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Procesos migratorios recientes y lo sacrificial en Patagonia central

Carlos Barria Oyarzo, Andrea Gago, Agostina García,
Letizia Vázquez y Brígida Baeza[1]

Haciéndonos eco de la propuesta del IX Encuentro, nos proponemos pensar en la tragedia y el sacrificio desde la condición patagónica ligada a lo migratorio. Luego de la tragedia fundacional de 1879 se proyectó la colonización con grupos de inmigrantes europeos, desconociendo e invisibilizando aquellos grupos que se movilizaban más allá de las fronteras nacionales que se intentaban imponer en Patagonia. En paralelo, se fue fortaleciendo la imagen de Patagonia como desierto, como territorio vacío, que en distintas épocas históricas fue recibiendo diferentes esfuerzos de promoción para lograr la atracción de grupos poblacionales con determinadas características, por ejemplo “los norteños” por cuya argentinidad y religiosidad católica resultaban atractivos para la empresa estatal YPF en épocas en que combatía el peligro “rojo”. Así se fueron fortaleciendo políticas sociales compensatorias ante el sacrificio que implicaba venir a vivir a Patagonia, algunos de estos beneficios aún sobreviven en nuestros salarios, tal como el pago por “zona desfavorable”.

También podemos remarcar que la noción de sacrificio está presente en múltiples grupos que fueron conformando la matriz poblacional patagónica. En numerosas historias acerca de “los primeros tiempos” los grupos migratorios europeos y limítrofes narran la dureza, hostilidad y la necesidad de tener que afrontar episodios de sacrificio para luego ingresar a un proceso de estabilidad, de realización, en muchos casos amenazada recurrentemente por las inestabilidades propias de sociedades basadas en el carácter cíclico del extractivismo de la lana —proveniente de la cría de ovejas— en primer término y luego del petróleo. Sobre los distintos grupos de migrantes se han construido imágenes estereotipadas. Sin embargo, debemos indicar que les europeos han contado con el capital cultural necesario para forjar historias de sacrificio asociado a pioneros, otres han sido construidos como escasamente revolucionarios, tal como los chilotes y chilenos en la película de Héctor Olivera, La Patagonia Rebelde (1974).

El relato del sacrificio contribuye a fortalecer lazos identitarios cuando se trata de fundamentar lugares destacados. Entonces, en determinados grupos adquiere un carácter mítico por sobre otras historias donde, si bien el sacrificio no se olvida, pasa a formar parte de un momento dentro del proceso de construcción del estar aquí y allá. La tragedia también se vuelve presente en historias tristes, anécdotas dolorosas, muertes, silencios, y problemas que renuevan la idea de sacrificio en la actualidad. Tan sólo por centrarnos en los últimos tiempos, debemos señalar que en múltiples ocasiones los grupos migrantes con los que trabajamos han atravesado diversas situaciones trágicas: cuando en la catástrofe que vivió Comodoro Rivadavia en marzo de 2017 vieron derrumbar sus viviendas ante el avance del agua; frente a cada asesinato por ser “bolita”; perder hijes en medio de incendios de viviendas en época invernal; o los incendios de viviendas por tan solo residir en un lugar supuestamente destinado para NyCs.[2] Y tantos otros episodios trágicos donde, sobre todo los grupos migrantes sobre los cuales pesa mayor carga de discriminación, son objeto de violencia simbólica y física. En este sentido, podemos afirmar que junto con los grupos migrantes de las últimas décadas se “renovó” el “problema del indio”, el de la negritud, ya que las adscripciones afrodescendientes, quechuas, aymaras, guaraníes, entre otras adscripciones étnicas recuerdan el lazo con la presencia indígena en Patagonia.

Así, nos interesa indagar en las experiencias de migraciones recientes de países limítrofes a la Patagonia central, donde diferentes formas de desigualdad configuran los procesos migratorios, las formas de narrar y construir memorias de lo sacrificial en un contexto muchas veces hostil y restrictivo.

Lo sacrificial remite a la entrega o postergación del presente por el bienestar a futuro. Este tipo de discursos vinculados al esfuerzo por un mañana mejor ha devenido un valor positivo en el mundo capitalista moderno, naturalizado en prácticas cotidianas de subsistencia y vulneración de derechos para lograr una vida digna o deseada. En este escenario, las migraciones han sido históricamente un modo de movilidad humana, generalmente, ligadas a una mejora en la vida de las personas. La promesa de una vida mejor o el ascenso socioeconómico moviliza grupos poblacionales que, en muchos casos, se ven expulsados de sus territorios, dando lugar a trayectorias migratorias variadas.

