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Capítulo 2: Del bebé de probeta a la Generación Cryo

«Nathan came in, I was watching TV and he said, ¿does the number 5114 mean anything to you? Well yes, that’s your donnor. ¿Did you know that I have 18 siblings? Yes I did».

Fragmento de una conversación entre Nathan y su madre, «Kids of donnor 5114», California Cryobank[1].

Desde su surgimiento, las tecnologías de reproducción asistida se erigieron en tópicos predilectos para los medios masivos de comunicación: la prensa escrita y los talk shows forjaron su carácter de tópico privilegiado a partir del cual indagar en prácticas biomédicas que al intervenir en un evento íntimo y entendido como exclusivamente natural e instintivo -la reproducción humana- transforman un aspecto tan naturalizado de la vida colectiva como lo es la familia. Generation Cryo, un reallity show del canal norteamericano Music Television (MTV), relata el itinerario seguido por Breanna para encontrar a sus hermanos nacidos, al igual que ella, gracias al esperma de un donante[2]. El video-diario de la adolescente documenta el encuentro de la adolescente con sus halfsiblings y las diferentes formas de interpretar el lazo biológico con el donante de material genético que expresa cada uno/a. En la presentación, Breanna narra su historia: es hija de Debra y Sherry. Ellas acudieron a un banco de esperma en busca de un donante anónimo para formar una familia. Breanna se define: «So that’s me. I’m a sperm donnor baby» y, al tiempo que se define a sí misma de ese modo, se refiere a toda una generación que se ve involucrada en los cambios del mapa reproductivo del siglo XXI.

Si Breanna hubiera nacido un tiempo antes, en el siglo XX, tal vez uno o dos años después del nacimiento de Louise Brown en 1978, hubiera sido llamada «bebé de probeta» y probablemente su nacimiento hubiera ocupado la tapa de algún periódico. Junto con el nacimiento de Louise Brown surgió la figura del bebé de probeta; éste fue el modo predominante de referirse a los niños y niñas nacidos gracias a estas técnicas durante el siglo XX. Esta representación remite a un ser humano gestado en un tubo de ensayo, haciendo hincapié en el costado experimental de estas técnicas. Así, la nominación bebé de probeta funciona metonímicamente[3]: esta figura sustituyó por completo la agencia de las mujeres en la gestación por la acción de la ciencia. A la vez, la figura del bebé de probeta exaltó la gestación conseguida en el laboratorio, producida en un ambiente frío, como es el vidrio de la Placa de Petri o del tubo de ensayo y el laboratorio, en contraste con el calor del útero. Sin embargo, esta representación del laboratorio como un espacio frío, radicalmente opuesto al calor materno, no se condice con las condiciones en que se hacen los cultivos de gametos y embriones, que se realizan siempre a 37° C, temperatura que se define, precisamente, en función del calor corporal[4]. En definitiva, más allá de los contrastes que se establecen entre bebé de probeta y «útero materno», en el laboratorio se imitan las condiciones del ambiente uterino para hacer posible la fecundación. Así también, en el siglo XX, los frecuentes embarazos múltiples producto de la utilización de estas técnicas eran objeto de seguimiento periodístico. En la Argentina, los quintillizos Ruffini, Riganti y los sextillizos López, entre otros, fueron ejemplos de este período en el cual se colocaban numerosos embriones a los fines de lograr el embarazo[5].

El progresivo abandono de la figura del bebé de probeta y la desaparición de los casos individualizados de las tapas de los medios de comunicación visibilizan que la reproducción tecnomediada es hoy parte de la vida cotidiana. Ilustra, además, el pasaje de la modernidad sólida a la modernidad líquida por cuanto la generación cryo no alude a casos particulares – exóticas desviaciones del molde de la familia sanguínea tradicional- sino de toda una generación nacida gracias a técnicas de reproducción humana asistida que permiten, precisamente como su nombre indica, criopreservar y/o ensamblar material genético.

Las tecnologías reproductivas brindan diferentes opciones a parejas e individuos que desean tener descendencia y que no pueden conseguirlo por la vía de la reproducción sexual (Barrancos, 2015: 25). Los procedimientos biomédicos de la reproducción tecnomediada se sostienen sobre la disociación del material genético de los cuerpos que los producen: en adelante, los aportantes de material genético no son necesariamente quienes se encargan de gestar y criar (Farquhar, 1996; Collard y Kashmeri, 2009; Grau Rubio y Fernández Hawrylak, 2015). La nueva cartografía de la reproducción se compone de actores clásicos y emergentes: la familia heterosexual nucleada en torno al lazo sanguíneo y las llamadas nuevas familias, asentadas en la redefinición de lo biológico y lo social y la resignificación de la gestación y la crianza. Las tecnologías reproductivas pueden a la vez reforzar la imagen y la concreción de la familia heterosexual sanguínea, en el caso de los tratamientos homólogos. Asimismo, a través de tratamientos heterólogos, pueden dar lugar a nuevas configuraciones tales como las familias monoparentales, familias en parejas del mismo sexo, co-maternidad y co-paternindad y gestación sustitutiva, como en los casos mencionados en páginas anteriores. En suma, permiten que la familia tradicional no se desvanezca cuando la concepción sexual no es factible al tiempo que da lugar a una resignificación de la gestación y la crianza.

El avance en materia de tecnologías reproductivas no se reduce al desarrollo de nuevos y sofisticados procedimientos clínicos y de laboratorio, sino que involucra también los usos, los significados y las experiencias de quienes acuden a ellos. Los diferentes contextos y significados que los sujetos forjan en torno a las tecnologías reproductivas completan una cartografía que en la teoría sociológica aun tiene mucho por indagar.

Quienes acuden a la medicina reproductiva para formar su familia lo hacen desde sus propias coordenadas orgánicas, biográficas y sociales: la infertilidad se presenta como un obstáculo que irrumpe al mismo tiempo que el deseo de formar una familia. Los factores de infertilidad, los estudios diagnósticos y los procedimientos biomédicos son significados por quienes ingresan a este campo médico desde discursos socialmente disponibles y que sedimentan en sentidos sociales en torno a la genética y el riesgo. Desde estos sentidos socialmente circulantes, las mujeres que recurren a la medicina reproductiva, construyen expectativas en relación a la conexión genética y evalúan diferentes riesgos. De modo que, analizar el avance tecnorreproductivo requiere nociones que den cuenta de las formas de significarlos de quienes recurren a estas técnicas.

En esta dirección, y, en primer lugar, en la presente tesis doctoral se considera fundamental distinguir las tecnologías de reproducción humana asistida de las trayectorias de reproducción tecnomediada. La primera noción es útil para referirse a las prácticas biomédicas de fecundación e implantación del embrión, la segunda da cuenta del trayecto que atraviesa una mujer por el campo de la medicina reproductiva. La noción de trayectorias de reproducción tecnomediada desplaza el foco del saber científico y la intervención biotecnológica a los itinerarios de quienes recurren a ella para lograr una descendencia genéticamente vinculada.

Retomando la perspectiva biográfica, que permite vincular los eventos biográficos con procesos de cambio social y cultural más amplios (Bertaux, 1981), los estudios de trayectorias se enfocan tanto en la subjetividad y los significados construidos por los agentes como en las relaciones sociales y las regularidades en el marco de las cuales éstos tienen lugar. Al respecto, Pierre Bourdieu discute la productividad y fiabilidad de las historias de vida en ciencias sociales que «tienden o pretenden organizarse en secuencias ordenadas según relaciones inteligibles» (Bourdieu, 1997: 75), generan una ilusoria coherencia de la narrativa. Al mismo tiempo, respalda el empleo de la noción de trayectorias, a la que define como una «serie de posiciones sucesivamente ocupadas por un mismo agente (o un mismo grupo) en un espacio en sí mismo en devenir y sumiso a incesantes transformaciones» (Bourdieu, 1997: 82). Con esta definición, Bourdieu propone estudiar los eventos biográficos en el marco de una trama de relaciones sociales y circunstancias objetivas.

