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Razón del positivismo[1]

Época de transición en nuestro […]. Tendencias las suyas nebulosas como el crepúsculo de dos mundos; uno que se va y otro que viene. El mundo de las tendencias viejas, del ultramontanismo con sus seculares terrores, con su idealismo, suspendido como una estrella entre el zenit y el nadir de dos civilizaciones, la helena y la romana, cuya definitiva confluencia aporta tantos caudales al crecimiento del espíritu en esa época fecundísima que inicia la edad moderna con las creaciones titánicas de la Sixtina[2], con la empresa sublime del descubrimiento de un mundo; con la creación de la imprenta que suprime el tiempo, con la aparición como aurora de la moderna filosofía; y por último con ese espléndido coronamiento de la obra grande, con esa rebelión que, bajo el apostolado de Lutero[3], agranda a Dios en la conciencia, y hace para ensanchar los horizontes, retroceder las tinieblas de la inmensidad.

Después de diez y ocho siglos de dominio tan absoluto cual jamás lo fuera ejercido, el cristianismo empezó a sentir esos siniestros crujidos que anuncian el próximo derrumbe; y ciertas fulguraciones del genio que brillaban como relámpagos en la lobreguez de la noche le anunciaron que allá… en las lejanías, de remotos horizontes presentidos por la conciencia en su forzado reposo, empezaba a incubarse la borrasca producida por tantos martirios, por tantas creencias tiranizadas, por tantos odios contenidos, por tantas lágrimas vertidas en el silencio subiendo invisibles a condensarse en las alturas como las evaporaciones de distantes mares que se juntan en una sola nube y se resuelven en una sola tempestad.

Y la revolución vino a coronar la obra comenzada desde Inocencio III[4], conmoviendo el orbe como el esguince súbito de los músculos de un gigante. Después vino el reposo anhelado a los espíritus; y esa enfermedad terrible que se llama la duda empezó a difundir en el espacio sus miasmas de muerte.

¿Y por qué esa duda?

Es que la naturaleza en su desarrollo evolutivo, en su eclecticismo grandioso forma por cuasi imperceptible modo las ideas que quiere desarraigar, las razas que quiere fundir en molde nuevo.

Y cuando llega la hora y la reacción comienza a operarse, de un lado queda el imperioso dominio de los recuerdos con todo su prestigio de vejez venerada y querida, con todo el poder que infunde la costumbre de dominio, y del otro, la fascinación de la esperanza que se realiza, la incitación de lo nuevo llamándonos como tentación irresistible. Allí el espíritu perplejo se agita entre las dos corrientes igualmente poderosas, y sólo alguno de alas fuertes alcanza a levantarse por sobre los desechos del naufragio en ascensión recta hacia el ideal recién nacido.

Se pierde la fe en lo viejo porque se palpa su impotencia; y se duda de lo nuevo porque no se le conoce todavía. Así procede siempre la Naturaleza. Cada época de transición deprime los caracteres en desesperante esterilidad. El advenimiento del cristianismo es señalado por el auge de esa filosofía epicúrea que invade el mundo romano como lepra. Le hacía escarnio de las paganas divinidades y se repudiaba y se perseguía la creencia nueva porque atacaba aquello mismo cuya insuficiencia se palpaba.

Las esperanzas mesiánicas se vieron largo tiempo contenidas bajo el influjo de ideas muertas hacía mucho tiempo y que sólo imperaban con el prestigio de los recuerdos. Y el cansancio de tan recio combate ocasionó aquella relajación colosal de la sociedad romana en la cual no puede alegarse un recrudecimiento de barbarie, pues, sabido es como el mayor refinamiento de su cultura coincidió con el rebajamiento de su nivel moral.

Exactamente lo mismo sucede hoy; pero algo ha aprendido y ganado la humanidad en su jornada progresiva.

El altruismo razonado que reconoce la legitimidad de la ajena creencia sin perjuicio de reservarse el derecho de demostrar su incapacidad o insuficiencia nos ha quitado la posibilidad de esas luchas apasionadas y sangrientas de otros tiempos. Ahora la conciencia es un crisol donde la contradicción pacífica depura los principios para hacerlos prácticos.

