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3

Francia[1]

Si las conciencias tuvieran polos, como el planeta, yo colocaría el boreal en Francia. Cuando la nacionalidad gala comenzó recién a consolidarse bajo la tiránica tutela de la dominación romana, un hombre concibe el gigantesco pensamiento de aglomerar bajo la sola potestad de su raza las dispersas rudimentarias federaciones de tribus entonces bárbaras, como presintiendo tal vez, las infalibles señales de la decrepitud latina cuyo súbito descuajamiento iba a dejar en el mundo, un vacío tal que sólo pudiera ser llenado por un pueblo capaz de hacer suya y sostener la herencia grande acumulada en el Pomerium de la romana metrópoli en secular jornada.

No fuera acaso aventurado suponer a Vercingétorix[2] el primer patrocinador de esta idea: pero el terror supersticioso que le infundiera la profecía de la druidesa de Sayne[3] agotó sus fuerzas esterilizando su acción en la lucha encarnizada que sostenía; y tal vez cuando pasaba por las calles de la Roma cesárea, atado al carro de su vencedor, pensaba que de aquellas tierras lejanas, agostada por el fuego en el supremo recurso del patriotismo herido, se levantarían no muy tarde los vengadores de su afrenta.

Estaba reservada a Carlos Magno[4] la empresa grande; y puede decirse que, desde entonces la pesadilla del pueblo francés ha sido la unidad europea. Sueño, indudablemente, entonces, pero sueño digno del cerebro de un Dios.

Y así la vemos. Ya sea que apoyada en el feudalismo guerree con Felipe Augusto[5] en las cruzadas; ya que haga de Aviñón[6] la sede pontificia en su Cisma de Occidente; ya que invada la Italia con las falanges de su errante caballería; ya que dispute el dominio a la monarquía austriaca con Luis XIV[7]; ya que esparza su prolífica simiente por la Europa toda con las triunfantes huestes de sus voluntarios republicanos; ya que salve con pie atrevido las fronteras internacionales y ponga su mano sobre todas las coronas con Bonaparte[8]; ya que pelee por el agrandamiento de su influencia con el segundo Napoleón[9]; siempre ha aspirado al dominio no con la esperanza de los lucros pasajeros de la victoria, sino porque tenía hambre de sacrificio, sed de gloria con que acrecentar el prestigio de su espíritu generoso.

Alguna vez sus energías desviadas por ambiciones mezquinas se han lanzado a las conquistas rapaces y a los salteos escandalosos del ajeno derecho; pero el pueblo francés ha pecado inocentemente.

Cuando ha soportado con valor estoico, los escarnios de la derrota, las tiranías de amos domésticos o extranjeros; el sangriento Viacrucis de sus guerras y los desgarramientos dolorosos de su seno, sólo por el sostén de su credo liberal y democrático, es que tiene en el alma algo más grande que el amor a la gloria; porque estos martirios sólo se aguantan, cuando se lleva en la frente brillando, el ideal de los espíritus superiores.

Ahora es reina en la literatura, en la ciencia, en todos los ramos de las humanas actividades; y con ellas domina al mundo y le prepara el camino del Paraíso.

La República, hecha poder por el fallo del pueblo tiene por fin el seguro apoyo de la opinión inteligente; y aquella federación europea predicha por Víctor Hugo[10] en las tempestuosas sesiones del 71, marcha camino de la realidad a fundir todos los odios, todas las envidias de raza en el culto del derecho humano y de la humana conciencia.

Somos, aunque fervientes admiradores de sus progresos, fustigadores severos también de los vicios que la trabajan.

Pero estas faltas, por aborrecibles que sean están acogidas al sagrado del hogar. Las naciones tienen también sus inviolabilidades y sus privilegios. Ventura grande es para la humanidad ese carácter expansivo de las glorias que brillan con la inmutabilidad de un sol cuando son verdaderas. Las miserias, por el contrario, se arrastran en las tinieblas como víboras, y cuando alguna vez alzan la cabeza con la insolencia de la infamia ensoberbecida su misma deformidad las aparta todas las miradas.