Entendidas como «itinerarios visibles» que dan cuenta de los «cursos de acción y las orientaciones» (Godoy y Mauro, 2001: 5) el análisis de trayectorias permite visibilizar la intersección de los procesos macrosociales con las historias de vida. Nos referimos a las trayectorias por cuanto quienes ingresan a la medicina reproductiva, no por la temporalidad que invierten quienes se desplazan en este campo médico campo médico sino también por los desplazamientos subjetivos que se despliegan en orden de concretar el proyecto maternal. Es así, que proponemos la noción de trayectorias de reproducción tecnomediada (TRTM) como noción sociológica capaz de dar cuenta de las realidades subjetivas derivadas de la utilización de técnicas biomédicas y de laboratorio.

En diálogo y, a la vez en contraste, con nociones antropológicas como la de trayectoria del paciente o itinerario terapéutico (Kleinman, 1988; Good, 1994), la noción de trayectorias de reproducción tecnomediada permite recortar un recorrido específico dentro de la medicina, a saber, el de las tecnologías reproductivas. En relación a la noción de ruta del padecer (Castañeda Jiménez y Bustos López, 2001) que edifica este concepto en función de la esterilidad, la noción aquí propuesta, permite pensar en otros usos de la reproducción tecnomediada, como el de las madres solteras por elección o de las parejas del mismo sexo. Se recupera del planteo de Castañeda Jiménez y Bustos López (2001) la temporalidad que el tratamiento de la infertilidad implica, una prolongación en la cual intervienen factores orgánicos y socioculturales. Sin embargo, la referencia al padecimiento de la infertilidad, dificulta el abordaje de las prácticas de agenciamiento por parte de las mujeres entrevistadas. Asimismo, el empleo de referencias tales como personas usuarias, mujeres usuarias de TRHA o mujeres que recurren a las TRHA, adquiere un sentido acotado al uso de una o más técnicas y desconoce que en el proyecto biográfico de las mujeres que recurren a la medicina reproductiva, existe un antes y un después de su paso por este campo médico.

En esta lógica, el análisis de las TRTM se orienta a capturar el entrelazamiento de las dimensiones biográficas, discursivas y estructurales. La categoría propuesta permite un abordaje de los recorridos bajo estudio desde sus coordenadas espacio-temporales: las decisiones y comportamientos individuales desde el diagnóstico de infertilidad hasta el ingreso y permanencia en la medicina reproductiva. La definición apunta, por lo tanto, a trascender el mero aspecto instrumental de las tecnologías para ofrecer, en cambio, un modo de comprensión de las experiencias, narrativas, retóricas y repertorios que se derivan de aquellos usos biomédicos. Trabajar desde la noción propuesta permite capturar los cambios y continuidades registradas en torno a un objeto de investigación sociológica primordial, a saber, la familia, la filiación y el riesgo.

En segundo lugar, en los recorridos que las mujeres despliegan dentro de la medicina reproductiva se ponen en juego modos de significación en torno al lazo filial. En este sentido, defino y caracterizo la retórica de la genética como un conjunto de referencias y discursos en torno al lazo filial en el que convergen idearios socialmente circulantes y sedimentados en torno a la identidad individual y social, el mundo de las instituciones y el mundo íntimo de la familia. La retórica de la genética puede ser desglosada, a su vez, en dos: una retórica de la correspondencia y una retórica de la contingencia.

La retórica de la correspondencia hace hincapié en la conformación de una familia como un objetivo previo a la formación de la pareja. Asimismo, se pondera el logro de la fecundación con el propio material genético dado que se le asigna a éste la capacidad de transmitir la pertenencia a una familia, los gustos, habilidades y formas de ver el mundo propias de dicha unidad familiar. En la retórica de la correspondencia se considera que a través de la conexión genética se transmiten una serie de características de pertenencia social e identificación tanto familiar como social.

La retórica de la contingencia entiende la formación de la familia como una probabilidad inscripta en circunstancias biográficas. Aquí la maternidad emerge como probabilidad, en sintonía con ideas renovadoras en torno a los géneros. Asimismo, se valora el rol social de la crianza por sobre la conexión genética que, en este marco, admite graduaciones.

En las sociedades contemporáneas, caracterizadas por el pluralismo de sentidos (Berger y Luckmann, 1997), ambas retóricas coexisten. Los sentidos alrededor de la familia y la filiación resultan materia de reflexión, y en las TRTM, se ponen en diálogo constante y reflexivo.

En tercer lugar, consideramos que una motivación estructurante de las trayectorias bajo estudio es la conformación de una familia. A lo largo de la historia, la familia ha simbolizado un resguardo contra los riesgos vitales que caracterizan la experiencia humana. Pero ¿qué sucede cuando conformar una familia puede traer aparejados nuevos riesgos? ¿Qué redefiniciones del lazo filial se ponen en marcha y cómo se expresan éstas en las trayectorias? ¿Qué relaciones y tensiones se establecen entre las TRTM, la retórica de la genética y el riesgo?

En este sentido, en las TRTM el riesgo constituye una referencia con la cual se negocia en un doble sentido: en relación a la exposición biológica-corporal de un tipo de medicina invasiva que realiza todos sus procedimientos biomédicos en el cuerpo de la mujer y en relación a la exclusión socio-familiar sentida en diversos modos y lenguajes para quienes carecen de descendencia. La estimación práctica en torno al riesgo y al lazo genético deseado con la descendencia permean las decisiones relativas a cuántos y a qué clase de ciclos tecnorreproductivos realizar. Tal como se mencionó en páginas anteriores, las TRTM se constituyen desde una retórica de la genética sostenida individualmente y sedimentada socialmente. Al mismo tiempo, involucran una estimación práctica en torno la genética y el riesgo. Esto es materia de análisis de la siguiente sección.

2.1. Trayectorias de reproducción tecnomediada, lazo genético y riesgo

«Las mujeres que donan óvulos, tras haber acabado el procedimiento, no hay números, no hay nadie diciendo cuántas de ellas tienen complicaciones o problemas. Se vuelven anónimas. No aparecen en ninguna parte en la literatura médica. No aparecen en ningún seguimiento o supervisión del gobierno. Desaparecen.» Dra. Suzanne Parisian, Ex directora de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA)[6] 

En el capítulo anterior se revisó la creciente difusión de las tecnologías reproductivas y cómo -a medida que éstas se instalan entre las opciones reproductivas posibles- se conforma una cartografía que involucra a usuarias, usuarios, especialistas y niños y niñas nacidas gracias a ellas. Asimismo, se relevó que el proceso de formación de una familia a través de las tecnologías reproductivas no se reduce a ciclos tecnorreproductivos escindidos entre sí, sino que se trata de trayectorias en las que se redefine la genética y el riesgo, en las que se negocia entre las expectativas y las posibilidades.

En orden a analizar las TRTM en la ciudad de Bahía Blanca, en esta sección se examinan en profundidad los conceptos vertebrales de la tesis: trayectorias de reproducción tecnomediada, genética y riesgo. En virtud de los lineamientos teóricos relevados, se desarrollan nociones sociológicas para abordar las trayectorias de quienes recurren a las tecnologías de reproducción humana asistida y que permiten superar el reduccionismo de estos itinerarios a sus aspectos biomédicos. Sin tomar como punto de partida el desprecio o defensa de las tecnologías reproductivas, este capítulo parte de la consideración según la cual las tecnologías de reproducción humana asistida redefinen las lógicas de formación de familias, resquebrajan el sentido hegemónico de la familia heterosexual pero, simultáneamente, refuerzan la preferencia por la correspondencia genética, predilección similar a otras formas canónicas como la herencia dada por la sangre y la transmisión de la identidad nacional.

Las tecnologías de reproducción humana asistida se encuadran en un proceso de dominio técnico que encarna formas sutiles, casi silenciosas, a partir de las cuales la humanidad ejerce diferentes grados de intervención sobre la naturaleza. Estos crecientes grados de intervención y yuxtaposición de lo biológico y lo cultural-social han sido ampliamente analizados por las ciencias sociales.

