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Capítulo 10: Eje estructural

En términos estructurales, el acceso a la medicina reproductiva se vincula con la cobertura de salud, dado que la medicina privada, pública o de seguridad social contempla distintos tipos y distintas cantidades de tratamientos. Por la estructura del sistema de salud argentino, incorporar la medicina reproductiva al Plan Médico Obligatorio[1] implicó esfuerzos técnicos, presupuestarios y legislativos que se dieron en diferentes etapas en cada uno de los subsectores. Si en el sector privado los tratamientos de reproducción asistida ya se desarrollaban desde principios de los 90, en las obras sociales y en el sistema público, su ingreso al Plan Médico Obligatorio[2] resultó tardío y heterogéneo. La heterogeneidad se observa porque no todas las obras sociales están obligadas a dar cobertura al PMO, sino aquellas comprendidas en el Artículo 1° de la Ley N° 23.660[3].

A partir de la sanción de la Ley N°26.862, en junio de 2013 el sistema público de salud en Argentina comenzó a ofrecer el abordaje de la infertilidad en algunos hospitales públicos. Esta normativa establece que las parejas sin cobertura de salud tienen acceso a tres tratamientos de reproducción asistida de alta complejidad en forma gratuita. Para las obras sociales y empresas de medicina privada, la incorporación de la reproducción tecnomediada al Plan Médico Obligatorio suscitó disputas en torno al riesgo financiero que conllevaba para ellas por el alto costo de la medicación, las prácticas y los honorarios médicos. Para el sistema público el desafío fue aún mayor, en parte por el impacto económico que generó el financiamiento de la reproducción tecnomediada, y en parte porque desde la década del 90’ se registra la profundización de las estrategias de atención primaria en detrimento de las especialidades de mayor complejidad (Belmartino, 2000, 2005a, 2005b). En este contexto, y en particular en cuanto a tecnologías reproductivas, la brecha tecnológica entre el sector privado y el sector público también se acentuó. En este sentido, las posibilidades de acceder a la medicina reproductiva y de lograr el embarazo se encuentran atravesadas por determinaciones de carácter estructural que serán atendidas en el presente capítulo.

La infertilidad afecta al 15% de la población en edad reproductiva, esto significa que una de cada seis parejas estará expuestas a desafíos reproductivos resultantes de la combinación de factores orgánicos y sociales. Asimismo, se estima que solo una de cada cuatro mujeres logrará la fecundación y el parto en su primer intento con tecnologías reproductivas. La cantidad de tratamientos se encuentra en ascenso desde la sanción de ley nacional con más de 21.000 ciclos de reproducción asistida anuales y una tasa de nacimientos que ronda el 24%. Al respecto, Lima, Martínez y Moyano Vargas señalan que «entre 2017 y 2020 se registra un aumento moderado de la cantidad de tratamientos de reproducción asistida de alta complejidad (8.1%)» (2020: 4). Sin embargo, los especialistas aseguran que no se ha llegado a la cantidad de intervenciones que el sistema podría proveer, que se aproxima a los 60.000 por año[4]. En línea con lo anterior, y desde la perspectiva de las mujeres entrevistadas, la cantidad de ciclos realizados es inferior a la deseada, es decir, tanto quienes lograron un primer embarazo a término como quienes aún no lo consiguieron, realizarían otro intento en caso que las condiciones económicas lo permitieran.

Las TRTM encuentran en los recursos económicos una primera determinación dado que el precio de la medicación, la cantidad de intentos cubierta por las obras sociales o susceptibles de realizarse en hospitales públicos se encuentran prestablecidas a un determinado número de acuerdo al caso. Pero junto a estas determinaciones económicas, es preciso capturar otras de orden simbólico que también moldean las TRTM. Se trata de las interpretaciones en torno al funcionamiento de las técnicas que viabilizan u obstaculizan la realización de ciertas prácticas biomédicas y/o el despliegue de estrategias judiciales para lograr la cobertura cuando el cupo ya se ha agotado.

