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8

Verdades amargas[1]

No es la primera vez que presenciamos en este Centro de población anomalías extraordinarias. Mientras el pueblo, con desprendimiento asombroso, coadyuva al sostén de todos los esplendores con que el culto católico disfraza su esterilidad e insuficiencia, vemos establecimientos de incuestionable utilidad, cerrar sus puertas por encontrarse exhaustos de los medios más necesarios para la realización de los grandes bienes que están llamados a hacer.

Ayer era el “Asilo de Mendigos” que languidecía en la más desesperante miseria, precisamente cuando se derramaban ingentes caudales en la coronación de una imagen; después llegó a nuestros oídos el clamor que nos recordaba, las penurias porque estaba pasando el Hospital, a causa también de una indiferencia que llega casi al olvido criminoso de los más sagrados deberes. Ahora, la benemérita sociedad, “Damas de la Providencia” nos anuncia que se ve obligada a cerrar el torno de la casa de Expósitos que sostiene, porque se han agotado los recursos que necesita para llevar adelante sus propósitos.

Apenas si es dable suponer un establecimiento que preste mayores servicios, que realice más utilidades que “La Cuna”.

Allí el huérfano inocente, el pobre desheredado de la sociedad, encuentra el albergue que ha de preservarlo cuando niño de los peligros y de las inclemencias y de las torturas del tiempo y del hambre; y después cuando sus tiernas facultades empiecen a desarrollarse, enseñanzas, moral, ejemplos, trabajo, que han de convertirlo en un hombre útil mañana: ganando así para la humanidad un ser que de otro modo empezaría por hacerse un haragán callejero y concluiría por convertirse en uno de esos bohemios parásitos, en uno de esos miembros dañados de las turbas, donde recogen abundante cosecha de miserias de prostitución o el crimen.

Los Asilos de Mendigos y los Hospitales prestan indudablemente grandes servicios. Pero hay un no sé qué de simpáticos y de tierno en esas casas protectoras de la niñez desamparada.

Allí se curan los males; aquí se previenen los sufrimientos; allí se alivian las desgracias; aquí se las ahuyenta antes que vengan; allí se enjugan las lágrimas; aquí se hace desconocer el llanto; allí se recogen despojos de naufragios; aquí se custodian existencias en flor; allí se lucha con la muerte; aquí se prepara la vida; en una palabra, hay allí más caridad, aquí más amor; allí más abnegación, aquí más ternura; allí más heroísmo, aquí más belleza; allí más cálculo, aquí más corazón; allí más trabajo, aquí más sentimiento; que en obras de esta especie, siempre se transparenta la dulzura exquisita del alma de la mujer, que si no conoce, presiente por lo menos las celestiales delicias de la maternidad.

Y un establecimiento de esa clase va a cerrar sus puertas, porque carece de medios de acción, ¡cuando hay templos que rebosan de oro, cuando hay canonjías soberbiamente rentadas por el Gobierno de la Nación; cuando hay comunidades y Beaterios que poseen barrios enteros!

Hablen los eternos voceros de la Caridad y de la Virtud.

Demuestren que sus palabras no son pláticas de fariseos; despojen los templos de sus lujos insensatos; renieguen de las magnificencias de su culto sensual y aparatoso y vayan a depositar esos tesoros a los pies de la humanidad que sufre.

¡Inútil empeño! Es necesario a toda costa sostener una religión cuyos ideales se han muerto, con el brillo de todas las pompas humanas ya que no con las serenas claridades de la Conciencia.

