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El devenir colonial del capitalismo en la Patagonia: la contemporaneidad de lo originario

Emiliano Sacchi[1], Luciano Raggio[2] y Pedro Dall’Armellina[3]

En el presente artículo intentaremos reflexionar sobre el carácter trágico del desarrollo de la acumulación capitalista en la región y la lógica sacrificial que supone el mismo, tanto en su forma originaria como en las formas contemporáneas de la acumulación por desposesión. Sabido es que ya Marx concibió a la llamada “acumulación originaria” como una tragedia de escala global que supuso el sacrificio de las poblaciones americanas y de los pueblos africanos por medio de la explotación, la esclavitud y el trabajo servil.

Este carácter trágico y la ubicación temporal de dicho proceso originario ha sido uno de los nudos problemáticos centrales del drama del marxismo frente al “problema” latinoamericano. Un drama que ha implicado en no pocas reflexiones la imposibilidad de comprender lo singular del desarrollo del capitalismo en nuestra región (y con ella nos referimos a Latinoamérica, pero también a la Patagonia).

Nos interesa, por lo tanto, retomar y desarrollar algunas reflexiones que habitando ese drama, hicieron el esfuerzo por pensar con ciertas claves del marxismo y, al mismo tiempo, de forma situada. Quizá, porque ese drama, sigue siendo aún el nuestro y la trágica historia del capital en la Patagonia parece seguir acumulando ruinas sobre ruinas sin detenerse.

Es posible comprender ese drama a partir de la llamada lectura progresista o evolucionista del capital, lectura que ha sido mayoritaria dentro del marxismo y que en parte es también la del propio Marx. Claro que hay pasajes, cartas, notas de Marx que ponen en tensión esta lectura, pero no parecen haber sido decisivos para una tradición que ha pensado la acumulación originaria como un momento histórico concreto de la transición al capitalismo. Un momento por el que debían pasar todas las sociedades en su transición al mismo: el problema del etapismo.

En esta lectura, la apropiación por medio de la violencia, la esclavitud, la rapiña, la conquista, las guerras, todos esos métodos para hacer del hombre un “trabajador libre” serían solo el “pecado original”, la pre-condición del capital y en ese sentido su pre-historia (por lo que en este sentido bien valdría primitiva como traducción del alemán ursprüngliche de Marx). La historia de la acumulación propiamente capitalista empezaría una vez terminado este proceso de disociación de los trabajadores de sus medios de producción. A partir de entonces, la acumulación ya no se realizaría por los “medios extraeconómicos de la violencia” sino por la compraventa de la mercancía trabajo bajo el reinado de la paz, la propiedad y la igualdad, y sólo el análisis del origen de la plusvalía podría descubrir, bajo esa formalidad, la explotación y el dominio de clases (Luxemburgo, 1968; Harvey, 2004).

Luxemburgo y el desarrollo dual

Por lo tanto, donde la acumulación no depende de los medios económicos y pacíficos del trabajo libre asalariado, donde hay coerción extraeconómica, donde hay esclavitud, donde hay servidumbre, donde la violencia es un medio de acumulación, lo que hay es atraso, subdesarrollo, “residuos” de formas de explotación pre-capitalistas. A principios del siglo XX, con la guerra mundial en ciernes y el avance imperialista sobre el mundo no-europeo, este corolario claramente resultaba problemático. A ello intentó responder Rosa Luxemburgo con la idea del desarrollo dual de la acumulación capitalista:

De un lado, tiene lugar en los sitios de producción de la plusvalía –en la fábrica, en la mina, en el fundo agrícola y en el mercado de mercancías. Considerada así, la acumulación es un proceso puramente económico, cuya fase más importante se realiza entre los capitalistas y los trabajadores asalariados (1968: 224).