En la muestra producida para la investigación, de los 10 casos correspondientes al nivel educativo bajo, solo 3 lograron un embarazo y parto mientras que en el nivel educativo alto fueron 9 de 12 las que lo consiguieron. Asimismo, dentro del nivel educativo bajo, solo una de las entrevistadas recurrió a centros privados de la ciudad de Bahía Blanca y Buenos Aires. Es el caso de Mabel, que por el empleo de su esposo cuenta con ingresos suficientes para costear tratamientos en forma particular y que realizó más de diez ciclos reproductivos. Se trata de un caso excepcional ya que, en su mayoría, las mujeres de nivel educativo bajo en ambos rangos de edad, no tienen cobertura de salud, de modo que sus posibilidades se limitan a la atención en el servicio de fertilidad del hospital Penna. Igualmente, es necesario mencionar la opacidad de los criterios utilizados en el servicio de fertilidad público para formar parte del grupo. Algunas entrevistadas mencionan haber realizado los tratamientos antes de los 30 años, edad estipulada en la ley provincial, mientras que mujeres mayores 36 expresan que no han podido acceder a los mismos. El caso de Lorena resulta ejemplar para ilustrar la opacidad en la selección de casos del servicio público de fertilidad. El primer intento lo hizo a los 25 años en el marco de la Ley provincial que, en ese momento, estipulaba como edad mínima los 30 años. Las chances de lograr el embarazo en mujeres de menor edad pueden haber intervenido en la cobertura en mujeres menores a la edad estipulada por ley.

A diferencia de las entrevistadas de nivel educativo bajo entrevistadas, cuyas chances se limitan a lo establecido por la ley de cobertura, para las mujeres de nivel educativo alto de ambos rangos de edad, las opciones se acrecientan. Para ellas es posible acudir a clínicas privadas en las que el tratamiento se inicia de acuerdo a tiempos propios, es posible reintentar o pedir determinadas prácticas biomédicas no tan frecuentes como estudios diagnósticos del endometrio, la transferencia del embrión a las trompas uterinas o las uniones en hendiduras o gap junction. De acuerdo a lo relevado en la presente investigación, estas condiciones estructurales repercuten en las estimaciones prácticas que las entrevistadas realizan entre la correspondencia y la contingencia genética y los riesgos.

10.1. La relación entre el nivel educativo y el acceso a las tecnologías reproductivas en la ciudad de Bahía Blanca

En Bahía Blanca, desde finales de la década del noventa, funcionan dos clínicas privadas de fertilidad que ofrecen tratamientos de baja y alta complejidad. Hasta la sanción de la Ley N°14.208/2010 de la provincia de Buenos Aires, la única forma de acceder a los tratamientos era costeándolos en forma particular o presentando un recurso de amparo solicitando en la justicia para que éste fuese cubierto por la obra social o la empresa de medicina privada. En este sentido, para las mujeres de nivel educativo bajo, que en la mayoría de los casos no cuentan con cobertura de salud, la sanción de la normativa provincial representó la posibilidad de emplear un conjunto de tecnologías que ya se encontraba disponible pero para el cual no encontraban acceso. Así, desde 2010 y en adelante, comienzan a desarrollarse los tratamientos en el Hospital Interzonal José Penna. Tal como expresa Viriginia:

yo buscaba que me lo den a pagar, y eso no se da a pagar (…) Hasta que salió la ley esta, de fertilización gratuita. Bueno fui, me hice, me hice dos que no resultaron, no sabemos el motivo, y no, nada (Virginia, 36 años y más, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

En una primera etapa, desde el año 2011 hasta el 2015, todas las prácticas de laboratorio se realizaban en centros privados con los cuales se celebraban convenios de tercerización de servicios. En el hospital solo se llevaban a cabo los controles ginecológicos y el parto, puesto que no se contaba con el laboratorio y los recursos humanos necesarios para la fecundación y crioconservación del material genético. Esta primera etapa de desarrollo del servicio de fertilidad es interpretada por algunas de las entrevistadas como un período de ensayo, de aprendizaje. En este sentido, Hilda manifiesta que:

fuimos como unos conejillos de indias (…) porque era la primera vez que el hospital hacía y notaban que había muchos errores, ahora muchas están haciendo en privado algunas cosas y… sienten que le mandan a hacer estudios que acá nunca le hicieron, que acá es como más por encimita, entonces dicen que fueron tratadas como conejillas de indias (Hilda, 36 años y más, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

En este fragmento, es posible advertir, en aquel momento no solo el personal hospitalario está comenzando a trabajar con un conjunto novedoso de procedimientos («fuimos como unos conejillos de indias», «acá es como más por encimita»), sino también, que la población del programa comienza a formarse en los vocabularios y aspectos técnicos de la reproducción tecnomediada. Esta incorporación de saberes por parte de las usuarias del sistema público, les permitirá evaluar tanto las actuaciones médicas como las propias respuestas corporales.