Nosotros no queremos ver en Francia, sino la Nación-Sibila que evocaba el Porvenir en las horas tempestuosas de sus luchas, avanzando con los pies lastimados por las asperezas del camino y la frente ceñida con el nimbo de la victoria, a esparcir por las naciones la luz de su conciencia, a derramar sin tasa su sangre como riego benéfico sobre la tierra agostada por la esterilidad de las tiranías.

Esa fuerza de unidad que liga como levadura fecunda los miembros todos de su organismo y ese rasgo saliente de su carácter: ese generoso espíritu de difusión que lo convierte en activo apóstol del derecho, son para el pueblo francés las fuerzas centrípeta y centrífuga que lo mantienen como al planeta en la órbita de sus destinos, no circunscrita a una elipse, sino hiperbólica, sin límites, como las de esos cometas luminosos que van de un sol a otro sol como aves de paso de las regiones siderales, en busca siempre de la luz por la inmensidad de un espacio sin horizontes.

Francia, que ha sido la primera en poner el pie sobre la ruta del progreso, cuide bien de no quedarse atrás. El retroceso es un pecado mortal de las naciones.

No se castiga sino con la esclavitud y no se reimite sino a precio de sangre.

Socialismo[11]

Ciertos estadistas y políticos muy empeñosos ciertamente en deprimir los principios de algunas escuelas cuyas máximas se avenían con las suyas han hecho arraigar entre nosotros la creencia de que el socialismo en general no es otra cosa que la explosión de las pasiones anárquicas cuyo corruptor influjo induce al proletariado europeo a lanzarse por la vía de las conspiraciones en busca del mejoramiento que apetece.

Indudable es que los principios del socialismo, mal comprendidos por aquellos a cuya felicidad se encaminaban y peor aplicados por los ambiciosos de todas las épocas, han conmovido la sociedad del viejo mundo, no paulatinamente como debieran, sino con todos los caracteres del trastorno que cruza como tempestad, con falta absoluta de medios reconstructores, y con sobra de elementos de disolución.

El socialismo francés, único verdaderamente humano y evangélico, creció como árbol vigoroso en el suelo todavía caliente de la Francia que sentía en sus entrañas los estremecimientos poderosos del volcán revolucionario; de 1810 a 1848 vivió vida propia, difundiéndose por el mundo lleno entonces con las grandes resonancias de la tribuna francesa. Los San-Simonianos[12] que pretendían dar “a cada uno según su capacidad; a cada capacidad según sus obras”; los partidarios de Cabet[13] y de Luis Blanc que querían: “para cada uno según sus necesidades no pidiendo más de lo que cada uno puede producir”. Fourier[14] y los suyos con sus mesiánicos idealismos, inaplicables en la práctica todavía, pero llenos de intuición profética, todos por diversos medios, contribuían a la realización de las reformas que les sugería su entrañable amor a la humanidad.

Aquel desastre de creencias y dogmas en que se hundía un mundo; aquel aflojamiento de los vínculos sociales tan grande, que el adulterio vivía casi como una institución legal, según lo cuenta Michelet[15]; aquella sublevación de los oprimidos que soplaba recia como huracán derribándolo todo, trastornándolo todo, oscureciéndolo todo, levantando hasta las estrellas, las cenizas, los deshechos, las podredumbres, las pasiones, los odios, los salivajos de la infamia, los fermentos del vicio, las energías suicidas de la desesperación, los deseos asesinos de la impotencia, las iras del bruto rabioso, las envidias del reptil que mira al águila, las codicias feroces del hambriento que se afila el colmillo para morder, toda la basura de los bajos fondos sociales removida por un anónimo formidable que salía de las tinieblas como una garra a cortar gargantas y partir cabezas, haciendo de la Francia una inmensa nebulosa en gestación, un pueblo de caracteres únicos en la historia donde era, bajo los pies del orador callejero, cada tonel desvencijado un Sinaí, temblando en el espasmo de las cóleras de esa elocuencia que rugía como antro de Eolo y manoteaba como león; donde sólo se escuchaban los gritos del furor revolucionario que corría desatinado como el cíclope de la leyenda sin saber a dónde ni a qué, donde sólo se oía la música vibrante de la Marsellesa como un toque de llamada del Porvenir.

