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La encerrona trágica
de la política neuquina

María Dolores Sancho[1]

La provincia del Neuquén es el único distrito del país en el cual un partido provincial, el Movimiento Popular Neuquino (MPN), se mantiene en el poder ejecutivo desde 1963 de forma ininterrumpida. Este partido ha logrado construir un esquema hegemónico que, de acuerdo con Fernando Lizárraga (2017), se explica en cierta medida porque “constituye una reacción a la existencia de la contra-cultura de la protesta (CCP)” (Lizárraga, 2017: 144). En otras palabras, el partido provincial ha sido hegemónico hasta el momento gracias a que asegura estabilidad a cualquier precio, es el garante de la paz social, a través del “disciplinamiento de buena parte de la clase trabajadora, con masas clientelares obedientes (donde recluta parapoliciales), un poder judicial incondicional y represión sin remordimientos” (Lizárraga, 2017: 144) sobre los sindicatos opositores y todos aquellos que no se subordinan a los dictados del partido, que se intenta justificar por medio de discursos anti-obreros y chauvinistas (Lizárraga, 2011).

A partir de esto, se puede comprender la represión desatada el 4 de abril de 2007 –y muchas otras- sobre el gremio docente ATEN (Asociación de Trabajadores de la Educación de Neuquén) que culminó con el asesinato del docente Carlos Fuentealba y cómo, a pesar de esto, no se vio afectada la hegemonía del partido provincial. En este sentido, nos preguntamos: ¿Qué lugar ha ocupado la tragedia en la política neuquina? ¿Qué importancia ha tenido en la hegemonía del MPN? ¿Cómo ha respondido a la tragedia el partido provincial? ¿Por qué su hegemonía no se ha visto perjudicada cuando el Partido-Estado es precisamente el victimario? Para responder a estas preguntas resulta imprescindible analizar las distintas implicaciones que puede tener la tragedia para el orden social desde la teoría política.

Partido del orden, tragedia y sacrificio

En la actualidad, la provincia del Neuquén es el único distrito del país en el cual un partido provincial, Movimiento Popular Neuquino (MPN), mantiene el poder, gracias al voto popular o la cooperación activa con los regímenes de facto, desde 1963. En este sentido, la provincia no encaja dentro la normalidad cuasi-bipartidista argentina, en tanto es la única región donde no ha podido triunfar el partido justicialista en las elecciones para gobernador (Lizárraga, 2013), ni ha habido alternancia política (Galucci, 2010; Rafart, 2009). En términos de Fernando Lizárraga (2011), en esta provincia “el rey y el reino son la misma cosa”, en tanto “el Estado y el Partido (MPN) se (con)funden en un único bloque de intereses, en una burocracia compartida, en un elenco de actores que se perpetúan y reciclan en los distintos niveles del Partido y del Estado” (Lizárraga, 2011: 205). Por este motivo, se habla de partido-estado, de Estado-Partido o de “estatalización del partido” (Favaro y Bucciarelli, 2001; Lizárraga, 2011; Godoy y Vaccarisi, 2005), para hacer referencia al hecho de que los destinos del Estado y del MPN están indisolublemente unidos.[2]

Entre los motivos que se le atribuyen al éxito electoral del MPN se encuentran: la presencia de una aceitada máquina electoral; la existencia de una fuerte red clientelar que funciona, principalmente, a través de la política social hacia los sectores populares y medios; la ausencia de una oposición partidaria con auténtica vocación de poder y capacidad organizativa; la eficaz estrategia emepenista de conciliar posiciones con los gobiernos federales de turno; la cohesión interna elaborada mediante el culto a la “neuquinidad” y la impronta justicialista (Lizárraga, 2013); y las variaciones producidas en los niveles de concurrencia electoral y formación de coaliciones con partidos constituidos como colectores de votos (Galucci, 2010). En este sentido, cabe señalar que la ausencia de alternativas electorales medianamente eficaces contrasta con una fuerte oposición no-partidaria definida como “contra-cultura de la protesta” (Petruccelli, 2005; Aiziczon, 2008) conformada, principalmente, por sindicatos estatales fuertes y combativos, sectores de militancia de izquierda, organizaciones de Derechos Humanos, y un heterogéneo abanico de grupos progresistas, contestatarios y contra-culturales (Lizárraga, 2011).