Este tan lamentado positivismo de nuestro siglo es solamente el carácter saliente de una evolución histérica que completa su ciclo. Semejantes rasgos no deben extrañarnos porque no son nuevos en la historia del mundo. La crisis social se acentúa con caracteres profundísimos, y se siente ya en los aires el mesiánico presagio de una nueva era que despuntará en el zenit de los tiempos como la aurora eterna de los espíritus […] midos.

No puede creerse que el Progreso gigantesco de la raza, que su creciente poder acarree como consecuencia semejante extravío, a riesgo de suponer un antagonismo incomprensible, entre la potencia moral, y la potencia material.

Apresuremos, sí, la marcha de la enfermedad para que pase pronto.

No nos detengamos a lamentar el hecho ni a estigmatizarlo con prédicas estériles. Estudiemos a la luz de la filosofía, de la crítica histórica, de la ley evolutiva, las causas generadoras, y operemos la reacción vigorosa y franca, cortando lo que deba cortarse por más que cueste dolores y regando con el sudor del trabajo los gérmenes del porvenir.

En este inmenso naufragio de creencias y tradiciones, bajo los oscuros cielos y entre las nieblas frías del escepticismo, nos queda, a manera de consoladora esperanza, brillando la Ciencia como una estrella fija que no se pone.

Raíces de nuestra democracia[5]
(Continuación)

¿Queréis ciencias? Pues de España se dijo: “Que Roma tenía medio historiador, España uno y las demás naciones ninguno”[6]. España tiene un sabio, el rey Alfonso, que en plena Edad Media reconoce ya, lo absurdo del sistema de Tolomeo; y construye tablas astronómicas consultadas hasta nuestros días. España tiene un Blasco de Garay[7], que hiciera en el puerto de Barcelona, en 1543, mucho antes que Papín[8] y Fulton[9] ensayos de la navegación a vapor; y de España salieron aquellos marinos catalanes primeros que en el Occidente aplican la brújula a la navegación, para llevar a las remotas playas de la India, sus fustas taridas y tafureyas[10] dejando grabada en tan lejanas costas, la imagen del náutico instrumento que los guiara, rodeada de la palabra mágica, “Luronusonum[11] a manera de divisa que ha hecho reconocer de modernos viajeros la procedencia de tales grabados.

¿Queréis artes? Las citas están de más respecto a su poesía, su arquitectura y su pintura; y la escultura se eleva a desconocida altura con los Berruguete[12] y los Becerra[13].

¿Queréis glorias militares? De España puede decirse que tenía la costumbre de la victoria.

Nosotros estamos acostumbrados a estudiar la historia española desde los arranques de la monarquía austriaca, descuidando así lo que tiene de más grande y hermoso. No es, por cierto, la verdadera grandeza ibérica aquel crecimiento prodigioso de la monarquía trasplantada por el extranjero y consolidada definitivamente por la victoria, sucia con el barro de Villalar.

Desde aquel día luctuoso, página salpicada con la sangre de Padilla[14], el defensor de los populares fueros, España profanada, herida, agarrotada por duro despotismo, lloró en la soledad de su desamparo, viuda desconsolada como la Jerusalén de Jeremías paseando por entre las ruinas de sus libertades el luto de su corazón herido.

La Inquisición, con sus ferocidades de hiena, paró de un golpe el movimiento científico de la España. Y aquella nación tan pródiga de talentos, ricos de savia y pletóricos de vida, no produce desde el establecimiento de ese tribunal maldito un sólo nombre al que, con propiedad, se pueda aplicar el título de sabio.

El roce de la basta estameña; el frío sepulcral de los Cenobios; las maceraciones de las penitencias; el terror de los misterios infernales, con que el fraile aterraba a la humanidad para dominarla, matan en la nación Ibera, lo que da vida y encantos y poder a las naciones: la ciencia. Y su misma literatura se resiente de aquella opresión fanática.

