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Una explicación[1]

Los últimos sucesos políticos[2] desarrollados en la República, impidiéronnos […] de nuestra publicación como lo deseábamos. Nuestro primer número[3] plagado de deficiencias y errores, por la precipitación con que hubo de ser editado, cayó, lo confesamos, en la más completa indiferencia a causa de la agitación extraordinaria que por aquellos días traía subyugados los espíritus.

A más, la publicación tuvo que suspenderse, pues otros deberes más imperiosos nos llamaban.

Hemos, por tanto, resuelto dar este número de nuestro periódico como el primero de la serie; siendo esta la razón por que en sus columnas aparece nuevamente el editorial del número anterior.

Vuelta, pues, la paz a los espíritus, emprendemos de nuevo la campaña, con el propósito firme de llevar hasta el fin nuestra empresa.

Queda de nuevo levantada la bandera que simboliza nuestro credo; y nosotros, aprestados para su defensa.

Marcando rumbos[4]

Fratres: Hora est jam nos de somno súrgere.


S. Pablo[5]

El nombre de nuestro semanario[6] es por sí mismo todo un programa. Pero pues es costumbre hacer profesión de fe de las ideas que sustentará toda publicación recién salida a luz, aceptamos la regla general y pasamos en seguida a hacerla práctica. Dos son los objetos que tenemos al abordar las tareas del periodismo: Primero y principalmente la difusión de las ideas liberales y democráticas que informan el espíritu de las modernas sociedades aceptando la lucha si es necesaria, para la prosecución de la jornada que emprendemos. Excusado es decir que jamás en estas columnas se dará cabida a los desahogos del personalismo ni a las exageraciones de la pasión. Si hemos hablado de lucha entiéndase bien que nos referimos al leal combate de las ideas, que sustentamos unos y otros considerándolo más como una depuración que como un medio para adquirir triunfos que sólo ambicionamos en gracia de la justicia y de la verdad, y si alguna vez el adversario se extravía lanzándonos al rostro el dicterio o pretendiendo herirnos con la ofensa tendremos la templanza suficiente para conceder, sin abdicar, el perdón, ha[…] la sublime frase del griego: “Da, pero escucha”. En un país como el nuestro y, concretándonos más, en esta Córdoba donde la juventud necesita publicaciones de este género para abordar francamente el más arduo problema que preocupa actualmente a la humanidad; donde una colectividad extranjera numerosa y selecta precisa también de estos órganos que son comunes a todos sin distinción alguna de nacionalidades; y donde el cansancio inherente a una lucha política ardorosa y hasta enconada busca como un lenitivo este juego de las actividades del espíritu en la esfera elevada del raciocinio que ennoblece los caracteres apartándolos por igual de las violencias que postran y de los quietismos que enervan; en una sociedad así, decimos, se hacía sentir la falta de una publicación, que encarnando todos esos principios, entrara a la vida con su bandera bien alta afrontando de una vez por todas las responsabilidades que acarrea el cumplimiento de un deber sagrado para el hombre; cual es el de procurar por todos los medios la difusión de sus ideas si cree que son ellas la encarnación de la verdad.

Se nos ha dicho que intentábamos imposibles; se nos ha profetizado que nos ahogarán en el vacío; pero hemos contestado y creemos que con razón; a los primeros, que no era un imposible lo que estaba viéndose y palpándose; y a los segundos que no considerábamos a la sociedad cordobesa un desierto para creer que el sermón se perdiera en ella. Francos seremos en el ataque; pero no andaremos menos cumplidos con las réplicas que se nos dirijan celosos como somos del derecho común de pensar y de creer. Ni nos encerraremos tampoco en orgulloso exclusivismo; ni menos aceptaremos el de quienes se creen depositarios de dones arbitrarios o de revelaciones antojadizas.

Pero tiempo es ya de que demos a conocer la segunda parte de nuestro programa. Tendrá también esta hoja una sección de crítica destinada, digámoslo francamente, a mover cruda guerra a todas esas publicaciones literarias que, lejos de realzar nuestras cualidades intelectuales nos presentan como prototipos de la impotencia y raquitismo literarios.

Propósitos son estos que, no dudamos, obtendrán las simpatías de cualquier criterio desapasionado siquiera sea en gracia de la buena […] tención con que los sustentamos.