En relación con esto, se puede afirmar que el principal motivo de la hegemonía del MPN ha sido que “constituye una reacción a la existencia de la contra-cultura de la protesta (CCP)” (Lizárraga, 2017: 144): no hay MPN sin CCT y viceversa. En términos de Lizárraga, “[l]a hegemonía emepenista es una respuesta a la contra-cultura y su praxis contra-hegemónica” (Lizárraga, 2017: 149). Se trata de un partido que trató de convertirse en dirigente y dominante gracias a la identificación de un enemigo constante formado por todo aquello que no pertenece a la cultura occidental y cristiana y que puede adoptar distintos rostros dentro de la CCT (trabajadores de la educación, trabajadores de la salud, comunidades mapuches, ceramistas, etc.). Es un partido burgués, un partido del orden, que expresa la ideología de derecha resumida en el dispositivo de la “neuquinidad”[3] que reacciona contra los enemigos del pueblo neuquino y de sus valores occidentales y cristianos (Lizárraga, 2017).

El MPN ha logrado generar una fuerte identificación entre el propio partido y la provincia misma gracias a aquel dispositivo que se mantiene pese a la presencia de un amplio y combativo campo de protesta social que aparece como el “enemigo” y, por lo tanto, es enfrentado por medio de dicho discurso y de la represión policial (Lizárraga, 2013). En este sentido, es importante destacar que la “neuquinidad” funciona como un dispositivo que incluye dentro de la “sociedad” a quienes se someten a las disciplinas emepenistas y excluye a quienes no, que le otorga “pan” a unos y “palos” a otros (Lizárraga, 2011, 2013; Rafart, 2009). Así, el “movimiento” se destaca entre los gobiernos constitucionales por la constante represión de la protesta social: no solo ejerce violencia represiva sobre los sindicatos opositores y las poblaciones enteras –como sucedió en Cutral Co y Plaza Huincul en la década de los noventa– que no se subsumen a los dictados del partido, sino también elabora discursos anti-obreros y chauvinistas para justificar dicha represión. De este modo, aplican la lógica amigo-enemigo para incluir dentro de la “sociedad”, de la “neuquinidad”, solo a aquellos que se someten al mando del Estado-Partido, y excluir a quienes no se someten justificando su domesticación o eliminación (Lizarraga, 2011).

Entonces, el partido provincial ha sido hegemónico hasta el momento gracias a que asegura estabilidad a cualquier precio, garantiza la “paz social”, a través del disciplinamiento de gran parte de la clase trabajadora, ya sea por medio del clientelismo o la represión directa (Lizárraga, 2017). De acuerdo con Lizárraga, el “MPN es la forma neoperonista del Estado burgués concebida para contener o aniquilar la protesta social en un territorio estratégico, pletórico de agua, hidrocarburos y otras riquezas minerales.” (Lizárraga, 2017: 144). El MPN, en tanto es considerado por sus dirigentes como el único instrumento para producir cambios duraderos y efectivos en la provincia, reacciona contra la CCP que busca introducir cambios en otra dirección (Lizárraga, 2017). En este marco, la única protesta “aceptable” es la que realizan los “neuquinos” en defensa de Neuquén y nunca es legítima la protesta de izquierda, que equivale a ideología.

Tal como señala Lizárraga (2017), el MPN no solo fue creado en 1961 para burlar la proscripción del Partido Justicialista, sino también con un objetivo universal más amplio. Se definió como un partido basado en “principios simples, prácticos y populares, cristianos y humanistas” y se propuso asegurar “el progreso material de la Provincia”, “la felicidad de sus habitantes” y la “Paz social” a través de “soluciones concretas” “saturadas de un sano nacionalismo” que serían adoptadas por emepenistas dispuestos “a todos los sacrificios” para “[p]reservar las bases de una cultura auténticamente Nacional con vocación de integración en lo espiritual con el mundo de occidente, al cual pertenece por origen y elección del Pueblo que la sustenta” (Carta orgánica de MPN). De acuerdo con Lizárraga,

[l]a inscripción del MPN en el occidente cristiano, según la maniquea terminología de la Guerra Fría, sólo puede significar una cosa: el partido no se define principalmente por su oposición al centralismo porteño o a los demás partidos políticos, sino por su antagonismo con las concepciones de izquierda (marxistas, anarquistas, socialistas, etc.) (Lizárraga, 2017: 146).