Desde 2015, en una segunda etapa de desarrollo del servicio público de fertilidad, se dotó al hospital de los equipamientos necesarios, de modo que se desestiman los convenios con centros privados y los tratamientos homólogos comienzan a desarrollarse íntegramente en el hospital. En palabras de Sofía:

se hizo todo acá (…) porque el hospital, además de fertilización asistida, cuenta con sus propias maquinarias acá en el hospital, eso es lo que fue noticia, el primer embarazo que se logra en un hospital público, que fue hecho todo, todo acá. (Sofía, hasta 35 años, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad).

Sin embargo, y a pesar del significativo avance de los últimos años, en términos estructurales, las TRTM de nivel educativo bajo aun encuentran restricciones en cuanto a las técnicas, dado que éstas se ciñen a las cantidades y a las prácticas que se pueden realizar en el servicio público de fertilidad. Otras opciones que viabilizan el embarazo, aún no se encuentran disponibles por cuanto no se cuenta con un banco público de gametos o embriones. Tal es el caso de Virginia, dispuesta a realizar un tratamiento mediante ovodonación, pero imposibilitada por las limitantes del servicio que no contempla estas opciones:

La uvodonación (SIC) es, según lo que me explicó a mí la doctora es, yo por ser yo, lo único que tengo que hacer es (…) El óvulo sería de otra persona y el esperma es de mi marido (…) Pero igual, todavía sigue caro, estoy investigando, ando, buscando, nadie te da a pagar. Aunque sea entregar la mitad y después lo otro (…) hay clínicas que lo hacen, pero ¿qué pasa?, te sale mucho y no hay posibilidad, ponéle, de pagar en tarjeta o pagar en cuotas, tiene que ser al contado y toda la plata junta (Virginia, 36 años y más, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

Para las mujeres de nivel educativo alto, a partir de la sanción de las normativas provinciales y nacionales, las obras sociales y empresas de medicina comienzan a cubrir hasta 3 tratamientos entre alta y baja complejidad. En este segmento, acceder a los tratamientos en forma particular no es imposible pero sí supone grandes esfuerzos económicos, fundamentalmente, cuando es preciso reintentar después de un ciclo infructuoso. Cuando la obra social cubre los ciclos, entonces es posible contar con recursos que se destinan a la realización de testeos genéticos al embrión, una práctica que en las TRTM de nivel educativo bajo resulta inexistente. En el caso de Viviana, cuyo diagnóstico involucraba el mosaicismo, la posibilidad de testeos genéticos emerge del siguiente modo:

el PGD no te lo cubre ninguna obra social. Nos salió $45.000 (…) y lo pudimos hacer en Buenos Aires, hay otro que, es más profundo y hay que mandar a Estados Unidos, las células (…) podía pasar que tuviésemos que hacer este, de mandar células a Estados Unidos, con lo cual para mí era como de la NASA, como una cosa increíble (Viviana, 36 años y más, nivel educativo alto, centros privados)

En los casos en los que la cantidad de intentos ya se cumplió, se busca la forma de afrontar los ciclos en forma particular para sortear las limitaciones impuestas por la obra social o la empresa de medicina prepaga. En este sentido, a diferencia de las entrevistadas de nivel educativo bajo, los costos económicos de los tratamientos no representan un límite terminante pero sí un límite con el cual es preciso negociar.

Junto a la cantidad y a los tipos de técnicas empleadas, la modalidad en la que se realizan adquiere vital importancia para las TRTM. Tanto en las clínicas privadas locales como en el servicio público de fertilidad los ciclos tecnorreproductivos se realizan en forma grupal o en serie. Las entrevistadas que atravesaron los tratamientos en el Hospital Penna, continúan el vínculo en grupos de WhatsApp. Algunas de las entrevistadas de este segmento forman parte del grupo de WhatsApp «Las chicas estradiol», en referencia a la hormona femenina y describen su participación de este modo:

tenemos un grupo de WhatsApp de chicas que estábamos todas en el mismo momento, entonces era, eh, sacar foto a las diez de la noche de medicación. Bueno, todas preparábamos, todas mostrábamos, nos mostrábamos la panza cómo la teníamos de los pinchazos (…) Entonces fue algo muy lindo, hice buenas amistades, hice muy lindas amistades. (Virginia, 36 años y más, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