En la Patagonia central este tipo de discursos se traducen en míticos viajes de proezas y en la figura de “pioneros” que se cristalizan muchas veces en la celebración de un pasado constitutivo. Particularmente en Comodoro Rivadavia se observa la construcción hegemónica del “inmigrante”, correspondiente al estereotipo europeo de los primeros años, el “pionero”, al que se le debe agradecimiento por poblar la región y engrandecer la patria, excluyendo de esta figura al migrante interno y al proveniente de países limítrofes. Ser pionero, haber postergado el bienestar inmediato por un fin mayor, haya sido una elección o no, se convierte en una virtud moral, una trayectoria necesaria para la consecuente recompensa de la estabilidad.

En este trabajo sostenemos la existencia de una economía moral (Fassin, 2009), en tanto producción, circulación y apropiación de normas, obligaciones, valores y afectos, vinculada a lo sacrificial en los procesos migratorios en contextos de desigualdad.[3] En este sentido, se naturalizan condiciones de vulneración de derechos, así como se construyen memorias compartidas sobre lo sacrificial que solidifican lazos identitarios. Como afirma Aruj (2008), el proceso migratorio implica considerables esfuerzos y sacrificios, pero sus “penurias” no terminan al llegar a destino. Muchas veces, quienes han migrado deben enfrentar múltiples formas de discriminación, dificultades de acceso a la vivienda, a la educación, a la salud y dificultades laborales.

Pioneros, “recién llegades” y sacrificio

Tomaremos como eje central el caso de Comodoro Rivadavia, una ciudad que se ha constituido desde su fundación como receptora de grupos migrantes por la actividad de explotación petrolera, lo cual ha configurado históricamente su matriz social. Entre los años 2004 y 2014 se desarrolló el último gran crecimiento de la industria petrolera, que produjo una mayor llegada de migrantes provenientes de países limítrofes. Los datos del Censo Nacional de Población del año 2010 arrojaron un total de 177.038 habitantes en la ciudad, de los cuales 14.544 son migrantes de países limítrofes, 10.682 provenientes de Chile, seguidos en términos cuantitativos por quienes provienen de Bolivia siendo un total de 2.421, de los cuales 1.303 son varones y 1.118 son mujeres (Dirección General de Estadísticas y Censos, 2015; Baeza, 2013).

La migración chilena en la ciudad se registra desde los inicios de su poblamiento, proveniente de diversas regiones del sur de Chile, acrecentada, particularmente, con la instalación de la gobernación militar (1944-1955) que otorgó a la ciudad el estatus de capital, con la que se generó una ampliación de la demanda laboral. El otro periodo de crecimiento de la migración chilena corresponde al denominado primer Boom Petrolero (1958-1963), con la aprobación de la ley de Hidrocarburos y un nuevo Estatuto Orgánico de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) que favorecía la instalación de empresas extranjeras. Durante esta etapa, se expandió la contratación de trabajadores chilenos por su carácter de “ilegales” porque de esta forma las empresas abarataban los costos en mano de obra (Baeza et al., 2016).

La migración chilena desde las décadas de 1960 y 1970 fue identificada para los sectores medios como “grupos sociales anómicos, molestos y al margen de la ley”, asentados en tomas de tierras en las periferias de la ciudad (Baeza et al., 2016). Budiño (1971) caracterizó a los migrantes chilenos como un “grupo-problema” asociado a la criminalidad, la marginalidad, la desorganización familiar, con valores tradicionales que no les permiten vislumbrar las posibilidades de cambio social. La situación de conflictividad social que provocaba la inserción de los distintos grupos de migrantes chilenos en la sociedad comodorense se asemeja en algunos aspectos a la situación en torno a la llegada de los grupos de “nuevos migrantes” actuales. Ser “recién llegade” y no pertenecer a los grupos de inmigrantes, sobre todo, de origen europeo que conforman el grupo fundacional de la ciudad, ubica a les migrantes limítrofes y, particularmente aquelles provenientes de Bolivia, como “outsiders”.