Percibidas como ayuda o complemento de la ciencia, las mujeres recurren a las tecnologías de reproducción humana asistida para concebir una descendencia que, por diferentes motivos, no llega por la vía sexual. Según Ariza, las tecnologías de reproducción humana asistida pueden «intervenir y manipular procesos antes percibidos como irremediablemente dependientes del dominio de lo natural, lo cual ha venido acompañado de un trastocamiento de la percepción de la naturaleza como tal» (Ariza, 2010: 37). Asimismo, estas tecnologías intervienen en procesos antiguamente entendidos como una unidad indisoluble. La medicina reproductiva separa, divide y redistribuye «las antiguamente unificadas dimensiones de la maternidad (y en menor medida, la paternidad) en genes/cromosomas, útero/gestación y aspectos legales/sociales» (Farquhar, 1996: 16).

La celeridad de estos avances, la posibilidad de lograr la fecundación in vitro o mediante ICSI[7], el reemplazo mitocondrial con material genético de dos o tres personas[8], la disponibilidad de testeos genéticos en busca de posibles patologías, reactualiza el ideal moderno de moldear la naturaleza en favor del ser humano a la vez que transforma los imaginarios en torno a la genética y el riesgo. Resultantes del desarrollo de «las altas tecnologías de la bioquímica, la microcirugía y la ingeniería genética» (Spar, 2006: 22), las tecnologías de reproducción humana asistida pueden ser clasificadas como de baja complejidad (BC) y alta complejidad (AC). En ambos casos, se trata de una serie de técnicas biomédicas mediante las cuales se logra la concepción prescindiendo del acto sexual y sustituyéndolo por la ciencia encarnada en la cánula y la placa de Petri. Las técnicas de baja complejidad comprenden la estimulación ovárica (para inducir la producción de óvulos) y la inseminación intrauterina, que consiste en la introducción del semen mediante una pequeña cánula en el útero femenino. En este caso, la fecundación se produce dentro del cuerpo y pueden o no intervenir donantes de material genético. Es considerada de baja complejidad porque puede realizarse en el consultorio médico y no requiere de mayores complejidades o internación posterior. La fertilización in vitro (FIV), la inyección intracitoplasmática (ICSI) y la Zygote Intrafallopian Transfer (ZIFT) forman parte de las técnicas de alta complejidad. Mediante estos métodos la fecundación se produce en el laboratorio, prescindiendo del cuerpo y del acto sexual. En algunos casos, la fecundación se logra con la participación de donantes y receptores de gametos y se realizan testeos genéticos en orden a predecir posibles enfermedades congénitas. La complejidad de estas técnicas reside en la extracción de los óvulos, su fecundación en el laboratorio y su posterior implantación en el útero de la mujer gestante. Este procedimiento requiere tanto la estimulación hormonal previa como el uso de quirófano y anestesia general.

En la fertilización in vitro se colocan en la placa de Petri los óvulos y los espermatozoides esperando que estos fertilicen el óvulo por sus propios medios. En cambio, en la ICSI se introducen los espermatozoides en el citoplasma mediante una pipeta. En este sentido, la ICSI supone un grado mayor de complejidad ya que implica aspirar los espermatozoides e inyectarlos, induciendo la fecundación en un grado mayor a la FIV. En la ZIFT, que combina la fecundación in vitro (FIV) y la transferencia de gametos a la trompa de Falopio (GIFT), se produce la estimulación ovárica, la extracción y la fecundación de los óvulos en el laboratorio, al igual que en los otros tipos de tratamiento. Luego de lograda la fecundación, se transfieren los óvulos fertilizados a las trompas uterinas mediante una incisión debajo del ombligo.

Todos estos procesos involucran la visualización de los órganos reproductivos, los folículos aspirados y los embriones transferidos. La visualización intrauterina dada por las ecografías, abrió la puerta a un mundo anteriormente inaccesible al tiempo que desencadenó diferentes procesos de subjetivación del embrión y del feto (Conklin y Morgan, 1996; Rapp, 2007).

Estas definiciones señalan los procedimientos biomédicos llevados a cabo en los laboratorios y en las clínicas de fertilidad que realizan tratamientos reproductivos, pero nada ilustran respecto de las trayectorias de las mujeres que atraviesan estos ciclos, a veces en reiteradas oportunidades, con el fin de producir su descendencia. Precisamente, uno de los desafíos de la sociología es producir conceptos que den cuenta de las transformaciones individuales, familiares y sociales que se registran a partir de la creciente difusión de las tecnologías de reproducción humana asistida. En este sentido, la presente tesis se propone contribuir al desarrollo de conceptos sociológicos que permitan analizar las diferentes interpretaciones del lazo genético y del riesgo que los actores implicados desarrollan a lo largo de la trayectoria por la medicina reproductiva.

Según Barrancos, la reproducción tecnomediada despliega modalidades resultantes de «las actuaciones médicas, sobre la base de métodos y técnicas crecientemente sofisticadas» y que «tuvo derivas de enorme significado para las expectativas de la maternidad y la paternidad en las últimas décadas» (2015: 156). Esta definición, que inscribe las actuaciones médicas y los procedimientos biomédicos en el espacio social, permite atender e integrar en una perspectiva cognitiva más amplia las múltiples dimensiones del fenómeno bajo estudio. Anteponiendo la noción de trayectorias, se conforma entonces el concepto trayectorias de reproducción tecnomediada para designar las vivencias de quienes recurren a ellas, sus modos de procesar la intermediación tecnológica y las complejas negociaciones establecidas en torno a la conexión genética y los riesgos que se presentan en el recorrido. Las TRHA dan cuenta de los procedimientos biomédicos en sí mismos mientras que el concepto de TRTM se utilizará para abordar el trayecto que atraviesa una mujer desde el momento en que el deseo y la imposibilidad de gestar por la vía sexual irrumpen en su vida. Abordar la reproducción tecnomediada en términos de trayectorias habilita la comprensión de la perspectiva desde la cual las entrevistadas interpretan el mundo y la posición que ocupan dentro de una cadena mayor de agentes y significados (David y Sutton, 2004; Nasu, 2008). En este sentido, hallamos que el concepto de TRTM posibilita la comprensión de recorridos fluctuantes, que dejan una huella a lo largo de su biografía y en los que se entablan complejas negociaciones en torno al lazo genético, el riesgo, lo natural y lo artificial[9] (Ariza, 2010; Farquhar, 1996).

La filiación es a la vez un hecho natural -dependiente del cuerpo y sus productos- y un hecho social a partir del cual se entretejen relaciones entre individuos y grupos familiares. En las TRTM, la filiación es resultado de un proceso de intermediación científica y tecnológica a partir del cual «la consanguineidad no viene dada sino que es elegida y construida» (Bestard, 2009: 89). En el proceso de construcción de esa consanguineidad, las prácticas clínicas y de laboratorio son interpretadas por quienes participan de esta trama y, en función de discursos más amplios acerca de la genética y el riesgo, optan -o no- por un tipo de tratamiento, habilitan los testeos genéticos en el embrión o bien reintentan luego de un ciclo infructuoso, entre otras decisiones posibles.

Más allá de los factores orgánicos, de los tiempos y proyectos biográficos, en todos los casos la reproducción tecnomediada involucra una definición de la filiación que invoca diversos aspectos vinculados a la transmisión de información genética de padres a hijos/as. Esta definición, en el pasaje de la modernidad sólida a la modernidad líquida, experimenta un giro ontológico: si en la primera, la filiación se encontraba sujeta a la sangre y significaba la transmisión de la pertenencia a una comunidad nacional, en los albores del siglo XXI el ADN es interpretado como vehículo -ya no de pertenencia a un Estado nación- sino de gustos, habilidades y formas de ver el mundo compartidas que ratifican la pertenencia mutua entre padres/madres e hijos/as. Esta interpretación actúa como catalizadora de las trayectorias tecnorreproductivas en tanto y en cuanto es manifiesto el deseo de producir una descendencia genéticamente correspondiente: la búsqueda del «hijo/a propio/a», tal como emerge en las narrativas de las entrevistadas.