A lo primero raro porque me daba vergüenza, pero después nos pusimos a charlar y así fue mucho más fácil… Y para mí fue mejor porque mi familia no sabe y ahí encontré con quién hablar de mi problema, así me sentía más tranquila y me desahogaba con ellas (Roxana, 36 años y más, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

En este segmento educativo, las series emergen, no solo en alusión a la experiencia clínica sino fundamentalmente en su carácter socializador, destacando la posibilidad de compartir las experiencias vividas. Sobre todo para quienes sobrellevan los ciclos sin compartirlo con su entorno familiar por temor a sus reacciones y opiniones, el carácter grupal es valorado positivamente: «para mí fue mejor porque mi familia no sabe y ahí encontré con quién hablar de mi problema». Al igual que en el servicio de fertilidad público, en las clínicas privadas locales los tratamientos se realizan en forma grupal, haciendo coincidir el ciclo de todas las mujeres que ingresan a la serie con la atención de profesionales que vienen desde Buenos Aires. En palabras de Beti:

éramos veinte parejas (…) en el momento que vos vas a hacerte la ecografía estás vos y cinco chicas más. Entonces, te van llamando de a una y la evaluación es personal, pero es como que no estás sola vos en el consultorio. La sala de espera siempre es un mundo de gente (…) ellos trabajan más como en serie, digamos (Beti, hasta 35 años, nivel educativo alto, centros privados)

En relación a la conformación de grupos para la realización de los ciclos, algunas de las entrevistadas de nivel educativo alto manifestaron su rechazo a esta modalidad dado que impide mantener el anonimato y la intimidad de la situación de infertilidad por la que se está transitando. El carácter grupal, que las mujeres de nivel educativo bajo valoran como un espacio de contención y sociabilidad, en el nivel educativo alto es motivo de malestar y desconfianza. Según Viviana:

estos biólogos de Buenos Aires vienen un día y entonces ese día, a las diez, como vacas van pasando, le sacan los óvulos. Sea tu mejor día, sea que te falte, que te sobre y que eso, también, digamos, es una chanchada (Viviana, 36 años y más, nivel educativo alto, centros privados)

El rechazo a la modalidad grupal se fundamenta en la falta de atención a la singularidad orgánica. En la expresión empleada por Viviana («Sea tu mejor día, sea que te falte, que te sobre») la falta de personalización se registra, no solo en la equiparación de la mujer con un animal sino en la realización del tratamiento independientemente de la respuesta orgánica. Esto se debe a que, en la ciudad de Bahía Blanca, algunas prácticas de laboratorio se realizan con técnicos de la ciudad de Buenos Aires que viajan en días específicos de cada mes. De modo que las prácticas son seriadas en función de la presencia de los profesionales, es decir, una condición externa, y no en relación a la producción de folículos. Asimismo, las altas posibilidades de coincidir con conocidos en las citas médicas es otro de los rasgos de este malestar que refuerza la tendencia a optar por hacer el tratamiento en Buenos Aires:

Acá en Bahía ¿viste?, es una vergüenza, de hecho, no me gustaba entrar a [la clínica] y ¿viste?, y ver quién me veían entrar, quién me veían salir, como una cosa que bueno ¿quién se entera que nosotros no podemos tener hijos? (Viviana, 36 años y más, nivel educativo alto, centros privados)

Quienes rechazan la realización de tratamientos en serie, aspiran a proteger el anonimato con respecto a otras usuarias de la clínica dado que ser vista, sean conocidas o no, provoca vergüenza. En términos prácticos equivale a no encontrarse a nadie conocido en la clínica pero en términos simbólicos puede interpretarse como un rechazo a formar parte de una serie de cuerpos eslabonados por una misma problemática, a saber, la infertilidad y la necesidad de recurrir a la reproducción tecnomediada. Según Celeste, esta característica de la medicina reproductiva local reforzó su búsqueda de opciones en la ciudad de Buenos Aires:

acá en Bahía, hacen series con lo cual juntan un montón de pacientes, cuando viene el biólogo de Buenos Aires, entonces viste, es como que son un número (…) [en la clínica de Buenos Aires] no eras un número, eras una persona que hacía un tratamiento y cuando llegabas te tocaba. No tenías que esperar, no tenías que hacer nada, porque, como lo hacen todo el tiempo, este, eso estaba bueno también. Entonces, le empezamos a tomar la vuelta como, ‘nos vamos quince días a Buenos Aires, de vacaciones’, y vamos haciendo esto (Celeste, 36 años y más, nivel educativo alto, centros privados)

A través de estos fragmentos es posible reponer que se espera una profunda singularización en la atención médica. Se espera que los profesionales conozcan las trayectorias recorridas, registren las respuestas orgánicas del propio cuerpo en su singularidad, situación improbable en la modalidad grupal. Junto al anhelado conocimiento por parte del equipo médico, se espera un garantizado anonimato en lo social.

