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La fiesta de ánimas[1]

Allá por el año 400 de la Era Cristiana, se introdujo en la Iglesia, como una de tantas prácticas tomadas del paganismo la ceremonia de la oración por los difuntos. Ceremonia cuyo valor no era por entonces aplicable como de liberación a las ánimas del Purgatorio, puesto que la creencia en este lugar intermedio de depuración no se introdujo en la Iglesia hasta el año 593.

Desde entonces se siguió la práctica de los sufragios aplicables a las almas de los fallecidos.

La fiesta del 1°. de noviembre, celebrando el renacimiento del Mundo entre los Druidas de la Galia, engendró en el mundo cristiano la fiesta de las ánimas. En la noche del referido día, los sacerdotes galos apagaban el fuego existente en el antro que cada región poseía como símbolo del Sol, centro del sistema planetario; y a esta señal se apagaban todos los fuegos de los contornos, para que las almas de los fallecidos durante el año, pudieran transportarse al Occidente para ser juzgados por Teutates[2]. Esta tradición llegada al cristianismo por la expirante religión druídica ocasionó, como hemos dicho más arriba, la costumbre de la fiesta de ánimas. Tan grande era la influencia que ejercían los galos convertidos en los dogmas nacientes de la nueva Religión, que Virgilio[3], obispo de Salzburgo, fue acusado por San Bonifacio[4] ante el papa Zacarías[5], por haber enseñado la existencia de los antípodas (Henri Martin. Hist. de Francia[6]).

La susodicha práctica pagana, aceptada y propagada por el cristianismo, ha ocasionado en todos tiempos gravísimos desórdenes en la cristiandad. Pudiéramos decir fue ésta y el expendio de indulgencias las causas inmediatas más poderosas de la Reforma; atendidas las escandalosas disputas que provocaba la variación frecuente de sus tarifas.

Pero sólo queremos ahora, hacer notar los perjuicios que, a la moral y a la cultura, acarrea ésta, superstición antigua, convertida hoy en fuente segura de pingües rentas.

Lo que ha pasado este año entre nosotros, es una prueba. Quitar al párroco del Cementerio el derecho de celebrar esa función que, desde tiempo inmemorial le corresponde; abrir las puertas del Cementerio a una turba de pillastres y fanáticos que todo le destrozan cuando no lo roban; andar de sepulcro en sepulcro sacándoles buenos cuartos a infelices que apenas ganan para el sustento del día; cosas son éstas que hacen pensar muy mal del desinterés y caridad de una religión cuyo rasgo más saliente es el despego de los bienes terrenales.

Pero, a fin de que no se nos tache de parciales, copiamos a continuación la nota que el Administrador del Cementerio de San Jerónimo, ha pasado al Intendente Municipal dándole cuenta de los escándalos cometidos por el populacho en esos tres días de regocijo clerical:

Señor Intendente: Como Administrador del Cementerio de “San Jerónimo”, responsable de todas las existencias de ese lugar, pongo en conocimiento de V. S., a los fines que estime conveniente, que la función de ánimas que se celebra en dicho Cementerio reporta a mi juicio graves daños en lo que respecta a las mejoras realizadas en él. No obstante, el encomiable celo con que la policía ha procedido, apresando a los expendedores de bebidas alcohólicas, (!!!!) y expulsando gran cantidad de individuos que han cometido graves irregularidades, salta a la vista, si se considera la enorme concurrencia que acude al Cementerio, que la autoridad es a veces impotente para contener los desbordes de esa multitud, que debo decirlo en obsequio de la verdad, no asiste sino con el objeto de procurarse diversiones.
Coronas sustraídas de los panteones y nichos, plantas arrancadas, sensibles desperfectos en lo concerniente a la ornamentación del Cementerio, todo eso ha quedado como prueba de lo que más arriba expongo, dejándome en el espíritu la tristeza de ver que la obra a que he consagrado todos mis esfuerzos ha sido casi completamente destruida en sólo tres días.
Es únicamente el sentimiento de mi responsabilidad, el que me obliga a llevar al conocimiento de V. S. la relación de estos hechos, que han alcanzado este año proporciones verdaderamente repugnantes si se permite la dureza de la expresión.
El infrascrito tiene entendido, que los Cementerios no son lugares de fiesta, sino sitios consagrados al cumplimiento de un triste deber. Y es también esta causa, la que lo lleva a pedir al Señor Intendente, se sirva arbitrar los medios para impedir en adelante la reproducción de estas escenas, que jamás debieran verse en gracia siquiera de la cultura social.
Con tal motivo, me es grato saludar a V. S. con mi distinguida consideración.