Coincidimos en que las diferenciaciones entre los distintos grupos migrantes ameritan un apartado especial, dado que presenciamos diferentes modos de ascenso económico o social y, por ende, de posiciones en el espacio social. Tal como sostiene Pierre Bourdieu, las relaciones de producción económicas no son las únicas variables que condicionan las coordenadas de la posición social de les agentes (Bourdieu, 1990). El mundo social es un espacio pluridimensional, donde intervienen otros principios de estructuración tales como la etnicidad, nacionalidad, racialización, generación y género, entonces la distribución de capitales posee su propia dinámica cuyos reflejos se observan a nivel del espacio social. Estos procesos también generan que el sacrificio adquiera diferentes connotaciones y formas de acuerdo a los “desplazamientos” en el espacio social, así como también a través de los lazos matrimoniales que se entablen, redes de vinculación, acumulación de capital económico, entre otros componentes que van indicando variabilidad y diferenciaciones.

En los relatos de migrantes, el proceso de movilidad aparece siempre ligado a una oportunidad de mejora económica en la vida familiar. Quienes inician la cadena migratoria de un grupo familiar o comunidad recuerdan esos primeros tiempos ligados a dificultades económicas, nostalgia por la separación de su familia y la tierra que se dejó. Para el caso de Comodoro Rivadavia, donde predomina una procedencia rural de migrantes provenientes de Bolivia, se solidifican y forjan nuevas relaciones de paisanazgo, generando vínculos de mutua ayuda en el contexto migratorio.

Hace varios años venimos trabajando con grupos de migrantes provenientes de países limítrofes en la Patagonia central y una de las constantes en el acceso a derechos es la discusión por su legitimidad en tanto extranjeros/as por el ejercicio de ciudadanía. Si bien desde el año 2003 en Argentina existe una ley nacional de migraciones que garantiza el acceso a la seguridad social desde un enfoque de derechos humanos, el ejercicio real de derechos es conflictivo, en un contexto signado por la desigualdad social.

Lo sacrificial y el acceso a la tierra en las experiencias de migraciones recientes

Entre el año 2001 y 2010, la población de Comodoro se incrementó en un 29,17 %. Las migraciones se sumaron al crecimiento demográfico, y el aumento del precio del petróleo disparó también los precios de la canasta básica y del mercado inmobiliario, agudizando la problemática habitacional y haciendo que Comodoro se transformase en la ciudad más cara para alquilar del país (Bachiller et al., 2015).

En este contexto, el crecimiento demográfico abrupto, así como el incremento de los precios del mercado inmobiliario, generaron un proceso complejo de urbanización. Durante este período se conformaron numerosos asentamientos, la mayoría ubicados en la zona sur. Para dar un ejemplo, a mediados de 2016 la Municipalidad de Comodoro declaró que existían unas 3.000 ocupaciones de tierras en la ciudad (El Patagónico, 28-8-2016). Si bien en estos espacios coexisten población migrante con residentes de origen local, los medios de comunicación resaltaron la condición de extranjeridad de dichas poblaciones, construyendo sentidos locales discriminatorios hacia les habitantes de asentamientos.

Estos sentidos no sólo circularon en los medios de comunicación, sino que llegaron a permear normativas locales de acceso a la tierra. La legislación que regula el acceso al suelo urbano en la ciudad, es decir, a la tierra fiscal urbana que es propiedad del municipio, es la Ordenanza General de Tierras Fiscales (ORD 10.417, 2012). Dicha reglamentación fue promulgada en junio del 2012, y reforzó las ventajas que ya existían para los oriundos de la ciudad en el sistema de puntaje para la adjudicación de tierras fiscales. Según una nota periodística de esos años,

algunos de los criterios que este sistema incluye hoy para la adjudicación de puntos contemplan por ejemplo la cantidad de hijos o nacionalidad, pero no establece ventaja relevante para los comodorenses que aspiren a su lote propio, por lo que la modificación a alcanzar va en este sentido (El Patagónico, 2012).

Comparando esta ordenanza con su antecesora, vemos que las políticas de tierras se encaminaron a legitimar las restricciones al acceso a la tierra, así como a prevenir y penalizar las tomas “ilegales”. El sistema de prioridades se articuló en base al lugar de nacimiento y estableció un puntaje mayor para quienes llevaban más tiempo residiendo en la ciudad: a partir de entonces les comodorenses natives suman 40 puntos, 30 les nacides en la provincia de Chubut y 15 les oriundes de otras provincias. Ahora bien, si en la ordenanza de 1996 une argentine native obtenía 10 puntos (18 si había nacido en Comodoro), en la nueva legislación la calificación se eleva a 15 y 40 puntos, respectivamente. Por otro lado, el ítem “Matrimonio de extranjeros” pasó a denominarse “Matrimonio de extranjeros de Sudamérica”, limitando además la cantidad de puntos que se podía obtener por cada hije.

