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4. Lugones librepensador

Tras servir a la Guardia Nacional bajo las órdenes del general Fotheringham, Lugones volvió a la vida civil exaltado por los recientes acontecimientos; reanudó sus actividades periodísticas sin olvidar su compromiso con la defensa de las instituciones republicanas del país. En octubre de 1893, ya era tiempo para él de sacar provecho de sus talentos literarios y de su amplia cultura para emanciparse de las instancias de control tanto universitarias como eclesiásticas, lo que era lo mismo. Para muchos, Lugones era un joven rebelde cuando, en realidad, pretendía ejercer sus derechos cívicos apelando a su libre albedrío. Alfredo Canedo recuerda esos años cordobeses haciendo notar que “para Lugones la lucha por la libertad del espíritu fue superior a la lucha por la existencia, tanto que le importaron mucho más los procesos espirituales que los procesos históricos”[1]. Según él, el valor espiritualista que Lugones daba a los acontecimientos políticos se debía a una formación intelectual irrealista[2]. Aunque acertada, la lectura de Canedo reduce la rebeldía de Lugones a una expresión quimérica sin tomar en cuenta las prácticas periodísticas de la época.

Por adoptar un patrón de interpretación que no tome en cuenta la historia de la prensa, Canedo pasa por alto el hecho de que la prensa formaba parte integrante de la vida política y que los impresos debían servir a los intereses de una facción para seguir siendo viables. Se olvida que, para lograr su integración en la vida pública, los “jóvenes” tenían que demostrar en sus crónicas una clara habilidad en polemizar. Además, hace caso omiso del librepensamiento, un movimiento cuya proyección exige que le dediquemos unas cuantas palabras.

El librepensamiento es un movimiento de alcance internacional que nació en Europa a mediados del siglo XIX cuando la Iglesia católica tomó abiertamente posición en contra de la libertad de cultos y la libertad de conciencia. Tras la publicación de la encíclica Quanta cura y la difusión del Syllabus por la Santa Sede (1864), se declaró una lucha sin cuartel entre los librepensadores y los clericales fieles a los preceptos de la Iglesia: la conmoción producida por el documento papal (interpretado como un rechazo formal de la cultura moderna por parte de los intelectuales progresistas) provocó encarnizadas confrontaciones a la vez ideológicas, religiosas y políticas.

Creció una ola de repudio en el mundo. Fue el caso en particular de Francia, donde la defensa de la libertad de pensamiento y la laicidad había acabado por definir los contornos de la “derecha” y la “izquierda”. De igual manera, sucedió en la Argentina cuando, unos veinte años más tarde, la secularización de la sociedad promovida por Roca había dado nacimiento a la Unión Católica, un partido clerical dirigido por José Manuel Estrada (1842-1894).

Dos corrientes atravesaban el movimiento del librepensamiento. Conocida por su constante labor intelectual, la escuela deísta y espiritualista combatía el positivismo y rechazaba las religiones “positivas” por ser dogmáticas. Pretendía conciliar “la creencia en Dios, las aportaciones de la filosofía y las experiencias de la ciencia”[3]. Una segunda escuela, más radical, federaba librepensadores ateos y materialistas. Como los deístas, fundamentaba sus convicciones en numerosas consideraciones morales y políticas. Pero abogaba por la desaparición de las religiones y la expulsión de la creencia en Dios de las mentes. Era el único camino hacia la “renovación moral” de la sociedad. Hay que observar que su concepción materialista y atea del universo –o de la vida– confirió una peculiar relevancia a estas temáticas, mucho antes de que Nietzsche las explorara.