J. Gigena Núñez – Administrador.

Esto se comenta por sí mismo. ¿A qué extremo habrán llegado los excesos de la turba fanática, cuando han dado lugar a la publicación de semejante nota?

¡Y son estas prácticas cuya abolición reclama el Sr. Gigena Núñez, “en gracia siquiera de la cultura social”, las que el clero preconiza en los púlpitos y en la Prensa como agradables ofrendas a la divinidad! ¿Será que la fiebre de lucro ha ofuscado la vista de esos sacerdotes, empeñados en la continuación de prácticas que amenguan el carácter de la Iglesia con farsaicas ceremonias y carnavalescos aparatos?

Pero ya que tratamos de la Municipalidad señalemos a esta una flagrante violación que por la Curia eclesiástica viene cometiéndose, de su Reglamento.

Como es sabido, el 5 de mayo de 1875 se celebró un convenio entre el doctor Gaspar Martierena Gobernador del Obispado en aquella época y don Pedro Serrano Presidente del Consejo Municipal; convenio en cuyo artículo 6°. se decía que las obligaciones del Capellán del Cementerio serían las que determinara el Reglamento Municipal. Ahora bien; dicho Reglamento promulgado por decreto de fecha 14 de junio del año que corre, estatuye en el inciso (m) del artículo 475: “Es obligación del Capellán cuidar de la Capilla, y sus ornamentos y todo los que a ella concierne, y decir responsos gratis a todo cadáver que fuese conducido al Cementerio y depositado en la Capilla”.

Pero resulta que el Obispo ha ordenado al Capellán no decir responsos a ningún cadáver, sin previa presentación del boleto de la Curia que cuesta veinte y dos pesos con cincuenta centavos moneda nacional de curso legal.

Como se ve la violación del convenio y Reglamento precitados es flagrante y de no muy agradables consecuencias para los habitantes del Municipio.

Ya en tiempos pasados, cuando la Administración del señor Revol; hubo de destituirse al Capellán que lo era entonces don José Mariño a consecuencia de una trasgresión igual a los artículos del Reglamento. Podríamos citar el caso con los nombres de las personas que en esa emergencia intervinieron, pero la falta de espacio nos lo impide.

Basta por hoy con lo dicho, para que se vea lo que son estos señores, voceros de virtudes y de máximas que desprestigian con su ejemplo.

Un reclamo[7]

Publicamos a continuación la siguiente carta que nos dirige un amigo y colaborador, que firma, como va a verse con el nombre del original autor de Rarahú[8]. La falta de espacio nos impide contestarla por hoy, pero en nuestro próximo número nos defenderemos en regla.

Ahí la carta:

Señor director de “Pensamiento Libre”
Estimado amigo:
Llenóme de sorpresa y despertó, además, en mi espíritu una amarga duda, la exaltación verdaderamente ultramontana con que Vd. habla de San Francisco de Asís en su artículo “La democracia europea” que se publica en el último número del semanario que Vd. dirige.
Si no fuera por su estilo, que lo descubre, trabajo me hubiera costado creer que Vd. el liberal convencido y valiente, llegara al extremo de comparar al “pobre de Asís” con Arnaldo de Brescia y Abelardo, verdaderos soles en la media noche de las épocas feudales. Pero el hecho está ahí, bien claro y también harto extraño.
¿Cómo ha podido Vd. olvidar, mi amigo, que San Francisco fue un verdadero alucinado, creyente en todo cuanto de absurdo había en aquellas edades de universal ignorancia? ¿Cómo no ha pasado por su vista que fue él un apasionado voluntario de las huestes pontificias y su orden un regimiento sujeto incondicionalmente a la potestad papal?
Piense Vd. bien, mi querido compañero, y medite en los grandes males que la Iglesia estaba produciendo entonces; y medite más y piense mejor en que el hombre cuya apoteosis hace Vd. fue uno de los obreros más empeñados en llevar adelante esa obra de ruina.
Yo, francamente, no veo qué puede haber tenido de demócrata el “seráfico padre”. Yo no conozco ningún servicio real prestado ni por él ni por su orden, a las Artes, a la Ciencia al derecho y a la Sociedad.
Pero lo que veo bien a las claras es que Vd. se olvida de que son los discípulos de ese hombre, como miembros del clero, quienes atacarán más rudamente, si es que ya no lo han hecho, las ideas que Vd. defiende; y aún su propia persona, que es lo más probable, dada su conocidísima táctica.
No creo infundados mis cargos. Pero de serlo, ya sé que Vd. no me ha de escasear ni refutaciones ni correctivos.
Es lo que desea de todas veras, viniendo de Vd. sobre todo, su amigo y servidor.

