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Nosotros: distopía, totalitarismo y anarquismo

Fernando Lizárraga[1]

En marzo de 1921, el Ejército Rojo, bajo las órdenes de León Trotsky y Grigori Zinoviev, tomó por asalto la fortaleza y la ciudad de Kronstadt, donde se hallaba estacionada la flota del báltico. Los marineros de Kronstadt, liderados por anarquistas, recibían así el implacable castigo del Partido Bolchevique por haber osado denunciar que la revolución estaba en retroceso, que los sóviets debían renovarse democráticamente y que los presos políticos tenían que ser liberados. A la Revolución de Octubre le había crecido un desafío por izquierda pero, en vez de revolucionar la revolución y devolver todo el poder a los sóviets, la respuesta quedó cristalizada en la famosa orden atribuida a Trotsky: “Que los bajen como perdices”. Todavía hoy, algunos justifican al líder revolucionario y alegan que era imperativo aplastar la revuelta, ya que la guerra civil acababa de terminar y la penuria económica obligaba a un retroceso hacia un capitalismo de Estado. Desde el anarquismo, en cambio, luchadoras como Emma Goldman condenaron repetidamente los argumentos de Trotsky (2006) y su jesuitismo, esto es, la famosa doctrina de que el fin justifica los medios (Goldman, 2016). No es infrecuente la conjetura de que, tras la masacre de Kronstadt, el proceso iniciado en Octubre llegó a su fin y se abrió el camino hacia lo que, no mucho después, devendría en ese horror llamado estalinismo.

A miles de kilómetros de las heladas aguas del Báltico, en aquel mismo año, pero bajo el sol de diciembre, también fueron anarquistas quienes ofrendaron sus vidas por el ideal de un mundo sin dios, ni ley, ni patrones (ni maridos, como añadió Virginia Bolten). En la Patagonia, una huelga de obreros rurales que había comenzado en 1920, fue ahogada en sangre por el Ejército Argentino por orden del presidente Hipólito Yrigoyen. El número de fusilados jamás se conocerá con certeza. Las fosas comunes en la Estancia La Anita y otros lugares de la provincia de Santa Cruz son testimonio de aquel espanto. El pliego de reivindicaciones con el que se habían iniciado las protestas es revelador de las extraordinariamente penosas condiciones de vida de los peones de estancia (a quienes, en distintos momentos, se les sumaron empleado de hoteles y obreros portuarios): jornada reducida, más abrigo, más velas para iluminarse, un jornal más alto. Las huelgas patagónicas dieron origen a la denominación Patagonia Trágica, luego convertida en Patagonia Rebelde.

Tal como ha señalado Raymond Williams, para que haya tragedia debe haber, siempre, sufrimiento y muerte; o, en otras palabras, la tragedia es una “interpretación particular de la muerte y del sufrimiento” (Williams, 2014: 32). Y esto es precisamente lo que hubo, a raudales, en Kronstadt y en la Patagonia. Y también hubo, claro está, sacrificios radicales, esas muertes que le arrebatan el ritual al verdugo o al sumo sacerdote; esas muertes en las que la víctima se reduce a la nada en un gesto de abundancia de vida y de voluntad. Y quienes hicieron estos gestos de desafío radical a la ley, al orden establecido, a los patrones y, en definitiva, al Estado, fueron los anarquistas. Los anarquistas hurgaron antes que nadie en la oscura verdad que anidaba en las entrañas del Estado y allí vislumbraron el Estado totalitario.

Mientras el Ejército Rojo barría con los rebeldes de Kronstadt y la soldadesca argentina perpetraba los asesinatos en masa de obreros anarquistas, en la Rusia revolucionaria Evgueni Zamiatin completaba la redacción de la primera de las grandes distopías anti-totalitarias, titulada simplemente: Nosotros. Según Pablo Capanna, Zamiatin “había acompañado el proceso [de la Revolución Rusa], lo había visto involucionar y bajo formas inéditas vería renacer lo peor del despotismo” (Capanna, 2010: 16). Más aún, “Trotsky lo consideraba un ‘compañero de ruta’, pero la novela refleja una actitud más cercana al anarquismo” y fue compuesta “precisamente cuando Lenin fusilaba a los anarquistas sublevados en Kronstadt y se disponía a aplicar en la industria esos métodos tayloristas que antes había execrado: en Nosotros el taylorismo se muestra como el emblema de la deshumanización” (Capanna, 2010: 20). La amplia difusión de Nosotros en idioma inglés convirtió a Zamiatin en el “patriarca de una dinastía británica de ‘distopistas’” (Capanna, 2010: 17), especialmente de George Orwell, para quien la lectura de este libro “parece haber sido la experiencia literaria crucial” (Brown, xvi).[2]

Los números y la fórmula de la felicidad

La trama de Nosotros transcurre dentro de las fronteras del Estado Único (One State), en un lejano futuro post-apocalíptico, en algún momento del siglo XXX. El Estado Único es una enorme ciudad que funciona como totalidad, rodeada de un alto y verde muro de vidrio y protegida por una especie de bóveda de invisible electricidad. Allí habitan varios millones de personas: los Números o Unifas, así llamados porque no tienen nombre y todos llevan el mismo uniforme. Una casta de Guardianes funciona como policía secreta y en la solitaria cúspide del Estado se encuentra el Benefactor, dueño del poder absoluto. El Estado, por supuesto, tiene múltiples Burós: el de los Guardianes, el de Medicina, el Sexual, el de Administración. Todo está perfectamente reglado por tiempo según el método de Frederick Taylor: todos se levantan y acuestan a la misma hora; en los comedores colectivos, todos mastican cincuenta veces cada bocado de alimento hecho de petróleo; todos tienen las mismas horas de descanso y recreación; no hay familias sino un sistema de regulación del sexo y de la reproducción, esta última regida por criterios eugenésicos. Las viviendas, todas individuales, son transparentes y sólo se permite bajar las persianas durante los breves y reglamentados encuentros sexuales; todos marchan a sus actividades en filas de a cuatro (dos varones y dos mujeres). El muro verde es el límite infranqueable con el desconocido mundo exterior. La vida cotidiana se reduce a la repetición mecánica de los mismos movimientos, una y otra vez.