Es esa faz de la historia ibérica la que estamos acostumbrados a mirar. Por eso no valoramos como debiéramos los esfuerzos de ese pueblo que realza su obra grande, el descubrimiento de un mundo nuevo, con todos los esplendores de una creación; que, de hacerlo así, sentiríamos orgullo, mucho orgullo de ser, como lo somos, españoles, por la sangre y por la idea.

La gente española nos trajo en su carácter, ya que no en sus instituciones ahogadas por los frailes y los reyes, el germen de las republicanas virtudes heredadas por ella de las germanías[15] de Valencia y de las comunidades[16] castellanas.

El sagrado del hogar era respetado mucho antes de ser consagrado como ley por la revolución; nuestros Cabildos se llamaban Repúblicas como en antiguas épocas; y no son raros en la historia del coloniaje los casos de investidura popular, que comienzan con Irala[17] en la Asunción y terminan con Liniers[18] en Buenos Aires.

Esos derechos del hombre, que constituyen el moderno dogma político, no son novedades de origen celta o sajón. Ya hemos demostrado con la historia, que eran instituciones de arraigo profundo en la madre patria cuando los demás pueblos no tenían de ellas una idea siquiera; y practicadas y sostenidas con un vigor que sólo engendra la costumbre de su ejercicio.

¿A qué entonces buscar en instituciones y principios que nos eran desconocidos por entonces la causa de nuestra Independencia? La fe no se inculca con revelaciones de un día; y la fe que animó a nuestros próceres no era calor recibido de prestado, sino el fruto natural de uno de esos cambios sociológicos, lentísimos como toda grande obra de la Naturaleza; y cuyos resultados vienen traídos por causas que obran de antiguo preparando y dirigiendo la germinación, hasta la madurez de la semilla.

En América no hubo, pues, revelación, sino educación; no hubo milagro, sino consecuencia.

Y España preparó esta última con tal suma de fertilizadores abonos, que causa verdadero asombro a quien no esté imbuido de añejos rencores, el talento extraordinario de esa raza, que aporta los caudales de su espíritu, y los aclimata y los aumenta y los perfecciona y los embellece en estas regiones, herencia destinada a los pueblos nuevos presintiendo los grandes destinos de su raza con una intuición verdaderamente sibilina de lo porvenir.

La misma Grecia, con los prestigios de su civilización, y los esplendores de su genio efusivo y humano, no llegó como nación colonizadora a la altura de esa España caballeresca y altiva, que mira con el justo orgullo de su grandeza, desenvolverse, como árboles robustos, los retoños de su raza en quince naciones libres, que hablan su lengua, que siguen sus tradiciones, que desenvuelven su civilización, que vigorizan su sangre, que llevan sus juveniles prestancias al santuario común del genio, para que de ella pueda decirse todavía que, si su imperio terrestre ha conocido ocaso, no se pone el sol en los dominios de su espíritu.

Y nosotros, sus hijos, que tanto la debemos, hagámonos grandes como lo ha sido ella, para ayudarla a levantarse de esa calle de la amargura que va recorriendo en el ciclo de sus revoluciones dolorosas; y en medio de la cual ha caído, pobres de sangre las venas, flacos los músculos, desmayada la cabeza, perdida la mirada moribunda en las lejanías de lo infinito, recordando tal vez que nosotros tenemos lo que le falta ahora: la libertad, planta fértil de estas regiones donde son tan grandes los cielos y tan fecundos los espíritus.

¡Qué espléndido día aquel cuya luz ilumine la fraternidad de las naciones unidas bajo un mismo ideal, amparadas por un sólo derecho, y yendo limpias de odios y de errores a recibir la comunión de la ciencia!

Nosotros, la juventud fogosa de cabellos negros, ella la vejez robusta de cabeza blanca, subiendo juntos el camino del progreso, para ir por él muy arriba hasta alcanzar las estrellas con la mano.