El miedo a aquel desquiciamiento; el anhelo de mejorar la suerte del proletario; la misión creída y aceptada de utilizar las fuerzas desviadas por la enfermedad social; la clarividencia del futuro que impulsa a todos los grandes extraviándolos con frecuencia en la sublime ceguedad de la fe profunda, acarreó el desenvolvimiento de aquellas teorías, cuyo fondo, inmutable como que es la justicia y el bien irá haciéndole carne progresivamente; llegando, día más, día menos y descartando de ellas las ilusiones de todo proyecto, a hacer de la humanidad una familia, no agrupada en las celdas reglamentarias del falansterio; ni sujeta a la calculada servidumbre del taller; ni expuesta a las falaces máximas de un comunismo imposible; ni llevada a las aberraciones repugnantes de la poligamia mormónica; ni a las concepciones nebulosas de los Shakers[16]; ni a los sueños absurdos de los perfeccionistas del Oneida Creek[17], sino dominando el mundo con la ciencia y el trabajo; engrandeciéndose con el reforzamiento de cada individualidad; apretando los vínculos fraternales de las razas; y haciendo del infinito el templo donde las generaciones nuevas adoren el eterno ideal de la justicia “en espíritu y en verdad”.

“A cada uno según sus necesidades; no pidiéndole más de lo que puede producir”; he ahí la síntesis de la teoría sustentada por el autor ilustre de “la organización del trabajo”[18]. Teoría niveladora, teoría igualitaria en sumo grado: grandiosa porque abarca con una sola ley el derecho común de la humanidad; útil por la cantidad de medios que ofrece su análisis para hacerla práctica; bella porque quiere el equilibrio eterno de las fuerzas sociales en la constitución de un todo armónico, que sería el arquetipo, la belleza presentida, con toda la augusta inmutabilidad de un sol.

Ese es el socialismo de buena ley, bien distante como se ve de las crueldades del nihilismo y de la Internacional.

Estos, quieren la resolución del proceso sociológico por la expulsión violenta de los males gérmenes; aquel por la resolución gradual y espontánea. De un lado, pues, el pauperismo británico con su ciega insensatez de hambriento; el anarquismo español, fanático como la raza que lo alberga; el nihilismo ruso, taciturno, con mucha energía en la acción y pocas palabras en los labios sellados por la costumbre de la esclavitud; el mal llamado socialismo alemán que, si bien se atreve a sacar la cara, es porque está seguro de perderse en la irresponsabilidad de la turba anónima; el carbonarismo italiano que apenas si existe ya, resucitando el tipo del bravi de las galantes aventuras medioevales; y por último, esa inextricable madeja de sectas norteamericanas que favorecidas por una constitución libérrima, por un suelo riquísimo, por una raza cosmopolita ávida de ideal y saturada de mercantilismo, viven, efímeras las unas, decaídas las otras, despreciadas las más viejas por insuficientes, como las primeras manifestaciones de una inmensa reforma que se espera con cierto terror sagrado que inspira su incalculable grandeza.

¡Qué contraste del lado opuesto! Aquí tenemos, no evangelizaciones abstractas, sino prédicas, enseñanzas, sacadas del estudio y de la experiencia. Allí tinieblas, misterios, terrores, desconfianzas, violencias, juramentos de seguridad. Aquí luz, claridad, heroísmo, convencimiento, apostolado simpatía como lazo de unión. Allí los Ravachol[19], los incendiarios que espían sus crímenes en los cadalsos. Aquí los Luis Blanc[,] los hombres puros, las víctimas del despotismo, los profetas que ocasionan con su muerte el luto de un pueblo. Allí los siniestros criminales destruyendo con el petróleo y la dinamita. Aquí los buenos amigos de la humanidad que hunden los tronos con dos gotas de tinta.(1)

Indudable es que en mucha parte las escuelas socialistas han hecho simples tanteos; pero de sus estudios fragmentarios han brotado como otros tantos fértiles retoños; la Sociología, el conocimiento completo de la propiedad […] de la asociación de la organización libre del Estado, y, sobre todo, del capital y del trabajo, esos dos importantísimos factores en el desenvolvimiento de la sociedad moderna. Es así como han organizado, ya que, no creado, la Economía Política.