Dentro de la lógica de asegurar la paz social a cualquier precio, a lo largo de su historia, el MPN “mantuvo, hasta los cambios estructurales de los noventa, tendencias marcadas por el compromiso de los poderes públicos en planificar, proteger y otorgar incentivos directos e indirectos a la población” (Favaro, 2011). Gracias a esto, este partido resultó el punto de agregación y producción de incentivos colectivos y selectivos –sobre todo en el plano de las políticas de bienestar– para una parte considerable de la población neuquina ligada a la tradición peronista (Rafart, 2009). En este sentido, la “estrategia tradicional de desarrollo y legitimación del Estado provincial” ha sido la “creación de infraestructura básica [importantes inversiones en viviendas, transportes y comunicaciones], aumento del gasto social [sistemas de salud y educación sofisticados de amplia cobertura] y en el plano simbólico, acentuación de la mística neuquina [la neuquinidad]” (Favaro, 2011).

Siguiendo con esta línea, frente a las primeras manifestaciones de protesta en la década del setenta, el “movimiento” adoptó como estrategia la ampliación del consumo personal y la activa presencia del Estado en la economía y la sociedad para aumentar la acumulación y obtener el consenso necesario para asegurar su hegemonía en el sistema político (Favaro y Arias Bucciarelli, 2001). En otras palabras,

el MPN es populismo, es modelo (aunque no Estado) de bienestar, es economía de enclave [dominada por las industrias extractivas de petróleo y gas], es partido poli-clasista dirigido por la pequeña burguesía, es desarrollismo y es capitalismo de amigos (…); es pan, es circo y es represión sobre la muy neuquina “(contra) cultura de la protesta” (Lizárraga, 2013: 132).

Este “modelo de bienestar” ha tenido sus vaivenes en la última década del fin de siglo. En este sentido, tal como expresa Lizárraga (2011), a pesar de que en sus documentos fundacionales se expresan ideales asociados al Estado de Bienestar, su práctica política ha sido siempre pragmática, o sea orientada a retener el poder y la administración del Estado, ya sea en momentos de vigencia de las instituciones constitucionales o en tiempos de gobiernos dictatoriales, a través de confraternización con el gobierno nacional. Así, varios autores (Favaro y Bucciarelli, 1999; Lizárraga, 2013; Rafart, 2009; Vaccarisi y Godoy, 2005) reconocen que dicho modelo fue puesto en jaque durante los años en que la gobernación quedó en manos de Jorge Omar Sobisch, o sea entre 1991 y 2007 –con una pausa entre 1995 y 1999–, en tanto intentó imponer “el sueño libertarista del Estado mínimo” (Lizárraga, 2011, 2013), contradiciendo las banderas históricas del MPN.

En este sentido, Gabriel Rafart (2009) reconoce tres “tiempos” o momentos del partido provincial que han dado lugar a la construcción de las “partes” del MPN y que se corresponden con la sucesión de liderazgos de Felipe Sapag (1995-1999), Jorge Omar Sobisch (1999-2007), y Jorge Augusto Sapag (a partir de 2007). Este autor identifica el primer momento como el “partido fundacional de las políticas del bienestar” (desde su fundación hasta 1991 es decir que se corresponde con la primera generación política de la familia Sapag); al segundo “del empate” (período de disputa entre Felipe Sapag y Jorge Sobisch entre 1991 y 1997 donde se consolida la división del MPN); y el tercero, del populismo-neoconservador (desde 1999, cuando reasume Sobisch la gobernación hasta 2007 cuando triunfa Jorge Sapag).

Las elecciones del 2007 en las que triunfó Jorge Sapag (vicegobernador de Sobisch entre 1999 y 2003) abrieron una nueva fase de transición hacia el fin del “tiempo” correspondiente al liderazgo de Jorge Sobisch. En el año 2003, Jorge Sapag, inició un repliegue táctico, para constituirse en “líder-opositor” al gobernador. De acuerdo con Rafart, “la paradoja resultante de aquella “salida” o “distanciamiento” del partido hasta su triunfo en la interna partidaria de noviembre de 2006 confirmó al MPN como un partido en condiciones de producir al mismo tiempo su propio oficialismo y oposición” (Rafart, 2009: 106). En este sentido, es importante destacar que ninguna de estas experiencias competitivas puso en riesgo el dominio del MPN sobre el ejecutivo provincial.