Dado que las tecnologías reproductivas no son únicamente las prácticas biomédicas que los expertos ponen en marcha para lograr la fecundación sino que conforman un entramado de actores e instituciones alrededor de ellas, definirlas exclusivamente sobre la base de criterios médicos supone sostener una definición reduccionista de este nuevo fenómeno social. En las narrativas de las mujeres entrevistadas, el ADN no se interpreta solamente en términos biológicos. Los vínculos filiales son entendidos como fruto del deseo y la elección, pero sobre la base de una «sustancia reproductiva compartida» (Finkler, 2000: 36). El significado social del ADN -que reemplaza a la sangre como sustancia que legitima una pertenencia mutua entre padres e hijos/as- rebasa la definición biológica según la cual solo se trata de información. El lazo genético se traduce no solo en el parecido físico -un juego de espejos entre progenitores e hijos/as-, sino también en los gustos, en las habilidades, en las formas de ser y de pensar que hacen de ese hijo/a un hijo/a propio/a. El lazo genético, en las narrativas, legitima la pertenencia a una estructura familiar y posibilita, además, la existencia del «hijo/a propio/a».

La conexión genética se pone en marcha de distintas formas en caso que el tratamiento sea homólogo[10] o heterólogo[11]. En el primer tipo de intervención, en donde se emplea el material genético de la pareja y el útero de la madre prospectiva para gestar, la reproducción tecnomediada se presenta como una imitación de las dinámicas de reproducción humana heterosexual. Este tipo de intermediación tecnológica vehiculiza un sentido de la filiación en el cual el ADN transmite la identidad familiar sellada por el parecido físico y que recompone el modelo de consanguineidad tradicional (Bestard, 2009: 85). En el caso de los tratamientos heterólogos, es decir, aquellos en los que la concepción puede darse con el material genético (óvulos y esperma) de uno de los progenitores y/o un donante o con material genético de donantes en su totalidad, la filiación cobra nuevas dimensiones. En este tipo de tratamientos, aunque el material genético sea donado, las mujeres entienden que la experiencia de gestar consolida la filiación, el lazo genético y, en definitiva, al deseado/a «hijo/a propio/a».

Estas dimensiones ponen de manifiesto que interpretamos social y culturalmente la información genética contenida en el ADN rebasando la explicación puramente técnica-instrumental (Franklin, 2003). De la mano de estas nuevas posibilidades biomédicas y traducciones socio-culturales erigidas en torno al ADN, se registra una exaltación de la conexión genética: en la narración de sus TRTM, las mujeres hacen diferentes valoraciones acerca del lazo genético, el logro de la maternidad a través de la adopción o través de la donación de material genético. Sin embargo, todas ponderan el valor del lazo genético. Las tecnologías de reproducción humana asistida resquebrajan las formas tradicionales de concebir y formar familias ancladas en la sangre mientras que, en simultáneo, refuerzan el ideal de la correspondencia genética entre padres e hijos/hijas en tanto el ADN vehiculiza formas de pertenencia mutua íntimas e indiscutibles.

En este sentido, a medida que la reproducción tecnomediada se emplaza entre las opciones reproductivas, como campo médico-discursivo y como industria, se generan traducciones socioculturales acerca de qué es la información genética y de qué modos diversos se pueden construir familias en torno a ella. En esta dirección, el abordaje de las TRTM posibilita el análisis de los modos de significación individual y social en relación al lazo genético y cómo su ausencia, provocada por la infertilidad, pone en riesgo el relato biográfico, corporal y reproductivo de quienes la atraviesan.

La búsqueda infructuosa de una descendencia ligada genéticamente supone un riesgo para las mujeres que la padecen: el riesgo de quedar excluidas de los intercambios materiales y simbólicos que la maternidad establece. Con el objetivo de evitar que este riesgo cristalice en un daño es que las mujeres recurren a las tecnologías de reproducción humana asistida que, a la vez, suponen nuevos riesgos, vinculados principalmente a la salud de los niños y niñas[12] mediante estas técnicas y de las mujeres que experimentan con ellas (Red LARA, 2001, 2002, 2004).

La importancia atribuida al lazo genético permite comprender que para las mujeres infértiles o sin pareja, las tecnologías de reproducción humana asistida constituyen el vehículo a través del cual sortear un profundo riesgo: el de quedar «afuera de la sociedad» sentido que, en ciudades intermedias como la ciudad de Bahía Blanca, altamente centrada en la producción de descendencia, adquiere una importancia vital. Evitar la exclusión socio-familiar y el lugar ambiguo en el que la infertilidad sitúa a las mujeres que carecen de descendencia recurriendo a las tecnologías reproductivas encarna, sin embargo, otros riesgos, derivados de la intervención biológica-corporal de un tipo de medicina invasiva que realiza todos sus procedimientos biomédicos en el cuerpo de la mujer. En este sentido, el riesgo constituye una referencia con la cual se negocia en un doble sentido: por un lado, en relación a las experiencias de la exclusión social-familiar y por el otro, en relación a la constitución del cuerpo femenino como espacio de intervención e investigación privilegiado de la medicina reproductiva.

Desarrollada para referirse a los efectos colaterales del progreso, la noción de riesgo se convirtió en una de las claves explicativas de las sociedades contemporáneas (Giddens, 1995, 1997; Beck, 2002). En los textos pioneros acerca de las sociedades del riesgo, esta categoría analítica fue utilizada, principalmente, para dar cuenta del impacto que el desarrollo tecnológico e industrial ejerce sobre el medioambiente, con especial énfasis en el calentamiento global, la alteración de los ciclos de la naturaleza y la extinción de especies animales. Siguiendo a Giddens (1995, 1997, 2007), las sociedades contemporáneas están atravesadas por riesgos manufacturados, derivados de la creciente capacidad científica y tecnológica de intervenir en la naturaleza.

A diferencia de los riesgos premodernos -resultantes de la tradición o de las fuerzas de la naturaleza- el riesgo manufacturado es «creado por el impacto mismo de nuestro conocimiento creciente sobre el mundo» (Giddens, 2007: 14). En efecto, en el planteo de Giddens el riesgo es un vector a partir del cual se estructuran las sociedades contemporáneas. En un contexto en el que se traslada la gestión del riesgo hacia el seno individual, el proyecto biográfico se construye estimando los posibles efectos del riesgo y las fuentes de incertidumbre. Según Giddens, «El riesgo se refiere a peligros que se analizan activamente en relación a las posibilidades futuras» (2007: 13). En este sentido, la noción de riesgo permite establecer relaciones productivas entre la posibilidad de que un riesgo se cristalice en un daño y las estrategias a desplegar frente a ellos por parte de los agentes. Las estrategias empleadas para minimizar el riesgo y la incertidumbre tienen por objeto reconstruir el sentido de seguridad ontológica que, con el advenimiento de la modernidad reflexiva, ingresa en un proceso de desestabilización (Giddens, 1997).

La inestabilidad biográfica, de la tradición y de las instituciones políticas revela su poder en el mundo contemporáneo. De este modo, en su análisis acerca de la profundidad que adquiere el riesgo en las sociedades contemporáneas, Beck amplía su sentido al asociarlo y contraponerlo con la noción de incertidumbre. La noción de riesgo se emparenta con la de incertidumbre por cuanto ambas se vinculan a un contexto en el cual la tradición y las instituciones encargan la gestión del riesgo al individuo. Sin embargo, se distinguen en que, a diferencia del riesgo, la incertidumbre aparece como difusa, inconmensurable e imprevisible (Beck, 2008).