Pierre Loti[9].

Catolicismo y democracia[10]
(Continuación)

Ahora bien; como la irradiación solar no sólo alcanza hasta la tierra sino mucho más allá deducir debemos que no existe el vacío tal como nos lo imaginamos. Pero podrá objetársenos que nuestra deducción está basada en una simple teoría. No; la teoría existe ya como hecho en el mundo científico; probada hasta la evidencia por las notables observaciones del padre Sechi[11] y de Tyndall[12], entre otros, quienes han medido con escrupulosa prolijidad, el número de vibraciones necesarias para la producción de determinados colores del espectro solar −Colores que, como se sabe, no son otra cosa que variaciones de la luz.

Suponiendo fundadamente (pues llega hasta nosotros la luz de estrellas tan lejanas, que sus rayos andando a razón de 77.000 leguas por segundo demoran millones de años en su viaje) suponiendo decíamos que la materia es infinita, tendremos como corolario lógico que la fuerza lo es también, porque no puede haber materia inactiva y lo que se llama fuerza es la actividad de la materia. (1)

Y si la fuerza es una potencia infinita, ¿donde estaría ese centro de creación de fuerzas especiales? ¿No engendra semejante hipótesis la idea de una imposible coexistencia de infinitos?

Por otra parte, si en el óvulo fecundado existe un principio de potencia anémica necesariamente admitirán los que tal sostengan, que la fuerza nace y crece; y si nace y crece, necesariamente muere. Pero es tan imposible suponer el crecimiento perpetuo como la muerte de una fuerza. La Mecánica nos enseña que un movimiento no puede detenerse, en sentido riguroso, sin pasar antes por todas las velocidades intermedias. Y como el cero absoluto, que en este caso sería el reposo absoluto también es imposible de suponer siquiera, tenemos que el número de velocidades intermedias por que tiene que pasar una fuerza antes de llegar a su completa suspensión es infinito.

De ahí que la fuerza, ni se extingue ni crece, sino que modificándose y subdividiéndose permanece eternamente la misma en esencia y en potencia.

De donde sacaremos la consecuencia rigurosísima de que el alma no es más que una manifestación de esa fuerza universal y eterna, hija legítima de la materia.

Pero antes de concluir coplicar[13], como es imposible la coexistencia de dos fuerzas infinitas en su acción.

Si suponemos un centro creador de fuerzas anímicas solamente, tenemos que basta[14] que ese centro desarrolle una sola fuerza para que esta sea infinita; y si existe además otra fuerza destinada a producir fuerzas puramente materiales, la producción de estas últimas obedecería necesariamente a las mismas leyes que la de las primeras.

Por tanto, aun suponiéndoles campos de acción vastísimos, esos campos tendrían que limitarse en alguna parte; y desde el momento en que tal hecho se verificase quedaba excluida toda idea del infinito; porque ya existiría un límite.

Pero abandonemos estas cuestiones, sobrado oscuras para que puedan tener otro encanto que el de su mérito intrínseco, estudiemos las formas y el desarrollo de la idea de Dios en la humanidad, remontándonos cuanto sea posible a los tiempos de su aparición.

No se olvide que vamos examinando la creencia en la divinidad como una consecuencia, dejando para más adelante el estudio de ella bajo la faz de la revelación.