Hoy es bastante difícil tener una idea exacta del alcance del librepensamiento en la Argentina. Los estudios sobre las ideas sociales y, más generalmente, sobre los movimientos históricos derivados de la introducción de ciertos conceptos filosóficos no mencionan expresamente la presencia del movimiento en el Río de la Plata. Ahora bien, no podemos ignorar el fenómeno, porque constituye una emanación de la acción ilustrada de las élites que formularon a partir de modelos políticos exógenos las nuevas estructuras políticas, sociales, económicas de la Argentina posrosista. La labor de los socialistas utópicos y de los filósofos liberales europeos fueron fuentes de inspiración que convirtieron el proceso de construcción nacional argentino en un proyecto “sagrado” volcado hacia un futuro sumamente alentador[4]. La clase dirigente no sólo impulsó una formidable renovación ideológica, sino que supo sacar provecho de los adelantos introducidos por el liberalismo del siglo XVII y la democracia del siglo XVIII para acabar con el caudillismo, mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la región y participar activamente en la construcción nacional del país.

El desinterés de los investigadores por el librepensamiento explica en parte la escasez de trabajos sobre el tema, mientras que la poca historiografía disponible no logra distinguir claramente los aportes del librepensamiento de los de la masonería. Es más, los estudios universitarios que tratan de la cuestión masónica versan más sobre la influencia de las logias durante la emancipación del Río de la Plata que sobre su influjo al final del siglo XIX[5]. En Civilité et politique aux origines de la nation argentine (1999), Pilar González Bernaldo ya lamentaba los pocos estudios sobre la masonería argentina:

A pesar de la importancia de la masonería después de 1854, no existen estudios fiables sobre la institución. La abundante literatura disponible se adscribe a la polémica ético-ideológica entre sus defensores y detractores, y de todas maneras los argumentos utilizados tienden a dejar el análisis propiamente histórico confuso. Por otra parte, los historiadores universitarios latinoamericanistas hacen muestra de una total indiferencia hacia un asunto que, a juzgar por su actitud, no adquirió todavía el estatus de objeto histórico[6].

Recientes estudios de Dévrig Mollès analizan cómo el movimiento librepensador europeo procuró difundir su ideario y alcanzar una proyección internacional, especialmente en América Latina. El historiador francés señala que la organización de dieciséis congresos internacionales entre 1880 y 1914 y la publicación de Las Dominicales del Libre Pensamiento (Madrid, 1883-1909) facilitaron la introducción del librepensamiento en la Argentina. Muestra además que eran en su mayoría masones que participaban en los congresos organizados por la Federación. En 1892, siete logias argentinas participaron en el Congreso de Madrid y el congreso de 1906 fue organizado en la Ciudad de Buenos Aires. Sabemos que Leopoldo Lugones participó en el Congreso de Roma (1904), al cual acudió una delegación argentina importante[7].

Animado por un ardiente deseo de renovación, el movimiento del librepensamiento era favorable a la emancipación de la conciencia y promovía el mejoramiento de la condición femenina o el divorcio. Defendió a semejanza de la masonería posiciones filosóficas, morales y religiosas valiosas. Si bien ambas organizaciones combatieron la propaganda clerical, la ausencia de estudios detallados sobre la existencia y la expansión del librepensamiento en Argentina no permite lamentablemente ir más allá de esas generalidades.

Con todo, sabemos que los masones latinoamericanos establecieron estrechas relaciones con los librepensadores para compensar la falta de una tradición masónica fuerte parecida a la que existía en los países anglosajones. Por eso, en la Argentina de finales del siglo XIX, los clericales amalgamaban ambos movimientos para defenderse mejor. Si el librepensamiento parecía ser sinónimo de masonería era ya sea para expresar una profunda intolerancia en cuanto a las dos entidades, ya para descalificar a los adversarios políticos[8]. No se levantó jamás aquella ambigüedad y los estudios historiográficos que cuestionan la historia cultural argentina no distinguen claramente las logias de las asociaciones de librepensadores. La celebración en Buenos Aires de dos eventos notables –el Congreso Nacional del Librepensamiento (20-23 de septiembre de 1906) y el Primer Congreso Masónico Sudamericano (26 de septiembre de 1906)– participó sin duda del equívoco[9].