Considerando las conceptualizaciones previamente revisadas, las diversas formas en las que el riesgo emerge en las narrativas de las mujeres que recurren a las tecnologías reproductivas representan una gran complejidad: las teorías del riesgo versan principalmente sobre catástrofes naturales o humanas tales como desplazamientos de refugiados, hambrunas, transformaciones económicas, es decir, habilitan el análisis de problemáticas globales. De modo que cabe preguntarse ¿Cómo emerge el riesgo en las TRTM? ¿Qué riesgos entraña la infertilidad? ¿A qué riesgos se exponen las mujeres que recurren a la medicina reproductiva? En las narrativas relevadas resulta poco frecuente encontrar alusiones a los riesgos corporales de la medicina reproductiva, así como son escasos los estudios clínicos y los abordajes de las ciencias sociales sobre el tema. La referencia a posibles consecuencias -síndrome de hiperestimulación ovárica, aborto espontáneo, embarazo ectópico, embarazo múltiple, riesgos de prematuridad o de transmisión de anomalías cromosómicas a la descendencia- o bien de lesiones propias de la introducción de cánulas durante la transferencia del embrión que se realizan en las trompas uterinas son riesgos posibles[13] pero prácticamente inexistentes en las entrevistas realizadas. En cambio, sí son identificados los riesgos de índole psíquica o emocional: la confirmación clínica de la infertilidad y el ingreso a la medicina reproductiva representa un riesgo para el relato biográfico, corporal y reproductivo desarrollado a lo largo del ciclo vital.

El desconcierto ante el diagnóstico de infertilidad, el despliegue de las primeras etapas de las TRTM -ya sea ingresando directamente a los tratamientos de alta complejidad o bien experimentando técnicas de un grado de invasividad creciente- la frustración derivada del fracaso de un ciclo tecnorreproductivo, desafía, en primer lugar, un relato biográfico en el cual la maternidad sobrevendría en ciertos plazos y condiciones. En segundo lugar, compromete el lugar asignado al cuerpo, en general, y al cuerpo femenino en particular, en la reproducción y la gestación. Las imágenes idealizadas de la gestación y la maternidad (Badinter, 1981; Nari, 2004) atravesadas por la aspiración de concretar estas experiencias con la menor intermediación médica posible, asignan al cuerpo un rol preponderante que, cuando no puede ser cumplimentado, supone un riesgo vivido en primera persona. En tercer lugar, el riesgo se explica con vigor en el relato reproductivo: la ausencia involuntaria de descendencia implica quedar por fuera de esa trama material y simbólica que se entreteje a partir de -y junto con- la maternidad. La infertilidad sitúa a las mujeres en un espacio en ambiguo que se acentúa si están en pareja y aun así la concreción de proyecto parental no se realiza. En esta zona abyecta, cargada de incertidumbre, las mujeres infértiles encuentran en la medicina reproductiva la chance de «darle un hijo o hija a la pareja» o «realizarse plenamente como mujer» y de poder participar de los intercambios lingüísticos propios de la maternidad con otras mujeres.

En suma, el proyecto individual y familiar se encuentra en riesgo cuando la infertilidad es corroborada en términos clínicos. A lo largo de esta sección, se han desglosado la noción de TRTM en orden a abordar los desplazamientos corporales, biológicos y subjetivos que despliegan quienes recurren a este campo médico para concebir y formar una familia. Se ha indagado en las retóricas de la genética y su rol como garante de la conexión entre progenitores e hijos/as así como se ha explorado de qué modo la infertilidad pone en riesgo estos deseos y aspiraciones, enfrentando a la biografía con los discursos y al cuerpo con el sistema de salud. En la siguiente sección se analiza de qué modo la familia es también atravesada por cambios materiales y discursivos que refuerzan los idearios de elección por sobre los de la obligación y cómo estos se vinculan con la aparición de un conjunto de tecnologías que posibilitan múltiples modulaciones familiares.

2.2. La familia: de la sangre al ADN, de la moral al deseo

«Las formas de vivir alternativas del pasado surgieron a causa de imposiciones de nuevas realidades sociales y económicas en tanto las del presente parecen surgir de una creciente libertad para decidir voluntariamente cómo se quiere vivir, si en unión consensual, si en hogares monoparentales, si en ensamblados, si en pareja sin hijos o solo/a en un contexto de creciente igualdad entre mujeres y hombres, si a través de la mejorada tecnología reproductiva y aceptación de la sexualidad extramarital, y crecientes habilidades de los individuos para sobrevivir independientemente del sistema de apoyo basado en el parentesco» (Wainerman y Geldstein, 1994: 248).

Las TRTM se desarrollan con el propósito central de formar una familia y, a lo largo de este desarrollo, se ponen en juego significados socialmente disponibles sobre las uniones familiares y sobre las sustancias compartidas (Finkler, 2000) que legitiman su existencia por cuanto conectan a madres/padres e hijos/as. La reproducción tecnomediada inaugura una serie de rupturas y permanencias: por un lado, desarticula una serie de mandatos encadenados en relación a la maternidad y los géneros, pero, al mismo tiempo, mantiene intacta la conexión genética –una idea que en sí misma no es nueva en la historia- como legitimación de los lazos filiales.

En el pasaje de la modernidad sólida a la modernidad líquida, la familia experimenta dos transformaciones significativas. Un primer desplazamiento en el que la sangre, como garante de la unión familiar, cede su lugar al ADN. Y un segundo desplazamiento, en el cual el deseo sustituye a la moral como fundamento de la formación de la familia. En relación a los objetivos de la tesis, en esta sección se analizan los cambios materiales y discursivos que atraviesan las uniones familiares en el pasaje del siglo XX al siglo XXI, dado que estos forman parte del contexto material y discursivo en el cual se inscriben los recorridos bajo estudio.

En este tránsito se producen nuevas articulaciones entre familia y mercado. El hogar y la unidad familiar dejan de ser aquel núcleo productivo encargado de garantizar la subsistencia de sus miembros. En función del proceso industrializador que separa la producción doméstica de la industrial se redefinen los roles y significados atribuidos a la familia y al espacio del hogar. A medida que el avance industrializador se profundiza, el rol productivo del hogar decrece y la celeridad en la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado se incrementa, aunque esto no alteró la redistribución de las tareas de cuidado entre cónyuges. La conformación de la pareja y la descendencia deja de ser una estrategia de contribución al rol productivo del hogar. En los siglos XX y XXI conformar una unión conyugal y el esperado correlato en una unidad familiar con hijos/as dejará de ser aquel mandato orientado a garantizar la subsistencia que tenía la familia premoderna. Lejos de su rol de garante de la subsistencia económica, la familia se reconfigura como un anhelo íntimo cuyo vértice es la individualidad de quienes se unen. En adelante, la familia contribuye al paisaje de lo íntimo, en el que se conforman lazos y pertenencias, afectos e identidades.

Respecto de los cambios de orden simbólico, es preciso mencionar que las renovadas formas de vincularse al interior de las familias, tanto entre los cónyuges como entre padres e hijos, caracterizadas por la horizontalidad y la democratización, no implicaron la disolución del lazo genético como fuente de legitimación de las mismas. La emergencia de un nuevo contorno discursivo en torno a la familia, que enfatiza en el amor, el cuidado y la elección –principios acordes a la fluidez moderna, en los términos de Bauman- apelará a los pilares genéticos para contrarrestar la ausencia de las condicionantes económicas que legitimaron a la familia premoderna.

La familia, preocupación fundamental de higienistas y reformadores sociales modernos, fue sindicada como aquel agente encargado de la consolidación del moderno orden burgués (Gay, 1992). De este modo, el pasaje del «gobierno de la familia» propio del régimen feudal al «gobierno a través de la familia» de la modernidad (Donzelot, 2008: 25) da cuenta de la particular importancia asignada a ella a lo largo de la historia. Articuladora de un orden económico y social, la familia será un objeto de intervención privilegiado para la consolidación de la primera modernidad o, en los términos de Bauman, modernidad sólida.

Estructurada en torno al sistema patrilineal y entendida como una institución intemporal, la familia de los siglos XIX y XX tiene como principal función la acumulación de patrimonio y la transmisión de la herencia. A su vez, en tanto espacio primario de socialización, la transmisión de ideas y valores relativos al Estado nación, la comunidad y la tradición se consolida como una de sus funciones principales. La vida familiar se vincula, de este modo, con las instituciones estatales conformando una totalidad proveedora de sentido a lo largo de las distintas etapas del ciclo vital.