Dichas reglamentaciones se configuraron alrededor de criterios de merecimiento que tomaron al tiempo de residencia o al país de nacimiento como ejes. La distinción entre establecides y outsiders se vuelve central en la vida comodorense y se expresa en la categoría de Nacides y Criades.

Al analizar el primer padrón electoral de la ciudad, vemos que no establecía diferencias entre argentines y extranjeres. Si las personas residían en la localidad era suficiente para ejercer el derecho al voto. Esto puede dar un indicio de cuán antigua es la importancia de residir en el espacio. Cuando el tiempo de residencia se traduce en derechos diferenciales, se contribuye a la instalación de prejuicios relacionados a les migrantes, que en muchos casos consolidan prejuicios raciales.

Estos prejuicios no sólo impregnan las normativas de acceso al suelo, sino que se expresan en las diferentes instancias sociales que atraviesan les habitantes de asentamientos. De esta manera, podemos ver cómo en los inicios de las tomas existen relatos sobre el sacrificio que implican los primeros días. Así, una vecina nos comentaba sobre el rol de la policía en el barrio:

La policía venía, te veía cuatro palos, y te los tiraba abajo. Ellos tenían que testificar que vos tenías familia. Cuántos hijos tenías. Porque ellos venían toda la noche, todas las mañanas, se acercaban y te veían.
E: ¿Y no los querían sacar?
M: No, porque ellos veían que vos hacías cosas. Ponele, que vos no venías a joder. Vos venías continuamente a avanzar. A plantar tu casa y a quedarte. Porque allá abajo era lo mismo (Entrevista a Juana, 14 de septiembre de 2018).

Juana hacía referencia a una diferenciación que establecía la misma policía sobre quiénes tenían más o menos legitimidad para ocupar ese espacio. Si tenías familia y se veía que querías “avanzar”, te dejaban quedar. Si bien a veces no aparece directamente la idea del sacrificio que estos momentos implica, si aparece un discurso que construye legitimidad alrededor de quiénes merecen o trabajan para estar en dicho espacio.

En sus diversos encuentros con el Estado, les vecines también se ven forzados a elegir interlocutores locales, en detrimento de la población migrante:

Directamente nunca atendían a extranjeros. Cuando nosotros fuimos todo el barrio a hacer un reclamo creo que, en la Municipalidad para el tema de luz, salió Parada [sic] y dijo “[…] para vos que sos argentina, para los otros no. Solamente con un argentino (Entrevista a Fernanda, 8 de febrero de 2017).

De esta manera, se valida sólo a aquelles que son argentines a la hora de tramitar la regularización de los asentamientos, pero cuando la problemática se hace más acuciante, se reduce la población validada a quienes son nacides y criades en la ciudad, articulando las prioridades alrededor del tiempo de residencia. Sería interesante pensar en los sentidos que operan detrás de esta categoría y cómo estos se relacionan con los imaginarios sobre Patagonia como territorio inhóspito y los relatos de les pioneres que recuperábamos más arriba. El tiempo de residencia parecería ser un “derecho de piso”, como el que se tiene que pagar en el mundo del trabajo, el cual se encuentra asociado al sacrificio en pos de un futuro mejor, pero cuyo presente está atravesado por el sufrimiento. En este sentido, cada tanto sobrevive la tragedia ante la muerte –sobre todo en época invernal– por inhalación de carbono o incendios de viviendas por estufas eléctricas en mal estado.

En muchos casos, les migrantes en tomas de tierras deben gestionar de modo independiente el acceso a la recolección de residuos, el acceso a la electricidad y el agua potable. En algunos sectores, deben articular estos pedidos con miembros de las organizaciones vecinales de barrios establecidas, con “legitimidad” para el reclamo de servicios, cuando no se presenta una relación conflictiva con estos. En una charla con Nora, migrante proveniente de Bolivia y referente de la organización en una de las tomas de tierra en la zona sur de Comodoro Rivadavia, nos comenta que en la zona no pasa el recolector de residuos, por lo que deben arreglar con el presidente de la unión vecinal del barrio establecido de al lado para que le envíen contenedores semanalmente. Asimismo, Nora refiere que, desde que se asentaron en el barrio, debieron poner los postes para el tendido del cableado de la electricidad y hacer las conexiones para el acceso al agua (julio de 2017). Cuando Nora o habitantes del barrio han intentado gestionar servicios en oficinas municipales han recibido negativas apelando a su condición de migrante. “Nos dicen ´en esas tierras no tienen derecho a nada, porque ustedes las lotearon y encima son extranjeros´ (…)”. (Charla con Nora, 12 de julio de 2017).