Al igual que las entrevistadas de nivel educativo alto, en el nivel educativo bajo también expresaron con disgusto haber sido examinadas en forma superficial. En palabras de Amalia:

Todas las chicas que estamos esperando para ser atendidas en el Hospital nos hemos puesto hablar y es siempre el mismo tema, como que te dicen ‘bueno, hacélo y vemos si funciona’ pero a nosotras se nos pierden las oportunidades, no se ponen la camiseta… yo en muchas ocasiones le he dicho ‘mándame hacer de la prolactina de tiroides, diabetes, el PAP’ la mayoría de veces fui yo y así descubrí mi diabetes al igual que el espermograma. ¿Mi marido le dijo a la doctora y si repetimos el espermograma a ver si no necesito medicación o algo?’ y te dicen ‘bueno sí, estaría bueno’ ¿se entiende lo que quiero expresar? (Amalia, hasta 35 años, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

La falta de exhaustividad en los estudios diagnósticos («te estudian por encimita», «hacélo, y vemos si funciona») puede vincularse con la modalidad grupal, pero vale la pena destacar que algunas de las entrevistadas de nivel educativo alto, aunque invirtieron más recursos económicos, no en todos los casos obtuvieron una atención personalizada ni la esperada exhaustividad en la búsqueda de la causa de la infertilidad. Según lo expresado por Celeste:

quiero que me estudien. Llegué con eso, ‘quiero que me estudien’, y otra vez medio lo básico, y yo decía ‘¿no hay algo más que me estudie el útero?’ yo vine a eso. A que me estudien, ¿existe una biopsia del útero? ¿por qué no me la hicieron cuando yo vine?, si es lo que yo pedía. Yo llegué con una carpeta así, con todo esto. Pero yo quiero que me hagan otra cosa, algo distinto, porque tiene que haber algo en el útero (Celeste, 36 años y más, nivel educativo alto, centros privados)

Como vemos, las TRTM adquieren diferentes características vinculadas al nivel educativo: la cantidad de intentos, las condiciones y las modalidades en que éstos son realizados dependen, en gran medida, de la cobertura de los mismos y de los significados que se ponen en juego durante en el entorno social y familiar.

En primer lugar, hallamos que el nivel educativo se vincula con la cantidad de intentos realizados y de este modo, con las chances de lograr el embarazo. Dentro del nivel educativo bajo, excepto Mabel que acudió a clínicas privadas, el resto realizó sus tratamientos en el servicio público de fertilidad, cuyos cupos y condiciones limitan tanto las prácticas como la cantidad de intentos. Para las entrevistadas que acudieron al servicio público las principales dificultades residieron en conseguir cupo para formar parte del programa, cuyos criterios de edad, como se desarrolló anteriormente no se implementan en todos los casos del mismo modo. Asimismo, al realizar las prácticas en diferentes centros privados y públicos en los que el hospital tercerizaba servicios, construyen recorridos fragmentados y poco singularizados en contraste con los de nivel educativo alto.

Para las entrevistadas de nivel educativo alto, que accedieron a centros privados, las complejidades giraron, principalmente, en la negociación con las obras sociales y las empresas de medicina prepaga para el costeo de los tratamientos. En todos los casos, en el contexto previo a la sanción de las legislaciones provinciales y nacionales, y en algunos casos, también después de las mismas, fue necesario tramitar pedidos de amparo. Las entrevistadas de nivel educativo alto expresaron haber realizado complejas y persistentes negociaciones con las obras sociales y con las empresas de medicina prepaga a través de recursos de amparo en el Poder Judicial respecto de la cuestión legal. Estas estrategias fueron desplegadas tanto antes de la sanción de las leyes de cobertura como después de cubrir la cantidad estipulada por el sistema de salud y pone de manifiesto su autopercepción como destinatarias de los servicios de justicia. De modo que, junto al acceso económico, es preciso mencionar la importancia de otros recursos -de carácter simbólico- para acceder a la cobertura económica de los ciclos reproductivos.