Para ello hemos procurado resolver con la posible claridad, el gran problema de la existencia de las ideas innatas probando que, las más antiguas las que primero se bosquejan en la mente del individuo son fruto de la experiencia y del ejercicio continuado del órgano material que las produce. Hemos hecho notar que la conciencia nace en determinada época de la vida; demostrando que la Iglesia misma reconoce esto implícitamente cuando marca la edad de siete años como el comienzo de una era señalada por ella misma con estas significativas palabras: uso de razón.

Y si dejamos intencionalmente en pie una de las más fuertes razones que para probar la existencia de las ideas innatas se aducen, cual es la de que la vida de Dios es común, a todas las razas, ha sido porque la refutación de ese argumento iba a emprenderse en el artículo que tratara [del] tópico precisamente.

Veamos, pues, cómo y por qué nace la idea de la divinidad en el cerebro humano.


(1) Los átomos, para sostenerse, necesitan de la atracción y la repulsión, dos fuerzas en continuo movimiento. Es lo que se llama fuerza de cohesión.

Guerrillas[15]

Empecemos, para que vaya de cuento a referir a nuestros lectores, como La Aurora, en su último número, trae una Oda cuyo título es “Profecía de la América”, lo que constituye, por cierto, un buen título; como la referida Oda viene firmada por un tal Manuel Bandera que si no es Salguero en persona, ha de ser por lo menos su pariente; y, por último, como en luengas estrofas, agota casi el caudal enorme de desatinos que debe encerrar la imaginación de su autor, fecunda, como va a verse en toda suerte de disparate.

Mucho pudiéramos decir, y más objetar a la idea que pretende desarrollar en la susodicha composición; cual es, la de que la expulsión de los jesuitas fue la causa que influyó más directamente para que España perdiera sus dominios de América. Pero como en esta sección habremos de ceñirnos únicamente a juzgar el mérito literario de los trabajos objeto de nuestra crítica, ponemos punto en boca, y copiamos toda la primera estrofa de la “Profecía de la América”, para que los lectores puedan convencerse de la exactitud de nuestros cargos; y admirar juntamente con nosotros, la pasmosa facilidad que poseen algunos individuos, para amontonar en unas cuantas líneas, prodigiosas cantidades de desatinos.

Va la estrofa:

“¡Detente, nave!”, grita en la alta cima
Del Panamá aterido
Del Nuevo Mundo el Genio con bramido,
Que los ecos, llenando el firmamento,
Hasta la honda cima
Do la empinada mole tiene asiento,
Se abajan y se hieden,
Y por la mar se extienden,
Y corren y se empujan y silbando
Sobre las altas encrespadas olas,
Horrísonos vibrando,
Estrellánse en las costas españolas”.

¿Qué profecía ni qué cosa buena de un genio vamos a esperar como el del Nuevo Mundo, a quien el autor nos lo presenta, bramando como un berrendo en lo alto de la cima del Panamá aterido?

¿Habráse visto enormidad tamaña? ¿Qué mortal, por osado que fuese, se atrevería, sin riesgo de pasar por loco, a decir: “los bramidos del Genio”? Pero como para este señor Bandera parece que no existen imposibles, ahí lo tienen Vds. diciéndonos que el Panamá (entendemos que se refiere al istmo de ese nombre) está aterido. ¿Aterido el istmo? Tal vez será porque está en la zona tórrida, donde hace un calor, señor Bandera, capaz de tostarle a Vd. mismo el cráneo, por más que esté asegurado contra incendios… de inspiración.

Pero todo esto es juego de niños comparado con unos ecos, cuya procedencia se ignora, que, no contentos con llenar el firmamento, lo que ya es de sobra para satisfacerlos, se abajan, se hienden, corren, se empujan, silban, vibran y concluyen por estrellarse en las costas españolas.

¿Qué es el eco? Es, nos respondería cualquiera otro que no se llamarse Bandera, la reflexión de las ondas sonoras al chocar con un cuerpo que intercepta su línea de propagación. Ahora bien, si el eco es una cosa tan sencilla, ¿cómo puede admitirse que se hienda, que se empuje, que silbe y que vibre? ¡Misterios acústicos!

Ya ven Vds. que si ésta es la primera estrofa como serán las compañeras.

Pero como la composición es larga, y el espacio de que disponemos para comentarla, exiguo, vamos a entresacar de cada estrofa, versos y conceptos que nos caigan a la mano, rodeándolos de un breve comentario.

