acarrearan piedras y otras cosas para construir su iglesia. ¡Ojalá sea abatida de tal manera con frecuencia la infidelidad de los ismaelitas! ¡Ojalá que acaezcan con frecuencia bienes a los fieles y males a los infieles!

Documento n° 5: La pacificación de Compostela.
Fuente: Historia Compostelana I, CXVI, 6 (Falque Rey, 1994, pp. 288-289).

Así pues, mediante juramento se comprometen los compostelanos en primer lugar a terminar totalmente con su hermandad, es decir, la conspiración, y entregar escritos al obispo para ser destruidos. Se comprometen también a entregar mil cien marcos de plata y a devolver todo lo que habían arrebatado al obispo o a los suyos y a la reina y a los suyos. También prometen que los traidores, tanto los canónigos como los ciudadanos, serían proscritos, es decir, serían desterrados y privados de sus heredades, casas y otros beneficios. Y así fueron proscritos y desterrados de entre los canónigos y ciudadanos unos cien.

Documento n° 6: Carta de Gelmírez de 1125.
Fuente: Historia Compostelana II, LXXVIII, 2 (Falque Rey, 1994, pp. 453-454).

Así pues, abandonando las obras de las tinieblas y el insoportable yugo del diablo, dediquémonos a las obras de la justicia y vistamos todas las armas de la luz según el consejo del apóstol y del mismo modo que los soldados de Cristo, fieles hijos de la Santa Iglesia, abrieron con mucho esfuerzo y mucho derramamiento de sangre el camino hacia Jerusalén, del mismo modo también nosotros hagámonos caballeros de Cristo y vencidos sus enemigos, los pésimos sarracenos, abramos hasta el mismo sepulcro del Señor con ayuda de su gracia un camino que a través de las regiones de España es más breve y mucho menos laborioso.

Y todo aquel que quisiere participar en esta milicia, haga examen de todos sus pecados y apresúrese a ir a la verdadera confesión y verdadera penitencia y, tomando después las armas, no se retrase en marchar a los campamentos de Cristo para servicio de Dios y remisión de sus pecados. Y si así lo hiciere, nos y nuestros venerables hermanos coepíscopos, abades y otras personas religiosas reunidos con nosotros en el concilio que hemos celebrado, según el mandato del Papa, el 18 de enero con la autoridad de Dios, lo absolvemos por la autoridad de Dios omnipotente y de los santos apóstoles Pedro y Pablo y Santiago y de todos los santos, de todos sus pecados, que desde la fuente del bautismo hasta el día de hoy haya cometido por instigación del diablo.

Y aquellos que no quisieren o no pudieren acudir a los campamentos de Cristo, en obediencia ordenamos y prohibimos que se atrevan con temeraria osadía a causar ningún mal en las tierras y señoríos o en otros bienes de éstos, mientras que permanezcan en el servicio de Dios, ni tomar o inquietar de ningún modo sus personas o posesiones. Y si en esto menospreciaran nuestro edicto, por la autoridad de Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo y de todos los santos los excomulgamos y anatematizamos y les apartamos de los límites de la Santa Iglesia de manera que, si estuvieran enfermos, no sean visitados hasta que den satisfacción, y si murieran, no sean enterrados. Y si algún príncipe o señor les concediere soldadas u otros beneficios, sean excomulgados el que los dé y el que los acepte.

Documento n° 7: Santiago anuncia la toma de Coímbra.
Fuente: Historia Silense (Díaz y Díaz, 1985, pp. 140-143).

Había venido de Jerusalén un peregrino, griego según creo, pobre de espíritu y de riqueza, que permanecía continuamente en el pórtico de la iglesia de Santiago y se entregaba día y noche a vigilias y oraciones. Cuando ya entendía nuestra lengua un poco, oyó a unos campesinos, que entraban en el Santo Templo en bastante número para pedir por sus necesidades, llamar la atención del apóstol nombrándolo buen caballero. Pero el peregrino se decía así mismo que no sólo el apóstol no había sido caballero, sino que ni siquiera había montado a caballo. La noche se vino encima y cerró el día: entonces, cuando el peregrino según su costumbre se disponía a pasar la noche en oración, de repente entró en éxtasis y se le apareció el apóstol Santiago teniendo en la mano como unas llaves, y dirigiéndose a él con rostro amable dijo: “ayer burlándote de las piadosas oraciones de los que me invocaban, creías que yo nunca he sido valiente caballero”. Y dicho esto se acercó a las puertas de la iglesia un caballo de gran estatura y todo resplandeciente; su brillo como de nieve iluminaba toda la iglesia por las abiertas puertas. Montó el apóstol en él y enseñó las llaves al peregrino, indicándole que él mismo al día siguiente alrededor de la hora tercia entregaría la ciudad de Coímbra al rey Fernando.