El protagonista y narrador, D-503, es un brillante matemático e ingeniero, encargado de fabricar el Integral, una nave con la cual el Estado Único llevará su modelo al espacio sideral. Cuando D-503 conoce a I-330, la enigmática mujer que lo lleva a transgredir poco a poco todas las reglas del Estado Único, el frío y leal servidor del Estado comienza a desarmarse y experimentar una interioridad. Sucede que ni en la arquitectura ni en las personas hay un adentro y un afuera, todo es (o parece) inmaculadamente transparente. En este mundo impecable, bajo un “esterilizado cielo irreprochable” (Zamiatin, 2010: 31) –seguramente inspirado en A Modern Utopia, de H.G. Wells, de quien Zamiatin fue atento lector– los Números son parte de una maquinaria casi infalible, de una totalidad que vale más que la suma de las partes.

A diferencia de otras distopías, el protagonista no es un rebelde que denuncia las atrocidades del totalitarismo, sino un militante convencido de las bondades del régimen. El Estado Único, según la creencia oficial, ha logrado asegurar la felicidad general, al remover su principal obstáculo: la libertad. Tal como la isla Utopía nació al separarse artificialmente el extremo de una península, también la felicidad del Estado Único se constituye dentro de los confines del Muro Verde. El Estado Único funciona –siempre según el relato de D-503– como una gran máquina que realiza una danza bella y perfecta. Y dicha belleza existe “porque no son movimientos libres, porque todo el sentido hondo del baile consiste justamente en la total subordinación estética, en la falta de ideal de libertad” (Zamiatin, 2010: 32). La felicidad –“matemáticamente asegurada” (Zamiatin, 2010: 27) desde el Estado– reside en la planificación que no deja espacio para la libertad.

D-503 rememora que un antiguo sabio decía que el amor y el hambre gobernaban el mundo y que, por ende, la clave de la historia estaba en la derrota de tales amos. El hambre fue vencido tras la Guerra de Doscientos años, entre el campo y la ciudad, de la cual surgió el Estado Único. En la ingeniosa imagen que acuña Capanna, esta guerra imaginaria señala que “el martillo se ha impuesto sobre la hoz” (Capanna, 2010: 21). Con la casi extinción en masa de la humanidad, los sobrevivientes pudieron gozar de la felicidad, definida aritméticamente como el resultado de la fracción entre la dicha y la envidia. En el Estado Único ya no hay ningún motivo para la envidia. Superada la escasez material, los motivos de envidia asociados al amor quedaron suprimidos a través de la regulación eugenésica de los afectos y la reproducción. El Estado Único, un sistema totalitario que no deja casi ningún resquicio para la subjetividad –ni admite que haya otros por fuera del nosotros– tiene todos los mecanismos de vigilancia, control, disciplinamiento, etc. que aseguran la ausencia de libertad, es decir, la felicidad.[3]

El Estado único, el sacrificio y la policía secreta

Hannah Arendt identificó algunos de los rasgos salientes del totalitarismo, a partir del análisis de las experiencias del nazismo y el estalinismo. Poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial, en The Origins of Totalitarianism (1973 [1951]), Arendt ya podía caracterizar estos fenómenos como estados totales o experiencias totalitarias, aunque la noción de Estado total, por caso, ya había sido planteada por Carl Schmitt. Uno de los elementos característicos, dice Arendt, es que se trata de un movimiento, lo cual se manifiesta en su falta de una estructura completamente definida. En tanto movimiento, tiende a la expansión a nivel mundial y al control total en el plano interno. De allí la necesidad de los líderes de generar la apariencia de estabilidad a nivel nacional, pero sin que esto frene el impulso expansivo. Notablemente, Zamiatin logra situar el Estado Único en un espacio donde no hay signos de nacionalidad alguna (Brown, xix), donde la estabilidad parece asegurada para siempre y, al mismo tiempo, donde aún hay resto para emprender la conquista de otros planetas a través del Integral. Escribe Arendt:

el totalitarismo en el poder usa la administración del Estado para su objetivo de largo alcance de la conquista del mundo y para la dirección de las ramas del movimiento; establece la policía secreta como ejecutora y guardiana del experimento doméstico de transformar constantemente la realidad en ficción; y finalmente instala los campos de concentración como laboratorios especiales para llevar a cabo su experimento de la dominación total (Arendt, 1976: 392).

El Estado Único de la ficción de Zamiatin guarda un pavoroso parecido con los totalitarismos que se verificaron poco tiempo después. En la sociedad distópica, la vida es “matemáticamente perfecta” (Zamiatin, 2010: 28) y está regida por una infalible ciencia Estatal (Ibid: 44). Y allí donde puede haber alguna falla, por mínima que sea, los Guardianes acuden a corregirla.