Es necesario corromper al pueblo, haciéndole entender que la caridad no consiste en alargar una mano al caído, en regalar un bocado al hambriento, sino en llevar los óbolos del Publicano a las arcas de una Iglesia que no se harta jamás de oro, en sus codicias insaciables de dominio y de lucro. Y después, que la viuda tirite de frío entre los pobres andrajos de su luto; que el mendigo se muera de hambre en un muladar o una cloaca; que el recién nacido grite desamparado sobre las piedras de la acera; que el niño se prostituya por un pedazo de pan; que el analfabeto se lance al crimen en la ceguera de la ignorancia. ¿Qué importa eso, cuan la imagen tiene coronas, cuando el altar tiene pedrerías, cuando el incensario humea, cuando, en fin, Dios, ese Dios-Hombre de los católicos, ese tipo humano, con piernas y brazos más largos nada más, se está por ahí gozando los halagos de su omnipotencia, sin importársele un ardite, de los sollozos, de los dolores, de las miserias de la humanidad?

Esa es la moral, la moral cristiana que enseña el clero.

Aflojad los cordones de vuestra bolsa, mientras yo pongo a buen resguardo la mía; amad al prójimo como a ti mismo, mientras yo adoro a Dios, que es mi prójimo; socorred al desvalido, pero dadme primero todo el dinero que podáis; quitaos el pan de la boca para dárselo al hambriento, mientras yo me lo trago concienzudamente. En eso consiste la desnudez repugnante que disfrazan con manto de unción los mercaderes del templo.

¡Y que no haya quien les aplique las disciplinas de Cristo!

Es así como han corrompido al pueblo haciéndolo indiferente, frío, para todo lo que no sea un nuevo espectáculo, una nueva fiesta.

¡Qué pobres medios de conquista!

¡Cuánta ruindad, y cuánta vergüenza!

Pero no. El pueblo de Córdoba ha de reaccionar en el sentido de prestar su ayuda a ese establecimiento tan beneficioso siquiera sea por las ventajas materiales que le reporta.

El pueblo ha de convencerse al fin, de que sus pretendidos mentores solo quieren tenerlo aplastado, prensado bajo el peso de ridículos terrores, para hacerle sudar dinero y siempre dinero.

El pueblo no ha de querer pasar por la vergüenza de hacerse el sordo cuando reclaman su cooperación, intereses de la virtud más elevada.

Y si no lo hace, si prefiere continuar sujeto al despotismo clerical, verá en día no lejano las consecuencias de su extravío. Verá como huye de su serio, como se aleja de él la caridad, tapándose la cara de vergüenza.

El Museo Provincial[2]

Publicamos este artículo desde la primera línea, porque, en un número anterior, a consecuencia de un error de última hora, hubo de salir cortado a mitad de un párrafo; destruyéndose así, completamente, la idea que se desenvolvería en él. Ahora subsanamos la falta.

No hace mucho tiempo lamentábamos la deficiencia lastimosa de nuestras bibliotecas públicas. Ahora, vamos a ocuparnos de un asunto, que merece por lo menos una atención igual, y que, sin embargo, se descuida con imperdonable ligereza.

Nos referimos al sostén del pequeño Museo que ha empezado a fundarse bajo la dirección del presbítero Señor Lavagna.

La inmensa utilidad que prestan establecimientos de este género si no se demostrara con la simple observación, habría de atestiguarse con la importancia que se les da en el viejo mundo; donde ingentes sumas y numerosos personales son destinados a costearlos y sostenerlos.

