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5. De la influencia de Louis Blanc y de Víctor Hugo

Pensamiento Libre nos ofrece un interesante testimonio de la circulación del socialismo utópico por el Río de la Plata. El artículo “Socialismo”, en el cual Lugones expresa su deseo de acabar con un “desastre de creencias y de dogmas”, hace patente el compromiso de las élites con una ortodoxia política que no distinguía todavía claramente las doctrinas sociales de las doctrinas liberales. Es más, apunta la dificultad que tenían los letrados criollos para coincidir con los socialistas científicos a la hora de denunciar el capitalismo.

Hostil al socialismo científico y al nihilismo, desfavorable a las orientaciones tomadas por la Segunda Internacional, el poeta rehabilita en “Socialismo” doctrinas moderadas que, en muchos de sus aspectos, se alejaban de aquellas defendidas por los socialistas alemanes, rusos, españoles e italianos[1]. Convencido de que las luchas proletarias iban guiadas por las pasiones exaltadas de unos o por el egoísmo de otros, Lugones vilipendia los recientes movimientos obreros basando su argumentación en un supuesto atavismo cultural y estereotipos cargados de connotaciones racistas. Al examinar las experiencias socialistas europeas, su crítica se convierte en una enérgica condena:

De un lado, pues, el pauperismo británico con su ciega insensatez de hambriento; el anarquismo español, fanático como la raza que lo alberga; el nihilismo ruso, taciturno, con mucha energía en la acción y pocas palabras en los labios sellados por la costumbre de la esclavitud; el mal llamado socialismo alemán que, si bien se atreve a sacar la cara, es porque está seguro de perderse en la irresponsabilidad de la turba anónima; el carbonarismo italiano que apenas si existe ya, resucitando el tipo del bravi de las galantes aventuras medioevales; y por último, esa inextricable madeja de sectas norteamericanas que favorecidas por una constitución libérrima, por un suelo riquísimo, por una raza cosmopolita ávida de ideal y saturada de mercantilismo, viven, efímeras las unas, decaídas las otras, despreciadas las más viejas por insuficientes, como las primeras manifestaciones de una inmensa reforma que se espera con cierto terror sagrado que inspira su incalculable grandeza[2].

Desconfiado de las clases laboriosas, Lugones arremate contra los anarquistas. Recalca lo vano de sus acciones terroristas y, para eximir de toda responsabilidad a los socialistas utópicos, a quienes se les imputaba la responsabilidad de prácticas homicidas, reitera su compromiso con la ideología pacífica que constituía, según él, un rasgo diferencial de las doctrinas francesas: “Ese es el socialismo de buena ley, bien distante como se ve de las crueldades del nihilismo y de la Internacional”[3]. Desde su punto de vista, Francia era el país del socialismo por excelencia. Históricamente, dicha afirmación se justifica por unos adelantos políticos sin precedente y la existencia de un amplio abanico de corrientes socialistas.

En “Socialismo”, el poeta identifica y comenta brevemente las principales teorías utópicas. Menciona las experiencias ideales concebidas por Fourier, Cabet o algunas “sectas” de Estados Unidos. Pero no revestían interés para él, ya que desaprobaba el trabajo de los obreros en las células reglamentarias del falansterio, el esclavismo de los talleres, las prácticas austeras de los shakers o los “sueños del Oneida Creek”, una comunidad creada por John Humphrey Noyes en 1879. Nos resulta difícil apreciar el pensamiento social de Lugones porque, en su artículo, no se detiene en los detalles orgánicos de unas sociedades fundadas sobre la base de una comunidad de los bienes. Podemos, no obstante, suponer que no le convencía mucho la adopción de un sistema societario en el que la propiedad privada no existía. Es más, el que esas utopías no otorgaran a las élites un papel director no podía sino molestarle.