He ahí la promesa del porvenir. Y el porvenir de América es el del mundo.

Guerrillas[19]

Un soneto de título largo firmado por el presbítero Salguero, cura versificador, a quien ya conocen nuestros lectores.

Si la construcción de un soneto es cosa difícil para quien no está iniciado en los secretos de la lengua, llenar las condiciones artísticas de semejante combinación métrica es dura tarea en que han escollado hasta los poetas de buena ley. Porque la literatura, muy exigente en esto, ordena que en sólo catorce endecasílabos se desarrolle un tema completo, y, lo que es más, que en el último terceto ha de ir envuelto un pensamiento filosófico para digno remate de tan difícil obra. Nada decimos del lenguaje que debe ser brillante, de las imágenes que deben ser novedosas, de la entonación que debe ser alta y llena y de las otras condiciones artísticas que por sabidas no se mientan.

Pues, señor, tenemos que el soneto de Salguero ni tiene lenguaje propio, pues que peca de plagio en el primer verso; ni novedad en las imágenes que son desgraciados recursos de poeta melenudo; ni entonación por ser un hacinamiento de palabras no ajustadas a las más rudimentarias reglas de la medida; ni pensamientos dignos de ser descartados de los vulgares de cualquiera conversación; ni, finalmente asunto, que, por su grandeza o utilidad, disfrace siquiera con su belleza intrínseca la flaca desnudez de los renglones en que se lo estudia.

A fuer de críticos honrados, examinemos prolijamente el soneto en cuestión para que se valore mejor la veracidad y justicia de nuestras reflexiones.

Empecemos, pues, la disección:

“Fresca lozana pura y majestuosa
Planta, se eleva con su tallo al cielo,
Perfumando de aroma el patrio suelo
Y a otras dejando ejemplos victoriosa.”

De robo, se califica al despojo de ajenos bienes por medio de la fuerza; dase el nombre de hurto a la sustracción de los mismos por medio de la astucia; pero ¿hay en el diccionario palabra que explique suficientemente la acción de atentar contra las propiedades de los muertos?

Existe un soneto (fíjense Vds. bien, un soneto) de Espronceda[20] “A la Rosa” que comienza así:

“Fresca, lozana, pura y olorosa
Gala y adorno del pensil florido
Gallarda puesta sobre el ramo erguido
Fragancia esparce la naciente rosa.”

¿No es verdad, amables lectores, que la ya citada estrofa del Sr. Salguero tiene marcadísimo olor a plagio de la, también ya citada, del soneto de Espronceda?

¡Y qué plagio! Plagio sin talento por haber elegido para realizarlo una de las más conocidas composiciones de uno de los más conocidos poetas. Plagio pésimo de la idea pues lo que fue perfectamente dicho por el bardo español, está expresado por detestable manera en los versos de nuestro presbítero. Y, por último, plagio con todos los defectos del remiendo que alarga sin ocultar la falta del paño.

No creemos con Boileau[21] que el robo es disculpable cuando queda encubierto por el asesinato. Pero a la verdad un plagio como los de Andrade[22], por ejemplo, que se asimilaba el elemento extraño hasta el punto de prestarle la vida y el colorido de los propios, si no merece disculpa atenúa por lo menos la falta con la audacia dominadora del genio.

Veamos cómo este poeta-cura ha cometido su asesinato.

En el segundo verso del primer cuarteto dice que la planta “se eleva con su tallo al cielo”, que es como si yo dijera que cuando salgo a la calle, salgo con mi cuerpo. Porque el tallo es la planta misma, señor Salguero. Ya comprendemos que Vd. no quiere decir que sea la raíz la que se eleve. Aunque tal vez por elevación entienda Vd. el hundimiento en las entrañas de la tierra; lo que no deja de ser probable, dados sus pecaminosos avances al idioma español. “Perfumando de aroma el patrio suelo”, prosigue. Con aroma habrá querido decir. Porque esa preposición de produce un efecto desastroso. “Y a otras dejando ejemplos victoriosa.” ¿Victoriosa de quién? ¿De la langosta? No es difícil, sobre todo si era planta de maíz. “Crecer y alzarse ufana y orgullosa. Fue su destino; o elevar su vuelo.”