La Sociología, esa ciencia que deficiente como es aún, ya puede considerarse la matriz en que han de fundirse los modelos de organización del estadista y del político, es una ciencia creada desde las raíces por las diversas escuelas socialistas.

Y de su estudio saldrán con el tiempo el tipo perfecto de la humanidad concebida como una familia por esos hombres verdaderamente grandes que tuvieron, como todos los reveladores el martirio de ver despreciadas por quiméricas las más nobles aspiraciones de sus espíritus.

¿Qué importa si han errado, si han divagado en idealizaciones abstractas, si llevados de su ardor generoso han propuesto mucho de irrealizable, han creído mucho en lo utópico cuando han tenido, como garantías seguras de su pureza, la fe en el martirio, la constancia en la desgracia, el convencimiento entre el general escepticismo, la pasión exaltada por el bien común, venciendo los egoísmos tenaces de sus propias almas?

No; ellos no pueden ser responsables de lo que otros hayan hecho mal en su nombre. Y si han pecado alguna vez ¿no es, por ventura, bastante para redimirlos la intención sublime de haber querido adelantarse al Porvenir?


(1) Alusión a Luis Blanc, de quien se cuenta que al sentir en la calle la asonada de 1848 se asomó a su balcón diciendo: “Es mi historia de la Revolución que pasa”.

Catolicismo y democracia[20]
(Continuación)

¿La idea de Dios es revelación o consecuencia?

He aquí la primera dificilísima cuestión que se presenta en el desarrollo del tema que comenzamos a discutir en nuestro número anterior.

Como ya lo hemos expuesto, consideramos la idea del gobierno íntimamente ligada a las creencias religiosas de los pueblos; y de ahí nuestro empeño en examinar y dejar constatado en lo posible si la idea de la divinidad es una concesión de un poder superior, o un resultado de la evolución anímica perfeccionada y desarrollada por la acumulación de individualidades dispersas en las diversas maneras de formación que ha seguido la sociedad hasta su constitución actual.

Rechazamos desde ya, como ajeno a toda discusión, el principio axiomático en el intento de que pues Dios es la voluntad suprema pudo en ejercicio de esa facultad poner en el espíritu del hombre la idea de su existencia. Y lo rechazamos por dos motivos. Uno, porque siendo el objeto de la discusión lo mismo que se quiere hacer aceptar como indiscutible tendríamos, caso de aceptarlo en esa forma aun cuando fuera condicionalmente, agotado por completo el tema; y otro, porque si el ser supremo hubiera inculcado en el espíritu humano, como revelación, la idea de su existencia conservaría todas las manifestaciones de esa idea una identidad originaria que está lejos de existir como se verá más adelante.

Así, pues, lo que pretenderemos probar es que la idea de Dios es una consecuencia.

La biología, ayudada en esto por la embriología nos demuestra casi sin contradicción que la existencia de las ideas innatas es ilusoria. En efecto. El cráneo del niño, conteniendo mucha mayor cantidad de agua que de materia grasa necesaria para mayor producción de ideas, produce únicamente concepciones fugaces, y que, por lo imperfectamente determinadas no dejan una impresión duradera. Ni aun la voluntad, esa facultad primordial del ser consciente se encuentra del todo subordinada a la inteligencia; y una prueba de ello tenemos en que el niño, para tomar un objeto, por ejemplo, que es uno de los actos privativos de la conciencia más rudimentaria, gasta una gran suma de movimientos innecesarios, lanzándose con todo su cuerpo, sobre aquel de que necesita; mientras que al adulto, con facultades más desarrolladas y educadas por el ejercicio le basta extender el brazo, con un simple aflojamiento del músculo bíceps para ejecutar el acto de la aprehensión. En el mismo ejemplo notaremos otro acto igualmente significativo: cual es, el que la falta de ejercicio del órgano visual ocasione al niño frecuentes ilusiones ópticas, haciéndolo errar con frecuencia el objeto hacia que dirige la acción mecánica de su brazo. Esto en cuanto a los sentidos. Que por lo que respecta a la conciencia, tan contestes están todos de sus insuficiencias en la primera edad, que la Iglesia misma marca los siete años como la época en que el hombre comienza recién a tener el conocimiento de sí mismo; y la ley señala los veinte y dos como el término de la sujeción a la patria potestad; fundándose en que el ejercicio de sus facultades desarrollando la experiencia hace al hombre apto para encaminarse libre y concienzudamente por la ruta que le convenga mejor.