El Progreso estaba en el meollo del proyecto, pero, para alcanzar ese objetivo esencial, hacía falta preservar el porvenir de la humanidad y las condiciones materiales de su libertad, lo que implicaba el fomento de riquezas para el desarrollo del país. A imagen de los sansimonianos, cuya influencia filosófica se hace sentir aquí, Lugones opinaba que el incremento de estas últimas importaba más que la redistribución de las riquezas. En lugar de criticar el liberalismo económico, lo valoraba afirmando: “[…] la Sociología, el conocimiento completo de la propiedad […] de la asociación de la organización libre del Estado, y, sobre todo, del capital y del trabajo, esos dos importantísimos factores en el desenvolvimiento de la sociedad moderna”[4].

Dada la permeabilidad del socialismo industrial de Saint Simon a las tesis liberales, el escritor abogaba por un equilibrio entre el Capital y el Trabajo con tal de que se siguieran las líneas de un socialismo “humano y evangélico” en referencia a las doctrinas deístas francesas que circulaban entre 1815 y 1848. Desde esa perspectiva, las teorías de Louis Blanc fueron esenciales para sentar las propuestas lugonianas y otorgarles autoridad.

Louis Blanc (1811-1882) fue en su tiempo una personalidad de primer plano que se destacó como uno de los primeros impulsores de la idea socialista en Francia. Republicano convencido e historiador, política e intelectualmente comprometido, recibió la iniciación masónica durante su exilio en Londres (1847-1862). Fue miembro de la Logia Los Filadelfos[5]. A lo largo de su obra, defendió ideas audaces en aras de una mayor humanización de la sociedad.

En Un centenaire oublié, un homenaje publicado con motivo del centenario de su muerte, Maurice Agulhon muestra hasta qué punto el pensador abría nuevos horizontes recordando que “[su] exigencia de humanidad y mejoras sociales frente al individualismo y un liberalismo incontrolado” era utópica, así como su voluntad de organizar pacíficamente a los trabajadores[6]. Convencido de que el Estado tenía obligaciones con respecto a los obreros, el librepensador preconizaba la creación de talleres para mejor enfrentar la competencia económica y asegurarles una protección social. Muy consecuente, este aspecto de la obra de Louis Blanc quedó fijado por la historia hasta tal punto que “todo lo demás –las firmes declaraciones en contra de la Santa Sede, las congregaciones, los jesuitas, las invitaciones a separar la Iglesia del Estado– ha caído en el olvido”, observa Jacqueline Lalouette[7]. Ahora bien, al letrado francés no sólo le preocupaba el papel que desempeñaba la Iglesia en el funcionamiento del Estado sino también en la sociedad.

Como todos los hombres de su generación, Lugones conocía bien la obra de Louis Blanc. Repetidas veces se refirió a Organización del trabajo[8] en Pensamiento Libre. La publicación de dicho ensayo en 1839 consagró la fama de Louis Blanc. Fue seguida por dos estudios sobre las Revoluciones de 1789 y 1830 en los cuales los pensamientos de Saint Simon y Fourier influían en la apreciación global de los acontecimientos insurreccionales. La capacidad del historiador francés de sintetizar los diferentes sistemas doctrinarios en circulación fue precisamente lo que determinó el éxito de su labor intelectual. Hoy en día, los historiadores coinciden en interpretar su obra como un punto de equilibrio entre el movimiento revolucionario y prácticas de la filantropía social[9].

La mención del ensayo Organización del trabajo no es nada inocente si uno recuerda que, en aquel entonces, los peones –que fueran criollos o colonos– se amotinaban en todo el país. Con ella, Lugones perseguía un doble fin: se presentaba como un firme partidario de la línea política definida por una figura clave del movimiento obrero francés e introducía en la esfera pública cordobesa la idea implícita de que era necesario proporcionar puestos de trabajo a los obreros para reducir un paro endémico:

“A cada uno según sus necesidades; no pidiéndole más de lo que puede producir”; he ahí la síntesis de la teoría sustentada por el autor ilustre de “la Organización del trabajo”. Teoría niveladora, teoría igualitaria en sumo grado: grandiosa porque abarca con una sola ley, el derecho común de la humanidad; útil por la cantidad de medios que ofrece su análisis para hacerla práctica; bella porque quiere el equilibrio eterno de las fuerzas sociales en la constitución de un todo armónico, que sería el arquetipo, la belleza presentida, con toda la augusta inmutabilidad de un sol[10].