Mire Vd., señor Cura, que su afirmación tiene una docena de perendengues. ¡Una planta que vuela! Hacer volar un avestruz hubiera sido menos audaz. Lo que resulta de todo esto, es que el autor en sus ansias de volar va a convertir a los árboles en aves. ¡Qué lástima no convertirse más bien otros en cuadrúpedos! Sería más lógico.

Cual el ave en los aires con anhelo
Se lanza alegre en alas presurosa;[23]

Se lanza en alas. ¿De quién, o de qué? Nada. Las preguntas están de más. Este señor no es capaz de sacrificar a un concepto sensato el rigorismo métrico. ¡Y siquiera supiera siempre medir bien sus versos!

“Siendo de todos júbilo alegría”

Dice al fin del primer terceto. ¡Cómo! ¿Volvemos otra vez con el júbilo y la alegría? ¡Qué afición les tiene este Cura! ¡Cómo que ellos viven siempre tan alegres y jubilosos!…

Elevado al sublime Episcopado[24]

Una cacofonía capaz de romper las orejas al rey Midas[25] que las gastaba pollinescas[26].

“Al que de Aoersin titular y guía
Hoy se levanta por Jehová ornado.”

¿Y la medida? ¿Y el ritmo?

¡Qué soneto Dios mío! Y, sobre todo, ¡qué conclusión!

Como se ve, hemos analizado esta cosa o composición, línea por línea, sin encontrar un solo pensamiento, una sola imagen digna de pasar sin censura.

Es verdaderamente extraordinaria esta manía de hacer versos.

Apostaríamos cualquier cosa buena a que el señor cura Salguero no deja de regalarnos otros a la brevedad posible.

No podemos menos de compadecerlo, caso de suceder así, porque nosotros nos veremos obligados, por deber, y deber amargo ciertamente, a darle de alfilerazos cada vez que semejante desaguisado haya lugar a riesgo de conquistarnos su resentimiento.

Volvemos a repetírselo. Rompa la péñola; cálese la felpuda teja; haga de su manteo un retobo impenetrable, y

siga la escondida
senda por donde han ido
los pocos hombres sensatos que en
el mundo han sido.

No es verso, pero ¿qué importa? El señor Salguero no ha de caer en la cuenta.

Catolicismo y democracia[27]

Creemos de interés palpitante la cuestión que vamos a tocar.

No sólo es de actualidad permanente sino de absoluta necesidad entre nosotros, que, absorbidos casi del todo por las borrascas políticas, olvidamos con demasiada impremeditación estos asuntos de interés tan grande para pueblos como el argentino, en cuya Constitución liberalísima, encontramos rezagos de vejeces ya repudiadas por los Códigos de las naciones civilizadas; rezagos sólo explicables por las transacciones a que se vieron obligados los constituyentes del 53 y que no es del caso explicar ahora por cuanto en el desarrollo del tema irán apareciendo y estudiándose.

Creemos con Luis Blanc[28], que las revoluciones francesa y americana no han sido pasajeras tempestades sino perturbaciones fecundas, acarreadas por la acumulación de causas múltiples, idénticas en un todo a las mismas que, en los espacios, resuelven las agrupaciones de materia cósmica en una de esas formidables explosiones que encienden un sol o crean un mundo, reverberando su luz a cuanto alcanza la fuerza de irradiación de sus rayos.

Estudiaremos, pues, este asunto, remontándonos hasta las civilizaciones rudimentarias de los antiguos tiempos, sin olvidar que la crítica histórica y la filosofía son las antorchas que marcan mejor el derrotero por entre las oscuridades del pasado.