Así también, la modernidad sólida reconfigura las vinculaciones entre familia y mercado, separando el espacio productivo del reproductivo y disponiendo que el hogar y la familia constituyan espacios privados en los que –aparentemente- el Estado no tiene injerencia. Según Benería, la escisión del espacio productivo del reproductivo constituye una separación primordial sobre la cual se edifica el entramado social y afectivo de tal forma que «en todas las sociedades el trabajo doméstico se considera muy predominantemente trabajo de la mujer. La razón de esto se encuentra en el papel reproductor de la mujer, ya que, como se ha indicado antes, esta función biológica insustituible ha sido la base de la asociación de la mujer con el cuidado de los niños y con otras tareas relacionadas con el mantenimiento cotidiano de la fuerza de trabajo» (Benería; 1979: 220).

Al mismo tiempo, la división taylorista-fordista[14]del trabajo consolidó un régimen de acumulación caracterizado por la producción en serie y un modo de regulación político-institucional (Castel, 2006). El crecimiento económico, el pleno empleo y la continuidad en el puesto de trabajo actúan como configuradores de un modelo de varón proveedor de familia. En este modelo en el cual el trabajo doméstico permanece invisibilizado y sin remuneración, el salario masculino cubre las necesidades del grupo familiar puesto que, en dicho ordenamiento laboral y familiar, es el jefe de familia el único que participa en el mercado de trabajo. En este sentido, Todaro y Abramo (2002: 5) señalan que en esta configuración primó la idea según la cual «el crecimiento dependía de la disponibilidad de mano de obra con ingresos suficientes para sostener la demanda de bienes y servicios en un mercado relativamente cerrado».

En su estudio sobre las reconfiguraciones de las relaciones laborales en el capitalismo, Castel (2006: 42) acuña el concepto de sociedad salarial para referirse a las protecciones que transformarán el trabajo en empleo de tiempo completo y a largo plazo. En la sociedad salarial la actividad que se realiza bajo la regulación legal de «un estatuto que garantiza un salario mínimo, protecciones del derecho laboral, la cobertura por accidentes, por enfermedad, el derecho a la jubilación o retiro» involucra a la familia y la división de roles en su interior. La relación laboral propia del capitalismo en su fase industrial (Dombois, 2002) se caracteriza por el empleo a tiempo completo, con contratos negociados colectivamente, por la continuidad en el puesto de trabajo y por una jornada de trabajo estandarizada. A su vez, como ya dijimos, los ingresos del varón proveedor deben cubrir las necesidades del grupo familiar, ya que es el único trabajador ocupado en un empleo considerado productivo. En suma, se esboza un modelo androcéntrico de familia, organizado alrededor del rol proveedor del varón, de la división taylorista-fordista del trabajo y de la división sexual del trabajo (Benería, 1979; Carrasco, 1999; Todaro y Abramo, 2002). La articulación entre Estado, mercado y familia como pilares del proceso de reproducción social se extenderá hasta aproximadamente mediados de los años 70 del siglo XX.

A lo largo del siglo XX, los profundos cambios impulsados por el feminismo en la vida de las mujeres, principalmente su ingreso en campos de la vida social a los que anteriormente no habían tenido acceso, habilitan renovados trayectos afectivos y reproductivos. Los cambios locales pueden vincularse, a la vez, también con la transición demográfica que toma impulso desde la década del 60 a nivel global. Durante este período, un conjunto de fenómenos demográficos, sociales y culturales posibilitaron las transformaciones familiares bajo análisis. Nos referimos principalmente, a la creciente industrialización y a los avances médicos y farmacéuticos junto con el descenso de las tasas de natalidad resultantes de la mayor autonomía sexual de las mujeres. El retraso de la nupcialidad y el ascenso de las rupturas matrimoniales y de los segundos matrimonios (Franklin, 1997; Strathern, 1998; Rapp, 2001) dialoga con el auge de las nuevas tecnologías reproductivas que acompañó y profundizó una nueva cartografía de la sexualidad y la reproducción (Franklin y McKinnon, 2001).

En líneas generales, el siglo XX inaugura la separación de la sexualidad de la procreación, la postergación de la maternidad y el descenso del número de hijos o la elección de no ser madre. De la mano de estos cambios, se gestan nuevos horizontes discursivos que sustituyen gradualmente el tradicional «sistema de restricciones y prohibiciones que regulaba la sexualidad y que durante años perseveró en Occidente con un sistema de prácticas, códigos y discursos que tenía su eje en la limitación de la autonomía de los sujetos -sobre todo las mujeres- respecto de su propio cuerpo» (Margulis, Urresti, y Lewin, 2007: 19). Los movimientos contraculturales de los años 60, la segunda ola feminista y el surgimiento de políticas de planificación familiar conforman otro panorama en la disputa por la sexualidad y la reproducción. El desarrollo de tecnologías anticonceptivas y de nuevas discursividades en torno al sujeto y su autonomía supuso nuevos entreveros en los discursos en torno a la familia. En efecto, luego de ser testeada en las poblaciones de bajos recursos de Puerto Rico y Harlem como laboratorios de control de la natalidad (Felitti, 2012), la comercialización de las primeras píldoras anticonceptivas se produjo en el marco de complejas transformaciones de las pautas de formación de familias, de las relaciones entre los géneros y con la «explosión demográfica» de posguerra como telón de fondo. Tal como señala Felitti:

«La aparición de la píldora anticonceptiva en el mercado norteamericano en mayo de 1960 y su rápida diseminación por el resto del mundo debe situarse en un escenario complejo. En una época en la que cobraron visibilidad nuevos modelos de relación entre varones y mujeres, cambios en las configuraciones y vínculos familiares y pautas más abiertas en términos de moral sexual» (Felitti, 2012: 111).

En nuestro país, al aumento de la edad al casamiento, que registra un incremento de seis años, se suma la cohabitación de prueba y el aumento de las uniones consensuales en detrimento del matrimonio legal (Torrado, 2003; Wainerman, 2005; Geldstein y Schuffer, 2011). Según Torrado, estas transformaciones son explicables por:

«una traslación del calendario de vida de hombres y mujeres explicable por diversos factores: a) por la notable prolongación de la escolaridad en la adolescencia y en la juventud, producto del progreso social pero también del conocido fenómeno de la devaluación de los títulos académicos, b) por la postergación de la entrada a la actividad económica» (Torrado, 2003: 311).

De este modo, los ideales modernizantes (Wainerman, 2005: 68) respecto de la sexualidad, la reproducción y la familia que en un principio se encontraban acotados a las elites urbanas calaron en vastos sectores sociales. De la mano de la difusión del psicoanálisis, el ideal normativo de la familia como locus de la reproducción de la especie cedió paso al ideal de la familia como «espacio de realización individual» y -en línea con esta transformación subjetiva- «el sexo se separó de su función eugenésica exclusiva mientras el placer ganaba un espacio legítimo» (Wainerman, 2005: 68).

En el tránsito del siglo XX al siglo XXI, la familia se hará eco de la desintegración de un entramado de instituciones que Bauman agrupa bajo el significante de la modernidad sólida. Tal como refiere el autor:

«Durante toda la etapa sólida de la era moderna, los hábitos nómades fueron mal considerados. La ciudadanía iba de la mano con el sedentarismo, y la falta de un ‘domicilio fijo’ o la no pertenencia a un ‘Estado’ implicaba la exclusión de la comunidad respetuosa de la ley y protegida por ella, y con frecuencia condenaba a los infractores a la discriminación legal, cuando no al enjuiciamiento» (1999: 110).

Según Bauman, la fluidez caracteriza los tiempos que corren. El proceso de desintegración de las instituciones de la modernidad sólida insta a reformular los ordenamientos familiares, sus lógicas de formación y disolución, su rol como garante del bienestar y su relación con el Estado. En el marco de la modernidad líquida, la familia es resignificada: por un lado, a partir de una serie de transformaciones sociotécnicas y su impacto en el mundo del trabajo; por otro lado, a partir de procesos de destradicionalización y pluralización de sentidos (Beck, Giddens y Lash, 1997).