En segundo lugar, el nivel educativo se vincula con el acceso a las prácticas de tal modo que, para las mujeres de nivel educativo alto, las opciones presentadas por el especialista no son definitivas. Para las mujeres de este segmento educativo, la posibilidad de cambiar de clínica, de atravesar los tratamientos en Buenos Aires, de realizar testeos genéticos o de utilizar bancos de gametos es una opción concreta. Aquí, la palabra del especialista no encarna un límite absoluto sino que puede ser sometida a contrastes y confrontaciones. La posibilidad de de consultar con diferentes especialistas y de buscar nuevas opciones se acrecientan dado que cuentan con mayor disponibilidad de recursos económicos. Así, las TRTM involucran una renegociación constante entre el límite orgánico y las condiciones de acceso económico-estructural a las prácticas biomédicas sobre la cual ejercen cierto grado de control. Las trayectorias de este segmento educativo se erigen, de este modo, en recorridos relativamente constantes, en los que las pausas se vinculan más con las respuestas orgánicas que con los recursos para costear los tratamientos. Al mismo tiempo, son itinerarios singularizados, construidos en base a las respuestas corporales y a diagnósticos más precisos que los del segmento de nivel educativo bajo pero en los que se contemplan en mayor medida los tiempos individuales y de la pareja.

10.2. Dimensiones estructurales, genética y riesgo

Para las mujeres entrevistadas, la infertilidad simboliza el riesgo de experimentar y/o de sentir el estigma de la ausencia de descendencia. Con el objetivo de evitar esos riesgos, intentaron lograr un embarazo realizando numerosos ciclos tecnorreproductivos. En el transcurso de las trayectorias, los riesgos no están ausentes. Siguiendo a Giddens, «La evaluación del riesgo es fundamental para la colonización del futuro; al mismo tiempo abre necesariamente el yo a lo desconocido. Hay algunos entornos de riesgo en que el elemento de riesgo puede calcularse con bastante precisión por lo que respecta al individuo que se encuentra en ellos» (1997: 14). A diferencia de lo sostenido por Giddens, en el marco de las trayectorias bajo estudio, los riesgos no pueden calcularse previamente ni con exactitud, y solo mediante el despliegue de las trayectorias se toma contacto con ellos. Estos pueden ser corporales o subjetivos, pueden formar parte de la información ofrecida por el equipo médico o bien pueden convertirse en parte de la trayectoria. Asimismo, en el marco de las trayectorias analizadas, es preciso destacar que, cuanto mayor sea la adhesión a la correspondencia genética, la exposición, tanto al riesgo corporal como al subjetivo, es mayor. Dado que se reintenta concebir con el propio material genético, y que esto puede demandar mayor cantidad de intentos que con gametos de terceros, los esfuerzos orgánicos requeridos eran más profundos. En este sentido, la presente sección analiza la emergencia del riesgo corporal y subjetivo en las TRTM.

En efecto, en los datos relevados para la muestra se registró que cuatro de las mujeres entrevistadas atravesaron experiencias riesgosas en términos corporales. En el caso de Rocío, atravesó un hindrosalpinx a pesar del cual le realizaron una transferencia embrionaria de tipo compasiva. En el caso de Hilda, y por error de la farmacia del Hospital, se le entrega una cantidad de hormonas superior a la indicada que le produce una fisura uterina. Esto derivó, asimismo, en la cancelación del tratamiento que estaba realizando. En el caso de Luciana, el uso de hormonas inyectables derivó en un cáncer estrógeno dependiente (Ayhan et.al, 2004) por el cual tuvo que suspender su trayectoria durante cinco años. A la vez, y raíz de este padecimiento, perdió su capacidad de producción de folículos. Por último, en el caso de Celeste, en uno de los tratamientos que atraviesa, y ya en el quirófano, el especialista le informa que le transferirán cuatro embriones, un número superior al esperado por ella. Desconcertada, intenta negociar con el especialista el número de embriones, sin lograrlo. Como había atravesado una cirugía de cuello uterino, esta transferencia múltiple era más riesgosa aún.