Las alusiones directas a Louis Blanc sometían a la apreciación general un modelo republicano alternativo que se situaría entre la política liberal del gobierno de Sáenz Peña y el régimen democrático reclamado por la UCR. En sus ensayos, Louis Blanc preconizaba en efecto la emancipación de los trabajadores mediante la realización práctica y progresiva del lema Libertad, Igualdad, Hermandad; militaba por la supresión de la competencia que era, según él, fuente de miseria para las clases populares y la burguesía; en fin, estimulaba y alentaba la creación de talleres sociales[11], cuyo origen remontaba a las corporaciones del Antiguo Régimen[12]. Sin ser partidario de la comunidad de los bienes, Louis Blanc deseaba una redistribución equitativa de las riquezas y pretendía aliviar la miseria física y moral de los más desfavorecidos. Los salarios debían ser acordes con la jornada de trabajo y no con la calidad de esta. La fórmula igualitaria “de cada uno según sus facultades, a cada uno según sus necesidades” sintetizaba su pensamiento. Era, para él, la única manera de no caer en el caos ni vivir de nuevo “el Terror”.

Por otra parte, el librepensador francés defendía una concepción estatal peculiar, puesto que el Estado debía ser “tutelar, generoso y penetrado de la palabra del Evangelio ‘El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo’”[13] (Mateus, 23:11). Desde el punto de vista político, el Ejecutivo debía estar en manos de una figura de autoridad para llevar a bien dos cometidos principales. El primero respondía a la obligación de regular la economía amortizando las crisis con fondos de solidaridad. El segundo consistía en reformar la sociedad. El socialista francés abogaba además por una alianza entre un Estado fuerte y centralizador, encargado de la organización del trabajo, y las asociaciones obreras locales. El acuerdo concluido por el Ejecutivo tenía que satisfacer modalidades particulares:

[…] él [Louis Blanc] quería que cada gran industria se constituyera en una sola asociación y se agrupara en torno a un taller central. Daba a esta reflexión, en realidad sansimoniana, un tono federalista, mientras reclamaba que la solidaridad de todos los obreros de un mismo taller se prolongase en una solidaridad de los talleres de una rama de la industria hasta convertirse en la solidaridad de todas las ramas. Pero lo que llamaba “solidarización” era en realidad la integración en un organismo centralizado en situación de monopolio[14].

En la situación caótica que conocía Argentina, el modelo asociativo recomendado por Louis Blanc surgía como una solución posible a la “cuestión social”. Fundado sobre principios tales como el orden, la jerarquía y el respeto de la autoridad, concedía a las élites ilustradas un papel clave, ya que eran las únicas habilitadas a definir los términos de las políticas públicas. La experiencia del estadista francés ofrecía un ejemplo del camino a seguir para controlar los desbordamientos de 1893 y responder a las demandas de la clase obrera argentina fuera rural o urbana. El modelo parecía convincente, ya que, a lo largo de su recorrido político, Louis Blanc había conseguido movilizar al pueblo, contar con él y controlarlo.

El interés de Lugones por el “socialismo intervencionista” de Louis Blanc pone de manifiesto la relevancia que otorgaba a las reformas liberales llevadas a cabo por la oligarquía. No cabe duda de que la “cuestión social” estaba en el centro de sus preocupaciones[15]. Sin embargo, el desfase que existía entre el socialismo utópico y las doctrinas científicas, de aparición reciente, lo ponía en contradicción con la revolución socialista protagonizada por los marxistas. ¿Cómo ignorar que la creciente politización del movimiento obrero francés, en los años 1830-1848, había dado otro rumbo a las corrientes socialistas? ¿Cómo olvidar que la evolución de las doctrinas y la mutación de las sociedades francesas y argentinas, junto a la fluctuación de las coyunturas económicas, habían conducido al proletariado a intervenir de manera decisiva en los conflictos sociales?