Ya sabe la juventud de Córdoba. Las columnas de Pensamiento Libre quedan enteramente a sus órdenes, con la sola condición de la censura previa por supuesto en cuanto se relacione con la estructura de los trabajos.

No escribimos para los viejos. Los viejos allá se las hayan con sus canas como puedan. No venimos a desarraigar, como hacha; sembramos, para que mañana, la planta nueva, de vigoroso arraigo, rica de savia y robusta de tronco, mate con su avasalladora exuberancia el árbol viejo de las preocupaciones religiosas.

La idea que produce luz; la luz que engendra vida; la vida que en sus diversos modos de adaptación sube en marcha eterna hacia el infinito; el infinito que atrae como vértigo de abismo la imaginación; la imaginación que presta alas al espíritu; el espíritu que busca la verdad como el perfume la altura; como el ave la primavera, como la piedra suelta de la honda su centro de gravitación presiden en su eterno concierto los vuelos de toda creencia que nace cuando suficientemente purificada en el crisol de la conciencia, se levanta como un sol, esparciendo claridades de estrellas en el ocaso, triste como noche, de las religiones que mueren, para que el espíritu sea su campo de batalla y la imaginación su antorcha y el infinito su aspiración y la vida su propulsor y la idea el arma que esgrima en la batalla del presente cuya promesa es, a precio de constancia, la victoria que le da el derecho de ponerse de pie batiendo su enseña sobre la frente de las generaciones venidas a la luz, a respirar su atmósfera sana, a calentarse en la celeste irradiación de sus resplandores.

Al terminar y después del saludo de estilo a la prensa de la república[7], sólo nos resta pedir el valioso concurso de nuestros hermanos de causa en particular[8], y en general, el de la juventud estudiosa, para quienes siempre tendremos reservadas nuestras mejores impresiones de amistad y de cariño.

Raíces de nuestra democracia[9]

Aptitudes grandes tenemos para el ejercicio del gobierno libre.

Nuestro ferviente culto al Dios Pueblo; nuestro instinto de porvenir que nos lleva a seleccionar lo mejor que tienen otros para incorporarnos[l]o; esa alta conciencia del derecho que nos hace celosísimos guardianes […] y ajenas prerrogativas, [l]a poderosa vitalidad del sentimien[t]o nacional, que si llegó alguna vez a la soberbia no se ha aproximado nunca a la abdicación; prendas son estas no importadas por las máximas, sublimes en verdad, de la Revolución francesa, como han dado en afirmarlo los escritores casi todos, sino recibidas de antiguo como un precioso legado de España nuestra madre, cuando extendía su civilizadora influencia por el continente americano.

¿Cómo podría sostenerse filosófica y científicamente que la Francia, separada de estos pueblos por distinta cultura, por diferente idioma, por riguroso aislamiento, por dos mil leguas de océano, y siendo como era el cuartel general del absolutismo, tuviera bastantes fuerzas para transportar aquí con integridad completa esas ideas tan grandes de derecho moderno que llegaban necesariamente desfiguradas por la inquina de dos pueblos rivales, por el odio de un culto que les era adverso, y por los mismos crímenes que se cometían en su nombre?

La moderna teoría evolutiva, aplicada lo mismo a la biología que a la historia, nos enseña que para la transmisión de las ideas es necesario el contacto inmediato; que los principios, cualesquiera que sean sus caracteres y sus modos de reproducción sólo g[e]rminan en el seno de las razas por transfusión o por herencia.

Ya no hay pueblos escogidos en la historia.

Todo el desarrollo sociológico está inflexiblemente marcado por leyes naturales que tienden a unirse como causas impulsadas del eterno progreso.

Y entre estos, vive en nosotros poderoso y menos problemático que la influencia francesa, el legado de la cultura ibérica.

Entre una raza bárbara que posee el suelo porque lo habita, y otra, capaz de mejorarlo, la conquista es una superposición de derecho natural. Entre el hombre americano de cráneo chato, destinado a moverse en los eternos círculos de Vico[10] (como lo han demostrado de consuno todos los sabios que han tratado la cuestión desde Humboldt[11] hasta d’Orbigny[12] y desde Burmeister[13] hasta Ameghino[14]) y el tipo español perfeccionado por la confluencia de tres razas, la latina, la germana y la semita, era necesidad ineludible el subyugamiento de aquel por éste si había de injertarse con fruto en las entrañas de esta América, progenie confusa de futuros organismos, la médula de la civilización europea.