El salvaje cuyas facultades quedan suspendidas en su desarrollo por la falta de medios que las perfeccionen con la acción, se resiente en todos sus actos de esta falta de ejercicio. Imposible es para él desenvolver un pensamiento completo, sin enredarse de seguro en las múltiples variaciones que la evolución de ese pensamiento acarrea; su idioma, necesitando poco de la flexibilidad que le impondría la concepción de ideas encadenadas con un fin cualquiera, sólo expresa, insuficientes y mal determinadas, las sensaciones más generales, no pudiendo por falta de verbos capaces de regir las oraciones y de preposiciones susceptibles de encadenarlos, realizar las construcciones de largos periodos; limitándose a la expresión de los sentimientos en un orden que puede llamarse numérico; y dejando a la inteligencia la cuasi adivinación de las relaciones que existen entre ellos.

El lenguaje del niño presenta notable parecido con el del salvaje en este punto. Otra relación psíquica más importante descubrimos todavía. Todos los viajeros están contestes en referirnos la constante tendencia del salvaje a la mentira; y nadie duda que el engaño es para el niño un placer que se proporciona siempre que pueda. Si buscamos el origen de esta tendencia la encontramos en la necesidad que experimenta la inteligencia desde temprano en ejercitar sus facultades creadoras; y estas rudimentarias todavía penen, en lugar de los hechos ocurridos otros tanto más sencillos e incapaces de ocultar los verdaderos cuanto es menor la edad del individuo que las mienta.

En nuestro siglo, cuyos inventos sorprendentes tanto han contribuido al refinamiento de la vida y a la excitación continua de las facultades mentales, la mentira según nuestra teoría debiera haber adquirido inusitado desarrollo. Y la estadística criminal nos demuestra que “sin duda muchas formas de mentira han desaparecido, pero para ser reemplazadas con ventaja” (G. Tarde, Crim. Comp., Cap. IV, pág. 204[21]).

Por otra parte, las experiencias de Flourens[22], y las operaciones de la trepanación nos han enseñado que, si se quitan de un cerebro determinadas partes, las facultades anímicas decrecen a proporción de la materia que se quita. Un animal, pierde hasta la facultad de locomoción y vive una vida que puede llamarse vegetativa, porque ha perdido por la extracción de determinadas partes de su cerebro, la vista, el oído, el olfato, el gusto; es decir, ha retrocedido por medios artificiales hasta la rudimentaria organización cerebral del molusco o del zoófito. Tal hombre pierde, por la extracción también de algunos pedazos de cerebro en la operación del trépano ya citada, pierde, decíamos, la memoria de determinadas épocas de su vida; tal otro, a consecuencia de una fiebre violenta recobra la posesión de recuerdos olvidados de antiguo; tal otro, a consecuencia de una conmoción repentina pierde la razón y la recobra después por otro golpe semejante.

¿Dónde están, pues, esas ideas innatas, que cambian y se modifican, subordinadas siempre a los cambios y modificaciones del órgano material? Pero se nos dirá: Eso no prueba que las ideas no sean innatas; sino que teniendo para manifestarse necesidad de ese órgano material deben sus manifestaciones resentirse de cualquiera modificación que ese órgano experimente.

La respuesta sería lógica. Pero vamos a demostrar que reposa sobre una base falsa.

Continuará.

Guerrillas[23]

Para bien nuestro y de la sociedad culta, han dejado ya de aparecer, al menos, por lo que a este Domingo respecta, los acostumbrados versos de los periódicos católico-literarios.

Ni nuestro amigo Salguero ha vuelto a ocuparse de los sonetos que son su encanto (y el nuestro); ni “La Aurora” nos obsequia con sus espantables elucubraciones; y únicamente “La Sociedad” continúa la transcripción de los artículos de Selgas[24] que nos viene dedicando de tiempo atrás.