Esta fase de la acumulación se da en los países del Norte, mientras que en la escena mundial “la acumulación del capital se realiza entre el capital y las formas de producción no capitalistas” (1968: 224). Si allí reinan la paz, la propiedad y la igualdad, “aquí reinan como métodos, la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de intereses privados, la guerra. Aparecen aquí, sin disimulo, la violencia, el engaño, la opresión, la rapiña” (1968: 224)

De tal modo la periferia global queda integrada al centro como una necesidad indispensable para la reproducción del capitalismo mundial y el “subdesarrollo” es el producto de una acumulación primitiva permanente al servicio de las economías desarrolladas. Por lo tanto, no se trata de un fenómeno histórico propio de la génesis del capital, sino que es contemporáneo a su reproducción. Sin embargo, este desarrollo dual, supone un adentro y un afuera geográficos del capital. Es decir, ambas fases de la acumulación “son estructuralmente inseparables, pero geográficamente diferenciadas: la primera tiene lugar al interior de los países con economías capitalistas maduras, y la segunda entre aquellos y las colonias aún no plenamente capitalistas” (Composto y Navarro, 2014: 39). Utilizando una terminología más contemporánea, por un lado se situarían procesos de desposesión (Harvey, 2004) y expropiación (Fraser, 2020) y por otro, pero de forma paralela, los de la explotación strictu sensu.

Esa tesis podía ser sostenida a principios de siglo, pero la mundialización contemporánea del capitalismo ha hecho desaparecer de forma progresiva esos “afueras” geográficos a conquistar que eran para Luxemburgo la condición de posibilidad y desarrollo del capitalismo. Dicho de otra forma, con la colonización capitalista de todo el globo, los métodos de la acumulación originaria deberían desaparecer. No obstante, dichos métodos continúan manteniendo plena vigencia y, más aún, no sólo en el marco de la relación centro/periferia, sino al interior de las propias economías centrales, en los “sures”, terceros mundos y periferias que no paran de crecer en el interior de los países centrales o en las hibridaciones entre expropiación y explotación que caracterizan al capitalismo financiarizado, donde la deuda parece ser la forma más universalizada de expropiación incluso para los antaño ciudadanos-trabajadores libres de los países centrales (Fraser, 2020; Lazzarato, 2013, 2014)

Volviendo a la Patagonia, en el mismo momento que Luxemburgo escribía sus tesis, el capital inglés de la Argentine Southern Land Co. mediante el crédito y la violencia se apropiaba de las tierras de la Patagonia y del trabajo servil de sus habitantes. Una vez terminada la tragedia llamada conquista del desierto e integradas esas tierras como productoras de materia prima para el mercado mundial capitalista deberían haber reinado la paz de los contratos, la propiedad privada (sobre todo la de la fuerza de trabajo) y la igualdad en el mercado, como teóricamente reinan en los países centrales. Nada más lejano a la historia de violencia de la Patagonia, de las prácticas racistas y genocidas siempre relanzadas.

Un solo mundo heterogéneo

Para salir de este atolladero, es necesario partir del presupuesto que el capitalismo es desde su nacimiento mercado mundial, nace siendo ya global y por lo tanto debe ser analizado como sistema-mundo. La acumulación originaria no se desarrolla primero en el Norte y luego en los países del Sur, sino en uno y en otro al mismo tiempo. Como sostiene Aníbal Quijano, es necesario dejar de lado la concepción unilineal, unidireccional y universalmente válida de la historia en la que se suceden secuencialmente formas de trabajo, de explotación y modos de producción para poder dar cuenta de la realidad mucho más compleja de la heterogeneidad histórico-estructural del capitalismo.

Desde el punto de vista eurocéntrico, reciprocidad, esclavitud, servidumbre y producción mercantil independiente son todas percibidas como una secuencia histórica previa a la mercantilización de la fuerza de trabajo. Son pre capital. Y son consideradas no sólo como diferentes sino como radicalmente incompatibles con el capital. El hecho es, sin embargo, que en América ellas no emergieron en una secuencia histórica unilineal; ninguna de ellas fue una mera extensión de antiguas formas precapitalistas, ni fueron tampoco incompatibles con el capital. (…) Todas esas formas de trabajo y de control del trabajo en América no sólo actuaban simultáneamente, sino que estuvieron articuladas alrededor del eje del capital y del mercado mundial. Consecuentemente, fueron parte de un nuevo patrón de organización y de control del trabajo en todas sus formas históricamente conocidas, juntas y alrededor del capital. Juntas configuraron un nuevo sistema: el capitalismo (2014: 799).

Es decir, en la constitución histórica de América las formas de acumulación, explotación y organización de la apropiación y producción estuvieron articuladas alrededor del capital a escala global. Las formas de explotación que se dieron tras la conquista, eran todas “histórica y sociológicamente nuevas” (2014: 788). Esclavitud, reciprocidad, servidumbre o despojo no sólo coincidieron espacio-temporalmente con la reproducción ampliada como meros residuos de otro tiempo, sino que fueron deliberadamente establecidas para producir para el mercado mundial y en articulación con éste.