Las ciencias geológicas han alcanzado en nuestros días un desarrollo tan notable, que es de necesidad ineludible en una nación civilizada plantear su estudio; no rudimentario sino profundo y con todos los medios que proporciona la investigación para que pueda llegar en la práctica a los portentosos resultados que viene alcanzando desde Cuvier cuyo inmenso talento adivinó las leyes de formación y clasificación geológicas, hasta nuestros días, en que los sorprendentes descubrimientos de Lyel, de Phillips, de Mantell, de Dana, de Vogt, de Jukes, de Agassiz, de Darwin, de Burmeister, de Moreno, de Ameghino, nos han enseñado a deletrear en los estratos y en las cristalizaciones de las rocas esa grande historia de la vieja Naturaleza, que guarda en sus entrañas las huellas de todos los cataclismos por que ha pasado, los huesos de todas los organismos que ha devorado, las capas de todos los terrenos que la han constituido, los armazones de todos los modos de formación, que han ido sobreponiéndose como gigantescos andamiajes, desde el granito de los cimientos hasta los aluviones de las últimas épocas; todo ello confundido, trastornado, disperso, roto, amontonado en partes, disgregado a veces, superpuesto, hendido con desgarramientos profundos al impulso de las encontradas fuerzas, que no han cesado en su eterno trabajo de construcción y reconstrucción, desde que la tierra era sólo gigantesca nebulosa, hasta el periodo cuaternario en que se levantan las últimas montañas y el hombre aparece, todavía unido por estrechísimos ligamentos atávicos a su predecesores de la fauna terrestre pero llevando ya en su cerebro imperfecto las larvas de las ideas; que más adelante romperán sus envolturas y se lanzarán sus envolturas y se lanzarán ávidas de luz a inquirir todos esos misterios; a agrupar en familia los restos de las floras desaparecidas; a ajustar a las reglas de la clasificación los huesos de las faunas que se han ido; a inquirir las causas que han operado las formaciones terrestres; a adivinar con intuición poderosísima lo que debieron ser esos grandes combates de las fuerzas cósmicas, que se resolvían en diluvios de metales fundidos y de aguas hirvientes; en relámpagos gigantescos en huracanes impetuosísimos, en pavorosos hundimientos, en detonaciones colosales que sacudían la densísima, caldeada atmósfera con la onda ascendente de sus retumbos.

¡Qué espectáculo el de la vida, naciendo en los cloróticos helechos de los terrenos primitivos, subiendo después a las arborizaciones más avanzadas, a las sigillarias y [los] lepidodendros de los terrenos carboníferos, mientras en los mares, todavía calientes, pululaban como gotas de gelatina animada, tribus inmensas de infusorios insensibles a la temperatura elevadísima, que ascendían también desde la Madrépora, arquitecto invisible de esas inmensas formaciones coralinas del Mar Pacífico, hasta el molusco que apenas si nos ha dejado como recuerdo su vacía cáscara; para ir, pasando por el crustáceo, el pez, el ave y el mamífero, hasta la época actual, en que más regularizada, más rítmica, por decirlo así en sus movimientos, respira con la hoja el carbono que constituirá la fibra leñosa y devuelve en exhalación invisible el oxígeno que alimenta la combustión de la sangre en los organismos vivientes; tritura las piedras de la montaña y las lleva en la forma de impalpable arena a los fondos submarinos, preparando así la sedimentación de futuros continentes; evapora las aguas del mar y vuelve en forma de lluvia a los torrentes y ríos que alimentan ese mismo mar; desciende en gota imperceptible, cargada de las sales de la superficie llevando al pólipo el átomo de materia calcárea, y asciende aliviada de su peso a tomar nuevos elementos, allá arriba, alimentando en este eterno viaje la circulación arterial de los océanos; sube en forma de onda sanguínea al cerebro humano y produciendo la vibración de las células de ese órgano, surge transformando en voluntad, en pensamiento o en palabra; incansable siempre, perpetuamente joven, eternamente varia, incesantemente gastada también, y también incesantemente renovada!

¿Pero cómo se preguntará, ha podido reconstruirse ese inmenso cuadro que nuestra débil palabra a penas si es capaz de bosquejar?

Mucho tiempo, grandes recursos, privaciones múltiples, sacrificios casi siempre ignorados, costó el estudio del Planeta.

Ahora, con los elementos amontonados por los hombres de ciencia, es posible ya que no fácil, caminar con pie seguro por las sendas oscuras de los descubrimientos geológicos. Y son estas naciones de la América, reservorios no tocados todavía, las que deben dar mayor impulso al desarrollo de la nueva filosofía materialista, madre legítima de la exégesis darwiniana, que es el más poderoso esfuerzo de talento y de ciencia que hayan visto las edades.