En el barrio en el que vive Nora también se instaló un sistema de alarmas comunitarias que se activan por altoparlantes cuando ingresan a robar en alguna vivienda de la zona o es necesario reunirse para la organización del acceso a servicios. Nora nos dice: “para que haya una organización, como quien dice clandestina, de nosotros no más”. Así, ante la falta de servicios urbanos y ante los hechos delictivos, les migrantes se organizan y desarrollan estrategias que garantizan el acceso a servicios y el autocuidado. 

Sacrificios, procesos migratorios y educación

“Yo quiero que estudien” es una de las frases que es recurrente escuchar de adultes con quienes nos vinculamos a partir de nuestros trabajos de investigación y extensión, y que suele estar acompañada por las descripciones de los trabajos que realizan cotidianamente. Trabajar en lo que se pueda para que les hijes puedan ir a la escuela. Así lo relata María, la madre de una joven universitaria cuando recuerda sus primeros años en la ciudad de Córdoba, segunda ciudad argentina en la que vivió: “Mi hermano me hizo trabajar de albañil. Una señora de Bolivia me dijo que trabajara para poder comprarle cosas [a su hija] para el jardín” (Entrevista a María, 16 de abril de 2019).

Para María, que sus hijes vayan a la escuela siempre fue muy importante porque está convencida que esto les permitiría proyectar un futuro con experiencias y prácticas diferentes a las que ella transitó. Recuerda con nostalgia y dolor haber tenido que dejar la escuela en 6° grado para acompañar a su madre–que era mayorista de diversos productos–a trabajar en la venta de productos: “Yo quería seguir estudiando, era mejor alumna. Mi mamá me sacó para trabajar porque ella era viuda y no quería andar sola (…) A un niño no le roban la plata, nadie se la saca” (Entrevista a María, 16 de abril de 2019). También recuerda que su madre y padre nunca pudieron escolarizarse y trabajaron siempre en la producción y venta a partir de lo que producían en sus tierras.

La historia de María, como la de tantes otres migrantes está atravesada por el sacrificio que va acompañado por el dolor y sufrimiento, sentimientos que suelen reactualizarse a partir de ciertas prácticas cotidianas que deben atravesar. Al llegar a Comodoro Rivadavia (al inicio de la década del 2000) y mudarse al barrio en el que vive actualmente, recuerda que soñaba con que se construyera una escuela en el descampado contiguo a una de las plazas por las que solía pasar diariamente para que sus hijes y les chiques del barrio pudieran ir. Para ella, que la escuela estuviera cerca permitiría evitar que pasen por situaciones violentas (golpizas, robos, insultos) como las que pasó su hijo, lo que lo llevó a dejar la escuela secundaria. Varios años después en ese espacio se construyó una escuela secundaria y hoy tiene “esperanza” de que algún día construyan una sede de la universidad “así no tienen que viajar tanto para poder estudiar”. Para ella es un orgullo que sus hijas se hayan egresado del secundario y que, actualmente, estén realizando carreras de grado en las Facultades de Economía y Humanidades y Ciencias Sociales. “Me hace feliz a mí aunque peleemos” dice cuando se refiere a su hija mayor Emily (que tiene un hijo de 11 años) con quien suelen tener discusiones, principalmente, sobre la crianza de les niñes, las que están vinculadas con los estilos de vida que tienen como referencia: la infancia en una zona rural de Bolivia y en el contexto urbano de Argentina.

María en su relato reconoce que acompañar a sus hijes en la escolaridad no fue fácil, más aun teniendo que salir a trabajar porque dos veces en su vida se quedó sola (primero sin el padre de Emily y luego por el abandono de su pareja, padre de sus hijos/as menores): “Yo fracasé porque me abandonó mi pareja sino hubiera progresado (…) Con la primera hija somos tontas, con el segundo aprendemos más (…) Ahora me acuerdo y no quiero recordar [con lágrimas en los ojos]” (Entrevista a María, 16 de abril de 2019).El dolor atraviesa el relato de María cuando su hija Emily le pide que describa los primeros años en Argentina siendo madre: que la dejaba encerrada para ir a trabajar, cómo se había olvidado de inscribirla en el jardín de infantes y que durante toda su escolaridad solo había ido una sola vez a la escuela.