Por lo tanto, en nuestra región nunca hubo una transición como desarrollo unilineal, como pasaje de formas supuestamente “pre-capitalistas” de explotación “violentas” a las supuestas formas “pacíficas” de regulación del trabajo libre asalariado en la acumulación ampliada. Ello no se debe al supuesto carácter “subdesarrollado” del capitalismo periférico, ni se trata de espacios exteriores al capitalismo, sino de su heterogeneidad histórico-estructural.[4] Por ello, la idea actualmente en boga del carácter continuo de la acumulación originaria encuentra su más cruda confirmación en la historia de la Patagonia: aquí la acumulación originaria nunca termina porque no es transición. Por el contrario, es un rasgo permanente, continuo y constitutivo del capitalismo.

Explotación colonial del trabajo y acumulación por genocidio

Como ha señalado oportunamente Mezzadra, la consideración del trabajo asalariado como “relación laboral normal” supone una historia y una geografía muy particulares. Al nivel del capitalismo histórico y su escala mundial, lejos de poder ser considerada como “normal”, la relación salarial es casi excepcional (Mezzadra, 2012). En efecto, como recuerda el italiano, ya hace más de dos décadas Chakrabarty (2008) discutía desde la India lo que para nosotros señala Quijano desde América: la imposibilidad de tomar la libre contratación del trabajo como el standard del capitalismo. Argumento que luego ha sido desarrollado desde la llamada historia global del trabajo, una perspectiva que ha permitido visibilizar la profunda heterogeneidad de las formas de subsunción del trabajo características del capitalismo (Mezzadra, 2012). Estos diversos acercamientos ponen de manifiesto cómo el “trabajo forzado” en sus formas diversas y mutantes ha sido (y sigue siendo) constitutivo de las relaciones sociales de producción y reproducción del capitalismo en su alcance global.

El trabajo asalariado “libre”, figura abstracta y teóricamente universal, anclada en realidad en la experiencia de cierta clase trabajadora blanca masculina y de los países centrales es sólo uno más de los múltiples modos en los que el capitalismo explota la fuerza de trabajo. Una figura que de alguna forma ha ocultado la realidad mucho más heterogénea de la “clase trabajadora global” en los orígenes del capitalismo y en la actualidad. Una realidad que debe incluir todas las figuras señaladas por Quijano, de la esclavitud a la reciprocidad y también el trabajo reproductivo que han realizado, también desde los orígenes del capitalismo, las mujeres en condiciones de dependencia y confinamiento doméstico (Federici, 2010).

Particularmente respecto a la esclavitud, si desde fines de la edad media fue un fenómeno limitado en Europa por la resistencia de los trabajadores y por el peligro de agotamiento de la fuerza de trabajo, en América en cambio adquirió sus formas más virulentas respecto a las poblaciones originarias como a las de la población arrancada de África. En ambos casos, el resultado fue un genocidio que ya lleva siglos y del cual la desposesión neoliberal es el capítulo más reciente. Como recuerda Quijano “el vasto genocidio de los indios en las primeras décadas de la colonización no fue causado principalmente por la violencia de la conquista, ni por las enfermedades que los conquistadores portaban, sino porque tales indios fueron usados como mano de obra desechable, forzados a trabajar hasta morir” (Quijano, 2014: 784).

En tal sentido, se podría hablar para nuestra historia latinoamericana, pero particularmente para la Patagonia, de una acumulación por genocidio. Parafraseando a Marx, podríamos decir que el genocidio, como forma radical de la violencia, constituye él mismo una potencia económica. Más cerca de Quijano, convendría por lo menos reconocer la colonialidad de la acumulación y la división racista del trabajo que supone y que jerarquiza y distribuye los cuerpos sometiendo a algunos a condiciones letales de trabajo y existencia. Una división que generó a escala mundial la asociación de blanquitud con salario y con los puestos de mando en los espacios coloniales. (Quijano, 2014: 782)