“Y sus torres dudosas bambolean”

No sabemos que hasta ahora, hayan existido jamás “torres dudosas”. Misterios arquitectónicos.

“Las engreídas olas encumbraron
del payasado puerto la garganta”

¡Qué tal sería el engreimiento de las olas cuando llegaron nada menos que a encumbrar la garganta del puerto! Verdaderamente; recién sabemos que los puertos tengan garganta. Pero lo que será muy difícil al señor Bandera es probarnos que las gargantas se encumbren. ¡Misterios anatómicos!

“Ante la proa de la odiosa entena”

En el original dice antena, pero lo corregimos aquí porque creemos que no se trata de Entomología. La proa, es la parte delantera de un barco, y la entena, un palo del aparejo; de donde resulta que no puede haber proa de entena, porque eso sería lo mismo que decir: manos de piernas. Ahora nos resta preguntar: ¿porqué había de ser odiosa la entena? ¿Qué odiosidad puede haber en un pedazo de palo? ¡Misterios náuticos!

“El pie afirma en el golfo mejicano”

¡Pero señor Bandera! ¿Dónde vamos a parar con semejantes contrasentidos? ¿Qué puntos de apoyo iba a encontrar el Genio en la líquida superficie del Golfo Mejicano? Solo de Cristo se cuenta que caminó por sobre las olas sin hundirse. Y eso apenas lo sabemos de oídas. ¡Misterios acuáticos!

“Y sigues nave? Y doblarás el cuello del estrecho de Cuba?”

Si los puertos tienen gargantas, ¿quién va a extrañar que los estrechos tengan cuellos?

¿Quiere decirnos el señor Bandera, en qué punto de las Antillas está situado ese “Estrecho de Cuba” que menciona, y que nosotros no hemos encontrado jamás en nuestras excursiones cartográficas? Cierto. Tenemos empeño en resolver esa duda. Porque lo que es “Estrecho de Cuba”, no conocemos ninguno. ¡Misterios geográficos!

“Los bronces de andanadas”

No comprendemos como siendo las andanadas, simplemente descargas de cañón, pudieran existir, “bronces de andanadas” que,

“Al golfo deseado saludaron”

Aquí, después de calarnos las gafas, para ver mejor, vislumbramos que lo que ese señor ha querido decir es, que a la llegada de la nave los cañones la saludaron con salvas. ¡Y para una cosa tan sencilla, tortura de ese modo el lenguaje y agota el escasísimo jugo de su imaginación, enredada en la madeja inextricable de una palabrería que no entiende él mismo! ¡Misterios balísticos!

“Te empaparán de sangre de venganza”

Vean Vds. como una sola preposición, basta para destruir por completo el sentido de un verso. ¿Qué significa esa originalísima construcción?; ¿qué quiere decir “sangre de venganza”? Estoy seguro de que el autor lo entiende menos que yo todavía. ¡Misterios léxicos!

Copiamos esto para terminar. Es el Genio el que habla.

“Verás en fin la América humillada
“Romper la vil cadena
“Que á férreo yugo tu ambición condena
“¿Y la verás he dicho?… Ahora, ahora,
“España despiadada.
“El momento llegó…” La voz sonora
Calló el Genio, y lanza etc.”.

Por, donde se ve, que el Genio hablaba en pretérito. Pero después, el autor lo hace cometer la acción de lanzar, tal o cual cosa, en presente. Siendo la acción del Genio, inmediata consecuencia de las palabras que acaba de pronunciar; y estando el autor, además, en la tarea de referirnos lo que pasó, está fuera de duda para quien conozca siquiera sean rudimentos de Gramática, que la oración continuada debe venir también en pretérito. Pero al señor Bandera, le ha parecido poco el cúmulo de errores que amontona en su composición, y le encaja a manera de remate el pecado gordo de barajar en confusión espantosa y cambiar a capricho los tiempos de verbo. Error garrafal que acusa una ignorancia crasa en los más rudimentarios principios del lenguaje.

Francamente lectores. Si a esto, en buen romance, no se le llama desatino, confesamos nuestra ignorancia y nos llamamos a silencio.