¿Que la España fue inhábil en sus medios de conquista? Y ¿qué otra nación los empleó mejores? ¿Sería por ventura la Inglaterra que ha producido en pleno siglo diez y nueve las bárbaras hecatombes de La India contra las cuales protestó con elocuencia tan severa el ministro Palmeston[15] en el parlamento británico? ¿Se encuentran por ventura en las cédulas de los reyes ingleses exhortaciones tan humanas como las que en las suyas hicieron los reyes españoles a sus colonos de esta parte de América? El pioneer de los Estados Unidos, ¿no extermina lo mismo al salvaje ahora que lo exterminaban antes los encomenderos españoles?

Si la España empleó medios de colonización perniciosos como el comunismo jesuítico, por ejemplo, fue porque no los conoció mejores. Ninguna nación en lo antiguo puede jactarse de haberla aventajado en la materia; como que era por entonces, la primera en el comercio, la primera en la guerra, la primera en la riqueza, la más avanzada de todas en su legislación y la más celosa en sus preciosísimos derechos.

En efecto: las inmigraciones púnicas le importan, con los fenicios, su carácter mercantil y cosmopolita; el romano la grandeza latina; el árabe, su espíritu belicoso; el judío, su industria floreciente; el vasco, sus fueros libérrimos y el germano, las energías de su individu[…] Y aquella concurr[…] dispersos enjend[…] grande y fuerte; con tal conciencia del derecho y con tal apego a la libertad, que hasta en la vieja fórmula de la consagración de sus reyes, les recuerda que son iguales a cualquier ciudadano y menos que los ciudadanos juntos, dándoles así a entender que ejercen una delegación y no un dominio.

Entre nosotros, efecto indudablemente de los antagonismos nacidos cuando la revolución se ha acostumbrado a mirar a España como una nación eternamente sujeta a la hegemonía de la teocracia y del despotismo absoluto; participando de tal creencia escritores sabios y concienzudos como Guizot[16] y Buckle[17], cuando consideran los males que, por hoy, afligen la familia ibérica como la expiación de un pecado doméstico; siendo la natural consecuencia del absolutismo germánico importado por Carlos V[18]; y contra el cual protestó siempre el pueblo español, cayendo al fin, pero sin haber luchado hasta el último en las horas largas de sus martirios.

¿Teocrática la nación cuyos reyes declaraban al ceñirse la corona que no la tomaban “en nombre de la Iglesia Romana ni por ella ni en contra de ella”? ¿Teocrático el pueblo que sostiene contra Gregorio VII[19] los privilegios de la propia liturgia arrojando al fuego al misal romano mientras decía: “Allá van leyes do quieren reyes”? ¿Teocrática la nación que para librarse del influjo corruptor del papado coloca la tiara en la frente de Pedro de Luna[20] y establece una nueva sede pontificia en la Peñíscola aragonesa? ¿Teocrática la nación que vio arder en suelo 84,658 hogueras en el espacio de 339 años para castigar otros tantos españoles rebeldes al despotismo inquisitorial? ¿Teocrática la nación que tiene un Arcipreste de Hita[21], un Cervantes[22], un Quevedo[23], un Vives[24] precursores del racionalismo? Teocrática la nación que tiene frailes como los Julián[25], los Isidoro[26], los Juan de Ávila[27], los Juan de Dios[28], verdaderos apóstoles y mártires de la tolerancia religiosa? Teocrática la nación uno de cuyos reyes, Pedro IV[29] se coloca a sí mismo la corona recomendando al arzobispo que no la toque, para evitarse la humillante ceremonia, introducida por los papas de imponerla con los pies?

¡Y qué páginas las de su historia política!

¿Queréis reyes celosos cumplidores de las prerrogativas de sus pueblos y todos llenos del espíritu republicano?

Jaime el conquistador[30], doliéndose de que sus gobernados no acepten la satisfacción que les ofrece. Pedro el cruel[31] con ser, como era, un tirano, que se condena a ser expuesto en efigie con un dogal al cuello, en castigo de un homicidio. Alfonso VI[32] que se inclina sumiso en Burgos ante el juramento que el Cid y sus varones le exigen para reconocerlo como soberano. Otro Alfonso, el rey sabio[33], que da en Las Partidas[34] el germen de todas las libres legislaciones modernas.