El poderío casi irresistible del Estado Único se expresa abiertamente en ceremonias que D-503 describe con el entusiasmo de un fanático. Una de ellas es la Fiesta de la Justicia, una ejecución pública a cargo del mismísimo Benefactor. Es un hecho habitual y ocurre cuando “algún número perturbó la marcha de la Gran Máquina Estatal […; cuando] hubo un acontecimiento inesperado, imposible de calcular” (Zamiatin, 2010: 57). El Estado exige unanimidad y su despotismo es visto como benévolo porque el amor, dicen los convencidos, también es crueldad. La práctica de la delación es un acto virtuoso (Zamiatin, 2010: 76)[4] y los Números son capaces de inmolarse en cualquier momento por el Estado Único. D-503 no ahorra detalles cuando describe, extasiado, la ejecución pública de un Número en la Plaza del Cubo. La multitud aclama al Benefactor y también vitorea “en honor a la muchedumbre de los Guardianes que [están] presentes, invisiblemente, aquí mismo, entre nuestras filas”, anota D-503. El impasible ingeniero cree que los guardianes son como los arcángeles bíblicos y concluye que “algo de las antiguas religiones, algo purificador como la borrasca y la tempestad había en toda esta celebración” (Zamiatin, 2010: 87-88). En la plaza reina un “hondo, severo, gótico silencio”, pero esto ya no es un mero rito religioso dedicado a un agnostos theos:

ellos [los antiguos] adoraban a su irracional, desconocido Dios, mientras que nosotros lo hacemos a nuestro ente racional y conocido con exactitud; el Dios de ellos no les ha dado nada excepto eternas, penosas búsquedas; el Dios de ellos no inventó nada más sabio que ofrecerse a sí mismo en sacrificio, mientras que nosotros ofrecemos sacrificios a nuestro dios –el Estado Único–, un sacrificio tranquilo, bien pensado, racional. Sí, esa era la solemne liturgia dedicada al Estado Único […] la majestuosa fiesta de la victoria de todos sobre el uno, de la suma sobre la unidad (Zamiatin, 2010: 83-84; mis cursivas).

La racionalidad del sacrificio como ofrenda para el equilibrio del todo, para el mantenimiento del orden, está en la base del relato de Zamiatin. El autor intuye la excepcional radicalidad del sacrificio cristiano que, como sostiene Terry Eagleton, no se hace como expiación sino como denuncia de un crimen político, como desafío a un régimen injusto, como abundancia de vida, como exaltación de los débiles. De allí que el dios cristiano se haya ofrecido a sí mismo en sacrificio. En la escena de Nosotros sucede todo lo contrario: dios ha devenido Estado y exige la sangre y el agua de sus víctimas, que se entregan voluntariamente. Slavoj Žižek describe este fenómeno con singular agudeza al referirse al celo fanático que suele animar a los líderes totalitarios y a sus seguidores: “la prueba de la verdadera fidelidad hacia el líder no es que uno esté dispuesto a recibir una bala por él; por sobre esto, uno debe estar dispuesto a recibir una bala de su mano –aceptar ser rebajado o incluso sacrificado por él mismo si esto sirve a sus propósitos más elevados” (Žižek, 2002: 9).

Zamiatin observó estas formas pavorosas de la lealtad en los albores de la degeneración totalitaria de la Unión Soviética. Cuando D-503 siente culpa por haber roto las reglas del Estado Único (por haber bebido, fumado, falseado su declaración de salud y haber consentido que su pareja sexual quedara embarazada), se sabe a merced del Benefactor y sus agentes secretos. Y anota:

que sea así: devoto y agradecido yo besaría la mano castigadora del Benefactor. En lo que se refiere al Estado Único, yo tengo ese derecho de recibir el castigo y no perdería por nada ese derecho. Ninguno de nosotros, los Números, debería, se atrevería a rehusar ese único derecho propio, y por eso aún más valioso (Zamiatin, 2010: 168).

El razonamiento de quien acepta el poder ilimitado del Estado refleja una moral basada en la aritmética agregativa, puramente consecuencialista. D-503 sostiene:

Y he aquí dos platillos de la balanza: en uno hay un gramo, y en el otro una tonelada; en uno está el ‘Yo’, en otro ‘Nosotros’, el Estado Único. Parece bien claro: admitir que el Yo puede tener ‘derechos’ con respecto al Estado es lo mismo que admitir que un gramo puede equilibrar en los platillos una tonelada. De ahí proviene la distribución: a la tonelada, los derechos; al gramo, los deberes; y he aquí el camino natural desde la nimiedad hacia lo sublime: olvidarse que uno es el gramo y sentirse una millonésima parte de la tonelada (Zamiatin, 2010: 168-169).

La justificación de las ejecuciones –precedidas de atroces torturas– y el elogio de la policía secreta representan uno de los rasgos espeluznantes de la sociedad totalitaria del Estado Único. Existe una institución llamada Oficina Expeditiva, donde trabajaban los “mejores y más experimentados médicos bajo la dirección inmediata del propio Benefactor. Allí hay diferentes aparatos y, lo más importante, la famosa Campana de Gas”, donde se utilizan métodos de tortura seguros. Este lugar –que Orwell convirtió en Ministerio del Amor– “tiene una elevada meta: la preocupación por la seguridad del Estado Único, en otras palabras, por la felicidad de los millones de seres” (Zamiatin, 2010: 127-128).