Esa colonialidad por su parte nunca fue externa al capitalismo global, sino que fue parte de un circuito en el cual el trabajo barato no-asalariado (esclavo, servil,[5] doméstico, reproductivo, de subsistencia, etc.) de América Latina expuesto a condiciones de exterminio, permitió la producción y reproducción del trabajo asalariado de los países centrales (más allá de la extracción de materias primas y metales preciosos). Asiáticos, africanos, latinoamericanos, en su rol de productores de bienes de consumos tan descartables y baratos como ellos mismos, han financiado y lo siguen haciendo aún hoy, el desarrollo del capitalismo en las developed economies. Esta historia hace patente, como el feminismo ha puesto en discusión recientemente, que ciertos cuerpos (feminizados, colonizados, racializados, empobrecidos) son tratados como territorios, como recursos naturales, conquistados y explotados como tales. De forma más expresionista bastaría pensar en el trabajo servil de los indígenas en la zafra hasta el día de hoy o en todos los trabajos reproductivos y de cuidados que desempeñan de forma también servil mujeres y niñas indígenas y migrantes.

Situación que podemos llamar, parafraseando al “patriarcado del salario” analizado por Federici como una colonialidad del salario. En efecto, si la “transición” europea al capitalismo es impensable sin el confinamiento y el trabajo gratuito de las mujeres, tampoco lo es sin el trabajo gratuito del resto del mundo colonizado. Al igual que las mujeres y cuerpos feminizados, los pueblos colonizados y racializados han sido tratados como un simple recurso a ser explotado hasta su desaparición:

La clasificación racial de la población, y la temprana asociación de las nuevas identidades raciales de los colonizados con las formas de control no pagado, no asalariado, del trabajo, desarrolló entre los europeos o blancos la específica percepción de que el trabajo pagado era privilegio de los blancos. La inferioridad racial de los colonizados implicaba que no eran dignos del pago de salario. Estaban naturalmente obligados a trabajar en beneficio de sus amos. No es muy difícil encontrar, hoy mismo, esa actitud extendida entre los terratenientes blancos de cualquier lugar del mundo. Y el menor salario de las razas inferiores por igual trabajo que el de los blancos, en los actuales centros capitalistas, no podría ser, tampoco, explicado al margen de la clasificación social racista de la población del mundo. En otros términos, por separado de la colonialidad del poder capitalista mundial (Quijano, 2014: 785).

Como recuerda Mezzadra, en la introducción a los Grundrisse de 1857 Marx escribió que “en los Estados Unidos la abstracción de la categoría ‘trabajo’, el ‘trabajo en general’, el trabajo sans phrase [puro y simple], que es el punto de partida de la economía moderna, resulta por vez primera prácticamente cierta” (Mezzadra, 2012). Un siglo y medio después de la afirmación de Marx, lo que esa sociedad evidencia no es la abstracción del trabajo, sino su marcación y división racial, que es inherente a la explotación capitalista. La acumulación capitalista es también acumulación y producción de diferencias, de jerarquías, de raza, de género, geográficas, de color. En ese sentido, la historia de Estados Unidos es homologable a la de América Latina. Ambas evidencian de formas diversas pero constantes como la producción y acumulación de diferencias al interior de la fuerza de trabajo jugó un papel central en su subsunción al capital. De alguna forma, eso que parecía para Quijano un rasgo propio de América o de su incorporación al sistema mundo capitalista, esa heterogeneidad en las formas de control del trabajo, son cada vez más rasgos definitorios del capitalismo global contemporáneo.

Conclusiones parciales y periféricas

Luego de este breve recorrido en el que intentamos mostrar y proponer algunas lecturas heterogéneas en torno a la acumulación originaria y sus implicancias económico, políticas y subjetivas para una comprensión (desde unas coordenadas periféricas en general y patagónicas en particular) de la lógicas contemporáneas del capitalismo, nos interesa antes de concluir el texto formular algunas reflexiones finales que tienen como propósito colaborar con el debate, servir como base a futuras investigaciones y abrir nuevos interrogantes antes que clausurar algún tipo de discusión.

En primer lugar, y esto no constituye ninguna novedad pero es necesario dejarlo en claro: es imposible un análisis completo del capitalismo contemporáneo sin echar luz sobre estos procesos que se dan en las periferias, sean estas los antiguos territorios coloniales, o las nuevas periferias que no dejan de crecer de forma abigarrada a lo ancho del mundo. Más aún, esta perspectiva parece del todo necesaria, en la medida misma en que son las periferias (y su multiplicación contemporánea) los lugares lamentablemente privilegiados donde se expresan con mayor claridad la crueldad y virulencia de la explotación y acumulación de capital.