Antes de terminar nuestra guerrilla, queremos rectificar un error histórico que se ha deslizado en la nota explicativa que precede en La Aurora a la composición que venimos de criticar.

No fue el 2 de abril de 1767 cuando se verificó la aprehensión y expulsión de los padres Jesuitas, por orden de Carlos III.

Los jesuitas de Buenos Aires fueron tomados el 3 de Julio de aquel año; y los del Interior entre el 12 y el 15 del mismo mes. Que en cuanto a los de Misiones recién al año siguiente (mayo de 1768) sufrieron las consecuencias de esa ordenanza que, respecto a ellos, hizo cumplir en persona el comisionado real Don Francisco de Paula Bucarelli. (1)

No extrañamos el error en un individuo de la erudición del señor Bandera.

Pero le aconsejamos con toda buena intención, que no vuelva a asomar las narices por el mundo de los vivos.

Es tan grueso el racimo de disparates que nos endilga en su Oda, que se lo advertimos por su propio bien.

¡La horca lo reclama!


(1) La orden debía ejecutarse en un mismo día según las instrucciones del Comisionado.

El Museo Provincial[16]

No hace mucho tiempo lamentábamos la deficiencia lastimosa de nuestras bibliotecas públicas. Ahora vamos a ocuparnos de un asunto, que merece, por lo menos, una atención igual, y que, sin embargo, se descuida con imperdonable ligereza.

Nos referimos al sostén del pequeño Museo que ha empezado a fundarse bajo la dirección del presbítero señor Lavagna[17].

La inmensa utilidad que prestan establecimientos de este género, si no se demostrara con la simple observación, habría de atestiguarse con la importancia que se les da en el viejo mundo; donde ingentes sumas y numerosos personales son destinados a costearlos y sostenerlos.

Las ciencias geológicas han alcanzado en nuestros días un desarrollo tan notable, que es de necesidad ineludible en una nación civilizada plantear su estudio; no rudimentario sino profundo y con todos los medios que proporciona la investigación para que pueda llegar en la práctica a los portentosos resultados que viene alcanzando, desde Cuvier cuyo inmenso talento adivinó las leyes de formación y clasificación geológicas hasta nuestros días, en que los sorprendentes descubrimientos de Lyell[18], de Philips[19], de Mantell[20], de Dana[21], de Archiach[22], de Vogt[23], de Jukes[24], de Agassiz[25], de Darwin[26] de Burmeister[27], de Moreno[28], de Ameghino[29], nos han enseñado a deletrear en los estratos y en las cristalizaciones de las rocas, esa grande historia de la vieja Naturaleza, que guarda en sus entrañas las huellas de todos los cataclismos por que ha pasado, los huesos de todos los organismos que ha devorado, las capas de todos los terrenos que la han constituido, los armazones de todos los modos de formación, que han ido sobreponiéndose como gigantescos andamiajes, desde el granito de los cimientos hasta los aluviones de las últimas épocas; todo ello confundido, trastornado, disperso, roto, amontonado en partes, disgregado a veces, superpuesto, hendido con desgarramientos profundos al impulso de las encontradas fuerzas, que no han cesado en su eterno trabajo de construcción y reconstrucción, desde que la tierra era sólo gigantesca nebulosa, hasta el periodo cuaternario en que se levantan las últimas montañas y el hombre aparece, todavía unido por estrechísimos ligamentos atávicos a sus predecesores de la fauna terrestre, pero llevando ya en su cerebro imperfecto las larvas de las ideas; que más adelante romperán sus envolturas y se lanzarán ávidos de luz a inquirir todos esos misterios; a agrupar en familia los restos de las floras desaparecidas; a ajustar a las reglas de la clasificación los huesos de las faunas que se han ido; á inquirir las causas que han operado las formaciones terrestres; a adivinar con intuición poderosísima lo que debieron ser esos grandes combates de las fuerzas cósmicas, que se resolvían en diluvios de metales fundidos y de aguas hirvientes; en relámpagos gigantescos, en huracanes impetuosísimos, en pavorosos hundimientos, en detonaciones colosales que sacudían la densísima, caldeada atmósfera con la onda ascendente de sus retumbos.