Los desarrollos tecnológicos en materia de producción y de comunicación, la liberalización del comercio y de los movimientos de capital, junto con una serie de políticas de ajuste estructural, convergerán en una profunda reestructuración económica (Dombois, 2002). La expulsión de capital variable y su reemplazo por capital fijo modifican radicalmente la estructura del empleo. La fragmentación, la flexibilización y la sostenida incorporación de las mujeres al mercado de trabajo impactan en las pautas sociales y culturales a partir de las cuales se forman de las familias.

Asimismo, los procesos de destradicionalización y pluralización de sentidos interpelarán al individuo en tanto tal, más no como miembro de una clase ni de un Estado nación. En cuanto al pluralismo de sentidos en ascenso y al proceso de destradicionalización, estos conceptos no hacen referencia a una sociedad sin tradiciones sino a «un orden social en el que cambia el status de la tradición» (Beck, Giddens, y Lash, 1997: 11). En el contexto del pluralismo moderno, no existe un único sistema de valores que gobierne la vida individual. La creciente pluralización permite optar por distintos sentidos que, a la vez, compiten entre sí para interpelar a los individuos. Esta nueva cartografía de significados se traduce en los múltiples discursos a través de los cuales los agentes significan su ciclo vital (Berger y Luckmann, 1997: 9). Distintas comunidades de sentido -inclusive algunas contradictorias entre sí- conviven en un mismo espacio de manera cuasi autónoma como resultado de la creciente complejidad y reflexividad de los agentes. En este sentido, el fenómeno de la pluralización hace referencia a un mundo en el que las instituciones tales como la iglesia y la familia, organizadas alrededor -a la vez productoras- de los valores androcéntricos y tradicionales, son disputadas y politizadas.

Considerando los procesos mencionados, para algunas corrientes sociológicas la familia atraviesa un proceso de reconversión, en tanto que para otras experimenta una crisis que preanuncia su fin. En el marco de esta tesis, se sostiene que la familia, en tanto núcleo de la experiencia humana, no se encuentra en crisis ni en disolución, sino que atraviesa dos desplazamientos que le permiten -apoyándose en las tecnologías de reproducción humana asistida- acomodarse a los tiempos que corren. La sangre y la función moral de la familia son desplazadas como fuentes de legitimación del orden familiar. En adelante, el ADN y el deseo se convierten en pilares prácticos y discursivos de la vida en familia.

2.2.1. De la sangre al ADN

A diferencia de la sangre, tejido líquido encargado de llevar a cabo las funciones vitales, el ADN es el conjunto de información genética del organismo que, invisible al ojo humano, ofrece las instrucciones y expresiones de una persona. El advenimiento de la modernidad líquida cataliza una reconversión: si antes la correspondencia sanguínea aseguraba la herencia y la pertenencia al orden colectivo nacional, en las sociedades contemporáneas será la correspondencia genética o las formas parciales de la contingencia genética las que simbolizarán la pertenencia entre los miembros de la familia.

Las propiedades del ADN y los avances científico-tecnológicos desarrollados para desentrañar la información que contiene lo erigen en sustancia clave de la modernidad líquida por cuanto permite «llegar a los determinantes subyacentes, los genes y sus modos de funcionamiento en el nivel molecular» (Rose, 2012: 141). La molecularización de la vitalidad a la cual se refiere Niklas Rose (2012) expresa las nuevas posibilidades inauguradas en la medicina una vez que puede trascender el tacto y atravesar las superficies (Foucault, 2001). La posibilidad de acceder al nivel molecular de los organismos vivientes conlleva, simultáneamente, nuevos niveles de dominio y de responsabilidad bioética:

«Podría decirse que la política vital de los siglos XVIII y XIX fue una política de la salud: de tasas de natalidad y mortalidad, de enfermedades y epidemias, de la vigilancia y el control del agua […]. Pero la política vital de nuestro siglo es muy diferente: no se encuentra delimitada por los polos de la salud y la enfermedad, ni se centra en eliminar patologías para proteger el destino de la nación. Antes bien, se ocupa de nuestra capacidad, cada día mayor, de controlar, administrar, modificar, redefinir y modular las propias capacidades vitales de los seres humanos en cuanto criaturas vivas. Es, como sugiero, una política de la ‘vida en sí’» (Rose, 2012: 25).

Siguiendo a Rose, la biopolítica del siglo XXI encarna «una política de la vida en sí» (Rose, 2012: 27). Se trata de un desplazamiento epistemológico que involucra, tanto una modificación profunda de los métodos y las prácticas médicas sustentadas en el soma, como también nuevas dinámicas de producción y circulación del conocimiento científico, procesos de tecnologización de las prácticas médicas en materia de salud, enfermedad, vida y muerte (Rose, 2007). En este giro, las capacidades reproductivas serán abordadas desde un nuevo paradigma científico y tecnológico.

Desde fines del siglo XIX y durante el siglo XX la sangre se constituyó como garantía de la relación filial mientras que, en el siglo XXI, el ADN será la sustancia que legitime dichas relaciones, desplazando a la primera como fundamento del parentesco. Sustituyendo el vínculo sanguíneo por la correspondencia genética como fuente de legitimación, los nuevos discursos en torno a la familia la redefinen como espacio de probabilidades genéticas, afectivas y sociales. En este nuevo y más amplio espectro coexisten los sentidos que refuerzan el valor de los lazos genéticos entre progenitores e hijos/as con técnicas que reposan sobre la disociación entre aportantes del material genético, aportantes del útero y cuidadores.

En tanto nueva fuente de legitimación de las uniones familiares, el ADN simboliza la transmisión de una información genética pero al cual se le atribuye la posibilidad de legar rasgos fenotípicos compartidos, los gustos, las habilidades y las formas de ver el mundo que sellan la pertenencia mutua al mundo íntimo de la familia. En el marco de este pasaje, la valoración de la herencia hará un énfasis mayor en la transmisión de estas características subjetivas propias del mundo familiar que en la transmisión del patrimonio económico objetivado en la propiedad, aunque, tal como podríamos suponer siguiendo a Bourdieu (1990, 1998, 2011) exista relación entre estas características subjetivas legadas y la reproducción de la clase de origen. Al respecto, Strathern señala que: «El parentesco delineó un proceso de desarrollo que garantiza la diversidad, la individualidad de las personas y la generación de posibilidades futuras» (1992: 39). Retomando lo señalado por Strathern, consideramos que, tanto en relación a los rasgos físicos, gustos y habilidades como en relación a la herencia económica, a través de la descendencia se construye una proyección de futuro en la que estos sentidos, reales o imaginados, entran en juego.

2.2.2. De la moral al deseo

Si los siglos XIX y XX edificaron las bases de la función moral de la familia en la consolidación de la identidad nacional, el XXI sellará el tránsito al deseo y la elección. En este nuevo contexto, se apela a nuevos patrones de autoridad al interior de la familia que destacan la horizontalidad entre cónyuges. En el pasaje de la modernidad sólida a la modernidad líquida, la imagen de la familia como espacio moralizante, garante de la salud de la población y la tradición nacional, cede el paso a una imagen de la familia resultante de la noción psicoanalítica de deseo e inscripta en la «retórica de la intimidad» (Arfuch, 2010: 21).

En los términos propuestos por Bestard, se da un pasaje de un modelo parentesco estándar a un modelo constructivista del parentesco en el que la formación de una familia no se reduce a la conexión genética sino que incorpora la elección. Pensando en el espectro de configuraciones familiares dado por las tecnologías reproductivas y las familias ensambladas, Bestard sostiene que «El mundo de lo construido se extiende más allá de la naturaleza; lo que viene dado es simplemente la obligación de escoger» (Bestard, 2009: 89). En las sociedades contemporáneas, conformar una familia será una posibilidad en el marco de un creciente pluralismo subjetivo y biográfico, aunque esta creciente apertura hacia nuevos horizontes discursivos y dinámicas familiares, vale decir, sigue encontrando en la correspondencia genética una fuente de legitimación.