Entretanto, desaparecidas las estrellas, cuando el domingo el sol clareaba con sus primeros rayos el orbe, el griego aun atónito ante tal visión convocó junto a sí a todos los clérigos y a todos los personajes distinguidos de la ciudad y, desconocedor como era del nombre del rey y de la expedición, les explicó su suceso punto por punto y les dijo que aquel día el Fernando había entrado en Coímbra. Ellos, anotado el día, mandaron rápidamente mensajeros al campamento del invicto rey para cerciorarse allá de si tal visión procedía de Dios, que así se manifestaba a este mundo para alabanza de su nombre. Cuando los mensajeros llegaron a toda velocidad a Coímbra, encontraron que el rey había entrado en aquella ciudad a la hora de tercia del mismo día que el apóstol Santiago había señalado en Compostela.

Documento n° 8: Santiago anuncia la toma de Coímbra.
Fuente: Liber Sancti Iacobi, II, XIX (Díaz y Díaz, 1985, pp. 136-138).

“Esteban, hombre de Dios, que te empeñas en que no me llamen caballero sino pescador, me presento ante ti de esta manera para que no dudes nunca más de que yo milito al servicio de Dios, soy su campeón, y en la lucha contra los sarracenos marcho a la cabeza de los cristianos, y por eso salgo vencedor. He obtenido del Señor el favor de ser protección y auxilio en todos sus peligros para cuantos me aman y me invocan de todo corazón. Y para que te convenzas más de esta verdad, abiertas con estas llaves que tengo en la mano las puertas de Coímbra, ciudad que desde hace ya siete años está bajo asedio de Fernando, rey de los cristianos, mañana mismo a la hora de tercia, entrarán los cristianos en la ciudad que yo entregaré a su poder”. Dicho esto, se desvaneció de su vista.

Al día siguiente, concluidos los maitines, llamó junto a sí a los grupos más distinguidos tanto de clérigos como de laicos y les contó punto por punto lo que había visto con sus ojos y escuchado con sus oídos. Esto después se comprobó como cierto con un argumento de mucho peso: pusieron por escrito el día y la hora, y ambos luego los confirmaron como verdaderos los mensajeros enviados por el rey después de la conquista de la ciudad, los cuales aseveraron que en tal día y hora había sido tomada dicha localidad.

Documento n° 9: Santiago anuncia la victoria en Clavijo.
Fuente: Privilegio del rey Ramiro I (Morales, 1791, pp. 369-372).

Es cosa sabida y verdadera que, en los tiempos pasados, poco después de la destrucción de España, que sucedió reynando el rey don Rodrigo, algunos de los reyes cristianos antecesores nuestros, perezosos, negligentes, floxos y apocados, cuya vida no tuvo cosa que los fieles se puedan preciar (cosa indigna para relatarse) por no verse inquietados con la guerra de los moros, les señalaron y les ofrecieron tributos malvados para pagárselos cada año: conviene a saber, cien doncellas de extremada hermosura, las cincuenta hijas de los nobles y caballeros de España, y las otras cincuenta de la gente del pueblo, ¡Oh doloroso exemplo, y no digno de conservarse en nuestros descendientes! Por concierto de la paz temporal y transitoria se daba en cativerio la virginidad Christiana, para que la luxuria de los mahométicos se emplease en corromperla. Yo que soy descendiente de su sangre de aquellos príncipes, después que por misericordia de Dios entré en el reyno para gobernarlo, luego, inspirándome la divina bondad, comencé a pensar como quitaría este tan triste oprobrio de mis naturales. Trayendo ya muy asentado este tan digno pensamiento, pasé adelante comunicándolo y consultándolo primero con los arzobispos, obispos, abades y varones religiosos, y después con todos los principales de mi Reyno. Resuelto al fin, y tomado el prudente y saludable consejo, estando todos ayuntados en León, dimos allí leyes y fueros a nuestros vasallos, que se debiesen guardar por todas las provincias de nuestro reyno. Dimos asimismo nuestras provisiones y mandatos a todos los principales de nuestro reyno en común, para que llamsen y juntasen de todos los lugares del reyno toda la gente de guerra así de caballo, como de pie, así nobles, como no nobles, diestros y hábiles para la guerra, y a cierto día los tuviesen juntos y puestos en orden para hacer jornada. También hallasen presentes en esta guerra, para que por sus oraciones nuestro Señor se inclinase a acrecentar misericordiosamente el esfuerzo en los nuestros, Cumplióse enteramente en esto nuestro mandado y dexando para labrar la tierra solo los viejos y flacos, no provechosos para la guerra todos los demás se juntaron para la jornada, no tanto munidos ni convocados, como suelen por nuestro mandado, sino de su propia voluntad, como movidos por Dios, y atraídos por su amor.