En el Estado Único, como ya se indicó, conviven diversas oficinas del gobierno, con funciones aparentemente muy bien delimitadas. Sin embargo, todas convergen al momento de tomar decisiones clave. Sobre este punto, Arendt advierte que, pese a la ficción de estabilidad, el Estado totalitario dista de tener una “estructura monolítica”, puesto que el gobierno carece de forma definida: es un gobierno amorfo (shapeless). El fenómeno clave es la “multiplicación de oficinas” y no tanto su duplicación. En el caso soviético, señala Arendt, se puede observar un “gigantesco aparato burocrático”, controlado por medio de masivas purgas periódicas, donde sobresalen tres organizaciones separadas: el aparato del Estado, el aparato del partido, y el aparato de la policía secreta, cada uno con sus propias dependencias de educación, economía, política, etcétera.

La condición amorfa del Estado resulta muy conveniente para el funcionamiento del Principio del Líder (Leader Principle), explica Arendt. Nadie sabe muy bien cómo funciona todo ese entramado, salvo el Líder, y por eso acierta Zamiatin al mostrar al Benefactor como un ser sin rostro, situado en una altura inalcanzable, desde donde puede verlo todo y saberlo todo. Escribe Arendt:

El principio de autoridad es en todos los aspectos importantes diametralmente opuesto al de la dominación totalitaria […] La autoridad, no importa en qué forma, siempre está pensada para restringir o limitar la libertad, nunca para abolirla. La dominación totalitaria, empero, apunta a abolir la libertad, incluso a eliminar la espontaneidad humana en general […] La voluntad del líder puede ser encarnada en cualquier lugar y en todo momento, y él mismo no está atado a ninguna jerarquía (Arendt, 1976: 404-405; nuestras cursivas).

Este fragmento ilustra la penetrante anticipación de Zamiatin sobre la naturaleza del totalitarismo. Como vimos, en el Estado Único la supresión de la libertad es la clave de la felicidad y el objetivo último del sistema. Y el rol del Benefactor responde claramente al Principio del Líder, toda vez que es él mismo quien preside, sin intermediarios, la relación con las masas de Números. El poder absoluto del líder se ensambla exactamente con la disposición sacrificial de las masas. En la relación entre el líder y la población, las diversas oficinas y organismos de gobierno no fungen como cadenas de transmisión de la autoridad, sino como brazos ejecutores de la voluntad suprema del líder. El Benefactor se ajusta a la descripción de Arendt: “combina en su persona lo máximo del militante despiadado y la normalidad que inspira confianza” (Arendt, 1976: 413).

Nosotros y los enemigos

El “nosotros” sobre el que se erige el Estado Único está definido, demográficamente, por la población que habita al interior del Muro Verde; y políticamente por la lealtad al Estado Único o, lo que es igual, al Benefactor. Los primeros “otros” de los que se tiene noticia son aquellos que serán objeto de conquista a través de viajes espaciales. De hecho, la novela es un conjunto de anotaciones que realiza D-503, dirigidas a eventuales lectores extraterrestres. D-503 se ufana del nosotros que vive bajo el Estado Único. Sostiene que en ese mundo “nadie es ‘uno solo’, sino ‘uno de los’ […] Somos tan iguales” (Zamiatin, 2010: 35). Una de las expresiones públicas de ese nosotros es el denominado Día de la Unanimidad, en el cual se elige anualmente al Benefactor. El protagonista se mofa de la antigua democracia, a la que califica como un disparate por su imprevisibilidad (Ibid.: 195) y se regodea en la infalible unanimidad. Así como no hay secretos en la vida cotidiana, tampoco hay voto secreto. En la elección del Benefactor, dice el protagonista, “yo miro cómo todos eligen al Benefactor, todos ven cómo yo elijo al Benefactor, cómo podría ser de otro modo, si todos y yo somos Nosotros unidos” (Ibid.: 196).

El sistema totalitario, el Nosotros, se completa con los Guardianes. En cada momento, dice D-503, “siempre están presentes los invisibles Guardianes, aquí en nuestras filas: ellos enseguida encuentran a los Números que cometieron un error y los salvan de dar otros malos pasos, y al Estado Único lo salvan de ellos” (Zamiatin, 2010: 196). Cuando D-503 comienza a experimentar dudas, a partir de la influencia de I-330, encuentra alivio al pensar en los Guardianes. En un viaje en subterráneo, advierte la presencia de uno de ellos. Sabiéndose observado de cerca, percibe “el dulce, tibio aliento del ángel guardián” (Ibid.: 111) a sus espaldas, y anota: “Es tan agradable sentir una mirada vigilante que nos cuida amorosamente de no cometer un error, de no hacer un paso en falso” (Ibid.: 110).

Cuando la disidencia anarquista comienza a exteriorizarse y convertirse en una amenaza real, son tres los dispositivos del Estado que entran en acción contra los “enemigos de la felicidad”: el Buró Administrativo, Buró de Medicina y Buró de los Guardianes (Zamiatin, 2010: 210). Allí se diseña y desde allí se ejecuta la obra final del Estado Único: convertir a las personas en máquinas, lo cual se realiza mediante una suerte de lobotomía obligatoria y masiva. El Diario Estatal lo anuncia con tono épico:

[U]stedes están enfermos. El nombre de esta enfermedad es: Fantasía […] Esta es la última barricada en el camino hacia la dicha. Pero alégrense: a la barricada la hicieron estallar. El camino está libre. El último descubrimiento de la Ciencia Estatal: el centro de la fantasía es un deplorable pequeño nudo cerebral en la zona del Puente de Varolio. Triple cauterización de este nudo con Rayos X, y usted se habrá curado de la fantasía. Para siempre. Ustedes son perfectos, ustedes se igualaron a las máquinas, el camino hacia la felicidad absoluta está libre. Apúrense todos a someterse a la Gran Operación. ¡Que viva la Gran Operación! ¡Que viva el Estado Único! ¡Que viva el Benefactor! (Zamiatin, 2010: 246-247).[5]