El asesinato de Fuentealba: uno de los desenlaces de la encerrona trágica del “movimiento”

Jorge Sobisch ejerció su cargo de gobernador por primera vez en el período 1991-1995, no obstante, los rasgos más radicales de su proyecto neoliberal y neoconservador se manifestaron durante los dos mandatos sucesivos que cumplió entre 1999 y 2007 (Lizárraga, 2011). A grandes rasgos, las sucesivas gestiones del ex gobernador se caracterizaron por: un proyecto neoliberal vinculado al Estado Mínimo[4] con máxima capacidad represiva –como respuesta a los múltiples conflictos, manifestaciones y acciones de protesta generados por las consecuencias de dicho modelo neoliberal–; la consolidación de un capitalismo de amigos; y una modalidad decisionista[5] adoptada por Sobisch en el manejo de los asuntos públicos (Lizárraga, 2011). De este modo, los mandatos de Sobisch expresaron y profundizaron a escala provincial las tendencias dominantes en el nivel nacional durante las administraciones de Carlos Menem (1989-1999) y Fernando De la Rúa (1999-2001), exponentes paradigmáticos del denominado “modelo neoliberal”. En este sentido, cabe resaltar que durante su campaña política para las elecciones de 2003, Sobisch no disimuló su alianza con Menem, al que apoyó en las presidenciales de abril (Lizárraga, 2011).

En mayo de 2002, cuando la clase política argentina aún se veía cercada por el alzamiento popular de diciembre de 2001, y cuando aún resonaba el “que se vayan todos”, Sobisch intuyó que estaba llamado a ocupar un espacio de liderazgo en la derecha del espectro político, desde el cual podría lanzar su carrera por la Presidencia de la República (Lizárraga, 2011). Con este objetivo en mente, comenzó a presentarse como como un hombre de acción, capaz de cumplir sus promesas, con el fin de distinguirse de “algunos [que] conciben la Constitución y las leyes sólo como un decorado, detrás del cual juegan con la existencia, dignidad y propiedad de la población” (Diario de sesiones, 2002).

Con el fin de constituir un liderazgo que supere las fronteras provinciales, Sobisch intentó formar un espacio de centroderecha opositor al gobierno nacional. A este respecto, desde la asunción de Néstor Kirchner como presidente de la Nación, el entonces gobernador cuestionó las principales políticas del gobierno kirchnerista y resaltó las políticas implementadas en el plano provincial en lo referente a trabajo, salud, educación, seguridad poniendo énfasis en la fuerte inversión realizada en estas áreas, en un claro intento de posicionarse a nivel nacional como candidato a la presidencia. Los ejes de sus críticas al gobierno nacional fueron la política energética, de co-participación y de derechos humanos. En este sentido, cuestionó el impulso a las causas por violaciones a los derechos humanos, la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y el juicio a los integrantes de la Corte Suprema (Diario Página 12, 28/09/2003), así como también reivindicó el rol de las Fuerzas Armadas en los sucesivos discursos legislativos.[6]

A mediados del año 2006, Sobisch lanzó su candidatura a la Presidencia de la Nación, como máximo exponente de la derecha. A lo largo de su campaña presidencial, Sobisch pretendió mostrar a un MPN que, a lo largo de su historia, mejoró significativamente las condiciones de vida de los neuquinos (Lizárraga, 2011). En ese sentido, sostenía que “el proyecto político que comenzamos a construir hace más de cuarenta años ha cambiado totalmente esa realidad [en referencia a la mortalidad infantil que era de 118 por mil, el analfabetismo llegaba al 20 por ciento y la expectativa de vida orillaba los 47 años]; nuestro proyecto político está basado en la planificación, la continuidad política y la gestión” (Diario de Sesiones 2005). Asimismo, trató de posicionarse a nivel nacional como un hombre “duro” frente al delito en un contexto donde el problema principal de la agenda mediática, social y política era la “inseguridad” a causa del secuestro y asesinato de Axel Blumberg en marzo de 2004.