Con respecto a la exposición corporal, las entrevistas revelan que no se establecen vinculaciones explícitas entre las prácticas médicas y los posibles riesgos físicos. La ausencia del riesgo puede vincularse con la heterogénea información ofrecida por los equipos médicos. Ante la pregunta si la reproducción tecnomediada puede traer riesgos aparejados, Lorena y Virginia se expresan del siguiente modo:

Que yo sepa no (…) Pero después físico y todo eso, no. Que yo sepa no. A mí no fue nada. Pero bueno, sí, debe haber riesgos, calculo que debe haber riesgos. No todos somos iguales. A mí porque no me pasó nada y fue todo bien. Pero calculo que sí (Lorena, hasta 35 años, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

Riesgos no hay (…) no he visto, ni he sentido riesgo de mi vida. Sí emocionalmente sí, porque uno se cae, cuando llega el no. Uno es casi un mes con una esperanza. Estás así, a full porque estás haciendo y las cosas van funcionando, van funcionando y después el último momento, como que se te viene el mundo abajo. Pero después el riego de vida, no he escuchado y no me ha pasado. (Virginia, 36 años y más, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

En este sentido, se registró que el riesgo corporal no es explicitado por los equipos médicos con la misma profundidad y no en pocos casos, éstos se hacen explícitos al momento de firmar el Consentimiento Informado. Tal como expresa Noemí:

te hacen firmar unos papeles que si a vos te pasa algo en el quirófano, que vas con anestesia completa ellos no se hacen cargo (…) el riesgo que vos podés correr cuando vos estás dormida, porque cuando ellos introducen para extraer los óvulos que te pueden lastimar adentro, eso se puede hacer una hemorragia, puede pasar cualquier cosa, ha pasado, ha pasado en casos de chicas (…) yo he escuchado que a otras chicas les ha pasado (Noemí, 36 años y más, nivel educativo bajo)

En otros casos, algunas entrevistadas nos informan acerca de la disposición a asumir riesgos con tal de lograr el embarazo, disposición vinculada con la ética del sacrificio descripta en la sección 8.5:

yo le dije que me operaran, que hicieran eso de destaparme las trompas, de abrírmelas, y me dijo que no, porque era un riesgo de vida, y yo le dije que a mí no me importaba, que yo le firmaba todo lo que él quisiera para autorizarlo a que me opere… Que yo sí quería, el riesgo lo estaba corriendo yo (Virginia, 36 años y más, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

Como expresa Virgina, «yo sí quería, el riesgo lo estaba corriendo yo» dando cuenta de que en algunos casos los riesgos corporales son advertidos pero también son asumidos como propios. Por último, el riesgo emerge vinculado al parto natural: por el difícil trayecto que tuvieron que recorrer hasta llegar al embarazo -y acentuado en los casos del rango etario de 36 años y más- todos los partos fueron abdominales. A diferencia de instancias de trabajo de campo anteriores en las cuales las mujeres entrevistadas expresaban su preferencia por el parto por vía vaginal frente a la negativa médica, en este relevamiento el parto abdominal es fruto de una elección previa y personal de la usuaria. En palabras de Viviana:

el primer día que me vio me dijo, ‘vas a cesárea’ y yo dije ‘sí, buenísimo’. No tenía ganas de tener parto natural, o sea me parecía que era una ocasión mucho más controlada para él (…) sacar las variables, mejor, con todo lo que ya pasamos (Viviana, 36 años y más, nivel educativo alto, centros privados)

Este distanciamiento respecto del parto natural se vincula con la creciente aprobación de la actuación médica que, en las narrativas relevadas, es la que posibilita la concepción. Así también, la incertidumbre atribuida al parto vaginal en contraste con el control médico del parto abdominal, lo convierte en fuente de riesgos. La posibilidad de experimentar complicaciones para la madre o para el bebé durante el parto, arriesgando el esfuerzo corporal, subjetivo y económico involucrado a lo largo de la trayectoria, explica que las entrevistadas se manifiesten en su totalidad proclives al parto abdominal («sacar las variables, mejor, con todo lo que ya pasamos»). Tal como expresa Beti:

Fue por cesárea, una cesárea programada (…) el 90% fue decisión mía, nunca quise, es decir nunca me desveló la idea de pasar por un parto natural. Quería ser madre, pero prefería cesárea mil veces, antes que pasar por la experiencia de un parto natural (…) mi ginecólogo iba a estar de vacaciones y él en algún punto lo aconsejó diciendo que, por ahí, cuando los bebes son de tratamiento de fertilidad, no es que uno cuida más a un bebé que a otro, pero como es un bebe tan deseado por la cesárea se evitan un montón de riesgos (Beti, hasta 35 años, nivel educativo alto, centros privados)