Y hemos de reconocer, a fuer de imparciales, que los tales artículos del literato español son magistrales retratos de ese tipo liberal de nombre cuyo oficio es andarse por los templos mostrando a todo el que quiera su insoportable chabacanería, y confundiendo en un sólo odio insensato, lecturas mal digeridas, frases de efecto preparadas, mentiras soeces y toda esa balumba de su elocuencia que perora en las mesas de los cafés y en las esquinas de las plazas públicas.

Ya ven los señores de “La Sociedad”, como somos de severos para juzgar a estos liberales que no entienden de liberalismo.

Pero no debe deducirse de ahí que todos los librepensadores sigan semejante regla de conducta como parece indicarlo el título de los artículos del finado escritor.

Sin embargo, aparte de estas y otras consideraciones, nos preguntamos: ¿Serán tan estériles estos señores presbíteros de “La Sociedad” que necesitan recurrir a las producciones de un escritor antiguo para describir el tipo liberal?

En cuanto a la esterilidad poética y… ya lo damos por sabida.

Pero no creemos que el saber de tan estimables señores se eclipse ante las pequeñeces de nuestro semanario. ¿No es dar una pobre idea del clero cordobés, tener que recurrir a escritores antiguos y extranjeros para poder decir algo que salga siquiera de las vulgaridades que nos regala semanalmente “La Sociedad”?

Por desprecio no debe ser, por cuanto un escritor de la talla de Selgas se ocupa del asunto con tanta detención; por táctica, tampoco, pues sería pobre táctica la de dejar el campo abierto al enemigo; por miedo, no lo creemos, fuera de nuestro amigo Salguero, y eso en cuanto a versos; por desidia, menos aún, siendo los señores curas tan infatigables propagandistas. Entonces debe ser porque nos creen muy hombres.

Pero, ¡qué temor han de tenernos! Si nosotros somos adversarios tan cumplidos, que nunca hemos de pasar los límites de la cultura más puntillosa.

Bien, pues. Déjense Vds. de la política cristiana, que no es de curas, meterse en semejantes andurriales; y en lugar de estarse por ahí muy orondos, escribiendo sobre mujeres caseras, ocúpense de demostrarse (pero no en verso, por Dios) que vamos errados por la senda en que hemos sentado el pie.

Si así lo hacen, les prometemos un par de “guerrillas” sobre cierta composición de un tal presbítero Bazán, titulada El Fiat, que tiene preciosidades dignas de ser conocidas.

¡No sean tan ociosos, hombres de Dios! Ocúpense de evangelizarnos, que, a la postre, no somos ni sarracenos de corvo Alfange, ni chinos de la Corea, ni etíopes de la Costa de Oro, ni tehuelches de la Patagonia; sino humildes burgueses de esta muy noble ciudad de Córdoba, que, con el sombrero en las manos y el Ave-María en la boca, besamos en señal de respeto, sus sacratísimos pies.

Ingens![25]

¿Qué potencia en el hombre se mueve,

grabando en su frente la marca del réprobo,

cual contagio de raza, ponzoña

que a guisa de leche mamara en sus pechos?

Si la frente alza a lo alto, cual garra

que invisible la inclina hasta el suelo,

un instinto brutal la doblega

con fuerza inconsciente de cíclope ciego.

Apetitos rebeldes que mueven

el deseo dormido, engendrando

la potencia vital, cuyo germen

se esconde en la masa del bíblico barro.

Mueca horrible, remedo de risa,

que enseña los dientes y sube a los labios,

mientras grita la rabia impotente

con hambre de fiera sujeta en el lazo.

Abyección de pigmeo que al chirlo

del látigo, gime, se encoge y se arrastra,

sin que al bárbaro insulto, la sangre

quemando las carnes, le suba a la cara.

Ambiciones febriles de lucro

que tuercen los nervios y muerden el alma;

y sembrando semillas de odio

ni dejan reposo, ni mueren, ni se hartan.

Qué dejáis a la mente? qué idea

que retemple sus nobles alientos,

si apretáis a sus lazos el nudo,

por temor de que vaya a los cielos?

¡Pequeñeces del alma!; yo crío

una idea sublime aquí dentro;

una de esas ideas que nacen,

con ansias de gloria, con temple de acero.

Una de esas ideas que absorben,

que encadenan, que enferman, que matan,

con voraces delirios de fiebre

que en lo hondo del pecho refluyen y braman.