Con esta gente nos, el rey don Ramiro, no confiados en la multitud della, sino esperando principalmente en la misericordia de Dios, habiendo caminado por las tierras de Castilla, enderezamos nuestro camino a la ciudad de Nájera, torciéndolo desde allí al lugar que llaman Alinella.

Entretanto los moros, habiendo llegado a su noticia la fama de nuestra venida, se juntaron para venir contra nosotros todos los de aquende el mar, convocando también por sus cartas y mensajeros a los de allende. Así nos acometieron con grande multitud y fuerza muy poderosa. ¿Para qué me detengo en palabras, siendo el triste caso tan doloroso que no nos podemos acordar dél sin lágrimas? Por nuestros pecados, que así lo merecían, habiendo sido muchos de los nuestros muertos y heridos en la batalla de aquel día, los demás nos pusimos en huida y desbaratados y confusos, llegamos a la montaña que llaman de Clavijo. Allí hechos una muela y apeñuscados pasamos casi toda la noche en lágrimas y oraciones, sin saber qué debíamos hacer quando viniese el día.

En esta triste sazón, yo el rey don Ramiro, resolviendo en mi pecho muchas cosas como a quien de veras más acongojaba el peligro de los Christianos, me quedé dormido. Estando ya durmiendo, apareciome luego en sueño el bienaventurado apóstol Santiago, patrón y protector de las Españas, no desdeñándose de presentarse ante mí de manera que me parecía verlo vivo y visible en cuerpo y en anima. Y como yo, maravillado de lo que veía, le preguntase quién era me respondió que era el apóstol de Jesu-Christo Santiago. Quedando yo espantado más que puedo encarecer con oír esta palabra, el santo apóstol me dixo: “¿Pues qué no sabes cómo mi Señor y Maestro Jesu-Christo, distribuyendo a sus Apóstoles diversas provincias, me encargó a mí la guarda y la protección y defensa de toda España?”. Diciendo esto, con su propia mano me tomó y me apretó la mía, y prosiguió. Confórtate y ten esfuerzo, que yo seré en tu ayuda y mañana vencerás con el poderío de Dios esta gran muchedumbre de los moros, que agora te tiene cercado. Más muchos de los tuyos, a quien ya está aparejado el descanso perdurable, recebirán en la batalla corona de martirio. Y porque no puedas dudar en nada desto, tú y los moros me veréis en la batalla sobre un gran caballo blanco, con un grande estandarte blanco en la mano. Por tanto, venida el alva, todos vos confesar y oyendo misa recebid el cuerpo santísimo de nuestro redentor Jesu-Christo y no dudéis de acometer batalla de los moros, llamando el nombre de Dios y el mío. Porque debéis tener por cierto, que ellos han de ser vencidos y muertos por vuestras manos. Acabando de decir esto, desapareció el Santo apóstol de mi presencia, sin que más lo viese.

Despertando pues yo luego del sueño con haber visto visión tan celestial, mandé llamar los arzobispos, obispos y abades y los otros religiosos en secreto y con muchas lágrimas, gemidos y contrición, les propuse y comuniqué todo lo que me había sido revelado por el mismo orden como yo lo había visto. Ellos postrándose luego en oración, dieron infinitas gracias a nuestro señor por tan maravillosa consolación, dándose tras esto gran priesa a cumplir lo que se nos había mandado.

Esto acabado y estando ya armados los nuestros, puestos en su orden de batalla, arremetidos a darla a los moros, y el santo apóstol, como lo había prometido, se apareció a nosotros y a ellos, esforzándonos y ayudándonos en la pelea, y embarazando y hiriendo los contrarios. Luego que esto vimos, entendimos claramente como el santo apóstol había cumplido su promesa y alegres con tal socorro, con grandes voces y muchos sentimientos de corazón, comenzamos a llamar el nombre de Dios y de su apóstol diciendo: “ayúdanos, Dios ayúdanos, Santiago”. Y esta fue la primera invocación que en España se hizo deste santo nuestro patrón, y plugo a la misericordia de Dios que no fuese en vano, pues quedaron muertos aquel día casi setenta mil de los moros. También se tomaron y saquearon sus reales, y siguiéndolos en el alcance tomamos la ciudad de Calahorra y la restituimos a la fe y señorío de los chistianos.



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