¡Qué espectáculo el de la vida, naciendo en los cloróticos helechos de los terrenos primitivos, subiendo después a las arborizaciones más avanzadas, a las sigillarias y [los] lepidodendros de los terrenos carboníferos[30], mientras en los mares, todavía calientes, pululaban como gotas de gelatina animada, tribus inmensas de infusorios insensibles a la temperatura elevadísima, que ascendían también desde la Madrépora, arquitecto invisible de esas inmensas formaciones coralinas del Mar Pacífico, hasta el molusco que apenas si nos ha dejado como recuerdo su vacía cáscara; para ir, pasando por el crustáceo, el pez, el ave y el mamífero, hasta la época actual, en que más regularizada, más rítmica, por decirlo así en sus movimientos, respira con la hoja el carbono que constituir a la fibra leñosa y devuelve en exhalación invisible el oxígeno que alimenta la combustión de la sangre en los organismos vivientes; tritura las piedras de la montaña y las lleva en forma de impalpable arena a los fondos submarinos, preparando así la sedimentación de futuros continentes: evapora las aguas del mar y las devuelve en forma de lluvia a los torrentes y los ríos que alimentan ese mismo mar.


  1. Pensamiento Libre, año I, núm. 6,  25/11/1893, pp. 1-2.
  2. Deidad gala.
  3. Virgilio de Salzburgo (s. f.-734). Santo y obispo.
  4. Bonifacio o Winfrido (ca. 672-754). Santo y reformador de la Iglesia en la Alemania.
  5. Zacarías (s. f.-752). Santo y pontífice de la Iglesia católica entre 741 y 752.
  6. Henri Martin, Histoire de France populaire, depuis les temps les plus reculés jusqu’en 1789, Paris: Furne, 1855-1860, 17 vol. Disponible sur http://gallica.bnf.fr/.
  7. Pensamiento Libre, año I, núm. 6,  25/11/1893, p. 2.
  8. Pierre Loti, Rarahu: idylle polynésienne, Paris: Calmann-Lévy, 1879.
  9. Louis Marie Julien Viaud, conocido como Pierre Loti (1850-1923). Escritor y oficial de la Marina francesa. Fue miembro de la Academia francesa: el 21 de mayo de 1891, su candidatura al sillón de Octavio Feuillet fue preferida a la de Emilio Zola.
  10. Pensamiento Libre, año I, núm. 6,  25/11/1893, pp. 2-3.
  11. Pietro Angelo Secchi (1818-1878). Jesuita y astrónomo italiano. Fundador de la espectroscopia.
  12. John Tyndall (1820-1893). Físico británico.
  13. Mochuelo que hace difícil la comprensión de la frase.
  14. Mochuelo.
  15. Pensamiento Libre, año I, núm. 6,  25/11/1893, pp. 3-4.
  16. Pensamiento Libre, año I, núm. 6,  25/11/1893, p. 4.
  17. Jerónimo Lavagna (1834-1911). Sacerdote y naturalista italiano.
  18. Charles Lyell (1797-1875). Geólogo inglés.
  19. John Phillips (1800-1874). Geólogo inglés.
  20. Gideón Algernon Mantell (1790-1852). Médico, geólogo y paleontólogo inglés.
  21. James Dwight Dana (1813-1895). Geólogo, mineralogista y zoólogo norteamericano.
  22. Adolphe Desmier de Saint-Simon (1802-1868), vizconde de Archiac. Geólogo francés.
  23. Karl Vogt (1817-1895). Naturalista y médico alemán.
  24. Lugones se refiere a los trabajos de Richard L. Dugdale sobre una posible relación entre herencia y delincuencia. Cf. The Jukes: A Study in Crime, Pauperism, Disease and Heredity (1877).
  25. Louis J. R. Agassiz (1807-1873). Naturalista suizo.
  26. Charles Robert Darwin (1809-1882). Naturalista inglés, autor de On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life (1859).
  27. Carl Hermann Conrad Burmeister (1807-1892). Zoólogo argentino de origen prusiano.
  28. Francisco Pascacio Moreno (1852-1919). Naturalista y explorador argentino, también llamado Perito Moreno.
  29. Florentino Ameghino (1854-1911). Naturalista, paleontólogo y antropólogo argentino.
  30. Nombres de plantas fósiles de la familia sigilariáceas del periodo carbonífero.


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