Crueldad y narcotráfico
Alguien que se sorprende permanentemente de que exista la depravación, que continúa sintiéndose desilusionado (e incluso incrédulo) cuando se enfrenta a la evidencia de lo que los humanos son capaces de infligir en forma de crueldades espantosas y directas sobre otros humanos, no ha alcanzado la adultez moral o psicológica.
Susan Sontag (2003)
Una de las preguntas más incómodas, y al mismo tiempo más necesarias, de nuestra época es la pregunta por la crueldad. No se trata de una cuestión moral abstracta ni de una anomalía excepcional: la crueldad es un fenómeno histórico, social y político. Nadie nace cruel. No es un impulso instintivo ni un resto primitivo de la animalidad humana. Por el contrario, la crueldad se aprende. Requiere tiempo, entrenamiento, repetición y dispositivos específicos que la produzcan, la sostengan y la perfeccionen.
La crueldad no emerge espontáneamente: es una técnica. Una técnica del poder. Michel Foucault mostró con claridad que el poder no solo reprime, sino que produce subjetividades. Actúa sobre los cuerpos, los gestos, los afectos, los modos de sentir y de percibir al otro. En ese sentido, la crueldad no es un exceso irracional ni un desborde pulsional: es una racionalidad específica, una forma de gobierno de los cuerpos y de las conductas. Allí donde la violencia se vuelve sistemática, organizada y reiterada, deja de ser mero estallido y se convierte en pedagogía.
El narcotráfico contemporáneo, ese Leviatán oscuro, transnacional y mutante, ha logrado convertirse en uno de los agentes más eficaces de esta pedagogía del horror. No se limita a traficar sustancias ni a disputar territorios: produce subjetividades feroces. Produce perpetradores.
Espacios como el denominado “Rancho Izaguirre” o “La Escuelita”, en el estado de Jalisco, no pueden ser pensados simplemente como enclaves criminales o centros de entrenamiento paramilitar. Son verdaderos laboratorios de deshumanización. Allí se experimenta con los límites de la condición humana, con la destrucción deliberada de la empatía y con la transformación del sujeto en instrumento.
En “La Escuelita” se reclutaba a jóvenes mediante falsas promesas laborales. Una vez capturados, eran sometidos a un proceso sistemático de sometimiento físico y psíquico. Se les enseñaba el manejo de armas, tácticas de combate y fabricación de explosivos, pero también —y sobre todo— a desmembrar cuerpos, a desaparecer personas, a ejecutar sin vacilación. Todo ello en condiciones inhumanas, bajo tortura permanente, castigos arbitrarios y amenazas constantes de muerte.
El objetivo último de estos dispositivos no es simplemente matar. Matar es apenas un medio. El objetivo central es producir sujetos incapaces de conmoverse ante el sufrimiento ajeno, sujetos para los cuales la violencia deja de ser excepcional y se vuelve cotidiana, funcional e incluso identitaria.
Aquí resulta clave el concepto de “pedagogía de la crueldad”, desarrollado por Rita Segato. No se trata solo de infligir daño, sino de enseñar a dañar; no solo de ejercer violencia, sino de formar subjetividades que aprendan a ejercerla sin culpa, sin empatía y sin límite. La crueldad se convierte en lenguaje, en forma de pertenencia, en condición de inclusión dentro del grupo criminal. El lazo que se construye entre pares no es solidario ni horizontal: es un lazo perverso, sostenido en la humillación compartida, la traición forzada y el dolor infligido al otro.
El mandato ya no es el del guerrero, ni siquiera el del soldado. Es el del verdugo obediente, aquel que ejecuta órdenes sin preguntar, sin pensar y sin sentir. Como relatan los sobrevivientes: “Ahí no hay ‘no puedo’ ni ‘no quiero’. Si te mandan a torturar a tu compañero, lo tenés que hacer”.
Sigmund Freud, en El malestar en la cultura (1930), sostuvo que la vida en sociedad implica necesariamente una renuncia pulsional. Sin embargo, lo que aquí presenciamos no es el malestar propio de la cultura, sino algo más radical: la destrucción de todo lazo social posible. No hay pacto, no hay ley simbólica, no hay alteridad reconocida. La máquina de deshumanización produce sujetos a los que se les ha expropiado la voluntad, la compasión y hasta la relación con su propio cuerpo.
Podríamos decir que estos dispositivos operan sobre la caída de la Ley simbólica. Allí donde el Nombre-del-Padre ya no organiza el límite, emerge un goce mortífero, un goce sin mediación, que se ejerce directamente sobre los cuerpos. El otro deja de ser semejante y se convierte en objeto: de uso, de descarte o de destrucción. No hay deseo, hay compulsión; no hay palabra, hay acto; no hay sujeto, hay resto.