Examinaremos cómo empieza a nacer en el espíritu del hombre la idea del dominio por el conocimiento de la superioridad de las fuerzas naturales, entonces desconocidas potencias; veremos la idea del gobierno unida en estrecho parentesco a las visiones de la teocracia; sacaremos como consecuencia que el despotismo es hijo legítimo de las religiones de la antigüedad; llegaremos al cristianismo, que, para nosotros, no es más que la síntesis de todo lo mejor que aquellas tuvieron; pero del cual brotó por vez primera confusa y débil, eso sí, la luz del ideal democrático, consecuencia obligada de aquel gran trabajo de asimilación; seguiremos observando que el papado ha sido en todos los tiempos, enemigo mortal de la Soberanía popular que se avenía poco ciertamente con sus eternas ambiciones de dominio y de lucro; haremos constar la necesidad de la renovación religiosa encabezada por Lutero y cuya terminación no se divisa todavía; inquiriremos los orígenes de la Revolución francesa, sus resultados, sus caídas, sus resurrecciones, su acción sobre la humanidad; y procuraremos adivinar, ayudados por la lógica y el raciocinio, sus futuros desenvolvimientos en la organización de las nacionalidades que están por venir.

Y pasando después a esta América, preguntaremos a la historia por el secreto del dominio teocrático entre nosotros, presentando a nuestro pueblo, con la crudeza del anatómico que diseca, el cuadro de la lucha que el clero viene sosteniendo, dura y encarnizada para mantener una hegemonía imposible en una nación civilizada. Reconoceremos con la imparcialidad debida los bienes que la Religión haya prestado en estas regiones; pero sin aguar los colores negros cuando sean necesarios; ya que tenemos por norma de conducta, la verdad lisa y llana para todo el que quiera oírla.

Nuestros artículos serán, pues, de combate.

Duros, muy duros, con todas las injusticias, con todos los crímenes, pero sin olvidar jamás que fueron hombres los que los cometieron.

Que alguna vez siquiera se hable, guiado el que lo haga por el criterio imparcial de la historia y por el anhelo de ver a su país grande y libre de veras.

Continuará.

Non serviam![29]

Arriba humanidad! alza la frente,

has vencido por fin; para tu genio

no hay lindes ya, no hay sombras

que eclipsen los fulgores de tu cielo!

Mártir agonizabas

sin lanzar una queja; entre el silencio

las sombras de la noche descendían

como para velar tu eterno sueño;

el cruel tormento desgarró tus carnes,

descoyuntó tus miembros,

y de tus rotas venas al volcarse

tu sangre se tragó el estéril suelo.

Qué despertó en tu alma,

calor de vida y varonil aliento?

qué soplo misterioso,

savia fecunda transfundió en tu seno?

Era que ante tus ojos,

brilló una luz con resplandor excelso;

luz que es revelación y que es aurora;

la intuición misteriosa del Progreso.

Y te alzaste del polvo

en que por tanto tiempo

revolcaste tus alas y dormiste,

de la ominosa esclavitud el sueño.

Caducos dogmas, tradiciones viejas,

absurdos privilegios,

cayeron al empuje de […] brazo

en vergonzosa oscuridad env […] ltos.

Y tu espíritu ansiando

otra luz, otro ambiente y otro cielo,

fue a sondear las entrañas de tinieblas

del Porvenir, y abiertos

sus misterios mostróle el infinito

y le confió el abismo sus secretos.

Fue un fulgor de esperanza

el que irradió en tu frente; ya, no lejos

la hora de lucha y redención estaba.

¡Ibas por fin a realizar tu anhelo!

La hora ha sonado ya; rotos los lazos

que ataban en la sombra al pensamiento,

el alma se levanta,

la frente ungida con la luz del cielo,

a entonar sus hosannas de victoria,

como el viejo Titán[30] del mito helénico.

Álzate así magnífica y rebelde,

con la audacia inspirada de tu genio;

desprecia el anatema de la envidia,

desprecia los insultos de los siervos.

El torpe fanatismo,

como reptil abyecto

te asestó ponzoñosa mordedura;

pero en tu fuerte pecho,

sus filosos colmillos se embotaron,

y en sangrienta derrota cayó envuelto.