Nos parece oportuno recuperar los dichos de María, mujer migranta que por una situación de enfermedad y conflicto familiar cruzó la frontera del sur de Bolivia y norte de Argentina estando embarazada de Emily, ya que consideramos condensa sentidos y experiencias en las que podemos vincular el sacrifico, las migraciones y la búsqueda de un “futuro mejor” en el que la escolarización resultaría una de las claves que permiten proyectar nuevos horizontes.

La escuela es considerada, generalmente, como una institución que permite aprender saberes legítimos y valiosos para proyectar destinos diferentes, los que suelen estar asociados a la idea de “ascenso social”. Allí también se viven experiencias de dolor y sufrimiento producto, muchas veces, de situaciones de discriminación atravesadas por marcaciones de alteridad y extranjeridad, así como también por marcaciones vinculadas a los barrios en los que viven y transitan su escolaridad: barrios de la zona sur de la ciudad caracterizados como “vulnerables”, “ilegales” y “peligrosos”. Estas experiencias, a la vez, van promoviendo el aprendizaje de saberes vinculados al silenciamiento de ciertas historias y prácticas, al ocultamiento de ciertas imágenes que rememoran historias tristes y sacrificiales. En nuestras experiencias formativas no sólo aprendemos saberes “académicos” sino que vamos aprendiendo a silenciar y ocultar ciertos saberes en determinados espacios.

No sólo las familias migrantes realizan sacrificios vinculados a los desplazamientos y al trabajo, sino que también podemos considerar que lo sacrificial atraviesa las prácticas cotidianas familiares cuando dejan de lado, abandonan o interrumpen la enseñanza de la lengua y/o de algunas prácticas vinculadas a sus lugares de origen. Estos sacrificios realizados por les adultes de las familias son valorados como una condición de posibilidad para que los más jóvenes puedan desarrollar diversas prácticas y vivir su juventud de formas muy distintas a las de sus padres/madres y, en algunos casos, de sus hermanes mayores. Esto es una cuestión recurrente que se destaca en relatos compartidos con jóvenes que transitan la escuela secundaria y la universidad, así como también de docentes con quienes hemos compartido espacios de desarrollo profesional, a pesar de los diferentes contextos históricos en los que han transitado su escolaridad. 

En muchas de las historias familiares que conocemos–y en muchos casos, de las que formamos parte–el sacrificio, las migraciones y la búsqueda de un “futuro mejor” para la familia y las nuevas generaciones implica una apuesta en la que los procesos de escolarización cobran una relevancia significativa.

Sostenimiento de prácticas alimentarias y cuidados: ¿un sacrificio que recae en los cuerpos de las mujeres migrantas?

Entendemos a las prácticas alimentarias desde una perspectiva de la antropología social, en tanto prácticas sociales, históricas y colectivas que (re)producen sentidos sociales y tramas culturales. Esto implica comprenderlas no sólo como un proceso biológico que nutre los cuerpos, sino como el marco normativo y de representaciones simbólicas que se tejen en torno al cocinar y al comer (Fischler, 1995). La categoría cuidados vinculados a las prácticas alimentarias permite visibilizar el fuerte rol genérico que estos involucran. Las prácticas de cuidado están orientadas a mantener el “mundo común” a partir del sostenimiento cotidiano de la vida humana (Moliner, 2015). La construcción y reproducción de ese mundo común se hace a través de un trabajo que no tiene límite de tiempo y que se evidencia, especialmente, cuando desaparece o deja de hacerse, lo que da cuenta que las tareas de cuidado suelen estar desvalorizadas e invisibilizadas dentro de la unidad doméstica/familiar. En este sentido, los cuidados son un trabajo no remunerado, con escaso reconocimiento y valoración social que son sostenidos por los cuerpos femeninos. Esto se refleja en entrevistas que realizamos durante el año 2020 a mujeres migrantas que habitan en distintas localidades de la provincia de Chubut:

En cuanto al trabajo de la casa, que no es remunerado, pero es un trabajo y mucho, lo hago yo. Tanto la limpieza, la cocina y las compras. Gustavo (su pareja) de la casa nunca hizo nada. Es más, él toma el desayuno, por ejemplo, y ni siquiera lleva la taza a la cocina para lavar (…) Yo veo que la mujer boliviana es muy trabajadora. Soy jubilada, tengo 66 y sigo trabajando en mi casa” (Entrevista a Elvira. Migranta boliviana de 66 años que reside en la ciudad de Esquel, 6 de julio de 2020).
“En casa somos mi nena y yo las que nos encargamos de los quehaceres de la casa, ella tiene 16 años, pero yo siempre me encargo de la comida, yo hago las compras (Lucía, 39 años, migranta peruana que habita en la ciudad de Comodoro Rivadavia. 7 de julio de 2020).

El sostenimiento de la vida implica una intensiva mano de obra femenina, un trabajo emocional, afectivo, físico e intelectual de cuidados al interior de los grupos domésticos, que es imprescindible para el bienestar humano (Federici, 2013). En esta línea, las entrevistas dan cuenta que la cotidianeidad alimentaria está estructurada mediante la incesante gestión femenina y que es la mujer la principal cuidadora nutricional, es decir, la persona que resuelve diariamente las tareas que configuran los cuidados en torno a la alimentación del grupo doméstico. Además de las tareas de cuidado, vinculadas a las prácticas alimentarias que sostienen las mujeres entrevistadas, la mayoría se desempeña en el ámbito laboral formal, por tanto, recae en sus cuerpos no sólo el trabajo reproductivo, sino también, el productivo:

A veces venía del trabajo cansada, especialmente cuando los chicos eran chicos, y por ahí le decía (a su pareja): ¡uh, tengo que lavar los platos!, como querer decirle a Gustavo que me ayudara. Pero no, a él ni se le ocurría (Elvira, 66 años. Migranta boliviana que reside en la ciudad de Esquel. 6-7-2020).

El cuidado se establece como un componente central del bienestar social, especialmente los referidos a la alimentación, que se apoya en el trabajo cotidiano de las mujeres, en particular, de aquellas más vulnerabilizadas. El trabajo de cuidados se sustenta en discursos y prácticas en torno a supuestas cualidades innatas de las mujeres, que no son más que una construcción sociocultural, heredada y aceptada por las sociedades contemporáneas, transmitida por la cultura patriarcal y asumida por la categoría de naturalidad femenina concedida a estas prácticas. Por tanto, los cuidados y la alimentación se perciben como un sacrificio que debe recaer en los cuerpos de las mujeres dentro (y fuera) del grupo doméstico. En esta línea, los datos estadísticos señalan que casi la mitad de las migrantas sudamericanas en Argentina se desempeña en el empleo doméstico (Maguid, 2011). La concentración de migrantas en este espacio se nutre de un conjunto de valoraciones que las constituye en las “mejores capacitadas” para el desarrollo de la tarea, estableciendo lo generizado del mercado de trabajo y también lo etnificado y racializado a partir de procesos de jerarquización de la fuerza laboral en función del género, la clase, la adscripción étnico-racial y el origen nacional (Magliano, et al, 2016). 

Es importante mencionar que la situación de aislamiento social preventivo y obligatorio producto de la pandemia por covid-19, puso de manifiesto las desigualdades de género en torno a los cuidados y la alimentación. Precisamente, se visibilizó una mayor sobrecarga y sacrificio de los cuerpos femeninos que asumieron las anteriores actividades del hogar y los cuidados, y las que surgieron en este nuevo contexto: contención y sostén del grupo familiar, acompañamiento en tareas escolares virtualizadas de las niñeces, cuidado a adultes mayores, (re)estructuración del dinero y el consumo. De este modo, los cuerpos feminizados se encuentran sobre exigidos y sobreexpuestos a una multiplicidad de tareas y actividades que operan en simultáneo. Estos cuerpos no solamente están atravesados por su condición de ser mujeres, sino también por otras categorías como la clase, la pertenencia étnico-cultural, el origen nacional, el nivel educativo, las condiciones de vida, que se entretejen y operan recíprocamente configurando relaciones de poder y (re)produciendo un entramado múltiple de desigualdades y relaciones de dominación.