La operación, en definitiva, busca eliminar, de una vez y para siempre, la fuente de cualquier rebeldía o disidencia. Es obligatoria: quienes no se sometan serán ejecutados. La imaginación o fantasía es la interioridad personal a la que el Estado no puede acceder y por eso constituye una amenaza. El Benefactor desea la felicidad –la no libertad– para la suma de sus Números y por eso dispensa crueldad sobre los Números individuales en los sacrificios-ejecuciones y a escala industrial como en el caso de la Gran Operación. La victoria –tema central de la distopía orwelliana– en Nosotros significa la totalitaria eliminación de la libertad, de la manera más radical imaginable. El Estado Único es un aparato de verdugos cuyo único móvil –según dicen– es el amor. Y las víctimas no son tales: el Estado hace lo que siempre desearon sin saberlo, esto es, otorgarles la felicidad mediante la supresión del deseo, la imaginación, la fantasía, el alma. Unas décadas más tarde, Orwell resumiría esta idea en el slogan del Ingsoc: “la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza”.

Cuando Zamiatin compuso Nosotros, el fascismo estaba en ciernes y del nazismo no se tenía noticia. Faltaban algunos años todavía para que surgiera el estalinismo. Pero el novelista ruso pudo prever lo que luego, con la ventaja de la trágica experiencia vivida, Arendt convirtió en teoría. Para esta filósofa, el rol de la policía secreta es clave en el esquema totalitario. Aquí Arendt advierte un sugerente juego entre el secreto y lo visible, algo que Zamiatin captó al describir a los Guardianes como ángeles invisibles. Dice Arendt: “la única regla de la que cada quien puede estar seguro en el estado totalitario es que mientras más visible son las agencias del gobierno, menor es el poder que poseen, y que mientras menos conocida sea una institución, más poderosa terminará siendo […] El poder real comienza donde comienza el secreto” (Arendt, 1976: 403; mis cursivas).

Pero la cosa no termina en la policía secreta misma, ya que el poder policial se extiende hasta que todo el mundo pasa de algún modo a ser sospechoso y eventual colaborador. Para quien tiene “pensamientos peligrosos”, dice Arendt, el vecino se vuelve más peligroso que los propios policías secretos. Por eso, en una primera fase de construcción del totalitarismo, la función del sistema consiste en liquidar todo tipo de resistencia. La novela de Zamiatin transcurre precisamente en esta fase, cuando se liquida la oposición y comienza la dominación total. Así, cuando se ha acabado con los enemigos reales y se inicia la persecución de los “enemigos objetivos”, dice Arendt, es allí cuando “el terror se convierte en el contenido real de los regímenes totalitarios” (Arendt, 1976: 422). El totalitarismo combina, entonces, la aspiración de gobierno mundial con la dominación total. Y estos dos elementos están presentes en Nosotros: la novela comienza con el plan de conquista espacial, con la expansión galáctica del Estado Único, y culmina con la esclavización de la población por medio de la extirpación quirúrgica de la imaginación.

En los totalitarismos, alega Arendt, no hay sospechosos; hay solamente “enemigos objetivos” declarados como tales por el Estado, con total independencia de lo que en verdad este enemigo piense, diga o haga. El desplazamiento desde el sospechoso hacia el enemigo objetivo implica también un cambio desde la presunción de delito hacia el crimen posible. Así, sobre la premisa totalitaria básica de que “todo es posible”, se sostiene el desprecio por los hechos y se llega a la consecuencia de que “todo crimen que las autoridades pueden concebir debe ser castigado, no importa si ha sido o no ha sido cometido” (Arendt, 1976: 427).[6] Y esta decisión no es de la policía secreta sino del líder. Para Arendt, “[s]implemente por su capacidad para pensar, los seres humanos son sospechosos por definición, y esta sospecha no puede ser desviada por conducta ejemplar, porque la capacidad de pensar también es la capacidad de cambiar de opinión” (Arendt, 1976: 430). Pero las cosas pueden ser todavía más siniestras. Cuando el totalitarismo ya se ha desarrollado plenamente, se abandonan los conceptos de enemigo objetivo y de crimen posible, ya que ahora “las víctimas son elegidas de manera completamente aleatoria e, incluso sin ser acusadas, se las declara no aptas para vivir” (Arendt, 1976: 432). Esto es precisamente lo que decide el Benefactor al convertir a los Números en esos espantosos antropoides lobotomizados.

La subjetividad vaciada

El triunfo del Estado Único se expresa en la creencia de que su aparición marca el fin de la historia. El ideal de un mundo donde no sucede nada alcanza su plenitud. La obediencia absoluta lograda con la lobotomía en masa parece un expediente apropiado para cancelar cualquier nuevo desafío. Este recurso extremo, pero inscripto en la idea totalitaria de que todo es posible, ilumina un problema que anida en la entraña del sistema: la imposibilidad de capturar totalmente a todas las mentes mediante el miedo, la represión y la propaganda. Ni los más convencidos, como D-503, son inmunes a aquello que está en su interior, aquello que no ha sido completamente extirpado a fuerza de ejercicios Taylorianos, adoctrinamiento y temor. Como observó Úrsula K Le Guin, D-503 es un excepcional personaje del género distópico, ya que en él que puede hallarse una interioridad a pesar de que no tiene ni siquiera un nombre. Es la hermosa e insondable I-330 quien sacude las convicciones racionales del constructor del Integral. Ella se quita el uniforme y viste ropas de antaño (sobre todo en las citas secretas en la Casa Antigua), toca en el piano música clásica, bebe licor, fuma y, sobre todo, es la líder de los MEFI, el grupo rebelde. El contacto con una mujer que no es sólo una compañera sexual, vapulea el ordenado mundo de D-503. Como apunta Brown, los verdaderos antagonistas de la novela son I-330 y el Benefactor (Brown, xxi).