Aunque los riesgos corporales existen, éstos quedan soslayados frente a los riesgos subjetivos. Los sentimientos de ruptura, frustración y ansiedad derivados de la dificultad de concebir y gestar, de los ciclos infructuosos reiterados y de la prolongación de las trayectorias son enunciados y ponderados con mayor frecuencia que los primeros. Según Sofía:

Cuando me dieron el resultado del análisis, que me dio negativo… Yo me fui llorando, salí del consultorio de la doctora y me fui llorando, no podía entender (…) Me afectó mucho psicológicamente. Sí, hay riesgos, una depresión…a mí me pasó y a otras chicas que hicieron el tratamiento conmigo, también (Sofía, hasta 35 años, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

La prevalencia del riesgo subjetivo por sobre el corporal se explica por el temor al estigma derivado de la infertilidad y por la prolongación de las trayectorias sin un horizonte de certidumbre. En este sentido, es posible reponer que mientras los factores orgánicos pueden ser revertidos, las marcas subjetivas de la infertilidad, si esta no encuentra resolución a través del nacimiento de un/a niño/a sano/a, son pensadas como irreversibles, definitivas. Así lo expresa Noemí:

estamos esperando hace tanto tiempo y te vuelvo a repetir al principio fue muy duro pero muy duro, me metí acá adentro de casa y me escondí del mundo y más cuando el tratamiento era negativo… se me venía el mundo abajo, y bueno, seguimos en la lucha y vamos a ver qué puede pasar el año que viene (Noemí, 36 años y más, nivel educativo bajo, servicio público de fertilidad)

Los resultados negativos disparan sentimientos de frustración y ansiedad dado que adjudican la imposibilidad de concebir a una responsabilidad individual, desestimando el origen orgánico de las dificultades para concebir para convertirse en una herida biográfica. Cuando las posibilidades lo permiten, enunciados tales como «seguimos en la lucha» motivan la prolongación de las trayectorias. En este punto, llegar al límite de ciclos posibles es la estrategia empleada para evitar el mayor riesgo subjetivo relevado en la muestra que es el de no poder concretar la maternidad. Como se mencionó anteriormente, en las trayectorias relevadas predominaron los tratamientos homólogos. Los embriones conformados con material genético de terceras personas son relacionados con riesgos, que tal como se desarrolló en capítulos previos, se vinculan con problemáticas de salud o de integración familiar que también se emplean al referirse a la adopción. Junto a esta vinculación, emerge también el temor de que se transfieran embriones de otras parejas. Tal como expresa Viviana:

Después hubo todo otro tema que era ¿nos habrán puesto el nuestro?’ ¿viste? Entonces cuando lo miramos, decimos ‘sí’, (…) durante el embarazo siempre hacíamos chistes. Y ‘bueno, este es nuestro’. Sí, o sea, ‘este ya es nuestro’, decíamos. Si de última, si después vemos que no se parece a nosotros, vamos a ir a buscar el que no nos pusieron (Viviana, 36 años y más, nivel educativo alto, centros privados)

Al preguntarse si hubo errores humanos en la transferencia del embrión («¿nos habrán puesto el nuestro?»), Viviana se percibe expuesta al riesgo de gestar un embrión de otra pareja. Aquí, el riesgo, subjetivo y corporal, no es el resultado de un deseo propio sino efecto de un error técnico y humano a partir del cual, imagina cómo se pondría en juego el parecido físico («si después vemos que no se parece a nosotros, vamos a ir a buscar el que no nos pusieron»).

En esta trama que involucra dimensiones biográficas, discursivas y estructurales, las entrevistadas realizan estimaciones en las que ponderan el deseo de concretar la maternidad, la expectativa en torno al lazo genético con la descendencia y las múltiples manifestaciones del riesgo. En este sentido, en las TRTM se conforma una estimación práctica entre las expectativas genéticas, los recursos disponibles para concretar el proyecto maternal a través de la intermediación tecnológica y los riesgos. Definimos, entonces, las estimaciones prácticas desplegadas en la reproducción tecnomediada como un cálculo estimativo que involucra las expectativas respecto del lazo genético con la descendencia, los riesgos de estigma derivados de la infertilidad y aquellos relacionados con el uso de las tecnologías reproductivas. Estas estimaciones prácticas permiten construir tres tipos de trayectorias que se desarrollan en el siguiente capítulo.




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