Arriba, humanidad, que tu alma es grande!

Reniega ya de esos principios viejos

que como duros grillos,

en siniestra opresión te mantuvieron.

Tu inmensa rebelión te ha redimido:

ella te presta alientos,

para ascender con soberano empuje

y alzar la frente hasta tocar el cielo!

Sobre el ara inmortal de la Conciencia

esparza sus destellos

la Razón que ilumina y regenera:

esa augusta Sibila del Progreso.

Sigue en pos de sus vuelos tu jornada,

retempla tus anhelos

y marcha a ese combate,

que es la santa epopeya del Derecho!

Eres libre! sin trabas que sofoquen

sus pujantes alientos,

ven, con la frente alzada,

ven a la eterna lucha del Progreso;

desciende, humanidad, de las alturas,

a empeñar la batalla en campo abierto!

Darío Renaud[31]

Microcosmos[32]

Cuando, al compás de las vibrantes cuerdas,

tu canción escuché,

de aquí, del corazón, sentí una lágrima

que comenzó a ascender.

Luego, al llegar de la pupila al borde,

tan triste el canto fue,

que se escondió en el párpado

por temor de llorar ella también.

                        **

Con ser de luz y brillar

qué hazaña hacen las estrellas;

si dan tanta luz tus ojos

siendo color de tinieblas.

                        **

Dios y la corte celestial, habitan

en perpetua alegría allá en el cielo.

Más, si es verdad lo que los curas dicen,

que en esa alta región no se usa el beso,

aunque tengan estrellas y arreboles,

¡no saben lo que es bueno!

                        **

¡Qué hermosa es la montaña y qué esplendente!

Parece que se lanza omnipotente

como a escalar los cielos al asalto;

es siempre grande lo que busca lo alto:

por eso el pensamiento está en la frente.

á C…….[33]

Muy negra, tempestuosa era la noche…

Las nubes en confuso movimiento,

En el espacio se agitaban fieras

Precipitadas por furioso viento!

¡Mientras que el rayo con furor rasgaba

De negra nube el vaporoso seno,

Trastornado el espacio repetía

El eco aterrador de horrendo trueno!

¡Todo en el infinito se agitaba

En infernal, tremenda confusión…!

Hasta en mi propio pecho yo sentía

Querérseme salir el corazón!

¡Era de noche!… ay! qué noche triste…!

Más triste que la faz del moribundo,

Más negra y más terrible que el abismo,

Que separa a los muertos de este mundo!

Era la noche cuando loco y triste

Juraba con dolor no amarte más;

Pero hoy, lejos de ti, de nuevo juro

Que no te olvidaré jamás! Jamás!