Sin la Geología, que da medios para descubrirlos, permanecerían eternamente ignorados los yacimientos de carbón o de metales tan necesarios para el desarrollo de la industria; sin la Geología, la ciencia de la Naturaleza permanecería eternamente estacionaria.

Mas los Museos no son únicamente muestrarios de colecciones geológicas; en ellos tienen representación la historia, la antropología, la física, la bibliografía, las artes, las industrias, todos los ramos, en fin, de las actividades humanas.

Y, ¿habremos de confesarlo? El que aquí tenemos, exhausto en absoluto de medios, sólo posee pobrísimas colecciones que no se hallarían bien ni en un simple gabinete de aficionado.

Un dato bastará para demostrar bien a la evidencia, el despego con que se mira un establecimiento de semejante importancia. La colección ornitológica que es la mejor, a pesar de ser deficiente en grado sumo, se está perdiendo, porque el Museo no dispone de medios para la adquisición de los desinfectantes necesarios.

Si llega hasta ese extremo, la incuria de los poderes públicos encargados de la conservación de ese establecimiento, nadie extrañará que su colección paleontológica, se reduzca a sólo dos ejemplares, teniendo bajo la mano, puede decirse los inmensos aluviones de nuestros Altos, donde con poquísimo trabajo y menos gastos, podrían obtenerse ejemplares valiosísimos.

La necesidad de conservar y enriquecer nuestro Museo es imperiosa, si no queremos quedarnos atrás en la senda de los progresos científicos.

Con un poco de perseverancia y una pequeña ayuda pecuniaria se subsanaría, en gran parte, la falta.

Esperamos que se nos oirá.

Catolicismo y democracia[3]
(Continuación)

Apenas existe en el espíritu humano tendencia más marcada que la tendencia a la comparación. Vemos, sentimos un fenómeno; inmediatamente se despierta en nosotros la idea de que no sólo ese fenómeno ha existido, sino que existe, puesto que lo vemos manifestarse, y existirá aún después de haber pasado. Y como el mundo es un conjunto de fuerzas que en armonioso consorcio alimentan en él la vida, de ahí que inmediatamente de presenciar una manifestación de cualquiera de esas fuerzas, supongamos la existencia de otras superiores e inferiores; ya que la experiencia nos enseña sin gran trabajo, que es siempre posible, y aún más, que es siempre cierta, la existencia de fuerzas superiores a aquella cuya manifestación presenciamos. Estos principios, de psicología elemental, darannos la base de la teoría que vamos a sustentar; cual es la de que la idea de Dios nació en el cerebro del hombre por la simple percepción de los fenómenos exteriores, que acarrean como inmediata consecuencia la comparación entre la naturaleza humana y las fuerzas desconocidas de la Naturaleza terrestre. En efecto. El hombre primitivo, encontrábase ser superior a todos los demás seres de la tierra. Él, por efecto de una inducción lógica, aunque falsa, debía creerse, como aún sigue creyéndose el hombre actual, la más acabada perfección como si dijéramos la última palabra de la Naturaleza. Pero también debía considerar que su debilidad era suma en presencia de las fuerzas naturales que por todas partes se manifestaban mucho más terribles que hoy día; no sólo porque el Planeta estaba más cerca de la era de los grandes trastornos geológicos sino porque faltando casi en absoluto los medios de subyugarlas, se desataban y obraban con libertad completa.