Por otro lado, es posible identificar un elemento estratégico dentro del desarrollo capitalista en nuestra región. Más allá de que no sea nuestra intención nombrar a tal o cual sujeto (sea individual, colectivo, privado o público) como causante último, sí estamos convencidos de la necesidad de abandonar una explicación meramente estructural de los procesos aquí descriptos. Para ilustrar esto nos valdremos de un trabajo reciente de Serje (2017) quien propone ordenar las características distintivas de las periferias latinoamericanas a partir de la idea de “efecto periferia”. Dicho concepto se explica, en principio, por el carácter orientado, deliberado e instrumental de la generación de la(s) de las mismas como zonas de superexplotación.[6]

La autora colombiana propone, a fines analíticos, determinar tres grandes mecanismos económicos, políticos y discursivos de intervención, a partir de los cuales se da la producción de periferias. Nos referimos a los conceptos de opacidad, emergencia y excepcionalidad.

El primero de ellos se encuentra relacionado a la invisibilización de los territorios, sus habitantes y su historia convirtiendo a los mismos en “desiertos”. La emergencia, por su parte se explica a partir de la caracterización de estas regiones como zonas de catástrofes, sean naturales (incendios, inundaciones) o sociales (pobreza extrema, falta de comunicación). Dicha situación habilita entonces intervenciones urgentes que, según la autora, suelen provenir del capitalismo central y poseen como principal vía de supuesta integración y desarrollo a los proyectos extractivos, sin ser los únicos.

Por último, el concepto de excepcionalidad describe los mecanismos propios de la acumulación por desposesión que mencionamos más arriba. Relacionada con la condición de opacidad, estas regiones son significadas como tierras de nadie y así

no solo se naturaliza (…) el poder que despoja sus habitantes históricos de sus derechos consuetudinarios, se naturalizan simultáneamente las formas más salvajes de enriquecimiento donde todo vale (en últimas, el objetivo de su apropiación) que constituyen la condición de posibilidad de la puesta en marcha de la forma más básica de ‘acumulación por desposesión (Serje, 2017: 12).

En su análisis del “efecto periferia” a escala global Serje coloca entre otros a la Patagonia como ejemplo del mismo. Ciertamente estos tópicos son rastreables en nuestro territorio a lo largo de la historia en un continuum que va desde la llamada campaña del desierto hasta el actual acaparamiento de tierras por parte de capitales trasnacionales que suponen el desalojo violento de las comunidades que viven allí; desde los campos de concentración que sometieron a las comunidades originarias hasta la formas de explotación racializadas de la industria agro-extractivas contemporánea; desde el antiguo latifundio hasta los proyectos megamineros y la privatización de recursos paisajísticos y naturales. En esta historia, que no va de la acumulación originaria a la reproducción ampliada y pacífica del capital, sino en la que la iterabilidad del origen se revela estructural, la Patagonia fue producida simbólica y materialmente como desierto, espacio vaciado, blanqueado, cuya población originaria es ocultada, desplazada o mercantilizada (opacidad); como espacio de crisis inintegrable sin el concurso de grandes capitales capaces de vincularla con las cadenas globales del comercio extractivo (emergencia) y como zona de frontera y alteridad donde no sólo se alcanzan los confines geográficos del Estado y se suspende el orden jurídico, sino donde se debaten los límites mismos del conocimiento, de lo humano y de la moral (excepcionalidad).

Este continuum evidencia que la Patagonia es un espacio privilegiado para comprender las lógicas actuales del capitalismo global en las cuales coexisten lo originario y lo contemporáneo[7]. Si éste se define, como sostiene Mezzadra, por “la existencia simultánea y estructuralmente relacionada de la ‘nueva economía’ y las maquilas, de la corporativización del capital y la acumulación en sus formas ‘primitivas’, de los procesos de financiarización y el trabajo forzado” (Mezzadra, 2012: 12), desde la Patagonia, territorio típico del “efecto periferia”, podríamos hablar del devenir colonial de la acumulación capitalista. Después de todo ese es uno de los elementos centrales que supone la tesis de Achile Mbembe sobre la planetarización contemporánea del neoliberalismo como devenir negro del mundo.

Referencias

Chakrabarty, Dipesh. (2008). Al margen de Europa. Pensamiento poscolonial y diferencia histórica, Barcelona: Tusquets.