¿Queréis ejemplo de civismo?

Castilla, que, en el siglo IX, en pleno florecimiento del despotismo, se erige en República bajo la dirección de sus dos jueces Nuño Rasura[35] y Laín Calvo[36] para escapar al despotismo de Ordoño II[37]. Toledo que arroja los blasones de su nobleza en señal de desprecio a los pies de un rey impotente para contener la anarquía desbordada. Y esa inmensa lucha sostenida por los aragoneses contra Felipe II[38] que en su absolvente centralismo quiere herir sus fueros en la persona de secretario Antonio Pérez[39] acogido a sus inmunidades. El pueblo de Aragón rayó a desconocidas alturas en aquel combate del derecho contra la soberbia del autócrata. Y cuando su cárcel de resguardo fue a abrirse, antes que cejar, prefirió todas las iras del amo extranjero dando suelta a su infeliz protegido, cuyo único delito era la posición de un secreto vergonzoso, y vio rodar la cabeza de Lanuza[40] su gran justicia soportando la venganza cobarde, con toda altivez del derecho cumplido.

¿Queréis legislación?

El Código del Almirantazgo de Barcelona. El Fuero Juzgo, traducido a la lengua vulgar en el siglo XIII, por orden de Fernando el Santo[41]; los fueros de Sobrarbe; los jurados de Cap y Zalmedina; el privilegio de “La Unión”, las cortes de cuatro brazos; el HabeasCorpus consagrado con tanto lujo de republicanismo en los recursos legales de las Manifestaciones y de las Firmas, él, sobre todo esa gran síntesis, Las Partidas cuya introducción han copiado todas las instituciones modernas, la nuestra inclusive : “Dios es comienzo é medio é acabamiento de todas las cosas, é sin él ninguna cosa puede ser, ca por él su saber son fechas”[42].

Continuará.

Guerrillas[43]

Nos gusta sobremanera, no por espíritu de rivalidad, sino en gracia de la justicia combatir ciertas reputaciones literarias, que, a favor de la general indiferencia con que por estas tierras se mira cuanto con materias artísticas se relaciona, pretenden con mayor suma de buen deseo que títulos bien sentados, escalar las alturas del Parnaso, sólo accesibles, por ventura, a los sumos pontífices del saber humano, que, para nosotros, humildes mortales no favorecidos por descollantes dotes que dan las aceras de las calles y los patios de nuestras casas donde podemos ejercitar sin exponernos a los vértigos de la altura otra clase de actividades igualmente útiles.

Un señor presbítero Salguero a quien no tenemos el gusto de conocer, viene desde hace tiempo, ocupando las columnas de los periódicos con elucubraciones poéticas de variado corte, metro y rima; esto, hubiera sido un título que lo recomendará a nuestra consideración, si en las referidas composiciones encontrado hubiéramos el mérito artístico, indispensable para su aceptación. Pero, francamente. No sólo hemos lamentado esta falta en ellas, sino hasta defectos de lenguaje, de construcción y de sentido, de que se cuida cualquier versificador por más que la inspiración entre para nada en sus trabajos.

Si el susodicho presbítero se hubiese limitado a ocupar con sus […] las columnas de La Aurora, menos mal; pero ahora lo vemos avanzándose hasta publicarlos en La Libertad, periódico que, por su carácter esencialmente político, juzgamos que sólo dará cabida a lo que considere selecto. Es esto lo que nos mueve al examen de la composición religiosa con que nos obsequia La Libertad del 13.

Si no fuera por el título, en aprietos graves nos veríamos para adivinar el concepto de la primera redondilla que dice así:

Del Pilar sois saludada
con júbilo y alegría
pues quisiste madre pía
ser también así invocada.

Donde se vería claramente a no ser por la advocación de la virgen, a quien se dirigen las estrofas, que ésta fue saludada con júbilo y alegría por una columna que a la verdad debía ser muy poco a propósito para genuflexiones, por la dureza de su espinazo sobre todo si era de mármol el pilar. “Con júbilo y alegría.” Esto es venerable por su prodigiosa antigüedad. En tiempos de la pajuela era de uso corriente enviar los días a los amigos o personas de relación con unos versos que principiaban con esta cuarteta indispensable:

Con júbilo y alegría
rebosando de contento,
Don Roque del alma mía
darle los días intento.