Para D-503, ingeniero y matemático, la reflexión interior se produce por “la demencia de los pensamientos” (Zamiatin, 2010: 34); la inspiración artística o creativa es “una forma desconocida de la epilepsia” (Ibid.: 43), que se manifiesta cuando I-330 toca el piano y él la ve “salvaje, convulsiva, multicolor […] ni asomo de la razonable mecanicidad” (Ibid.: 48). D-503 se siente seguro en su mundo de vidrio, entre “paredes transparentes” y “siempre a la vista de todos, como bañados eternamente de luz” (Ibid.: 49), porque “[n]o tenemos nada que esconder los unos de los otros” (Ibid.). Los Números están programados para ser transparentes y vacíos, como sus edificios, auditorios, calles y departamentos.

Sin embargo, tras varios encuentros con I-330, las certezas de D-503, que son las de un número ejemplar, se desmoronan poco a poco. Siente que su interior “está nuboso, lleno de telarañas” (Zamiatin, 2010: 53). Recurre al Buró de Medicina para que lo diagnostiquen y traten. Mientras le crece un alma, cuando su yo meramente exterior se enfrenta a lo insondable, D-503 se obsesiona con la raíz cuadrada de menos uno, un número misterioso, inasible: “[e]sta raíz irracional se encarnó en mí como algo extraño, ajeno, temible; me estaba devorando, no la podía entender, neutralizar, porque estaba fuera de toda ratio” (Ibid.: 75). He aquí una gran sutileza de Zamiatin, un gesto para los matemáticos: la raíz cuadrada de menos uno es un número imaginario, que a su vez da origen a los números complejos. La inquietud de D-503 anticipa precisamente el desafío que la interioridad plantea al Estado Único y que en esta narración se resume en la idea de imaginación o fantasía, esto es, aquello que escapa al poder de la razón. De a poco, D-503 comienza a ser otro para sí, quiere aislarse en su grupo, en su pequeña familia de Números, pero tampoco resulta. El derrumbe ocurre finalmente cuando, tras un apasionado encuentro con I-330, comprende que hay definitivamente algo dentro de esa cáscara numerada: “Me hice de vidrio transparente. Vi mis adentros. Había dos ‘yo’” (Ibid.: 96-97). Pero esto no puede quedar así, porque los totalitarismos procuran sofocar la interioridad individual y reemplazarla por una conciencia colectiva expresada en signos públicos y diseñada por la incansable burocracia.[7]

En el Buró de Medicina le dan a D-503 un diagnóstico categórico: “¡Está mal Usted! Parece que desarrolló un alma”, le dice uno de los médicos y le asegura que es una dolencia incurable y capaz de generar una epidemia. El alma ya no es necesaria, insinúa Zamiatin, porque existe esa alma colectiva cristalizada en el Estado Único. De allí se sigue la decisión de quitar quirúrgicamente la fantasía de cada uno de los Números. A D-503 le ofrecen quitarle el cerebro, por el bien del Estado, pero se niega; vaga sin rumbo por la ciudad. Poco después es capturado y sometido a la operación. Ya curado, es llevado ante la presencia del Benefactor y allí revela todo lo que sabe sobre los rebeldes “enemigos de la felicidad” que lo reclutaron para destruir el Estado Único, los MEFI, y sobre la rebelión en curso (Zamiatin, 2010: 309-310). Luego, sentado junto al Benefactor, observa, impávido, cómo torturan una y otra vez a su amada I-330. Parece no reconocerla, pues habla de “aquella mujer”. D-503 ahora es un antropoide, un sujeto lobotomizado, como Winston Smith tras la insoportable tortura en el Ministerio del Amor.

Dependencias como el Buró de los Guardianes o el Ministerio del Amor orwelliano expresan otro elemento inescindible de los totalitarismos: los campos de concentración y de exterminio; los “laboratorios”, dice Arendt, en los cuales “se verifica la creencia fundamental del totalitarismo de que todo es posible” (Arendt, 1976: 437). Que todo sea posible depende de que se logre la dominación total, la cual

apunta a organizar la infinita pluralidad y diferenciación de los seres humanos como si toda la humanidad fuera un solo individuo [y esto] es posible sólo si todas y cada una de las personas pueden ser reducidas a una identidad de reacciones que nunca cambia, de modo que cada uno de estos paquetes de reacciones puede ser intercambiado aleatoriamente por cualquier otro. El problema es fabricar algo que no existe, esto es, un tipo de especie humana que se parezca a otras especies animales cuya única ‘libertad’ consistiría en ‘preservar la especie’ (Arendt, 1976: 438).