Composto, Claudia y Navarro, Mina (Coords). (2014). Territorios en disputa. Despojo capitalista, luchas en defensa de los bienes comunes naturales y alternativas emancipatorias para América Latina. Ciudad de México: Bajo Tierra Ediciones.

Federici, Silvia. (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficante de sueños.

Gago, Verónica. (2014). La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular. Buenos Aires: Tinta Limón. 

Harvey, David. (2004). El nuevo imperialismo. Madrid: Akal.

Lazzarato, Maurizio. (2013). La fábrica del hombre endeudado. Buenos Aires: Amorrortu.

Lazzarato, Maurizio. (2015). Gobernar a través de la deuda. Tecnologías de poder del capitalismo neoliberal. Buenos Aires: Amorrortu.

Luxemburgo, Rosa. (1968). La acumulación de capital. Recuperado de Marxist.org https://bit.ly/38sHauZ

Marini, Ruy Mauro. (1972). Dialéctica de la dependencia. Santiago de Chile: Universidad de Chile.

Mbembe, Achile. (2016). Crítica de la razón negra. Buenos Aires: Caja Negra.

Mezzadra, Sandro. (01 de 2012). ¿Cuántas historias del trabajo? Hacia una teoría del capitalismo poscolonial. Recuperado de Transversal texts https://bit.ly/3kG7U0M

Mezzadra, Sandro y Neilson, Brett. (2016). La frontera como método. O la multiplicación del trabajo. Buenos Aires: Tinta Limón.

Quijano, Aníbal. (2014). Cuestiones y horizontes: de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder. Buenos Aires: CLACSO.

Serje, Margarita. (2017). Fronteras y periferias en la historia del capitalismo de América Latina. Revista de geografía norte grande, N° 66, 33-48.


  1. CONICET-Universidad Nacional del Comahue (C.U.R.Z.A).
  2. CONICET-Universidad Nacional del Comahue (C.U.R.Z.A).
  3. Universidad Nacional del Comahue (C.U.R.Z.A).
  4. Basta pensar nomás en Potosí, la ciudad más grande del mundo a mediados del siglo XVI y cuya demencial y genocida industria minera era algo nunca antes visto. Como queda claro en este caso no se trata sólo de una mera simultaneidad espacio-temporal, ya que cada una de esas formas de trabajo estaban articuladas al capital y a su mercado mundial y más aún fueron centrales en la configuraron de un nuevo patrón global de control del trabajo y de extracción de plusvalía: el capitalismo mundial. Incluso si pensamos en el nacimiento de la fábrica moderna, como sugiere Mezzadra, “mucho antes que comenzara la Revolución Industrial en Inglaterra, este tipo de taller surgió a escala masiva en el Caribe, donde las plantaciones de caña de azúcar anticiparon la organización industrial del trabajo (esclavo) (Mintz, 1985: 50). También estaba presente en las minas ubicadas en los alrededores de la ciudad de Potosí en la Bolivia actual, donde la extracción de plata estaba basada en el sistema de trabajo forzado conocido como mita, establecido por el virrey español Francisco de Toledo en 1573 (Bakewell, 1984)” (Mezzadra, 2016: 61).
  5. Sobre el fin de la primera etapa del genocidio de la población originaria de América y respecto de la abolición de la esclavitud, Quijano aclara que ello no significó que “los indios fueron en adelante trabajadores libres y asalariados. En adelante, fueron adscritos a la servidumbre no pagada. La servidumbre de los indios en América no puede ser, por otro lado, simplemente equiparada a la servidumbre en el feudalismo europeo, puesto que no incluía la supuesta protección de ningún señor feudal, ni siempre, ni necesariamente, la tenencia de una porción de tierra para cultivar, en lugar de salario. Sobre todo, antes de la Independencia, la reproducción de la fuerza de trabajo del siervo indio se hacía en las comunidades. Pero inclusive más de cien años después de la Independencia, una parte amplia de la servidumbre india estaba obligada a reproducir su fuerza de trabajo por su propia cuenta. Y la otra forma de trabajo no-asalariado, o no pagado simplemente, el trabajo esclavo, fue adscrita, exclusivamente, a la población traída desde la futura África y llamada negra” (Quijano, 2014: 785).
  6. Aquí empleamos con libertad el concepto de superexplotación empleado por Ruy Mario Marini (1972).
  7. En relación con esta mixtura propia del capitalismo contemporáneo recomendamos el trabajo de Verónica Gago (2014).


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