En el tercer verso se injertaba el nombre de la persona, a quien iba dirigida la salutación y… “salga pato o gallareta” que reza el refrán criollo.

Ya ven Vds. las novedades que nos presenta el señor cura poeta.

Pero prosigamos:

Testigo fue Zaragoza
que en celestes armonías
cuando aún en carne vivías
apareciste allí hermosa.

¿Vivir en carne? —Que nosotros sepamos, viven en cueros los salvajes de la Papuasia. Pero que alguien viva en carne no lo hemos oído hasta ahora. Lo que la Virgen del Pilar[44] hizo fue venir desde el cielo a Zaragoza en carne mortal como lo hemos oído en una jaculatoria que las beatas recitan cada vez que suena la campana de un reloj. Qué orgullo el nuestro… ¡Saber más que un cura en negocios de dogma! Es sorprendente.

No comprendemos como la virgen en su aspiración al siervo Jacobo pudiera estar arrobada; pues nos parece que por buen mozo que fuera el tal siervo era bien poca cosa para excitar el arrobo de la virgen, siendo él quien debiera estar arrobado al contemplar la sobrenatural aparición. La cual le anuncia su partida, la corona, y la palma con que abonará los (las debió decir) labores de su vida, concluyendo con que:

Un templo se alzó famoso
donde mil generaciones
admiraron; y sus dones
dióte un pueblo belicoso.

¿Quiere el señor Salguero, tener la amabilidad de decirnos qué fue lo que las generaciones admiraron en el famoso templo? Porque hacía falta, en verdad una notita al pie para explicar el objeto de la admiración de las generaciones.

Esa columna fue guía
que superó a las ciudades, etc.

¿Qué columna? Esperamos la contestación cuando el autor nos pruebe que las guías superan a las ciudades.

Tu promesa se cumplió;
pasaron generaciones,
nuevas razas y naciones…
tu palabra no pasó!

¿Qué había de pasar si la tal palabra se quedaba para meter miedo a los vándalos romanos y otomanos? Qué pobre idea nos da el autor, de la virginal palabra, cuando nos dice que todo pasó menos ella. Una palabra que no pasa es porque carece generalmente de autoridad, supondrán cuantos no estén, como nosotros acostumbrados a descifrar las charadas del señor Salguero.

Lo que el autor ha querido decir es que todo sucumbió menos la palabra divina. Pero como para este señor el castellano de los versos es una cosa distinta del que se usa por lo general, nos espeta estos misterios léxicos que sólo una práctica prolongada y una paciencia de San Benito[45] pueden ayudar a descubrir. Pero yo creo que el mismo santo trasunto y norma de sufrimiento se hubiera puesto blanco, con ser tan moreno como lo pintan, en el ímprobo trabajo de inquisición a que se somete todo aquel que estudia la enmarañada madeja de los versos a que nos referimos.

¡Qué prosaísmo! ¡Qué lenguaje, qué hinchazón tan disparatado se encuentran en ellos!

Ni una frase ni un giro, ni un pensamiento que denuncien inspiración.

Todo es pálido, incoloro, raquítico, estéril, como decrepitud enfermiza.

Verdaderamente. El señor cura Salguero, haría bien en romper su pluma, y llamarse a prudente silencio; para bien propio, para honra y gloria de la virgen del Pilar y para satisfacción de los que, celosos del buen gusto y del arte, soportamos en carácter de inquisidores, la fatiga insoportable de leer sus versos.

Algunos sospecharán tal vez, si no serán nuestros cargos hijos de mal reprimidos rencores. Pero ¿quieren Vds. ver como el señor Salguero, profesor de literatura con pretensiones de poeta, no conoce la gramática?

Prueba al canto: en una de las estrofas de la composición a que venimos refiriéndonos, dice:

“El vándalo ni el romano
nunca pudo derribarla, etc.”

Alto ahí, señor cura. ¿Ha olvidado Vd. por ventura, una regla fundamental de gramática cuyo sentido es: que cuando un verbo se refiere a más de dos personas, ¿debe ir en plural? Y, ¿qué nos dice Vd., de “los labores”, así, masculino, que nos espeta renglones más arriba?

