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7. Entre mito y realidad: la democracia

Los insurgentes radicales demandaban la adopción del sufragio obligatorio y secreto masculino y la instauración de una democracia representativa. Sus expectativas, que estaban en todas las mentes, dominaban la labor periodística de Lugones, que realizó en Pensamiento Libre un análisis de la evolución histórica de la democracia. Con el fin de explicar por qué las insurrecciones fragilizaban la presidencia de jure de Sáenz Peña y las instituciones republicanas, enfocó el problema desde varias perspectivas. La primera pretendía remontar a los orígenes históricos del régimen democrático argentino; la segunda se centraba en consideraciones filosóficas y cientistas para examinar los vínculos existentes entre el poder religioso y el poder político.

En octubre de 1893, Lugones publicó “Raíces de nuestra democracia”, un artículo en dos partes que postulaba que los argentinos tenían desde siempre un compromiso con la democracia[1]. Poco deseoso de teorizar, pero resuelto a impedir que la UCR y sus seguidores cuestionaran las instituciones argentinas, Lugones recordaba a su público lector que el régimen vigente era un gobierno libre que rendía culto al “dios Pueblo”; enaltecía además un proto nacionalismo de gran vitalidad. El desafío era para él considerable: se trataba de acallar las críticas al oficialismo por sus prácticas electorales fraudulentas e impedir que una revisión constitucional fuera impulsada.

Desconfiando de la participación política de las masas, Lugones evitaba abordar de lleno el tema de la extensión del derecho al sufragio a ciertas categorías de la población. Se conformaba con analizar los hitos históricos que marcaron la instauración del régimen democrático en el Río de la Plata tomando como referencia una tradición constitucional que echaba raíces en la España de la Edad Media. Con el fin de establecer por analogía un parentesco entre las instituciones medievales y las pequeñas repúblicas del Río de la Plata, entre una España en vías de unificación (1492) y un virreinato a punto de emanciparse (1808-1816), el poeta confundía y amalgamaba los lugares, periodos y protagonistas. Creaba así numerosas equivocaciones que “perjudicaban” al pasado y al presente. Según los términos de François Hartog, aquello producía “un malentendido productor de efectos”[2], vale decir una visión idílica de lo medieval y una peculiar comprensión del presente. Los argumentos adelantados se dirigían a lectores letrados que eran no sólo conocedores de la historia de las instituciones para el gobierno de las Indias, sino capaces de identificar sin mayor dificultad el discurso liberal del que se valía Lugones para contrarrestar las acusaciones de absolutismo en contra de la Corona[3].

El enfoque escogido reducía la Historia de España a la de un país católico independiente de los poderes extranjeros. Así, no se tenía en cuenta la incidencia de las invasiones árabes que prohibieron a los cristianos de España tener contactos directos con Roma. Tampoco se contemplaban las complejidades de un largo proceso político durante el cual la península conquistó su unidad nacional. En vez de admitir que la lucha contra los Moros no facilitó la implantación de un verdadero régimen feudal de vasallaje en España a diferencia de los demás países procedentes del antiguo imperio de Carlomagno[4], Lugones amalgamó los reinos cristianos de Jaime el Conquistador, Pedro el Cruel y Alfonso VI; del mismo modo, en vez de recordar que la nobleza ibérica gozaba de un estatuto singular definido principalmente por la atribución de privilegios jurídicos (fueros), aludió sin más a las rebeliones de las Germanías de València (1519-1523) y las Comunidades de Castilla (1520-1521). Parece que poco importaban dichas inexactitudes históricas. El relato telescópico de Pensamiento Libre tenía como objetivo sacralizar con acentos románticos una identidad colectiva “española” que habría sobrevivido al “absolutismo germánico importado” de los Habsburgo y a un largo periodo de obscurantismo durante el cual la Inquisición desempeñó un papel represivo nefasto para las ciencias, las letras y las artes. Con todo, el “carácter” heredado por los hispanoamericanos llevaba en gérmenes las virtudes republicanas y el “alma nacional” de la Argentina.