El recluta es reducido a puro cuerpo disponible: carne que sufre y carne que inflige sufrimiento. La prueba final —el consumo de carne humana— opera como un rito de pasaje definitivo. No es un acto irracional: es profundamente simbólico. Incorporar el cuerpo del otro es aniquilarlo como semejante. Es atravesar el último tabú para sellar la ruptura definitiva con lo humano. Quien no atraviesa ese umbral es eliminado. Ejecutado e incinerado.
Aquí resulta imprescindible introducir el concepto de ferocidad, tal como lo trabaja Franco “Bifo” Berardi, especialmente en sus reflexiones más recientes sobre Gaza. Para Berardi, la ferocidad no es sinónimo de violencia. La violencia aún reconoce un conflicto, un adversario, incluso una narrativa. La ferocidad, en cambio, aparece cuando el lenguaje colapsa, cuando ya no hay posibilidad de simbolizar el dolor propio ni el ajeno.
En Gaza —señala Berardi— no estamos solo frente a una guerra, sino frente a una suspensión radical de la empatía, donde la aniquilación del otro se vuelve administrable, técnica, cotidiana. La ferocidad no necesita justificar su acto: simplemente lo ejecuta. No odia, no discute, no argumenta. Borra.
Berardi sostiene que la ferocidad es el producto de una subjetividad devastada por el capitalismo contemporáneo: precarización extrema, humillación sistemática, aceleración del tiempo, destrucción del futuro. Cuando no hay horizonte, cuando no hay promesa ni inscripción simbólica, el cuerpo se convierte en el único lugar donde descargar la pulsión. La ferocidad es, así, una patología social del colapso del lazo.
Desde esta perspectiva, los campos de entrenamiento del narcotráfico funcionan como dispositivos que capturan y radicalizan una ferocidad previamente producida por el orden social. No crean el vacío: lo explotan. No inventan la desubjetivación: la organizan.
Lo verdaderamente novedoso y aterrador de este fenómeno es que ya no se trata exclusivamente de una violencia estatal, aunque muchas veces cuente con tolerancia, connivencia o zonas liberadas. Son organizaciones criminales las que se han apropiado del modelo del campo de concentración, ese dispositivo que el siglo XX creyó patrimonio exclusivo de los totalitarismos estatales.
Giorgio Agamben describió el campo como el espacio donde la ley se suspende y la vida queda reducida a nuda vida: una vida matable sin consecuencias. El narcotráfico ha comprendido esa lógica y la ha perfeccionado. Para producir asesinos implacables necesita campos donde la excepción sea la norma y la crueldad, el método.
Judith Butler nos permite pensar este fenómeno en términos de vidas precarias llevadas al extremo: vidas que no solo pueden ser eliminadas sin duelo ni reparación, sino vidas entrenadas para eliminar sin reconocimiento. La obediencia absoluta del soldado aparece aquí despojada de cualquier narrativa de honor, patria o causa: queda reducida a la servidumbre más abyecta, sostenida por el terror y la supervivencia.
El triple femicidio de Florencio Varela —donde Brenda del Castillo (20), Morena Verdi (20) y Lara Gutiérrez (15) fueron engañadas, torturadas y asesinadas por una organización criminal— confirma esta lógica. No se trató de un acto impulsivo ni de una violencia “desbordada”. Fue una crueldad planificada: mutilaciones, transmisión en vivo por redes sociales, entierro clandestino. La violencia convertida en espectáculo. El horror como mensaje mafioso y como tecnología de disciplinamiento social.
La pregunta, entonces, no es solo hasta dónde puede llegar la crueldad, sino hasta qué punto como sociedad toleramos que la ferocidad siga produciéndose.
Desde la perspectiva de la salud mental y los derechos humanos, el desafío es monumental. Ya no alcanza con respuestas punitivas ni con lecturas individualizantes. Estamos frente a una catástrofe subjetiva, donde el sufrimiento psíquico, la desubjetivación y la violencia extrema son efectos de un mismo proceso social.
Nombrar este horror no es estetizarlo. Es un acto político y ético. Porque cuando la ferocidad se vuelve paisaje, lo que está en juego no es solo la vida de algunos, sino la posibilidad misma de lo humano.
La crueldad no es un destino natural, sino una construcción histórica. Si se aprende, también puede desarmarse. Asumir esa posibilidad es hoy una responsabilidad colectiva.
Referencias bibliográficas
Agamben, G. (2004). Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. Pre-Textos.
Berardi, F. (Bifo) (2025). Pensar después de Gaza. Tinta Limón.
Butler, J. (2006). Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Paidós.
Foucault, M. (1976). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.
Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. Amorrortu.
Levi, P. (1989). Los hundidos y los salvados. Muchnik.
Segato, R. L. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo.
Sontag, S. (2003). Ante el dolor de los demás. Alfaguara.
- Publicado en feduba.org.ar el 6 de octubre de 2025. Versión ampliada y revisada.↵