Este hiato prefigura la brecha de incomprensión que se abriría entre Lugones y los marxistas del Partido Socialista Obrero Argentino (PSOA) después del congreso de junio de 1896[16]. Si bien no conocía aún las obras de Karl Marx ni las de Engels, lo cierto es que Lugones compartía con Louis Blanc una concepción idealista y dinámica de la historia, una de cuyas peculiaridades “descansa[ba] sobre un espiritualismo filosófico y religioso, a la vez cristiano y […] panteísta”[17]. Todavía muy corriente a finales del siglo XIX, su concepto de la historia le impedía interpretar las tensiones como una oposición entre el proletariado y la burguesía. Como se sabe, la noción de “lucha de las clases”, que se debe al historiador liberal François Guizot (1787-1874), fue introducida muy tardíamente en la Argentina[18].


  1. Tarcus, 2016.
  2. “Socialismo”, Pensamiento Libre, 2/11/1893.
  3. Idem.
  4. Idem.
  5. Combes, 1998, p. 266 y pp. 432-435. También exiliado en Londres, Pierre Leroux era miembro de esa logia de obediencia socialista muy comprometida con los valores de la República.
  6. Agulhon, 2006, pp. 187-190.
  7. Lalouette, 2006, p. 167.
  8. La Organización del trabajo (1839) es un artículo que salió primero en la Revue du progrès politique, social et littéraire (1838-1840). Fue reeditado en volumen en 1841. Luego, Louis Blanc publicó Histoire de Dix ans. 1830-1840 (París: Pagnerre, 1841-1844) e Histoire de la Révolution française en doce volúmenes (París: Langlois et Leclercq, 1847-1862). Hoy, se suele considerar su obra como la primera historia socialista de la Revolución francesa. Hay que observar que muchos de estos títulos fueron traducidos en español y difundidos tanto en España como en la Argentina. El catálogo de la Biblioteca Mariano Moreno de Buenos Aires cuenta con numerosas ediciones originales o traducidas de Louis Blanc.
  9. Démier, 2006, p. 7.
  10. “Socialismo”, Pensamiento Libre, 2/11/1893.
  11. Halevy, 1974, p. 85.
  12. “Bajo la Restauración, las asociaciones se propagan por medio de las sociedades secretas, cuyo cometido es de aquí en adelante meramente político. A través de los carbonnari, feudo de la oposición liberal, el católico Buchez desarrolla su teoría de la asociación: arma de doble filo para combatir el régimen legitimista y para defender la causa de la asociación; arma de doble filo para combatir el régimen legitimista y defender la causa obrera. Su artículo De la Asociación en general es una exposición de los principios. La actividad política de las sociedades secretas se vio reforzada por numerosas sociedades públicas, de índole y duración limitadas, creadas a finales de la Restauración. Es la coordinación entre esas asociaciones diversas, unidas por la determinación de socavar el régimen, que provoca la Revolución de julio de 1830 y hacen doblar las campanas de la monarquía legitimista. El alcance político de esa revolución va a ser continental”, observa Varda Furman. Furman, 2006, p. 199.
  13. Renard, 1921, p. 81.
  14. Buber, 1977, pp. 116-117.
  15. Zimmerman, 1995, p. 49.
  16. Fürstenberger, 2008, pp. 31-41.
  17. Jacouty, 2006, p. 53.
  18. Antes de ser adoptado de forma definitiva por los marxistas, el concepto de “lucha de clases” surge por primera vez en una serie de conferencias impartidas por François Guizot en la Academia de Bruselas. Fueron recopiladas dos años más tarde y publicadas con el título Histoire générale de la civilisation en Europe, depuis la chute de l’Empire romain jusqu’à la Révolution française (Bruxelles: Lacrosse, 1838). Una segunda edición salió en 1840 (París: Didier). Pelta, 2001, p. 140.


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