Dentro de la estrategia de proyección nacional de Sobisch, en el 2004 se puso en marcha el Plan Integral de Seguridad (PIS) con el objetivo de reducir la criminalidad y la sensación de inseguridad. Se trató de un plan fuertemente reaccionario. Su carácter populista y politizado se evidenciaba en frases como “no hay individuos más fuertes que la ley”, “el crimen paga”, “ser delincuente es un mal negocio”, “la calle pertenece a los ciudadanos honestos” así como en su intención de mostrar que el Estado “hace algo” para acabar con la “inseguridad” [frente al delito común]. En los hechos, este plan se centró en la compra directa de helicópteros, de cámaras de seguridad, de una central única de emergencias 911, de 200 patrulleros y otros gastos sin licitación que demandaron– por lo menos– 50 millones de dólares y cuyo objetivo no solo se dirigía a la reducción de delitos comunes y de la inseguridad subjetiva sino también al control de la protesta social. En este punto, es importante resaltar que cuando se habla de “delito” en la provincia del Neuquén también se hace referencia a la CCT y, por lo tanto, cualquier acción tendiente a reducir el primero, tiene el objetivo de combatir lo segundo.

Desde los comienzos del último mandato de Sobisch, con Luis Alberto Manganaro como ministro de seguridad y trabajo, se evidenció su confrontación con la CCT. En este sentido, el 16 de diciembre de 2003, en el acto de asunción de los nuevos jefes de la policía, aquel ministro responsabilizó a los gremios estatales y a las organizaciones de desocupados –las cuales habían sido reprimidas brutalmente en noviembre de ese mismo año– de ejercer una “nueva forma de represión”[7] contra la sociedad, y prometió combatirla con el rigor de la ley, indicando que no elegiría entre la confrontación o el diálogo. Además, agregó, en consonancia con el discurso de Sobisch, que defendería los derechos humanos de todos los ciudadanos y no sólo de los que “tengan pensamiento de izquierda o sean infractores de la ley” (Diario Río Negro, 17/12/2003).

Este posicionamiento fue respaldado por el gobernador unos días después, al sostener que los derechos humanos deben ser aplicados a todos los sectores sociales, no sólo “para algunos que creen que Dios les ha dado la potestad de decir quién se protege con los derechos humanos y quién no” (Diario Río Negro, 23/12/2003). A esto agregaba que los principios y garantías contenidos en las normas constitucionales y legales son “para los humildes, para los poderosos, para los que no portan uniforme y también para los que lo portan” porque de lo contrario “cuando los que portan uniforme tengan que cumplir con su deber, no van a hacerlo porque están resentidos con la Constitución y la ley” (Diario Río Negro, 23/12/2003).

El desenlace de esta “encerrona trágica” fue el asesinato del maestro Carlos Fuentealba, perpetrado por la policía provincial durante una protesta del gremio docente ATEN en abril de 2007. Luego de cinco semanas de huelga en busca de una recomposición salarial, entre otras reivindicaciones, el sindicato había decidido bloquear la ruta que sirve de principal acceso hacia los centros turísticos de la provincia durante los feriados de semana santa para, de este modo, forzar la negociación a la que Sobisch se negaba. En este sentido, Lizárraga sostiene que Sobisch quiso hacer una exhibición de poderío y escarmentar a los docentes, y a toda otra organización que pudiera desafiar su proyecto y el de su Partido: “ocho años de gobierno, impregnados de un discurso de mano dura, no podían tener otro remate que un homicidio alevoso” (Lizárraga, 2011: 208). Sobisch asumió su responsabilidad política por este homicidio y se mostró desafiante al asegurar que volvería a hacer todo tal como lo hizo entonces.[8] De acuerdo con Lizárraga, el asesinato de Carlos Fuentealba es algo más que un crimen político; “es un asesinato en efigie, un disparo a la cabeza de la CCP, en el que se cumple literalmente la promesa de Güemes de aplastar a la víbora marxista que anida en Neuquén” (Lizárraga, 2017: 157).