Éstos, como se ve, son garrafales defectos, que no pueden, especialmente el último disculparse como un error de imprenta. Los citamos, para que se vea que no hay exageración en nuestros cargos.

Y, de este modo, si a la falta de inspiración añadimos el desconocimiento del lenguaje, no extrañaremos ya, el encontrar en las composiciones del señor Salguero, enormidades como las que dejamos apuntadas.

Se puede ser un excelente sacerdote, un filósofo mejor, un literato concienzudo, y producir detestables versos; que no por acopio de erudición se forja poeta cualquiera.

Escribir gozos de novena es cosa bien fácil, por cierto. Pero escribir versos sobre cualquier otro asunto, ya tiene más pelillos señor Salguero.

Déjese de esas pequeñeces y preocúpese de cosas de más provecho.

La poesía no le conviene, convénzase de ello. Se lo decimos a fuer de compasivos, sin que haya nada de liberal en nuestros consejos.

¿Para qué tantos trabajos, cuando, según Vds., con un par de letanías basta para ganarse la gloria?…

Nupcial[46]

Todo sombras y estrellas: la noche!

Amor que a tu alma se va de la mía

como va del estambre al pistilo

el polen fecundo que arrastran las brisas.

                            **         

Allá entre las selvas, temblores de hojas,

perfumes nocturnos de la húmeda hierba,

cantares perdidos de pájaros huérfanos,

murmullos del macho que busca la hembra.

                            **

Desnudez que se arropa en las sombras

soltando a la espalda como ola el cabello;

languidez de deleites nupciales,

placer que agoniza quemado entre besos.

                            **

Sabores de carne que siente y que vive,

calores de fiebre que suben al cráneo,

y aprietan las bocas con besos que muerden

y ciñen los cuerpos con nudo de abrazos.

                             **

Luego vino el silencio. La brisa

que vuela sin ruido como ave nocturna,

batió de la almohada los blancos encajes,

deslizó del lecho las tibias arrugas.

                             **

Y el ángel que suele dormirse a mi lado,

El dedo en los labios, abiertas las alas,

se quedó aquella noche despierto…

¡Porque estaban soñando las almas!

Milagros de hoy[47]

En frente de la fórmula algebraica,

febril, pálido, mudo,

sondeaba los misterios siderales:

los ojos fijos y temblando el pulso.

                            **

Qué buscaba el Colón de los espacios?

Eran aquellos números,

pesos de soles y medidas de órbitas;

pero en el término último,

surgía pavorosa, como enigma,

del problema fecundo,

la equis desconocida, que guardaba

de los espacios el secreto augusto.

                              **

Y el sabio, infatigable, proseguía

febril, pálido, mudo…

Mas, de pronto, sus ojos se encendieron

como su frente, con destellos fúlgidos.

                               **

Sintió que le temblaba el alma toda,

y dudando, y convulso,

buscó en su estío a la equis misteriosa,

y en lugar de la letra… ¡había un mundo!

La bandera[48]

Fantasía

I

Y rugía la tempestad más allá del Océano. La Europa ardía como cráter, y temblaba y se sacudía como rabiosa.

La Francia era la cúspide del volcán y en su cima estallaba el rayo. Soberbia escupía a las alturas, lodo y sangre, ceniza y brasas: los escombros ardientes del pasado. Intento era el suyo, grande. ¡Pretendía apagar las estrellas con los esplendores de su genio! Pero había en su esfuerzo algo de rebelión satánica. Y el cielo se nubló con el humo de los incendios; y se manchó con la sangre de las víctimas y con el barro de las malas pasiones; y quedó negro, muy negro…

II

Allá en Occidente se miraba por vez primera en el espejo de las grandes aguas del mar, una doncella núbil. Y se encontraba bella y robusta. Pero estaba pálida y triste. Aquella doncella se acordaba de un sueño. Dormía una noche bajo los palmares de hojas anchas. Lloraba sin saberlo porque era esclava. Pero un ángel de alas blancas la miraba sonriendo y le decía: tiempo vendrá en que puedas vivir libre como los vientos. Y serás entonces grande y noble. Toma mi manto, ese será entonces tu bandera. Y ella conservaba el manto blanco del ángel, esperando sus promesas.