Una de esas ideas que nacen

y apenas nacidas, ya vuelan, y se alzan

a la altura insondable del éter,

con ansias tan grandes que cansan las alas.

La pasión de lo inmenso, que engendra

el alma que anima la estrofa y el cuadro;

la que canta en la nota y produce,

creaciones de piedra, poemas de mármol.

La que arroja, cual luz, a la mente,

de mundos mejores remotos presagios,

esperanzas que brillan a medias,

enigmas sin fondo, delirios de lo alto.

La pasión de lo inmenso, que quiere

sondear la extensión del vacío,

y encontrando la causa primera,

comprender de una vez lo infinito.

La pasión de lo inmenso, que quiere

levantarse hasta Dios, y con bríos

siempre nuevos, subir más arriba…

¡Demente soberbia de arcángel maldito!


  1. Pensamiento Libre, año I, núm. 3, 2/11/1893, p. 1.
  2. Jefe averno (ca. 72-46 a. J. C.) que federó a los pueblos galos para repeler las tropas de Julio César. Vencido en Alesia en 52 a. J. C., fue ejecutado seis años más tarde en Roma.
  3. Personaje ficticio de Les Martyrs, ou le triomphe de la foi chrétienne (1809) de François René de Chateaubriand (1768-1848), el escritor y político francés que fundó el romanticismo francés.
  4. Carlomagno (742-814). Rey de los francos desde 768 hasta su muerte y emperador de Occidente (800-814).
  5. Felipe II Augusto (1165-1223). Rey de Francia entre 1180 y 1223.
  6. Fue residencia de los papas entre 1309 y 1377. Después del Gran Cisma de Occidente, se volvió sede de los antipapas Clemente VII y Benedicto XIII.
  7. Luis XIV (1638-1715), llamado El Rey Sol. Rey de Francia entre 1643 y 1715. Su reino se caracterizó por el apogeo de un régimen absolutista y centralizado.
  8. Napoleón Bonaparte (1769-1821). Napoleón I. Militar y gobernante francés. Cónsul vitalicio desde 1802, fue proclamado “Emperador de los franceses” (1804-1815).
  9. Napoleón II (1811-1832). Hijo de Napoleón I y de la emperatriz María Luisa. Fue conocido como el Rey de Roma, y más adelante como El Aguilucho.
  10. Víctor Hugo (1802-1885). Poeta, dramaturgo y escritor romántico considerado como uno de los más importantes en lengua francesa.
  11. Pensamiento Libre, año I, núm. 3, 2/11/1893, pp. 1-3.
  12. El sansimonismo es una doctrina utópica de Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825). Su influencia fue determinante en el siglo XIX.
  13. Estebán Cabet (1788-1856). Socialista utópico francés. Publicó la novela utópica Voyage en Icarie (1840).
  14. Carlos Fourier (1772-1837). Filósofo y economista francés, inventor de los falansterios.
  15. Julio Michelet (1798-1874). Historiador y escritor francés.
  16. Miembros de una secta religiosa fundada por Anne Lee (1736-1774) en Watervliet, cerca de Nueva York.
  17. Miembros de una comunidad fundada en 1848 por John Humphrey Noyes (1811-1886), en el Estado de Nueva York.
  18. Referencia al ensayo de Louis Blanc L’Organisation du travail (1839).
  19. Francisco Claudius Koënigstein, conocido como Ravachol (1859-1892). Obrero tintorero que se volvió famoso por sus atentados con dinámica. Fue guillotinado en 1892. Es hoy un símbolo anarquista.
  20. Pensamiento Libre, año I, núm. 3,  2/11/1893, pp. 3-4.
  21. Gabriel Tarde (1843-1904). Jurista y sociólogo francés. Fue uno de los primeros pensadores de la criminología moderna. Lugones se refiere aquí a su ensayo Criminalité comparée (1886).
  22. Pierre Flourens (1794-1867). Médico y biólogo francés considerado como uno de los fundadores de la neurobiología experimental.
  23. Pensamiento Libre, año I, núm. 3,  2/11/1893, p. 4.
  24. José Selgas y Carrasco (1822-1882). Escritor y periodista español.
  25. Pensamiento Libre, año I, núm. 3,  2/11/1893, p. 4.


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