Las fuerzas plutónicas que levantaban montañas y sumergían islas; los huracanes que descuajaban selvas enteras y enturbiaban la atmósfera con inmensas polvaredas; las tempestades que deslumbraban con sus relámpagos y ensordecían con sus truenos. Todas esas muestras de desconocidas potencias debían embargar su ánimo y conmover su imaginación y despertar en su conciencia aún no perfeccionada del todo por el ejercicio, la primera idea que ocurre a todo aquel que presencia el despliegue de semejantes fuerzas; la idea de una capacidad superior que ordenara aquellos fenómenos y que los mantuviera sujetos, pues que la calma que los sucedía indicaba bien a las claras para ellos la imperiosa contención de una voluntad reguladora. Si aún hoy día en que todos sabemos que semejantes fenómenos no son otra cosa que la manifestación de fuerzas naturales regidas por leyes naturales también, no podemos escapar al poderoso influjo que sobre nuestro ánimo ejercen, ya podemos imaginar el efecto que producirían en hombres cuyas facultades reflexivas se encontraban, por decirlo así, en la infancia. El hombre primitivo que se sentía rey de la Naturaleza y dominador de todo aquello que caía bajo su esfera de acción, debía suponer necesariamente que alguien semejante a él presidía aquellos fenómenos que escapaban a su reflexión y a su dominio −Y debía suponer a ese alguien semejante a él puesto que no teniendo punto de comparación más alto que sí mismo, había también por forzosa manera de creer a ese alguien un ser semejante a él, aunque con facultades mucho más poderosas que las suyas, reconocidas como insuficientes por el conocimiento de las dificultades encontradas al pretender ejercitarlas. Porque es de todo punto imposible imaginar un tipo cualquiera sin caracteres copiados de las cosas o seres que nos rodean ya que no de nosotros mismos. Imposibilidad que llega hasta el punto de que las mismas ideas así sean todo lo abstractas posibles, han menester de la personificación para presentarse en el espíritu con caracteres bien marcados. Esta necesidad hecha costumbre, hace que ahora procedamos de esa manera sin advertirlo; tan arraigada está en nosotros y tan natural nos parece dada su imprescindible manifestación. La idea de lo bueno es, por ejemplo, una abstracción; y nadie es capaz así estén sus facultades aguzadas en grado sumo, de imaginar lo bueno, sin personificarlo, en una acción aislada por lo menos, para darse exacta cuenta de su significado. Es un procedimiento sicológico cuya misma sencillez lo hace pasar desapercibido; pero del cual todos podemos convencernos con una ligerísima reflexión. Pero hay más aún. Como según nosotros, no existen las ideas innatas, lo bueno, lo verdadero y lo bello que son las bases de la moral en los pueblos civilizados, resultan productos naturales de hechos y acciones largo tiempo repetidos, y cuya concordancia simpática con la organización de determinados pueblos y razas, ha hecho que a la larga fueran considerados, por una especie de instintivo convenio, como las matrices en que habían de moldearse en lo futuro esas concordancias de las acciones con los caracteres, para despertar en éstas la simpatía que ha hecho realizar su adopción.

Porque la moral, en su sentido absoluto, y aún en sus relatividades, no sólo cambia de pueblo a pueblo, sino que también es diversamente considerada y aplicada por los individuos de una misma raza, como lo demostraremos en el artículo siguiente.

Continuará.

Guerrillas[4]

Impresión ha causado en los círculos clericales, la nota que en números anteriores publicáramos a propósito de la fiesta de ánimas. Nota en la cual el señor J. Gigena Núñez, administrador del Cementerio de San Jerónimo, ponía en conocimiento del Intendente Municipal los daños que la celebración de la susodicha fiesta, producen anualmente en aquel lugar.

No se ha necesitado más, para que un órgano de los señores curas cuyo nombre es “La Sociedad” y que por estos mundos se edita, saliera con un artículo muy bien impreso en el que se hacen al señor Gigena Núñez cargos sobremanera injustos.

Empieza el tonsurado redactor quejándose de la libertad de juicio tan preciosa como derecho para todos los que no tengan que temer de las críticas adversas. Prosigue ponderándonos su tristeza y su asombro por que un tal Gigena Núñez (son sus palabras) se ha atrevido nada menos que a meter mano en negocios de sotana, como si no estuviera averiguado ya, que los curas, intermediarios entre la divinidad y nosotros los míseros mortales que no cargamos solideo, son de una integridad inatacable; y como si San Ligorio[5] no hubiera dicho también, que ni aún en caso de existir el escándalo debe denunciarse si por algo ha entrado un cura en él. Diserta, (siempre el redactor tonsurado) sobre las sombras que el liberalismo masónico proyecta, sobre no sabemos qué negocio de sacristía. Y termina, por fin, copiando unos párrafos de Fernández Concha; modo harto expedito de ocultar la importancia de quien escribe.