En el caso de Leopoldo Lugones, nos enfrentamos a las mismas dificultades. Alberto A. Conil Paz documenta que el joven poeta frecuentaba la “casa de la calle Zanni”[10], que albergaba entonces la Logia Unión y Piedad, a la que estaba afilado el político Javier Lazcano Colodrero (1848-1920). Conocido por su empeño periodístico y la defensa del autonomismo, el letrado había sido uno de los profesores de Lugones en el Colegio Nacional de Montserrat[11]. Solía encontrarse con el joven poeta en la librería La Argentina, administrada por Agustín Roca. Ahí, se reunía una tertulia en la que participaban, entre otros, Juan Mateo Olmos, Tobías Garzón, Antonio Rodríguez del Busto y Carlos Romagosa[12]. En 1894, Colodrero redactó el prólogo del poemario Primera Lira y lo mandó a Joaquín V. González, entonces secretario de redacción de La Prensa, para que fuera publicado en el periódico porteño. Carlos Romagosa, un poeta “admirado de la juventud liberal”[13], apoyó también a Lugones con una carta de recomendación dirigida a Mariano de Vedia (1867-1941). Le solicitaba al periodista conocido por el seudónimo Juan Cancio un puesto de redactor para Lugones en la Tribuna, un periódico próximo a Julio A. Roca[14].

La fuerza de las convicciones anticlericales de Lugones y el rechazo de un enlace religioso (13/12/1896) llevan a pensar que el escritor era un librepensador militante[15]. Aparte de esa hipótesis, es difícil evaluar su desempeño como tal. Y, en cuanto al desarrollo de su vida masónica, lo poco que sabemos es que Lugones se inició el 13 de noviembre de 1899. Fue admitido primero en la Logia Libertad Rivadavia no 51 y luego en la Logia Confraternidad Argentina no 2[16].

Resulta, pues, difícil determinar con precisión el cuerpo de valores que fundamentaba la labor de Lugones en Pensamiento Libre: por no reconocer otra autoridad que la de la razón, el escritor convocaba múltiples referencias filosóficas para justificar su anticlericalismo. Es más, abordaba una lista de temas específicos desarrollando una metodología ecléctica para emanciparse de los prejuicios religiosos y defender principios laicos, democráticos y sociales. Si bien ésta puede parecer “irrealista”, dicha forma de pensar caracterizaba precisamente al librepensamiento: tras varios intentos, las sociedades librepensadoras y sus militantes llegaron a definir el librepensamiento como un método crítico, durante el Congreso Universal de París (septiembre de 1889). Muy diverso en el plano de las ideas, el librepensamiento no era una doctrina para sus miembros, sino un método para luchar contra el clericalismo[17].

Lugones se inspiró, pues, en varias doctrinas, entre las cuales destacaba el evolucionismo. Esa corriente, influida tanto por la obra de Darwin (1809-1882) como por la del inglés Herbert Spencer (1820-1903), constituía un aspecto esencial del aparato ideológico del que se valía la Generación del 80 para justificar su acción en aras de una renovación social y cultural de la Argentina[18]. Lugones se refería a ella para explicar la evolución de las especies y la organización social de los pueblos occidentales.

Citaba también pensadores deístas y espiritualistas. Convocaba personalidades emblemáticas de la izquierda francesa que admiraban a Jesús Cristo por su espíritu republicano y reconocían en él la figura ejemplar de un socio[19]. Con el nombre de los grandes autores librepensadores, hacía patente el impacto del debate político francés en el pensamiento de las élites. Imbuido de las ideas políticas de autores republicanos, demócratas y anticlericales como Víctor Hugo, Louis Blanc y Henri Martín, Lugones expresaba su apego a libertades fundamentales. Los librepensadores Víctor Hugo y Louis Blanc, que asumieron en su tiempo la presidencia de honor de la Unión Democrática de propaganda anticlerical[20], formaban parte de sus numerosas referencias.