Esto es exactamente lo que hace el Benefactor a través del condicionamiento tayloriano y, finalmente, con la Gran Operación de extirpación de imaginación en la población del Estado Único. Más allá de la hipérbole de Zamiatin, en la realidad, lo que ocurre es el adoctrinamiento de los grupos de élite y el “terror absoluto en los campos”. Estos dispositivos –explica Arendt– no sólo buscan el exterminio y la degradación, sino que “también sirven como ominoso experimento para eliminar, bajo condiciones científicamente controladas, la espontaneidad misma como expresión del comportamiento humano y transformar la personalidad humana en una mera cosa, en algo que ni siquiera los animales son” (Arendt, 1976: 438). Acierta Zamiatin, claramente, al describir a los lobotomizados como “tractores-antropoides”; apenas algunos rastros de humanidad quedan en esos seres sin imaginación, “muertos vivientes”, como llama Arendt a las víctimas de los campos. En el totalitarismo, añade la autora, se ha perdido (o traspasado) el nihilismo de que todo está permitido; en el totalitarismo todo es posible, hasta lo inimaginable.

La anarquía y la revolución infinita

El Estado Único alcanza la fase de dominación total al suprimir la revuelta de los MEFI. Este grupo rebelde habita y promueve un mundo alternativo; acecha desde adentro y desde más allá del Muro Verde. El Diario Estatal no necesita mentir cuando alerta sobre la actividad rebelde: “[s]egún noticias fidedignas, se descubrieron de nuevo las huellas de una organización imposible de atrapar, cuya finalidad es la liberación del yugo benefactor del Estado” (Zamiatin, 2010: 71).

En las audaces desobediencias de I-330 a lo largo de la obra se anticipa su condición de líder de los MEFI y la visión anarquista de este grupo. Esta mujer cree que “sólo se puede amar lo insumiso” y que cuando se han roto todas las reglas, entonces, ya se ha perdido el miedo (Zamiatin, 2010: 117). Después de la revuelta del Día de la Unanimidad, cuando los MEFI votan –hecho jamás visto hasta entonces– en contra del Benefactor y se desata una bestial represalia por parte de los Guardianes, I-330 dice, exultante: “¿Entiendes que todo lo conocido terminó? Está lo nuevo, lo increíble, lo nunca visto” (Ibid.: 206). D-503, entre confundido y apabullado, ya no entiende “quiénes son ellos, y quiénes nosotros” (Ibid.: 228). Cuando I-330 habla, el Nosotros se invierte. En el fondo, explica I-330, “hay dos fuerzas en el mundo: la entropía y la energía. Una lleva a la calma bendita, al feliz equilibrio; la otra a la destrucción del equilibrio, al dolorosamente interminable movimiento” (Ibid.: 230-231). El programa de los MEFI busca la destrucción del Estado Único y la revolución permanente. Dice I-330:

No existe la última, las revoluciones son infinitas […] ¿No te parece evidente que sólo en las diferencias de las temperaturas, sólo en los contrastes calóricos, sólo en ellos está la vida? Y si en todas partes, por todo el universo están distribuidos los cuerpos con el mismo calor o mismo frío… hay que hacerlos chocar entre sí para obtener fuego, explosión, infierno. Y nosotros los haremos chocar […] Y nosotros, mientras tanto, sabemos que el último número no existe. [Y luego] casi seguro que lo olvidaremos cuando envejezcamos, como envejece todo inevitablemente. Y entonces, nosotros, también inevitablemente, caeremos… (Zamiatin, 2010: 241-242).

Ante la fría racionalidad sin alma del Estado Único, Zamiatin imagina una revuelta que “apela a la irracionalidad, la selva y el instinto” (Capanna, 2010: 20). “La oponente del Benefactor es […] una mujer que encabeza un movimiento clandestino secreto que busca acabar con el sistema. La magnífica y anárquica I-330 aporta la voz filosófica a Zamyatin cuando se encarrila contra la sofocante ‘entropía’ del Estado Único” (Backwell, 2014: 169). Así, mientras el Estado bolchevique aplasta la rebelión anarquista de Kronstadt, que no quería otra cosa que sostener los principios democráticos de la revolución, Zamiatin advierte que se ha iniciado un tenebroso camino hacia el totalitarismo. En su clásico estudio sobre Kronstadt, Paul Avrich considera que, si bien la rebelión anarquista era fiel a los principios revolucionarios, su éxito era casi imposible frente a la lógica predominante en el liderazgo bolchevique. De todos modos, el sacrificio radical de I-330, torturada y ejecutada por el Benefactor, se asemeja al de otras mujeres y hombres anarquistas que vivieron plenamente la hora de sus muertes.[8] El Estado Único puede lobotomizar a cuantos quiera, pero a I-330 no le arrancará ni una sola palabra en la cámara de torturas. La sonrisa de I-330 frente a sus verdugos es, una vez más, parte de la profusión de vida que anida en el anarquismo.[9]

Si fuese posible abordar la máquina de H. G. Wells y viajar al año 1848, quizá sería conveniente sugerirle a Marx y Engels, reunidos en Bruselas, que cambien la frase inicial del Manifiesto y escriban: un espectro recorre Europa, el espectro del anarquismo. A la luz del tiempo transcurrido y las horrendas experiencias del siglo XX, el anarquismo logró mantener viva la sospecha contra el peligro que palpita en el seno del Estado. Los mártires de Chicago, los marineros de Kronstadt y sus familias, los peones rurales de la Patagonia, y tantos otros anarquistas perseguidos y asesinados por los Estados burgueses y los supuestos Estados proletarios sirven de recordatorio de que el totalitarismo siempre es una posibilidad demasiado cercana y que la presencia de un movimiento suficientemente fanatizado y un orden estatal perfeccionista, fundado en alguna narrativa unificadora, es una condición necesaria para el horror.