Ahora preguntamos nosotros: ¿qué mal ha hecho el señor Gigena Núñez a esos venerables señores para que así lo injurien y lo denuesten? Pues, muy sencillamente. Cumplir con su deber sin ambages y sin miedo, que es precisamente lo que ellos recomiendan a gritos todos los días. Decir la verdad porque se duele de que los intereses del Municipio se vean estropeados por las turbas fanáticas. Indignarse con sobra de razón porque ve convertida en veta rica una religión que nada quiere saber con los mercaderes. Vean Vds. si hay cosa más natural.

Francamente; cuando nosotros observamos en “La Sociedad” señales tan vivas de clerical indignación, llegamos a pensar por un momento si no habría incurrido el Señor Gigena Núñez en alguna inexactitud, o exageración apasionada. Pues bien. Hemos hablado con el entonces Comisario de Policía, nuestro amigo Manuel Posse[6], y este señor nos ha asegurado que él mismo ha hecho conducir arrestados varios ebrios y comerciantes, que, dentro mismo el Cementerio expendían bebidas alcohólicas.

Ante semejante aseveración no cabe lugar a dudas. Hemos estado en terreno firme al hacer nuestras las afirmaciones del Señor Gigena Núñez.

Y, pese a sus sacratísimas excelencias, el cementerio ha sido como decíamos, teatro de escenas repugnantes a la moral; y las prácticas religiosas adecuado pretexto, para el lucrativo comercio que han realizado: el bolichero con el canasto al brazo, el cura con el escapulario al cuello.

Si serán también éstas demostraciones sombras proyectadas por el liberalismo masónico.

Y luego, observen Vds. bien la táctica que siguen estos picarones de curas.

Como ya están adivinando la pifia que darían con un mentís, pues hay muchos testigos del gran negocio, se escapan por la tangente, y empiezan a hacer cuestión sobre la secularización de los cementerios.

Pero no tengan cuidado venerables hermanos en Jesucristo.

No por seguirlos a ese terreno hemos de abandonar este tópico interesantísimo. Tenemos los ojos de Argos para mosquetearles[7] sus trapisondas.

Pero vamos a taparles la boca con un argumento del Señor Fernández Concha cuya obra citan.

Según el tal Concha, el hecho sólo de haber la Iglesia bendecido un terreno, implica para aquella un derecho de posesión sobre éste.

Ahora como nuestro cementerio, no está bendito, porque está entredicho, resulta que el derecho de posesión eclesiástica ha caducado, o está en suspenso, desde el instante en que la bendición le fue levantada. Y entonces el poder Municipal hace perfectamente en ejercitar acción sobre ese lugar.

Y el entredicho es otra fuente de no menos seguro y lucrativo comercio. Salados pesotes cuesta la bendición que en particular se hace de cada sepulcro. Ya dimos la tarifa en un número anterior. Y quieras que no quieras, hay que doblarla, so pena de quedarse por una eternidad como un perro hereje. (Palabras de la Iglesia).

Y, digan, señores curas.

¿Por qué tanta algarabía y tanta grita? Sigan Vds. tranquilos en el negocio que nadie ha de ir a incomodarlos.

No hagan caso de las sombras que el “liberalismo masónico”, o las “vulgaridades que distan inmensamente de la mediocridad” puedan arrojar sobre sus orondas personalidades.

Es un grano de anís, esa picazón de hormiga.

Oigan, benditos de Dios. Aprendan y tomen ejemplo de Salguero.

Ese sí que es hombre a quien no le entra uña. Él sigue impertérrito en la tarea de aporrear nuestros tímpanos despiadadamente, así caiga sobre su cabeza no interrumpido chaparrón de zumba.