Anté

Córdoba, Octubre 24 de 1893


  1. Pensamiento Libre, año I, núm. 2, 25/10/1893, p. 1.
  2. La capilla Sixtina lleva este nombre de su fundador, el papa Sixto IV (1471-1484). Las pinturas que la adornan representan a los mejores artistas del cuatrocento, entre los cuales se cuentan Botticelli y Miguel Ángel.
  3. Martín Lutero (1483-1546). Frayle alemán, teólogo y filósofo, cuyas enseñanzas inspiraron la Reforma Protestante.
  4. Giovanni Lotario, Conde de Segni (1160-1216). Elegido pontífice el 8 de enero de 1198, asumió el título de Inocencio III.
  5. Pensamiento Libre, año I, núm. 2, 25/10/1893, pp. 1-2.
  6. Juan de Mariana, Historia general de España (1592).
  7. Blasco de Garay. Mecánico español de la primera mitad del siglo XVI que ideó un nuevo sistema de propulsión con máquinas de vapor.
  8. Denis Papin (1647-1714). Físico, matemático e inventor francés, conocido por sus trabajos sobre la máquina de vapor.
  9. Robert Fulton (1765-1815). Ingeniero e inventor estadounidense, conocido por haber construido el Clermont, el primer barco de vapor.
  10. fustas, taridas y tafureyasˮ. La voz catalana “tafureya” designa una pequeña embarcación utilizada para transportar caballos. Cf. la palabra tafurea en Diccionario de la Real Academia española y el término ataïfar en Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española.
  11. Lugones se refiere aquí a una leyenda según la cual la maga Circe protegía a los marineros de Luro, el puerto romano que dio origen a la ciudad de Mataró (provincia de Barcelona). Usaban brújulas que contenían la inscripción latina “luronusonum”, que indicaba su puerto de amarre. Cf. la voz “brújula”, en José Oriol Ronquillo, Diccionario de materia mercantil, industrial y agrícola: que contiene la indicación, la descripción y los usos de todas las mercancías [s.l.: s.n.], 1851-1857, 4 vol.
  12. Pedro Berruguete (ca. 1450-1503). Pintor español.
  13. Gaspard Becerra (1520-1570). Arquitecto, pintor y escultor español.
  14. Juan de Padilla (1490-1521). Caudillo castellano conocido por su participación en la guerra de las Comunidades de Castilla. Se alzó contra el emperador Carlos V en defensa del sentimiento nacional y de los fueros de Castilla.
  15. Las germanías designan las revueltas de Valencia y Majorca en los siglos XVI y XVII.
  16. La guerra de las Comunidades de Castilla fue un levantamiento antiseñorial que tuvo lugar entre 1520 y 1522. Los comuneros alzados eran de Toledo y de Valladolid en particular.
  17. Domingo Martínez de Irala (s. f.-1557). Militar español. Acompañó a Mendoza en la fundación de Buenos Aires (1536). Exploró el río Paraná y fue nombrado gobernador de los dominios del Río de la Plata en 1537.
  18. Santiago de Liniers y Bremond (1753-1810). Noble y marino francés que llegó en 1788 al Río de la Plata. En 1807, mandó las milicias que repelaron las invasiones inglesas. Designado virrey por aclamación popular, fue destituido y reemplazado por Baltasar Hidalgo de Cisneros en 1809. El 26 de agosto de 1810, fue fusilado por orden de Mariano Moreno.
  19. Pensamiento Libre, año I, núm. 2, 25/10/1893, pp. 2-3.
  20. José de Espronceda (1808-1842). Escritor español romántico, considerado como uno de los poetas más importantes de su generación.
  21. Nicolás Boileau (1636-1711). Poeta, escritor y crítico francés.
  22. Olegario Víctor Andrade (1839-1882). Poeta, político y periodista argentino de origen brasileño. Se muestra liberal y progresista en su prosa; romántico en sus poesías.
  23. Faltan las comillas.
  24. Faltan las comillas.
  25. Midas. Rey legendario de Frigia (Asia menor). Héroe de varios mitos griegos.
  26. Juego de palabras que alude a la vez a las orejas de burro de Midas y a la “libranza pollinesca” emitida por Don Quijote, esto es, a la cédula de cambio a favor de Sancho Panza de un valor de tres pollinos (El Quijote, I, 25).
  27. Pensamiento Libre, año I, núm. 2, 25/10/1893, pp. 3-4.
  28. Louis Blanc (1811-1882). Periodista, historiador y hombre político francés.
  29. Pensamiento Libre, año I, núm. 2, 25/10/1893, p. 4.
  30. En la mitología griega, los titanes son los seis hijos de Urano y Gea. Son divinidades primordiales anteriores a los dioses del Olimpo.
  31. Esta firma es probablemente un seudónimo compuesto de los apellidos del poeta Rubén Darío y del filósofo sansimoniano Jean Reynaud, quien colaboró en la Revue encyclopédique (París, 1835), dirigida por Pierre Leroux. El periódico circulaba por el Río de la Plata. Carlos Rama, Utopismo socialista (1830-1893), Caracas : Biblioteca Ayacucho, 1977, p. XXXI.
  32. Pensamiento Libre, año I, núm. 2, 25/10/1893, p. 4.
  33. Pensamiento Libre, año I, núm. 2, 25/10/1893, p. 4.


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