III

Aquella noche, mientras la virgen dormía, apareciósele otra vez el celeste mensajero. Ves cómo está el cielo de negro y de triste?, le dijo. Voy con mi manto a limpiarle el polvo y la sangre que lo cubre. Y tomó el manto de manos de la niña y, subiendo con él al cielo, barrió muy lejos las nieblas impuras. Y el cielo volvió a quedar azul y limpio, todo lleno de estrellas.

IV

Por la mañana, al despertar, la virgen miró su manto y quedó sorprendida. Dos anchas fajas celestes lo bordeaban. El cielo había vaciado en él sus colores. Y la promesa del ángel iba a cumplirse. Ya había una bandera para la nueva patria. Desde entonces el pabellón argentino, como creación del cielo que es, tiene la pasión de las grandes alturas. Un tiempo fue la enseña de los héroes; ahora, el lábaro de la civilización y del trabajo. ¡Ojalá, como el lienzo de la Verónica del Evangelio[49], sea siempre el paño de lágrimas de los oprimidos!


  1. Pensamiento Libre, año I, núm. 1, 19/10/1893, p. 1.
  2. Lugones se refiere a la revolución radical de septiembre de 1893 y a la intervención federal.
  3. El prospecto de Pensamiento Libre es hoy en día difícil de localizar.
  4. Pensamiento Libre, año I, núm. 1, 19/10/1893, p. 1.
  5. San Pablo, Epístola a los romanos, XIII, 11.
  6. Es probable que, por falta de recursos económicos suficientes, el periódico se haya vuelto un bimensual.
  7. Circulaban por el interior títulos de gran tiraje como, por ejemplo, La Nación o La Prensa.
  8. Liberales anticlericales.
  9. Pensamiento Libre, año I, núm. 1, 19/10/1893, pp. 2-3.
  10. Giambattista Vico (1668-1744). Historiador, filósofo y jurisconsulto italiano, cuya obra ejerció una gran influencia al principio del siglo XIX. La teoría original de Vico es la relativa al criterio de verdad como resultado del hacer (verum ipsum factum). En su obra principal Principios de una ciencia nueva (1725), Vico desarrolla una filosofía de la historia basada en un sistema cíclico según el cual todas las naciones pasan por tres épocas (la divina, la heroica y la humana).
  11. Alejandro von Humboldt (1769-1859). Naturalista y explorador alemán considerado como el “Padre de la geografía moderna universal”. Viajó por América entre 1799 y 1804.
  12. Alcide Dessalines d’Orbigny (1802-1857). Naturalista, paleontólogo y etnólogo francés. Viajó por Sudamérica entre 1826 y 1834.
  13. Carlos Germán Burmeister (1807-1892). Naturalista y zoólogo argentino de origen prusiano. Fundó el Museum Argentino de Ciencias Naturales de Buenos Aires en 1812.
  14. Florentino Ameghino (1854-1911). Naturalista y zoólogo argentino. En 1884, desempeñó la cátedra de Zoología en la Universidad de Córdoba y fundó el Museo.
  15. Henry John Temple (1784-1865). Tercer vizconde Palmerston. Hombre político británico liberal.
  16. François Guizot (1787-1874). Historiador y hombre político francés.
  17. Henry Thomas Buckle (1821-1862). Historiador británico.
  18. Carlos V (1500-1558). Proclamado rey de España en 1516 con el nombre de Carlos I, fue elegido emperador de Alemania en 1519.
  19. Hildebrando de Soana (entre 1013 y 1024-1085). Elegido pontífice en 1073, asumió el título de Gregorio VII. Principal artesano de la reforma gregoriana.
  20. Pedro de Luna (1328-1423). En 1394, fue elegido pontífice de Aviñón. Asumió el título de Benedicto XIII. Ha pasado a la historia con el calificativo de Antipapa Luna.
  21. Juan Ruiz (ca. 1284-ca. 1351). Poeta conocido como el Arcipreste de Hita, autor de Libro de Buen Amor.
  22. Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616). Destacado escritor español, autor de Don Quijote de la Mancha.
  23. Francisco Quevedo y Villegas (1580-1645). Destacado escritor español del Siglo de Oro, autor del Buscón y los Sueños y discursos.