Hagan lo que él.

Duro y firme al Pegaso, que al fin y a la postre no es una bestia tan cucañera y tan arisca como la pintan. Y Vds. firmes y duros al bolsillo de tanta beata y tanto santurrón como pulula por estas tierras, amadas del jesuitismo.

Pero vamos. Ya hemos gastado bastante palique.

Hablar de muertos y de curas, es lo mismo que chupar espárragos o besar una vieja; que dice la coplita de antaño.

Y aunque la cosa ésta es graciosa, no queremos fatigar al lector amable.

Nos reservamos para cuando continúen como lo han prometido.

Ahí de curas, hisopos, escapularios, agua bendita, indulgencias, y tantos otros mejunjes cuyo honroso descubrimiento pertenece a los Brahmanes de la India.

Señores de sotana: Quédense, pues, con Dios y nosotros los laicos, con Satanás probablemente; ya que esta condición de laicismo nos hace correr el riesgo de imitar a Belcebú en algunos de sus apéndices característicos.

Si nos vencen, nos cuelgan el Sambenito; y si los corremos, empeñamos nuestra palabra de caer a sus reales plantas pronunciando la frase de Carlos V[8]: Sanctissíme pater, indulge victori.

Cosquilla.

Decadentes[9]
(Al poeta J. M. Aguilar)

Allá por la Avenida que bordan las acacias,
pasó la pobre niña del brazo de la abuela,
velando la frescura de sus nacientes gracias
con palideces tibias de lánguidas diamela.
Camila se llamaba la pobre niña rubia.
Su espíritu, trasunto del símil de la malva,
era como esas flores rociadas por la lluvia,
que púdicas se besan a solas con el alba.
Soñaba, hacía tiempo, delirios celestiales,
y triste se moría del mundo entre los yermos,
fingiéndose en la mente los castos ideales
que ven, cuando agonizan, los ángeles enfermos.

Velando desnudeces de Venus Citerea,
cruzóse ante sus ojos con aire soberano,
María, la morocha de sangre más hebrea,
que han visto los Octubres del suelo americano.
Arqueaba de sus labios las suaves comisuras,
con ademán de reina mientras erguía el dorso,
y era cual si copiase blandas cinceladuras
de helénicos artistas, su cuello en cada escorzo.
En los aéreos rasgos de su hermosura había
la tentación del vértigo que llama a lo profundo;
en sus miradas hondas, calor de medio día
y en su abandono regio nostalgias de otro mundo.

Al verlas tan hermosas mirarse sin agravios,
con la atracción simpática de idéntico dolor,
me dije en una frase que no llegó a mis labios:
María quiere amores, Camila quiere Amor!


  1. Pensamiento Libre, año I, núm. 8,  9/12/1893, pp. 1-2.
  2. Pensamiento Libre, año I, núm. 8,  9/12/1893, pp. 2-3.
  3. Pensamiento Libre, año I, núm. 8,  9/12/1893, p. 3.
  4. Pensamiento Libre, año I, núm. 8,  9/12/1893, pp. 3-4.
  5. San Alfonso María de Ligorio (1696-1787). Doctor de la Iglesia. Fundó la Congregación del Santísimo Redentor.
  6. Manuel G. Posse dimitió de su cargo el 6 de diciembre de 1894. Cf. Efraín U. Bischoff, Leopoldo Lugones, un cordobés rebelde, Córdoba: Brujas, 2005, p. 134.
  7. “Mosquetear”. Americanismo que significa “mirar/observar una fiesta, una reunión, etc., a distancia, sin participar en ella”. Günter Haensch y Reinhold Werner, Diccionario del español de Argentina, español de América Español de España, coordinado por Claudio Chuchuy, Madrid: Gredos, 2001 [2000].
  8. Carlos I (1500-1558). Rey de España y emperador de Alemania, más conocido como Carlos V (1520-1558).
  9. Pensamiento Libre, año I, núm. 8,  9/12/1893, p. 4.


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