  1. Canedo, 1974, p. 10.
  2. Idem.
  3. Lalouette, 2001, p. 144.
  4. Rama, 1977, p. XXIX.
  5. Excepción hecha de los estudios de Emilio J. Corbière. Consultar también González Bernaldo, 1990, pp. 1035-1054, Di Stephano, Sabato, Romero, Romero, 2002 y Bertoni, 2009, pp. 45-70.
  6. González Bernaldo, 1999, pp. 221-222.
  7. Mollès, 2015, pp. 17-36.
  8. Roberto Di Stephano señala que esa práctica apareció en el discurso rosista de los años 1838-1840. El epíteto “logista” apuntaba la actividad asociativa de las élites urbanas durante la Feliz experiencia. Designaba también a los unitarios o a los masones. Las pocas logias que se reunieron a principios del siglo XIX fueron efímeras. Di Stephano, 2002, p. 68 y González Bernaldo, 1999, pp. 208-214.
  9. Corbière, 1998, p. 282. Al reseñar las numerosas logias que participaron en el Congreso Internacional de Librepensamiento de Madrid (1892), Pedro Álvarez Lazaro menciona la presencia de siete sociedades procedentes de Argentina (Buenos Aires, Santa Fe, Rosario). Álvarez Lazaro, 1985, pp. 371-378.
  10. Conil Paz, 1985, p. 36.
  11. Cócaro, 1969, p. 30.
  12. Tobías Garzón fundó El Escolar Ilustrado (1887-1889), una revista especializada bimensual dirigida a los docentes. Cesó su actividad periodística cuando lo contrató su hermano Ignacio como profesor de gramática en el instituto privado Garzón. Bischoff, 2004, p. 47 y Capdevila, 1973, p. 79.
  13. Conil Paz, 1985, p. 37.
  14. Reproducida íntegramente en un número especial de Nosotros (1938), dedicado exclusivamente a Lugones, esta larga carta fechada el 16 de febrero de 1896 nos brinda un valioso retrato del poeta. En efecto, mientras elogia las cualidades literarias y poéticas de su protegido, Romagosa critica hábilmente su activismo político. Como era de esperar, en vez de asegurar la benévola protección de Mariano de Vedia, dejó al joven provincial en la más absoluta indigencia, lo que lo obligó a desarrollar una nueva red de relaciones. Así fue como el poeta colaboró con El Tiempo, un diario creado unos meses antes por Carlos Vega Belgrano. Su contrato le garantizaba un ingreso de 30 pesos por artículo publicado, con cuatro contribuciones mensuales. Ver “Lugones llega a Buenos Aires”, Nosotros, año III, tomo VII, 1938, pp. 11-16 y Conil Paz, 1985, p. 47.
  15. No disponemos de información fiable sobre la existencia de grupos librepensadores en Córdoba, excepción hecha de una nota en pie de página en la que Javier Moyano sólo menciona un Comité de librepensamiento. Parece que fue creado a principios del siglo XX. Véase “El clivaje entre clericales y liberales en la política cordobesa entre 1890 y 1930. Sus alcances y límites como causa de alianzas y conflictos entre la dirigencia”, pp. 107-128, TCACH, 2010, nota 19, p. 109.
  16. Véase https://bit.ly/30IuYno.
  17. Las Dominicales del Libre Pensamiento, 5/10/1889, citado en Álvarez Lázaro, 1985, p. 13 y Bayet, 1970, p. 101.
  18. El darwinismo fue introducido más tardíamente. Marcelo Montserrat observa al respecto que José Manuel Estrada no se refiere a Darwin en Génesis de nuestra raza (1862), un férreo alegato contra los juicios del Dr. D. Gustavo Minelli que niega “la unidad de la raza humana y pone en duda la creación directa del hombre por Dios”; observa además que la primera edición en castellano de Origen de las Especies por medio de la selección natural (1859) salió en 1877, Montserrat, 1993, p. 32 y 44.
  19. Especialmente en “Socialismo” y “Francia”, Pensamiento Libre, 2/11/1893.
  20. Ese movimiento tenía como objetivo “luchar contra las invasiones del clericalismo, combatiendo la superstición, la ignorancia, el fanatismo, y propagar las doctrinas del librepensamiento; esto es, hacer triunfar la razón, la ciencia y el libre albedrío”, La semaine anticléricale, 1º de mayo de 1880, citado en Lalouette, 2006, p. 165.


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