El legado indiviso así constituido habría transmitido un ideal de democracia basado en un principio aristocrático, como lo dan a entender los ejemplos del justicia Juan de Lanuza y del comunero Juan de Padilla. Elevados a rango de mártir popular por los historiógrafos españoles de la primera mitad del siglo XIX, estas figuras legendarias encarnaban el firme compromiso de las élites nobiliarias en la lucha contra los abusos de poder. Se volvieron paragones de civismo por su determinación de defender los fueros de sus condados respectivos[5].

Introducida en las Indias occidentales del siglo XV, el alma “española” habría acabado por trascender los marcos impuestos por la Inquisición y la administración colonial para impulsar la gesta rioplatense; en otros términos, habría permitido que los criollos porteños se enfrentaran con valentía al derrumbamiento de la monarquía española. A modo de prueba, el escritor concluye su artículo mencionando el ejemplo del general Santiago de Liniers (1753-1810). Como se sabe, el oficial francés, que servía a la Corona española, se destacó durante las dos fallidas invasiones inglesas (1806-1807). Por su mérito, fue nombrado virrey interino del Río de la Plata entre 1807 y 1809.

Además de la notoria actuación del marino, que triunfó sobre las tropas británicas, el episodio introduce un nuevo argumento a favor de una democracia elitista y restringida, puesto que fue elevado al rango de virrey por el Cabildo abierto de Buenos Aires. La elección popular fue respaldada el 18 de febrero de 1808 por una cédula real. El ejemplo era convincente y la alusión a los vecinos porteños en el momento de las invasiones inglesas servía para recordar los trabajos escolásticos del siglo XVI y, en particular, los del jurista Francisco Suárez (1548-1617), que razonó en contra de la teoría del derecho divino de los reyes. La ciudadanía tal como la definía el pensador y teólogo español expresaba que el poder pertenecía a la comunidad y no a una persona en particular. Pero su definición era excluyente, puesto que la comunidad se limitaba a gentes principales.

En aquel marco legal, la democracia instituía lo social sin que la soberanía del pueblo fuera identificable con los resultados de un sufragio libre y universal. Sólo era un modo de decisión concertada, de ninguna manera una organización política. La idea democrática era en este sentido la expresión de un interés general. Este último concepto filosófico, que apareció a finales del siglo XVII, resultaba importante en la medida en que “[era] obra de una razón que no se contenta[ba] con perseguir objetivos ya inscritos en una naturaleza creada por Dios, sino de una razón que los defin[ía][6]”.

Así, pues, la cuestión de la representatividad, que define hoy la democracia, no se planteaba. Esta postura sorprende hoy en día, pero el hecho de que sólo constituía una modalidad particular de la democracia y no su esencia misma la justificaba. La democracia definida como proceso electoral es un “tiempo segundo de la República”[7]. Por eso, lo que prevalecía a los ojos de Lugones era una soberanía popular que se había instituido a sí misma y no un gobierno fundado sobre el sufragio universal. En su versión moderna, la democracia representativa estaba asociada con imágenes de desorden y de anarquía[8].

En “La democracia europea”[9], el poeta explica que las élites criollas optaron por este sistema de gobierno sin tener un modelo exógeno que seguir y, para demostrarlo, publica una serie de artículos en los que analiza las relaciones entre el catolicismo y la democracia. Para ello, se remonta a las “civilizaciones rudimentarias de los tiempos antiguos” y registra la historia del régimen comentando en particular el rechazo de la soberanía popular por los Estados Pontificios. Le importaba mostrar cómo las sociedades se libraron paulatinamente de las autoridades espirituales para dotarse de un poder político autónomo.

El proyecto suyo era atrevido y ambicioso a la vez, ya que rechazaba el dogma cristiano de la revelación fundamentando sus argumentos en los últimos logros científicos y los saberes constituidos de la época (física, biología, fisiología, astronomía, antropología, etc.). Lo era tanto más cuanto que articulaba la historia europea con la de la Argentina en una perspectiva universal. Nunca logró Lugones abordar todos los temas previstos. Fue incluso obligado a resumir en algunos casos su tesis antes de admitir, al fin de cuentas, que la cuestión era mucho más ardua de lo que parecía (edición del 25 de noviembre de 1893). Lo era sin duda, pero con la publicación de una serie de siete artículos, el poeta pudo tratar cuestiones tan esenciales como el derecho, la justicia y la moral. Así, demostró que el gobierno y las bases de la moral eran frutos de la experiencia; abogó por nuevas categorías ideales independientes de los valores católicos (lo bueno, lo verdadero y lo bello[10]) y, por fin, afirmó que la Razón definía los fundamentos morales de la sociedad moderna.