Dados los cambios en materia de relaciones de género, la creciente presencia de las mujeres en el trabajo productivo y los procesos de individualización, la familia deja de ser concebida como fuente de orden moral y garante del Estado nación. En adelante, se construyen nuevos significados que la sindican como fruto del deseo y la elección individual.

En el marco de este estudio encontramos que estos nuevos modos de concebir y formar familias nos presentan una paradoja: el deseo de tener «hijos/as genéticamente ligados/as» se produce en el marco de discursos sociales que hacen hincapié en la elección y el deseo de formar una familia más que en la transmisión de la herencia o la pertenencia nacional. No obstante, esta transformación, y en virtud de los datos relevados para la investigación, la conexión genética sigue resonando como fuente de legitimación. Con mayor o menos énfasis, en la retórica de la correspondencia y en la retórica de la contingencia, el vínculo genético sigue presente como elemento de pertenencia e identificación con el cual se dialoga a lo largo de las TRTM. Los nuevos horizontes discursivos lograron despojar a la familia de su rol de garante del orden y la moral social que se le atribuyó en los siglos previos. Sin embargo, aun con su redefinición como deseo individual o de la pareja, la valoración de la conexión genética no se disolvió.

Los modos de conformar y significar a las familias registran continuidades y rupturas. Entre las primeras, y de acuerdo a los datos relevados, se destaca que la conexión anclada en sustancias genéticas como fuente de legitimación familiar se mantiene vigente. Entre las segundas, hallamos que el desplazamiento de la sangre al ADN redefinió la importancia atribuida a aquello que se transmite de progenitores a hijos/as. En estos nuevos modos de significación de la familia, la herencia no es primordialmente económica sino que conlleva formas de ser y de actuar. El ADN se constituye en vehículo de consanguineidad, pero también de identidad. En este punto, con el ADN se hereda el aspecto físico pero también los gustos y las habilidades que hacen a esa descendencia propia. De este modo, se redefine el soporte naturalizado de la filiación entre padres e hijos. Aunque cambie de signo y se sustituya la sangre por el ADN, sigue existiendo una sustancia compartida que ratifica al vínculo social de la crianza, un elemento que en sí mismo no es nuevo en la historia.

En suma, los cambios inaugurados en el siglo XX (separación de la sexualidad de la reproducción y nuevas articulaciones entre familia y mercado) se profundizan en el ingreso al siglo XXI, en el que las tecnologías de reproducción humana asistida adquieren un rol clave. Una de las particularidades de estas tecnologías es la compleja relación que sostienen con la reproducción sexual humana: por un lado, pueden imitar los tiempos y las condiciones de la reproducción sexual, mientras que, por el otro, pueden desafiarla al extender sus límites y modificar las tramas filiales.

El proceso de medicalización de la infertilidad, sobre el cual versa el próximo capítulo aborda, precisamente, el progresivo abandono de la noción de esterilidad como factor exclusivo de uno de los miembros de la pareja y como condición irreversible. La construcción de una nueva definición, la infertilidad y el desarrollo nuevas técnicas y procedimientos, hará de las dificultades reproductivas una realidad susceptible de ser revertida.


  1. Obtenido de https://www.youtube.com/watch?v=PPEEvvkCWMA, 19/4/2016.
  2. Generación Cryo es un docu-reallity norteamericano estrenado el 15 de noviembre de 2013 por el canal de televisión Music Television (MTV).
  3. Lingüísticamente, «bebé de probeta» puede interpretarse como una sinécdoque, esto es, un tipo de metonimia en el que se designa el todo por la parte o la parte por el todo.
  4. Según información recogida en una entrevista realizada a una médica especialista en fertilidad de la ciudad de Bahía Blanca, en el proceso de fecundación en el laboratorio, mantener los ovocitos siempre a 37 °C es un aspecto fundamental porque la temperatura puede afectar el huso mitótico, ya que los ovocitos cuando se recolectan no tienen la membrana nuclear. El material genético, que se agrupa en el huso mitótico, puede verse afectado por los cambios de temperatura, lo cual puede traer a posteriori consecuencias genéticas para el futuro embrión.
  5. A diferencia del siglo XX, en el siglo XXI se ha establecido como consenso médico un máximo de dos o tres embriones a transferir al útero materno dado el riesgo de nacimiento antes de término y las complicaciones para la salud de la madre que los embarazos múltiples conllevan.
  6. Fragmento del documental «Eggsploitation». Documental obtenido de https://www.youtube.com/watch?v=VcK_l3FLgKs, 17/2/2018
  7. La inyección intracitoplasmática de espermatozoides o ICSI (del inglés intracytoplasmic sperm injection) es una técnica de reproducción asistida que consiste en la fecundación de los ovocitos por inyección de un espermatozoide en su citoplasma mediante una micropipeta, previa obtención y preparación de los gametos con el fin de obtener embriones que puedan transferirse al útero materno.
  8. El método denominado de «reemplazo mitocondrial» es una técnica que aún no ha sido reglamentada y que ha sido blanco de cuestionamientos por considerarse el paso previo a la clonación humana.
  9. En relación con este punto, es preciso destacar que la presente tesis doctoral versará en torno al primero de los cauces señalados por Barrancos sin ahondar en la subrogación de útero que, en nuestro país, no se encuentra reglamentada. Asimismo, la tesis no se propone ofrecer argumentos que exalten o sancionen las técnicas bajo estudio sino como un análisis multidimensional de las trayectorias de las mujeres que recurren a ellas y los marcos de sentido en los que éstas son inscriptas.
  10. Se denomina tratamiento homólogo a aquel procedimiento que, dentro de la medicina reproductiva, logra la fecundación de un embrión producido con el óvulo y el esperma de quienes serán los padres prospectivos. En este tipo de tratamientos no intervienen donantes.
  11. Se conoce a los tratamientos heterólogos como aquellos en los que intervienen donantes. En este tipo de procedimiento se utilizan óvulos y/o esperma de aportantes de material genético que no erán los padres prospectivos. De acuerdo al diagnóstico, será necesario recurrir a uno o dos donantes.
  12. Entre los riesgos vinculados a la salud de los niñas y niñas nacidos a través de tecnologías reproductivas se encuentran el nacimiento pretérmino, y vinculado a éste la muerte perinatal que es superior en embarazos múltiples, así como malformaciones cardíacas, óseas, hernias, entre otros (Registro Latinoamericano de Reproducción Asistida, 2001: 48). La dificultad de registrar estas patologías se debe al seguimiento incompleto de los embarazos que, una vez confirmados, comienzan a ser controlados por ginecólogos y obstetras externos a las clínicas de fertilidad. Así también, los criterios a partir de los cuales definir dichas anomalías en recién nacidos o durante su desarrllo temprano, complejiza el panorma.
  13. Cfr. Ayhan, Salman, Celik, Dursun, Ozyuncu y Gultekin, 2004; Klip, Burger, Kenemans y Van Leeuwen, 2000; Kashyap, Moher, Fung Kee Fung, Rosenwaks, 2004; Bergh y Lundkvist, 1992.
  14. Frederick Winslow Taylor, autor de «The Principles of Scientific Management» (1911), analizó los procesos productivos de principios del siglo XX con el objetivo de reorganizarlos científicamente. La «organización científica del trabajo» taylorista alentó, según Castel, «una nueva relación salarial caracterizada por la racionalización máxima del proceso de trabajo, el encadenamiento sincronizado de las tareas, una separación estricta entre el tiempo de trabajo y el tiempo de no-trabajo» que permitió «el desarrollo de la producción en masa» (Castel, 2006: 335). Henry Ford, quien implementó la cadena de ensamble o montaje en la industria automotriz, promovió también una nueva política salarial destinada a impulsar el consumo de masas. El fordismo según Castel, se propuso hacer del productor un consumidor de los bienes en cuya producción participa (Castel, 2006: 336). Estos procesos a partir de los cuales la clase trabajadora accedió al consumo y a las redes de protección estatales tales como los sistemas de salud, previsión social, educación y/o vivienda, tuvieron un profundo impacto en la organización familiar.


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