Como afirma Camila Arbuet Osuna (2015), la tragedia opera todo el tiempo y, retomando a Hegel, asistimos a una encerrona trágica en el momento en que un sistema de valores, una identidad –en este caso, la “neuquinidad”– se opone a otra de tal modo que la sola existencia del otro (CCT formada por docentes, trabajadores de la salud, mapuches, etc.) pone en cuestión la supervivencia del propio (MPN). En este marco, se impone una decisión de carácter terminal (la represión, por ejemplo) que imaginariamente supone la afirmación y reconfiguración de lo uno mediante la eliminación de lo otro, conjugando lo absoluto y resolviendo el conflicto en una síntesis. Sin embargo, sostiene la autora, la antinomia nunca se resuelve sino que se reproduce como una resolución prometida que ni siquiera reduce el miedo al otro. En este sentido, la tragedia continua porque, más allá de que se elimine al otro, los otros son infinitos porque dependen de nuestra capacidad de crear identidad y falta (Arbuet Osuna, 2015).

De acuerdo con Lizárraga, “Sobisch –sin saberlo, pero haciéndolo (he ahí la ideología profunda) – intuye que la decisión de actuar con violencia es un fundamento de la norma; es decir, que la violencia es instituyente” (Lizárraga, 2017: 157), que la violencia se justifica por sí misma en tanto los integrantes de la CCP no sólo son gente de afuera, o ideólogos de izquierda, sino también son enemigos de la neuquinidad y del orden institucional. De acuerdo con el autor, Sobisch es quien delimitó más claramente los campos antagónicos al interior de la provincia. Ya a comienzos de su segundo mandato (1999-2003), él fundió en un solo sujeto al pueblo y al gobierno para hacer frente a la CCP (el no-pueblo), al enemigo sobre el cual hay que descargar la furia represiva (Lizárraga, 2017). En este marco, el MPN aparece como el reaseguro de neuquinidad oficial amenazada por los no-neuquinos encarnados en la CCP. Lizárraga sostiene que

El pueblo neuquino en el que piensa Sobisch ‘no reconoce nada por fuera de sí mismo’ y, así, el conjunto de los no-neuquinos, el no-pueblo, está integrado por buena parte de los trabajadores estatales –especialmente aquellos sindicalizados en ATEN y ATE–, por los partidos de izquierda –agentes de la anarquía–; por los medios de comunicación críticos u opositores; por las organizaciones sociales de desocupados, los piqueteros, los extranjeros, la iglesia progresista, etcétera (Lizárraga, 2017: 158).

De acuerdo con Lizárraga (2017), Sobisch autoriza la represión que culmina con el asesinato de Carlos Fuentealba, consintiendo el asesinato de un “enemigo” del pueblo, para restaurar el derecho, algo que al mismo tiempo, suspende el derecho e intenta fundar una nueva legitimidad que reside en la decisión del que puede decretar la excepción. Así, Sobisch reconfigura al MPN como el partido cuyas acciones legítimas están basadas en la decisión, la excepción y la violencia como fundadoras de derecho (Lizárraga, 2017). En este sentido, el autor afirma que

el asesinato autorizado por Sobisch no fue solamente un acto de reparación de la norma desde un espacio vacío de derecho […sino también] un gesto sanguinario hacia la instauración de un orden fundado en un pueblo homogéneo, donde no hay lugar para los antagonismos de clase, porque ‘el pueblo es sólo uno, el de los neuquinos’. […S]obre la sangre derramada, Sobisch buscó edificar la legitimidad de su proyecto de mano ultra dura a escala nacional (Lizárraga, 2010: 48-51).

En este último punto se puede vislumbrar el carácter fundacional de la tragedia. En este sentido, Arbuet Osuna (2015) afirma que

la tragedia es principalmente el discurso sobre el que recuesta el orden dominante el peso de su fundación, que toda relación de poder tiene en sus orígenes una tragedia y que así como la creación de Roma tiene a Rómulo y Remo, el Estado moderno tiene a Hamlet y la sociedad posrevolucionaria tiene a Beckett (Arbuet Osuna, 2015: 20).

Sobisch tiene a Fuentealba y el MPN a la CCT.

Consideraciones finales

Primero hay que tener en cuenta que donde hay historia, hay tragedia, o sea que ésta opera todo el tiempo (Arbuet Osuna, 2015). Por lo tanto no es exagerado afirmar que la historia política neuquina se encuentra signada por la tragedia. En todo caso, en momentos de crisis, las preguntas que intercepta son más viscerales y virulentas para el orden dominante. No obstante, la enunciación programática de la política necesita que la tragedia sea la excepción y necesita el diagnóstico melancólico que recuerda fundaciones pasadas y hace desear su repetición.