Referencias

Arendt, Hannah. ([1951] 1976). The Origins of Totalitarianism. San Diego, CA.: Harvest Book.

Avrich, Paul. (2006). Kronstadt, 1921. Buenos Aires: Anarres.

Backwell, Benjamin. (2014). El “caso Zamyatin”: una advertencia censurada. Ciencia ficción, taylorismo y despotismo estatal. Nueva Sociedad, N° 251, (mayo-junio), 166-179.

Brown, Clarence. (1993). Introduction: Zamyatin and the Persian Rooster. En Y. Zamyatin, We (xi-xxvi). London: Penguin.

Capanna, Pablo. (2010). Prólogo. En E. Zamiatin, Nosotros (pp. 15-23). Buenos Aires: Miluno.

Fisher, Mark. (2009). Capitalist Realism. Is There No Alternative? Ropley: Zero Books. Kindle Edition.

Goldman, Emma. ([1938] 2016). ¡Trotsky se queja demasiado! Naturaleza y Dialéctica. Recuperado de: https://bit.ly/2XLeLhO

Lizárraga, Fernando y Duimich, Laura. (2020). Huelgas patagónicas, anarquismo y un sacrificio radical. Revista Austral de Ciencias Sociales. Valdivia: Universidad Austral de Chile, N°. 39, 95-112.

Misseri, Lucas. (2020). Zamiatin y la ética kantiana. Libertad y felicidad en Nosotros. Quaderns de Filosofía, Vol. 7, N°2, 117-139.

Murray Walker, Jeanne. (1987). Totalitarian and Liminal Societies in Zamyatin’s We. Mosaic: An Interdisciplinary Critical Journal, Vol. 20, N° 1 (Winter), 113-127.

Trotsky, Leon ([1938] 2006) More on the Suppression of Kronstadt. Leon Trotsky Internet Archive. Recuperado de Marxist.org: https://bit.ly/3gmwx1b

Williams, Raymond. ([1966] 2014). Tragedia Moderna. Buenos Aires: Edhasa.

Zamiatin, Evgueni. (2010). Nosotros. Buenos Aires: Miluno.

Žižek, Slavoj. (2002). Welcome to the Desert of the Real. London: Verso.


  1. Investigador independiente del CONICET en el Instituto Patagónico de Estudios en Humanidades y Ciencias Sociales (IPEHCS/Conicet-UNCo) y profesor de Teoría Política en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Universidad Nacional del Comahue, Argentina.
  2. Es nuestra la traducción de los textos que figuran en inglés en las Referencias.
  3. Un excelente análisis sobre la dicotomía libertad-felicidad en la novela de Zamiatin, desde una perspectiva kantiana, puede hallarse en Misseri: 2020.
  4. Quizás, la expresión más brutal de la práctica de delación sea la que Orwell describe en 1984, al referirse a los niños del Cuerpo de Espías que no dudan en denunciar a sus propios padres por sus crimentales y ansían ver las ejecuciones públicas de los enemigos del Estado.
  5. Según Brown, el Benefactor “gobierna sobre una sociedad humana que considera que ha logrado, con sólo pequeñísimas excepciones, la absoluta perfección. Los hombres finalmente se han convertido, si no en máquinas reales, en algo tan parecido a las máquinas como es posible” (Brown, xxi). Este era el proyecto que Lenin, admirador del taylorismo, alentó a través del poeta y activista del Prolekult, Alexei Gastev, fundador del Instituto Central del Trabajo y promotor de la “organización científica del trabajo”, sistema que postulaba la desaparición del individuo y el surgimiento del “colectivismo mecanizado” (Backwell, 2014: 173-177).
  6. Estos dispositivos totalitarios se observan, por ejemplo, en la idea orwelliana de crimental y en el sistema de pre-crimen imaginado por Philip K. Dick en su novela The Minority Report (1956).
  7. Escribe Fisher: “Si Kafka es un valioso comentarista sobre el totalitarismo, lo es por revelar que había una dimensión del totalitarismo que no puede ser entendida sobre la base del modelo de comando despótico. La visión purgatorial kafkiana de un laberinto burocrático sin fin encaja con la afirmación de Žižek de que el sistema soviético era un ‘imperio de los signos’, en el cual incluso la Nomenklatura misma –incluidos Stalin y Molotov– estaba involucrada en interpretar una compleja serie de señales semióticas sociales. Nadie sabía qué era lo requerido; en cambio, los individuos sólo podían adivinar qué significaban gestos y directivas particulares” (Fisher, 2009: 40-50).
  8. Sobre el anarquismo, el martirologio y el sacrificio radical, ver Lizárraga, F. y Duimich, L. 2020.
  9. Una sugerente interpretación de Nosotros a partir de la noción de liminalidad, puede hallarse en Murray Walker, 1987: 115. Allí puede verse cómo la voluntad anarquista de los MEFI busca que la ausencia de estatus se convierta en norma y, al mismo tiempo, generar una communitas donde florezca la singularidad. En contraste, “dado que la verdadera liminalidad amenaza a la estructura, no está permitida en el Estado Único” (Murray Walker, 1987: 117). El Estado Único fracasa en su intento de imponer communitas porque debe negar, de manera estructurada y coercitiva, la variedad de la experiencia humana. La comunidad organizada del Estado Único sólo es posible a expensas de la auténtica communitas que florece por fuera de los rigores estatales.


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