  24. Juan Luis Vives (1492-1540). Teólogo, filósofo humanista y filólogo español.
  25. Julián Garcés (s. f.-1542). Fraile de la orden de los Predicadores. Primer obispo de Tlaxcala (1527-1542).
  26. Isidoro de Sevilla (ca. 555-636). Religioso y gran erudito de la España del s. VII. Autor de las Etimologías.
  27. Juan de Ávila (1500-1569). Beato español que se destacó como orador sagrado.
  28. San Juan de Dios (ca. 1495-1550). Canonizado en 1690, fue nombrado Patrono de los hospitales y enfermos por León XIII.
  29. Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso (1319-1387). Rey de Aragón entre 1336 y 1387.
  30. Jaime I, el Conquistador (1208-1276). Rey de Aragón entre 1213 y 1276.
  31. Pedro I de Castilla, el Cruel (1334-1369). Rey de Castilla entre 1350 y 1369.
  32. Alfonso VI de Castilla, el Bravo (ca. 1040-1109). Rey de León y Castilla.
  33. Alfonso X de Castilla, el Sabio (1221-1284). Rey de Castilla entre 1252 y 1284. Autor de una notable obra literaria, científica, histórica y jurídica.
  34. Las Siete Partidas. Código ético y legislativo que restauraba la universalidad del derecho romano.
  35. Nuño Rasura. Juez de Castilla encargado de promulgar leyes y de rendir una justicia independientemente de la Corte de León.
  36. Laín Calvo (s. f.-928). Juez supremo de Castilla. Organizó con su yerno Nuño Rasura la justicia en la Corte de Castilla e implantó el sufragio universal al instituir la corporación llamada de los Procuradores de colaciones.
  37. Ordoño II (s. f.-924). Rey de Asturia y de León entre 914 y 924.
  38. Felipe II (1527-1598). Fue rey de España desde 1556 hasta su muerte.
  39. Antonio Pérez (1534-1611). Hombre de Estado español y secretario de Felipe II. Acusado de la muerte de Juan de Escobedo, pasó doce años encarcelado. En julio de 1590, logró fugarse de la cárcel de Madrid para refugiarse en Aragón. El 1.° de julio de 1590 fue condenado a morir en la horca.
  40. Juan de Lanuza V (s. f.-1591). Justicia mayor de Aragón. Es famoso por haberse negado a entregar a Antonio Pérez a la Inquisición. Para sacar a Antonio Pérez de la cárcel foral y llevarlo a la Aljafería, Felipe II mandó tropas que entraron en Aragón, lo cual fue interpretado como una violación de sus libertades. Juan de Lanuza V defendió los fueros de Aragón hasta el punto de ser decapitado en Zaragoza el 20 de diciembre de 1591.
  41. Fernando III el Santo (1201-1252). Rey de Castilla y de León (1217-1252).
  42. La cita exacta es: “Dios es comienzo, e medio, e acabamiento de todas las cosas, e sin él ninguna cosa puede ser: ca por el su poder son fechas, e por el su saber son gouernadas, e por la su bondad son mantenidas”. Cf. Las siete partidas del muy noble rey Don Alfonso el Sabio, glosadas por el Lic. Gregorio López, del consejo Real de Indias de S. M., Madrid: Compañía general de impresores y libreros del reino, 1843-1844 [1555], 4 vol.
  43. Pensamiento Libre, año I, núm. 1, 19/10/1893, pp. 3-4.
  44. La leyenda sobre los orígenes de la Virgen del Pilar se remonta al año 40. Según la tradición española, apareció a Santiago el Mayor, que se hallaba en Zaragoza para predicar la fe cristiana, sobre una columna de mármol conocida como “el pilar”. El 12 de octubre es la fiesta patronal de Zaragoza, la fiesta “del pilar”.
  45. San Benedicto de Nursia (ca. 480-547). Patrón de la cristiandad. Fundador de la orden de los Benedictinos. Hizo adoptar una Regla que divide la vida del monje entre el rezo, el trabajo manual y la meditación.
  46. Pensamiento Libre, año I, núm. 1, 19/10/1893, p. 4.
  47. Pensamiento Libre, año I, núm. 1, 19/10/1893, p. 4.
  48. Pensamiento Libre, año I, núm. 1, 19/10/1893, p. 4.
  49. Santa Verónica. Mujer piadosa que, por compasión, limpió con su paño el rostro del Cristo en la Vía Crucis.


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