Entonces podemos decir que el MPN reproduce su hegemonía gracias a la tragedia, gracias a la construcción de enemigos constantes que son atacados por diversos medios, como la represión y la estigmatización, y que por esto no se pone en jaque su existencia ni siquiera cuando la encerrona trágica culmina con el asesinato de un docente, como sucedió en 2007. En este sentido, es importante destacar que las movilizaciones generadas a partir del asesinato del Fuentealba no cuestionaron la hegemonía del MPN sino que se centraron en el cuestionamiento de la figura de Sobisch y en el pedido de su renuncia y juicio político. De esta manera, el MPN supo reacomodarse para salir glorioso de esta tragedia demostrando una vez más que es el garante de la paz social –a cualquier precio– en una zona de alto valor estratégico como Neuquén donde predomina la actividad extractiva hidrocarburífera, frente a una contra-cultura de la protesta que cuestiona los valores occidentales, cristianos y capitalistas.

Así, en la provincia del petróleo y los piquetes, la tragedia, bajo la forma de encerrona trágica, es un operador constitutivo y constituyente de la política neuquina.

Referencias

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  1. Doctoranda en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Licenciada en Sociología por la misma universidad. Magíster en Ciencias Sociales y Humanidades con mención en Sociología por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Docente e investigadora de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Comahue (FADECS-UNCo).
  2. En este sentido, cabe resaltar que el éxito político del MPN en las elecciones provinciales para la gobernación no se replica en las elecciones legislativas donde, a causa de la reforma constitucional de 1994 –que implicó un aumento del número de bancas de la legislatura provincial y la adopción de nuevas reglas para la distribución de los cargos que exigen que los partidos que alcancen un mínimo del 3% de los sufragios para acceder a las bancas- el MPN no ha podido contar con la mayoría legislativa que le aseguraba el viejo sistema, excepto en 1995 (Galucci, 2010).
  3. Según Norma García, el mito de la neuquinidad “se transformará en el núcleo ideológico organizador del proyecto político del partido político provincial, el Movimiento Popular Neuquino, que reconoce el sentido de su existencia como garante de la defensa y del estímulo de esa neuquinidad” (García, 2008: 133).
  4. Retomando al pensador libertarista (o libertariano) Robert Nozick, Lizárraga define al Estado Mínimo como “una gran ‘agencia de protección’ de la propiedad, sin ningún otro ornamento; es, en términos más crudos y clásicos, una maquinaria de represión al servicio de los intereses de la clase dominante” (Lizárraga, 2011: 209).
  5. De acuerdo con Lizárraga (2010), en su discurso y en su práctica, Sobisch es un decisionista con una profunda raigambre autoritaria, en tanto no solo se trata simplemente de un gobernante que toma decisiones, sino que es un “hacedor”, sin diagnósticos ni críticas, que gobierna decidiendo y dejando en un segundo plano el encuadramiento institucional o toda discusión sobre las bases de la legitimidad. La fuente de la legitimidad es la decisión de quien manda en un contexto de vacío de poder.
  6. En este sentido, entre los discursos se encuentran afirmaciones como “debo decir que el Gobierno de la Provincia va a profundizar el respeto por las instituciones armadas y de seguridad de la democracia. Debemos consolidar las instituciones de la República para que sean el fiel reflejo de la consolidación de la democracia. La descalificación hacia ellas nos conduce a un inexorable destino de enfrentamiento que ya vivimos en la República Argentina y que nos trajo trágicas consecuencias […]” (Diario de Sesiones, 2004). Así como también que “construir un Sistema de Seguridad no es descabezar a las Fuerzas Armadas y a las Fuerzas de Seguridad, con eso simplemente se hace un acto de demagogia e irresponsabilidad y al mismo tiempo de debilitamiento de aquellas Fuerzas Armadas que nos ha puesto la Constitución y la ley para que nos defienda” (Diario de Sesiones, 2005).
  7. En este sentido, afirmaba que “cortar rutas, sacarle dinero a los desocupados de los subsidios, destruir y saquear comercios, impedir transitar a la gente y golpear a funcionarios, son algunas de las nuevas formas de esta represión que estamos viviendo hoy en día” (Diario Río Negro, 17/12/2003).
  8. Para un análisis más profundo del caso leer: Lizárraga, F. (2010).


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