Entendemos que incorporar un análisis en clave interseccional en torno al sostenimiento/sacrificio de los cuidados y las prácticas alimentarias por parte de las mujeres migrantas latinoamericanas en nuestro país, es una apuesta que viene a complejizar la concepción de género al concebirla una dimensión entre otras dentro del complejo tejido de las relaciones sociales y políticas. Por tanto, esta perspectiva teórico-metodológica habilita a comprender a las migraciones internacionales no sólo como procesos sociales atravesados por una multiplicidad de intersecciones que (re)producen distintos modos de desigualdad, sino también como una instancia donde las mujeres se reconstruyen como agentes activas a partir de redes comunitarias, de ayuda mutua y de solidaridad.

Conclusiones

En este trabajo describimos algunas experiencias de migrantes en diferentes espacios de la provincia de Chubut, donde observamos una serie de sentidos y experiencias vinculadas al sacrificio en contextos migratorios atravesados por diferentes modos de desigualdad. Si bien destacamos la existencia de discursos que naturalizan el sacrificio en torno a las migraciones, también se evidencian formas de identificarlo a través de las memorias vinculadas al dolor, modos de interpretarlo críticamente y, en algunos casos, de organización ante las desigualdades. En el caso de la inmigración europea el sacrificio de los primeros tiempos va adquiriendo un sentido nostálgico y de un pasado mítico; en cambio, en la mayor parte de los grupos migrantes sudamericanos o de grupos afrodescendientes, el sacrificio forma parte de las marcas corporales —sobre todo en las mujeres— que sobrepasan las historias pasadas para hacerse presentes en las experiencias y prácticas del presente. Así, damos cuenta de la importancia de una perspectiva interseccional atenta a la distribución de capitales sociales en los procesos de movilidad humana, particularmente, en un contexto urbano-capitalista atravesado por discursivas de lo sacrificial que tienden a naturalizar las diferentes formas de desigualdad.

Referencias

Aruj, Roberto. (2008). Causas, consecuencias, efectos e impacto de las migraciones en Latinoamérica. Papeles de población, Vol. 55, Nº14, 95-116.

Bachiller, Santiago (Ed.). (2015). Toma de tierras y dificultades de acceso al suelo urbano en la Patagonia central. Buenos Aires: Miño y Dávila.

Baeza, Brígida; Barrionuevo, Natalia y Becerra, Miguel. (2016). “No soy de aquí… ni soy de allá”. Aportes para la reflexión en torno a la problemática migratoria limítrofe en Comodoro Rivadavia. En A. I. Barelli y P. Dreidemie (Dir.), Migraciones en la Patagonia. Subjetividades, diversidad y territorialización (pp.143 – 166). Viedma: Editorial UNRN.

Baeza, Brígida. (2013). La memoria migrante y la escucha de los silencios en la experiencia del parto en mujeres migrantes bolivianas en Comodoro Rivadavia (Chubut, Argentina). Anuario Americanista Europeo, N° 11, 179-197.

Bourdieu, Pierre. (1990). Sociología y cultura. México: Grijalbo.

Fassin, Didier. (2009). Les économies morales revisitées. Annales. Histoire, Sciences Sociales, Nº64 (6), 1237-1266.

Federici, Silvia. (2013). Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Madrid: Traficantes de Sueños. 

Fischler, Claude. (1995). El (h) omnívoro. El gusto, la cocina y el cuerpo. Buenos Aires: Anagrama.

Magliano, María José; Perssinotti, Victoria y Zenklusen, Denise. (2016). Los nudos ciegos de la desigualdad. Diálogos entre Migraciones y cuidado. Buenos Aires: CONICET.

Maguid, Alicia. (2011). Migrantes sudamericanos y mercado de trabajo. En La inmigración laboral de sudamericanos en Argentina (pp.109-130). Buenos Aires: OIT/Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social.

Molinier, Pascale. (2015). El trabajo de cuidado en el sector salud desde la psicodinámica del trabajo y la perspectiva del care. Salud Colectiva, Vol. 3, Nº11, 445-454.


  1. IESyPPat/CONICET/FHCS-UNP.
  2. NyCs es una categoría de uso social que refiere a les “Nacides y Criades” en la ciudad utilizada para distinguirse de les VyQ (“venides y quedades”).
  3. Recuperamos la revisión que realiza Fassin (2009) del concepto de “economía moral” desarrollado por Thompson (1979) y, posteriormente, por Scott (2005) y Daston (1995). Fassin propone una conceptualización que no se limita a los grupos dominados y no se restringe a lo económico. Acentúa su dimensión política a través de procesos de producción, circulación y apropiación de normas y valores asociados a problemáticas específicas como valor heurístico.


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