En el último artículo de la serie “Catolicismo y democracia”, Lugones se refería a la Historia del derecho de la Antigüedad para defender la autoridad estatal tal como el pensamiento contractualista liberal de finales del siglo XIX lo concebía y, por ende, el dominio oligárquico de las élites[11]. Con el fin de discutir la función legitimadora de la ley, convocaba a figuras tutelares que encarnaban las premisas de una evolución hacia un modelo orgánico de la sociedad: como sus lectores sabían que Manú era un gran sabio de la India védica, que Licurgo encarnaba el republicanismo clásico y la Constitución Esparta, que Dacrón había promulgado las primeras leyes escritas equitativas de la Grecia antigua a la par que había introducido la democracia en Atenas, reconocían sin dificultad las nociones que su discurso sobreentendía.

En sus artículos, Lugones demostró que la aceptación de la ley soberana era esencial, ya que condicionaba la confianza de los gobernados en la autoridad estatal y, por tanto, el acatamiento político de un ordenamiento. Por analogía, remitía al origen de la Constitución Nacional argentina y a la acción acertada de los criollos que, en 1853, construyeron una nueva sociedad sobre la base de un régimen republicano.

Con el fin de limitar el peso de las instituciones eclesiales, el poeta emprendió luego un rápido examen de varios casos de homicidios cometidos tanto en sociedades antiguas como modernas para ilustrar la paulatina pérdida del carácter sagrado de la ley en beneficio de convenciones acordadas entre los hombres. Indispensable para su retórica, la figura del legislador le sirve entonces para mostrar cómo usó al principio los atributos del poder religioso para llevar a cabo su labor y, con el tiempo, configurar reglamentos estatales y órdenes políticos libres de toda referencia metafísica. Cuando tomaba medidas para el bien común y promulgaba constituciones que ponían fin a relaciones sociales sometidas a la voluntad del más fuerte, el legislador sentaba así un precedente para la instauración de un orden democrático, mientras la razón de Estado se volvía una ley suprema[12].

Aunque harto conocidos, los argumentos desarrollados en “Raíces de nuestra democracia” y en los artículos de “Catolicismo y democracia” significan el compromiso de Lugones con la Constitución de 1853 que, acorde con los principios definidos por Alberdi[13], fundamenta el poder político central y atribuye a una minoría privilegiada el ejercicio del poder[14]. En este sentido, los artículos de Pensamiento Libre dan testimonio de fuertes preocupaciones políticas a través de un examen detallado del concepto de la democracia. En su nombre, el poeta rechazaría la reforma electoral impulsada por Roque Sáenz Peña en 1912 (Ley 8.871 del 10 de febrero de 1912) y, paradójicamente, el proceso de democratización que resultó de ella.


  1. “Raíces de nuestra democracia”, Pensamiento Libre, 19/10/1893 y 25/10/1893.
  2. Hartog, 1993, p. 35.
  3. En este caso, le importaba rehabilitar una España muy criticada por los historiadores franceses François Guizot (1787-1874) y Henry Thomas Buckle (1821-1862).
  4. Bennassar, 1992, p. 188.
  5. Ibid., p. 458 y 460.
  6. Denis, 2008, p. 1.
  7. Collin, 1995, p. 48. A este propósito, Pierre Rosanvallon observa que el empleo del término “democracia”, entendido como régimen de la soberanía del pueblo, es bastante tardío; no se impone en el idioma antes de 1848. Rosanvallon, 1993, pp. 11-29.
  8. Ibid., p. 14.
  9. “La democracia europea”, Pensamiento Libre, 18/11/1893.
  10. “Catolicismo y democracia”, Pensamiento Libre, 2/11/1893 y 9/12/1893.
  11. Véase Landau, 2008, pp. 7-45.
  12. “Catolicismo y democracia”, Pensamiento Libre, 16/12/93.
  13. Su obra Las bases fue una de las principales referencias de los convencionales de 1853.
  14. Botana, 1998, p. 46.


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